«Apostemos» Temporada III
Capítulo 25: Fuera de juego
— Bill… Bill, despiértate —dijo una voz a mi lado a la vez que me sacudía un poco el brazo derecho.
— ¿Umh?— Abrí mis ojos con pesadez y luego estiré mis extremidades en el colchón, desperezándome con gusto.
— ¿No es algo tarde para ir al estudio?— Estudio. Esa palabra activó una palanca en mi cerebro, y éste envió una orden inmediata para que todo el cuerpo reaccionara rápidamente.
— ¿Qué hora es?— Recargado en el mueble donde estaba el televisor plasma, miró su reloj de pulsera, alternando de mano la taza que sostenía.
— Once y cuarto.
— Carajo… — Me pasé las manos por el rostro y rasqué mis ojos para intentar desvelarme un poco.
— ¿Quieres un poco? — Me extendió la taza blanca humeante, cargada de café cortado con leche. Sin dudar enderecé mi espalda y le di algunos sorbos.—. Buen día.
— Buen día. — Él sonreía de lado, ahora con sus ojos pensativos sobre las sábanas blancas desordenadas. Ya estaba cambiado, con un pantalón liso de vestir color grisáceo y una polera de cuello alto color beige. —. Rayos… No tendría que haber pasado la noche aquí —lamenté en voz baja al recordar la hora.
— Oye, ¿es mucho pedir que te arrepientas después del mediodía al menos?— Reí en voz alta y luego negué lentamente.
— No lo digo por eso. Mi papá me anda vigilando mucho (no sé por qué razón), y ahora me hará toda una escena cuando vea que no dormí en la casa.
— Te ausentaste durante dos días enteros y sólo recibió un mensaje de texto como explicación. Creo que es motivo suficiente para tenerte en la mira.
— Yo no elegí eso —repuse rápidamente—. A mí siquiera me consultaron.
— ¿Qué preferías?— Preguntó. —. ¿Acaso era mejor decirle lo que en verdad pasó?
— No por supuesto. Pero siempre estoy quedando como el malo de la película.
— No digas eso —dijo tiernamente—. Oye Bill, respecto a lo de anoche… —se detuvo y suspiró—. Normal, ¿sí?
— ¿A qué te refieres? ¿Te arrepentiste?— Pregunté algo asustado.
— ¿Arrepentirme? — Rió bajo y luego negó manteniendo una sonrisa tierna en los labios.—. Fue la noche más hermosa de toda mi vida.— Sentí mi cara arder. Sin embargo, me sentía muy cómodo a su lado. Seguía siendo el mismo Marcel de siempre; nada había cambiado.—. Volverás a tu vida común y corriente, con tu futuro esposo, y te veré para ir administrándote las medicaciones y realizarte la diálisis.
— Claro… Así será —respondí algo sorprendido por su madurez. Me gustaba que pensara así, pero era evidente ante mis ojos que había pensado ese libreto durante toda la noche.—. Aunque déjame decirte que me ha encantado pasar la noche contigo —solté sin pudor—. Me hiciste sentir increíble, Marcel.— Se quedó unos segundos en silencio, mirándome seriamente tomar café. Temí haber dicho algo fuera de lugar o semejante, pero me calmé al ver su sonrisa de lado volver a su expresión.
— Qué raro oír eso de ti —confesó—. Digo lo mismo. — Le devolví la taza de café ya por la mitad.—. Oye, sé que no quieres tocar el tema, pero imagino que las cosas con Andreas no andan del todo bien, ¿no?
— ¿Por qué lo dices?
— Pues porque te acostaste conmigo. Es más que obvio.
— Sí. Es verdad. Las cosas no están yendo bien conmigo. Él no es el problema; él sigue siendo el mismo de siempre. Soy yo el que ha cambiado y ahora estoy perdido.— Frunció el entrecejo.
— ¿De qué hablas?
— No me hayo. Y, a decir verdad, hace tiempo que no puedo hacerlo. Estoy perdido en mí mismo.—. Botó un suspiro profundo y prolongado, y se sentó en el borde del colchón. Estiró una mano y me acarició la mejilla con suavidad.
— Eres William Kaulitz, y estás aquí, ahora.
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By Tom
— Ya tengo los boletos de avión.
— Pasaportes, mamá.
— Bueno, eso. Como sea.
— ¿Para cuándo?
— Pasado mañana, temprano.
— ¿Por qué tan pronto?
— Extraño mucho Nueva York, bebé. Extraño a las chicas del centro de jubilados, extraño mi empleo y las mañanas en el taller de pintura sobre tela.
— Entiendo. Este jamás ha sido tu ambiente, mami. — Acaricié su mano sobre la mesa con ternura. Ella asintió y elevó la taza de té de hierbas hasta su boca.
— Me gustó venir a verte a ti y a Billy —comentó después de algunos tragos.—. Espero que sepa disculparme que no pueda estar presente en su boda.
— Lo entenderá.
— ¡Además no seré partícipe de semejante fantochada!
— ¡Mamá!— Regañé entre dientes, con temor a que en cualquier momento Bill se metiera al comedor sin anunciarse.
— ¿Qué? — Se protegió.—. Sabes muy bien lo que pienso de ese matrimonio.
— Sí lo sé. Pero podrías ser más discreta… — Unos zapatos de hombre resonaron en el suelo. Temí que fuera mi hermanastro justo cuando mi madre había soltado semejante cosa. Pero no. Era mi padre.
— Buenos días.
— Buenos días —saludó mi madre.
— ¿Qué tal dormiste, papá?
— Bien, supongo.
— ¿Pasa algo? Traes una cara que da miedo.
— Me preocupa Bill.
— ¿Bill? ¿Qué pasa con él?
— No durmió aquí y siquiera me avisó —dijo. Fruncí el seño y me puse de pie lentamente.
— ¿Cómo que no durmió aquí? — Pregunté a pesar que entendí perfectamente.—. ¿Llamaste a Andreas?
— No. No quise importunarlo.
— ¿Importunarlo? ¡Qué se haga cargo de su pareja, ¿no?!— Tomé mi teléfono móvil de arriba de la mesa y comencé a buscar su nombre en mi agenda. Lo hallé. Le di al botón de llamar y esperé.
— Tom, ¿y si está con él e interrumpimos algo?
— No los joderemos cuando vivan solos los dos —corté con el aparato en mi oreja—, pero por el momento Bill tiene que dar explicaciones de dónde está y con quién. — Mi madre me regañó con la mirada. Era más grande que él sólo por dos años y actuaba como si se tratara de mi hijo. Pero es que dentro de mí se había encendido una llama. Una maldita llama de ira.
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— Voy a ver a Marcel.
— ¿A Marcel?¿Marcel está en el país?
— Sí. Vino a ver qué tal voy con mis medicaciones.
— Oh… Qué atento. Y ahora vas a ir, a las nueve de la noche, a verlo.
— Claro.
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— Diga.
— Markett, soy Trümper.
— ¿Qué mierda quieres? — Siempre tan amable.
— Saber dónde está Bill.
— ¿Bill?
— Sí, imbécil. Bill. No sé si lo conoces; te vas a casar con él en unas semanas. — Bendito sea el sarcasmo.
— No te hagas el gracioso, Trümper. No sé dónde estarás tú, pero Bill está en su casa. Dijo que llegaría tarde al estudio porque se acaba de despertar. — Por un momento se cruzó por mi cabeza una maldad tan hermosa y perfecta, que se me acumulaba la saliva en la boca. Pero fue más fuerte el odio creciendo. Bill no estaba con Andreas, ni estaba en la casa. Había pasado la noche con Marcel.
— Oh, vale —me limité a decir—. Seguramente así sea.
— ¿Qué tanto tienes que andar preguntando por mi pareja, Trümper? ¡Vive tu puta vida…! — Corté. Maldito denso.
— ¿Qué te ha dicho?
— Que estaba con él hasta hace un rato. Fue a comprar a no sé dónde. En fin… — Miré a mi padre y algo me decía que no me había creído ni una sola palabra. —, puedes despreocuparte.
— Sé que él es grande y está a punto de despegar del todo de mí, pero soy su padre y necesito saber que no se está desviando de nuevo.
— Papá —corté—. Relájate, ¿sí?
— Lo intentaré. — Salió de la cocina alineándose la corbata.
— No estaba con él, ¿cierto?— Preguntó mi madre por lo bajo. La miré interrogante. Me había tomado por sorpresa.—. Anoche dijo que vería a su doctor.
— ¿Y? — Me hice el desentendido.—. Luego pasó a buscarlo Andreas.
— Oh… Ya veo.
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By Bill
Bajé del auto con mis gafas de sol ocultando mis ojos cansados. La base y cosméticos semejantes me ayudaban a cubrir lo que quedaban de los golpes que me proporcionó mi hermanastro días atrás.
Hice todo apurado. Salí del departamento de Marcel y conduje velozmente hacia la casa para cambiarme y partir hacia el estudio. De todas formas no pude impedir llegar quince minutos tarde.
En las escaleras del estudio recibí un mensaje de texto. Me detuve a mitad de ellas y me tomé unos segundos para leerlo. “Tengo las escrituras. Sólo debes firmarlas. Andaré por Alemania entre hoy en la noche y mañana. Dime a qué hora podemos encontrarnos los tres.” Albert Cortez. Maldije por lo bajo. Aún no le había dicho nada a Andreas acerca de que aceleré los trámites para hacer nuestra la casa en Grecia.
Terminé de subir las escaleras y me adentré a la recepción. Tania sonrió al verme, como si estuviera esperándome con ansias.
— Buenos días, Tania —saludé sacándome las gafas—. ¿Mensajes?
— Sólo uno —dijo poniéndose sus lentes de lectura, los cuales le daban un aspecto de secretaria sexy y flamante. Aunque ella era muy sumisa e introvertida en realidad.—. Llamaron del departamento de eventos y dijeron que ya está todo listo para que vayan los futuros novios a darle el visto bueno. — Después de esto soltó una risilla extraña y ensanchó su sonrisa.—. ¡Felicitaciones! Sólo faltan dos semanas.
— Claro —dije atónito—. Gracias… ¿Andreas lo sabe?
— ¡Claro que lo sé! — Exclamó acercándose desde su oficina. Extendió sus brazos hacia mí mientras empleaba un andar relajado. Forcé una sonrisa y lo abracé unos segundos, mientras de fondo nos acompañaba un sutil suspiro de ternura por parte de Tania. —. ¿Vamos en tu coche o en el mío?
— ¿A dónde?
— A encontrarnos con los muchachos de eventos, amor —repitió con fastidio tierno—. ¿Te está fallando la memoria a corto plazo?— Rió.
— Oh, claro. — La puerta de la oficina de mi padre se abrió y éste asomó con un semblante serio.
— Kaulitz —llamó para mi sorpresa. Me hizo un gesto con su dedo índice para llamarme y luego cerró la puerta. Supe que no vendría nada bueno.
— Ha estado preguntando por ti —murmuró Andreas preocupado.—. ¿Por qué llegaste tarde?
— Tuve un problema con el auto —mentí.
— Te invito a almorzar —dijo antes de que me marchara hacia el despacho de Jörg. Asentí en silencio y corrí mi rostro cuando quiso besarme en la boca.
— Aquí no Andreas —regañé en voz baja y él solamente rió.
Entré al despacho con un presentimiento de mierda. La cara de mi padre no ayudaba para que esa horrible sensación despareciera.
— Siéntate.— Así lo hice, en el escritorio, enfrente a él. Firmó unos cuantos papeles en silencio mientras yo esperaba, como si no tuviera también trabajo para hacer. Sin embargo me armé de paciencia y esperé unos cuantos minutos.
— ¿Por qué “Kaulitz”?— Me animé a preguntar.
— Porque te trato como un jefe a su empleado —dijo con voz fría—. Es por eso que tengo el derecho a preguntar por qué llegaste casi veinte minutos tarde.
— Tuve un inconveniente con el coche y me las ingenié para repararlo.
— ¿Seguro que no tiene que ver con que pasaste la noche fuera de casa?
— Si vas a tratarme como un jefe a su empleado, no tengo por qué darte explicaciones de dónde paso la noche.— Touché.
— No te pases de listo, William —dijo—. ¿Crees que soy idiota? No me trago el cuento de que estuviste con Andreas, ni que se te acaba de averiar el auto. Por pasar la noche quién sabe dónde, estás descuidando tu trabajo. ¿Crees que tienes coronita? ¡Estoy harto de que te tomes atribuciones de jefe cuando sólo eres un empleado! ¡Me debes respeto, Kaulitz!
— ¿Descuidando mi trabajo? — Pregunté atónito. —. ¡Le he dedicado mi vida a mi trabajo para que vengas a decirme semejante estupidez!
— Ninguna estupidez. ¡Me mientes en la cara como si fuera un idiota, William! ¡¿Crees que nací ayer?!
— ¿Acaso nunca se te paró el coche en la calle?
— ¡Tú tienes cero conocimientos de mecánica y ahora resulta que pudiste reparar un vehículo! ¡Por favor!— Me removí en mi asiento, molesto.—. ¿Qué clase de respeto le demuestras a tu futuro esposo? ¿Te parece el comportamiento de alguien que está a semanas de casarse?
— Tú eres el menos indicado para hablar del respeto en el matrimonio, Jörg —corté con una mirada amenazante.
— Lo acepto. No hay un solo día en el que no me arrepienta de mi penoso comportamiento. Sin embargo, me siento dichoso de haberme casado con tu madre y vivir una vida entera a su lado.
— ¿A dónde quieres llegar?
— Tú te vas a arrepentir el resto de tu vida de haberte casado con alguien que no amas.
— ¡Ya lo veía venir!— Bramé revoleando los ojos y alzando las manos.
— ¡Cállate y escucha lo que te digo!
— ¿Qué quieres que escuche? ¡Tú solo te contradices, papá! Adorabas a Andreas, y ahora es la peor persona sobre la faz de la tierra.
— No dije eso. Andreas es un buen hombre. Él no tiene nada que ver. Hablo de ti —terció—. Hablo de ese pequeño período en el que te separaste de él. ¿Te acuerdas? Cuando te fuiste con tu hermano a Nueva York… Eras otra persona, volviste a tener ese brillo en los ojos, y yo te veía feliz. No sé de dónde vino esa felicidad a tu vida. Quizás estar solo te sentó bien.
— Ya, ya —interrumpí cansado—. No necesito esto. Tengo la conciencia limpia. Puedes guardarte tus sermones de moral.
— ¿Crees que esto es un juego? ¿Crees que podrás deshacer todo de un día para otro? Estás a dos semanas de cambiar tu vida, Bill. Dos semanas —repitió elevando su dedo índice y medio—. Si no es la persona indicada, no es. No hay más vueltas que darle. Con una boda no te vas a enamorar de Andreas, ni vas a ser feliz. No se trata sólo de cómo se verá el salón, de cuántos invitados habrá, de cuánto dinero inviertan, ni qué trajes lleven puestos ese día. Se trata del corazón.
— ¿Tú qué sabes qué siento por él?
— Te conozco más de lo que me conozco a mí mismo, Bill. Este último mes estuviste tan cambiado, que llegué a pensar que tenía relación con tu amistad con Schäfer. Pensé que volverías a repetir aquel infierno. Pero finalmente me di cuenta que te has vuelto una persona infeliz porque estás atando tu existencia a alguien que no te mueve un pelo.
— Ya sé cuál es el verdadero problema aquí —dije sonriendo cínicamente.
— Ilústrame.
— Jamás confiaste en mí.
— ¿Qué? ¡Por favor, Bill!
— ¡Es así! — Le di un golpe a la madera del escritorio con mi palma totalmente abierta.—. No confías en mis decisiones, no me crees capaz de hacer mi vida solo.
— No hay caso. Estás ciego y sordo. Es en vano cualquier intento de hacerte entrar en razón —murmuró bajando la mirada a sus papeles y negando levemente con la cabeza. Me hirvió la sangre.
— Para que te des cuenta de cuán seguro estoy de todo esto, te comento que Albert nos citó a Andreas y a mí para firmar los papeles. — Volvió sus ojos hacia mí y frunció el entrecejo.—. Los papeles de la casa en Grecia.
— ¿Sigues con eso, Bill? Sólo dijiste esa locura por la pelea que tuviste con tu hermano. — Negué reiteradas veces.
— Fui claro en esa ocasión. Iba a dar el anuncio en el momento oportuno, pero simplemente lo aceleré un poco. Era una decisión tomada, papá. Me caso y me voy del país.
— Estás totalmente loco…
— No —dije de inmediato, inclinando mi cuerpo hacia el escritorio, sentándome más en el borde de la silla—. Estoy completamente cuerdo. ¿Te das cuenta? Tu pequeño Billy ya creció, papá. Ya no soy un niño estúpido que puedes llevar de la nariz. Tomé la decisión de empezar una vida nueva.
— Eso no es una vida nueva. Es un capricho que te va a durar lo que dura el agua entre los dedos.
— ¡Y el ciego y sordo soy yo!— Exclamé. —. ¿Sabes, Jörg? Desde que Andreas me propuso casamiento en la última fiesta que organizaste, hasta ahora, jamás escuché una puta felicitación salir de tu boca. ¡Ni una sola!— Sentí un nudo tapar mi garganta.
— Y nunca la escucharás. — Su voz sonó fría y distante. Me lo dijo mirándome a los ojos con tanta dureza, que mi pelota de ira y tristeza llegó a colapsar. En un parpadeo, dos grandes lágrimas cayeron pesadas por mis mejillas.
— ¿Puedo hacerte una pregunta?— Mi voz era débil, aunque intentaba sonar fuerte. Su mirada no sufrió ningún cambio. Mis lágrimas no le movían ni un pedazo del alma.—. ¿No te cansas de dejarme solo cuando más te necesito? Siempre que necesité de ti como padre o como amigo, no estuviste. — Otra vez las lágrimas. Ya no las reprimía, tampoco mi voz quebrada. Prácticamente sollozaba al hablar.
— Estoy contigo. Te estoy hablando con el corazón para que no arruines tu vida —respondió secamente—, pero no lo puedes ver.
— ¡No estás conmigo, maldita sea! ¡Estás en mi contra como siempre!
— No te queda bien el papel de víctima —cortó alzando una mano en señal de silencio—. ¿Por qué mejor no te pones en el rol de un adulto?, ya que tanto dices que eres grande, que ese niño quedó en el pasado. Adelante. Quiero que pienses como un adulto que está a punto de casarse y abandonar toda su vida. Piénsalo y luego dime si vale la pena la persona por la que estás dejando todo.
— ¡Esa persona me fue a ver a una clínica de mierda cada fin de semana, mientras que tú te enriquecías en este maldito despacho!
— ¿Y por eso te vas a casar con él? — ¡Su maldito tono de voz me destruía el corazón! ¡Estaba hablando con su hijo, maldición! ¡Yo estaba llorando como un maldito estúpido y en respuesta estaba su frialdad, como si estuviéramos en un jodido juicio!—. ¿Por qué no te casas con Georg? Él también te fue a visitar. Date cuenta que eso no cambia nada. Yo, como tú bien dices, no fui a verte, y sin embargo sigo siendo tu padre. Aunque te pese, hay que cosas que no cambian nunca. Si Andreas no te hace feliz hoy, no te va a hacer feliz en dos semanas, ni en Grecia. No te hará feliz nunca.
— ¡Es suficiente!— Me puse de pie de un salto, con determinación. Él solamente elevó la mirada, sin inmutarse demasiado.—. Te lo voy a preguntar por única vez, papá. — Con mi dedo índice en alto y mis dientes apretados, sentí la ira manifestarse en forma de calor. Un calor que me sofocaba desde el cuello hasta los pies.—. ¿Puedo contar contigo en esto? Dime si tengo tu apoyo en este momento tan importante de mi vida —dije—. Te necesito.— Él desvió la mirada hacia mi costado por un momento en medio de un silencio en el que oí mi corazón galopar con fuerza dentro de mí. Pensaba como si hubiera algo que pensar. ¿Acaso estoy loco? ¿Soy el único que cree que cuando un hijo necesita de un padre, no hay mucho que pensar? ¡No hay nada que pensar! ¡Acabo de dejar de lado el orgullo que tanto detestan las demás personas de mí!
— No —respondió finalmente—. No cuentes conmigo, Bill.
— ¿Así… nada más? — Comencé a llorar como un niño pequeño.
— Tampoco me esperes el día de la boda —habló nuevamente—. No voy a presenciar cómo un hijo mío comete un error semejante.— Me quedé paralizado mirándolo a los ojos, hasta que él bajó la mirada a sus papeles, pero sin mirarlos realmente. No lo soportó. Como Thomas dijo algunas veces, las miradas de los Kaulitz eran muy difíciles de sostener, y esta vez había ganado más la mirada que expresaba desilusión, que la que emanaba frialdad.
— Mírame a los ojos —murmuré con voz seca. Mis mejillas habían quedado empapadas, pero no me interesaba. —. ¡Qué me mires a los ojos, maldición!— Vociferé dándole otro golpe al escritorio, pero ahora con la mano hecha puño. Finalmente me miró.—. Te vas a arrepentir por esto y ya va a ser tarde.
— Lo mismo digo. — La conversación finalizó. Me sequé las mejillas con bronca, casi abofeteándome, y salí del despacho azotando la puerta.
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De nuevo en la recepción me dirigí a Tania. Hice sonar mis uñas contra el amplio escritorio y acaparé la atención de la muchacha que se perdía en la pantalla de su computador.
— Dígame —dijo con buena predisposición, poniéndose de pie de inmediato.
— Cancela todas mis citas para hoy.
— ¿Qué?— Su sonrisa se borró de a poco.
— No creo tener que repetirlo.
— Pero Bill, hoy está programada la entrevista con Velásquez. Es un hombre muy respetado y ya le cancelamos tres veces, no creo que soporte una cuarta vez.
— Que venga entonces —tercié intentando ocultar mi fastidio—. Lo recibirá otro abogado para llevar su caso.
— Pero…
— ¿Qué pasa ahora, Tania?— Pregunté haciendo más evidente mi intolerancia.
— El señor Velásquez solamente quiere ser defendido por ti.
— ¿Acaso soy el único abogado en este maldito estudio, Tania? ¡Cancela todas mis citas y que no se hable más!
Una puerta se abrió a mis espaldas, del otro lado de la recepción. Luego, tacos severos marcaban el paso.
— Bill, ¿qué ocurre?
— Nada, Richael —respondí actuando como un demente. Mi expresión desencajada en una sonrisa tétrica y mis manos temblando en cada movimiento.—. Estoy muy tranquilo, ¿o acaso tú no me ves tranquilo?
— Te veo tranquilo, pero tus gritos se oyen hasta el almacén de la esquina.
— ¡Oh, lo siento! — Grité aun más fuerte. —. ¡Lamento molestar a todos los prestigiosos abogados que trabajan aquí!
Otra puerta se abrió. Era Lucas.
— ¿Pasa algo, Bill? — Preguntó acercándose lentamente, curioso y preocupado.
— En absoluto, Lucas. ¡Todo está excelente! ¡Por favor vuelvan a sus obligaciones, ya que el único que no tiene nada que hacer aquí, soy yo!
— ¿De qué hablas, tío? — Ahora era Georg. Todos estaban en la recepción presenciando mi ataque de nervios. De nuevo las paredes cerrándose… Pero ahora no las dejaría aplastarme. No. Antes las derribaba con mis puños.
— Se me trata como mierda. ¡Como mierda! ¡No valgo aquí, mi maldita palabra no tiene ni un puto valor! ¡Soy un simple empleado! — Me desajusté la corbata cuando sentí el ahogo subir y subir. La sangre se agolpaba en mi cerebro y éste estallaría sin más.
— Bill… — La voz de Andreas como un cable a tierra y su mano sujetando mi brazo desde atrás. Me volteé y miré sus ojos azules por unos segundos. Luego me sacudí para cortar su contacto. Me quemaba.—. Cálmate y explícame qué pasa.
— ¡Dejé toda mi vida en este edificio para que ahora se me trate como un trapo sucio! ¡No nació la persona que me trate como si fuera basura!
— ¡William! — El grito de mi padre saliendo de su oficina resonó entre las cuatro paredes de la recepción.—. ¡Tu actitud es inaceptable!
— ¿¡Mi actitud es inaceptable!? — Me aproximé unos cuantos pasos hacia él. Estábamos casi a un metro, con todos viéndonos estupefactos y asustados.—. ¡Todo esto es por tu maldita culpa, Jörg!
— No hagas que tome una decisión drástica.
— Lo único que sé es que estoy harto que no veas mis malditos logros, mis aciertos, mis victorias. ¡Reconóceme algo, por Dios! ¡Ahora sí tienes una razón para tu decepción! ¡Me tiene hasta los putos huevos este estudio! Me desviví por él desde que tengo uso de razón, Jörg, y tú solamente me das la espalda.— Otra tuerca se aflojó en mi cerebro. Iba de mal de peor.—. ¿Sabes cuándo empezó todo? Cuando él apareció —dije señalando a Thomas, parado junto a Georg.
— Bill, por favor… — Hice caso omiso a la casi súplica de mi padre.
— ¡No, Jörg! ¡Ahora me vas a escuchar! Saque a este estudio de la ruina cinco veces, ¡¿y todo para qué?! ¡Para que en menos de un año nombres a este principiante como tu socio de confianza! ¡Me tragué eso y mucho más, pero he colapsado! ¡No soy un empleado, como tú me llamas! ¡Soy más que eso, y exijo mi lugar!
— ¿No te pusiste a pensar en qué fallaste para que en menos de un año, como tú dices, te arrebate el puesto de toda tu carrera? — La voz de Thomas sonaba desafiante. Me volteé de inmediato y lo fulminé con la mirada.
— Oigan muchachos, cálmense —dijo Georg plantándose entre ambos.
— No tienes la capacidad craneana ni los títulos suficientes para el puesto que ocupas, Trümper.
— Sin embargo aquí estoy, ¿no?
— Créeme —dije con una sonrisa cínica—, no hubieras llegado ni a las escaleras de la recepción si tu padre no fuera quien es.
— Pienso exactamente igual. — Me precipité algunos pasos.
— ¿¡Qué mierdas dices?! ¡No tienes ni idea de cuánto me sacrifiqué en mi carrera! ¡Nadie me regaló nada, idiota!
— ¡Ya basta! — Gritó Jörg de nuevo.—. Los dos a mi oficina ahora mismo.
— No voy a tolerar ni un puto minuto más compartiendo el mismo aire con este infeliz —dije seguro.
— ¿Le vas a dar a elegir entre tú y yo? — Preguntó con un tono de provocación que desistía en abandonar.
— No hermano. Ese es tu monólogo. — Touché.
— Perderías de todos modos. Después de este ataque de niño caprichoso llorando porque no le compraron un juguete, te veo complicado, hermanito. — Después de la crisis que sufrí en el hospital, en la cual él estuvo presente, me decía algo así. Mis ojos echaban fuego puro. Su cinismo había sobrepasado todos los límites. Ya no tenía nada que perder. En pocas semanas estaría viviendo en otro país, muy lejos de él, de mi padre y del estudio. ¿Qué más daba?
De a grandes pasos quise llegar hasta él, listo para propinarle un buen golpe.
— ¡Eres un hijo de puta, Trümper!
— ¡Oye, oye! — Georg me retuvo, tomando mis muñecas con fuerza y buscando mi mirada para calmarme.
Thomas se acercó a la espalda de mi amigo y dio su remate triunfal.
— ¿Quieres golpearme, enano? Cuando alguien quiere pelear, es porque no tiene la inteligencia necesaria para golpearte con la palabra… ¿Te suena? — Rió bajo y retrocedió victorioso.
— ¡Maldito!— Sacudí mis brazos para librarme del agarre de Georg y me alejé.
— William —llamó mi padre cortando el clima de pelea que se había formado. Íbamos a pasar a algo mucho más pesado si no se ponían paños fríos. —. Junta tus cosas.
— ¿Qué? — Cuestioné.
— Que juntes tus cosas. — Un silencio fúnebre reinó en la recepción. —. Estás despedido.
— ¿Despedido? — Repetí entre indignado e incrédulo. —. ¿Me estás despidiendo después…?
— Sí, William. Te estoy despidiendo. En las próximas horas el licenciado Trümper te hará llegar tu telegrama.
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By Tom
No… ¡Maldita sea, no puede ser!
Jörg se dio media vuelta y se metió a su oficina como si no hubiera pasado absolutamente nada. Bill se quedó parado en medio de la recepción, con la mirada cabizbaja. Negaba una y otra vez, ahogando una risa resignada.
— ¿Contento, Thomas? — Parpadeé reiteradas veces por la sorpresa. Tragué grueso y tomé aire. Los ojos negros de mi hermanastro se posaron sobre mí con un desprecio que pocas veces había visto.—. Arruinaste mi vida.
Después de eso se dirigió a su oficina y la puerta resonó al cerrarse en todo el edificio.
Todos estaban mudos, perplejos por lo que acababa de suceder. Andreas fue el primero en ponerse en movimiento cuando decidió seguir a mi hermano. Se metió en su oficina y desapareció de la escena.
— ¡Bueno, todos a sus despachos! ¡Vamos, hay mucho trabajo por hacer! — Como vicepresidente del estudio tenía que poner un poco de orden y retomar a la normalidad.
Con expresiones tensas y cabizbajas, todos se adentraron en sus respectivas oficinas y en la recepción reinó el silencio entre Tania y yo.
— Thomas —llamó tímidamente la recepcionista.
— Dime —respondí con fastidio. La miré inexpresivo.
— ¿Qué hago con la reunión con Velásquez?
— Posponla.
— No…, no puedo hacer eso —terció con voz temblorosa—. Este es un cliente muy prestigioso y ya no se puede cancelar más.
— Vale, vale… — Masajeé mis párpados cerrados.—. Dime cuándo es esa reunión.
— En media hora.
— ¿Media hora? — Abrí mis ojos repentinamente y me encontré con una Tania tensa, nerviosa y sobrecargada. No quería descargarme con ella. Ella no tenía la culpa de nada. —. Bien. Lo atenderé yo.
— Es que Velásquez solamente quería ser defendido por Bill Kaulitz…
— Pero ahora me encargaré yo de su caso. Si no le gusta, que busque otro abogado.
— El Sr. Kaulitz no hablaba en serio, ¿verdad? — Preguntó como en un secreto.—. No puede despedir a Bill…
— Sí que puede, y lo ha hecho. Bill cruzó una raya. Fuiste testigo de eso.
— Sí, lo sé. Pero él se merece una oportunidad después de todo lo que hizo por este estudio. De no ser por él, mucho de nosotros estaríamos trabajando en otros lugares, y los abogados con suerte ejercerían la abogacía. — Notaba cierto recelo en ella. Creo que estaba del lado de Bill y a mí me estaba odiando en silencio.—. Además, todo el prestigio que tiene este estudio, es gracias a los Kaulitz, y si el único Kaulitz que está ejerciendo es despedido, todo ese prestigio y honor, se va.
— ¿Estás subestimando a los demás abogados de este edificio, Tania?
— No, no. En absoluto…
— Entonces vuelve a tus obligaciones y deja el chisme —dije agobiado por tanta cuestión e interrogantes. Ya suficiente tenía con todo el lío que se había creado.
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By Bill
Tania me había alcanzado un té a mi oficina o ex oficina, mejor dicho. Mientras guardaba hasta el último lápiz que me pertenecía, recordaba todos los casos ganados, todas las reuniones en las que salvé el pellejo de Jörg y de cada abogado en ese puto lugar… ¡Qué desagradecido! Albergaba un gran resentimiento contra mi padre y a cada segundo que pasaba, el mismo crecía y crecía.
Andreas guardaba silencio al otro lado del escritorio, de pie manipulando los documentos y carpetas que yacían desparramadas por encima del buro. Todo alfabéticamente ordenado. Agradecía su silencio y su ayuda. Ahí estaba otra vez. Después de que el mundo prácticamente se derrumbara a mis pies, él estaba ayudándome a reconstruirlo de nuevo.
— Se van a arrepentir de esto —dije en un murmullo, sin detener mi tarea de meter todo dentro de una caja de cartón procurando no dejarme llevar por mi ira y acabar rompiendo algún portarretrato o bombilla. No dejaría nada. Siquiera los sacapuntas. —. Sin mí este estudio no es nada. Tengo diecisiete casos invictos, Andreas. ¡Diecisiete! Ni una sola derrota. Puro éxito, puro prestigio, puro honor.
— Claro que sí. — Andreas escuchaba con atención y asentía.
— Los clientes que verdaderamente enriquecen a este estudio, piden por mí. ¿Quién los va a atender? ¿Quién sería capaz de defender a un personaje como Albert Cortez o Patrick Lönger? ¿Y qué me dices de Velásquez? Es un tipo exigente y pidió por mis servicios exclusivamente. ¡Perderán miles si pierden a ese cliente! — Solté una risa soberbia y finalmente levanté la mirada hacia mi pareja.—. Va a venir el mismísimo Jörg Kaulitz arrastrándose a suplicarme que vuelva a sacar al estudio del pozo negro al que va a caer. Va a venir a pedirme ayuda cuando se dé cuenta que su socio estrella es un maldito novato.
—Trümper no está listo para un cargo como el que tiene. Tu padre se está por jubilar y él quedará al mando. La semana que tu padre lo dejó a cargo de todo, casi se desborda, ¿recuerdas?
— Sí. Lo recuerdo.
— ¡Ahí ves! Le va a pasar lo mismo. Hay presiones que solamente algunas cabezas resisten.
— Tal cual —asentí—. Me vale realmente madres que me despidan; de todos modos en unas semanas tenía que renunciar. Lo que me molesta es la humillación que mi propio padre me hizo pasar. De Thomas no me sorprende tanto— Me encogí de hombros. —, ya me lo veía venir.
Respiré hondo y cerré la caja de cartón cuando el escritorio quedó vacío.
— ¿Puedo preguntarte cuál fue el desencadenante de todo esto, Bill? — Cuestionó y me tensé en mi lugar.—. ¿Qué hablaron en el despacho de él?
— Cosas… — ¡Demonios! No podía titubear. Yo nunca titubeaba para hablar.—. Cosas familiares que mezcló con las laborales. Exploté.
— Entiendo —susurró—. Yo voy a renunciar.
— ¿Qué?— Pregunté sorprendido.—. ¡De ninguna manera!
— ¿Por qué no? Como tú dijiste, en pocas semanas estaré a millas de aquí, ¿qué más da?
— No es lo mismo, Andreas. La semana que viene vas a pedir licencia matrimonial y después vas a solicitar la transferencia. No hagas las cosas en caliente. Piensa dos veces.
— Tienes razón, como siempre. — Me sonrió y luego rodeó el escritorio hasta mí. Me dejé acunar en sus brazos y oír la suave melodía de su corazón palpitando contra el mío. —. ¿Sigue en pie nuestro almuerzo?
— Tengo que llevar esto a mi casa.
— Lamento recordarte que tienes que terminar tu jornada laboral. — Maldije por lo bajo y asentí.
— Es verdad. Sigue en pie nuestro almuerzo.
— Y después vamos a ver qué tal quedó nuestro soñado salón. — Sonreí más por su rostro iluminado de entusiasmo, que por la idea en sí. —. Ya les di las invitaciones a mamá y a Juli. Ambas estaban felices. Y me envió un mensaje el sujeto de la imprenta y me confirmó que enviaron todas a las direcciones que le dimos.
— Esa es una muy buena noticia.
— Así es. Ya basta de malas rachas. A partir de ahora vamos a disfrutar de las buenas noticias.— Volvió a abrazarme y una vez fuera del alcance de sus ojos azules, borré cualquier resto de sonrisa.
Continúa…
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