«Apostemos» Temporada III

Capítulo 14: Como un padre

By Gustav

Pasé por enfrente de la televisión oyendo de paso las noticias acerca del abogado ese que tantos dolores de cabeza me había causado en su debido momento. Me inquietó la idea de Richael sufriendo la muerte de su amigo, pero alejé ese pensamiento de mi cabeza de inmediato. Tomé el control remoto y apagué el aparato. Luego, le di los últimos tragos a mi lata de cerveza antes de lanzarla sobre uno de los sillones, sin dejar de caminar hacia la recámara de invitados, donde Sam estaba descansando, o intentándolo.

Cuando entré al cuarto, vi su silueta tirada en la cama, con las sábanas arrugadas y desprolijas sobre su cuerpo semidesnudo, revolcándose con gestos de dolor tatuados en su rostro. Emitió un gemido de dolor y susto cuando encendí el velador, justo a mi lado. La tenue luz que éste emitía hizo que me viera parado en la puerta.

— Lo siento. No quise asustarte —manifesté ingresando del todo—. ¿Pudiste dormir?

— Realmente no… Los golpes en la espalda no me dejan pegar un ojo — Me crucé de brazos a un lado de la cama de plaza y media, y miré la bandeja que yo mismo había dejado sobre la mesita de noche. El zumo de naranjas y las galletas sin tocar, y la pastilla para dormir que no le hice tomar con las esperanzas de que pudiera hacerlo por su cuenta, pero no fue así.

— Vas a tener que tomar esa pastilla — Asintió y finalmente pudo sentarse en la cama con mucha dificultad.

— ¿Qué hora es?

— Cerca de las once de la noche.

— Gustav, ¿es cierto que Nicolás y tú fueron a casa de Santos hoy?

— Así es.

— Lo lamento — Negué sonriendo de lado. —. No, en serio. Lamento todo esto. Estuve pensándolo y voy a volver a tu lado, a trabajar para ti — Intentó sonreírme, pero sólo obtuve una mueca algo amorfa y tétrica por las heridas en su boca. —. Dejaré lo de independizarme y eso para más adelante. Todavía tengo mucho que aprender.

— ¿Qué drogas usas, Sam? — Me miró perplejo y luego oí una risilla entre graciosa y dolorosa.

— ¿Dije alguna sandez o algo sin sentido para que me preguntes eso?

— No fue una pregunta retórica, sino que es literal. ¿Qué drogas consumes?

— Bueno… Marihuana, LSD. Una vez probé la cocaína, pero no me gustó en absoluto.

— ¿Y qué me dices de la heroína? —pregunté con miedo.

— No. Jamás me inyecté nada — Solté un suspiro aliviado.

— Es lo peor que te puede pasar —dije—. Sam, hay algo que te quiero proponer… Lo estuve pensando durante varios días pero finalmente me decidí a concretarlo hoy en la tarde.

— ¿De qué se trata? — Un gemido de dolor se escapó de su boca cuando una de sus piernas se movió confiadamente bajo las sábanas, olvidando por un instante los cortes y el posible esguince en el tobillo.

— Este año crecí en lo que al trabajo se refiere y he ganado una cantidad de dinero que pocas veces soñé tener. Si yo quisiera podría irme de esta casa y mudarme al centro sin problemas, a vivir una vida mejor. Pero no lo hago porque todavía hay mucha gente que depende de mí en este barrio — Él asentía escuchándome atentamente. —. Ese dinero está bien guardado, esperando alguna inversión que valga realmente la pena. Y ya sé para qué lo usaré.

— ¿Para qué?

— Para ti, Sam — Frunció el seño y se quedó en silencio esperando que continuara. Así lo hice. —. Quiero que vayas a la Universidad, que te recibas, que trabajes, que conozcas a una muchacha y tengan una familia. Quiero que tengas una vida normal, ¿entiendes? Eres el único de nosotros que aún puede salir adelante sin daños colaterales — Su expresión era de perplejidad. No sabía qué decirme y estaba seguro que sólo esperaba el momento en que me echase a reír y le dijera que era una broma solamente. Pero dicho momento jamás llegó. Yo hablaba en serio, y eso se notaba en mi rostro y en mi voz.

— Ahora soy yo quien debe preguntar: ¿qué drogas consumes? — Me mantuve serio. —. ¿Universidad? Yo jamás pensé en seguir una carrera. De hecho no tengo ni puta idea de qué podría estudiar… ¿Yo estudiando? ¿Te imaginas eso?

— Vas a hacer un test vocacional y ahí sabrás qué profesión es la indicada para ti. Hablaré con tu madre si quieres; ella va a estar feliz con la idea. Te vas a ir a vivir al Campus mientras estudias y te alejarás de este lugar para no volver jamás, ¿me oíste?

— Gustav… — Sacudió levemente su cabeza y volvió a posar sus ojos sobre mí. —. Esto es muy extraño. ¿Por qué sales con esto justo ahora?

— Mira, Samuel… Voy a contarte algo que siquiera Nicolás sabe todavía — Me senté a su lado, en el borde de la cama y uní las manos entre las rodillas, mirando el suelo durante unos segundos. —. Quiero internarme en una clínica para adictos y dejar el barrio y el negocio para siempre.

— ¿Que tú, qué? —preguntó en un hilo de voz.

— Eso mismo. Planeo hablar con Nicolás y proponerle que tome las riendas del negocio que ambos construimos y defendimos durante tantos años. Y respecto a ti, no voy a permitir que mientras yo no esté en el barrio, tú sigas dedicándote a las drogas — Posé mis ojos en los suyos, los cuales brillaban. No supe si lo hacían por las lágrimas o por lo hinchados que estaban, pero lucían con un destello particular. —. Si hoy Nicolás fue conmigo a hablar con Santos, no fue por ti. Él fue por mí. A Nicolás le vale madres tu vida o la vida de Franco. Él tiene la cabeza fría para estas cosas; no es como yo que me enojo, me altero, me desespero. Él sólo tiene un amigo, y ese amigo soy yo. Sin mí en el barrio, si viene la gente de Santos a querer ponerte una bala en la frente, Nicolás no hará nada para impedirlo. ¿Entiendes? — Asintió pausadamente y la recámara quedó en silencio. —. Eres el único de nosotros que tiene la oportunidad de salir de todo esto… Yo tenía cinco años menos que tú cuando me metí en este mundo. Tengo treinta años y recién ahora estoy evaluando la idea de rehabilitarme. No sé si podré conseguir un empleo digno, comprar una casa en un barrio tranquilo, conocer a alguien y saber qué se siente ser padre…, pero voy a intentarlo. Perdí casi la mitad de mi vida hundiéndome cuando creía que crecía. No quiero pasar un año más así — Finalmente, una lágrima rodó cuesta abajo por su mejilla. La secó con cuidado y asintió.

— Yo te apoyo, Gustav. Tú eres un ejemplo para mí, y sé que vas a poder salir adelante — Sentí una punzada en el pecho, pero no de dolor. Era una punzada de lo más agradable. Estaba emocionado.

— Gracias, muchacho —dije alborotando sus cabellos rubios oscuros con cuidado de no lastimarlo. Señalé la bandeja y él asintió. —. Ahora tómate esa pastilla para poder descansar. Mañana temprano vendrá una enfermera de mi confianza a verte las heridas.

— Muchas gracias… por todo — Le guiñé un ojo y me puse de pie. Tomé el zumo y la pastilla, extendiéndoselos. Me quedé mirándolo por un largo rato hasta que vació el vaso por completo. Yo ya le tenía un gran aprecio a ese muchacho, pero fue en ese preciso momento que descubrí algo nuevo. Mejor dicho, recordé que lo había experimentado en el auto, cuando me detuve en esa calle y lo vi en el piso todo golpeado y moribundo.

Dejé el vaso de vidrio que me devolvía sobre la bandeja y lo ayudé a recostarse cómodamente. Acomodé su almohada y lo tapé con las sábanas cuando sentí la brisa fresca que se colaba por la ventana. Fui hacia la misma y la cerré para evitarle alguna clase de resfrío o algo similar. Sentí sus ojos en mi nuca todo ese tiempo, haciéndome sentir extraño. No incómodo, sino… extraño solamente.

— Ahora descansa. Mañana será otro día —dije a punto de apagar la luz del pequeño velador antes de salir.

— Gustav — Me llamó y me volví hacia él. Se había acurrucado entre las sábanas y me miraba somnoliento, sufriendo los efectos de la pastilla. —, eres lo más parecido a un padre que tengo — Sentí un nudo en la garganta e irremediablemente una sonrisa afloró entre mis labios. Sus ojos se cerraron con paz y su respiración se volvió regular.

— Descansa, muchacho — Apagué la luz y cerré la puerta de su recámara después de salir.

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By Bill

— Buenos días —saludé ingresando a la cocina ya cambiado. ¡Por fin me deshacía de los trajes protocolares y extremadamente incómodos! Aunque, a decir verdad, ya estaba acostumbrado a ellos. Hoy lucía distinto. Pensaba salir con Andreas a conversar sobre nuestra última pelea. Me había invitado a almorzar a un restaurante de lo más excéntrico, en el Centro.

— ¿Qué tal dormiste, Bill? —preguntó Helga tomando alguna bebida de una taza de porcelana.

— Excelente. ¿Y tú, Hel?

— De mil maravillas —respondió desde una de las butacas, al otro lado de la mesada. Susan me sonrió cuando la miré, y mi padre parecía estar absorto de la situación mientras se servía un poco de licuado de plátanos en un vaso.

— ¿Y tú, papá? — Él volteó al oírme. —. ¿Cómo estás?

— Estoy mejor que anoche —dijo—. Llamé a Fred para que me haga un espacio en su agenda mañana.

— ¿Te sientes mal? —pregunté con tono de preocupación.

— No, hijo —respondió sonriéndome para transmitirme su calma—. Es sólo para que me suministre otra tableta de pastillas. Se me terminaron — Asentí en silencio, apoyado contra la mesada de mármol y con la mirada posada en cualquier lado, de manera pensante.

— Billy — Susan interrumpió mis pensamientos más profundos. —. ¿Vas a desayunar algo?

— Un vaso de leche tibia por favor, Su.

— De acuerdo — Cuando iba a cumplir mi pedido, el teléfono sonó en la sala. Sacándose el delantal de cocina, fue por él con prisa para no perder la llamada.

Jörg la observó mientras corría hacia el living y en el trayecto de su mirada se topó a Helga, quien bebía tranquilamente su té de hierbas, por lo que pude oler desde mi posición. Pasó de ella, ignorando su presencia ahí. Sería de lo más complicada la convivencia si seguían negándose a hablar y aclarar los tantos de una buena vez. Mejor dicho, el que no quería hablar era Jörg. Helga estaba muy predispuesta y se le notaba que tenía miles de cosas que decirle. Pero él tenía miedo. Así es. Jörg Kaulitz, el imbatible, le tenía miedo a una humilde mujer de Nueva York. Pero era una mujer con una conciencia limpia y vacía de toda culpa, algo muy diferente a él con sus fantasmas del pasado.

— Es del hospital donde está Tom —dijo Susan exaltada, ingresando a la cocina con el rostro pálido, como si hubiera presenciado cómo un muerto se levantaba de su tumba y se echaba a andar. Sin pensármelo tomé el tubo inalámbrico y lo llevé a mi oreja derecha. Jörg soltó una maldición por lo bajo por no haberlo tomado él mismo. De todos modos, los tres me miraban expectantes a mis palabras y gestos.

— ¿Hola? —dije de inmediato.

— Hola, ¿qué tal? Le hablo del…

— Sí, sí. Ya sé. Habla William Kaulitz, el hermano de Thomas Trümper. ¿Pasó algo con mi hermano?

— Necesitamos que venga algún familiar.

— ¿Qué? ¿Por qué? — ¡Estas telefonistas estúpidas e incompetentes que ponen los hospitales! ¡Me daban ganas de tirarle sal muera en los ojos! —. ¿Pasó algo malo con Thomas? — Pude ver en los ojos de Helga el terror y el horror mezclándose, dejando como fruto el pánico.

— No, no. Todo lo contrario —dijo—. El paciente ha reaccionado y se encuentra en óptimo estado.

— ¿Habla usted en serio? —dije perplejo—. ¡Dios Santo! —solté aliviado con mis ojos cerrados y una estúpida sonrisa de confort en mi rostro.

— Necesitamos que venga algún familiar —repitió.

— Sí, sí. Ahora mismo salgo para allá. Muchas gracias.

— Que tenga un buen día — Corté la llamada y dejé el teléfono sobre la mesada. Inmediatamente esos tres pares de ojos se posaron en mí aguardando noticias.

— ¿Qué pasó con mi pequeño? —preguntó Helga con una ansiedad imposible de ocultar. —. ¿Está bien?

— ¡Thomas despertó! —grité alzando mis brazos hacia arriba y esbozando una sonrisa de pura felicidad. Todos me imitaron, y pude ver en los ojos de mi padre unas cuantas lágrimas agolpándose.

— ¡Bendito sea Dios! —soltó Hel.

— ¡Al fin una buena noticia! —dijo Jörg.

— Tenemos que ir ahora mismo — Volví a hablar. —. Yo los llevo, ¡pero tenemos que salir ya!

— Sí, sí — Se anticipó mi padre. —. Subiré a mi cuarto a cambiarme — Al mismo tiempo que hablaba se encaminaba hacia la puerta arrastrando sus pantuflas. No me había percatado que seguía en pijama.

— ¡Rápido, viejo! — Lo hice sonreír mientras aceleraba la marcha y desaparecía en la sala.

Miré a Susan y a Helga, abrazándose entre ellas, gozando de la buena noticia y de cómo las cosas de a poco iban mejorando. Mejoraban para todos.

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By Gustav

— ¿Entonces no es nada grave?

— No, Gus —repitió con tono de cansancio y a la vez reía—. Es un golpe, no un esguince ni una quebradura.

— ¿Cómo se llaman esas píldoras que debe tomar? — Sabía que era pesado, que había hecho las mismas preguntas una y otra vez hasta hacerla colapsar del hartazgo, pero era la primera vez que tenía que cuidar de alguien más que no sea yo… Bueno, realmente nunca me cuidé en nada. No tengo hijos de puto milagro, porque siquiera profilácticos he usado en toda mi vida. Cuánta negligencia…

— Doblefex, Gustav — Oh, no. Me dijo Gustav. Estaba realmente exhausta de mí. —. De todas formas, lo anoté en la libreta que está sobre el sofá. ¿Quieres relajarte, por favor?

— Tú viste esos golpes, Priscila.

— Sí, los vi —asintió—. En dos días podrá pararse y caminar con normalidad. Es un chico joven y tiene muy buena voluntad. Se enfadó con la idea de hacer reposo por dos días — Hizo una pausa en la que supe que estaba tomando el jugo de naranjas exprimidas que le había preparado minutos antes. Yo continué picando las cebollas en pequeños pedacitos para cocinar fideos con estofado. Sí, así es. La cocina se me daba con facilidad, y más si tenía una invitada como ella, y un muchacho a quien cuidar y alimentar hasta que se repusiera. Ni de coña le decía a su madre que Samuel estaba así de malherido. ¿Para qué? Esa vieja cascarrabias sólo lo regañaría y hasta se tomaría el derecho de golpearlo más de lo que ya estaba. Esa mujer estaba loca y a kilómetros de distancia de llamarse ‘madre’. —. Me calló muy bien… Y se nota que a ti también te cae muy bien.

— ¿Cómo no? Lo conozco desde que es pequeño.

— ¿Es sólo un amigo para ti, Gus? — Volteé mi rostro interrumpiendo mi tarea por unos segundos, y la miré. Alcé ambas cejas y sonreí de lado. Ella me miraba de igual manera. ¡Cómo nos conocíamos a pesar de tantos años de distancia! Era increíble. —. Le tienes un gran afecto — Reí en un suspiro y negué suavemente. Tomé la tabla de madera y vertí los trocillos de cebolla en la olla. Volví a dejar la tabla sobre el repasador mojado que impedía que ésta se deslizara, y luego tomé un pimiento para repetir la acción.

— Anoche me dijo que era como un padre para él —recordé—. ¿Entiendes? Un padre. A mí que siempre me faltó uno…

— ¿Y cómo te hizo sentir eso? — Miré hacia el frente, la ventana que daba a un árbol hermoso que creía en la vereda de mi casa. Pensé unos segundos la respuesta y sonreí de nuevo. ¡Parecía quinceañera recordando su baile de vals!

— Me sentí extraño en su momento. Pero ahora descubrí qué era esa sensación — Reanudé mi tarea sin dejar de sonreír. —. Yo lo quiero como a un hijo — Sentí sus brazos rodearme el estómago y sus labios posándose en mi mejilla izquierda. Mi sonrisa se amplió y su mentón se quedó adosado en mi hombro. —. ¿Puedes creer, Prisci? Siento que quiero a ese muchacho como si fuera mi hijo.

— Es hermoso oírte hablar así —susurró—. Te amo, Gus.

— Yo a ti, hermanita — Volvió a besar mi mejilla y me soltó. Se quedó parada a mi lado mirando cómo cocinaba. La observé alzando una ceja cuestionadoramente. —. ¿Qué tanto vez?

— Eso va tomando buena pinta, eh.

— Espera a que termine la salsa y que los espaguetis estén listos — Observé la olla donde los fideos se cocinaban, y aún se los veía crudos. —. Te quedarás a comer, ¿cierto?

— ¡Desde luego! No me lo perdería por nada del mundo — Se cruzó de brazos y vi cómo se borraba su sonrisa de a poco, con preocupación.

— ¿Qué ocurre, hermanita?

— Anteriormente dijiste que te ponía contento que ese muchacho te considerara un padre porque tú no tuviste uno — Asentí sin dejar de mirarla a los ojos —. Papá está muerto, Gus.

— Sí —dije en voz baja volviendo a mirar el cuchillo en mi mano derecha, pero sin usarlo. Estaba inmóvil, así como todo mi cuerpo. —, ¿y?

— ¿Nunca se te pasó por la cabeza volver a casa y hablar con él?

— ¿Con qué objeto? — Se encogió de hombros. —. ¿Qué hubiera cambiado hablar con él? ¿Y qué le podría haber dicho?

— Dime tú —respondió—. Dime tú qué le podrías haber dicho.

— Nada, Priscila —dije con fastidio—. Nunca quise decirle nada a ese hombre.

— A mí no me engañarás, Gustav —terció—. Tiene que haber algo que hayas querido decirle o preguntarle de hombre a hombre.

— Nunca me consideró un hombre. Ni siquiera cuando crecí — Pensé unos segundos, dejando el cuchillo al fin y ladeando mi cuerpo hacia su dirección. —. Pero si hubiera tenido la oportunidad de mirarlo a los ojos y preguntarle algo, le hubiera preguntado por qué eligió como madre de sus hijos a una mujer que golpeó, maltrató y humilló toda la vida — Se creó un silencio en la cocina que me produjo un cosquilleo en el estómago y un dolor en la pansa. De repente un escalofrío me recorrió la espina dorsal y me electrificó las extremidades. Tanto que creí que me caería al suelo. Por mucho que me esforcé por esfumar esas sensaciones, no lo conseguí. —. Le preguntaría qué lo llevaba a golpearla cada mañana, cada tarde y cada noche.

— Papá era alcohólico…

— Y yo drogadicto, Priscila — Interrumpí con voz dura y fría. Ella no pudo sostenerme la mirada… Seguro fui muy duro con ella en ese momento, y quizás hasta la malinterpreté y en realidad no estaba justificándolo, sino añadiendo algo a mi relato. ¡Pero el solo hecho de imaginarme algún tipo de aval hacia ese ser tan repugnante, hacía que me mi sangre hirviera! —. Y la única vez que le puse un dedo encima a una mujer, todavía no me deja dormir por la noche.

— Papá te extrañaba mucho… Lo digo para que no pienses que no te quería, o algo similar.

— Yo no me fui de casa porque él me hubiera pegado, Priscila. Yo fui el que le pegó a él —dije—. Me fui porque me cansé de que le arruinara la vida a mi madre, y que ella no pudiera hacer nada. Me cansé de vivir en una casa donde las demás opiniones e ideologías no eran respetadas si no salían de su boca — El sonido particular que produce el agua cayendo sobre el fuego me sacó de mis recuerdos. Inmediatamente apagué esa hornalla y los fideos estuvieron listos. —. Y cuando nuestra madre se lanzó al suelo empapada en lágrimas para ver si el amor de su vida aún respiraba…, me rebalsé — Volví mis manos puños tan apretados, que mis nudillos estaban blancos y mis uñas clavándose en las palmas de mis manos. —. Ambos me daban asco, y sentía que si seguía en esa casa iba a cometer alguna locura. Lamento no haber vuelto por ti, Prisci, pero era más fuerte que yo.

— Eso ya quedó olvidado —dijo negando con la cabeza—. Sé qué te preguntaste todos estos años — Cambió de tema de un momento a otro y me costó entender su comentario.

— ¿Qué cosa?

— Cómo fue mi vida en esa casa, junto a él — Guardé silencio, esperando su respuesta. Sí. Era así. Cada noche de mi vida desde que me independicé, me preguntaba si mi pequeña hermanita la estaba pasando igual o peor que mi madre. ¿Le gritaba? ¿Le pegaba?… ¿La violó alguna vez? Preguntas que me quitaban el sueño. Sin embargo, jamás hice nada para contestarlas. Nunca llamé y nunca volví a aquel infierno. ¿Cobardía? No sé. Realmente no sé. —. Papá no volvió a tocarle ni un solo pelo a mamá, y a mí me lo dio todo — Esas palabras me dejaron descolocado. Durante catorce largos años había estado convencido, casi con la certeza, de que mi hermanita la estaba pasando mal, y ahora mis teorías se desvanecían. —. Me dio estudios, amor, atención. Y a mamá igual. Por fin le dio el lugar que merecía. Siempre creí que ese cambio nació luego de la golpiza que le diste — Hizo una breve pausa y luego continuó: —. Él siempre esperaba que entraras por la puerta. Aun con el correr de los años, seguía frecuentando tu cuarto y viendo tus fotografías, manteniendo vivo tu recuerdo. Hablaba siempre de ti en la cena, y una lágrima caía por su mejilla sin poder evitarlo — Sonrió de lado. —. Estaba arrepentido, pero era consciente de que se merecía todo ese dolor que le causaba tu ausencia. ‘Me lo gané’, decía — Se acercó a mí y apoyó una de sus suaves y blancas manos sobre mi hombro. — No quiero justificarlo, Gus, pero él estaba arrepentido.

— Bueno… —dije parpadeando varias veces—. Tú eres más chica; no viviste lo que yo. Además eres mujer, y él siempre procuró que no presenciaras ninguno de sus episodios de violencia — Asintió dándome la razón. —. Y lejos de sentir algo de lástima o compasión por él, siento más ira. ¿Por qué esperó que pasara lo que pasó para cambiar, Priscila?

— No sé… —susurró desconcertada.

— ¿Acaso quería su familia perfecta de tres?

— ¡No, Gus! —dijo de inmediato—. No digas eso ni de broma. No fue eso. Él te amaba.

— ¿Y por qué hizo que mi infancia sea una mierda, Priscila? Tuve que crecer de golpe. No recuerdo haber sido un niño feliz alguna vez — Bajé la mirada al suelo y retrocedí un paso para cortar el contacto entre nosotros. Ella alejó su mano de mí y guardó silencio con expresión de tristeza. —. Pero en parte me pone contento saber que no pasaste por lo mismo. Créeme, eso me quitó el sueño muchos años — Volví a concentrarme en la cocina. Agarré con fuerza la olla llena de agua y fideos hervidos, y vertí mencionado contenido en el colador que aguardaba en la pileta del grifo. Una vez colados los fideos, apagué la hornalla que calentaba la salsa y sumergí en ella los espaguetis. La comida estaba lista. —. ¿Sam podrá venir a comer con nosotros? —pregunté de la nada, sacándola de sus tristes pensamientos. Me miró confundida y luego sonrió de lado.

— Sí, claro. Estaba despierto hace un rato.

— Ve a ver si no se durmió, así lo ayudo a venir hasta aquí — Asintió más animada y se dispuso a salir de la cocina, pero antes la llamé nuevamente: —. Prisci…

— Dime — Volvió a mirarme con sus ojos brillosos y alegres.

— ¿En qué cementerio está enterrado? —pregunté y comprendió enseguida.

— En el de Leipzig —respondió.

— Vale — Busqué en la alacena los platos y los vasos para preparar la mesa. Al mismo tiempo, los pasos de mi hermana se perdían en la lejanía.

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By Bill

Llegamos al hospital con una mezcla de nervios, ansiedad y alegría. La noticia que tanto estábamos esperando la habíamos recibido en la mañana. No había nada que pudiera cambiar que mi hermano había reaccionado y estaba en perfecto estado.

Todavía no tenía idea de cómo sería mi reacción al verlo, y mucho menos sabía cómo reaccionaría él. Seguro estaba odiándome por el anuncio de mi boda, pero eso no quitaba que apenas verlo iba a correr a abrazarlo como si hubiéramos estado separados otros cinco años más.

— Licenciado, buenos días — A mi derecha, el doctor apareció con un aspecto de cansancio que se acentuaba en las bolsas debajo de sus ojos color miel. Saludó a mi padre con un apretón de manos y luego a mí y a las dos mujeres con un movimiento de cabeza.

— ¿Cómo está mi hijo, doctor?

— Su hijo está perfectamente —dijo sonriendo a pesar de su exhausta apariencia—. Sr. Kaulitz, yo soy una persona de fe, y puedo asegurarle que desde el accidente en la ruta, el caso de su hijo ha sido una sucesión de milagros — Fruncí el entrecejo y me acerqué más a aquel par.

— ¿Cómo que milagros, doctor? —pregunté.

— Así como lo oye. Desde la llamada anónima notificando el accidente, hasta su mejora inminente.

— ¿Tiene alguna secuela?

— ¡Ninguna, Sr. Kaulitz! —exclamó sonriendo—. Lo que más nos preocupaba, el golpe en la cabeza, no es más que un moratón desinflamándose con el correr de las horas. Podía haber sido cualquier cosa, desde un traumatismo de cráneo, hasta amnesia o ceguera. Pero no. Nada de eso. Nos asustamos en un comienzo, cuando una de las enfermeras me comentó que Trümper aseguraba haber estado hablando con una mujer cuando apenas despertó, pero luego dijo que no recordaba haber hecho tal cosa — Se encogió de hombros y le restó importancia. —. Podían haber sido alucinaciones causadas por tantos días inconsciente; suele suceder, pero no es muy probable.

— ¿Pero ahora está bien? — El doctor asintió con una media sonrisa. —. Qué buena noticia… —musitó mi padre atónito y conmocionado. Yo giré mi rostro y miré a Helga, con sus ojitos brillosos y sus manos entrelazadas a la altura de su pecho. —. ¿Podemos pasar a verlo?

— Desde luego. Pero deben pasar de a uno.

— Helga, ve tú primero — Me precipité a decir antes de que Jörg, con su egoísmo, se abalanzara sobre la puerta de la habitación. La susodicha me sonrió agradecida y luego negó suavemente.

— No, Bill. Quiero que pases tú primero —dijo—. Estoy segura que a Tom le hará muy bien que el primer ser querido que lo vea, seas tú.

— ¿Estás segura?

— Segurísima. Anda, yo iré después de ti — Mi padre ya se había resignado a la idea y se sentó en una de esas sillas que fueron testigos de nuestros peores miedos y sentimientos encontrados durante la espera.

Seguí al doctor que me guiaba cordialmente hacia la puerta de la habitación donde me aguardaba Thomas después de tantos días sin oír su voz, ni ver sus hermosos ojos color avellanas.

— Tómese su tiempo, pero sea considerado con los demás familiares — Me había dicho antes de cerrar la puerta detrás de mí.

Parado a los pies de su cama, como si el tiempo se hubiera paralizado en esa habitación. Thomas tenía sus ojos cerrados y las manos sobre su vientre. Las sábanas blancas lisas cubrían sus piernas y la mitad de su estómago, y sus trenzas lucían desparramadas sobre la almohada. Con temor a despertarlo, avancé paso a paso, lentamente, hasta su lado derecho. Una vez situado junto a él, pude admirar mejor su rostro. ¡Cómo lo había extrañado! Mordí mi labio inferior para no despertarlo por culpa de uno de mis sollozos.

— Thomi… —susurré con temor. Cuando una de mis manos viajaba en dirección a su rostro para acariciar su piel, sus párpados se apretaron con fuerza. Sequé mi rostro rápidamente y aguardé impaciente a que me mirara directo a los ojos.

— Uhm… — Movió sus labios levemente y luego los remojó con su lengua, pues lucían secos y dañados. —. ¿Bill? — Musitó aún con los ojos cerrados, sentándose lentamente en la camilla—. ¿Eres tú, Bill? — Casi de manera mecánica una boba sonrisa se plasmó en mi rostro cuando sus ojos se abrieron y me miraron.

— ¡Te extrañé tanto! —dije sin poder aguantar las ganas de abrazarlo. Me incliné hacia él y rodeé su cuello con mis brazos. Una vez que mi rostro estuvo en contacto con su hombro y su cuello, pude sentir su aroma. A pesar del olor a hospital que portaba la habitación, la cama, y hasta su bata, su piel seguía emitiendo ese aroma tan particularmente suyo. Ese aroma que me volvía loco, que me llevaba a mi adolescencia, y que a la vez me hacía sentir a salvo. Eso era lo que provocaba en mí Thomas, un tornado de emociones y sensaciones indescriptibles.

Tardó unos cuantos minutos en corresponderme el gesto, y debo admitir que ya estaba a punto de soltarlo y resignarme a entrar a la cruda realidad en la que estábamos fríamente distanciados el uno del otro. Pero al fin sus brazos le daban calor a mi espalda, y sentí que su pecho se inflaba en señal de un suspiro de alivio, de esos que lo renuevan a uno por dentro.

— No sabes cuánta falta me hiciste, Tom —dije—. Lo siento tanto…

— ¿Qué cosa? —preguntó de inmediato, con voz rasposa.

— Todo lo que te pasó fue mi culpa.

— No, por favor — Sentí que me soltaba de a poco, y aunque hubiera querido quedarme la vida entera amarrado a su espalda, también lo hice. Finalmente me enderecé a su lado y sequé mi rostro. Sí. Estaba llorando de nuevo. —. Yo me fui por mi cuenta. El accidente no fue tu culpa — El accidente no fue tu culpa… Eso quería decir que había cosas de las que sí me consideraba culpable, pero el accidente no era una de ellas. Entendía a la perfección.

— Tenemos que hablar.

— No hay nada que hablar.

— Sí —insistí—. Me gustaría aclarar muchas cosas, Tom. Por favor, no me niegues eso.

— ¿Qué quieres aclarar? — Su voz era serena y su expresión calma, pero de todas formas podía percibir en sus ojos una combinación de bronca y de tristeza. —. Todo está muy claro. Te vas a casar — Hizo una pausa de algunos segundos y volvió a hablar. —, y es respetable. No tengo por qué oponerme a tu felicidad.

— No es así — ¿Por qué dije aquello? ¿Qué cosa no era así? ¿No era respetable, tenía que oponerse, o no era mi felicidad? —. Pero ahora dime cómo te sientes, por favor.

— Bien. De hecho me siento como nuevo — Sonreí instantáneamente.

— ¿Sabes?, los médicos hablan de un milagro.

— ¿Milagro? No creo en esas cosas.

— No es necesario que creas para que te sucedan — Remangué mis pantalones de un tirón y me senté en el borde del colchón, al lado de la barandilla de la cama. —. No tienes secuelas, Tom. Ese golpe que tienes ahí no es nada —dije señalando su frente—. Además, ¿quién llamó a la ambulancia en la ruta a esa hora y con esa tormenta? Si no hubiera sido por esa llamada, te hubieras muerto — Un escalofrío me sacudió el cuerpo entero, que de no haber estado sentado me hubiera hecho perder el equilibrio.

— Tengo que decirte algo y espero que me creas — Fruncí el seño cuando cambió tan drásticamente de tema, y además de expresión. Ahora lucía preocupado por cómo yo podría reaccionar. Sus ojos trataban de ver más allá en los míos, como si quisiera prevenir mis futuras emociones.

— Dime lo que sea, Tom.

— Es sobre el accidente, y te involucra — Asentí sin querer crear falsas suposiciones en mi cabeza. Esperaría a que hablara.

— Adelante, te escucho. Pero si quieres podemos esperar a que estés en casa y hablar más calmados.

— ¡No! — Su gritó llegó a asustarme. —. Lo siento… Quiero decírtelo ahora.

— De acuerdo — Carraspeó y tomó aire con dificultad. Miró hacia abajo unos segundos y finalmente posó sus ojos en mí. Me estaba preocupando.

— Yo sé quién llamó a la ambulancia en la ruta, y sé quién me cuidó todos estos días en los que estuve inconsciente.

— ¿Quién? —pregunté con impaciencia.

— Simone —respondió al cabo de unos segundos de meditarlo en silencio. Entreabrí mis labios y mis ojos estaban a punto de salirse de sus órbitas. ¿Simone? ¿Yo había escuchado correctamente?

— ¿Mi…?

— Tu madre, Bill — Solté una risa floja, y negué reiteradas veces. —. No me crees.

— ¿Cómo hacerlo, Tom? ¿Tú te oyes?

— Sé que suena descabellado, pero tú que tanto crees en milagros y esas cosas, debes creerme.

— ¿En qué te basas para afirmar esto?

— En que cuando desperté había una muchacha sentada en esa silla — Señaló una silla plástica que reposaba contra la pared blanca, y yo la miré como si fuera a afirmar lo que mi hermanastro decía. —, de unos veintidós años.

— No conocías a mi madre a esa edad, Thomas. Siquiera me había tenido a mí.

— Dime algo, Bill — Se acomodó mejor en el colchón y comenzó a mover sus manos como queriendo explicarlo mejor. —. ¿Tu madre tenía una onda hippie y era trotamundos? — Fruncí el seño y desvié la mirada hacia el suelo. —. Respóndeme.

— Eso no quiere decir nada, Tom — Aunque no quiera creerlo, todo coincidía. Él decía haber visto a una muchacha cuando despertó y la enfermera comprobó que no había nadie más en la habitación.

— No, porque no me crees. Pero ella estaba ahí sentada, cuidando de mí, y me habló de un hijo que ella tenía y me aconsejó como si me conociera de toda la vida — Volví a mirar sus ojos, anonadado y perplejo. —. Luego puso su mano en mi frente y sentí como si el tiempo se parara. Me dijo que ella estaba a tu lado cuando pierdes el camino y necesitas sus consejos — Sentí mis ojos humedecerse nuevamente y mis manos comenzaron a temblar involuntariamente de tal manera, que si hubiera tenido algo en ellas, se hubiera caído al suelo sin más remedio. —. Dijo que estaba orgullosa del hombre en que te has convertido, Bill — Me sonrió mientras una lágrima bajaba de su ojo izquierdo hasta su boca. La secó con suavidad y luego tomó mis manos entre las suyas. Las mías continuaban temblando. Él notó eso y las apretó más de un momento a otro. —. Y lo más importante, es que te ama a pesar de la muerte — Ese fue el pie para dejar brotar mi llanto desgarrador. Solté sus manos y tapé mi boca mientras me convulsionaba bruscamente. Solté un desgarrador alarido, como si me estuvieran arrancando un pedazo de corazón con las manos, sin piedad. Lloraba como lloré cuando comprendí que mi madre se había marchado para siempre. Porque a mis trece años yo no había entendido el significado verdadero de la muerte. —. Ven aquí… — Sin quejarse por sus golpes y heridas, pasó su pierna derecha por mi lado y la dejó colgando en la camilla. Se aproximó más hacia mí, dejándome entre sus extremidades inferiores, y me abrazó con fuerza. Fue un abrazo más íntimo que el primero, ya que pude sentir más su calor contra mi cuerpo. Lo abracé como jamás lo había abrazado, estaba seguro. —. Dime que lloras de felicidad, por favor —susurró en mi oído.

— Ambos… De felicidad y de tristeza.

— ¿Por qué tristeza? — Me apretó más todavía y yo desagoté todas mis lágrimas en el hombro de su bata.

— Siento ganas de abrazarla, Tom.

— Me pidió que te diera este abrazo por ella —dijo y sonreí cerrando mis ojos con fuerza, haciendo que más lágrimas cayeran en su cuerpo—. Sé que no es igual, pero puede servir.

— Tú y papá son lo único que tengo en la vida, Tom. Y cuando me enteré de tu accidente sólo quise morirme.

— Shh… Ya hablaremos de eso cuando esté en casa — Asentí y decidí que era el momento de alejarme.

— Tienes razón — Sequé mis mejillas con las palmas de mis manos y le pregunté si mi maquillaje estaba corrido. Él rió y dijo que estaba bien. —. Voy a dejar que alguien más pase a verte.

— Estoy ansioso —confesó. Yo me arreglé la camisa y lo ayudé a acomodarse en la camilla. Mullí su almohada y tapé sus piernas con las sábanas. Luego la situación se volvió incómoda cuando sin pensarlo acaricié su mejilla con deleite y me quedé mirándolo unos cuantos segundos. Cuando me percaté de mi acto, alejé la mano e hice de cuenta que nada había pasado.

— Te veré después.

— Vale. Pero antes de que te vayas, te quiero dar algo — Me quedé parado en mi lugar, al lado de la camilla, y esperé. Se movió levemente y de abajo la funda del colchón sacó una revista. —. Tuve que guardarla aquí porque las enfermeras venían a acomodarme en la cama y temía que la vieran.

— ¿Qué es? — La extendió hacia mí y la tomé firmemente entre mis manos. Al reconocer qué tipo de revista era, mis piernas temblaron. —. Oh, Dios mío…

— ¿Sabes qué significa?

— Esta es la revista que mi madre compraba todos los meses, sin excepción, Tom —susurré y luego sonreí—. Mira la fecha: septiembre de 1992.

— Cuando tú naciste, Bill — Asentí sonriendo todavía —. Ella la estaba ojeando mientras yo estaba inconsciente.

— Gracias — Él asintió y yo me encaminé hacia la puerta para darle lugar a Helga; algo que seguramente va a descolocar a Thomas. Más emociones… Como dije, todo estaba mejorando para todos.

Continúa…

Gracias por la visita. Te invitamos a continuar con la lectura.

por Antonella Ayelen

Escritora del fandom

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