«Apostemos» Temporada III
Capítulo 13: Aprende la lección
— Hace años que nadie se queda en esta recámara, pero Susan con sus cuidados logró que el tiempo no pasara.
— Es muy acogedora y hermosa —dijo dejando su maleta sobre la cama. Helga ya estaba lista para pasar el primer día en la casa que sería su hogar por algún tiempo. Había conocido a Susan abajo y ambas se veían gustosas. Se asemejaban bastante; las dos eran humildes y laboriosas. —. Gracias de nuevo — No respondí. Después de la décima quinta vez que le pedí que no agradeciera nada, ya me había dado por vencido. —. ¿Puedo preguntarte algo, Billy?
— Adelante — Crucé mis brazos en el marco de la puerta y recargué mi costado derecho en él.
— ¿Cómo es eso de que te vas a casar? — La pregunta me había tomado por sorpresa. Tanto fue así que tardé unos cuantos minutos en asimilarla y poder responderla. Aun así, con bastante dificultad.
— Las cosas cambiaron, Hel.
— Me di cuenta — Dándome la espalda, abrió la maleta y comenzó a sacar de forma prolija sus camisas, pantalones y demás prendas personales. Las sacaba de a una y las apoyaba sobre el colchón de manera prolija. Era casi hipnótico. —. En el hospital conocí a mi nuera —dijo con un tono molesto—. Mejor dicho, reconocí. Ella ni se presentó; me di cuenta por las fotos en los periódicos.
— Así son nuestras vidas. Tom siquiera pudo presentártela, y ya la conoce todo el planeta — Reí forzosamente. Fue un chiste de mierda, la verdad. Pero cualquier cosa era bien recibida para romper el hielo.
— Bill, por favor —dijo volteándose en su sitio y mirándome con su rostro inexpresivo—, no tienes necesidad de fingir conmigo. Yo me di cuenta de lo de ustedes dos apenas verlos, y Tom me lo confirmó antes de irse.
— Lo sé — Acepté avergonzado sin saber por qué.
— ¿Me puedes explicar cómo es que un amor tan puro parece olvidado y mi hijo está con esa muchacha, y tú a meses de casarte?
— Las cosas no salieron como esperábamos, Helga. El destino nos jugó una mala pasada de nuevo… Es todo lo que puedo decirte.
— ¡Qué decepción! — Exclamó dándome la espalda de nuevo. Yo me quedé anonadado. No me resigné a que no me mirara; sino que busqué sus ojos. Entré del todo en el cuarto y me planté ante ella, con la cama de por medio.
— ¿No entiendes la situación, Helga? ¡Es algo imposible! — Me molesté.
— ¡Cuando hay amor no existe lo imposible! — Sostuvo dejando a un lado su ropa y su maleta, y mirándome con los ojos encendidos de rabia. —. ¿Cuál fue el motivo? ¿El qué dirán?
— ¡Eso y tantas otras cosas…!
— Cuando yo me enamoré de tu padre, no me interesó que estuviera comprometido con tu madre, Bill. Lamento decírtelo de esta manera tan seca, pero es la verdad — Su semblante cambió de nuevo. Ya no lucía molesta, sino que ahora parecía nostálgica. —. Sabía que Jörg era un profesional respetado y reconocido en todos lados, y que estaba por casarse con una hermosa mujer de clase baja, como yo. Sabía que si alguien se enteraba, iba a ganarme el cartel de oportunista clavado en mi frente, y también él sabía que podía perder toda clase de prestigio al verse involucrado con una pueblerina como yo. Mucho menos me interesó la opinión de mis padres, que en ese entonces me echaron por golfa… — Ese último recuerdo pareció golpearla en el alma. —. Nada me interesó. ¿Sabes por qué? — Bajé la mirada al suelo como un niño que recibe el regaño de su madre. —. ¿Sabes por qué no me importó nada de eso?
— Porque lo amabas.
— Porque lo amaba con todas las fuerzas de mi alma, Bill. Lo amaba con cada poro de mi piel y cada célula de mi organismo. Siempre fui la segunda, la que él ocultaba cuando se aparecía una cámara. Era a la que jamás llevó a ninguna de sus reuniones, ni a sus cenas excéntricas. Pero a pesar de toda esa negación y tantos años de sufrimiento por vivir en la clandestinidad, surgió la mayor prueba del amor que nos tuvimos alguna vez. Quedé embarazada de un hermoso niño que a medida que pasaban los años se parecía más y más a mi primer y único hombre. Mírame ahora, Bill — Levanté mis ojos con temor y ella me sonrió. —. No me arrepiento de nada. Ha valido la pena todas y cada una de las lágrimas que derramé.
— ¿Me estás queriendo decir que debo mandar todo a la mierda, todo lo que conseguí con tantos años, por él?
— Si vale la pena, sí —respondió sencillamente—. Espero que no sea demasiado tarde cuando te des cuenta que el amor verdadero sólo llega una vez en la vida, y si lo dejas pasar te puedes arrepentir para siempre.
— Es muy difícil para mí toda esta situación, Helga. Me voy a casar, ¿entiendes?, no es algo que se pueda hacer y deshacer de un día para el otro.
— Yo dejé todo por Jörg de un día para el otro. Mi vida cambió por completo, y tengo en mi memoria los más bellos recuerdos — Sinceramente me encontré sin palabras para excusarme. A duras penas podía mirarla a los ojos. ¡Qué valentía! Vivir un amor clandestino y a pesar de todo, ser feliz. Pero no todos somos iguales. Algunos se quedan en la batalla y enfrentan vientos y mareas, pero otros prefieren no volver a sufrir y se retiran en paz. Es que cuando una herida está cicatrizando, no puedes echarle sal.
— Tengo que ir al estudio. Susan está a tu disposición abajo — Di por terminada la conversación de la forma más cordial que se me ocurrió. Y ajustándome la corbata prolijamente en mi cuello, salí del cuarto molesto. Molesto para no pensar.
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By Tom
En el noticiero anunciaban el fallecimiento de Axel y me preocupé al imaginarme a Richael destrozada, sin mi apoyo como le había prometido. Si tan sólo tuviera mi móvil para enviarle un mensaje o llamarla; sólo para brindarle un poco de compañía… Pero nada en absoluto. Estaba incomunicado. Los doctores me tenían despierto dándome comida hasta por las orejas para recobrar fuerzas. Le darían aviso a mi familia al día siguiente, cuando los estudios estuvieran completos. Mientras tanto, a aburrirse como una hostia.
No podía apartar de mi cabeza la imagen de aquella muchacha que solamente yo pude ver. La enfermera insistía en que se trataba de una alucinación por el golpe en mi cabeza, pero yo me negaba a creerme una explicación tan básica y absurda. Pero calle. ¿Para qué insistir? Sólo me metería en problemas. Era Simone. No existía la persona que pudiera negármelo. Ella me cuidó desde donde sea. Me cuesta creerlo cada vez que lo repito en mi cabeza. Lo admito, suena estúpido. Y más si le agregamos que no creo en dios, ni en nada parecido. Pero allí había estado ella, y bajo mi almohada su revista. Una revista de actualidades que no pude ojear por temor a que entrara alguna enfermera. Hacía un rato había venido a verme quien era mi enfermera personal. Una muchacha muy diferente a la amargada que me atendió primero. Su nombre era Priscila e irradiaba alegría de sus ojos. Ella conversó conmigo unos minutos mientras cambiaba mi suero, desinfectaba mis heridas y me daba de comer con una devoción admirable. Me dijo que había tenido un día espléndido. Resulta que se había reencontrado con su hermano mayor después de varios años de no saber nada sobre él. Me alegré por ella. Ese tema desembocó en Bill. Él me había venido a ver y había llorado muchísimo. Dice que se lo veía abatido y confesó que se sentía culpable. Aquello me arruinó por dentro… Cuando él tuvo aquella recaída con las drogas que casi lo lleva a la muerte, yo sentía que era mi culpa, y no era una sensación agradable. No me gustaba que él estuviera pasando por lo mismo que yo pasé… Pero mi humor subió cuando me dijo que también me había visitado una mujer llamada Helga Trümper, mi madre. ¡Me puse feliz, y aún estaba que explotaba de alegría! Eso fue obra de Bill; podría apostar mis piernas a que él movió cielo y tierra para que ella me acompañara en este momento.
Levanté mi mano con el control remoto en ella y apagué el televisor. Finalmente me acomodé en la camilla para dormir unas cuantas horas hasta que volviera el doctor para meterme más sangre ajena… Los términos científicos no eran lo mío.
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By Bill
— Basta de tanto misterio, Jörg —dijo Andreas con voz nerviosa, sentado a mi lado—. ¿Qué sucede? — Jörg nos había reunido a todos en la sala de juntas. Todos sentados en la mesa larga y mi padre parado en la cabecera con una expresión devastadoramente triste. Yo sabía lo que venía a continuación, al igual que Richael, la cual sólo miraba al centro de la mesa esperando el golpe de la noticia.
— Me gustaría tener algo jovial para anunciar, pero lamentablemente no es así… En esta ocasión tengo una noticia — Calló un momento y tragó pesadamente, bajando la mirada por unos segundos. Al levantar el rostro, sus ojos estaban brillantes por las lágrimas. —… terrible.
— ¡Por favor! —exclamó Georg exasperado—, díganos de una vez, Jörg.
— Queridos compañeros, hoy me llegó una noticia de mi amigo el oficial Molina… Siquiera lo asimilé todavía, pero es justo que ustedes se enteren por mí, y no por la televisión — Tomó aire y para ese entonces una lágrima ya estaba descendiendo por su rostro. Yo me mantuve inexpresivo mientras todos estaban tensos y preocupados. —. Nuestro colega Axel Greffman falleció — Soltó y todos quedamos en silencio, pero Andreas rompió el mismo luego de unos minutos.
— ¿Qué? —preguntó con un hilo de voz. Yo tomé su mano izquierda que reposaba sobre la mesa y la apreté con fuerza para intentar calmarlo. —. No…, no, Jörg. ¡Dime que no es así! — Su voz se había quebrado y ahora Georg, enfrente de mí, rompía en un llanto silencioso. Lucas palmeó su espalda mientras los hombros de mi mejor amigo se convulsionaban y su rostro se escondía en sus manos. Tania, parada a un lado de mi padre con su compostura profesional de siempre, ahora se la veía destrozada, siéndole imposible aguantar las lágrimas. Richael permaneció igual que yo, inexpresiva. Pero sus ojos no estaban ahí, y tampoco sus pensamientos. Estaba lejos, absorta en sus pensamientos más profundos. Mi papá secó su rostro empapado e intentó calmar sus sollozos. —. Lo vi crecer como persona y como profesional… Esta sin duda es una noticia que destroza mi corazón — Lo miré asustado. Mi papá no podía tener estas emociones; podían lastimar su salud. Pero también comprendí que era natural. No podía suprimir su llanto, y lo mejor era dejarlo salir. —. Disculpen —dijo y se retiró con velocidad a la privacidad de su despacho. Luego iría a verlo. A pesar de nuestras diferencias tan rutinarias, no podía abandonarlo sabiendo que se encontraba mal.
Tania le siguió los pasos y dejó la puerta abierta. La reunión tan diferente a las anteriores, había terminado dejándonos a todos un sabor amargo en la boca.
— ¡No puedo creerlo! — exclamó Georg descubriendo su rostro y parándose con ira. Salió por la puerta como alma que lleva el diablo. Lucas lo imitó cabizbajo. Supuse, seguiría a su pareja para brindarle su apoyo.
— Andi, ¿estás bien? —pregunté acercándome un poco a él. Para mi sorpresa, miró mi mano sobre la de él y sin decirme palabra, cortó el contacto. Yo iba a preguntarle qué le pasaba, pero no me dio tiempo a reaccionar. Se paró y se retiró. Me sentí confundido, pero por el momento lo entendía.
Richael interrumpió mis dudas con el ruido de su silla cuando se puso de pie y se marchó a paso lento, con sus tacos quebrantando el silencio a cada paso. Entonces me quedé solo. Unos minutos meditándolo y finalmente me retiré para fijarme cómo estaba mi padre.
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Salí del despacho más tranquilo. Jörg ahora estaba indignado porque le llegaron más detalles de su fallecimiento. Efectivamente, había sido un asesinato y no había testigos, ni pruebas. La causa estaba a punto de cerrarse. Desde luego, un tipo tan obstinado como mi padre no iba a quedarse de brazos cruzados. Dijo que movería montañas si era necesario para que el crimen no quedara impune.
En la recepción Tania seguía llorando con Lucas intentando consolarla. Mi padre dijo que daría dos días de luto y yo no presenté réplica ni a eso, ni a ninguno de sus reproches contra la sociedad y la ley de hoy en día. Simplemente callé y escuché para no desesperar sus nervios.
Entonces decidí ir a ver a Richael. Ella estaría igual que yo. Los dos teniendo que callar lo que ya sabíamos y ya habíamos procesado.
Entonces olvidé las diferencias pasadas y toqué la puerta de su oficina, recibiendo el débil permiso del otro lado.
— Permiso —dije y cerré la puerta a mis espaldas—. Richael — No tenía palabras para ella… Estaba en cero. ¿Qué podía hacer? Nada. Sólo me senté al otro lado de su escritorio y esperé a que ella posara aunque sea sus ojos sobre mí.
— No imaginé que sería tan duro —dijo acaparando mi atención luego de algunos minutos—… tener que fingir — Aclaró como si no supiera de qué estaba hablando.
— Digo lo mismo — Luego de eso, sólo silencio. Me sentí incómodo ahí sentado sin poder hacer nada. Se veía en su mirada lo devastada que estaba. —. Richael, a pesar de todo lo que pasó entre nosotros, quiero que cuentes conmigo en este momento. Aunque sea sólo por una vez.
— Gracias — Me miró con sus ojos empañados e intentó sonreírme de lado. —. Me duele que mis compañeros estén sufriendo así…
— Me imagino que no te sientes culpable… — Supuse ante su silencio repentino.
— Por su muerte, no. Me siento culpable por sentir ganas de salir corriendo en busca de su asesino… — Una lágrima calló por su mejilla y la secó con hartazgo —. Estoy enamorada de quien mató a mi mejor amigo, Bill… ¡Soy terrible!
— No, no — Me apresuré a decir poniéndome de pie y yendo a su dirección. Sentí que necesitaba de un abrazo, y no suprimí esa sensación en absoluto. No me pregunté si era correcto, ético o hipócrita. Vi a un ser humano carente de apoyo y no sería tan basura de negárselo.
Ella se puso de pie al percibir mis intenciones y se aferró a mi cuello, descargando su dolor en mi hombro. Yo apreté su cintura y acaricié sus negros cabellos.
— ¿Qué hago, Bill? Dime, por favor —sollozó
— No soy el mejor consejero en el campo del amor —dije—, pero debes ser valiente y jugarte a todo o nada por lo que sientes. El amor nunca puede ser malo.
— Pero Axel…
— Axel murió — Quizás había sonado demasiado brusco para un tema tan sensible, pero era una realidad. —, y tú estás viva. Sé feliz.
— Tienes razón — Aflojó el agarre en mi cuello y yo la liberé también. Me miró secando su rostro y esta vez sí me regaló una sonrisa sincera.
— Ve a por él. No pierdas tiempo… Yo lo haría si pudiera — Lo dudó unos instantes, y finalmente asintió ampliando más su sonrisa.
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By Gustav
Bajé de mi auto y le eché la alarma de seguridad. Nicolás estaba recargado en un poste de luz, a las afueras de la casa de Santos. Los portones de seguridad custodiados por sus monos, se abrían para dejarnos paso. Saludé a mi colega al pasar, con un apretón de manos y una mirada cómplice que entre nosotros significaba un ‘gracias’ y un ‘sabía que podía contar contigo’.
Dos putas totalmente distintas a las últimas que nos habían acompañado mansión adentro, ahora nos tomaban de los antebrazos y nos guiaban por el camino que ya conocíamos de memoria. ¿Qué habría pasado con las otras dos? Seguramente las vendió a otro narco, o las mató sin razón aparente. A veces Santos hacía esas cosas: mataba gente porque sí.
— ¿Sam? —preguntó a mi lado, mirando con recelo a uno de los tres monos de traje y lentes que nos seguían con sus revólveres listos para volarnos los sesos ante cualquier movimiento repentino.
— Fue donde su madre a buscar ropa — Fijó sus ojos en los míos con duda en ellos.
— ¿A qué hora?
— En la mañana. ¿Por qué?
— ¿No volviste a verlo?
— Fui al hospital después y pasé toda la tarde en casa, pero él no apareció. Seguro se quedó en casa de algún colega.
— Me huele raro —dijo después de algunos segundos analizando lo que dije. Yo no aparté los ojos de su perfil preocupado, y me sentí igual que él. Era cierto… ¿Dónde estaba Sam? ¿Tanto tiempo tardó en ir y buscar un bolsón de ropa? Además, con la situación tan complicada que estábamos pasando, no andaría de vago por ahí sin mandar un mensaje siquiera. Realmente estaba pasando algo extraño.
— ¡Schäfer, Romero, sean bienvenidos! — El grito de Santos ingresando a la sala principal, me sacó de mis pensamientos. Las putas nos indicaron el sofá de pana para sentarnos y así lo hicimos. Santos se sentó enfrente de nosotros, con un vaso de whisky meneándose entre sus dedos. —. ¿Qué los trae por aquí?
— Lo sabes bien —respondí asustado por las ideas que mi amigo acababa de plantar en mi cabeza.
— Ilústrame, por favor.
— Mandaste a un auto a seguir a mi amigo —acusé alzando la voz—. ¿Qué fue? ¿Una intimación?
— Comencemos por el principio, Schäfer — Su expresión alegre, cínica y falsa, se borró. Dejó su vaso de vidrio a un lado, en uno de los muebles con lujosos adornos sobre ellos, y sus ojos parecían apuñalarme. —. Tu protegido ya estaba advertido y lo tenía en la mira. ¿Te enteraste de los cuarenta mil?
— Sé todo. Cometió un error…
— ¡Siempre cometiendo errores! ¿Hasta cuándo vas a arriesgar tu pellejo por ese niñato?
— Hasta que aprenda y sea tan o más poderoso que yo —respondí seguro—. ¿Qué quieres?, ¿los veinticinco mil que te cagó? Genial. Cuenta con ellos.
— ¿Crees que necesito dinero, Schäfer? — Rió estrepitosamente. —. ¡Mira a tu alrededor! Ni Joshua, ni yo necesitamos esos asquerosos veinticinco por los que tu amiguito arriesgó su vida y la de ustedes dos al venir aquí.
— ¿Entonces qué quieres? — Aquel tipo me estaba sacando de mis casillas. —. ¿Quieres que venga arrastrándose y te pida piedad? Pues quédate ahí sentado y sé paciente, porque mi gente no se arrastra — Se encogió de hombros como si no le interesaba ninguna de las palabras que salían de mi boca.
— Como buen maestro, me gusta que mis alumnos aprendan las lecciones. Y si para eso debo ser un poco más estricto que de costumbre, lo seré sin problemas.
— ¿A qué te refieres? — Por primera vez, Nicolás abría la boca.
— Me refiero a que ustedes dos no pudieron hacerlo entrar en razón a Rogger, como dijeron que harían. Bueno, entonces tendré que intervenir. Mejor dicho…, tuve que intervenir —dijo con una sonrisa indescifrable.
— ¿De qué hablas? —cuestioné—. ¿Qué hiciste, Santos? — Me puse de pie como un gato que eleva su columna cuando percibe peligro. Nicolás me igualó con torpeza. Estábamos asustados, se nos notaba. Él disfrutaba de nuestro desconcierto. ¡Maldito psicópata!
— ¡Oh, oh! Tranquilos — Oí uno de los ruidos que más distinguía en la vida: el de un revólver cuando se le saca el seguro. Vi a Nicolás voltear su rostro con pánico hacia atrás. Sabía qué ocurría. Sus secuaces nos estaban apuntando a matar. Un paso en falso y éramos comida para los peces. —. No hice nada malo. Era uno a uno, ¿o no? Hay que cuidar de las amistades; y una manera de cuidarlas, es teniendo las cuentas al día. ¿Para qué enemistarme con ustedes, chicos? — Volvió a agarrar su vaso de whisky y recibió gustoso a su lado a una muchacha de unos veinte años de curvas pronunciadas. Acarició su muslo como quien acaricia a un perro, y gozó del miedo que emanábamos. —. Ustedes no tenían nada que ver
— ¡¿Sam está aquí?! ¡Responde, Santos!
— Gustav, cálmate —murmuró Nicolás.
— ¡¿Dónde está mi amigo?!
— Bueno — Miró en su muñeca el reloj de pulsera de oro y brillantes y luego volvió su mirada a mí. —, ahora mismo una de mis camionetas lo está dejando en una esquina cercana a tu casa. Soy un tipo cordial y me gusta hacerles cómodo el viaje a mis invitados — Luego de eso soltó una carcajada, como si le hubieran contado un chiste épico. Apreté mis puños y suprimí las ganas de lanzarme sobre él a puros golpes. Me giré sobre mi sitio y salí corriendo hacia la puerta. No miré hacia atrás. No había tiempo para perder.
— ¡Mierda!
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By Bill
Estaba confirmado; habría dos días de duelo en el estudio jurídico. Era lo justo. Además, a mí me venía bien no trabajar, para poder ir a ver a Thomas al hospital.
Llevaba en mis manos una carpeta solapada que Andreas me había pedido que le acomodara por fecha y clientes. Estaba hecho, y ahora estaba a punto de irrumpir en su oficina para dársela y de paso arreglar alguna salida solos. Se lo merecía. Habían sido varios días de abandono.
— Permiso —dije abriendo la puerta y asomando la cabeza a la intimidad de su despacho. Él levantó la mirada de su escritorio y rápidamente dejó de hacerlo. —. ¿Cómo estás?
— Aquí me ves. Estoy asimilando lo reciente — Asentí en silencio acercándome a su escritorio con la carpeta en mis manos. —. Axel murió… — No dijo más. Fue más para él mismo que para mí. Yo solamente permanecí en silencio como desde que entré. Dejé la carpeta enfrente de él, sobre la madera de su buro. Me crucé de brazos y fijé la mirada en algún punto de todo lo que había sobre el mueble. Tenía mi mente en blanco. —. Tú tuviste algo que ver, ¿cierto? — Volví mis ojos a los suyos, entre sorprendido y anonadado. Él tenía la cabeza agachada, pero con sus ojos dilatándose en sus pupilas celestes casi azules. Era una mirada de repudio y de recelo.
— ¿Qué dices? —cuestioné a la defensiva—. Eso me sonó casi como una afirmación.
— Tu silencio no me dice lo contrario tampoco.
— Andreas, ¿tú me estás hablando a mí?
— ¿A quién más? — Sin embargo, todavía no entendía su acusación. No me entraba en la cabeza que él pudiera sospechar de mí como se sospecha de un criminal. —. No me olvido que tú lo increpaste con tus amigos pandilleros y lo echaste a volar.
— ¡Andreas! — Recriminé mirando hacia la puerta cerrada, con temor a que su tono de voz pudiera ser oído en el exterior. —. Ese fue otro tema muy distinto y lo sabes. De ahí, a matarlo, hay un abismo, ¡por Dios!
— ¡¿Me vas a negar que lo amenazaste con asesinarlo?!
— ¡Fue una forma de decir!
— ¡Vaya forma! — Entreabrí mis labios, perplejo, sin salir de mi asombro. Él no dejaba de observarme como a un desconocido. Como si nuestros años juntos se hubieran escapado como arena entre los dedos.
— No puedo creer esto —dije—. ¿En serio se te puede cruzar la idea de mí empuñando un arma y asesinando a alguien?
— Ya mataste una vez, y lo que pasa una vez, siempre sucede una vez más — Negué frenéticamente con la cabeza y froté las palmas de mis manos para darles calor. En mis años de yoga, cuando tenía catorce años, me enseñaron que así se liberaban las malas energías del cuerpo. Las manos eran portales de energía. De ellas entran y salen las vibras tanto negativas, como positivas. Solía adoptar ese hábito cuando me encontraba en una situación de presión; con el correr de los años fui abandonándolo y ahora, cuando estoy entre la espada y la pared, me prendo un cigarro y me enveneno los pulmones.
— Te juro que trato de entenderte por el shock de la noticia, ¡pero no logro conseguirlo! Aquello fue en defensa propia, y tú fuiste uno de los que me dijo que había hecho lo correcto, que era él o yo. ¡Me estás acusando de asesino, Andreas! ¡A mí, tu pareja y futuro marido!
— ¡Dios santo, William, basta! — Apretó sus párpados y cubrió sus oídos como quien se niega a seguir oyendo acusaciones. —. Deberíamos estar hablando de nuestra boda, y todo parece confabular para que eso quede en un segundo plano.
— ¿Tú te sientes atacado? ¡Es a mí a quien tildas de asesino! — Me defendí importándome una mierda su aparente colapso mental.
— Son demasiadas cosas… —susurró y sus ojos azules empezaron a emanar lágrimas de a montones—. Axel, una persona con la que trabajé a diario por tantos años, ahora está muerto… Y si dudé de ti, fue porque no te vi soltar ni una sola lágrima, Bill — Solté una carcajada de lo más cínica, dándole cientos de cachetadas metafóricas en la cara.
— ¿Y eso significa que no siento nada? — Mordí mi labio inferior y negué incrédulo. —. Además no quiero ser hipócrita.
— Es decir que todos los que lloramos, lo somos — ¡Qué cabeza dura este sujeto! Era obvio que estaba en plan de contradecir y malinterpretar todas y cada unas de mis palabras. —. ¿Soy hipócrita para ti porque me duele la muerte de un colega?
— ¡No puedes negarme que tuviste tus roces con él! De hecho, sin mal no recuerdo, jamás te simpatizó.
— ¡Pero él está muerto, Bill! No puedes seguir peleando por un documento o un testigo, si esa persona ya murió. ¡Cualquier tipo de rencor es cosa del pasado!
— Eso es lo malo del ser humano —dije con tono sereno—. Cuando alguien muere, lo idealizan. Yo no hice eso con mi madre, y no lo haré con nadie jamás — Quise dar por finalizada la conversación lo más rápido posible. —. Búscame cuando dejes de pensar que soy un asesino, ¿sí? Y de nada —agregué señalando la carpeta que había dejado minutos antes sobre su escritorio. Recién ahí notó la presencia de dicho archivo.
Salí de la oficina a paso firme. ¡Cuánto odio me había invadido! Acusarme de asesino definitivamente había sido la gota que derramó el vaso.
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By Gustav
— ¡¿Ahí?!
— ¡No, Gustav, no! —repitió molesto—. Sigue conduciendo
— ¡Rayos, Nicolás! ¡Voy a matar a ese hijo de puta de Santos, Dios sabe que lo haré! — Golpeé el volante con ira y sentí una punzada en la parte derecha de la mandíbula de tan fuerte que crispaba mis dientes.
— Cálmate — Ignoré olímpicamente eso y seguí con mis ojos fijos en cada esquina. Buscábamos a Sam desesperadamente, a cada metro que hacíamos en mi auto. Era terrible saber que a cada segundo sin encontrarlo, su estado de salud podía estar empeorando más y más. Además, a eso se le sumaba la incertidumbre de si Santos decía la verdad, o solamente quería asustarnos. —. Gustav, Gustav — Llamó desde mi izquierda con apuro. —, ¡ahí está! —gritó desesperado y yo giré la mirada hacia esa dirección, sin darle importancia a la camioneta que casi se estrella contra nosotros.
— ¡Sam! — Exclamé soltándome el cinturón de seguridad y bajando del auto lo más rápido que mis músculos me lo permitieron. Nicolás me imitó de su lado, pero sinceramente se me nubló todo alrededor. Por un instante creí que me iba a desmayar y caer al pavimento rompiéndome el cráneo sin poder remediarlo, pero vaya a saber uno de dónde saqué las fuerzas para recobrar la cordura y mantenerme en pie. —. ¡Sam, no! — Volví a gritar y algunas personas que veían la escena del pobre chico golpeado e inconsciente, se alarmaron por mi repentina aparición. Eran familias de nuestro barrio, conocían a Sam desde que era un crío, y sin embargo nadie lo ayudaba. —. ¡Sam, responde! — Me tiré de rodillas a su lado, en el suelo caliente por el sol de la tarde, y sostuve su cabeza por la nuca.
— Hay que llevarlo a casa — Nicolás con sus sabias palabras, como siempre, fue mi cable a tierra en ese momento de crisis. Asentí sorbiendo mi nariz y apretando los párpados a ver si así esclarecía mi mirada.
Me incorporé sobre mis temblorosas piernas y lo sujetamos de ambos lados. Pasamos cada uno de sus brazos por nuestros cuellos y lo acarreamos hasta el auto. Con una mano y con mucha dificultad, Nicolás pudo abrir la puerta del asiento trasero, en el cual recostamos el herido cuerpo de nuestro amigo.
— ¡Fuera de aquí, malditos! ¡Esto no es un show! —grité eufórico a la muchedumbre que ahí se amontonaba—. ¡De no ser por nosotros, estarían todos en la calle cagándose de hambre! ¡¿Así me pagan?! — El nudo que se formó en mi garganta me impidió continuar gritando mi bronca.
— ¡Ya basta, Gustav! — De nuevo Nicolás trayéndome de un tirón a la realidad. Me tomó por los hombros y me empujó a la puerta del copiloto, la cual había abierto a mis espaldas sin darme cuenta. Me metió dentro aprovechando mi estado de vulnerabilidad por el llanto. Lloraba del miedo, de la bronca, y de la desesperación.
Se metió al auto luego de rodearlo por delante, y aceleró rumbo a mi casa.
Giré mi cuerpo en el asiento y miré a mi amigo ahí tirado, con un brazo colgando del asiento y las puntas de sus dedos rozando la alfombra del vehículo. Sus párpados violetas por los hematomas estaban hinchados, sus labios entreabiertos dejaban ver sus dientes blancos manchados de sangre. La sangre… Aquella estaba por toda su cara. En las cejas, en la comisura de sus labios, bajaba de una de sus fosas nasales. Y sus brazos tajeados, su ropa sucia y manchada… No podía verlo así.
— Tranquilo, amigo —dije en medio de un llanto desgarrador—. Todo va a estar bien.
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By Bill
Sentado en el sofá de la sala veía las noticias, donde hablaban del misterioso asesinato del abogado del estudio jurídico Kaulitz. Aunque cambiara de canal una y mil veces, a esa hora de la tarde-noche sólo se encontraban noticieros.
Helga había estado descansando en su recámara toda la tarde, y Susan se había incorporado a sus tareas hacía una hora después de una tarde libre que me permití darle. Jörg había estado en la calle, yendo y viniendo con el pobre de John que seguramente tuvo que soportar sus maldiciones y sus ataques de indignación. Seguía con la idea fija de que el caso de Axel no podía cerrarse así nada más. ¿Recuerdan? Movería cielo y tierra hasta encontrar al asesino, pero sólo era un abogado (por muy famoso que fuera), y no el Inspector Gadget. Si la causa se cerraba, no había nada que él pudiera hacer. Yo le había ofrecido llevarlo a casa cuando terminamos con nuestros deberes en el estudio, pero se negó rotundamente diciendo que tenía que ir a hablar con Molina y que no podía posponerlo. La idea no me agradó en absoluto, está de más decirlo. Era demasiada presión, demasiada exigencia y demasiados nervios para su salud. ¡Pero vayan a decirle que no a un Kaulitz!
El azote de la puerta de entrada interrumpió mi hipnótica tarea de cambiar de canal cada tres segundos cronometrados. Volteé mi rostro en esa dirección y pude oír a mi padre hablando aparentemente por celular mientras lanzaba las llaves sobre la mesa del recibidor, generando un ruido estrepitoso y molesto.
— ¿Cómo que no se puede hacer nada? —dijo indignado—. ¡¿Usted sabe quién soy yo?! ¡Soy Jörg Kaulitz, idiota! — Gesticulé una mueca de fastidio cuando soltó tanta soberbia en una sola frase, olvidando que en ocasiones yo era muy parecido. —. ¡Puedo hacer que pases de tu bonito escritorio, a la calle dirigiendo el tráfico, patán!… No, no es una amenaza, sino una advertencia — Apareció por el enorme umbral que divide la entrada del living, desde donde yo lo observaba con el entrecejo fruncido en señal de cuestionamiento. Colgó la llamada con brusquedad y utilizó el teléfono móvil para rascar su frente. —. ¿Puedes creerlo?
— ¿Qué ocurre?
— En dos días van a archivar el caso — Caminó unos cuantos pasos hacia el sofá donde yo estaba cómodamente sentado, y apoyó su peso sobre sus manos, en el apoyabrazos del asiento. Soltó un suspiro ronco y cansado. —. ¡Son unos hijos de puta!
— Es en vano pedirte que te calmes, ¿verdad?
— ¿Cómo calmarme, Bill? — Justo al final de esa pregunta, su tono de voz se elevó anticipando lo que seguía. —. ¡¿Qué clase de justicia tenemos en este país?! ¡¿Cómo es que encuentran a un hombre atado a una silla de madera en su casa, con un agujero en su sien izquierda, y el asesino queda impune?! ¡Es una auténtica barbaridad!
— Qué curioso —dijo una voz serena desde las escaleras. Volteamos nuestros rostros al unísono y vimos a una recién levantada Helga bajando las escaleras con una especie de sonrisa triunfal en el rostro. —. Suena tan irónica la palabra justicia saliendo de tu boca, Jörg — Con indignación, mi padre buscó mi mirada, pero no hice caso a ese jueguito de complicidad. —. Para nada celebro la muerte de ese muchacho, pero creo que la vida te dio una cucharada de tu propia medicina. ¿Ahora ves lo feo que se siente que una injusticia hacia alguno de tus afectos quede impune? Tú lo has hecho con cientos de personas — Cuando terminó de bajar las escaleras caminó tranquilamente por detrás de mí hacia la cocina, sin detenerse a darle la oportunidad a un perplejo Jörg para discutir. —. No lo tomes a mal, es sólo que alguien debía decírtelo — Y finalmente se metió a dicha sala, dejándonos nuevamente solos, y dejándome a mí a aquel hombre que indignado era más insoportable que diez Testigos de Jehová llamando a tu puerta en la mañana.
— ¿Se supone que esa mujer está viviendo bajo mi techo? ¡Qué mal agradecida!
— No es sólo tu techo, viejo —dije sin mirarlo—. También era el de mamá, y es el mío y el de Thomas, así que ya somos dos contra uno — Aparté la mirada del televisor y posé mis tranquilos ojos sobre los de él, cargados de furia. —. Y en segundo lugar, lo que dijo es verdad.
— ¿Qué cosa? ¿Lo de Axel? —preguntó con incredulidad.
— Así es. Ambos tenemos bastantes juicios dudosos en nuestra conciencia. Como dirían algunos: todos tenemos un muerto en el placar —dije recordando las últimas palabras que Axel me había dicho aquella tarde, en mi despacho—. Esto no es más una bofetada del destino. Cuando quien practica la corrupción, se encuentra con una injusticia que llega a dolerle. Lo trágicamente absurdo — Volví a mirar la televisión sin prestarle demasiada atención a los comerciales de telenovelas brasileñas dobladas al alemán que ahora reproducía la pantalla.
— ¡Susan! — Llamó y en cuestión de minutos la susodicha estuvo frente a él.
— Lamento lo de ese muchacho, Jörg — Pude oír. —. ¿Qué necesitas?
— Un té de boldo y mi medicina. Estoy muy cansado y me iré a la cama temprano.
— ¿Te encuentras bien?
— Sí, sí. Sólo quiero descansar — Vi por el rabillo del ojo que volvía a mirarme, como si fuera a decirme algo. —. Bill, como ya sabes, mañana será el primer día de duelo, por lo que no iremos al estudio. Te agradecería que si sales esta noche me avises — Asentí a pesar de que pensaba quedarme sentado en aquel sofá hasta que mis ojos se cerraran automáticamente por el sueño. Esos eran todos mis planes. —. Buenas noches.
— Buenas noches —dije antes de que sus pasos hicieran crujir los escalones de madera.
Continúa…
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