III Apostemos 19

«Apostemos» Temporada III

Capítulo 19: Un solo paso

Alguien tocaba a mi puerta cuando había dejado en claro que me iría a acostar y no quería ser molestado. Pero a pesar de eso me incorporé en el colchón, apoyando mis pies aún calzados sobre el suelo. Siquiera me había desvestido o deshecho la cama, ya que apenas encerrarme en la intimidad de mi alcoba, me tiré rendido sobre las sábanas.

— ¡Adelante! — Sobé mi rostro con ambas manos y boté un suspiro agotador. Mientras, la puerta se abría y se cerraba luego. El perfume de mi madre me invadió de inmediato, lo suficientemente rápido como para reconocerlo, incluso antes de que emitiera palabra alguna. —. ¿Pasó algo, mamá?

— Sé que querías estar a solas, pero necesitaba asegurarme que estabas bien, pequeño —dijo con un tono de voz tan dulce, que no pude enfadarme con ella.

— Estoy bien, mamá —murmuré con mi rostro todavía tapado—. Despreocúpate.

— A ver, mírame a los ojos —retó. Sin más remedio, descubrí mi rostro y la miré desde mi postura. —. Puedo verlo en tus ojos… Cuéntame, Tom. — Se sentó a mi lado sobre la cama con una expresión de ternura y compasión. —. ¿Es porque ese muchacho Andreas se quedó a cenar?

— No lo soporto, mamá —manifesté mirando hacia el frente, apretando mis puños cerrados. ¡Quería golpear a alguien! —. ¡Tiene tantos aires de soberbia y grandeza!

— A mí me parece muy agradable y cordial —terció y la miré anonadado—. Creo que te estás pudriendo en celos, cariño, y eso es veneno puro. Te estás haciendo daño a ti mismo.

— Y si tengo celos, ¿qué pasa? No hay nada que pueda hacer al respecto.

— ¿Mi hijo se está resignando? — Preguntó incrédula, como queriéndome provocar. —. ¡Te desconozco, Thomas!

— Mamá, en serio… Quiero estar solo —dije en voz baja, sintiendo las ganas de llorar sofocarme.

— De acuerdo —cedió—. Yo te dejaré a solas, pero te aconsejo que expulses todas esas sensaciones que tienes dentro de ti, hijo. No es bueno quedarse con los celos, el despecho, el odio y el resentimiento tan dentro de uno. — Sentí sus labios posarse sobre mi mejilla derecha en un beso reconfortante. Sonreí de lado y asentí sin ganas de hacer aquello. ¿Con qué sentido iría a hablar con Bill ahora? Ya todo estaba dicho y pronto también estaría hecho. Era un hecho que lo nuestro estaba perdido. Había sido una hermosa historia, pero todos los libros terminan en algún momento.

— Buenas noches, mamá.

— Buenas noches, pequeño —susurró algo triste, poniéndose de pie. La vi marcharse en silencio, sin volver a insistir en mi malestar. Admito que me sentí apenado, pero era más fuerte mi tristeza y las ganas de dormir y no volver a despertar.

Entonces me descalcé y me volví a tumbar en la cama. La luz de la habitación seguía encendida desde un comienzo, y tampoco tenía ánimos ni para desvestirme. Tenía miedo de estar cayendo en algún tipo de depresión… ¡Y todo por Bill, que últimamente estaba actuando como un auténtico patán! Sentía bronca y tristeza a la vez. Tenía ganas de salir corriendo a arrastrarme a sus pies, pero por otra parte deseaba que él sufriera tanto o más que yo. Quería saber si él había llorado en el lapso en que regresó con Andreas… Siquiera lloró cuando le dije que estaba en pareja con Richael. Jamás vi caer una sola lágrima de sus ojos. Me pregunto si toda esa tristeza, se convirtió en bronca y ahora simplemente le daba igual la situación, mientras que yo lo estaba amando más que nunca. Me gustaría verlo sufrir, sólo para saber que le duele un poquito estar distanciado de mí.

Mis ojos estaban más abiertos que nunca, fijos en mi escritorio, a un extremo de la recámara. A pesar que dije que quería dormir, no podía parpadear sin ver en penumbras a Andreas y a Bill juntos, felices, sonrientes ante todos. Y si mis párpados estaban bajos por más tiempo, podía divisar la iglesia repleta de gente y a lo lejos el altar… Entonces los abría para evitarme más sufrimiento.

¿Qué debía hacer? Estaba refugiado en mi habitación, la cual era mi propia soledad. Era una manera de sentirme a salvo. Pero Bill me había dicho algo aquel día en que rompí en mil pedazos su corazón. Algo que hasta el día de hoy me perseguía… “¿Cuándo madurarás y dejarás de huir?” Era cierto… ¿Cuándo dejaría de esconderme? Tenía que enfrentarme a mis temores, así como lo había hecho durante toda mi vida. Siempre enfrentando las adversidades que la vida me ponía enfrente, ¿por qué habría de cambiar ahora? ¡También tenía que tener las agallas para enfrentarme al amor!

Como si la cama me quemara, me incorporé de un salto. Me puse de pie olvidando que estaba descalzo en el suelo helado, y salí de mi recámara decidido a enfrentar a mi némesis y a mi debilidad. Estaba enceguecido y no quería pensar. Mi mente no tenía permitido ponerse en marcha ni analizar las circunstancias. Si lo hacía, no me sentiría capaz de actuar.

Golpeé la puerta de su cuarto, esperanzado con que el silencio fuera la única respuesta, que estuviera profundamente dormido y no me hiciera pasar. Esa sería una excusa excelente para volver a mi cama y mandar todo al carajo. Me pregunté qué estaba haciendo ahí parado como un estúpido, ya teniendo su afirmativa para pasar, pero sin embargo encontrándome totalmente paralizado. Y si entraba, ¿qué diría? ¡Diablos!

Finalmente abrí la puerta. Él estaba hurgando entre sus cajones buscando vaya uno a saber qué. Me miró sorprendido. Siempre habíamos tenido un sexto sentido a modo de conexión entre nosotros, y seguro presentía que irrumpía en su privacidad por algo sumamente importante y esencial.

Cerré la puerta detrás de mí, sin dejar de mirarlo un solo segundo. Cerró el cajón lentamente y se cruzó de brazos expectante.

— ¿Qué pasa, Tom?

— Me cansé. — No tenía en mente romper el silencio con algo tan rotundo, pero como dije antes, si pensaba me echaría para atrás y no era eso lo que quería. Quería actuar y tomar las riendas. Quería dejarlo acorralado. Quería ser egoísta.

— ¿De qué hablas?

— Hablo de toda esta mierda, Bill. — Me acerqué unos cuantos pasos hacia él, pero manteniendo una distancia prudente. —. ¿Hasta cuándo vas a seguir con todo este circo de la boda y del matrimonio realizado? ¡Deja de mentirte a ti mismo!

— Oh, vale… —susurró desviando la mirada—. Ya sé por dónde va esto…

— Dilo en voz alta. Anda, dime. ¿Por qué lado va?

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— Tú y tus ataques contra Andreas —dijo alzando su voz al mismo nivel que la mía—. ¿Vas a negármelo? Eres demasiado predecible, Thomas. Cuando no puedes admitir tus malditos errores, sólo echas culpas. — Se notaba que todo aquello había estado guardado dentro de él durante mucho tiempo, ya que lo soltaba sin respiro, casi sin pensarlo. —. ¿Qué puedes decir de Andreas? ¡Él es un sol conmigo! ¡Si estoy en pie, sin duda es por él!

— ¡Esto es el colmo! — Corté gritando más fuerte que él, dejándolo en un segundo plano. —. ¡Ahora tu noviecito es una especie de santo, ¿no?! ¡Para ya, William!

— ¡Al menos él siempre piensa en lo mejor para la relación!

— ¿Y yo no?

— Tú sólo crees saber lo que es mejor para mí. Tú eres un maldito egoísta, Thomas.

— ¡¿Crees que a mí no me afectó toda esta maldita situación?! — Las putas lágrimas comenzaron a agolparse en mis ojos; pero al fin de cuentas me valía madres. No me importaba verme débil ante él. Él me conocía de pies a cabeza, en cuerpo y alma. —. ¡¿En serio piensas que siempre tuve el papel más sencillo?!

— A ti no te abandonaron dos veces, Thomas —respondió dolido—. Y las dos veces, me hiciste sentir como una mierda que no valía nada. Me destrozaste en dos oportunidades, y sentí que no te interesaba hacerlo.

— ¡Era necesario! — Mi voz se quebró en un llanto sin filtro, y yo sabía que no existía peor imagen para él, que verme llorar. —. ¿Nunca pudiste entenderlo? Me importas demasiado como para arruinar tu vida…

— ¿Arruinar mi vida? — Preguntó atónito e incrédulo.

— ¡Sí! ¡Tu vida, tu carrera, tus relaciones públicas! ¿Crees que el amor sostiene todo eso? ¡No! Con amor no vas a mantener el prestigio ni el éxito, con amor no vas a pagar tus impuestos, con amor no ganarás juicios, con amor no vas a disfrutar todos tus años de estudio y esfuerzos. ¿No lo ves? ¿En serio jamás pudiste entenderlo? — Me tomé unos minutos para cerrar mis ojos y llorar como un niño pequeño, ocultando mi rostro entre mis manos abiertas otra vez. —. El amor sólo nos bastaba a nosotros dos, pero no al resto del mundo, Bill…

— Para mí, tú eras mi mundo —sentenció con voz quebrada, pero igual de firme y fría que siempre. Entonces descubrí mi rostro y lo vi llorar en silencio mientras mordía su labio inferior. Ahí estaban sus lágrimas. Ahí estaba su dolor. Ese dolor que tanto necesitaba ver para comprender si sentía aunque sea un mínimo de amor por mí. —. ¿Por qué lo tienes que hacer tan complicado, Thomas?

— Yo no me puedo resignar —dije secando mi rostro—. Debe ser por eso. Quizás no me dé por vencido hasta que te vea con él en el altar, uniendo sus vidas para siempre… Quizás ahí desista y te deje en paz. Mientras tanto, aunque sea un día antes de tu boda, mantendré firmes mis esperanzas.

— Así que lo que quieres es volver —dedujo en un tono de voz algo sarcástico y dolido que me costó descifrar—. Entonces volvemos a ser lo que éramos antes y todo estará bien, hasta que un día vuelves a verte frente un chantaje o lo que sea. ¿Qué vas a hacer? ¿Vas a volver a elegir por mí? — No respondí. —. Aunque ahora creas que has aprendido la lección, lo volverás a hacer. Otra vez pasar por toda esta tristeza para luego pedir disculpas, ¿eh? — Finalizó. —. No quiero pasar por esto el resto de mi vida, ¿entiendes?

— ¿Y crees que yo sí? Como yo, tú también siempre cometes el mismo error.

— ¿Cuál?

— Andreas. — Su silencio fue suficiente para mí. —. ¿Cuántas veces has roto y vuelto con él? Y siempre lo has usado como un premio consuelo, Bill. Siempre que querías olvidarme o reemplazarme, acudías a sus brazos. Si lo quisieras aunque sea como a un amigo, no le harías esto.

— ¿Ahora me vas a dar consejos sobre qué le haría mejor a Andreas? ¡Deja de decidir por los demás, Tom! — Ironizó. —. Eres patético.

— ¡Tú eres patético! ¡Yo al menos estoy aquí dando la cara y llorando como un arrastrado, pero no me voy a casar por miedo a quedar solo! — Touché, Bill… Aunque odiaba lastimarlo, era necesario un buen puñal para que bajara de esa nube de ego y soberbia a la que se había montado. —. ¿Cómo vas a hacer para casarte con alguien que no amas? Yo duré un mes junto a Richael y sentía que quería matarla para acabar con tremenda tortura, ¿y tú te vas a unir para toda la vida a Andreas?

— No compares a Andreas con Richael, por favor —dijo con firmeza.

— ¡Pero si se parecen bastante, Bill! Los dos saben que es todo una farsa y que el amor de sus vidas está enamorado de otra persona, y sin embargo se creen su propio cuento. La diferencia es que Richael ya se dio cuenta y por suerte encontró a alguien… Pero Andreas es demasiado ingenuo. — Aquella provocación sin dudas lo había descolocado. Ahora sentía rabia, y las lágrimas que se desprendían de sus ojos no eran más que de puro odio. —. Tú que siempre quisiste ser sincero con él, hoy lo engañas con promesas de “hasta que la muerte los separe”. Dime, ¿cómo puedes ser tan cruel con él y contigo mismo?

— Ya fue suficiente, Thomas. Lárgate de aquí ahora mismo.

— ¡Qué cobarde que eres!

— ¿Cobarde yo? ¡Claro! — Caminé los pasos suficientes para acortar la distancia que nos alejaba y noté por un instante los nervios sofocarlo.

— Sí, tú. Eres un cobarde porque les mientes a todos antes de serte sincero a ti mismo. ¿Por qué no te sinceras, Bill? — Yo continuaba avanzando, y él en cambio retrocedía negando con la cabeza, y evitando enfocar su mirada en la mía. —. ¿Por qué no admites de una buena vez lo que te pasa?

— Déjame en paz, Thomas.

— Dime por qué lloraste hace un rato, por ejemplo —dije haciendo caso omiso a sus pedidos—. Anda, dime. — Más me acercaba a él. —. ¿Acaso fue por tristeza? ¿Fue por dolor?

— ¡Te encantaría, Trümper! — Bramó sonriendo tan cínicamente… No, no era cinismo. Era algo que no podía describir; era una sonrisa de gozo, de soberbia. —. Fue por bronca.

— ¿Sí? ¿Estás seguro? — Agarré la muñeca de su brazo derecho y desestabilicé su postura al tirar de ella hacia mí. Sólo unos cuantos centímetros separaban nuestros labios. Sentí un golpe de calor en mi estómago al tenerlo tan cerca de mí y sentir su respiración caliente chocando en mi rostro, pero supe disimular y mantener la compostura. Pero él no pudo hacer eso. Sus ojos, atónitos, lo delataron. —. Para mí que fueron lágrimas de amor, Bill.

— ¿Amor? — Rió, pero nerviosamente. Su voz era temblorosa y aguda. —. Me haces reír, Tom.

— Te hago ponerte así, mejor dicho —susurré con mis ojos fijos en sus labios rosados, carnosos. Las ganas de besarlo hasta que me faltara el oxígeno me estaban torturando. —. Mírate, Bill. Estás temblando de sólo sentirme cerca.

— Mentira…

— Sabes que es la verdad. Aquí no hay nadie más que nosotros dos, ya deja de fingir y simular. Déjate llevar y sete fiel a ti mismo aunque sea una sola vez. — Con mi mano libre, acaricié su mejilla con la punta de mis dedos. Sentí que se estremecía. Su corazón seguramente estaba bombeando sangre a todo su cuerpo mil veces más rápido de lo normal. Podía leer su lenguaje corporal, podía apostar todo a que moría de ganas al igual que yo. Siempre había sido así. Siempre había sido nuestro mejor idioma: el de nuestros cuerpos.

— No tienes dignidad, ¿eh? — Reí bajo por lo mucho que le costó pronunciar esas palabras y su intento por sonar serio. Era un hielo al sol del desierto, se estaba derritiendo entre la cercanía y mi mano en su rostro.

— ¿Crees que me importa la dignidad ahora? — Un poco más cerca… Un movimiento en falso y nuestros labios estarían juntos.

— Basta —susurró—. Aléjate ahora mismo, Tom. — Ya no me miraba a los ojos al hablar, sino que fulminaba mis labios al emitir cada palabra. Los suyos estaban entreabiertos, tomando aire a grandes bocanadas. Su pecho se inflaba y se desinflaba, y sus manos estaban apretadas vueltas puños.

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— ¿Y si no quiero hacerlo? — Solté su muñeca de a poco, sin apresurarme aunque sabía que no iba a aprovecharse y empujarme para separarme de él. Ya no necesitaba retenerlo a la fuerza porque sabía que, ni aunque entrase el mismísimo Andreas Markett a la habitación en ese momento, me dejaría ir. —. ¿Qué vas a hacer? Anda, empújame. Échame de tu cuarto y ciérrame la puerta en la cara. — Alejé mi mano de su mejilla y esperé. Nada nos unía, sólo estábamos los dos de pie uno frente a otro, a centímetros de distancia, pero él era libre de echarme si quería, y ahí estaba el punto. —. No quieres, enano. Quieres que me quede, quieres que te bese, quieres que…

— ¡Basta! — Medio gritó mirándome a los ojos. —. Si vas a hacer algo, hazlo ahora —soltó—, pero ya no juegues más conmigo, Thomas… No te aproveches.

— Yo no te voy a hacer nada, Bill —dije—. De ti depende… ¿Me quedo o me voy? — No voy a negarlo, tenía miedo. Mi hermanastro tenía una fuerza de voluntad sagrada, y si él decidía dejarme ir, no iba a retractarse. Aunque se estuviera muriendo por dentro, no me pediría lo contrario. Pero sin embargo, yo ya estaba totalmente expuesto a sus deseos, y no sabía si soportaría un rechazo de su parte.

— Quizás me arrepienta mañana, pero no sería la primera vez… — No pude entender esa frase. Creí que ese era el momento de darme la media vuelta y salir por donde había entrado. Estaba por resignarme y pasar la noche en mi recámara, llorando y sin poder dormir hasta que saliera el sol. Pero no. No era eso lo que había querido decir.

Sus manos tomaron mis mejillas de un momento a otro y me atraparon por sorpresa sus labios sobre los míos. Solté un jadeo de confusión pero no perdí tiempo en pensamientos ni palabras. Me aferré a su espalda con desesperación y sentí mis manos chocar contra la pared y el mueble en el que hacía unos minutos estaba hurgando con concentración absoluta. No me importó, y a él tampoco pareció interesarle. Ambos estábamos sumergidos en un universo paralelo al real, en el que éramos como enemigos conviviendo en la misma casa. Estábamos tan concentrados en la boca y el cuerpo del otro, y en las sensaciones que nos hacíamos sentir, que ya no existían las otras personas. Ya no existía la casa con sus demás inquilinos, ni el estudio con nuestros colegas. No había nada de eso. Éramos él y yo.

Nos separamos y dejamos nuestras frentes unidas, y con respiración agitada no dejaba de acariciar mis mejillas, bajando por mi cuello. Me recorrió un escalofrío por toda la espalda y sentí que mis piernas temblaban. Era increíble lo que podía hacerme sentir con sólo un beso. Estaba locamente enamorado… Tanto amor me daba miedo.

— No te detengas, Tom. No me des tiempo para pensar —susurró y fue suficiente para terminar de encenderme.

Volví a su boca pero con más ímpetu que antes. Lo tomé con decisión por la nuca y ladeé mi cabeza para poder hacer el beso más profundo. Mi lengua buscó la suya y una vez realizado el contacto, comenzó un juego tan excitante que parecía ficticia tanta lujuria sólo con besarnos. Sus manos se metieron debajo de mi camiseta y acarició todo mi torso, de arriba hacia abajo, delineando el relieve de cada músculo y cada curva corporal. Yo apreté su cintura sobre la ropa y lo pegué a mi cuerpo, sintiendo su calor y dejándolo sentir el mío. Nos alejamos de la pared, caminando en penumbras rumbo a la cama. Sabía el camino de memoria, y estaba ansioso de tenerlo entre mis brazos, retorciéndose del placer.

Me alejé de su boca, dando por finalizado el beso, y tomé el filo de mi camiseta para quitármela cuanto antes. Sus manos habían conseguido ponerme tan ansioso, que la ropa me quemaba. Quería sentirlo en contacto conmigo, y al parecer él quería lo mismo, ya que también se sacó su sweater, tirándolo al suelo sin preocuparse. Inmediatamente volvimos al cuerpo del otro, pero esta vez él dominaba la situación. Su boca se entrometió entre mis trenzas, besándome el cuello como un demente, haciéndome sentir en la maldita gloria. Yo estrujaba su cabello, desarmando su peinado por la brusquedad de mi agarre. Lo pegaba a mi cuello con fuerza, sintiendo sus labios y sus dientes hundirse en mi piel y provocarme miles de extrañas sensaciones y cosquillas. Cerré mis ojos y una sonrisa placentera se dibujó en mi rostro, el cual apuntaba hacia el techo. Me regalaba a sus antojos, a sus manos, a su boca, a sus deseos. Cada célula de mi cuerpo, cada poro de mi piel lo necesitaba.

— Bill… Bill… —gemía sin filtro, bajando mi mano a su nuca de nuevo y finalmente apretando las yemas de mis dedos en su cuello. —. Te necesito, Bill — Alejó su boca de mi cuello y se enderezó ante mí. Posé mis ojos en los suyos, cargados de deseo, de fuego, de pasión indescriptible.

Mis manos recorrieron su abdomen y sus costados luego. Acaricié toda su desnudez y volví a aproximarme a su rostro. Mi cuello ardía, y seguramente estaba marcado en algunos sectores, como a él le encantaba marcar lo suyo. —. Te necesito a cada segundo que pasa. Te necesito como al aire, como al sol, como al agua.

— Basta… —susurró cerrando los ojos, dejándose envolver por mis palabras. —. No me lo hagas más difícil, por favor. — Besé su mejilla y bajé de a poco por su cuello, sus hombros, mientras mis manos masajeaban sus nalgas y mi pelvis se meneaba deliciosamente contra la suya. Él solamente se dejaba hacer. —. Esta noche no durará para siempre, y mañana todo será igual. — Alejé mi boca de su pecho y lo miré a los ojos con dureza.

— Eso depende de ti. — Sin acotar ningún comentario más, volvió a mi boca. Fue un beso pausado, lento, lleno de sensaciones multiplicadas, de caricias por nuestros torsos, y en medio de esto sus dedos se filtraban entre mis pantalones y los desabrochaban lentamente. Todo era lento. Supuse que tenía relación con lo que acababa de decirme. Esta noche no durará para siempre.

Dejé que sus manos bajaran mis pantalones anchos por mis piernas, dejándome en bóxer con una erección dentro de ellos. Luego supe que él estaba haciendo el mismo trabajo en sus propios jeans, desnudándose por completo después de unos segundos. Su miembro estaba al descubierto, totalmente erecto, y yo aproveché esto para masturbarlo con suavidad primero, subiendo y bajando lentamente para así deleitarme con sus gemidos ahogándose en el fondo de mi garganta. Pero al cabo de unos instantes, aceleré el movimiento de mi mano y él se desesperó por completo. El beso subió a una velocidad más salvaje, en la que los dientes se chocaban y las lenguas se movían en un juego hipnótico. El oxígeno que conseguíamos consumir no nos era suficiente, y él se liberó primero. Bajó la mirada a su miembro y se mordió el labio inferior (rojo por la succión) al ver mi mano trabajar sobre él. Esto provocó mi sonrisa de satisfacción y un deseo interno por hacerlo mío de una vez, que me fue difícil de contener.

— Mmmh…, sí —gimió cuando lo volteé para pegarme a su espalda sin dejar de masturbarlo como un salvaje, pero siempre al pendiente de no hacer que el momento terminara rápidamente.

Él supo que lo quería en ese preciso momento; siquiera necesitaba hablar.

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Se subió a la cama conmigo siguiéndolo a cada movimiento adherido a su espalda blanca y tersa. Apoyó sus manos en uno de los caños cabeceros de la cama, aferrándose a él a tal punto de volver blancos sus nudillos. Yo lo imité de con mi mano izquierda sobre la suya izquierda también. Nuestros dedos estaban entrelazados y mi mano derecha liberó su pene al fin para comenzar un recorrido de caricias desde su nuca, en ese tatuaje de la banda que le gustaba de adolescente, hasta el final de su espalda, pasando a mi cuerpo, sujetando mi pene con firmeza y guiándolo entre sus nalgas hasta su entrada. —. Sí, Thomi. Hazlo. — Thomi… Qué hermoso era escuchar ese diminutivo salir de sus labios, con su voz, pidiéndome que le haga el amor de una vez. ¡Cuántas veces había soñado con que volviera a pedirme algo semejante! ¡Qué lejano lo creía! Ahora lo tenía a mi merced en su cama que era como mía, aguardando por los placeres que solamente yo sabía proporcionarle a su cuerpo caliente.

Introduje la punta y esperé, deleitándome con un jadeo ruidoso que emergió de su garganta. Volví a sonreír y me incliné hacia adelante para besar su omóplato derecho. Volteó su rostro en esa dirección y noté que también sonreía. Estaba radiante, como siempre. Y me traía loco, también como siempre.

— ¿Cómo te sientes? — Creo que hacía años que no preguntaba algo semejante en un momento así. Pero esa vez era diferente. Quería saber que estaba disfrutando tanto como yo, que lo deseaba tanto como yo. Aunque en mi interior, sabía que siempre era yo el que sentía más, el que deseaba más y el que amaba más. Siempre había sido así. Mi amor era incondicional, y estaba a kilómetros de distancia de igualarse al de él.

— Me siento feliz —respondió.

— ¿Feliz? — Pregunté sorprendido gratamente.

— Sí. — Se enderezó un poco sobre sus rodillas, hundiendo más el colchón debajo de ellas, y acarició mi rostro estirando su brazo derecho hacia atrás. Dejó un beso casto en mis labios y asintió. —. Me siento muy feliz de estar aquí contigo, Thomi.

A modo de respuesta y para demostrarle lo contento que me ponía esa confesión, invadí su boca nuevamente y lo besé con la alevosía que se le tiene a algo magistral, casi glorioso. Bill se había convertido en una especie de Dios… Yo que no creía en ningún ser divino, él era mi religión, mi culto, mi biblia, mi pecado, mi ofrenda y mi propio paraíso.

En medio del beso, enterré mi miembro en su cuerpo, sintiendo que rasguñaba levemente la piel de mi cuello y mejilla con su mano. También sentí sus nalgas contraerse y apretar más mi pene, por lo que casi moría en cuestión de segundos.

Apreté su mano, que todavía yacía entrelazada con la mía en la cabecera de la cama, y me aferré a su abdomen, hincando las pocas uñas que tenía en él y deslizando mi mano para dejar las marcas rojas en su piel pálida. Si él no hubiera estado tan caliente como estaba, me hubiera detenido sin pensarlo apenas darse cuenta, ya que su flamante futuro esposo vería esas marcas y se enfadaría muchísimo, pero no lo percibió en absoluto y pude continuar.

El beso terminó justo cuando empezaron mis movimientos pélvicos detrás de él. Yo fui quien dio por finalizado aquel gesto, sólo con la intención de embelesarme con sus dulces gemidos.

— Dios… Cómo extrañé esto, mi amor. — Mordí mi labio al escuchar esas palabras salir de su boca. Necesitaba que alguien me pellizcara de inmediato para no confirmar que estaba en mi cuarto durmiendo después de que mi madre me dejó solo. Pero no. Estaba más despierto que nunca.

— Yo también, yo también… —dije mientras me desesperaba besando la curvatura de su hombro como un animal, acelerando un poco el entrar y salir de su cuerpo. —. No recuerdo cuándo fue la última vez que te tuve así, Bill… No lo recuerdo y eso me enferma. — Solté su mano con prisa y me dediqué a acariciar por completo toda su espalda, enderezándome por completo y dejándolo a él inclinarse hacia adelante, apoyándose del todo en la cabecera de la cama. —. Dime que te gusta así, mi amor… — Gemí como un desquiciado, tirando mi cabeza hacia atrás. Me estaba perdiendo por completo…

— Sí, sí… Me encanta, Tom, me encanta. — Tomé el control de sus caderas y se lo hice de una forma desesperada porque así lo necesitaba. Estaba tan fuera de mí mismo, que no podía controlarme. Era como cuando tienes tanta sed, que desesperas y llegas a ahogarte. Pero aun así no te detienes. Así.

— ¡Oh, Bill!

— ¡Sigue, sigue! — Repetía una y otra vez, llenándome los oídos de puro placer. Mis cinco sentidos estaban al pendiente de él y de lo que me hacía sentir.

— Te lo voy a hacer toda la maldita noche, mi amor —dije volviendo a encorvarme sobre él y aferrándome a su espalda. Adosé mi mentón a su hombro y él me recibió con su mano yendo a mi nuca. Pude sentir sus dedos apretar mi cabello como un demente, y su perfil era nada más y nada menos que una obra maestra. Sus ojos en blanco y sus labios entreabiertos emitiendo gemidos roncos. —. Te haré el amor todas las veces que pueda.

— Sí, sí… Quiero que te quedes conmigo toda la noche, Thomi. — Sin poder resistirlo, tomé su mentón e hice que volteara hacia mí. Inmediatamente zambullí un beso en sus labios resecos de tanto respirar por la boca. Él me correspondió sin perder tiempo mientras nuestros cuerpos se encargaban de decir todo lo que nuestras bocas habían callado por puro orgullo y temor. Era amor. Pero la noche no podía durar para siempre, y el día traería de vuelta a la cruel realidad.

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By Bill

Abrí los ojos despacio, sintiendo molestia natural por la luz del sol que irradiaba mi tierra en pleno otoño azotador. La noche ya había pasado y dejaba en mí un rastro de felicidad. Era inevitable sentirme así. Había hecho el amor unas cinco veces con el amor de mi vida, con mi otra mitad, con mi alma gemela… Toda una noche de pasión y de amor incalculable. Fue inevitable sonreír inconscientemente ante el recuerdo de sus manos recorriéndome, de sus gemidos perdiéndose en mis oídos, de su boca besando cada sector de mi cuerpo. Había sido maravilloso. Nada se le comparaba; las sensaciones que él me hacía sentir, no las he vuelto a experimentar en toda mi vida.

Un ruido me sacó de mis pensamientos y borró mi sonrisa por la sorpresa. Me incorporé en la cama, confirmando mis especulaciones. Thomas se vestía con calma, pasando un brazo y luego otro por las mangas de su camisa color celeste cielo. Me daba la espalda, pero aún así era suficiente para mis ojos que se deleitaban todavía embobados con cada uno de sus movimientos. El modo en que alineaba el cuello de su prenda, sus trenzas moviéndose sobre la misma como buscando la posición exacta para lucir bien. Sonreí. Sonreí ya perdiendo la cuenta de cuántas veces lo había hecho desde que caí en sus redes. Lo curioso era que él me causaba sonrisas sin intención. Su hechizo surtía un efecto mágico en mí.

— Buenos días —saludé con voz entre dulce y prudente. Lo incómodamente bello del día después, lo llamaba Georg. Él volteó su rostro sobre su hombro derecho y sonrió brevemente de lado. Luego asintió con la cabeza y volvió la mirada al frente, ajustándose el cinturón a su cintura, aún con la camisa desabrochada y su torso en exhibición.

— Hola. — Su respuesta había sido tan breve como inesperada.

— ¿Todo en orden? — Sólo recibí un movimiento de cabeza como respuesta, y el pleno silencio de una alcoba tan fría, que parecía mentira la noche que habíamos pasado juntos.

Me senté en el borde de la cama y troné mi cuello para relajarme un poco, ya que el clima estaba bastante tenso.

Me puse de pie con mis jeans ya calzados a la altura de los tobillos. Me los subí de un tirón y los abroché con rapidez; todo sin alejar mis ojos de mi hermanastro, tan frío y distante al vestir su cuerpo después de toda una noche de caricias y besos.

— ¿Y cómo queda todo? — No supe el porqué de mi pregunta. ¿Esperaba acaso algún tipo de respuesta en particular? ¿O solamente se trataba de masoquismo puro? A menudo la gente espera respuestas exactas, incluso ante el riesgo de recibir algo totalmente contrario a sus expectativas. Ese algo puede demolernos, pero no importa. Mantenemos viva la débil llama de la esperanza.

— ¿Eh? — Volteó su cuerpo hacia mí con su rostro inexpresivo y lejano.

— Que cómo sigue todo a partir de ahora. Eso —repetí algo fastidiado.

— Como siempre —dijo después de pensar un rato—. ¿Cómo debería seguir?

— Bueno… Después de esto… —titubeé moviendo mis manos como señalando la cama desarreglada a mi lado—. Quiero decir, ¿qué significó para ti? — Me hice el desinteresado calzándome de nuevo mi sweater, el que encontré tirado al otro lado de la cama, junto a la cómoda de mis prendas íntimas.

— Fue buen sexo. — Una puñalada. Eso mismo había sido su respuesta. Fue una puñalada al centro de mi corazón.

— Buen sexo, eh —repetí con zozobra. Ahora yo le daba la espalda, mordiendo mi lengua para no estallar en una pelea sin filtro alguno. —. ¿Sólo eso fue?

— ¿Qué quieres que responda exactamente, Bill? — Preguntó como exhausto. Me di la vuelta y dejé en exposición el odio en mis ojos. —. Actúas como una niña a la que le arrebataron la virginidad. No fue nada que no hayamos hecho antes.

— Sí que fue distinto, Thomas.

— A ver, ¿por qué tiene que haber sido diferente esta vez? — Cruzó sus brazos sobre su pecho y adoptó una postura de niño malo y rebelde. Yo estaba por explotar.

— ¡Me estoy por casar, Thomas! — Grité a unos pocos pasos de lanzarme sobre él y proporcionarle una serie de golpes que derrumbaran esa postura de soberbia. —. Me voy a casar y me acosté contigo anoche. ¿Ves por qué es diferente?

— Ese es un tema tuyo —se excusó—. No recuerdo haberte apuntado con un revólver y obligarte a desvestirte.

— ¡Ambos tuvimos que ver!

— ¡Desde luego! Pero no metas tu matrimonio en el medio. No eres un adolescente para dejarte llevar por el calorcito y echar el mundo al diablo, ¿vale? Ya tienes edad suficiente para asimilar consecuencias. Además, anoche no pareció interesarte la boda, ni Andreas, ni nada similar.

— Te desconozco —susurré—. No puedo creer que seas el mismo que anoche me dijo tantas cosas lindas.

— Estuve pensando mucho acerca de eso. — Solté una risa sarcástica que no pudo entender.

— ¡Oh, genial! Y dime, ¿en qué momento pensaste mucho, ah?, ¿en el tercer o en el cuarto orgasmo?

— No seas tan vulgar.

— ¡Y tú no seas tan estúpido! — Deshizo su postura de pandillero y noté que comenzaba a enfurecerse por mi tono entre irónico y sarcástico. —. ¿Qué pensaste? Ilústrame.

— Es en vano insistir cuando sólo rema uno —dijo—. Me humillé, rebajé, y supliqué sólo para recuperar algo de lo que teníamos, pero solamente recibí la misma respuesta una y otra vez… — Podía notar dolor en cada una de sus palabras, por mucho que quisiera disimularlo. —. “Me voy a casar, Tom”. Siempre igual. ¡Todavía no estás casado, Bill! ¡Si quisieras estar conmigo, mandarías al diablo toda esta fantochada barata!

— ¿Y qué mérito hiciste tú para que yo destrozara todos los sueños y proyectos de Andreas?

— ¡¿Andreas?! — Ahora era él el que reía estrepitosamente. —. ¿Quién rayos nombró a Andreas? Estamos hablando de ti y de mí, Bill, ¿por qué lo metes?

— Él está indirectamente ligado a todo esto, Tom. No te hagas el idiota.

— Estás equivocado. Ese ha sido siempre tu error: meterlo entre tú y yo. Siempre lo metiste en el medio. Cuando se trataba de ti, en realidad pensabas en Andreas. ¿Y el que decide por otros soy yo? ¡Qué ironía! — Touché. Definitivamente me había cerrado la boca. —. Te irá de puta madre en la vida si vives pensando en el bien de los demás antes que en el tuyo propio —ironizó.

— Andreas es un ser increíble y jamás me lastimó. Sería injusto que yo lo hiciera, y más con algo tan delicado como nuestra boda. Tú no estás en mi lugar y no podrás entenderme.

— Lo único que puedo entender, es que anoche mandaste todas esas cosillas buenas que hizo por ti, al infierno cuando te hice mío. ¿Cómo me explicas eso? ¿Cómo explicas que con un par de palabras bonitas y unas horas de placer, mandas al carajo tres años de buenas acciones?

— Ahora entiendo todo perfectamente… —dije para mí mismo, pero en voz alta—. ¡Cómo pude ser tan imbécil! — Exclamé tomándome por el cabello y comenzando una caminata de lado a lado, como un león enjaulado que exigía libertad.

— ¿De qué hablas?

— ¡Tú y tu estúpido ego, Thomas! ¿De eso se trató?

— No te entiendo y no me interesa entenderte tampoco.

— ¡Sí que me entiendes! ¡Lo hiciste hace algunos meses, cuando me dijiste las mismas palabras! En realidad te vale madres lo que yo sienta o quiera, sino que solamente te interesa dejar en un segundo plano a Andreas.

— ¡Cree lo que quieras! — Exclamó volteándose y dirigiéndose tranquilamente hacia la puerta, pero se detuvo en ella con su mano sobre el pomo.

— ¡Es así, Trümper! Tu maldito ego es tan gordo, que te encantaría vernos a Andreas y a mí teniendo sexo para confirmar si tú lo haces mejor o no; si yo grito más contigo o con él. ¡Eres un hijo de puta! ¡No tienes nombre! — Me acerqué a él de a pasos largos, con mis puños fuertemente presionados. ¡Quería matarlo sin importarme las consecuencias! —. ¡Todo fue una mentira!

— ¡Oye, oye, cálmate! — Ante la cercanía y la furia que brotaba de mí, me empujó hacia atrás por los hombros, alejándome para que la cosa no acabara en puras trompadas. —. No fue mentira todo lo que te dije, imbécil. Todas y cada una de mis palabras fueron sinceras, pero no voy a seguir arrastrándome por ti si tú no te la juegas por mí. ¿Para qué voy a seguir ocupando el rol de víctima cuando tú estás planeando una boda flamante con un novio ejemplar? Creo que ahora te toca a ti sufrir un poco, ¿o no?

— Más de tu estúpido ego…

— No, Bill. No te confundas —determinó—. No llena mi ego verte llorar. Es más, me destroza por dentro. ¡Pero es lo único que me garantiza que sientes algo!

— ¡Tú eres un jodido patán! ¡Esto no fue más que una apuesta contra ti mismo! Así es exactamente: una sucia apuesta contra tu propio ego.

— Ya. Piensa lo que quieras. — Viró sus ojos y giró el picaporte para salir y dejarme con la bronca atragantada en la garganta.

— Imagino que no me dejarás hablando solo como un estúpido, ¿verdad?

— Tú no tienes intenciones de hablar. Mírate, Bill. Estás rabioso de odio.

— ¡Sí, eso justamente! ¡Odio es lo que siento!

— Ah, ¿sí? — De nuevo ese tonito de soberbia y autosuficiencia que tan mal le quedaba. —. Qué curioso… No dijiste lo mismo en el hospital. — Aquello me había tomado por sorpresa, y no pude retrucarlo.

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— Thomi… Mi Thomi— Besé su oreja sabiendo que toda la vida le había causado escalofríos. —…, te amo — dije con los ojos bien apretados, con mi mano todavía sujetando la suya—. Siempre te amé y nunca dejé de hacerlo… Pero, ¿sabes?, cuando despiertes te dejaré libre para ser… Así es mejor… Pero no dudes de mi amor ni por un segundo — Sentí una lágrima caer de mis ojos directo a su almohada. —. Te amo como jamás amaré a nadie — Y justo cuando terminé de decir

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— Tranquilo, enano —dijo quebrantando el silencio y trayéndome al presente—. Para que veas que mi vida no son las putas apuestas, la misma sigue en pie. — Sonrió con soberbia una vez más y me guiñó un ojo. —. No cuenta si uno está inconsciente, y como eres tan cobarde como para confesármelo cara a cara, lo dejaré pasar. — Finalmente abrió la puerta y salió al pasillo tan tranquilo como si no hubiera existido ningún tipo de discusión.

— ¡Thomas, vuelve aquí! — Grité. —. ¡No me vas a dejar hablando solo, imbécil! — Salí de la recámara justo para ver su mano haciéndome una señal de “fuck you”. —. ¡No me interesa que todos escuchen, eh!

— Si sabes lo que es conveniente guardarás silencio —advirtió tranquilamente caminando hacia las escaleras.

— ¡No le tengo miedo a nada! ¡Eres tú el que siempre tiene miedo a que las cosas se sepan! — Detuvo su andar y volteó para quedar frente a frente. No tuve en cuenta que se detuviera tan de golpe, así que me vi obligado a frenar de sopetón y la distancia entre nuestros rostros era mínima.

— Cierra la boca, Kaulitz. No me provoques.

— ¿Tienes miedo?

— No le temo a nada.

— ¿No eras tú el que siempre le temió a la reacción de papá y la gente de afuera? Anda, Tom. Déjame tomar a mí las decisiones ahora. — Jugué con su nerviosismo. Si me conocía tanto como siempre aseguraba, volvería a la recámara a terminar la charla de forma calmada en la privacidad de cuatro paredes. —. Anda, métete en el cuarto y escucha todas las cosas que tengo para decirte.

— Ya terminamos, Bill. No me jodas.

— Bien. De acuerdo. Sabes que odio que me dejen con la palabra… — Y sin previo aviso volvió a girarse y a caminar hacia las escaleras. ¡El maldito me estaba desafiando! —… en la boca. — Tomé aire y me armé de valor intentando no pensar demasiado. Era tiempo de acción. —. ¡Vuelve aquí, maldito soberbio!

— ¡Cierra el pico! — Me gritó desde las escaleras, tanteando con la mirada hacia el living en la planta baja, corroborando a ver si se encontraba papá o Helga cerca. Lo más probable era que sí, que junto con Susan estuvieran desayunando en el comedor. Era cuestión de minutos para tenerlos preguntándonos qué ocurría.

— ¡Eres un jodido egoísta, Thomas! ¡Siempre se ha tratado de ti, y de tu maldito ego! ¡¿Quieres saber quién folla mejor?! ¡¿Quieres enterarte por mi propia boca?! — Su cara dio un vuelco y empalideció. Si no lo conociera, diría que se estaba por desmayar.

Me acerqué con paso tranquilo, como quien va de paseo por el centro mirando vidrieras de temporada. Sonreí victorioso al llegar hasta él y sentir su vibra tensa y su rostro casi sudoroso de los nervios.

— ¡Cierra la maldita boca, Bill! ¿Quieres que a papá le de algo por tu jodida culpa?

— No metas a papá en esto.

— ¡Quieres gritar a los cuatro vientos si folla mejor tu novio o tu hermano! ¡¿Estás loco?! — Susurraba violentamente, y su mano fue a dar a mi antebrazo. Me zamarreó unas cuantas veces y sentí que una tuerca se aflojaba en el sector “cordura” en mi cerebro.

— ¡Suéltame, infeliz! — Exigí y me tomé con la otra mano por la barandilla de la escalera para no perder el equilibrio por su agarre.

— ¡Ey! ¡¿Qué demonios les pasa a ustedes dos?! — Demasiado tarde para Thomas y sus miedos. Nuestro padre ya estaba a los pies de las escaleras, escoltado por las dos mujeres que faltaban en la escena. Miraba hacia arriba, donde nuestra pelea tenía lugar, con preocupación y enojo.

— ¡Es él, papá! — Me excusé irónicamente, disfrutando plenamente de la expresión en la cara de mi hermanastro. —. ¡Es que quiere saber si es lo suficientemente bueno en la cama como para echar a la mierda tres años!

— ¡¿Estás loco, imbécil?! — Otro zamarreo, pero ahora más violento.

— ¡Oye, no te pases! — Grité en su cara soltando la barandilla para proporcionarle un empujón en el pecho. Surtió efecto y me soltó, pero su ira seguía ahí a flor de piel.

— ¡¿Qué?! ¡¿De qué hablas, William?! — Preguntaba nuestro padre desconcertado desde abajo.

— ¡Yo te explico, papá…!

— Tú no vas a explicar un carajo —cortó y su mano le proporcionó una fuerte bofetada a mi mejilla.

— ¡Thomas! — Exclamó Helga desde el piso inferior cuando yo tomé mi rostro entre impactado y adolorido.

— No me veas así, Bill. Te lo ganaste por bocón.

— ¡Eres un hijo de puta, Trümper! — Vociferé fuera de mí. Me fui al humo hacia él, con mi puño derecho (mi puño bueno) listo para estrellarse en su nariz. Cuando iba a efectuar el golpe, él lo impidió con otro empujón por el pecho, pero ahora con más fuerza, y en esa ocasión no tuve oportunidad de sostenerme para conservar el equilibrio.

Mi estómago se tensó y un calor me invadió. Había perdido toda estabilidad, y bastó sólo un segundo para que mis pies no encontraran soporte y resbalaran en el primer escalón, para finalmente caer rodando por las escaleras.

— ¡Bill, no! — Gritó Thomas por el susto, estirando su brazo hacia mi mano abierta en su dirección por una cuestión de instinto. Qué loco, ¿no? Inconscientemente pedía ayuda a la persona que me había empujado.

Su mano llegó a tiempo para tomar la mía y evitar que la discusión terminara en una tragedia. Porque podría haber sobrevivido de sobredosis y accidentes automovilísticos, pero les aseguro que no me salvaría de más de veinte escalones de madera golpeándome una y otra vez en la nuca, espalda, costillas y demás.

— ¡Por Dios, Bill! — Escuché que exclamaba mi padre en un grito desgarrador. Yo me quedé sujetado a la mano de mi hermanastro durante algunos segundos, mirándolo a los ojos fijamente. Ambos temblábamos del miedo por lo que podía haber ocurrido.

— ¿Estás bien? — Me preguntó con un hilo de voz, con todo rastro de ironía y soberbia borrados de un momento a otro.

— Casi me matas —dije sin salir de mi estado.

— No sería la primera vez que uno casi muere por culpa del otro. — Aquello había sido un golpe totalmente bajo. ¿Qué digo bajo? ¡Había sido como una traición! Acababa de apelar a la culpa más grande que jamás había sentido dentro de mí, para atacarme por un momento de bronca. ¡El maldito me había dicho que yo no era el culpable de su accidente y ahora cambiaba su discurso por una pelea!

Me incorporé en el escalón y lo solté con asco de sentir su tacto.

— Púdrete, Thomas —expulsé con repugnancia y bajé las escaleras con rabia, dolor y una piedra en mi estómago que solamente se iría si mataba a aquel ser tan deplorable que era mi hermano y el amor de mi vida.

— ¡¿Qué mierda pasa con ustedes dos?! ¡Quiero una explicación de inmediato! — Me detuve frente a mi padre en silencio, oyendo los pasos de Thomas bajar las escaleras a mis espaldas. Por sorpresa me vi envuelto en los brazos de una Susan que lloraba desconsoladamente.

— Mi pequeño… —sollozó y yo la acuné en mi pecho para calmarla. Su pecho estaba acelerado contra el mío, y su espalda no paraba de convulsionar por el llanto.

— Thomas —dictaminó mi padre cuando el mismo pasó por su lado—, te exijo una respuesta.

— Fue un accidente. Es todo. Él me provocó —contestó sin detenerse, pasando junto a él y Helga como si fueran dos extraños.

— ¡Pues en esta casa no hay lugar para la violencia! ¡Y menos entre familia! — Gritó más alto todavía nuestro padre, con su compostura impecable como jefe de hogar y como quien mandaba.

— ¿Desde cuándo, Jörg? — Preguntó retóricamente Thomas sin dejar de caminar hacia la cocina, atravesando el living. Lo miró por sobre su hombro con sus ojos helados como el hielo mismo. —, ¿desde que murió Simone? — Soltó con el más puro veneno que podría almacenar una persona en su cuerpo. Todos los que allí estábamos, nos quedamos tan sorprendidos por esas palabras, que tardamos en reaccionar. Mi padre yacía perplejo, con su compostura por los suelos, totalmente denigrado por su propio hijo. Helga cubría su boca con vergüenza, y Susan detuvo su llanto pero su dolor fue en aumento. Mi madre había sido como una hermana para ella, y ahora un don nadie… ¡Sí! ¡Un jodido don nadie!, la invocaba sólo para recordar cómo había sido maltratada por el hombre que le juró tanto amor. Y qué decir de mí, que sentía una ira asesina que no sentí siquiera por mi peor enemiga la Muerte, que me arrebató lo más preciado en toda mi existencia por una simple jugarreta. ¡Yo sentía mi sangre en plena ebullición y quedarme callado y de brazos cruzados sólo sería una ofensa a la memoria de mi madre y a la vida personal y privada de mi padre y mía! Porque Jörg podía ser una mierda y más, y yo le guardaría muchísimo rencor hasta el día de mi muerte, pero era un rencor exclusivamente mío, y cualquier reproche respecto al tema debía salir de mi boca, y de nadie más. ¡Nadie tenía derecho a recriminarle nada acerca de mi madre, a excepción de yo mismo! ¡Nadie!

— ¡Yo lo mato! — Gruñí soltando a Susan de un momento a otro. Mi padre intentó en vano tomarme por mi sweater para que no cometiera una locura, pero era demasiado tarde para meditar las cosas.

Esquivé el sofá y la mesita de té de la sala y me metí en la cocina sólo en su búsqueda. Al verme cerró el refrigerador que revisaba tranquilamente y me miró con ojos desafiantes y encendidos.

— Vas a lamentar haberme salvado allá arriba, Thomas. — Aquellas fueron mis únicas palabras antes de saltar sobre él y comenzar a golpear su rostro con mi puño sólido como una roca, y yo enceguecido solamente por el odio y el dolor.

— ¡Déjame, imbécil! — Sin quedarse atrás, me empujó contra la mesada y me proporcionó una trompada bien colocada en el pómulo izquierdo. Ignoré el dolor y tiré golpes al aire, atinándole en algunas ocasiones, pero mayormente, inútiles, quedaban en la nada.

Caímos al piso en medio de los gritos desesperados de Susan y Helga, y las débiles y casi imperceptibles tiradas de brazos de Jörg. En el suelo los golpes eran mayores. Puñetazos al estómago, espalda y rostro. Patadas a las piernas y algunas también al estómago, y mejor ni contar los golpes involuntarios contra la mesada, el refrigerador y la estufa. La situación era caótica.

— ¡Jimmy, al fin llegas! — Creo que aquella había sido la voz de Susan en medio de lágrimas y ahogo.

— ¡Pedazo de hijo de puta! — Me gritó Thomas cuando le di un rodillazo certero en la boca del estómago e hice que se doblara del dolor. Pero mi regocijo fue breve. De pronto sentí que mi cuerpo se elevaba del suelo involuntariamente y vi a Jimmy haciendo lo mismo con Thomas. Mi padre o Susan habían llamado a seguridad dado el nivel del conflicto.

— ¡Suéltame! — Grité sacudiéndome como un salvaje entre los fornidos brazos de uno de los gorilas que trabajaban para mi padre.

— ¡Se calman ahora mismo! — Gritó Jörg exasperado por la situación. Ninguno de los dos poníamos voluntad para serenarnos, pero finalmente medité en qué era mejor para mi padre, y decidí ceder. —. ¡Basta!

— ¡Por favor, jóvenes! ¡O nos veremos obligados a tomar medidas mayores! — Advirtió Jimmy, el jefe del grupo de seguridad, con voz impetuosa. Fue ahí cuando los empujones y manotazos desesperados se detuvieron por completo, dejando en su lugar la agitación y la sangre. Yo sentía mi boca fresca de un momento a otro, por lo que me vi obligado a sacudirme una última vez del agarre de aquel sujeto enorme para lanzarme contra el grifo y escupir la sangre que casi me ahogaba dentro de mi boca. Mi hermanastro tenía una pequeña herida en la comisura de los labios y de un raspón en el pómulo derecho se desprendía un hilo de sangre. —. Señor, ¿cree que es suficiente?

— Sí, Jimmy. Pueden retirarse. Gracias. — Finalmente, los dos tipos de traje salieron de la cocina como si no hubiera sucedido nada y aquello fuera totalmente normal.

Me incorporé sintiendo miles de punzadas de dolor repartidas por la columna vertebral y abdomen, pero nada dolía más que saber que esos golpes habían sido causados por Tom.

— ¿Se encuentran bien? — Preguntó Helga con las mejillas empapadas, yendo a por Thomas (recargado contra el refrigerador con una mueca de molestia en el rostro), pero también consultándome a mí.

— Retráctate ahora mismo, Thomas —dije con determinación sin quitarle los ojos de encima—. No tienes derecho a meterte con un tema tan íntimo. ¡Pídele disculpas a mi padre!

— ¿Porque tú lo dices? Claro.

— ¡Ya, ya! — Cortó Jörg. —. Eso será luego, y si Tom quiere. No obligaré a nadie a pedirme disculpas —dijo dolido, aunque quería disimular—. Pero esto ha superado toda clase de límite. ¿Desde cuándo ustedes dos utilizan la violencia como método para resolver diferencias? Y, peor aún, entre ustedes, que son hermanos. — Negó con la cabeza reiteradas veces, decepcionado de que los dos hombres golpeados y sucios sean sus hijos. —. Ahora quiero que me expliquen por qué se pelearon así.

— El motivo no importa —respondió Thomas antes de que pudiera emitir palabra—. Lo que tiene verdadera importancia aquí, es que está claro que no podremos continuar viviendo bajo el mismo techo. — El rostro de mi padre reflejaba sorpresa y angustia a la vez. Lo peor estaba por venir. —. La casa es tuya, Jörg, así que vas a tener que elegir. O se va él, o me voy yo, pero te aseguro que no voy a poder convivir con él ni aunque ponga toda mi buena voluntad.

— Tom, ¿tú me estás hablando en serio? — Preguntó nuestro padre con un hilo de voz.

— ¿Cómo es que eres tan basura de darle a elegir entre sus dos hijos? — Intervine, y aunque le hablaba a él directamente, no podía verme a la cara. Seguía con sus ojos puestos sobre Jörg, como ignorándome. —. ¿A quién crees que elegirá?, ¿al hijo con el que pasó toda su vida, o al que negó durante diecisiete años? ¿Eres idiota o qué? — Susan apretó mi mano de repente, con miedo a que la situación se fuera de control de nuevo. —. Papá —dije y éste me observó con lágrimas en sus ojos—, no tienes que decidir nada. El que se va a ir, no sólo de la casa, sino también del estudio y hasta del país, soy yo. — Ahora sí el rostro de mi hermanastro giraba drásticamente hacia mi perfil, y podía imaginarme su sorpresa y su arrepentimiento también.

— ¿Cómo dices?

— Sí, papá. Es una decisión tomada desde hace un par de días, no creas que esto tuvo que ver —aclaré—. Albert me regaló una casa en Grecia cuando terminó el juicio, y cuando me case me iré a vivir allá con Andreas. — Sentí que Susan apretaba más mi mano por un instante y luego me dejaba ir. Así fue que me aproximé a Jörg y palmeé su hombro cubierto por un saco Armani espectacular. —. No quería que te enteraras bajo estas circunstancias, pero bueno… — Intenté sonreír, sin conseguir los resultados esperados, y finalmente di por terminado el asunto saliendo de la cocina caminando con dificultad por las heridas, pero con una herida mucho más grande y dolorosa en el fondo del alma.

Continúa…

Gracias por la visita. Te invitamos a continuar con la lectura.

por Antonella Ayelen

Escritora del fandom

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