«Apostemos» Temporada III

Capítulo 26: Perfecta ficción

By Tom

Corté un trozo de carne de mi plato y lo llevé a mi boca. Mastiqué muy tranquilamente, sin apuros, pero era tal el silencio que reinaba en la mesa, que sentía que se escuchaba en toda la casa cada una de mis mordidas.

Susan estaba sentada enfrente de mí, jugando con el tenedor entre la comida que ella misma preparó. Estaba deliciosa, y sin embargo ella no probaba bocado. Dijo que se encontraba inapetente, pero yo sabía que algo la inquietaba. Y eso que la inquietaba, nos inquietaba a todos. Bill negó a compartir la cena con nosotros y en cambio se fue a cenar con su amado a un restaurante donde ya te costaba un ojo de la cara pagar el cubierto. De todos modos acababa de llegar y se había encerrado en su cuarto saludando casualmente al pasar por el comedor.

Jörg no decía palabra. Lo que había pasado en el estudio esa misma tarde, parecía haberse quedado en el estudio.

Ruido en las escaleras quebrantando el silencio. Bill bajaba veloz y sorpresivamente se adentraba en el comedor con tres sobres de color plateado. Todos detuvimos nuestros movimientos y fijamos las miradas sobre él.

— Tengo las invitaciones para mi boda —dijo serio. Sonrió recién cuando se aproximó a Susan y le dio en la mano su tarjeta. Ella le sonrió cálidamente y su hijo postizo depositó un beso ruidoso en su mejilla. Acto seguido se enderezó y lanzó a lo largo de la mesa las otras dos tarjetas sin emitir ni un solo ruido. Se dio la vuelta y volvió a desaparecer.

Como sin nada, mi padre y yo continuamos comiendo en silencio, dejando aquellos dos sobres donde estaban. Susan nos miró indignada y los tomó entre sus manos.

— Este tiene tu nombre, Tom —dijo intentando sonar amable. Lo agarré.

— Gracias Susan. — Lo dejé a mi lado y seguí en lo mío.

— Jörg —dijo ahora dándole el restante a mi papá.

— Puedes descartarlo. Ya le dije a Bill que no iría a esa boda. — Susan se quedó contemplándolo con tanta indignación, que su cara se volvió roja.

— ¿Hablas en serio, Jörg? — Alcé la mirada hacia ella con sorpresa. Jörg hizo lo mismo.

— ¿Disculpa?

— No puedo creer que no asistas al casamiento de tu hijo.

— No voy a presenciar cómo arruina su vida junto a alguien que no ama, Susan.

— ¿Y tú qué sabes qué siente Bill? Hasta el momento sólo escuché reproches, pero nadie le ha preguntado por qué se casa con Andreas —dijo mirándonos a ambos esta vez—. ¿Nunca se les ocurrió hacerle esa pregunta? ¿Se creen Dios para decidir sobre las vidas de las personas?— Me sentí ligeramente tocado.

— Soy su padre. Esa es razón suficiente.

— ¿Razón suficiente para poder elegir con quién debe hacer su vida?

— Su padre para conocerlo —retrucó—. Además, después de cómo me habló hoy y del escándalo que montó, no meditaré la situación siquiera. Ese muchacho es un mal educado, y yo no…

— ¡Eso sí que no te lo voy a permitir, Jörg Kaulitz!— Exclamó poniéndose de pie de un bote. Mi padre, atónito, tardó en imitarla. —. ¡No vas a llamar mal educado a Bill! Él recibió la mejor educación por parte de su madre Simone, cuando tú, ¡tú!, te olvidaste de hacer esa tarea. — Con su dedo índice golpeó el pecho de mi padre. Yo estaba que no daba crédito a lo que mis ojos veían.—. ¡Te olvidaste de educarlo y hasta de ser su padre! Todo por ese estudio del que ahora lo echas como un perro.

— No hables de algo que desconoces… Y no te levanto la voz porque eres una dama.

— Quizás desconozca los motivos de su despido, pero sé que en tu vocabulario jamás estuvo la pregunta “¿por qué lo haces?”. Es hora de que empieces a buscar los motivos de sus actitudes antes de juzgarlas.

— Ya fue suficiente. Es obvio que vas a defenderlo.

— ¡Desde luego! — Exclamó golpeando la mesa.—. ¡Porque de no haber sido por Bill, yo no estaría sentada en esta mesa, comiendo con el licenciado Kaulitz! — Ironizó aquello último.—. Para ti siempre he sido una sirvienta, una empleada de servicio que solamente debía limpiar, cocinar y callar. Pero incluso antes de que Simone muriera, para ese “mal educado”, como tú lo llamas, ya era considerada una segunda mamá. Y él me trata como un ser humano y me da un lugar.

— Susan por favor…

— ¡No, Jörg! ¡Ahora te digo yo, una simple empleada, que te calles y escuches! — Gritó con un temperamento hasta el momento desconocido.—. Yo estuve presente cada vez que él estaba mal. Yo sí puedo juzgarlo, porque yo en verdad lo conozco.

— Te recuerdo que es mi hijo antes que tu…, tu… ¡Siquiera sé qué relación tienen!

— ¡Soy la madre que le quedó en vida, Jörg! Y el hecho de que sea tu hijo no quiere decir que lo conozcas. ¿A quién conoces? ¿Al abogado brillante y exitoso que despediste hoy?, ¿o al ser frágil y lleno de falencias que está ahora encerrado en su habitación?

— Ya es suficiente —murmuró mi padre negando con la cabeza.

— Sí. Es suficiente. — Susan se desató el delantal que siempre estaba firme en su cintura, y extendió su brazo con éste en la punta de sus dedos. Chocó contra el pecho de Jörg, y entre asombro e incredibilidad, lo sujetó.—. Despídeme si quieres. Hace diez años que Simone nos abandonó, y en dos semanas ya nada me atará a esta casa. — Y finalmente se retiró del comedor dando largos y decididos pasos.

Miré a mi padre. Éste se dejó caer abatido en su silla, con el delantal de Susan todavía en sus manos.

— De repente todos me dejan solo —susurró con una sonrisa de lado y al borde del llanto. Yo lo observé inexpresivo.

— ¿Quieres mi opinión?

— No hijo. Gracias.

— Bien, porque no te iba a gustar. — Continué comiendo.

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By Bill

La puerta de mi cuarto se abrió y Susan asomó su rostro con una expresión triste pintada en él.

— Susan. — Me levanté de la silla de mi pequeño escritorio y me aproximé a ella. —. Me pareció escuchar gritos abajo. ¿Eras tú? — Ella asintió y luego me guio hasta la cama, en donde nos sentamos. —. Fue por las invitaciones, ¿cierto?

— Sí, fue por eso.

— ¡Yo sabía que no tenía que dárselas! Son unos desalmados.

— No lo incluyas a Tom —dijo mirándome con ojos tristes—, él tomó la tarjeta sin decir nada.

— El tema es Jörg… ¿Cómo no va a asistir a la boda de su propio hijo? ¡Es un maldito!

— No es malo. Es un hombre que no sabe aprender de sus errores para no repetirlos y luego se arrepiente. — Su mano acarició mi rodilla con ternura y noté cómo sus ojos se llenaban de lágrimas involuntariamente. —. Yo no te voy a juzgar, Billy. Sólo tú y Dios saben lo que hay en tu corazón. Pero dime, ¿tú estás feliz? — Bajé la mirada instantáneamente y callé durante unos segundos. —. Cariño. — Con su mano tibia levantó mi rostro desde el mentón para que fijara mis ojos en los suyos. —. Ey, ¿qué ocurre, pequeño?

— Yo sólo quiero irme de aquí, de toda esta mierda. ¡Quiero huir de todos los fantasmas que me siguen día y noche! — Al notar que ya estaba entrando en crisis, me acunó entre sus brazos y chistó suavemente mientras se movía lentamente de adelante hacia atrás, como una madre que mece en su seno a un bebé recién nacido. —. No me da pena usar la palabra “huir”, porque eso es lo que deseo. Quiero salir corriendo y no volver jamás.

— Cariño… —se lamentó—. ¿Hay algo que no sepa y quieras contarme?— Sentí que podía confiar en ella.

— Lo hay. — Me separé lentamente de su cuerpo y tomé aire para comenzar. —. ¿Recuerdas que supuestamente me fui con Andreas a unas minis vacaciones de dos días?

— Sí… ¿Cómo que “supuestamente”?

— No fue así. Tuve un problema con un poderoso narcotraficante por defender a un amigo y a su chica… En fin. El maldito me empastilló y me drogó hasta que estuve inconsciente y al borde de la muerte.

— ¡¿Qué?! — Soltó horrorizada, cubriendo su boca con ambas manos.

— Como oyes. Los días en los que me ausenté estuve internado en un hospital. Thomas, Georg y Andreas lo saben; ellos estuvieron conmigo e idearon esa mentira para no preocupar a Jörg. Y justamente, esa mentira fue un factor fundamental para nuestra pelea de hoy en el estudio.

— ¡No puedo creerlo! — Exclamó indignada.

— No los culpo. Papá está mal del corazón, y no sería conveniente que sufra un susto así, pero a lo que voy es que todo el mundo ignora que yo estuve dos días en una maldita camilla al borde de la muerte. — Intenté calmar mi respiración inhalando y exhalando reiteradas veces. —. Por eso Marcel está en el país; Tom quiso que se hiciera cargo de mi recuperación.

— ¿Y cómo te estás sintiendo en los días siguientes?

— Mal —respondí con toda francesa—. Realmente mal. Estoy teniendo ataques de pánico y temo que desencadenen en otra recaída… Además estoy haciendo un tratamiento de diálisis porque expulso sangre.

— Oh, mi pequeño… — Su mano dio con mi mejilla con suavidad y allí se quedó un tiempo prolongado, haciéndome disfrutarlo.

— Pero todo estará bien cuando desaparezca.

— ¿Por qué piensas eso?

— Porque ya se me hace insoportable vivir en esta casa con Thomas y con Jörg. Ya no estoy en el estudio, lo que significaba todo en mi vida. ¿Qué me queda?

— Bueno…, quizás no ayude de mucho, pero estoy yo. — Rio entre ojos llorosos y me provocó una ternura indescifrable. Era como ver a mi mamá reír enfrente de mí. —. ¿Y qué me dices de Andreas? Porque no olvides que en tu huida habrá un hombre que te acompañará por el resto de tu vida.

— Lo sé —murmuré—. Siento que es la única persona que quiere el bien para mí.

— ¿Y esa es razón suficiente para casarte?— No respondí. —. No te estoy juzgando ni mucho menos, simplemente te pregunto para que medites bien el paso que vas a dar.

— Es un poco tarde para echarse atrás de todos modos, ¿no crees?

— Creo que nunca es tarde para ser verdaderamente feliz. Eso creo. — Asentí.

— Me voy a casar en dos semanas, Su. Es una decisión tomada.

— Vale. Yo estaré ahí llorando de emoción. — Sonrió ampliamente.

— Quiero que tu hija también esté presente.

— ¿En serio?

— Absolutamente. Quiero conocerla.

— Así será. Estará contenta.

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Canturreaba una alegre canción en mi recámara mientras sacaba de la bolsa de papel la camisa Dior color salmón que me había comprado en la mañana. Sobre la cama tendía cada prenda que usaría el gran día de la boda. Un traje blanco impecable, con unas líneas grisáceas invadiéndolo tanto en el pantalón, como en el saco. ¿Acaso pensaban que me casaría de esmoquin? ¡No! ¡Qué horror! Aunque creo que Andreas usaría uno… Como sea, a mí no me quedaría bien algo así. Es más, usaría la camisa con algunos botones desabrochados dentro del saco. Le daría mi propio estilo a la situación. No quería lo clásico. Yo no era una persona clásica, así que decidí que erradicaría esa palabra de mi vocabulario y mi imagen.

— Billy —llamó Susan desde la puerta abierta de mi cuarto—. Te buscan.

— ¿De quién se trata?

— Del correo…—murmuró formulando una mueca.

— Ya me parecía que se estaba demorando demasiado ese asunto —dije sin perder el humor que me había sorprendido aquel día.

Bajé las escaleras y en el vano de la puerta se encontraba el empleado del correo con un sobre grande color blanco y una planilla. Se alivió al verme aparecer, ya que la mirada de Jimmy puede resultar intimidante para los visitantes.

— Buenos días señor Kaulitz.

— ¿Qué tal? — Tomé el sobre y le eché una mirada superficial a los datos que podían figurar del documento detrás del papel transparente. “Telegrama de despido. Remitente: Doctor Thomas Trümper, matrícula 4468785. Destinatario: Doctor William Kaulitz, matrícula 2177923”. —. Firmo aquí, ¿verdad? — El muchacho asintió extendiéndome la planilla y una birome.

— Podía firmar cualquier persona mayor de dieciocho años —dijo—, lo digo por la señora. — Miré a Susan y le sonreí al joven.

— En mi carrera jamás delegué una obligación a alguien más, no lo haría con mi despido. — Los dos rieron, Susan algo sorprendida por la manera en que me estaba tomando todo. —. Sírvete. — Le devolví la planilla y antes de que se marche, le di un billete de propina.

— Muchas gracias, licenciado. Que tenga un buen día.

— Así será. Igual para ti. — El muchacho se giró y Jimmy lo escoltó hacia la salida. Cerré la puerta y me dispuse a volver a mi cuarto para leer detenidamente el documento que acababa de recibir. No tenía ánimos para sorpresas indeseables, ni tampoco quería demandar a mi propio hermano.

— ¿Y qué tiene pensado hacer el gran Bill Kaulitz en su primer día como desempleado?

— Desempleado… ¡Qué fuerte suena eso! — Me volteé para verla a los ojos y sin pensarlo le di un abrazo. Ella suspiró a gusto y permaneció el silencio todo lo que duró el gesto. —. Invitaré a almorzar a la mujer más importante del mundo.

— Ah, ¿sí? — Se alejó de mí haciéndose la ofendida y eso me produjo cierta gracia. —. ¿Y de quién se trata?

— De ti tonta. ¿Adónde quieres ir? Tú eliges.

— Tomemos un helado en conito en el Centro Comercial, ¿qué dices?

— ¿Un helado en conito? — Solté una risotada. —. ¿Hablas en serio?

— En serio.

— Me recuerda a…

— A Simone. — Asentí con una sonrisa inconsciente en los labios.

— Me encanta la idea. Ponte más bella todavía y vamos a tomar un helado en conito.

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— Lo que más me gustó, fueron los manteles. ¿Tú qué opinas?

— La iluminación estaba de la hostia.

— Bueno, pero eso no es un detalle, sino un gran factor —terció—. Hablo de la decoración.

— En ese caso, las flores estaban bien.

— ¡Es cierto! — Apremió moviéndose como un niño en el asiento del copiloto. —. Julieta tiene un gusto estupendo. — No dije nada sobre eso. El día anterior habíamos visto cómo quedó el salón con todos los preparativos para la boda e hicimos la prueba de sonido y luces. La mayor parte de las cosas las eligieron la hermana y la mamá de Andreas. Yo había participado muy poco y tenía miedo de decir algo y desatar una pelea, así que prefería callar.

— Ya casi llegamos —anuncié deteniendo el auto en un semáforo en rojo. Descansé en mi asiento y lo miré.

— ¡Qué nervios, eh! — Intentó reír, pero sólo salió un sonido penoso. No dejaba de frotar sus manos y mover las piernas.

— ¿Por qué?

— Nunca crucé más de dos palabras con Albert Cortez —dijo mirándome como desesperado. Yo reí a pesar de la seriedad que había usado.

— Lo siento. Me causa mucha gracia cómo estás maximizando la situación.

— ¿Tú crees? — Asentí y volví a arrancar.

— Albert no es la persona imponente que representa en su empresa a nivel mundial. Él es un ser carismático y alegre. — Andreas guardaba silencio. Yo siempre hablaba con mucho respeto y admiración de Albert, y él sabía lo que significaba ese hombre en mi vida. —. Hará que te sientas cómodo. No habrá presión de ningún tipo, Andi. Relájate. — Aparqué enfrente del restaurante donde Albert nos estaba esperando. Apagué el motor y reinó el silencio. Andreas miró sórdidamente el local que se extendía casi por todo lo largo de la vereda de enfrente.

— Dios… ¿Cuánto cuesta el cubierto en ese lugar?

— Es uno de los lugares favoritos de Cortez en Alemania.

— Con un café estaré pagando el sueldo del mesero.

— Andi, ¿quieres relajarte, por favor? — Le pedí con ternura.

— Claro, claro…

— Ese lugar me trae recuerdos de bellas tardes —comenté mirando la fachada del local. —. Cuando iba a la primaria y mi padre no podía ir a buscarme por su queridísimo estudio, Albert iba por mí y me traía a este restaurante a merendar chocolate caliente. Hablábamos largo y tendido; él se interesaba en cómo me iba en la escuela y yo amaba oír sobre contratos y negocios. Él también tenía infinidad de trabajo y obligaciones, y sin embargo lograba hacerse un tiempo para un mocoso que siquiera era su hijo. Siempre pensé que Albert sería un padre espectacular. — Suspiré y mire de nuevo a Anderas. —. Así de jodido es el destino. Él es estéril y yo tengo un padre de mierda.

— Amor, las peleas con tu padre son por mí, ¿cierto?

— Las peleas con Jörg datan de mucho antes de conocernos, Andi. — Me desabroché el cinturón de seguridad y me dispuse a bajar del auto. Andreas me siguió y pude escuchar que siseaba algo para sí mismo. Seguía nervioso, como si fueran a someterlo a la guillotina. Entonces esperé a que rodeara el auto y tomé su mano una vez al lado mío. Este gesto llegó a sorprenderlo. Yo no solía ser demasiado expresivo.

— Vamos. — Cruzamos la calle y entramos al restaurante.

Desfilamos entre los clientes hasta que lo vimos en una mesa junto a la fachada de cristal. Miraba hacia afuera y luego volvía a leer su periódico. Detuvo su lectura al vernos aparecer. Se puso de pie con una amplia sonrisa en su rostro curtido y me abrazó con efusividad.

— ¡Cómo te extrañé, hijo!

— Yo igual —respondí alejándome para verlo a los ojos unos segundos. Éstos brillaban por la emoción. —. ¡Menudo porte! — Halagué su imagen impecable, como era costumbre en él.

— A este carrusel aún le quedan varias vueltas —dijo y rió con complicidad.

Me hice a un lado y miré a Andreas como diciéndole que el momento había llegado. Se lo veía suelto y seguro, pero sólo yo podía ver más adentro de sus pupilas y encontrar allí al terror.

— Ya se conocen, desde luego, pero quiero presentarlos formalmente —anuncié—. Andreas, él es Albert Cortez, mi padre del alma. Y Albert, él es Andreas Markett, mi futuro esposo. — Estrecharon sus manos con una sonrisa cada uno.

— Es un placer conocerte, Andreas.

— Por favor. El placer es mío. — Se soltaron y ahora sí noté a Andreas más aliviado. El primer paso ya estaba dado.

Albert volvió a sentarse en su silla y con Andreas lo hicimos al otro lado. Por debajo de la mesa, mi prometido apretó mi mano durante unos segundos. Sonreí de lado ante este gesto tan íntimo con el que me dijo miles de cosas.

— ¿Quieren almorzar?

— Por la hora preferiría merendar —corregí y éste me dio la razón con un movimiento de manos. —. Un té verde estará bien.

— ¿Y qué hay de ti Andreas?

— Un cappuccino con canela.

— ¡Perfecto! — Alzó su mano cargada de anillos dorados y uno de los mozos se acercó con una bandeja reluciente debajo del brazo. Haciendo una leve reverencia nos saludó a nosotros, los recién llegados. —. Un cortado, un cappuccino con canela y un té verde por favor.

— En seguida. — Volvió al mostrador.

— Despreocúpense. Yo invito.

— ¡Oh, Albert! — Exclamé negando.

— De ninguna manera —intervino Andreas—. Por favor.

— ¡Vamos muchachos! Para mí esto no es un trámite o una transacción. Esto es un placer. Además, la cortesía es mi apellido. — Reímos por el juego de palabras. Cerró el periódico y lo hizo a un lado. Entrelazó sus dedos sobre la mesa y nos miró en silencio unos segundos, sonriendo. —. Es mi regalo de bodas. No sé si lo sabes, Andreas, pero durante el último juicio que tuve que enfrentar le dije a Bill que si conseguía que yo saliera de Tribunales con la frente en alto y un documento que afirmara mi inocencia, yo le regalaría mi casa de Grecia. Esa casa ha sido muy importante para mí durante toda mi vida. Fue la primera propiedad que pude comprarme haciéndome cargo de Cortez Bau Verbunden. — Andreas asintió escuchándolo atentamente. Albert se encargaba de distender la situación con sus anécdotas y sus comentarios soberbios-chistosos. Parecía que percibía en el aire la tensión de mi pareja y sólo quería alivianar las cosas. —. Además no podemos ignorar el detalle principal: amo Grecia.

— Yo igual —dije.

— Somos muy parecidos en esas cosas. Nos gustan los mismos lugares, aromas, comidas, etcétera. ¡Cualquiera diría que somos padre e hijo!

— ¡Totalmente! — Los tres reímos jovialmente, y entre risas recibimos nuestros pedidos. Aproveché el descuido de Cortez mientras endulzaba con edulcorante su café, y miré a Andreas para ver qué tal estaba. Él hizo lo mismo y me dedicó una sonrisa en medio de un guiño. Todo estaba bajo control.

— Quiero agradecerte esto, Albert —dije retomando el diálogo—. Significa mucho para mí que me regales algo tan preciado.

— En absoluto. — Dejó la taza sobre la mesa y volvió su atención a la conversación. —. Llevo años queriendo regalarte algo verdaderamente valioso. No es la casa en sí, como un bien material, sino el hecho de que tú vivirás ahí con tu esposo, formando así un vínculo sagrado. — Miró a Andreas. —. Para mí el matrimonio es una comunión. Una común unión entre dos personas. Es sagrado.

— Así es.

— Quiero que ambos comprendan que están a poco tiempo de entregar su vida a la vida del otro. De eso se trata el matrimonio. Deja de importar el uno, y comienza a surgir el otro. Primero está la felicidad de mi pareja, y si queda algo será para mí. Solos se van a ir dando cuenta que tienen prioridad otros valores. La vida se torna distinta cuando se unen ante los ojos de Dios. — Hizo una breve pausa y posó sus ojos exclusivamente en mi pareja. —. Andreas, la vida quiso que yo no pudiera traer una vida al mundo, y mi deseo desde que me enteré de eso ha sido tener alguien a quien dejarle valores, enseñanzas, que me viera como una persona de bien de la que se pudiera aprender como si hablase de un ejemplo. Pero la vida no da un bache sin extenderte una mano para poder cruzarlo, y afortunadamente uno de mis mejores amigos me permitió relacionarme con su hijo como si fuera el mío propio. — Miré el perfil de Andreas. Noté que estaba muy pensativo, como si cada palabra de Albert estuviera haciendo ruido en su cabeza. Me extrañé. —. Amo a Bill como si fuera fruto de mí, y desde que nació no he hecho más que defenderlo y protegerlo con dientes y garras. A lo que voy, es que en poco tiempo tendrás en tus manos su vida. Te estoy entregando a un ser humano que ni todo el oro del mundo podría equiparar su valor. — Andreas bajó la mirada a su café y al mirar su regazo vi, efectivamente, su pierna subiendo y bajando, moviendo el mantel con la rodilla. Estaba nervioso de nuevo. ¿Qué carajos le pasaba? —. Confío en la elección de Bill, y si él te ha elegido a ti para compartir su vida, entonces yo te apruebo con absoluta certeza. Confío en ti para que cuides día a día de mi hijo del alma, de este hijo que la vida se olvidó de darme. — Andreas asintió levantando la mirada y vi una gota de sudor bajar por su sien. Fruncí el entrecejo. Él mordía su labio inferior con insistencia, como un claro tic nervioso. Estaba a punto de colapsar a pesar de sus intentos por disimularlo. Era fácil pasar desapercibido frente a alguien que no lo conocía, como con Albert, pero conmigo quedaba al descubierto. —. Espero que lo cuides, lo escuches, lo entiendas, lo levantes cuando caiga y que lo hagas muy feliz.

— No lo dude ni un segundo —respondió mecánicamente. Fue como si su cerebro no escuchara nada más que la pausa en la que debe dar una respuesta.

— Bien. — Frotó sus manos y de la silla vacía de junto tomó su portafolio. —. Pasemos a lo emocionante.

Mientras él buscaba, supuse, las escrituras de la casa, toqué la rodilla inquieta de Andreas. Éste se tensó de inmediato y me miró estupefacto. ¿Qué te pasa?, formulé en silencio. Él sólo negó y acarició la mano que lo tocaba, en un gesto sutilmente indirecto para que lo dejara.

— ¿Y cuándo piensan marchar? — Volví mi atención a Albert. Por ende, mi expresión dio un vuelco. Volvía a ser ese Bill alegre y despreocupado, aunque tuviera una bomba de tiempo sentada junto a mí. —. Grecia no queda a dos cuadras.

— No desde luego. Algunos días después de casarnos. Será nuestra luna de miel.

— ¡Oh, claro que no! Tienen que irse de luna de miel a algún lado.

— Quizás París… — Andreas habló por hablar. Su actitud había cambiado drásticamente desde el conmovedor monólogo de Albert.

— ¡París es perfecto! — Las escrituras estaban sobre la mesa, imponiendo su presencia ante nosotros, amenazando con cambiar nuestras vidas para siempre, brindándonos un futuro incierto e impredecible. Nos despojaría de cualquier tipo de cotidianeidad en las vidas que llevábamos hasta el momento. —. Mi firma ya está —dijo con una gran sonrisa, volteando el documento y poniéndolo entre las manos de Andreas. Éste lo miró atónito y luego intercaló miradas con nosotros. Yo estaba igual o más sorprendido que él.

— Disculpa, ¿debo firmar?

— ¡Desde luego! ¿Qué creías?

— Bueno…, supuse que era un regalo para Bill. — Yo no pude contener mi contento con la noticia.

— De ninguna manera. El matrimonio es una unión, y como tal, mi obsequio es para ambos. Es un regalo de bodas.

— ¡Eres un genio Albert! — Solté haciendo una reverencia con los brazos.

— ¡Me sorprendiste gratamente! — Expresó Andreas y Albert rió con gratitud, regocijándose en su buen actuar.

— Me pone muy feliz. Una firma cada uno y la casa será de ustedes. — Andreas mantuvo su sonrisa reaciamente y asintió lento. Tomó la pluma en su mano diestra y miró el documento que se presentaba prepotente ante sus ojos azules. Estudié ese perfil.

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By Andreas

Amaba a Bill. ¿Qué duda había sobre eso? Ninguna. En absoluto. El amor que albergaba en mí hacia él, ya no cabía en mi pecho. Era un amor desbordante. Pero… No, no. Ningún pero.

Sacudí levemente mis ideas y me concentré. Me concentré en el papel y en mi mano lista para plasmar mi nombre y convertirme en propietario de mi destino. De nuestro destino. Sin embargo, algo me daba vueltas en la cabeza.

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— No sé. Ya hablamos de esto y llegamos a un acuerdo, pero sigue rondando en mi cabeza el miedo de que haya alguien más en tu vida. Debemos admitir que esto no es lo mismo desde hace algún tiempo.

— Pero por mi parte… No tienes que preocuparte Andreas.

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— ¿Qué es lo que tú sientes por mí, Andreas? Y que sea la verdad.

— ¿De verdad quieres saberlo?

— Sí.

— Amor. Siento que te amo. Te amo profundamente. Y estoy dispuesto a todo por ti. Esto es sincero.

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Esos recuerdos me llenaban de fuerza y de convicción. Estaba convencido. Bill era la persona que quería para mí. Yo no tenía las dudas dándome vueltas en la cabeza, sino que esas dudas fueron plantadas con el correr del tiempo… Uno tiene ojos y oídos, y hay cosas que no pueden ser ignoradas.

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— Y quiero estar a su lado para verlo, sea del modo que sea, quiero estar con él.

— ¿Por qué dices eso?, es obvio que será como pareja, como novio.

— Yo no creo eso, Thomas. Las cosas no van bien desde algún tiempo. No entiendo qué pudo salir mal.

— Bueno… el tiempo pasa y cambia a las personas.

— Sólo quiero que haya alguien ahí para él. Si no soy yo a quien quiere a su lado, lo entenderé. Pero que alguna persona sea su soporte, su guía. No puede estar solo.

— Siempre estará Georg, o papá… o yo.

— Pero no de ese modo. Alguien que lo ame y que él ame también.

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¡Qué ciego había sido, maldita sea! ¡Desde ese entonces ya pasaba algo entre ellos! Yo me expuse frente a mi peor enemigo, frente a la persona que me había arrebatado a quien más he amado en mi vida… ¿O habré sido yo el que se lo arrebató? Thomas Trümper no dejaba de rondar en mi cabeza. Estaba jugando con ella, manipulando a su antojo mis ideas y mis inseguridades. Estaba tambaleándome en el borde de un abismo.

Iba a caer…

— Andi. — La voz de Bill me sacó de mis pensamientos y me lanzó a la realidad. Lo miré con la mandíbula apretada y los ojos desorbitados sin darme cuenta. Fue cuando vi el temor en su rostro que caí en cuenta. —. ¿Qué pasa?

— Nada amor. ¿Qué podría pasar?

— Entonces firma —susurró intentando sonar dulce.

— Claro, claro. Es que la sorpresa fue muy grande —solté como un imbécil. Por suerte Albert rió.

— Bill, un poco de paciencia. El muchacho tiene razón. — Bill asintió y volvió a tomar la taza de té, pero la preocupación seguía ahí, habitando en sus ojos.

Volví mi atención al documento. Adosé sobre la línea punteada la pluma.

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— Quiero un tiempo… Espera a oír mis argumentos.

— Dijiste que me amabas. De hecho hicimos el amor. No entiendo.

— Nunca dije que no te amara.

— Sigues mintiendo.

— Quizás… Quizás estaba confundido cuando lo dije. Tal vez necesite tiempo para…

— ¿Para qué? ¿Para llegar a sentir amor?

—… sí.

— Llevamos casi tres años juntos, Bill. Yo te amo desde el primer momento en que te vi. Te amaba en tu peor estado incluso. Cuando todos te veían por los suelos, yo confiaba en que te levantarías y te miraba como se mira a la persona más hermosa que puede existir; y no te estoy echando nada en cara porque siempre hice todo por ti sin esperar nada a cambio. Sólo quiero que entiendas que si no llegaste a amarme en tres años, no lo conseguirás en unas semanas o meses. El amor no se crea. Él nace solo.

— ¿Cómo puedes garantizar eso?

— Porque yo sí estoy enamorado. Dime, ¿alguna vez amaste a alguien? Respóndeme.

— Yo… Sí. Por eso sé que no estoy enamorado de ti.

— Supongo que sigues enamorado de esa persona.

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Sentí una punzada nacer en mi estómago. Intentar olvidar esa noche era en vano. Es como cuando barres y escondes la mugre bajo la alfombra. La mugre seguirá ahí. Tu suelo seguirá estando sucio. ¿Para qué mentirse a uno mismo?

Bill no me amaba y me lo dijo aquella noche, entonces ¿por qué le creí hace un mes atrás, cuando volvimos y me prometió que seríamos sólo él y yo? ¿Por qué creí una mentira?

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— Soy un cornudo consciente; sólo juego el papel de tipo patético en esta historia

— ¡Espera, por favor! ¿Qué quieres decir?

— Te dije que se te soltó la lengua… ¿Eso no te dice nada? Todo este tiempo has estado fingiendo; hace tres meses que me traicionas, Bill. Sé que ese ‘tiempo’ fue todo una mentira… ¿Por qué? ¿Qué te hice? Yo te amo, Bill… ¿Merezco enterarme de todo esto ahora?

— Perdóname…

— Te amé siempre, desde que te vi, mi amor… ¿Por qué no fuiste sincero conmigo? Yo no te hubiera juzgado jamás, yo hubiera defendido tu amor hacia tu hermano aunque me desgarrara por dentro…, pero tanta mentira me desborda.

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No, no, no. ¡Basta! ¡Basta ya! ¡Me destroza!

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— ¿Thomi?

— Estoy enamorado de él, Andreas, jamás dejé de estarlo. Desde los quince años que lo amo y él insiste en lastimarme siempre.

— ¿Qué dices, Bill? ¿Estás enamorado de tu hermanastro?

— Sí, y no puedo con el dolor de verlo con esa puta… ¡Él me hizo el amor! ¡Me dijo que me hacía el amor!

— No puede ser, Bill… Mi amor, estás desvariando por el alcohol, ¿cierto? Dime que es eso.

— ¡No me digas así! ¡Yo no soy tu amor, jamás lo he sido! ¡Siempre estuve con él, por eso no podemos estar juntos, Andreas! Perdóname… perdón.

— No…, no Bill, ¡no!

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Sentí un escalofrío sacudirme por dentro. Sólo quería salir corriendo en busca de una respuesta. ¿Qué fue lo que falló? Hubo un tiempo en el que todo andaba bien…, pero apareció Thomas.

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— A ti sólo te queda desprestigiarme porque jamás serás lo que yo soy para Bill.

— ¡No me digas! ¿Y qué eres para Bill?

— Una persona con la que no tiene lazos de sangre. Estás resentido porque jamás podrás deshacer la barrera que los separa. Porque la sangre no se puede cambiar, Trümper.

— Y tú jamás vas a poder contra el amor, rubio. ¿O te piensas que porque se va a casar contigo, te ama? Estás muy confundido. Por nuestras venas correrá la misma sangre, sí. Pero un papel no te va a garantizar su amor, y eso es algo que jamás podrás combatir, tío.

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Y en su remate tuvo razón… “Qué bajo has caído, Markett”. Y sí. Así era. Qué bajo había caído al creer en un cuento de fantasía.

.

— ¿Crees que podamos volver a reconstruir todo aquello que solíamos tener?

— Claro que podemos, Andi. Ya lo estamos haciendo.

— Te amo…, y no me respondas. Solamente quiero que sepas lo que siento y…

— Yo también te amo

.

Bill me mentía, pero aun así no tenía la culpa total de todo. Para que exista una mentira tienen que haber dos: uno que mienta, y uno que le crea.

Finalmente plasmé mi firma en el documento y alcé la mirada hacia ambos con una sonrisa dibujada.

Le cedí el papelerío a Bill y él lo firmó preocupado. Sí. Esa preocupación se había sembrado en su rostro para quedarse. Entre nosotros se respiraba un aire tenso, pero aun así seguíamos actuando en nuestra vida de ficción perfecta.

— ¡Fabuloso! ¡Esto amerita un brindis! — Volvió a llamar al mozo y éste se aproximó con gentileza. —. Traiga el mejor champagne de la casa.

— En seguida.

Continúa…

Gracias por la visita. Te invitamos a continuar con la lectura.

por Antonella Ayelen

Escritora del fandom

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