«Apostemos» Temporada III
Capítulo 21: El que las hace, las paga
— Entonces lo que tenemos es una estafa contractual. El tipo hizo toda una gama de autos mellizos y los vendió por todo el país. Es toda una mafia de autos robados. — Me rasqué la nuca con desconcierto, releyendo los párrafos una y otra vez; analizando las fotografías de las patentes y las autopartes confiscadas. —. Este caso es una bomba de tiempo. El tal Martínez está hasta los huevos.
— ¿Es en serio, Bill? — Preguntó retóricamente Andreas, quien me miraba sin comprender. —. Después de ganar dos casos millonarios, ¿vamos a defender a un mal viviente como este?
— Hay que seguir trabajando, Andreas. No se puede vivir de un éxito.
— Pero qué me dices de la emulación que planteó tu padre hace tres meses. ¿No te parece que es momento de dar a conocer los resultados?
— ¿De qué hablas?
— Estoy hablando de la presidencia, Bill —dijo—. Es lógico que seas el elegido, ¿o no? ¿No has pensado en eso?
— Para que alguien gane ese puesto, mi padre se tiene que retirar, y no lo veo con ganas de jubilarse aún.
— Pero él dio una consigna. Todos tenemos posibilidades, excluyendo a Richael y a Lucas, que perdieron su juicio —recordó—. Yo creo que ya es tiempo de entregar el trono a la siguiente generación. — Hice una mueca de descontento y eché el caso que había estado analizando desde hacía media hora, al completo olvido. No era Andreas que me exasperaba, pero últimamente cada palabra que soltaba me molestaba de sobremanera.
— No lo sé, Andreas. Si me estás pidiendo una opinión, no la tengo.
— Todavía no te pregunté lo que quería saber en realidad. — Alcé una ceja y esperé a que se dignara a hablar. ¿A dónde quería llegar? ¡Parecíamos un par de patos criollos! ¡Un paso y una cagada!
— ¿Y qué quieres saber exactamente?
— Quiero saber qué vas a elegir en el caso de que te toque hacerte cargo del estudio. ¿Vas a aceptar el puesto, o te vas a ir a vivir conmigo a Grecia? — Lucía serio y expectante. Mi respuesta detonaría la escena más romántica o la más trágica de la historia. Era cuestión de escoger. ¿Qué tan difícil podía ser eso? Era escoger un cambio radical, en un país nuevo, con gente totalmente nueva. Era escoger entre años de carrera y prestigio, y la nada laboral. Era empezar de cero en un terreno nuevo, ganándome las cosas desde abajo, como en los inicios. Alejarme de todo lo que aprendí a amar y a valorar como mío. ¿Qué tan difícil podía ser eso? Era cuestión de escoger. —. ¿Y, Bill? Respóndeme. ¿Estarás a la altura de las circunstancias para negarte a lo que siempre has deseado, y empezar una nueva vida conmigo? — El teléfono. ¡El dichoso teléfono! Me había salvado, así como me había comunicado cientos de malas noticias antes. Pero ahora era como una campana celestial que anunciaba el escape. Sí, eso mismo. Una herradura por la que pasaba un brillito de luz para poder escapar.
— Discúlpame. — Agarré mi celular de entre los papeles y contesté, fingiendo pleno interés en el llamante, pero sin interesarme un cuerno en realidad. —. Diga. — Era el encargado del servicio de catering para la fiesta de nuestra boda. Me comunicaba que todas mis elecciones acerca del color de los manteles y cortinas, los platos de entrada, principales y postres, y selección de bebidas, ya estaban confirmadas y sólo faltaba darles el visto bueno. —. Oh, genial, genial. En la semana pasaré con mi esposo para corroborar todo. Muchísimas gracias… Que tenga un buen día. — Corté la comunicación.
— ¿Quién era?
— Servicio de catering.
— ¿Y qué dijo?
— Está todo listo. Tenemos que pasar, aprobarlo y dejar otra seña. — Estiré mi brazo y adosé mi mano a la suya. Él seguía con la duda planteada en su rostro, pero yo intentaba evadir el tema de la presidencia y de ir a vivir juntos. Era una decisión tomada, pero hablar de ello me causaba cierta fobia. —. Me estoy encargando de nuestra boda tal como querías. ¿Estás contento?
— Quiero que lo hagas por los dos, no solamente por mí.
— Y lo hago por los dos, Andreas —tercié cuando los reproches se aproximaban.
— Ya. Está bien —dijo cabizbajo, deslizando su mano bajo la mía y cortando el contacto al fin. —. En cuanto a este caso, yo no lo acepto. No quiero hacerme responsable de otro juicio cuando sé bien que el de Venegas ha sido el último. — Se puso de pie lentamente y sin mirarme, volvió a hablar: —. Yo sí estoy seguro que quiero dejar todo esto para empezar en otro lugar contigo. Si tú quieres aceptar este juicio, búscate a otra pareja. — Dejó toda la oficina sumida en un brutal silencio cuando se retiró.
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By Gustav
Apagué el motor del auto enfrente del estudio jurídico. Había llegado tan puntual, que hasta yo mismo me llegaba a sorprender.
Así como lo habíamos acordado, Richael había ido a trabajar sin su vehículo, ya que yo iba a recogerla. Y ahí estaba, a las siete de la tarde exactamente.
La idea de una velada los dos solos me había motivado durante todo el día, y hasta se me pasó el malestar de volver a ver a Santos. Algo se traía entre manos; podía leerlo en sus ojos. El muy hijo de puta jamás dejó al azar ningún cabo, y esta no sería la excepción. Quizás haría lo que Sam me advirtió hace algún tiempo: me sacaría el padrinaje con respecto a la policía. ¡Sería muy de cobarde hacerlo! Pero así actuaban los tipos como Fredick Santos. Y si la policía se metía en el barrio sin tapujos, se encargarían de poner el culo de Nicolás y el mío en una sucia celda. Y yo quería cumplir mi condena de un modo diferente. Quería internarme y dejar las drogas definitivamente, y que Nicolás siguiera prófugo de la ley y trabajando en el barrio, tal como quería.
Finalmente la puerta del edificio se abrió y comenzaron a salir todos. Primero salió Thomas Trümper, calzándose unas gafas de sol oscuras y acomodando su traje negro impecable. El tipo tenía la soberbia marcada en la cara y subida hasta los topes. Tuve que contenerme y usar toda mi fuerza de voluntad para no bajar del coche y calzarle dos o tres balas en el pecho. Lo detestaba aún. No podía ignorar que Richael me había traicionado con ese estúpido. Pero finalmente se metió en el auto de la familia, conducido por un chofer y todos los lujos. ¡Esa gente sí que vivía bien! Aunque para ser sinceros, dudaba que aquello fuera pura excentricidad. Mejor dicho, Trümper le tenía un terror avasallante a la sola idea de volver a conducir un auto.
Los siguientes que salieron fueron Listing y el muchachito nuevo que había trabajado en el juicio con Richael. Ese Listing también se tenía reservado un buen puñetazo de mi parte. Yo soy como los elefantes: bruto, pero con una memoria de oro. No olvidaba que junto con Trümper me habían dado la paliza de mi vida y que casi me matan aquella noche. No, yo no olvidaba.
Pero ahí aparecía Bill, acompañado de su pareja. Markett jamás me había hecho nada. Es más, cuando yo necesitaba a alguien con contactos, Bill intercedía entre ambos y Andreas me sacaba de prisión en un santiamén. Lógicamente no lo hacía por mí, sino por Bill, pero al fin y al cabo lo hacía. No lo conocía en profundidad, pero era claro que no me caía bien. No me gustaba su porte de niño bueno que no rompe un plato, y la idea de que mi hermano del alma uniera su vida para siempre a la suya, no me resultaba conveniente. Bill estaba enamorado de su propio hermanastro, y eso lo admito a pesar de mis prejuicios en contra del incesto. Se notaba a leguas de distancia, y me daba pena la felicidad fingida en mi amigo.
Cuando iban a meterse en el auto del rubio, Bill reconoció mi auto a pesar que las ventanillas estaban hasta arriba y con polarizado. Sonreí de lado al verlo cruzar con una mueca de alegría auténtica, y no con la que le hacía creer al maniquí que tenía por novio.
Golpeó el vidrio con el nudillo de su dedo medio y yo lo bajé hasta que pudimos vernos a los ojos.
— ¡Ey! ¿Qué haces aquí? ¿No te estás arriesgando mucho? — Preguntó.
— Tengo todo calculado, tío —respondí—. Vine a buscar a Richael para ir a su departamento. Ya sabes… Será una noche divertida. — Bromeé y él me guiñó un ojo.
— Claro, claro. Pero, tío, Richael no ha venido al trabajar hoy. — Fruncí el seño sin entender.
— ¿Cómo dices?
— Sí. Le envió un mensaje de texto a mi padre para avisar que no se sentía muy bien. Mi padre le dio permiso de ausentarse teniendo en cuenta lo del desmayo.
— ¿De qué desmayo hablas? — Pregunté totalmente fuera de contorno. ¿Acaso hablábamos de personas diferentes?
— ¡Menuda comunicación tienes con tu novia, eh! — Recriminó. —. Richael sufrió un desmayo hace algunos días. Vino la ambulancia y toda la cosa. Dijeron que seguramente era estrés, pero que debería hacerse unos exámenes de sangre de todos modos. — Sacudí mi cabeza reiteradas veces. Ya no me estaba gustando para nada el curso que tomaban las cosas. —. Oye, quizás te envió un mensaje y no escuchaste el móvil.
— No… No tengo ningún mensaje —susurré pensativo—. Voy a ir a su departamento.
— Seguro está ahí, o en casa de su madre. — Asentí en silencio, con un sabor amargo en mi boca.
— ¡Bill, vamos! — El estúpido de Andreas se hacía presente al otro lado de la calle, gritando desde adentro del auto con la ventanilla por la mitad.
— Anda, ve —dije—. Que te sea leve.
— ¡Oye! — Reprochó algo molesto. —. Avísame si sabes algo, ¿vale?
— Vale. Gracias, tío. Nos estamos viendo por la semana. — Asintió una última vez y cruzó la calle en un trote. Yo volví a subir la ventanilla y puse en marcha el auto.
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Cerré la puerta generando un sonoro ruido, y crucé la calle a ciegas, oyendo pasar un bocinazo seguido de un insulto. Me importó realmente poco, al fin y al cabo ya estaba en el edificio donde vivía Richael, esperando a que la recepcionista de turno dejara de ojear su revista de cosmética y me prestara atención. Carraspeé y ésta alzó sus ojos negros hacia mí, sonriéndome con estupor.
— Señor Carranza —dijo. Sí, Carranza. No podía dar a conocer mi verdadero nombre a nadie. Absolutamente a nadie.
— Hola, buenas tardes. Voy a pasar al departamento número ocho, como siempre —comuniqué ya precipitándome al elevador.
— ¡Aguarde un momento, caballero! — Llamó antes de que mi dedo índice llamara al ascensor. Volteé con impaciencia y ella volvió a sonreírme. —. La señorita Karrent no se encuentra en su departamento.
— ¿Cómo dice? — Volví sobre mis pasos y me adosé al mostrador. Ella asintió y volvió a posar sus ojos en la revista.
— Así es. Se fue el día de ayer, en la mañana, para ir al trabajo como siempre. No volvió desde entonces. — Ayer… Luego del estudio había ido a mi casa. Allí pasó la noche entera y supuestamente en la mañana había vuelto a su departamento para cambiarse e ir de nuevo al estudio. A ese lugar nunca llegó, puesto que envió un mensaje de texto excusándose por su ausencia. Lo raro era que a mí, a su pareja y con quien tenía un compromiso, no me envió ninguna misiva para cancelar nuestra noche. Algo andaba mal… ¿Dónde diablos estaba Richael? Pero recordé finalmente que Bill mencionó algo de la madre… ¡Eso mismo!
— Oh, claro. Olvidé un pequeño detalle. — Forcé una sonrisa para aparentar tranquilidad. En realidad estaba hirviendo en ira. —. Richael está en la casa de su madre.
— Oh… —manifestó mirándome sonriente. ¡Sí que tenía la sonrisa fácil esa tía!
— Y yo tengo que irme a hacer unos trámites ahora mismo… — Miré mi reloj de pulsera y alcé ambas cejas, soltando finalmente un bufido. —, de hecho estoy retrasado. Necesito darle un recado a Richael ahora mismo, pero no tengo el número de mi suegra en el móvil. — Moví mis manos como queriendo que ella completara la oración. Ella seguía sonriendo como una actriz de publicidad que posa al lado de una bebida refrescante. —. ¿Entiende?
— Usted sabe que va contra las normas del consorcio dar números, direcciones y demás datos personales, señor Carranza.
— ¡Oh, por favor! — Supliqué haciéndome el tipo carismático y efusivo, luciendo mi mejor sonrisa. —. Tiene que tratarse de una verdadera urgencia para que un hombre quiera llamar a su suegra, ¿no le parece? — Rió inevitablemente y supe que había logrado mi objetivo.
— Ahí sí que tiene razón.
— ¿Entonces?
— ¡Qué va! Ahí le digo. — Bajó la mirada a sus papeles y agendas, y yo me deshice de mi expresión de tipo alegre. En realidad estaba exasperado, desesperado, totalmente impaciente. Mis peores temores estaban saliendo a flote… ¿Dónde estaba? —. ¿Ya?
— Claro. Dime. — Contesté con otra de esas sonrisas que ya dolían fingir.
— Cinco, siete, tres… — Yo pulsaba cada característica en mi celular y finalmente le di a llamar, alejándome unos cuantos pasos de su oído de chusma de barrio.
Aquel era el tono de espera más largo del mundo para mí. Llamaba y llamaba, y recién cuando oí la voz de una mujer mayor al otro lado, reparé en que no había inventado una buena excusa para preguntar por Richael. Mi cerebro estaba paralizado mientras esa señora volvía a repetir un “hola” ya más impaciente.
— Hola, buenas tardes —dije sin pensármelo dos veces.
— Sí. ¿Quién habla? — Observé disimuladamente a la recepcionista, que seguía entretenida con cada página colorida de aquella revista.
— Habla Georg Listing, trabajo con Richael en el estudio… — Mentí. No veía otra salida.
— ¡Oh, Georg! — ¡¿Qué carajo?! ¿Acaso lo conocía? ¡Diablos! —. Se te oye distinto…
— Sí, sí… Es que estoy resfriado, ya sabe… — Intenté sonar tranquilo, pero realmente estaba delirando en nervios.
— Claro, claro. ¿Qué necesitas, cariño?
— Quiero charlar con Richael. Es que yo no fui al estudio hoy por esto de mi gripe, y hemos comenzado un proyecto importante. ¿Ella se encuentra?
— No, no. Ella no está aquí. — Mi corazón dio un vuelco. Tampoco estaba en casa de su madre, y ahí se iba la última posibilidad descartada. —. ¿No intentaste marcándole a su celular? — Estaba confirmado: Santos se las había ingeniado para joderme hasta el fondo. No se me ocurría aún cómo hizo para dar con ella, pero estaba seguro que así lo había hecho. —. Georg, ¿estás ahí?
— Muchas gracias, señora —dije finalmente, cortando la conversación.
Siquiera me tomé el tiempo de despedirme de la recepcionista, sino que salí del lugar casi corriendo. Estaba totalmente cegado, no había razones ni certezas para tranquilizarme. Santos era capaz de todo, sin ninguna clase de tapujos… Y era en esos momentos en los que necesitaba de un amigo de verdad, y hacia allí iba.
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By Bill
Sentado en el sofá de la sala, con un brazo por encima de su respaldo y mis pies sobre la mesita de té. En la tele un documental sobre la Segunda Guerra Mundial, y en el sofá unitario de junto estaba Thomas con su teléfono móvil que lo tenía casi hipnotizado. Me incliné hacia la mesita, deshaciendo mi cómoda postura, y tomé la cajetilla de cigarros ya dispuesto a sacar uno y prenderlo, todo esto sin sacar la mirada del televisor.
— ¿Qué haces? — Interrumpió con voz despectiva mi hermanastro. Lo miré interrogante sin dejar de ejercer aquella acción de seleccionar un cigarro de los cinco que me quedaban. —. No puedes fumar en la casa; papá está arriba. — Con mi mejor cara de malos amigos, lancé la cajetilla sobre la mesa de nuevo y volví a adoptar mi antigua postura. Él se me quedó mirando como un maldito pandillero un rato más y luego volvió a manipular aquel aparatito.
Unos pasos bajaban tranquilos por las escaleras que rechinaban a cada uno de ellos. Me volteé sobre mi hombro y sonreí con ingenuidad cuando vi a mi padre impecable de pies a cabeza y oliendo exageradamente a perfume. Su cabello blanco en canas echado hacia atrás le daba a su rostro un toque empresarial.
— ¡Dichosos los ojos que te ven, Kaulitz! El lobo pierde el pelo pero nunca las mañas, eh.
— Ya ves —dijo convencido de que mi halago había sido sincero—. Aún conservo ciertos ases bajo la manga.
— ¡Qué fachas, papá! — Exclamó Thomas cuando nuestro padre irrumpió finalmente en la sala. —. ¿A qué se debe este arreglo?
— Cena entre viejos amigos.
— ¿Eso, o se trata de alguna mujer? — Piqué provocando que se sonrojara. Jörg seguía siendo un hombre elegante y atractivo, y yo siempre quise que comenzara una nueva vida con una mujer, que volviera a amar. Pero el recuerdo de mi madre todavía lo atolondraba.
— ¡Qué mujer ni qué mujer! Cenaré con Seeger, Morris y Albert en el restaurante Las Colonias. No me esperen temprano —bromeó y se echó a reír.
— Yo no me lo creo del todo, eh —insistí sin perder mi sonrisa picarona—. Thomas, ¿tu madre dónde está?
— Ella duerme —respondió sin entender demasiado el porqué de mi pregunta.
— ¡William! — Retó mi padre, dejando quietas al fin sus manos sobre su saco. —. ¿Cómo se te ocurre que podría salir con Helga? ¡Por favor! — Tom estalló en una carcajada entendiendo el comentario.
— Donde hubo fuego…
— ¡Cenizas quedan! — Terminó Thomas y ambos volvimos a reír.
— ¡Suficiente! — Cortó Jörg con el rostro rojo como un tomate maduro.
— ¿Y qué hay de Susan? — Acotó ahora mi hermano. Yo tapé mi boca aguantando una carcajada más fuerte aún, considerando que Helga estaba durmiendo en el cuarto de visitas.
— ¡Thomas Trümper!
— Anda, anda. Vete de una vez que me quiero prender un cigarro —dije volviendo a prestar atención a la televisión, que ahora reproducía un corte comercial.
— Yo ando con una abstinencia de la puta madre… —murmuró.
— Ya, tú sueña que vas a fumarte un cigarrillo, viejo —dije severo.
— No lo haré, no lo haré —terció de inmediato—. Hablando de Susan, ¿dónde está?
— Le di la noche de hoy y todo el día de mañana libre, ¿recuerdas?
— Oh, cierto, cierto. — Se pudo escuchar a la puerta de entrada abrirse y una brisa helada se coló en la casa. Leandro, un joven corpulento de seguridad se anunciaba en el recibidor.
— Señor, Albert Cortez está en el porche esperándolo en su auto —dijo protocolarmente, posando luego sus ojos marrones sobre los míos. Pude percibir una sonrisilla extraña que duró pocos segundos. Yo sonreí tímidamente y volví a inclinarme hacia la mesilla, agarrando la caja de cigarros y sacando uno sin darle oportunidad a Thomas de que me detuviera ahora. Leandro y yo habíamos tenido algo hacía algunos años, cuando recién empezaba a salir con Andreas. Tuvimos sexo algunas veces, pero él se quedó totalmente embobado conmigo. La cosa había terminado y el fuego se había apagado a la tercera encamada, pero Leandro nunca se había quitado las ganas del todo. Pobre.
— Perfecto. Es hora de irme. — Leandro se dio una media vuelta y volvió tras sus pasos. —. Adiós, muchachos. Pórtense bien.
— No tenemos seis años, papá —dije con tono cansador, prendiendo el cigarro entre mis labios y dándole una profunda calada.
— Adiós, papá. Diviértete —dijo Thomas levantando su mano derecha en señal de saludo. Yo miré a mi padre de pies a cabeza y le guiñé un ojo luego.
— ¡Qué porte, Kaulitz! Ahora sé de dónde heredé tanta seducción, eh.
— ¡Cuándo no echándose flores Bill! — Bramó Thomas en un segundo plano. Con mi padre reímos al unísono.
— Eso también lo heredó de mí, Tom. — Y con ese remate se retiró no sólo de la sala, sino también de la casa.
Le di una prolongada pitada a mi cigarro y dejé que el humo se escapara entre mis labios. En la televisión, un comercial acerca de un perro que mordía a su dueño en el trasero desde atrás. Estallé de la risa, lanzando lo que quedaba de tabaco en mis pulmones, generando rápidamente toda una humareda en el living. Thomas me observó con repugnancia y se retiró hacia la cocina negando con la cabeza, con indignación.
— Qué te den… —susurré sin dejar de sonreírme por lo bizarro de la escena. ¡El sujeto corría por la cocina con su perro prendido en el trasero! ¡Realmente memorable! —. ¡Ese perro es un hijo de puta! — En medio de mi carcajada, escuché unos ruidos extraños provenientes del porche. Era como el rugido de un hombre… Eran los rugidos de varios hombres. Intenté agudizar mi oído y para ello disminuí el volumen del televisor. Sí… Eran rugidos y algunas risas, pero más bajo se podían distinguir unos cuantos gemidos de dolor y ahogo. —. ¿Qué está pasando allá afuera? — Dejé el cigarrillo consumiéndose solo en el cenicero y me paré a la marcha. Abrí la puerta y salí a las afueras de la casa. En el porche, muy cerca del portón, Jimmy, Leandro y otros dos tipos de seguridad estaban amontonados golpeando a una persona. —. ¡Oigan! ¡¿Qué diablos ocurre?! — No me escucharon. El porche era enorme y mi voz se perdía en la lejanía. Entonces corrí. Corrí con todas las fuerzas que diez años de fumador me permitieron. No era usual que el cuerpo de seguridad se comportara de ese modo. —. ¡Oigan! — Grité deteniéndome a unos pocos metros. Entonces Leandro cesó y se corrió unos pasos, algo agitado. Pude ver entonces a un Gustav arrodillado en el suelo tomándose por el estómago y gimiendo del dolor. No tenía marcas en el rostro, sólo una notoria mueca de dolor. — ¡¿Qué carajos?! ¡Gustav! — Inmediatamente los otros tres tipos se hicieron a un lado. Yo deshice la distancia con mi amigo y lo ayudé a incorporarse. No necesité hacer demasiada fuerza; Gustav se puso de pie por sus propios medios.
— Señor, este sujeto es Gustav Schäfer, un prófugo de la justicia —explicó Jimmy algo precipitado.
— ¿Llamaron a la policía? — Pregunté ignorándolo.
— No, señor. Estábamos a punto de hacerlo…
— Ni de coña. Nadie llamará a nadie.
— Pero, señor, es Gustav Schäfer…
— ¡Sé bien quién es, imbécil! ¿Acaso no ves? — Jimmy enmudeció y simplemente asintió. —. ¡Vamos, largo de aquí todos! No ha pasado nada. — Todos miraron a quien era el jefe, y éste les hizo una señal en silencio. El pequeño puñado de personas que éramos se disolvió al fin. —. ¿Estás bien? — Cuando iba a responderme, su mirada se desvió hacia mis espaldas. Lo imité y Thomas estaba sólo a unos pasos de nosotros.
— ¿Qué diablos hace este sujeto aquí?
— Cierra el pico —dije volviendo la mirada a mi compañero.
— ¿Que cierre el pico? ¿Recuerdas que este infeliz casi mata a uno de nosotros?
— Gustav —corté ignorando a mi hermanastro—, ¿qué haces aquí? Sabes que mi casa está hasta la hostia de seguridad, ¿cómo te arriesgaste a tanto?
— Bill, necesito tu ayuda —terció sobre mis palabras, intentando erguir su lastimado cuerpo. Yo fruncí el seño y aguardé a que se explicara. —. Es urgente, sabes que no vendría hasta aquí si no lo fuera.
— ¿Qué pasa, Gustav?
— Es Santos… —dijo y luego ahogó una queja cuando estuvo totalmente derecho frente a mí—, tiene a Richael.
— ¿Cómo dices?
— Santos secuestró a Richael. Necesito tu ayuda, viejo… — Volteé mi rostro hacia atrás, aún atónito, y Thomas estaba igual o peor que yo. —. Por favor.
Continúa…
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