«Apostemos» Temporada III
Capítulo 18: La ley de oro
— ¿Cómo está Rogger?
— Está muy bien, descuida. Priscila le recetó unos analgésicos que fueron de mucha ayuda.
— ¡Priscila! ¡Aún no puedo creer que hayas dado con ella en la clínica! — Asintió sonriéndome ampliamente. —. ¿Te das cuenta? Todo está mejorando, Gus.
— Bueno, omitiendo lo de Santos…
— ¿Qué ocurre con ese tipo?
— Me ofreció un negocio millonario, y yo lo rechacé —explicó poniéndose serio—. Nicolás insiste en que tomará venganza, que un sujeto como él no se va a quedar de brazos cruzados perdiendo millones.
— Tú lo conoces, ¿o no? Tienes que tener algún indicio de cómo puede llegar a reaccionar.
— Es un tipo impredecible, Bill —negué con la cabeza reiteradas veces, obstinado.
— Insisto. Lo del mudo fue un indicio. Así se maneja la gente como Santos; con violencia, matones, haciéndoles pasar angustia a las personas. Un auténtico mal parido.
— Nicolás mencionó algo como eso… — Murmuró. —. Me dijo que sea más cuidadoso con Priscila y Richael. Ellas no deberían volver al barrio hasta que las cosas se calmen.
— Es que las cosas no se van a calmar, Gustav. ¿O acaso esperarás a que Santos se levante una mañana y simplemente decida olvidar este conflicto? No, no. Nicolás tiene razón. De ahora en más, tus afectos no pueden quedar expuestos a Santos.
— Sí… Tendré que hacer eso —meditó casi para él mismo—. Entonces lo mejor será que no le digas a Richael que vine. Luego le envío un mensaje de texto para acordar vernos en su departamento. No quiero preocuparla en su trabajo. — Asentí omitiendo el tema de su descompensación de la mañana. Si Gustav se enteraba de aquello, iría a su oficina a asegurarse que estaba bien, y mi padre podía verlo merodear por su estudio. Las consecuencias serían lamentables. —. Tú tampoco vayas al barrio.
— ¿Cómo dices?
— También quiero protegerte, tío. Tú ya tuviste un enfrentamiento con Santos en su momento, ¿recuerdas?
— Lo recuerdo perfectamente… Aquella vez en que te acompañé a su mansión para cerrar ese trato…
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— Gracias por acompañarme, tío. Nicolás tiene la entrada restringida a este palacio —comentó mirando el frente de la casa con brillo en sus ojos.
— No se pierde de nada —tercié.
Dos sujetos enormes con trajes negros y lentes de sol oscuros se acercaron a nosotros con prepotencia. Nos dijeron algo así como ‘levanten los brazos’, o algo similar, y obedecimos de inmediato. Sus manos palparon nuestros costados, verificando que tuviéramos lo justo y lo necesario, sin sorpresas desagradables. La revisión transcurrió en silencio. Gustav me miraba de vez en cuando, con ojos nerviosos. Era la primera vez que cerraba un trato verdaderamente importante sin su mano derecha, Nicolás. Y en mi caso, era la primera vez que estaba tan cerca del sujeto que mantenía al barrio seguro y bien previsto de drogas.
— Schäfer está limpio —dijo el tipo que había revisado a Gustav—, ¿y el muchacho, Mike?
— Igual —dijo refiriéndose a mí. Aunque llevaba esos lentes impenetrables, podía sentir sus ojos sobre los míos, penetrándome la mirada como queriendo ver más allá. —, pero lo tendré bien vigilado. — Esas palabras me paralizaron del miedo, pero como mi amigo me había enseñado, no demostré tal sensación. Sonreí de lado y avancé a la par de mi colega. Detrás de nosotros, pisándonos los talones, venían esos dos gorilas que ya habían desenfundado sus pistolas ante cualquier imprevisto.
Ese día iba a entender para siempre que el negocio del narcotráfico se basaba en evitar inconvenientes. Ésa era la ley de oro.
— Caminen derecho —sentenció la voz severa del tipo que había revisado a Gustav. Si no me equivocaba, se llamaba Javier y llevaba ya varios años custodiando y acompañando a Santos en su arriesgado trabajo.
Nos adentramos en esa mansión con las miradas tímidas, queriendo explorar tanto lujo alrededor, pero suprimiendo dicho deseo. ¡Era una casona de lo más generosa! Extraño para un sujeto que no tenía familia de ningún tipo, que andaba solo por el mundo, pero ahí estaba él con tanto dinero que no le alcanzarían ni doce vidas para gastarlo del todo.
— ¡Schäfer, viejo colega! — Exclamó con vehemencia, pero su expresión cambió rotundamente al verme ingresar detrás de Gustav a la sala.
— Buenas tardes, Santos.
— ¿Quién es él? — Preguntó con recelo, mirándome de arriba hacia abajo. Yo me encontraba vestido como era de costumbre andar por el barrio; camiseta, jeans oscuros, unas van’s y mi cabello desmechado cayendo por el contorno de mi rostro. —. Sabes que no me gustan los desconocidos en mi hogar.
— Puedo asegurarte que no hay motivos para alarmarse —dijo Gustav sin perder la compostura—. Es de mi estricta confianza. Ya que Nicolás no puede venir por razones obvias, decidí que Bill me acompañara. No pretenderás que venga solo, ¿o sí?
— No, desde luego —terció Santos sin dejar me observarme como quien observa a un dogo detrás de un alambrado y se pregunta si será suficiente barrera para evitar un tarascón. —. Siéntense, por favor. — Finalmente, pudimos respirar aliviados. Habíamos pasado la prueba de fuego… O eso creímos.
Nos sentamos en el enorme sofá donde tranquilamente podían sentarse seis personas de manera muy cómoda. Santos estaba situado enfrente, con una hermosa muchacha a su lado, acariciando su hombro con sus finos dedos. Por mucho que él pudiera pagarle a aquella ramera, no podía comprar su deseo. Ella lo acariciaba como quien debe cumplir una tarea pesada contra su voluntad, solamente por dinero. Hasta debo decir que aquella rubia me miraba con cierta insinuación.
— Te escuchamos, Santos —habló Gustav más distendido.
— No comas ansias, Schäfer… Antes de hablar de lo verdaderamente importante, me gustaría conocer más a tu hombre de estricta confianza. — Yo observé disimuladamente a ambos lados del sofá, confirmando mis temores. Ese Mike y el tal Javier seguían firmes, vigilándonos con ojos de águilas detrás de los vidrios negros de sus lentes, con sus revólveres recargados y sin seguros. Tragué grueso y fijé mi mirada en mi problema principal, quien movía los hilos de esas dos marionetas llenas de esteroides que amenazaban con volarnos los sesos con un simple movimiento de dedos de su amo.
— Pregunte lo que quiera, señor —hablé con el respeto que había perdido desde hacía mucho tiempo ya.
— ¿Hace cuánto tiempo que conoces a Schäfer, muchacho?
— De toda la vida —respondí sin titubear, queriendo sonar seguro en mi mentira. Si apenas eran dos años con mucha suerte.
— Bueno… Tú no tuviste demasiada vida. Eres un crío. ¿Cuántos años tienes?
— Dieciocho.
— ¡Al menos me trajiste a un mayor de edad, Schäfer! — Exclamó riendo, pero Gustav no rió en absoluto. Aquel comentario había sonado irónico y burlón. —. Dime, Bill, ¿quieres tomar un whisky? ¿O prefieres que te traigan una leche con chocolate? — Él rió exageradamente, y sus secuaces lo imitaron forzosamente. Miré a Gustav disimulando mi impaciencia ante esa denigración. No estaba acostumbrado a que me trataran como si fuera un niño, y aquel tipo me estaba ninguneando.
— Preferiría dejar expuesta mi madurez en el momento de los números, si no le molesta —respondí con voz firme.
— ¡Uoh, uoh! Tranquilo, muchacho —bramó sin dejar de sonreír socarronamente—. Dime, ¿eres del barrio?
— No. — Si me peguntaran hoy, casi cinco años más tarde, qué salió mal esa tarde, diría que ese insensato “no”, lo había detonado todo. —. No vivo en el barrio.
— ¿Dónde vives entonces? — Preguntó borrando su sonrisa y frunciendo el seño. Pude presentir la mirada de Gustav clavarse en mi perfil como advirtiéndome, pero era tarde para frenar.
— Vivo en… — Primer titubeo. —. Vivo en Leipzig, pero vine por unas semanas a visitar a viejos amigos —remendé, pero aquel sujeto no había llegado a donde estaba a base de palabras de adolescentes adictos pretendiendo ser narcotraficantes buscado por la SWAT.
— No me digas… — Palmeó el muslo de la rubia que parecía absorta a lo que ocurría en los alrededores. Ella entendió el mensaje y se puso de pie, retirándose tras una puerta finalmente. Entonces Santos adoptó una postura diferente en su sofá. Se sentó más en el borde y unió sus manos entre las rodillas. Continuaba con esos ojos desconfiados posados en los míos, que ocultaban nada más que miedo. —. Y dime, ¿cuál es tu nombre?
— Me llamo Bill.
— Tu nombre entero, por favor. Con apellido incluido. — Ahí comprendí que las cosas no iban a terminar bien. Porque mientras yo estaba cayendo en lo más bajo posible, mi padre se encontraba surfeando en la cresta de la ola profesional. El nombre de Jörg Kaulitz estaba dando la vuelta al mundo entero. Por otra parte, ¿qué sentido tendría mentir? Sólo lograría meterlo en un problema mayúsculo a Gustav al cerrar un trato a base de mentiras. Más tarde o más temprano, Santos mandaría a alguien a averiguar acerca del misterioso amiguito de Gustav Schäfer, y todo sería un caos.
— William Kaulitz. — Los ojos de ese tipo se agrandaron y luego se achinaron sobre mí, seguramente evaluando qué hacer primero: si dejarme hecho un colador de fideos, o… bueno, dejarme hecho un colador de fideos. Fue Gustav quien rompió el silencio.
— Ya basta de tantas formalidades, Santos. Comencemos de una vez…
— ¿Se supone que esto es un chiste de mal gusto o cómo debería tomarlo, Schäfer? — Dijo sobre sus palabras, poniéndose de pie de un momento a otro. Sin más salidas, lo imitamos. Miré a mi amigo con desespero. ¡La había cagado! —. Te abro las puertas de mi casa después de lo que Romero hizo, ¡y me traes al hijo de un abogado!
— Santos, cálmate…
— ¡No me calmaré! — Gritó, pero Gustav no perdió la estabilidad. —. No haré tratos con un niño rico.
— Soy muy diferente a lo que te imaginas —dije y sus ojos de fuego se posaron sobre mí con ira.
— ¿Qué hacemos con él, señor? — Preguntó el tal Mike detrás de mí, con una sonrisa bajo sus gafas, disfrutando del momento cuan sádico.
— Mátenlo —sentenció Santos y mi sangre se congeló.
— ¡¿Qué?! — Exclamó Gustav reaccionando al instante. —. ¡Ni de coña, Fredick! — Vi a aquel matón caminar hasta estar frente a frente conmigo, con su víctima. Estiró sus brazos con el arma bien sujeta en sus enormes manos y, ampliando su sonrisa… —. ¡Antes vas a tener que matarme a mí, Santos! — Un tirón a mi brazo y Gustav pasó a tomar mi lugar frente a aquel gorilón. Era un hecho; si ese sujeto llegaba a disparar, sería el final de una amistad.
— ¡¿Qué se supone que haces, Schäfer?! — Soltó Santos con indignación. —. ¿Serías capaz de dar tu vida por un ricachón? — Gustav volteó su rostro hacia el de aquel narco y asintió con firmeza.
— Yo doy la vida por mis amigos. — Recuerdo que Santos sonrió y al cabo de un momento, dio la orden a Mike de desistir y bajar el arma. En resumen, Gustav había salvado mi vida aquella tarde.
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— En cuanto a Sam, la semana entrante ingresará a la Universidad.
— ¡Qué grata noticia! Has hecho un gran trabajo con ese muchacho. — Le di otra pitada al cigarrillo que había encendido hacía unos minutos. —. ¿Qué carrera eligió?
— Traducción pública. — Alcé ambas cejas y Gustav infló su pecho de puro orgullo.
— ¡Mira al consentido, eh!
— Me sorprendí cuando me lo dijo, pero es una gran elección, ¿no?
— Es una elección estupenda —garanticé—. Te habrá salido un ojo de la cara la inscripción.
— Así fue. Pero vale la pena. Tengo todas mis expectativas puestas en ese muchacho. — Sonreí y palmeé su mano derecha, la cual descansaba sobre mi escritorio.
— Todo andará bien, amigo. Confía. — Asintió en silencio y soltó un suspiro.
— Es hora de volver al barrio. Nos estamos hablando, eh.
— Claro. — Nos pusimos de pie y fui yo quien rodeó el escritorio para darle un fuerte abrazo. Con cuidado de no quemar su cazadora de cuero, palmeé su espalda con afecto y aguardamos unos minutos en un silencio compartido. —. Ten cuidado, Gus.
— Tú igual, tío. Si quieres verme o algo, avísame con anterioridad y acordamos un lugar de encuentro. No te quiero en el barrio.
— Yo no le tengo miedo a ese infeliz… Pero si eso te deja más tranquilo, así será.
— Gracias. — Lo solté lentamente y lo vi marcharse con su clásico paso callejero, contoneando sus brazos a ambos lados de su figura y su postura encorvada. Ahí iba un gran amigo, a pesar de todo.
Continúa…
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