«Apostemos» Temporada III
Capítulo 22: Marcas en la piel
— ¿Puedo hablar tranquilo?
— Claro. Mi padre no está. Te escucho. — Él se sentó en el sofá grande, y yo en el que anteriormente ocupaba Tom. El mismo estaba parado detrás de Gustav, cruzado de brazos con una expresión extraña. Por alguna razón no presentó resistencia a que invite a mi amigo a entrar a nuestra casa. Pero no le prestaba atención a él, sino al problema en sí.
— Hoy en la tarde, cuando tú me dijiste que Richael no se había presentado a trabajar, a mi me resultó extraño que no me enviara ni un mensaje, entonces fui a buscarla a su departamento. Resulta que no estuvo allí desde que salió hacia el estudio, ayer en la mañana —dijo con voz nerviosa y entrecortada—. Para descartar la última posibilidad, llamé a su madre.
— Tampoco estaba allí.
— No. — Bajó la mirada al suelo y luego volvió a mirarme, pero con los ojos acuosos. —. Fue Santos, Bill.
— ¿Qué motivos tienes para afirmar esto?
— Antes de que Richael se marchara de mi casa, esta mañana, Santos estuvo allí. No lo hice pasar, desde luego, pero estuvo algunos minutos en la puerta conversando conmigo.
— ¿Acaso Richael pasó por detrás o algo?
— No, no. Ella estuvo todo el tiempo en la cocina, en silencio. Pero había un detalle que pensé que no había percibido… El blazer de Richael estaba en el sofá, y Santos lo vio.
— ¿Tú crees? — Intervino Thomas desde atrás. —. ¿Dar con una mujer hasta el momento totalmente desconocida para él, solamente por un blazer? Podía ser de cualquier mujer; hasta de una prostituta. ¿O qué?, ¿acaso no puedes acostarte con alguien?
— Soy muy cuidadoso con la privacidad de mi hogar y de mi trabajo. No meto a cualquier persona en la intimidad de mi vida, Trümper —respondió Gustav desganado—. Él sabe eso.
— ¿Y cómo crees que fue toda la situación? — Pregunté.
— Estoy convencido que estaba en algún auto común y corriente cuando salí a despedir a Richael. Miré hacia todos lados cuando el taxi de Richael llegó. Solamente había autos de cuarta categoría, como siempre. Y como en el barrio los muchachos cambian de vehículo cada semana por cuestiones de seguridad, no me puse a analizarlos con cuidado. — Se rascó la nuca con impaciencia. —. ¡Yo sabía que esa visita tenía pésimas intenciones atrás!
— Además, por lo que me dices, fue listo para joderte. Si hasta tomó en cuenta el detalle del auto… — Medité unos segundos todas las posibilidades.
— Agarro un cigarro, Bill —anunció Gustav y yo asentí sin mirarlo. Tomó mi cajetilla de cigarrillos y se prendió uno con manos temblorosas, soltando bufidos de molestia y de impaciencia.
— Empieza tranquilizándote, Gustav. No vas a conseguir nada positivo con tantos nervios.
— ¡No puedo calmarme! — Aquel fue un grito que tenía contenido, casi como un desahogo. —. Tengo que ir a casa de Santos ahora mismo.
— Yo voy contigo —dije sin meditarlo. Thomas carraspeó, llamando la atención de ambos.
— No quiero sonar grosero dada la seriedad del asunto, ¿pero no tienes un amigo que se llama Nicolás? Creo que deberías hablar esto con él…
— Nicolás no puede tener problemas con Santos —interrumpió Gustav conteniéndose las ganas de saltar el sofá y matar a mi hermanastro a puros golpes—. Él se va a quedar a cargo del barrio cuando yo me haya bajado del negocio.
— ¿Y mi hermano sí puede tener problemas con un narcotraficante? — Soltó una risotada cínica. —. Me parece que esto no se llama amistad, sino “oportunismo”.
— ¿Puedes callarte de una maldita vez, Thomas? — Estallé. —. Nadie te pidió tu puta opinión. Gustav — El susodicho me miró mientras de su boca se escapaba el humo del cigarrillo. —, cuenta conmigo.
— ¡Esto es el colmo! — Exclamó Thomas alzando sus brazos y volteándose de espaldas a nosotros.
Con Gustav nos pusimos de pie y aun con toda su tristeza, me regaló una sonrisa sincera a modo de agradecimiento.
— Iré yo primero. Si llegamos los dos al mismo tiempo podría ser para problemas.
— ¿Más problemas todavía? — Bromeé sin ganas. —. Allá te veo. — Asintió y se dio la vuelta, echando trote hacia la puerta.
Tomé aire y me dispuse a subir a mi cuarto y cambiarme. No iría con mi traje Etiqueta Negra a la casa de un narco. Siquiera noté la ausencia de Thomas en el living.
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By Tom
Salí al porche justo a tiempo, justo antes de que mi hermanastro se metiera en su auto para salir rumbo a la casa de aquel tipo Santos. Alcé mi brazo haciéndole una señal para que me esperara, y corrí hasta el vehículo. Casi no lo reconocía. Traía unos jeans negros no tan ajustados y unas Converse blancas que normalmente usaba dentro de la casa. Una chaqueta de cuero cubría su delgado torso y sus ojos casi no traían maquillaje; pude notar esto cuando se sacó las gafas de sol y las usó de vincha.
— ¿Qué quieres?
— Acompañarte. No pensarás ir solo, ¿o sí? — Alzó una ceja y sonrió de lado, gesto que me resultó por demás seductor.
— No le tengo miedo a ese sujeto, eh.
— No dije eso. — Me miró de arriba hacia abajo y lo pensó por un instante. Creí que me diría que me largara, que era una idea absurda, pero contrario a eso terminó asintiendo.
— Sube. — Hice a un lado el temor que le había tomado a los vehículos y me metí dentro. Mi hermano me imitó y puso en marcha el motor. Éste rugió furiosamente y las ruedas chillaron al ras del asfalto. Cerré mis ojos e inflé mi pecho de oxígeno, expulsándolo lentamente para encontrar algo de calma. —. ¿Estás seguro de ir?
— ¿Por qué preguntas?
— Por tu cara de pánico.
— Me da más miedo esta nave… —murmuré.
— Oh, lo siento. Lo había olvidado. — Noté que disminuyó la velocidad notoriamente después de mi comentario.
— Descuida. Supongo que pronto va a pasar, ¿no?
— Desde luego. Yo también tuve un accidente automovilístico hace algunos años —comentó—. No tan serio como el tuyo, claro, pero fue un choque que me asustó mucho.
— ¿A qué edad fue eso?
— Creo que a los diecisiete. Fue en una picada con algunos colegas del barrio. En fin… El punto es que tardé varios meses en querer subirme a un auto. — Asentí mirando su perfil. —. Como todo miedo, se vence enfrentándolo.
— Hay miedos que no se vencen nunca. — No supe por qué dije eso, pero sí supe que había acaparado la atención de mi hermano de un momento a otro.
— Tienes razón. Algo pesimista, pero tienes razón al fin y al cabo. — Al mirarme por un momento, se dio cuenta que mis ojos estaban posados en él, y esto le provocó una sonrisa que no pudo disimular. —. ¿Qué tanto me ves?
— Es que me gusta cómo luces.
— Ah, ¿sí? — Sonreí y posé mis ojos en la calle, en el panorama modificarse a cada segundo. —. No tendrías que haber venido, Tom. — Su voz sonó preocupada. —. Las cosas con Santos no estuvieron bien en su momento, y no creo que sea precisamente pura simpatía contigo.
— ¿Tuviste problemas con él?
— Así es. — Respondió y giré a verlo. —. Una vez acompañé a Gustav a cerrar un trato con él y el tipo se dio cuenta que era hijo de un abogado. En ese momento papá acababa de ganar un juicio millonario y el apellido Kaulitz daba vueltas al mundo.
— Demonios…
— Sí. Le dio la orden a uno de sus guardas, a un tal Mike, de que me disparase. Entonces Gustav se interpuso entre ese tipo y yo, dispuesto a morir él. Santos vio la confianza que Gustav tenía en mí y decidió dejarme vivir. La verdad que pasaron tantos años, que dudo que se acuerde de aquel episodio y también dudo que ese matón siga trabajando para él. En fin… Hoy día no hay nada por qué temer.
— Yo creo que sí se va a acordar, Bill. — Ladeó la cabeza y rió por lo bajo.
— Sí, yo también…
— ¿Tan peligroso es ese sujeto? — Asintió. Yo bufí indignado. —. ¿Tanto es el poder, el dinero que tiene, que todo el mundo le tiene terror?
— No es su dinero lo que lo hace temeroso, sino su indiferencia. A Santos no le interesa nada ni nadie. ¿Qué le podría importar a un tipo que perdió lo más valioso de toda su vida? Te lo digo por propia experiencia…
— ¿A qué te refieres?
— Mira Tom, un tipo no nace hijo de puta, se hace. Santos no era así de frío y calculador hace algunos cuantos años atrás. Sí, estaba en el negocio de las drogas, pero era sólo una marioneta de los verdaderos cabecillas. Resulta que, como suele ocurrir, un negocio salió mal y Santos se metió con el tipo equivocado. Este tipo tomó medidas, y no fueron leves en absoluto.
— ¿Qué hizo? — Frenamos en un semáforo en rojo, y aun así Bill seguía en silencio. Tomó aire y finalmente posó sus ojos marrones en mí. Noté entre tristeza y miedo en ellos.
— Mató a su esposa —respondió—, y al bebé que esperaba. — El silencio se prolongó el tiempo que tardó el semáforo en cambiar de color. Bill volvió a arrancar y seguimos sin hablar.
Eso explicaba tantas cosas… ¿Cómo reacciona un hombre al que le arrebatan a la mujer que ama y a su hijo? ¿Es esa justificación suficiente para dedicarse a hacer lo que se le antoje con las personas? No lo sé. No creo tener siquiera el derecho de plantearme eso si no lo he vivido en carne propia. No podía juzgarlo; nadie podía ponerse en los zapatos de ese tipo.
— Le iba a poner Fredick, como él. Desde ese entonces él es sólo Santos. — Bill cortó el silencio. Asentí sin decir palabra. No me sentía capaz de hacerlo. De hecho, no tenía nada para decir. —. Llegamos. — Presté más atención al lugar en donde estábamos. Un barrio privado con una mansión que era el tamaño de una manzana completa. ¡Era inmensa!
— ¿A quién hay que matar para tener un palacio así? — Bill rió y apagó el motor del auto.
Apeamos al mismo tiempo, y la presión se sintió de inmediato. Si digo que la mansión estaba rodeada de monos gigantes de trajes negros, me quedo corto. Debían ser las once de la noche, y los faroles que alumbraban el lugar casi nos enceguecían. Bill se bajó los lentes de sol y emprendió la marcha sin decirme nada. Lo seguí de inmediato intentando imitar su andar distendido y despreocupado, pero mi cara de inseguridad me delataba al instante. Teníamos un largo trecho desde donde estábamos hasta la entrada de la casa, entonces sentí que si no le decía lo que tenía atravesado en la garganta en ese preciso momento, no tendría la valentía de hacerlo luego. —. Bill —llamé.
— Dime —murmuró él, sin voltear a mirarme. Me puse a su altura y me armé de valor.
— Richael está embarazada. — Sin detener su andar, se quitó los lentes de un tirón y me observó con ojos penetrantes. —. Gustav va a ser papá. — No necesitaba aclarar eso último, pero por si acaso de que pensara que ese bebé era mío.
— ¿Qué dices? — Interrogó en un hilo de voz.
— Hay que sacarla sana y salva de aquí, Bill…
— ¡Deténganse! — El grito ronco de un sujeto a unos pocos metros nos sacó de nuestro trance. Bill recobró la compostura y miró directo a los ojos a aquel tipo. — Identifíquense.
— Soy Bill Kaulitz y él es mi hermano Thomas Trümper.
— ¿Kaulitz? — Soltó una risotada estrepitosa y se giró hacia un lado, alzando la mano y llamando a otro tipo más.
— Javier, ¿no?
— El mismo. — Bill me miró como queriendo hablar en silencio. Notaba cierto miedo en sus ojos. Algo andaba mal…—. Y supongo que recordarás a Mike. — Otro tipo de similares características llegó ante nosotros, y sus ojos inexpresivos se clavaron de lleno en mi hermano. Ahí entendí todo. Aquel sujeto que casi le atraviesa el pecho de un balazo a mi hermano años atrás, seguía trabajando para Santos y volvían a cruzarse. —. Mike, él es Kaulitz.
— Kaulitz… Ha pasado tiempo. — Sus labios se curvaron en una sonrisa macabra y asquerosa, totalmente tétrica. —. Y vienes con tu hermanito, ¡qué tierno! — Los dos tipos se echaron a reír y nosotros permanecimos en silencio.
— Lamento ahogar la fiesta, muchachos, pero necesito hablar con Santos. — Mike se posicionó frente a mi hermanastro y lo miró de pies a cabeza.
— ¿Qué podrías hablar tú, abogadito de mierda, con Santos? — Bill no soltó palabra, y tampoco desvió la mirada. Él se mantenía firme y sólido ante esos tipos que lo duplicaban en peso y tamaño. Sentí admiración.
— Vamos, adelante. La cosa se pondrá interesante —dijo el tal Javier. Entonces los dos matones nos abrieron paso a las escalinatas que llevaban a la puerta de la casa. Bill pasó adelante, pero cuando iba a seguirlo, la manota de ese tal Javier se me posó en el pecho. —. Tú no, niña. Sólo él.
— ¿Qué? — Hablé por primera vez. Bill me miró por sobre su hombro y asintió, dándome a entender que era lo mejor que me quedara afuera. —. No, no. Yo no dejaré solo a mi hermano.
— Esto no es una guardería, pendejo. Te quedarás aquí y mis muchachos se van a asegurar de que no causas problemas. — Inmediatamente otros tres sujetos se acercaron a la escena. Javier y Mike escoltaron a mi hermanastro hasta estar los tres dentro del lugar.
— ¡Mierda! — Exclamé y decidí darme la vuelta para volver al auto. —. ¿Qué me ven? — Solté hacia esos tres imbéciles que no me sacaban los ojos de encima.
No creía en ningún dios, pero rogaba a alguna fuerza superior que cuidara de mi hermano… De él y de todos.
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By Bill
Finalmente estuve dentro de la sala. Todo estaba muy cambiado a como lo recordaba. Las paredes ahora eran de color blanco, y había mucho más muebles de mejor calidad. Las cortinas, las escaleras… De hecho no había escaleras donde ahora las había. Todo había sido modificado para el bien de la elegancia y el estilo. Ja… Lo siento. Era una situación seria y yo miraba el decorado.
Santos me daba la espalda. Se notaba que tenía una bata de fina seda rojiza, y se veía una nube de humo emanar a sus alrededores. Una pipa.
El rostro de Gustav se iluminó desde el sofá en donde estaba sentado, moviendo su pierna izquierda en medio de un tic nervioso.
— ¡Mire nada más quién vino de visita, señor! — Exclamó Javier a mi lado. Santos se volteó y sus ojos me atravesaron. No me reconocía, estaba seguro.
— Buenas noches, Santos. Tanto tiempo… — Estiré mi mano y él la estrechó una vez frente a mí. Sus ojos demostraban duda. —. ¿No me reconoces?
— ¿Quién eres tú, muchacho?
— Bill Kaulitz. — Oí la risa de Mike por lo bajo, pero la ignoré.
— ¿Kaulitz? — Soltó mi mano y miró con reproche a sus empleados. —. Es una broma, ¿cierto? — Volvió a voltearse, caminando unos cuantos pasos hasta estar en el centro de la sala. Gustav me sonrió de lado por unos segundos y yo le correspondí con un movimiento de cabeza. —. ¿Qué mierda haces tú aquí? ¿Cómo es que te dignas a venir a mi hogar?
— No vine a causarte problemas —dije sin perder la calma—. Si estoy aquí, es por Gustav.
— ¿Se trata de una devolución de favores? Mira que esta vez él no podrá impedir que te vuele los sesos, Kaulitz. Los podría matar a ambos con mis propias manos sin titubear.
— Si me dejas exponer mis motivos sobre por qué estoy aquí…
— Y eso no es todo, jefe —me interrumpió Mike a mis espaldas. Lo miré de manera despectiva y fue ahí cuando me percaté que el hijo de puta tenía un arma apuntando directamente a mí. —. Afuera está su hermano.
— ¡Oh, genial! ¿Está el padre también?
— Santos —volví a hablar—, ¿quieres escucharme?
— Dame algún motivo coherente para no matarte ahora mismo —dijo severo.
— Tengo tres —dije tranquilamente—. Tres motivos por los que estoy aquí.
— Ilústrame. — Se cruzó de brazos y guardó silencio.
— La razón moral, la razón ética, y la judicial. Moralmente estoy aquí por mi amigo; no pienso dejarlo solo. Éticamente, tengo entendido que Richael Karrent, una de mis colegas, se encuentra en esta casa. Y judicialmente hablando, tienes a una persona privada de su libertad. — Alzó ambas cejas y se echó a reír por lo bajo.
— ¡Caramba! Si te has convertido en todo un defensor de la ley y el orden. Quién diría que hace cinco años tuve la oportunidad de terminar contigo, maldito burgués capitalista.
— Quiero que encontremos una solución a todo este lío. Sólo eso. No quiero fastidiarte, Santos —tercié—. ¿Quieres el dinero que perdiste en esta negociación fallida?
— Perdí millones, Kaulitz. Este sujeto no podría pagarme en todo lo que le queda de vida, ni en la otra —dijo refiriéndose a Gustav, quien permanecía sentado en el sofá, con dos tipos de seguridad escoltándolo ante cualquier imprevisto.
— Él no, pero yo sí.
— ¡Cómo se nota que no aprendiste nada de este mundo en tus años en él! ¿Qué es más importante, Kaulitz, el dinero o el honor?
— El honor —respondí.
— Exacto. Perdí toda clase de honor y prestigio con esta gente. No se trataba sólo de un negocio millonario, sino de una confianza absoluta que depositaban en mí. Dime, Kaulitz, ¿cómo se debería reaccionar a algo así?
— Yo…
— Porque, si mal no recuerdo, tú le hiciste algo parecido a Gustav, ¿o me equivoco, Gustav? — El susodicho nos miró con ojos desorbitados y respiración agitada. Si esta conversación quería llegar a donde yo me imaginaba, no era un buen puerto.
— Eso quedó olvidado —intervine, pero Santos me ignoró.
— Y Gustav tomó ciertas medidas que se asemejan a las que yo tengo en mente ahora. Él quería matar a un miembro de tu familia, ¿verdad?
— Repito que eso forma parte del pasado.
— Claro que sí, Kaulitz, nadie está debatiendo acerca de si quedó o no en el pasado. El hecho de que ustedes dos ahora sean grandes amigos, no quita que en su momento hubo un deseo de venganza. Eso mismo quiero que entiendan. — Nos observó a los dos intercaladamente y una sonrisa tétrica decoró su rostro. —. Mi intención es crear conciencia mediante un daño colateral. — Se dirigió a Javier con un movimiento de manos. Éste fue donde él y charlaron a modo de secreto. Le supliqué a Gustav mediante miradas que permaneciera sereno, que me dejara actuar a mí.
Javier había desaparecido detrás de una puerta de madera que había en el fondo de la sala, y en la espera Santos se servía un vaso de buen whisky. Lo que yo daría por un buen cigarro…
— Hoy quiero darles una pequeña demostración de lo que se pone en juego en este negocio. — Santos hablaba mientras ponía unos cuantos hielos en su bebida, dándonos la espalda a nosotros. Yo aproveché para adentrarme un poco más en la sala, ignorando que detrás de mí estaba Mike pisándome los talones con su .357 Magnum. —. ¿Tú te enteraste que nuestro compañero aquí presente quiere rehabilitarse? — Me di cuenta que me estaba hablando a mí, así que carraspeé y respondí con seguridad.
— Sí, lo sé. De hecho fui yo quien le dio la idea.
— No me digas…— Se volteó y bebió algunos tragos, recargando su cuerpo en la barra repleta de copas de distintos tamaños y de botellas importadas de alta calidad. —. ¿Tú también te tragaste ese cuento?
— Llevo tres años sin consumir. Sólo una recaída hace algunos meses.
— Pero no conseguiste abandonar esto del todo. Hoy estás en la casa de un narcotraficante, envuelto en un problema de drogas y dinero. ¿Te das cuenta?
— Pero es una elección mía, nadie me obligó a estar aquí. Además yo pude rehacer mi vida. Sólo se necesita fuerza de voluntad.
— Qué bonito lo que dices —se burló—. Pero yo no lo veo así. El que entra, ya no puede salir. En este negocio se tejen hilos que nos unen a todos con todos, y si uno se baja todo se desmorona. Si él abandona el barrio, ¿quién demonios lo dirigiría? ¿Romero? ¡Por favor!
— Nadie es indispensable, Santos —tercié—. Mañana tú te mueres y viene otro a reemplazarte.
— Para mí todos ocupan una pieza clave en el rompecabezas que es esta vida. Y la pieza que yo ocupo es la de una especie de maestro. Le di una sabia lección a Gustav hace pocos días con respecto a Rogger, y hoy quiero hacer algo similar. — Ahora fijó sus ojos en Gustav. —. Debes aprender, Gustav, que en este negocio hay ciertos códigos que no se pueden romper. Hoy solamente quiero hacer lo que tú ya hiciste en una oportunidad, aunque no lo llevaste a cabo hasta el final. — Javier volvió a aparecer en escena, pero ahora prácticamente arrastraba a Richael con él. Ella tenía su boca tapada con una cinta de color metalizado, y sus cabellos estaban alborotados seguramente a causa del maltrato sufrido. El maquillaje en sus ojos caía por sus mejillas, generando unos manchones negros que se agrandaban a cada lágrima que brotaba de sus ojos. Al verla, Gustav se puso de pie instantáneamente, ahogando un grito de impresión. Uno de los matones que lo escoltaban lo tomó por el brazo y lo pegó a él, sujetándolo con fuerza por si intentaba zafarse. Richael sollozó con más fuerza cuando nos reconoció, como pidiéndonos ayuda. —. Hoy te daré una lección, Schäfer. Con cada una de nuestras decisiones, vienen ciertas consecuencias, y a veces terminan pagando nuestros errores personas inocentes. — Gustav desesperó.
— ¡No, Santos! ¡Por favor, no le hagas daño!
— Esto es necesario, Schäfer. Créeme, sólo las caídas y los golpes hacen a las personas en la vida.
— ¡Con ella no te metas, maldito desgraciado! ¡Déjala ir! ¡Es conmigo el problema, deja que ella se marche!
— Créeme, Schäfer, le hago un favor a la humanidad; un abogado menos. — Aquel enfermo soltó una risotada de lo más siniestra. Gustav comenzó a zamarrearse en el agarre de aquel guardia. Lo hacía con tanto desespero que de su cuerpo brotaba una fuerza inhumana, por lo que otro de los monos de Santos se acercó a reducirlo. Entonces mi amigo quedó inmovilizado por completo, seguro sintiendo una gran impotencia. Richael lloraba, y más aún cuando Santos se aproximó a Javier y le pidió su revólver. Éste se lo dio una mueca maléfica en el rostro, tomando a Richael de sus delgados brazos por detrás.
— ¡No! — Un grito que desgarraba la garganta de Gustav me hizo salir de mi estado de sorpresa y tonicidad.
— Ahora vas a aprender que siempre quedará una marca en la piel de aquel que entra en este negocio. — Santos alzó su brazo con el revólver bien apretado al final de éste. Le quitó el seguro y apuntó el cañón en la frente de Richael. Ella cerró sus párpados con fuerza y sollozó en leves convulsiones. Era el final, y todo dependía de mí. —. Rehabilítate y sé feliz después de esto —murmuró sin mirarlo.
— Te aconsejo que no lo hagas, Santos —hablé cortando el tenso silencio.
— Cierra la boca, Kaulitz. — Escuché a mis espaldas a Mike quitarle el seguro a su revólver. Mantuve la calma que me caracterizó desde un principio y proseguí.
— Te arrepentirás el resto de tu vida si matas a esa chica.
— ¿Quién demonios te crees que eres, niñato? — Interrogó de mala manera volteando su rostro hacia mí. —. ¿Cómo te atreves a amenazarme?
— No te estoy amenazando. Es un simple consejo.
— ¿Consejo? — Rió. —. ¿Un crío dándome consejos a mí? ¡Qué sabes tú!
— Sé que nadie quiere convertirse en eso que tanto odia. — Frunció el seño y se quedó callado durante un largo rato, con su mano temblorosa empuñando aquel revólver en la cara de Richael.
— ¿Quiere que me encargue de él, señor? — Preguntó Mike con voz ronca. No me cabía la menor duda de que aquel sujeto sólo quería matarme. Hice mal al especular con el paso del tiempo; ese tipo se había quedado resentido desde aquel episodio. Se había quedado con tantas ganas de ponerme aquella bala en el cráneo, que hoy me lo cobraba con intereses.
— Créeme, Santos, te vas a arrepentir y no habrá vuelta atrás.
— ¡Sólo quieres joderme!
— Si quisiera joderte te daría vía libre para que la mataras ahora mismo, sin perder tiempo. El karma es algo que nos persigue inevitablemente, pero a veces hay una pequeña esperanza para revertirlo y esquivarlo.
— ¿Esta es una de tus malditas estrategias de tus juicios? ¡Pues conmigo no te servirán, niñato! ¡Jamás me arrepentí de nada un solo día de mi vida, y no lo haré ahora!
— Escúchame…
— ¡No! ¡Escúchame tú a mí! — Interrumpió y me asusté por su grito. Estaba totalmente fuera de sí. — ¡Ningún abogadito burgués va a venir a mi hogar a darme lecciones de vida! ¡¿Sabes a cuántos me cargué en la bolsa?! ¡¿Sabes acaso cuánto tuve que pelearla para llegar donde estoy hoy?! ¡No, no lo sabes! No lo sabes porque cuando yo estaba trabajando como un maldito gusano para otros, tú recién dejabas la primaria. Mírame bien, Kaulitz. Por dos años tomando merca y haciendo transas de unos cuantos dólares, ¡no me vas a venir a dar consejos o como mierda quieras llamarlos! — Botó una brusca bocanada de aire y volvió a mirar a la morocha. Gustav lloraba incansablemente, ahogándose casi. La situación era realmente penosa.
— Entonces vas a hacer lo mismo que te hicieron a ti… —susurré lo bastante alto y firme como para llegar a sus oídos. Volvió a mirarme más desconcertado que antes. —. Vas a arruinar a un hombre como te arruinaron a ti. ¿Merece eso la pena? El prestigio y el honor que perdiste, ¿cubre semejante karma siguiéndote durante toda la vida?
— ¿De qué mierda hablas ahora?
— De lo que te hicieron hace algunos años, Fredick. De eso hablo —dije con voz firme. Él enmudeció. Gustav me miraba sin entender nada, pero sin embargo Richael parecía adivinar mis intenciones, aún sin saber exactamente de qué iban. Finalmente, Santos rió nerviosamente.
— ¡Este crío comenzó a inventar cosas! — Soltó sin siquiera señalar mi atrevimiento de llamarlo por su nombre de pila. Aquel detalle sin duda había sido un golpe letal y certero.
— Nada de inventos. — Avancé algunos pasos lentamente. —. La mujer que estás a punto de matar, está embarazada —solté. Un silencio fúnebre, y el aire que se respiraba en aquella sala se podía cortar con un cuchillo de tan tenso que se sentía. Los ojos de Santos soltaron un destello que lo delató. Su mano tembló mucho más, y Richael me observaba anonadada.
— Eso es mentira… —susurró.
— No lo es —negué de inmediato—. Y no intentes preguntarle a Gustav si esto es verdad porque él recién se está enterando. — Me tomé el atrevimiento de mirar al susodicho, un hombre que hacía unos minutos atrás estaba abatido y resignado, ahora recobraba las fuerzas para luchar. Había un intento de sonrisa aflorando en su expresión. — Entonces dime, Santos, ¿aceptarás ahora mi consejo?
— ¡No te creo una mierda!
— No me arriesgaría de no ser verdad —retruqué. Ya estaba más tranquilo, mucho más confiado. —. Y aunque no me creas, sé que tú tampoco te arriesgarás. No podrías vivir con el cargo de consciencia; sería demasiada la culpa.
— Cállate… ¡Cállate! — Gritó apretando los dientes y posando sus ojos en Richael, quien temblaba de pánico.
— ¿Vas a hacerle a este hombre lo mismo que te hicieron a ti? ¿Vas dejarlo sin mujer y sin el hijo que siquiera pudo conocer? ¿Serías capaz de transformarte en la misma lacra que los que te hicieron esto? ¿Vivirás con el dolor de padecerlo y de provocarlo? — Nada. Ni una sola respuesta. Mi seguridad se empezaba a desmoronar. —. Fredick —llamé finalmente y vi caer una lágrima de su mejilla.
— Por favor, Santos… —susurró Gustav ahora arrodillándose súbitamente en el piso, juntando sus manos ya libres del agarre de aquellos dos tipos. Entrelazó sus dedos en posición de rezo y sollozó con fuerza. Santos lo miró horrorizado. —. ¡Por favor, no la mates! ¡Te lo suplico!
— ¡Levántate del puto suelo, Schäfer! — Gritó éste con pánico, negándose a mirar la triste escena. —. ¡Una vez me dijiste que no te arrodillarías ni ante el mismísimo Dios, Schäfer! ¡Recuérdalo y ponte de pie ahora mismo!
— ¡Por mi hijo sí! — Exclamó firme en sollozos ahogados. —. ¿O tú no te arrodillarías si existiera una mínima esperanza de volver a tener a tu esposa y a tu bebé con vida? — Observé expectante a Santos, esperando lo peor después de semejante atrevimiento. Pero contrario a eso, bajó el brazo como cansado, abatido, y bajó la mirada al suelo. Secó sus lágrimas con lentitud y ahí se quedó; mirando sus pies.
Gustav se paró de un salto y corrió hacia Richael, quien fue liberada por el guardia que la sujetaba. Se abrazaron con fuerza, sollozando y riendo al mismo tiempo. Luego se separaron y éste le sacó la cinta metálica que cubría sus labios con cuidado. Un beso casto pero profundo y después Gustav se quedó como embelesado acariciando el vientre de su amada. Me miraron al unísono y recibí sus agradecimientos mediante cálidas sonrisas.
— Dejen que se vayan —dijo Santos rompiendo el silencio. Los miembros de su seguridad se miraron entre ellos, con firmes interrogantes en sus rostros. —. Ya me oyeron. ¡Déjenlos ir! — Inmediatamente Javier les hizo una seña a dos de sus hombres, aquellos que anteriormente sujetaban a Gustav. Iban escoltando a la pareja (abrazados como si no fueran a soltarse nunca más) hacia la salida. Yo también me dispuse a marcharme, ya que mi misión estaba cumplida. —. Tú no, Kaulitz. — Me frené en mi sitio y vi que mis dos compañeros también lo hacían. Gustav estaba alarmado nuevamente, con la preocupación subiendo por su rostro como hacía algunos minutos.
— ¿Disculpa?
— Tú te quedas. — Levantó su rostro y pude leer en sus ojos un plan malévolo.
— ¡¿Qué?! ¡No, no! — Nuevamente dos gorilas sujetaron a un Gustav desesperado, soltando rabia de su boca. —. ¡¿Qué le van a hacer?! — Y finalmente lo sacaron de la sala, y pronto también de la casa. De nuevo el silencio. Respiré… Respiré profundamente buscando calma, así como la tuve desde que miré los ojos de aquel monstruo en la entrada. Monstruo que seguía allí, ahora posicionándose frente a mí. Mike empuñaba su revólver y cargaba con un goce interno que se percibía en sus ojos.
— ¿Qué es esto? — Pregunté. —. ¿Saldarán viejas cuentas conmigo?
— Como dije, siempre quedan marcas en las personas que pisan este mundo —dijo Santos dándome la espalda y dirigiéndose en secreto hacia Javier. Mike me miró con una amplia sonrisa y yo retrocedí algunos pasos cuando sentí el cañón de su arma hundiéndose en mi estómago.
— Esta vez no te me escapas, ricachón.
Continúa…
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