«Apostemos» Temporada III

Capítulo 15: Ni pasado, ni futuro

Sam estaba durmiendo profundamente. Había estado despierto todo el mediodía, charlando jovialmente con mi hermana. A ella le simpatizó mucho y eso me gustó. Ambos conversaron acerca de las diferentes ramas de la medicina, dado que Sam le comentó que iba a entrar a la Universidad y no tenía ni idea de qué carrera iba a seguir.

Cuando mi hermana tuvo que irse al hospital, Samuel se quedó tan exhausto, que decidió ir a dormir plácidamente a la recámara de invitados. Yo me quedé feliz por el almuerzo. El muchacho al que consideraba mi hijo, y mi hermanita. ¿Qué más podía pedir?

— ¿Ya se durmió? — Asentí llegando a la sala con dos tazas de café humeante. Me senté cuidadosamente a su lado y le extendí una. Qué extraño nosotros dos bebiendo algo que no contenga alcohol o drogas. —. ¿Y cómo siguen sus heridas?

— Muy bien, por suerte. La enfermera que vino hoy me dejó el nombre de unas pastillas para que le pasen los dolores musculares, y no tiene ningún hueso roto —dije disimulando mi mirada mientras bebía el café. No le había dicho nada a Nicolás acerca de Priscila, y no me pregunten el porqué. Simplemente no le conté de su aparición y es todo. —. Así que todo está bien.

— Y si no lo estaba, que se joda —soltó y lo miré fijamente—. Él se buscó lo que le pasó. Yo no le voy a perdonar tan fácilmente los nervios que me hizo pasar. ¡Tú viste cómo nos apuntaron los gorilas de Santos! Y después tener que andar de ese modo por la calle… No, no. Definitivamente se pasó — Se tomó unos cuantos sorbos de la bebida bajo mi atenta y fulminante mirada.

— Permíteme recordarte que nadie te obligó a ir donde Santos. De hecho, hasta último momento, habíamos coincidido en que yo iría por mi cuenta.

— ¡No iba a dejarte ir solo!

— Insisto. No te pedí que me acompañaras — Silencio. Su respuesta fue el silencio. —. Pero no quiero que hablemos de Sam. Pasemos a otro tema.

— ¿Negocios?

— Algo similar — Se acomodó en el sofá y rascó su mentón, un hábito en él que delataba su impaciencia y ansiedad. —. Estoy evaluando una posibilidad para un futuro no muy lejano, y no muy cercano, y necesito consultarte algo esencial.

— ¿Qué es ese misterio, tío? Dime de una vez sin vueltas — Como quieras…

— Quiero rehabilitarme — Instantáneamente se echó a toser, pero sin haber tomado café recientemente. Fue una acción reflejo por la sorpresa. Sin duda no se esperaba una bomba semejante.

— ¡¿Qué?!

— ¿Estás bien? —pregunté sin demasiado interés, mostrándome sereno cuando él a duras penas recuperaba el aliento.

— ¿Cómo que vas a rehabilitarte? ¿Quién te ha metido esa idea en la cabeza? — Hizo caso omiso a mi pregunta, lo que agradecí.

— Bill.

— ¡Oh, claro!

— Y otras personas después, como si se tratara de una señal.

— ¿Señal? — Soltó una carcajada que me sonó a pura burla, y en mi propia cara. —. ¿Qué chorradas son esas?

— Piénsalo. Algo que se repite y se repite, en boca de varias personas. La posibilidad te persigue en los pensamientos a toda hora. ¿Por qué no hacerle caso?

— ¡Claro! Porque el ejemplo a seguir William Kaulitz te dijo que te internaras, entonces vas a hacerlo.

— Qué asco tanta ironía junta, Nicolás —dije haciendo una mueca tal y volteando la mirada hacia el frente, esquivando sus ojos.

— ¡Piensa antes de hablar, Gustav! ¿Para qué te vas a rehabilitar? Dime.

— Para ser una persona normal. ¿No te parece razón suficiente?

— ¡No me hagas reír, man! — Sinceramente, no veía lo gracioso. No le estaba diciendo que evaluaba la posibilidad de ponerme un par de senos, sino que quería dejar las drogas. ¿Qué chiste había en eso? —. Por más que quedes más limpio que un niño de cinco años, jamás serás alguien normal. Eres un narco, Gustav. Conoces a cierta gente, conoces de esto, ya probaste la plata fácil. Cuando se entra, no se sale. Lo sabes.

— No le debo dinero a nadie. Y que quede claro: soy un proveedor, no un narco. Y tampoco tengo conflictos de algún tipo en especial como para no poder retirarme en paz.

— ¿No? ¡Ayer fuiste a hacerte el gallito a la casa del mayor narcotraficante de Europa! ¿Crees que Santos se va a quedar de brazos cruzados al saber que uno de sus hombres de mayor confianza va a dejar el negocio?

— ¿Confianza? Yo no comparto eso con Santos. Siquiera somos amigos, Nicolás. Ese tipo es lo más hipócrita que jamás conocí —dije molesto—. En cuanto de un paso en falso, me dará una puñalada en el estómago. Y en segundo lugar; nada de ‘uno de sus hombres’ —dije seriamente—. Yo no soy hombre de nadie. Y tampoco tengo hombres que me pertenezcan alrededor. Franco, Sam, tú, y todos los demás, son amigos. Somos una gran familia. Me parece extraño oírte hablar como si se tratara de una mafia. Aquí nadie trabaja para nadie.

— Vale, vale. Lamento eso — Se retractó. —. Pero no puedo permitir que te bajes, Gustav — Su voz ahora sonaba extraña, como una súplica. —. ¿Qué será de este barrio sin ti? Hay familias que comen gracias a tu manejo de la zona. La policía no nos molesta gracias a ti.

— La policía no nos molesta por la cuota que paga Santos para cada barrio —aclaré—. Y el hecho de que yo me baje, no quiere decir que el negocio se acabe, Nicolás.

— ¿Cómo que no? ¡Este es tu negocio, viejo! ¡Tú eres el negocio! — Sonreí de lado.

— Hace algunos días me dijiste que este era nuestro negocio. ¿Qué pasa? ¿Ahora te echas para atrás? — Amplié mi sonrisa y él se quedó pensando unos minutos antes de negar rotundamente con la cabeza. Volvió a beber de su café mientras yo reía por lo bajo.

— Oh no, Gustav. Para nada. Quítate esa idea de la cabeza ahora mismo.

— ¿Por qué no? Estás perfectamente capacitado, hombre.

— ¿Yo solo? No, para nada. Ni de coña.

— ¿Tienes miedo? — No respondió. Borré mi sonrisa y me deslicé en el asiento, acercándome a él en el gran sofá de forrado verde gastado que había sido testigo de tantos de nuestros triunfos y derrotas. —. ¿Es eso, Nico? — Era raro entre nosotros los diminutivos. A pesar de que éramos como hermanos, jamás usamos ni apodos ni nombres que sonaran cursis.

— Siempre fuimos tú y yo, Gustav.

— Ahora serás tú, pero vamos a seguir siendo amigos.

— Sé que seremos amigos igual —dijo sin mirarme. Tenía la taza de café casi vacía entre sus manos, en el medio de sus dos rodillas, y la miraba fijamente, como si estuviera por leer la borda como una de esas videntes. —. Bill Kaulitz y tú son la prueba de que un careta y un drogón pueden tratarse sin problemas. Es que no me siento preparado.

— ¡Por favor, Nicolás! — Palmeé su espalda varias veces, en señal de ánimo y él me miró sonriendo tristemente. —. Eres mayor que yo y estás actuando como un niño que no quiere que su madre lo deje en el kínder.

— Ya lo sé, y créeme que me muero de la vergüenza. Pero soy sincero y es lo que siento. Se me hará muy difícil si tú te bajas.

— ¿Sabes lo que pienso? — Borré cualquier rastro de sonrisa y me puse serio de un momento a otro. —. Creo que estás siendo algo egoísta, viejo.

— ¿Por qué dices eso? —cuestionó desconcertado.

— Porque solamente estás pensando en ti, hombre. ¿No te has preguntado si yo me cansé al fin de toda esta mierda? — Parpadeó reiteradas veces y finalmente asintió avergonzado. Verdaderamente avergonzado.

— Sí. Lo siento, Gustav. Tienes razón…

— ¡Ya estuvo bueno de todo esto, Nico! — Continué. Tenía veneno en mi interior y debía expulsarlo. —. ¿Cuántos años más pasaremos sin cumpleaños, sin Navidades, sin felices Años Nuevos, sin aniversarios con una mujer? — Bajó la mirada y yo me puse de pie comenzando a caminar por toda la sala, como un león enjaulado que ya se había cansado de tener sus patas dobladas bajo su lomo. ¡Necesitaba libertad de aquella cárcel de jeringas como garrotes y cocaína como polvo! —. ¡Basta! He alcanzado un tope y no puedo seguir más con esto. Estoy cansado de ver cómo mueren mis amigos, cómo los cagan a golpes sin poder hacer nada, cómo con cada dosis de alguna de esas mierdas me estoy matando lentamente y cómo se me van los años de a montones.

— Admito que a veces se siente la necesidad de una casa, de una familia…, pero yo no podría hacer otra cosa que no sea vender drogas. No voy a falsearlo contigo, hermano —dijo alzando la mirada—. Y si tú quieres eso para tu vida, adelante. Tienes razón. Estoy actuando como un patán y no lo mereces. Así que si quieres internarte y cambiar el curso de tu vida, yo te apoyo, hermano. Me haré cargo del negocio solo. En la vida hay que aprender a hacer las cosas por uno mismo.

— Estarás bien y no confío en nadie más que en ti para esto — Sonrió, ahora sí, sinceramente. Luego dejó la taza de café sobre la mesilla, junto a la mía, y se puso de pie frente a mí. Finalmente nos fundimos en un fraternal abrazo.

— Gracias, Gus.

— Gracias a ti, Nico.

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By Bill

— Dije que lo siento.

— ¿Crees que eso es suficiente? Te estuve esperando una hora y media como un idiota con mi mejor pinta y todo mi entusiasmo.

— ¡Ay, por favor Andreas, pareces una niña a la que se le derrumban sus castillos y carrosas de cuento! —dije sin dejar de caminar con pasos largos por el pasillo de entrada, con mi mano izquierda levantada hacia atrás, en postura de indiferencia. Atrás, Andreas azotaba la puerta con furia. —. Ya te dije por qué no fui. Mi hermano despertó de un coma.

— ¡Lo sé, y me alegro por él, pero podrías haberme avisado! ¿O qué rol se supone que ocupo en esta historia? ¿El rubio metiche entre la pareja protagonista? ¡Por favor tú, William! — Me deshice de mi chaqueta lanzándola hacia el sofá atravesando el living hacia la cocina. Puse los ojos en blanco sin detenerme a mirarlo a la cara siquiera. —. ¡Háblame, dime algo, maldita sea!

— ¿Qué se supone que debo decir? Después de tildarme de asesino despiadado, ¿debo sentirme culpable por dejarte plantado? Me haces reír, Andreas — Abrí el refrigerador y saqué una botella de medio litro de Coca-Cola y la destapé rápidamente, llevándola a mi sedienta boca. Había hecho el transcurso del hospital a la casa, y al llegar me encontré con el carro de Andreas aparcando en el porche. Recién cuando lo vi, recordé que habíamos quedado para almorzar.

— ¡Entiende mi situación! Eran demasiadas cosas juntas — Se paró en medio de la cocina moviendo sus brazos por todos lados al hablar, como un protestante en una manifestación contra el gobierno. Yo estaba recargado en la heladera, bebiendo tranquilamente mi bebida gaseosa.

— Claro —dije liberando mis labios—. Entonces con todo lo que me ha pasado a mí, tendría que haber acusado al mismísimo papa del ataque terrorista del nueve once, ¿no? —ironicé—. No me cagarás la alegría que siento adentro, Andreas.

— Ya entiendo —dijo en tono bajo, mirándome con decepción. ¿Decepción de qué? Esa era mi pregunta. —. Estás muy feliz con tu hermanito como para preocuparte por tu futuro esposo, ¿verdad?

— Andreas…

— No, Bill. En serio —interrumpió—. Dime la verdad ahora que todavía podemos echar en el olvido todo esto del casamiento: ¿sigues enamorado de tu hermanastro? — Dejé mi bebida en un segundo plano y me puse serio. ¿Si seguía enamorado de Thomas? ¿Aun con todo lo que había pasado entre él y yo?, ¿con lo del accidente y nuestras peleas? Pues claro. Más que nunca. Lo amaba tanto, que llegaba a sentir que el estómago me daba un vuelco a cada segundo que pensaba en él. Pero Andreas era alguien especial. Alguien realmente valioso, y sería una mierda si volviera a dañarlo como antes. Esta vez no. Esta vez prometí que sería diferente.

— No hubiera aceptado tu propuesta de matrimonio si no me importaras, Andreas.

— Yo no te pregunté si te importo — Touché. —. Te pregunté si lo amas — Sin embargo, no esperó la respuesta que jamás le daría. Era en vano esperar si yo no iba a contestar de ninguna manera. ¿Mentirle o herirlo? Porque no había verdad. Era la mentira o una herida imborrable en su corazón. —. Supongo que no quiero oírlo.

— Estoy contigo, Andi — Ablandé mi voz y me aproximé a él, posando una de mis manos en su mejilla. Delineé sus labios con mi dedo pulgar y adosé mi frente a la de él. Instantáneamente su mano se posó entre nuestros cuerpos, sobre mi pecho, y sentí su respiración acelerada chocar en mi boca. —. Perdón por descuidarte en estos días… Voy a compensarte.

— Hoy podías haberme compensado, y sólo me quedó tu ausencia en aquel restaurante — Cerré los ojos sin moverme y asentí imperceptiblemente.

— Lo sé. Pero el día todavía no termina, ¿no? — Luego de unos segundos abrí mis ojos, encontrándome con los suyos como dos bolas de fuego. Dos bolas de fuego color azul.

Bajó su mano y la puso al mismo nivel que la otra suya: en mi cintura. Me atrajo hacia él y comenzó a besarme con fervor. Le correspondí mientras me abrazaba a su cuello y me dejaba hacer por el momento y la necesidad de tantos días sin mi dosis de pasión. Así solía ser con Thomas… Una especie de droga de la que necesitaba una dosis diaria para poder sobrevivir.

Aparté los recuerdos de mi hermanastro cuando me empujó suavemente, pero a la vez brusco (él sabía cómo conseguir ese término medio), contra la mesada de mármol. Ahogué un gemido de sorpresa que murió en su garganta y apreté sus mejillas con las yemas de mis dedos. Manejé su rostro, ladeándolo a un lado y al otro en medio del beso.

Como desesperadas, sus manos empezaron a desabrochar mi camisa desde abajo, rozando mi entrepierna sobre el pantalón, la cual comenzaba a despertar casi tanto como la de él.

— Te necesito, Bill —dijo contra mi boca y luego tiró con sus dietes de mi labio inferior—. Te necesito tanto, mi amor.

— Hazme tuyo, Andreas —jadeé—. Borra cualquier tipo de inseguridad y de desconfianza entre nosotros —pedí sin pensar. Su boca bajó por el costado de mi mandíbula hasta mi cuello. Me volvía loco y lo sabía.

— Ya eres mío, Bill. No hay nada que pueda cambiar eso — Tiró de mi camisa hacia atrás y abajo, y tuve que alejarme un poco de la mesada para que ésta callera al suelo por completo, hasta mis pies. No conforme con mi cuello, besó más abajo, por mi pecho. Enredé mis dedos en sus rubios cabellos y acaricié su cabeza con lesiva saña.

Mientras lamía y succionaba de mis tetillas, desabrochaba su propia camisa, quedando finalmente con el torso desnudo para cuando se irguió frente a mí. Disfruté con mi mirada su cuerpo por unos segundos y volvió a mi boca. Arrastré mis uñas por su espalda hasta abajo, hasta el borde de los jeans negros ajustados que tenía puestos. Colé mis manos adentro de los bóxers incluso, y apreté sus nalgas con salvajismo. Rió contra mis labios y su pelvis se pegó más a la mía por el bote de sorpresa. Pude sentir su excitación al límite de apenas caber en esos apretados pantalones que estorbaban a más no poder.

Delineé sus caderas hasta llegar al frente, a su bragueta, en la cual me entretuve con mis dedos veloces y ansiosos. Una vez desprendidos pude colar mi mano dentro y tantear su miembro erecto. Lo masajeé deleitándome con sus gemidos mezclados con el sonido húmedo de nuestros besos.

— Date la vuelta, Bill —pidió suplicante y casi me hacía reír—. Ya no aguanto las ganas.

— Gózalo, Andreas —dije sin hacer caso todavía—. Disfrútame.

— Lo haré —terció—. Te voy a hacer el amor las veces que sean necesarias. Pero ahora lo necesito ya mismo — Accedí repasando una y otra vez la frase ‘te voy a hacer el amor las veces que sean necesarias’. Yo tenía que volver al hospital a verlo a Tom. Había dicho que volvería. Pero lógicamente no iba a contarle algo así a Andreas en ese momento precisamente. Mejor callar y cumplir con sus deseos por un rato.

Entonces me volteé en mi sitio y apoyé mis manos bien abiertas sobre la mesada donde normalmente desayunaba con mi padre y Susan… Si no quería perder la erección, era mejor no pensar en ello.

Él mismo me desabotonó el pantalón y los bajó hasta mis tobillos. Luego volvió a incorporarse y bajó mi ropa interior también. Miré sobre mi hombro que bajaba ahora sus pantalones por las rodillas con sus ojos clavados en mi trasero, como si éste lo tuviera hipnotizado. Se percató de mi mirada sobre sus movimientos y me sonrió de lado, acercando su rostro a mi espalda desnuda y besándola una y otra vez, subiendo hasta la nuca. Esa era mi zona débil, sin dudas. Un beso o una caricia en la nuca me derretían entero. Pero en esa ocasión, no me causó ese cosquilleo tan particular que se extiende desde ahí hasta la punta de mis pies. Creo que no tenía yo el problema, sino la persona que intentaba estimularme. Quise ignorar los pensamientos que siguieron. ‘Thomas sí podía hacerme sentir esas cosquillas’ No. No, no y no. Estaba con Andreas, con mi pareja y mi futuro marido. De ahora en más, para siempre, serían sus besos los que conseguirían volverme loco, sería su perfume el que me derretiría, y sus manos las que amoldaran mi cuerpo a su placer. Así tenía que ser. Sería mejor que borrara los besos, el aroma y las manos de Thomas para siempre de mi cuerpo. Aunque todo mi ser lo extrañara agonizantemente.

Sacudí mi cabeza apartando esas ideas incorrectas de una buena vez.

— Vamos, Andi… Hazlo — Mis deseos eran órdenes cuando se trataba de Andreas Markett.

Sentí la punta de su pene pasar entre mis nalgas e introducirse suavemente dentro de mi cuerpo. Dejé caer mi cabeza entre mis brazos estirados sobre la mesada. Vi aparecer en la escena de mis ojos sus manos también apoyadas en el mármol frío. Su pecho y su abdomen se pegaron a mi espalda y después de algunos besos comenzó un entrar y salir que fue lento por pocos minutos. Al cabo de un breve lapso de tiempo, Andreas se movía como un desaforado detrás de mí, haciéndome gozar sólo físicamente. Mi estómago no sentía más que el contacto de su pene con mi próstata. Era todo. No había punzadas ni mariposas revoloteando en ella. No sentía ninguna de las sensaciones maravillosas que van más allá del sexo. El sexo es sexo con cualquiera. Dos individuos pueden tener relaciones sexuales tranquilamente. Pero el amor… Hacer el amor era algo que iba mucho más allá. Y no había más allá con Andreas. Había aquí y ahora. No había un pasado ni un futuro.

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By Gustav

Nicolás se acababa de marchar y yo me había quedado sentado en el sofá pensando profundamente en todo lo que había charlado con mi compañero. Si bien la amistad había tenido sus baches últimamente, no podía olvidarme de todos los años compartidos, superando miles de dificultades, apoyándonos en los momentos de crisis y festejando nuestras victorias los dos juntos. Él era como mi hermano mayor desde que me fui de mi casa, a los dieciséis años. Me dio un techo y la posibilidad de ser bueno en algo. Juntos levantamos un barrio que se estaba cayendo a pedazos por la delincuencia, la pobreza y la droga en manos de los niños. Nosotros cambiamos todo eso. Le dimos trabajo a cada familia, la posibilidad de estudiar a los pequeños y a éstos los sacamos del vicio. Eso era cosa de grandes; un niño tiene que preocuparse por el colegio y los juegos, no por la delincuencia y las drogas. Sin embargo, hice cosas en mi vida que no me enorgullecen en absoluto. Bill Kaulitz era una de ellas. Tuvimos una gran amistad, pero no supe respetar y aceptar cuando él decidió limpiar su vida y empezar de cero. Admito que las extorciones, los malos ratos, las presiones, y hasta el intento de asesinato de su padre o su hermano, no fueron las mejores maneras de tratar de entablar nuevamente una amistad… Pero al fin y al cabo, lo que importa es el presente. Y en el presente pude cambiar las cosas. Si cada persona en el mundo pudiera cambiar el pasado, todos seríamos perfectos. Lo hecho, hecho está. Lo valioso es remendar los errores y sanar las heridas.

El timbre sonó para mi sorpresa, y pegué un leve salto en el sofá por la manera brusca en que el silencio y la paz de la casa se habían quebrantado.

Me puse de pie y fui hacia la puerta. Giré la llave dentro de la cerradura y la abrí suponiendo que sería alguno de mis colegas. Esa era una costumbre que tenía que aprender a erradicar de mí, puesto que al ver a la persona que llamaba a mi puerta, me pegué sorpresa tal, que quedé mudo y duro en cuestión de segundos.

— ¿Qué haces aquí, Richael? —pregunté atónito.

— ¿Puedo pasar? — Su voz… Cuánto había extrañado su voz tan dulce y melodiosa.

— Claro, claro — Me hice a un lado y ella pasó frente a mí. Su perfume fue lo primero que percibí y reconocí de inmediato. Ese aroma a jazmines que me desesperaba… Su cabello negro petróleo cayendo por sus hombros en delicadas ondas. Su cuerpo enmarcado y delineado gracias a la ropa de ejecutiva que siempre usaba. Tenía puesta una pollera tuvo color morado tiro alto y una camisa dentro de ésta color blanca con bolados en la zona del escote. Sus tacos color rojo sangre resonaban en la madera de la sala y disimulaban su baja estatura. Estaba hermosa… Estaba más hermosa que nunca.

— No sé muy bien qué hago aquí —respondió tardíamente mi pregunta—. Supongo que quedaron muchas cosas por decir.

— Yo no tengo nada para decir —dije cruzándome de brazos en medio de la sala, a unos metros de ella. Sé que sonaba frío y distante, pero no me salían las palabras de otra manera. Mi coraza contra cualquier peligro de dolor y sufrimiento se había puesto en acción, y apartaba a cualquier persona de mi lado. Siempre había sido así. Me entregué por completo una vez, y me hicieron añicos. No quería volver a exponer mi lastimado corazón a sus reproches y sus acusaciones (todas con justo fundamento, pero no dejaban de ser dolorosas). —. Pero si tú te quedaste con la necesidad de golpearme o insultarme, adelante. No puedo privarte de eso.

— Solamente te quiero preguntar por qué lo hiciste —dijo claramente dolida—. Y no me digas que por venganza. Dime algo más creíble, por favor — Agregó con cinismo.

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— ¿Y qué esperas que te diga? ¿Qué otra respuesta puede haber para eso? Si había algo bueno en mí, se fue cuando me traicionaste — Una lágrima rodó por su mejilla y hubiera preferido mi propia muerte antes que volver a verla llorar. Pero fue inevitable. Ahí estaba ella con sus mejillas sonrojadas por la ira y sus puños bien apretados a ambos lados de su cuerpo. —. Y no te estoy echando culpas, Richael —corté antes de que disparara miles de palabras como veneno—. Sé que lo que hice no tiene justificación ni perdón de Dios. Actué como un maldito desquiciado, pero ya lo hice. Nada de lo que diga va a devolverle la vida a ese sujeto — Abrí mis brazos y manos a ambos lados de mi torso, encogiéndome de hombros también. —. Y lo peor es que no me arrepiento, porque esta es realmente mi esencia — Mi voz se quebró sin poder evitarlo —. Esto es lo que soy por dentro, aunque me haya estado esmerando en este último tiempo para remediarlo, no puedo esconder lo que soy. Le pedí perdón casi de rodillas a Bill Kaulitz por todos los chantajes, puse las manos en el fuego por un crío que vive de mandarse cagadas con narcos, fui al hospital en donde está internado el sujeto que me dio una golpiza y que me robó al amor de mi vida, pero ¿sabes?, nada de eso fue suficiente para enmendar mis errores — Las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos sin control. —. Y en realidad prefiero ser una mierda antes que el blandito que te lo dio todo — Ella perdió la compostura y se dejó caer en el sofá, abatida, sollozando entre gemidos ahogados. —. Perdóname, Richael — Sequé mis mejillas con rabia, pero pronto se volvieron a mojar. —. Quizás te arruiné la vida, pero no puedo remediarlo… Sólo quiero que sepas que era capaz de todo por ti. Al fin y al cabo, tú hiciste que brotara en mí el amor, la ternura… en fin, lo imposible — Resignado, hice silencio por unos minutos mientras ella seguía llorando. —. Si todavía tienes ganas de desahogarte, aquí estoy. De lo contrario, te deseo mucha suerte con tu novio, ese que tienes amarrado a ti por un vulgar chantaje — Finalmente, me retiré hacia la cocina buscando solamente huir. Huir a cualquier lado, con tal de alejarme de ella y de su llanto, de su presencia.

— Gustav — Escuché en la lejanía, como en un susurro. Pero no volví. Me recargué en la mesa de madera donde normalmente comía, con mis brazos firmes como dos troncos, ayudando a mis piernas a sostener al resto del cuerpo. Estaba temblando como un chico, como un corderito. Cerré mis ojos e intenté imaginar que no estaba ahí, que en realidad todo eso no estaba pasando. Inmediatamente me recordé a mí mismo cerrando los ojos y mordiendo con fuerza, repitiéndome esas mismas palabras una y otra vez con cada grito de mi madre, con cada golpe de mi padre. No estoy aquí, no está sucediendo nada de lo que oigo… —. ¿Sabes a quién odio más que a ti? — No, no, no… Por favor, no. —. A mí — Abrí mis ojos con lentitud y poco a poco volví a la realidad. ¿A ella?

— ¿Qué? —pregunté con un hilo de voz, volteando mi cuerpo hacia ella pausadamente.

— Me odio, Gustav — Su voz volvía a quebrarse. Tuve que ver las lágrimas cayendo de sus ojos. —. Me odio porque te amo tanto… — Un alarido de dolor desgarró su garganta y cubrió su rostro con ambas manos, llorando y llorando. Yo tardé unos segundos en reaccionar debido a la sorpresa, pero finalmente acorté la distancia entre nuestros cuerpos y la rodeé en un abrazo. Era todo lo que podía hacer. Las palabras no salían de mi boca. Sólo tenía eso para consolarla: un abrazo. —. A pesar del daño que me hiciste, me di cuenta que te amo — Sentí que una boba sonrisa se creaba en mi cara. Ella tenía sus manos firmes en mi espalda y su perfil izquierdo apoyado en mi hombro. Pude sentir que su respiración se calmaba y las convulsiones provocadas por el llanto cesaban. Entonces junté todo el valor que me faltaba y me decidí a hablar.

— ¿Eres capaz de amar a una persona que te hizo tanto daño? —pregunté en voz baja, con más ganas de no ser oído, que de recibir una contestación que pudiera terminar de destrozar mi interior.

— Pregunto lo mismo —dijo—. ¿Eres capaz? — Alejó su rostro de mi hombro sin cortar el contacto de nuestros cuerpos, y me miró directo a los ojos. Tragué grueso y me sentí incapaz de formular palabra alguna. Consideré que ya había hablado lo suficiente por esa noche, y lo mejor era actuar. La acción siempre apela a la valentía, pero ese no era mi caso. A mí se me hacía mil veces más fácil actuar, antes que hablar.

Me decidí por eliminar cualquier tipo de distancia entre nosotros y devorar su boca con cautela, con lentitud y deleite, sintiéndola corresponderme con las mismas o más ganas que yo. En un principio sentí que el beso se llenaba de tristeza, puesto que unas lágrimas se colaban entre nuestros labios y podía sentir ese sabor salado tan particular. Pero luego de algunos minutos noté su entrega y sus ganas de mandar todo al diablo si era necesario, sólo por ese momento.

Sus manos arrugaron mi camiseta y sus uñas lastimaron deliciosamente mi piel aun con la prenda de por medio. Yo tenía mis dedos suavemente enredados entre su pelo húmedo y mi mano libre a media espalda para comenzar a guiarla en la caminata ciega hacia mi recámara. Al paso de ese beso, iba a hacerla mía, y desde luego que no lo haría en el comedor…

Sin embargo, sentía que estaba dormido, que eso no estaba ocurriendo en realidad. ¿Habría surtido tanto efecto ese ejercicio de cerrar los ojos e imaginarme que todo a mi alrededor no existía, como para que repercutiera de tal manera que llegara a sólo imaginarme ese beso tan único? No… Un beso semejante no podía ser fruto de la imaginación. Era verdad. Tenía a la mujer de mis sueños entre mis brazos, besándome con amor y deseo, deshaciéndose con cada movimiento de mis dedos, de mi lengua, de mi cuerpo. Podía oír sus gemidos perderse en mi garanta, sentía su respiración agitada, sentía su calor debajo de mis manos, llegaba hasta mí el aroma de su piel, y si abría mis ojos, vería los suyos suavemente cerrados, gozando de las sensaciones de ese beso a oscuras. Ella…, la mujer que creí que jamás volvería a tener a mi antojo, la mujer por la que tanto lloré y sufrí cada noche y cada día, lo único real que había tenido, lo único que había sido realmente mío…, hoy estaba a mi lado de nuevo. Cuando menos lo esperaba, justo cuando empezaba a resignarme, el amor golpeaba mi puerta otra vez y llegaba para cargarme de energías y de entusiasmo. Me sentía feliz. Sentía que rebozaba de una gran felicidad. Ella me hacía feliz.

Continúa…

Gracias por la visita. Te invitamos a continuar con la lectura.

por Antonella Ayelen

Escritora del fandom

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