
«Apostemos» Temporada III
Capítulo 16: Ni ante el mismísimo Dios
Abrí los ojos con dificultad debido a la luz. Aún no me acostumbraba ni al ventanal de la habitación con las cortinas constantemente corridas a los lados, ni a las lámparas artificiales del techo que no descansaban ni en pleno día, ni en plena noche tampoco.
Tenía la sensación de que sería un grandísimo día. El motivo era el tan esperado alta. Los médicos me habían garantizado que en la tarde ya estaría cambiado y listo para volver a mi hogar, con mi familia. Las palabras del doctor Luna, quien se encargó de mi accidente desde un primer momento, me traían a la mente una y otra vez las palabras de Bill. Hablaba de milagro. Y es que después de la aparición de Simone, yo también comenzaba a evaluar esa posibilidad.
— ¿Papá? — Mi voz hizo que se despertara de un bote. —. Tranquilo —dije. Acababa de despertar de una siesta de quién sabía cuántas horas, en la silla plástica donde esa aparición de Simone había estado leyendo aquella revista de novedades. Con aspecto entre asustado y adolorido, consiguió esbozar una sonrisa cálida y amable a modo de saludo. —. ¿Qué haces ahí, papá?
— Hola —dijo aún somnoliento, incorporándose con dificultad sobre sus piernas entumecidas—. Quise quedarme aquí, contemplándote dormir, pero fallé y me dormí también —rió—. ¿Cómo te sientes?
— Como nuevo —respondí devolviéndole el gesto finalmente—. El que debe sentirse mal eres tú. Has de haber dormido pésimamente. ¿Desde qué hora estás aquí, papá?
— Desde ayer, cuando Bill se fue — Abrí mis ojos como platos, olvidándome ya del ardor y la molestia natural por la luz. Ya me parecía que llevaba puesta la misma ropa que el día anterior, pero supuse que era sólo mi parecer. Mi padre había pasado casi un día entero en el hospital, y había dormido en una silla plástica común y corriente.
— ¿Bromeas? ¿Por qué razón? ¡Yo ya estoy perfectamente! — De nuevo, me respondía con una sonrisa.
— Como nunca pude estar presente en tus resfríos, supongo que te lo debía —explicó tristemente—. Aunque, ahora que lo pienso bien, tampoco pude presenciar los de Bill…
— Papá —interrumpí—, está bien. No tienes por qué hacer esto. Yo no te reprocharé nada jamás.
— Quizás necesite oír mis errores para así aprender.
— ¿Aprender qué? — Palmeé su mano, la cual apretaba la barandilla de mi cama. —. El tiempo ya ha pasado, no se puede cambiar. Estás presente ahora, ¿o no? Eso es lo que cuenta ahora mismo.
— Gracias, hijo. — Estaba casi seguro que bajó la mirada al suelo sólo para evitarme la imagen de sus ojos humedeciéndose.
— ¿Por qué no vas a casa y descansas un poco hasta que me den de alta?
— Sí. Eso haré. Vendré a buscarte con John apenas me llame el doctor. — Acarició suavemente mi mejilla derecha y luego se dispuso a marcharse. Del respaldo de la silla, agarró su chaqueta y se la puso lentamente. Luego se dirigió hacia la puerta y me despidió de nuevo con otra de sus sonrisas cansadas.
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By Gustav
— ¡Bill, viejo amigo! ¡Al fin atiendes, hombre!
— Lo siento. Estaba con alguien y no escuché el móvil.
— No tienes que decirme nada… ¡Palpitando la luna de miel, eh!
— ¿De qué hablas? — Soltó una breve carcajada. —. Estaba con una mujer. Más precisamente con una niña.
— ¿Heterosexual y pedófilo? — Bromeé.
— ¡Idiota! —rió—. Hablo de Milagros Gómez, la niña del juicio.
— Lo sé. — Tomé la cafetera y vertí su contenido en la mitad de dos tazas, y completé sus capacidades con leche fría. Luego, les puse algunas cucharadas de azúcar a ambas tazas y finalmente las dejé sobre la bandeja que había preparado con anterioridad. —. Y dime, ¿está bien?
— Ay, Gustav… —suspiró y supe que también sonreía—. Hoy iniciaba su tratamiento. Estuve a su lado escuchando a la doctora. Vi a su padre y a su madre emocionados al oír que tenía muchas posibilidades de volver a caminar aún. ¡Ella está tan entusiasmada! Me siento muy feliz.
— Me alegro, amigo. Te mereces las cosas buenas que te están pasando.
— ¿De cuáles me hablas?
— ¡Oye! Tu hermano está bien, ¿o no? Salió en las noticias esta mañana.
— Bueno, sí. Pero eso no es ningún logro que me pertenezca. En fin, no quiero hablar de eso —terció—. Dime, ¿para qué querías hablarme?
— Es que justo quería darte una mala noticia, pero con final feliz.
— ¿Cómo es eso?
— Es sobre Sam.
— ¿Qué Sam? ¿El mudo?
— El mismo —dije cruzándome de brazos y recargándome contra la mesa de madera—. Tú no lo conoces, pero para mí es como…, como un hermano menor. — Decidí reparar para no confesar que era como un hijo en realidad. —. El punto es que tuvo un incidente… Santos le mandó a dar una terrible paliza.
— ¿¡En serio!? ¡Ese Santos es un hijo de puta! —gritó furioso—. Pero dime, ¿cómo está ese muchacho?
— Ahora viene la parte feliz —dije sonriendo—. Lo atendió una enfermera muy especial.
— ¿Te estás comiendo a una enfermera? ¡Picarón, Schäfer!
— No, no. Escúchame bien; esto no lo sabe ni siquiera Nicolás. — Carraspeé y me resultó imposible ocultar mi buen ánimo.
— ¡Dime de una vez, hombre!
— La enfermera que atendió a Samuel, fue nada más y nada menos que mi hermana —dije. Bill siempre había sabido que yo tenía una hermana menor, pero eso era todo. No sabía ni su nombre, ni su edad, ni tampoco la historia de nuestras vidas. —. ¡Encontré a mi hermana, Bill!
— ¡¿Qué?! — Exclamó incrédulo. —. ¡Qué pedazo de buena noticia, Gustav! ¿Dónde? ¿Cómo fue? ¿Cuándo?
— ¡Oye, oye, despacio! Cuando te vea te lo cuento personalmente. Pero sólo te diré que el accidente de tu hermano fue como una especie de milagro.
— Créeme, no eres el único que me lo dice —comentó en voz baja—. Ahora mismo no puedo pasar por el barrio, pero me haré un tiempo para ir.
— Oye, si quieres, puedo pasar por el estudio.
— Oh, claro. Mañana no porque está cerrado… Bueno, ya sabes…
— Sí, lo sé. Con todo lo del duelo —susurré—. Te veré pasado mañana entonces. ¿Thomas estará en tu casa para entonces?
— Hoy mismo vuelve.
— ¡Me alegro, viejo! Y te comento que Richael hoy durmió conmigo, así que finalmente ya no está entre ustedes dos.
— Gustav —regañó—. Me voy a…
— Te vas a casar con Andreas… Ya me aburres, hombre —rió por lo bajo—. Te veo en dos días entonces.
— Te veo en dos días. Disfruta, amigo — Sonreí de lado y corté la comunicación para llevarle el desayuno a la cama a mi amada.
Salí del comedor con la bandeja en mis manos y me dirigí a la recámara silbando una canción de Bob Marley por lo bajo. Terminé de abrir la puerta que yacía entreabierta y me derretí al verla con una de mis camisetas solamente cubriendo su desnudez, mientras arreglaba la cama prolijamente.
— Buenos días, hermosa. — Se dio la vuelta sonriendo radiantemente, contagiándome ese resplandor de sus ojos.
— ¡Buenos días! — Me respondió agarrando una de las dos tazas por el mango. —. ¡Qué lindo detalle! — Después de beber un par de tragos, dejó un beso plasmado en mis labios. —. ¿Dormiste bien?
— Bueno… —vacilé—, ¡si es que me dejaste dormir algo!
— ¡Gustav! —exclamó avergonzada.
— Dormí excelentemente — Dejé la bandeja con la taza que me correspondía sobre la cómoda de las camisas y los sweaters. Ella se quedó parada en medio de la recámara bebiendo de su taza de café, con los pliegues de mi camiseta cayéndole suelta por su figura, tapando apenas sus nalgas, a excepción de cuando caminaba. Ahí sí que quedaba toda una bella vista a mi merced. Su cabello desalineado y el maquillaje a medio sacar, descalza. Estaba bellísima. —. Amor, quiero hablar de algo importante.
— ¿De qué se trata? —preguntó preocupada. Yo sonreí para espantar a sus fantasmas y acuné sus mejillas entre mis manos.
— Quiero rehabilitarme.
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By Bill
El reloj marcaba las cinco de la tarde con quince minutos. Afuera la lluvia comenzaba a cesar y la tormenta sólo era un recuerdo y charcos de agua en las calles. Siempre que llovía con tanta intensidad, pensaba en la gente que sufría de inundaciones en sus casas y lo perdían todo. Electrodomésticos, inmuebles, objetos de valor, todo. Cosas que quizás costaron los ahorros de una vida entera, perdidas en cuestión de algunas horas. A pesar de mi egoísmo en potencia, me entristecían esos pensamientos.
Giré mi rostro hacia el hall de entrada al oír el motor del auto de John aparcar en el porche. Seguramente era mi padre con Thomas. Mi estómago dio un vuelco rotundo. Los nervios se agolparon en el centro de mi pansa e hicieron una catástrofe en mí.
Luego la llave giró dentro de la cerradura y yo me precipité a acercarme al marco de la puerta, esperando ansioso el ingreso de mi familia de una buena vez. Pude oír a Susan diciéndome algo al respecto a mis espaldas, pero no pude ni quise escucharla. No lo hice con mala intención, pero sencillamente mi atención estaba siendo acaparada por otra cosa.
— ¡Home, sweet home! — Cantó animadamente cuando entró a la casa, extendiendo sus brazos y sonriendo. Segundos más tarde, me crucé frente sus ojos y me observó como si hacía años no nos veíamos. Sin pensármelo dos veces, lo abracé con fuerza, hundiendo mi rostro en su cuello. Sentí su pecho hincharse en un suspiro y sus brazos abrazaron con más fuerza mi cuello y hombros.
— Bienvenido, Tom—susurré en su oído—. Bienvenido a casa.
— Gracias, Bill —respondió soltándome—. ¡Susan! — Fue el momento de la mujer que era nuestra madre en varias ocasiones. Ella, con ojos llorosos lo apretó con fuerza contra su pecho, como si pudiera escapársele de un momento a otro. Unas sandalias chocando contra los escalones de madera de las escaleras quebrantaron el emocionante silencio para darle paso a algo más conmovedor todavía.
— ¡Thomas, hijo mío! — Helga bajó los últimos escalones con prisa, casi con desesperación, y se lanzó a los brazos de su hijo, quien, en silencio, se echó a llorar como un niño de seis años. Vi a mi padre sonreír por el momento, y me sentí bendecido por tener la casa llena de tanto amor. A pesar de todo, me gustaba ver que se olvidaban de los rencores del pasado por una causa en común. —. ¡Bendito sea Dios que estás aquí, pequeño!
— Te amo, mamá…
— ¡Oh! Yo también te amo, bebé — Ambos lloraban, ambos apretaban la espalda del otro y sonreían entre mejillas mojadas. ¡Qué hermoso! ¡Qué no daría yo por abrazar así a mi madre! Pero me hacía muy feliz ver a mi hermano disfrutar de la suya.
— Me siento halagado —dijo Thomas terminando el abrazo y secando sus lágrimas—. No me digan que no fueron al estudio sólo por mí.
— No, hijo —dijo Jörg—. Hoy y mañana, el estudio permanecerá con sus puertas cerradas por… — Antes de que dijera algo y el bello momento familiar quedara totalmente arruinado, decidí intervenir.
— Luego te explico, Tom — Él asintió ya suponiendo qué sería. —. De todas formas, seguro que alguno de los dos se tomaba el día solamente para ti.
— ¡Desde luego! — Exclamó Thomas. —. ¡No es para menos! — Rió.
— Tom —llamó Susan—, ¿se te antoja almorzar?
— ¡Cómo que no, Su! La comida del hospital era más insípida que comer una esponja. Eché de menos tu comida.
— ¿Disculpa? — Helga fingió enfado con sus manos en la cintura en postura severa y todos nos echamos a reír.
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By Gustav
— ¡Mi amigo el careta! — Gritó Nicolás apenas abrí la puerta. Tanta fue su euforia, que casi me caía de culo del susto. —. ¿Cómo te trata la vida?
— Bien. Pero por lo que veo, a ti te trata mucho mejor —comenté chocando nuestros puños en señal de saludo—. ¿Por qué ese humor?
— Siento que las cosas mejoran, amigo. No sé cómo explicarlo, pero así es. ¡Estamos en el compost de la flor, viejo! — Solté una risotada alejándome hacia la cocina, en donde había dejado el aceite fritando las papas para que Sam almorzara.
— Puede que tengas razón, eh. — No hubo respuesta u otro comentario como los anteriores. Me pareció extraño pero de todas formas decidí no acotar nada más. Con una tenaza de cocina saqué las papas del aceite hirviendo y las puse junto la pata de pollo humeante, en el plato que sería para mi huésped. Alejé el sartén de la hornalla del borde de la cocina para prevenir accidentes, y preparé una bandeja similar que la de esa mañana, con el mismo entusiasmo y empeño.
— ¿”Puede”? — Preguntó divertido asomándose por la puerta. Giré mi rostro para ver qué era lo gracioso, y lo vi sujetando con sus dedos índice y pulgar un labial que Richael aparentemente había olvidado. —. Alguien ha tenido visitas… — Canturreó.
— Vale, me pillaste —admití riendo—. Fue Richael.
— ¡Lo sabía! ¡Tú eres mi ídolo, man! Imagino que están más que bien.
— Así es. Volvimos, pero esta vez de una forma más seria. Sinceramente, no sé cómo pudo perdonarme… Si eso no es amor, no sé qué pueda serlo. — Sujeté con firmeza la bandeja y caminé con cuidado hasta la salida. Me cedió el paso cuando llegué a la puerta y luego me siguió hasta el sofá, el cual oí quejarse cuando se lanzó cómodamente sobre él. Yo continué mi cuidadoso recorrido hacia la recámara de visitantes, donde Sam comenzaba a despertar.
Con mi pie derecho, haciendo equilibrio con el izquierdo, golpeé suavemente la puerta para poder abrirla y pasar. Samuel se sentó en la cama entusiasmado al ver la bandeja con comida. Cualquier diría que no había probado bocado en décadas.
— ¡Eso huele estupendo!
— Estás recuperando el apetito. Es buena señal —dije apoyando la bandeja con cuidado sobre su regazo, con temor a tocar alguna herida o algún hematoma—. ¿Cómo te sientes?
— Con ganas de correr—dijo riendo.
— ¡Genial! Es tu último día de reposo. — Una vez cómodo, tomó los cubiertos y comió como si no existiera un mañana.
— ¡Oh, qué delicia, Gustav! ¡Gracias! — Soltó gustoso, con la boca cargada de papas fritas y el aceite en la comisura de sus labios y mentón. Reí bajo y alboroté sus cabellos con cariño. —. ¿Quién está en la sala?
— Nicolás.
— Ah… — No dijo nada más. Quizás porque no le interesara siquiera dejarle un saludo, y mucho menos tener algún tipo de diálogo con el susodicho. Después de todo, Nicolás hubiera dejado que se muriera antes que acarrear con él y sus golpes. —. Anoche tuviste acción, eh —comentó con una sonrisa morbosa y picaresca en su cara. La mía seguramente estaba pintada de mil colores por la vergüenza—. ¡Te oí, tío!
— ¡Cierra la boca! — Soltó una sonora carcajada.
— ¡De mudo sólo tengo el apodo!
— Samuel —corté severo—. Es suficiente.
— Vale, vale. — Continuó comiendo, pero sin borrar del todo esa sonrisa molesta. —. ¿Es tu novia?
— Lo es.
— Bueno… Te felicito. — Levantó la mirada y me guiñó un ojo.
— Sigue comiendo, Sam. — Cuando me disponía a salir, volvió a hablarme.
— Oye, Gustav.
— Dime.
— En alguna oportunidad, me gustaría hablar sobre ese asunto de la Universidad, ¿sabes?
— Claro —asentí—. Mañana si quieres salimos a tomar algo, ¿te parece?
— ¡Genial! — Exclamó feliz como un infante.
— Nos vemos. — Cerré la puerta para darle privacidad y volví con Nicolás, quien miraba la televisión casi hipnotizado con las tetas de la protagonista de la novela. —. ¿De qué va la trama?
— ¿A quién le importa? ¡Mira ese par! — Reí por su salvajismo y me dispuse a sentarme a su lado a intentar comprender de qué carajos se trataba aquello, pero el timbre sonó de un momento a otro, sorprendiéndonos. —. ¿Esperas a alguien?
— No —respondí frunciendo el entrecejo—. Y eso es lo extraño. — Marché hacia la puerta y de pasada saqué el revólver que guardaba en el mueble del recibidor. Le quité el seguro y la oculté detrás de mi figura, apretándola en mi mano izquierda con fuerza. Antes de girar la llave en la cerradura, observé por el mirador de la puerta para ver de quién se trataba.
— ¿Quién es? — Volteé mi rostro hacia mi compañero y fijé mis ojos en él. —. Oye, estás pálido. ¿Quién rayos es? — Repitió poniéndose de pie, a la defensiva.
— Santos…
— ¡¿Qué?! ¿Qué demonios quiere? — Preguntó retóricamente. —. ¿Se habrá enterado que el mudo está viviendo aquí?
— Espero que no… — El timbre volvió a sonar y pegué un salto del susto. Pocas veces había sentido miedo en mi vida, pero aquel miedo era uno de los peores. —. Abriré
— ¡No, espera! — Hice caso omiso a sus palabras y le quité el seguro a la puerta, abriéndola lentamente hasta estar frente a frente con él: mi peor enemigo.
— ¡Buenos días, Schäfer! Espero no importunarte — Apreté más el revólver en mi mano cuando ese estúpido cínico amplió más su sonrisa, como si viniera a reclamar su premio de primer lugar.
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By Bill
Susan había puesto sobre la mesa la vajilla más cara y antigua que teníamos, acompañándola con los cubiertos de plata que Cortez le había obsequiado a mi padre en alguno de sus viajes juntos por el mundo. Cortez… Desde la fiesta del estudio no volví a saber de él; siquiera cuando Thomas sufrió el accidente, aunque esto salió en los medios de todo el continente. Cortez era así. Seguramente el único amigo verdadero de mi padre. Odiaba la hipocresía, siempre y cuando no le fuera a servir para algún negocio o contrato. En ese caso, la usaba como todo un experto en la materia. Él había dejado muy en claro con sus actitudes que Thomas no le caía bien en lo más mismo. Jamás se llevaron bien, siquiera cuando se dictó la sentencia que lo declaraba inocente. Para él, el único hijo y heredero de Jörg Kaulitz siempre había sido yo, y seguía siéndolo.
— Permiso. — Jimmy irrumpía en el marco de la puerta del comedor, con su traje impecable y sus zapatos brillantes como de costumbre.
— ¿Sí, Jimmy? — Pregunté, evitándole a mi padre que se moviera de su sitio. Ya habíamos empezado a comer los cinco: Jörg en la cabecera, Thomas a su izquierda y yo a su derecha. A mi lado estaba Susan, y frente a ella Helga.
— El joven Markett está en la puerta. ¿Lo hago pasar? — Miré a mi padre con duda, pero él sólo se encogió de hombros. Cuando iba a responder que no, que lo hiciera esperar unos minutos, mi padre me frenó levantando su mano. Terminó de tragar su trozo de pollo y carraspeando, dijo:
— Hazlo pasar, Jimmy. El licenciado ahora va a formar parte de la familia; ya no es necesario que preguntes — Mis ojos buscaron los de Tom con cierto temor. Sin embargo, el continuó comiendo sin preocupación.
— Muy bien — Antes de que el jefe de seguridad se marchara, lo llamé.
— Jimmy, aguarda.
— Dígame, señor.
— Dile a John que tome mi auto y lo lleve al mecánico. Tiene una falla en el tren delantero y hace un ruido espantoso —expliqué—. No debe ser nada grave, pero que lo vean antes que empeore, por favor.
— Desde luego, señor.
— Gracias. — Se dio media vuelta y se retiró por donde había entrado.
— Hablando de autos —dijo Susan—, ¿qué pasó con tu coche, Tom?
— Bueno… — Carraspeó y unió sus dedos bajó su mentón. —. El auto está bajo dominio policial. Van a tener que pasar varias semanas hasta que me lo devuelvan, y sinceramente me da mucha pereza pensar en todos los arreglos de chapa, pintura y maquinaria que necesita.
— ¿Cómo que lo tiene la policía? — Preguntó Susan indignada. Jörg intervino.
— Son trámites, Susan —dijo—. Hacen pericias para ver si todo coincide con un accidente. Cosas de rutina.
— ¿Y qué harás mientras tanto sin un vehículo, hijo? — Preguntó Helga con preocupación, y otra vez Jörg habló.
— Tom tiene el dinero suficiente para comprarse cinco autos si quiere. Además tenemos a John, Helga. Él es mi chofer desde hace veinte años, es de mi estricta confianza. Despreocúpate.
— Oh, qué bueno —suspiró ella—. ¿Y está a disposición de ustedes las veinticuatro horas? Me refiero al chofer. — Le preguntó ahora a mi padre, como si Thomas hubiera quedado en un segundo plano.
— Sí, sí. Él vive a unas pocas manzanas de aquí, en las afueras del barrio. Siempre estamos en contacto por radio.
— Amm…, de todas formas —interrumpió Tom tomando protagonismo nuevamente en el tema que, al fin y al cabo, giraba en torno a él—, yo no estoy seguro de querer volver a manejar. Me refiero a arreglar el vehículo o comprarme uno nuevo. No quiero. De hecho no quiero ni subirme a un auto de nuevo — Intentó reír, pero no pudo. —. Me conformo con que John me lleve y me traiga del estudio.
— No veo por qué, hijo — Miré a Jörg como alertándole que se callara, pero lógicamente no lo hizo. —. Que no te detenga un hecho traumático. Tu vida sigue y no puedes vivir con miedos y trastornos.
— Casi se muere, Jörg —dijo Helga con voz seria—. Tiene todo el derecho de tener temor.
— Debe ser temporal —susurró Thomas volviendo a su comida—. Supongo que es normal.
— Lo es —dije y él me miró una unos segundos para luego asentir.
— ¡Buenos días, gente! — Exclamó Andreas sorprendiéndonos a todos, y no de forma grata para ser más exactos. Lucía feliz, radiante, como si hubiera recibido una grandísima noticia hacía unos minutos nada más.
— Buenos días, Andreas —saludó Susan mirándonos a todos con aspecto incómodo. Helga le sonrió en silencio, mi padre se puso de pie para estrechar su mano y Thomas siquiera se inmutó.
— Hola, mi amor —siseó antes de que me ponga de pie y le dé un casto beso. Rodeó mi cintura con su brazo y miró directo a mi hermanastro. Éste le devolvió la mirada con altivez, sonriéndole de una forma extraña. —. ¡Qué bueno que ya estés en casa, Trümper!
— Así es. Después de todo… — Me miró fijamente y pude descifrar qué escondía esa sonrisa al fin y al cabo: victoria. Eso mismo. —, no hay mal que dure cien años.
— Coincido totalmente —dijo Andreas—. Y qué bueno también que estén todos aquí presentes. — Miré su perfil para intentar descubrir antes que nadie qué se traía entre manos. Los presentes dejaron de comer y prestaron entera atención a mi pareja. Tom se recostó cómodamente en la silla y llevo su vaso con jugo a los labios. —. Tengo un anuncio importante que hacer.
— A juzgar por el último, tus anuncios siempre nos dejan boquiabiertos —bromeó mi padre, pero nadie rió—. Te escuchamos.
— Futuro suegro, Trümper, querida Susan, y señora Trümper… — Miró a cada uno de ellos como si lo que estaba a punto de decir fuera a cambiarles la vida. —. Tenemos la fecha para nuestra boda. — ¿Eh? ¡Yo no tenía nada, a mí que no me metiera! —. Será en dos meses, por iglesia — Inmediatamente volteé mi rostro hacia él con el desconcierto pintado en mí.
— Wow… —musitó mi padre rompiendo el silencio—. Es más pronto de lo que pensaba… ¡Felicitaciones!
— Es una noticia maravillosa —dijo Susan aplaudiendo, pero con su rostro totalmente serio. Lógicamente, Andreas no pudo apreciar su expresión ya que ésta le daba la espalda naturalmente por su posición en la mesa, pero yo pude notarlo a la perfección.
— ¡Esto amerita un brindis entonces! — Propuso Thomas para mi sorpresa. Levantó su vaso semivacío y recordé aquella vieja creencia que decía que era de muy mala suerte brindar con agua o con la bebida a medio tomar. Seguro Tom también lo sabía y aquello no era más que una provocación mal intencionada. —. Brindemos por la flamante pareja — Todos tomaron sus vasos (Jörg agarró su clásica copa de vino tinto), y Helga llenó su vaso para el momento.
— ¡Es una idea estupenda! — Andreas le siguió la corriente gustoso, llenando uno de los vasos vacíos que había sobre la mesa y alcanzándome el mío. Zumo de naranjas para sellar una noticia tan impactante… Tan inesperada. —. ¡Brindemos por nuestro casamiento y porque tú estás en casa al fin! — Exclamó Andreas dirigiéndose a Thomas. —. ¡Cuñado!
— Andreas… —susurré con un hilo de voz, sintiendo el nudo crecer en mi garganta. Finalmente todos se pusieron de pie, intercambiando miradas entre incómodas y dudosas.
— ¡Salud! — Dijimos al unísono y quedó el sonido de los vasos chocándose con más hipocresía de la que se podría tolerar.
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By Gustav
— ¿A qué viniste?
— ¡Oye! ¿No me vas a invitar nada para tomar? Ustedes son muy bien atendidos cuando van a mi humilde morada —dijo fingiendo indignación—. Un whisky está bien. — Se sentó en el sofá con sus brazos extendidos por el borde del respaldo, en toda su longitud. Nicolás, parado en medio de la sala y duro como una piedra, me miraba interrogante. Yo sólo pude encogerme de hombros e intentar poner paños fríos a la situación. Los matones de Santos se habían quedado afuera, así que, al menos en ese momento, no teníamos la presión de los gorilas apuntándonos con los cañones de las armas como si fuéramos dos perros callejeros con rabia. Aunque seguramente Santos tenía un revólver entre su ropa; un tipo tan precavido como él no andaría por la vida dependiendo de terceros.
Le hice un gesto a Nicolás para que fuera a buscar el encargue de nuestro jefe. De mala gana, pero con un deseo interno de escapar de esa situación, se metió en la cocina.
— ¿Vas a hablar?
— Tengo todo el día. ¿A ti quién te corre? — No respondí. Cada una de sus palabras eran provocaciones. —. Tengo una buena propuesta para hacerte, Schäfer —empezó—. Vale la pena oírme.
— Bien. Estoy esperando. — Decidí sentarme en el sofá individual, a su derecha.
— Un segundo. — Del bolsillo de su saco, tomó un celular radio, el cual accionó produciendo un característico “prip”’. —. Javier, adelante.
— Sí, señor. — Respondió ese tal Javier. Segundos más tarde, el timbre sonó con un pitido breve.
— ¿Serías tan amable de abrir? — Alcé una ceja, inexpresivo, y me pregunté en qué momento me había convertido en el sirviente de mi propia casa.
Sin emitir palabra alguna, me puse de pie y fui hasta la puerta. La abrí ya sin la paranoia anterior y pude ver a uno de sus gorilas parado en el recibidor, con un maletín en su puño izquierdo. Acto seguido, me lo extendió con el típico semblante serio y mortal que portaban esos tipos. Lo tomé dudoso y finalmente el sujeto retrocedió en sus pasos y se marchó.
— Javier es un gran muchacho —comentó jovialmente, como quien habla de un perro que se ha estado portando bien últimamente, después de una rabieta en la que destrozó todo un cojín. Sentí mi estómago revolverse y casi le vomitaba en la cara a ese hijo de puta. Las personas no eran personas, sino que animales u objetos; siquiera tenía respeto por quienes trabajan para él, capaces de dar sus vidas si la suya se veía en peligro.
Le di el maletín sintiéndome nuevamente como un mayordomo en su palacio. Asintió con la cabeza en señal de agradecimiento y finalmente volví a sentarme. Nicolás entró en la escena con dos vasos de whisky, de los cuales me dio uno amablemente. Ahora era él nuestro mayordomo y el rol rotaba.
— Ciento cincuenta paquetes de cocaína de dos kilogramos cada uno —dijo poniéndose serio, meneando el vaso de whisky en sus dedos como si se tratara de vino. A pesar de su buena clase y su dinero, el idiota no sabía siquiera tomar una bebida tan clásica como el whisky. —. De México, hasta aquí, Hamburgo. Ingresa el sábado próximo en el vuelo de las tres, camuflados en sillas de ruedas para lisiados. — Sonrió maliciosamente después de degustar algunos tragos de la bebida. —. Falsas matrículas y falsos diplomas de las mejores universidades de medicina de México y Estados Unidos. Todos supuestos doctores. — Otra vez, el vaso fue hacia sus labios y luego limpió su comisura derecha con su pulgar. —. Y la mejor parte… — Se incorporó en el borde del sofá y dejó el vaso de vidrio sobre la mesita de madera de enfrente. Tomó el maletín negro que descansaba sobre su regazo y lo depositó a un lado del vaso. Lo abrió con ágiles dedos y su contenido quedó expuesto primero ante sus ojos y los de Nicolás, quien presenciaba la situación de pie detrás del sofá donde Santos estaba sentado. Vi el rostro de mi amigo iluminarse por la sorpresa y la felicidad. Sí. Felicidad. —. El pago va por adelantado. — Finalizó girando el maletín para ser yo el sorprendido.
— Dios mío… — Oí que susurraba Nicolás casi con agua en los labios. Santos me miraba con ojos brillosos y esa sonrisa malvada todavía en su cara. Y yo, nervioso y tentado, negué varias veces con la cabeza.
— ¿Qué significa eso? — Preguntó el narcotraficante con voz temblorosa, sin asimilar la posibilidad de que pudiera negarme. ¿Quién se negaría a tanto dinero junto?
— Debe haber unos veinte millones ahí dentro —dijo Nicolás innecesariamente. Nadie le había pedido su opinión, y sin embargo ahí estaba él tirándole limón a la herida.
— Treinta —corrigió Santos volviendo a sonreír—. ¿Y bien, Schäfer? ¿Tienes algo para decir?
— La verdad que sí —respondí saliendo de mi trance mental—. Es con él con quien tienes que hablar —dije señalando a mi amigo. El susodicho pegó un salto de la sorpresa, y ni les cuento Santos. —. Yo ya no estoy en este negocio.
— ¿Qué? — Cuestionó en voz baja—. ¡¿Qué rayos dices, Schäfer?!
— Cálmate —pedí intentando mantener la tranquilidad—. Es muy simple. Me voy a internar en una clínica y abandonaré el negocio de las drogas. Nicolás quedará en mi lugar dirigiendo el barrio.
— ¡Aún no veo qué parte es la simple! — Gritó enceguecido de ira.
— La parte en la que tienes que charlar este trato con él —repetí—. Pero te agradezco que me hayas tenido en cuenta para un golpe tan grande y generoso; es un halago para mí.
— A ver, Schäfer — Nuevamente, del mismo bolsillo del que sacó la radio, ahora tomaba un pañuelo color rosa pastel, con el cual secó el sudor que caía por su frente y sienes, a pesar del frío que hacía en ese otoño azotador, él estaba sudando de puros nervios. —, creo que no nos estamos entendiendo. Tú no puedes plantearme algo semejante así, tan tranquilo —dijo fulminándome con sus ojos de tal modo que, si la mirada pudiera matar, yo ya estaría muerto y resucitado. —. ¿Meditaste esta decisión fríamente?
— Sí. Lo pensé demasiado, y es un hecho.
— ¡Pues no, Schäfer! — Volvió a gritar y Nicolás se puso en alerta ante cualquier movimiento en falso y que se me abalanzara como un salvaje a destrozarme la cara a puñetazos, si es que no tenía un arma en si cintura y terminaba conmigo de una manera más rápida. —. ¡¿Quién te piensas que eres?! ¡No pretenderás ser alguien normal! Una vez que se entra, ya no se sale.
— Gustav, ¿qué ocurre? — Todos giramos a ver de dónde venía esa voz. Sam se asomaba tras la puerta de su recámara, y finalmente exponía su cuerpo entero ante su casi asesino. Sólo bastaron segundos para que Santos se echara a reír como un psicópata demente. Samuel palideció y temí que se callera al suelo por lo débil de su estado anímico. —. Oh… Ya veo —dijo Santos con intenciones de burla—. Se llama “amor maternal”, ¿cierto? — Volvió a mirarme con una mueca desencajada en su rostro. —. Te hiciste niñera de este crío y ahora quieres bajarte porque te han tocado el corazón —río—. Eres patético.
— Piensa lo que quieras. No vas a cambiar mi parecer.
— ¡No te vas a bajar de mi negocio, desgraciado!
— Discúlpame, Santos, pero yo no estoy en tu negocio —tercié—. Estoy vendiendo y consumiendo drogas desde los dieciséis años, y lo hice sin ti. Contigo mantengo tratos, pero no soy otra marioneta de tu espectáculo, ¿sabes? — Me incliné hacia adelante en mi lugar y cerré el maletín con cuidado, colocándole las trabas nuevamente y lo deslicé por la mesa hasta que estuvo frente a él. —. Gracias, pero es una decisión tomada y no te lo estoy consultando. — Me miró con los ojos prendidos fuego, casi llorosos de la bronca. Su mandíbula se veía apretada por las marcas de músculos en sus mejillas.
— Te vas a arrepentir, Schäfer. Tú no me conoces —sentenció antes de tomar el maletín en cuestión y ponerse de pie de un bote—. Vendrás de rodillas a disculparte e implorar piedad.
— Ahí te equivocas, Fredick. — Por primera vez en muchos años de conocernos y de tratar con él, lo llamé por su nombre de pila, y no por su apellido intimidante. Me puse de pie pausadamente para así estar en iguales condiciones. —. Yo no me arrodillo ni ante el mismísimo Dios. — Por una milésima de segundo pude percibir pánico en sus ojos. Hice posible que un sujeto como él sintiera miedo ante alguien más; y ese alguien era nada más y nada menos que yo mismo. Pero luego volvió a su semblante de siempre: autosuficiencia y soberbia.
— Sigue haciendo de niñera. Quizá con eso te va mejor —masculló y se echó a andar por la sala hacia la puerta, la cual azotó cuando salió.
— La cosa se va a poner jodida —susurró Nicolás al cabo de unos minutos—. Conociendo a Santos, esto no se va a quedar así.
Continúa…
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