«Apostemos» Temporada III

Capítulo 27: Sin propósitos

Entramos al auto y él soltó un suspiro prolongado. Me miró y sonrió, ignorando el reciente episodio. Intenté calmarme y olvidarme de mis dudas. Pero no pude. Esas preguntas que me mareaban necesitaban ser contestadas.

— ¿Taza, taza, cada uno a su casa o se te ocurre algo más interesante? — Propuso juguetón, mirándome desde el asiento del copiloto de mi auto con sus cejas alzadas y una sonrisa seductora de lado.

— Quiero hablar de lo que acaba de pasar —dije con poca sutileza—. ¿Qué acaba de pasar? — Se echó a reír pensando que se trataba de una broma o de un simple juego de palabras. Pero serenó su expresión al ver que yo permanecía firme en mi pregunta.

— ¿Cómo qué acaba de pasar? Firmamos las escrituras de nuestra casa, Bill.

— No me refiero a eso exactamente. Hablo de ti y tu actitud. — Quería conservar mi calma, hablar con ternura para que aquello fuera una conversación y no una discusión, pero tenía el presentimiento de que mis nervios me jugarían una mala pasada. —. Te vi tenso mientras Albert nos hablaba, y dudaste sobre firmar o no las escrituras.

— No Bill, te habrá parecido.

— Te conozco bien —tercié. ¡Lo conocía más que a mí mismo! Andreas era un libro abierto ante mis ojos, y en ese mismísimo instante me estaba ocultando algo. —. Mira Andreas, quiero analizar lo que acabamos de hacer y lo que nos espera. — Me moví en mi asiento, girando un poco mi torso para poder mirarlo directo a los ojos. Seguíamos aparcados frente al restaurante donde minutos antes nos habíamos reunido con Albert. —. Vamos a casarnos y vamos a irnos a vivir a otro país, Andi. En nuestra nueva vida juntos ya no va a estar el estudio, ni nuestros compañeros, ni tus amigos, ni tu mamá, ni tu hermana Julieta. Sólo vamos a estar tú y yo con toda una vida por delante. — Él se quedó callado mientras me miraba expectantemente serio. Podía ver cierto enojo asomándose. —. Lo que quiero decir realmente, es que si tú no estás seguro de algo o tienes dudas acerca de este cambio tan radical que está por concretarse, este es el momento adecuado para que lo digas. Aún estamos a tiempo. — Silencio. —. Dime algo por favor.

— No proyectes tus miedos en mí —soltó—. Hazte cargo tú mismo de tus dudas, Bill.

— ¿Qué dices Andreas? No mal interpretes mis palabras.

— Sólo hay una forma de interpretar todo lo que dijiste. Eres tú el que tiene dudas, eres tú el que está inseguro. Buscas que dé el puntapié inicial para librarte, ¿cierto? — Sacudió su cabeza frenéticamente y clavó sus ojos en las afueras del auto a través de la ventanilla de su lado.

— ¿Ves cómo eres? — Reproché. —. ¡Pareces un niño Andreas, por favor! Lo mismo hiciste allí dentro —dije señalando el local al otro lado de la calle—; te encerraste en ti mismo y no te comunicaste.

— ¿Qué carajos son esos términos? ¿Encerrarme? ¿Comunicarme?

— ¡Sí! Te vi con mis ojos, Andreas, yo no estoy inventando nada. ¡Admite que casi entras en crisis cuando te viste enfrente de ese documento!

— No te voy a decir lo que tantas ganas tienes de escuchar.

— ¿Qué se supone que quiero escuchar?

— Quieres que cancele todo. — Sus ojos echaban fuego. —. En eso pensaba antes de firmar. Pensaba en que quizás todo esto sea una pantalla para tapar tus frustraciones.

— ¡¿Mis frustraciones?! — Lo miré incrédulo.

— No seré tu segunda opción, Bill. Lo que yo te ofrezco es simple: una boda y una vida en Grecia. Lo tomas o lo dejas.

— ¡Por el amor de Dios, Andreas! ¡Abre la maldita cabeza! ¡Deja de ser tan cerrado! — Le di algunos golpes al volante y volví a mirarlo. —. ¡Hablas de todo esto como un trámite!

— ¡Tú hablas así! “Este es el momento adecuado para hablar, estamos a tiempo”. ¡¿Qué mierda Bill?! — Vociferó. —. No puedes plantearme algo semejante después de haber sido el único que se preocupó verdaderamente por nuestro casamiento. — Ya sabía que iría por esos lados en algún momento. —. Nada de lo que había en aquel salón ayer fue elegido por ti. ¡Nada! Desde el primer tenedor, hasta la banda sonora, fue elegido por Julieta y por mí. ¡No me voy a casar con mi hermana, te lo informo! Me voy a casar contigo, y desde que te propuse matrimonio no has hecho más que ausentarte. Esta debería ser nuestro mejor momento y sin embargo sigues posponiéndome en tu vida.

— ¿Yo te pospongo en mi vida?

— ¡Sí, me pospones! ¡Ten los huevos bien puestos y admite tu maldita culpa! — Siquiera tomaba aire. Su voz era ronca y ofuscada. —. Creo que es hora de que muestres un poco más de interés en todo esto, ya que todavía no caes en cuenta de lo que verdaderamente significa casarnos.

— ¡¿Dónde mierda estuviste metido todo este tiempo, Andreas?! — Cuestioné ya sobrepasado por su cinismo. —. ¡Pareciera que no estuviste a mi lado durante este mes! ¿Acaso te olvidaste de todo lo que me pasó?

— ¿Hablas del accidente de tu queridísimo Tom?

— ¡Casi se muere! — Sentí tal impotencia, que casi se me fueron los puños hacia su cara.

— Pero no se murió.

— ¿Y eso lo hace menos importante? ¡Imagínate que le pasa a tu hermana!

— ¡No es lo mismo! — Gritó más fuerte de lo que venía gritando. —. Yo no tuve nada con Julieta. — Touché.

— Eso no tiene nada que ver.

— Sí que tiene que ver. Pusiste en un segundo plano nuestra vida juntos por el accidente de tu ex.

— No lo llames así.

— ¿Cómo quieres que le diga? ¡Eso no es un hermano!

— De todos modos no fue lo único que pasó. Te recuerdo que hace pocos días estuve al borde de la muerte, Andreas.

— ¡No caigas tan bajo! No apeles a eso para justificar tu maldito interés en tu hermano.

— ¡Esto es el colmo! — Estaba sordo. Ninguna de las respuestas que pudiera darle iba a satisfacer su enorme egocentrismo. —. Es en vano intentar hablar de nosotros cuando solamente tienes a Thomas en la cabeza.

— Sí. Coincido —dijo bajando notoriamente la voz. Sonaba herido. —. No me metas a mí en tu sortilegio emocional. Si tienes dudas, acláralas, no las proyectes en otras personas. Yo estoy muy seguro de lo que siento. — Miré hacia al frente, a la calle iluminada por la luz del sol en una tarde verdaderamente hermosa. —. Yo te amo y quiero una vida contigo, pero no por obligación. Quiero que tú también lo quieras. Pero el fantasma de tu hermanastro está entre nosotros.

— Está en ti —dije con voz dura sin volver la mirada.

— ¿Sí? — Oí que rió por lo bajo. —. Como digas. Lo único que sé, es que no estamos a tiempo de nada. Los preparativos ya están listos, la casa es nuestra y los pasaportes están reservados. Sólo falta que tú tengas las ganas necesarias para acompañarme en esto. — Negué con la cabeza y cerré mis ojos. Estaba odiándolo tanto, que era mejor callar. —. Llévame a mi departamento por favor.

.

La ausencia de Helga se sentía en la casa. Ya no se escuchaban las risas que compartía con Susan en sus charlas de té. Tampoco se oían las discusiones tan chistosas con Jörg. Helga llegó a la casa con un propósito: asegurarse de que su hijo estuviera sano y salvo, y lo estaba. Volvió a Nueva York a seguir con su vida.

Subí las escaleras tarareando una melodía que había oído en el estéreo de un auto que pasó por la calle cuando estaba estacionando mi BMW en el porche. Pasé por la recámara de Thomas, la cual tenía su puerta abierta por completo. Escuché que éste me llamaba desde adentro apenas me vio aparecer. Me detuve y retrocedí sobre mis pasos. Me recargué en el marco de la puerta y con un gesto interrogante esperé a que hablara.

— ¿Cómo estás? — Alcé una ceja. ¿Eso quería decirme? —. Te vi raro cuando llegaste.

— Estoy perfectamente. Hoy fue mi primer día como desempleado y me la he pasado en grande. — La ironía era una amiga de oro. Él suspiró desde el buro donde se encontraba el terremoto de papeles que intentaba acomodar.

— Así que ya llegó el telegrama…

— Sí. Tienes que mejorar tu redacción. Aunque para ser tu primer despido, está bien.

— Lo siento.

— Me gustó mucho la parte del motivo—continué ignorándolo—. Bonita forma de llamarlo. Injuria, afrenta, mancilla… En fin. Muy bonito.

— Bill —me calló—. Si de mí hubiera dependido, tú seguirías trabajando en el estudio.

— Claro. No dependía de ti, Tom. Sólo eres el vicepresidente del estudio. No hay nada que puedas hacer. — Mi sarcasmo provocaba irritación en mi hermano, pero se le notaba que no quería pelear.

— No es por esto que te llamé. Necesito que me ayudes.

— ¿En qué podría ayudarte?

— Estos documentos me van a volver loco. — Reí bajo.

— Te ayudaría, pero ya no ejerzo la abogacía. Una pena. — Iba a irme, pero se precipitó y volvió a hablar.

— ¡Por favor! — Oí eso y me detuve después del primer paso. —. No puedo hacerlo solo.

Recordé instantáneamente cuando él me ayudaba a estudiar. Fue estúpido, pero para mí era un recuerdo hermoso que atesoraría siempre. Cuando era un simple crío que quería seguir los pasos de su padre, sin sentir ningún cariño por mi profesión. Hoy que ya no podía ejercerla me daba cuenta de cuánto amaba las leyes.

— Vale —cedí entrando a su cuarto. Él me miró anonadado gratamente. —. Te voy a ayudar.

— Gracias. — Estaba sorprendido por mi cambio de opinión, pero no insistió. —. Se trata de estos casos viejos. La verdad que estoy perdido. — Adosé una silla más al mueble y fruncí el seño sobre los papeles.

— Esto es viejísimo… ¿1996?

— Son de Jörg.

— Me di cuenta. — Rasqué mi cabeza y medité en silencio unos segundos. —. Bueno, lo más conveniente es acomodarlos por fechas.

— ¿Seguro? Estaba pensando en hacerlo por orden alfabético.

— No —insistí—. Por fechas es mejor. Lleva una anotación personal aparte de la de los archivos. De esa manera tendrás un orden propio sin depender de las computadoras del estudio y el Estado.

— No lo había pensado así —dijo con una media sonrisa—. Además es más sencillo.

— Totalmente. — Entonces comenzamos a revolver los papeles al unísono. Él se encargaba de los mil novecientos, y yo del dos mil en adelante.

— Oye Bill…

— Dime.

— Insisto en que te noté extraño cuando volviste en la tarde.

— Te pareció mal —dije obviando la pelea con Andreas. Quizás eso le creaba algún tipo de ilusión o expectativa, y no quería otra escena de esas que me destrozaban por dentro.

— Claro… ¿Firmaste las escrituras?

— Ambos lo hicimos. — Noté que detenía su acción y volteaba a verme.

— ¿Andreas también firmó?

— Así lo quiso Albert. Quería que la casa fuera de ambos.

— Oh… No esperaba eso.

— Ni yo. — Intenté seguir como si no hubiera ocurrido nada, como si aquel fuera un tema de poca importancia. De lo contrario, comenzaría a entrar en una crisis nerviosa.

— Dos semanas, eh…

— Una semana y días —dije—. ¿Vas a ir? — Pregunté sin mirarlo, sintiendo una pelota en el estómago al notar sus ojos clavados en mi perfil.

— Sí. — Supe que callaba miles de cosas detrás de ese simple monosílabo. Temblé. —. ¿Te vas a ir apenas te… te cases? — Carraspeó intentando sonar normal.

— Así es. — Tomé un montículo de papeles y se los di. —. Estos van por allá. — Los agarró y sus dedos tocaron los míos, y ahí se quedaron. Su tacto me hizo sentir un escalofrío, y sus ojos, fijos en los míos como contemplando el infinito, me penetraban hasta lo más hondo del alma. Me hería, y me llegaba a desgarrar. Llegaba a quebrantar cada hueso, a detener el fluido de mi sangre, a eliminar neurona por neurona. Me dejaba estúpido.

Alejé mi mano. Rompí el contacto físico y el visual.

— ¿Seguimos?

— Claro.

.

By Tom

Amanecí mirando otro techo. El cielorraso color blanco liso con la lámpara apagada. El cuarto estaba iluminado por la luz solar radiante. Esa mañana desperté una hora más tarde que de costumbre. Necesitaba ese descanso, y aproveché la cercanía de mi departamento con el estudio para poder vencerme al sueño.

Me senté en la cama. Esa cama que ahora tenía un solo cuerpo desnudo y solitario. El mío.

Caminé en semidesnudo por la recámara, metiéndome luego en el baño para una ducha rápida.

Al pasar por el ventanal, no pude evitar detenerme a observar a todo Berlín despertando. Los autos siguiendo su destino, la gente corriendo como en una coreografía eterna. Quería detener todo por un momento. Quería parar el rumbo de la gente, el eje del sol, las hojas cayendo al suelo desde la copa de los árboles. Quería detener la suave y helada brisa que sacudía los cabellos de las personas. Quería detener la jadeante respiración de los perros callejeros. Quería contemplar hasta el más mínimo cambio, el más mínimo detalle. Quería verme a mí también detenido. ¿Qué espacio ocupaba en un mundo tan gigante? ¿Podía detener el tiempo? ¿Podía volverlo hacia atrás, rebobinarlo como a una cinta de video?

Me alejé de la ventana y me adentré en el cuarto de baño.

Al salir, ya lucía mi traje reluciente, con una corbata azul petróleo ajustada al cuello y mis trenzas hacia atrás. Ya me había transformado en otro más cuando me vi caminando por la calle, bebiendo un café para llevar. ¿Era eso lo que quería para mi vida? ¿Quería la soledad en un departamento donde antes había compañía de amor? ¿Quería caminar entre la gente rumbo a algún lugar? ¿Quería ser un abogado prestigioso a cargo de un estudio de renombre? ¿Quería ser alguien como Jörg? Tantos años sin una figura paterna y ahora la estaba encarnando en carne propia. El miedo de Bill se estaba cultivando dentro de mí. No renegaba del padre que tenía, pero estaba seguro de no querer parecérmele en nada.

Entré al estudio saludando con un movimiento de cabeza al hombre encargado de la limpieza. Él me saludó con respeto, ignorando mi incertidumbre camuflada detrás de un traje Armani.

— Buenos días, licenciado. — Tania había perdido la costumbre de tutearme. Yo sabía que lo hacía adrede. Estaba molesta por el despido de Bill, y tenía el presentimiento de que renunciaría en poco tiempo. —. Velásquez llamó y confirmó el almuerzo.

— Muchas gracias. ¿Algo más?

— Sí. Demandaron al estudio por quinientos mil dólares. —dijo casi con placer. Fruncí el entrecejo y le arrebaté de las manos el documento que me extendía. Lo leí detenidamente. En efecto, era una demanda. —. Hospital Central de Hamburgo.

— Gracias Tania. — Me volteé sin dejar de leer el papel. Golpeé la puerta del despacho de mi padre y esperé a su afirmativa del otro lado.

— Buenos días.

— Serán malos después de que leas esto —dije entregándole el papel. Afianzó sus lentes de lectura y bajo un ceño enmarcado, leyó en voz alta.

— En el día de la fecha, el doctor Clarence Salazar Ferreira, matrícula número 46378201 y director del establecimiento de la Salud Central de la Ciudad Autónoma de Hamburgo, se dirige por derecho propio a los licenciados Thomas Trümper y William Kaulitz, Estudio Jurídico de Abogados Kaulitz & Asociados, a efecto de radicar una denuncia penal en contra de los mismos… Carajo.

— Es por la niña —dije—. El hospital ha perdido prestigio y el director quiere una indemnización o de lo contrario llevará el caso a juicio penal y público. — Jörg dejó el documento enfrente de él y lentamente se sacó los lentes, pensativo.

— Aclaremos algunos puntos —dijo entrelazando sus dedos a la altura de su mentón. Yo recargué mi peso sobre mis manos, abiertas sobre la madera de su escritorio. —. Primero debes calmarte. Piensa la situación en frío.

— ¡Jamás me han demandado! — Exclamé.

— Tranquilo. Esta es la primera demanda, pero no será la última. Las contrademandas son muy usuales después de un juicio público y tan polémico como fue el de Cortez. Lo que debes hacer es buscarte un buen abogado que defienda los intereses del estudio y los tuyos propios.

— ¿Los del estudio? Es decir que tiene que ser alguien que trabaje aquí. — Asintió en silencio.

— En mi opinión, Andreas es ideal. — ¿¡Qué?! —. Tiene mucha experiencia en contrademandas.

— Él va a pedir el traslado en poco tiempo, y lo sabes.

— Sí, es verdad. En ese caso te recomendaría que te defiendas tú mismo.

— ¿Defenderme yo mismo?

— Y a tu hermano. — Abrí mi boca ahogando una exclamación, indignado. —. No te precipites y escúchame. La demanda recae sobre el estudio y por ende debe defenderlos un abogado que tenga acceso con más facilidad a los documentos, contratos y casos. De lo contrario, esto llevará meses.

— Echaste a Bill —dije al aire, atando cabos sueltos en mi cabeza.

— Sí. ¿Y?

— Bill no va a poder defenderse.

— Vas a defenderlo tú.

— ¿Defenderme a mí y alguien más? ¿Te oyes?

— Me oigo perfectamente. Tengo mucha más experiencia que tú en este tipo de situaciones, así que guarda silencio y apégate a lo que te digo. — Ese tono autoritario no me gustaba en absoluto. —. Toda demanda puede llegar a un acuerdo. Tu deber como abogado defensor de tus intereses, los de un colega y los del establecimiento en donde trabajas, es llegar a ese acuerdo. ¿Cómo se llega a un acuerdo? Proporcionándole a la parte demandante lo que pide.

— Es decir, quinientos mil dólares.

— Exacto. Presenta formalmente un acta donde deje en claro que harás uso de tu derecho de auto defenderte y acuerda una reunión conciliadora con el cuerpo directivo del hospital.

— ¿De dónde voy a sacar ese dinero?

— Ese ya no es un asunto que me incluya —dijo—. Todavía estoy pagando la última salvada de pellejo que hice por Bill cuando se endeudó hasta la médula gracias a su amiguito narcotraficante. Si fueron buenos para pasar sobre las medidas de seguridad y la reglamentación de un establecimiento de la salud nacional, serán buenos para conseguir quinientos mil dólares, ¿no crees? — Deslizó el documento por lo largo del escritorio hasta dejarlo cerca de mis manos. —. Es todo en lo que puedo asesorarte. Pero te advierto que no quiero que esta demanda llegue a la corte, ¿entendiste?

— Voy a defender mis derechos apelando a la ley. Con Bill no hicimos nada ilegal y las pruebas ya fueron presentadas el día del juicio —aclaré severo.

— Vas a defender los derechos y el buen nombre del estudio, antes que a ustedes —insistió intensificando su mirada sobre mí—. Sus carreras son breves en comparación a la mía y a la historia de este lugar.

— Ya entendí todo —solté tomando el documento—. Primero el estudio, después todo lo demás —dije despectivamente, realmente herido.

— Así es —afirmó alzando el rostro, firme y convencido.

— Con permiso. — Pero antes de retirarme, cuando estaba ya con mi mano sobre el picaporte de la puerta, me llamó.

— Thomas— Volteé y lo miré en silencio. —, desde ya te aviso que si no puedes con esto, voy a evaluar seriamente tu permanencia en el cargo de socio. — Aquello fue suficiente. Salí azotando la puerta, reafirmando mi idea de jamás asemejarme a ese ser.

.

Entré a la casa dando un portazo. Dejé caer las llaves en el recibidor e inmediatamente me despojé de mi pesado abrigo, colgándolo en el perchero de la entrada. Ladeé mi cabeza hacia mi hombro izquierdo y luego hacia el derecho, oyendo cómo sonaban mis vértebras. Estaba exhausto.

— ¡¿Qué carajos significa esto?! — De bienvenida, el grito estrepitoso de mi hermanastro. Se levantó de un bote del sofá y me increpó apenas verme. —. ¡¿Cómo mierda pudieron demandarnos?! — Sacudía en su mano derecha el sobre violentado con la demanda adentro.

— Bill, por favor, acabo de llegar.

— Necesito que solucionemos esto ahora mismo. — Agradecí que al menos bajara el volumen de la voz, ya que la cabeza me daba vueltas.

— Es todo muy claro. El hospital nos demandó por el caso Gómez. O lo indemnizamos, o nos llevan a juicio oral y público.

— ¡Esto es una locura! — Tomé asiento en el sofá individual de la sala y allí masajeé mi adolorida frente. —. Nosotros no violamos ninguna ley; no veo el delito. ¿Sabes qué sucede aquí realmente? — Alcé la mirada hacia sus ojos vueltos llama.

— ¿De qué hablas?

— ¡El puto Estado, Tom!

— ¿El Estado? — Estaba delirando. Era obvio.

— ¡Sí! El gobierno. Piénsalo. El hospital es un establecimiento público y nosotros hicimos quedar como el culo sus normas de seguridad. La gente comienza a preguntarse si están haciendo bien al dejar a sus seres queridos en un recinto del gobierno. ¿Entiendes? Les hicimos perder miles, Thomas, y ahora quieren recuperarlos. — Tenía sentido. Tenía mucho sentido.

— ¿Y qué piensas?

— Pienso que hay que llevarlos a juicio a los malditos. ¡Jamás me he dejado doblegar por el puto gobierno! ¡No me van a sacar ni un solo centavo! — Oh, demonios… —. Si piensan que William Kaulitz va a agachar la cabeza, están muy equivocados.

— Bill, tú ya no estás ejerciendo.

— ¿Y? Estás tú, ¿o no? — Alcé ambas cejas y reí esperando a que confirmara que era una broma.

— ¿Hablas en serio? — Asintió cruzándose de brazos. —. ¡No puedo defendernos a ambos!

— ¡Oh por favor! Claro que puedes, Thomas. Que no te agarre un puto ataque de humildad.

— No, no entiendes. No podemos ir a juicio.

— ¿Por qué no? El gobierno nos está demandando, lo que quiere decir que el juicio tendrá fecha para muy pronto. — Soltó una risa socarrona. —. Hijos de puta. Para sacarle plata a la gente son rápidos. Muy rápidos.

— De todas formas, no es una buena idea.

— ¡Vamos Thomas! Si lo dices porque saldré del país, te recuerdo que hasta que empiece el proceso puedo hacer lo que se me plazca. ¡Los haremos mierda! ¡Malditos!

— ¡Bill! — Grité para traerlo a la realidad. Se había ido meses y meses adelante, mientras yo tenía algo muy serio que decirle.

— ¿Qué?

— No vamos a ir a juicio. Vamos a pagarle los quinientos mil dólares que nos piden en una reunión conciliadora.

— ¡¿Qué?! ¡Ni de coña! ¡No pondré ni un solo centavo! — Exasperado, se sentó de nuevo en el sofá doble. —. ¡Eres un cagón, Tom!

— Yo no tomé esta decisión.

— ¿Quién entonces?

— Jörg. — Enmudeció. —. La demanda recae directamente sobre el estudio y papá no quiere que se haga público todo este escándalo.

— Me estás jodiendo, ¿cierto?

— No—dije bajando la mirada—, es en serio. Además me dijo que si no llegábamos a un acuerdo pacífico y privado, podía ir despidiéndome de mi cargo.

— ¡Es el puto colmo! — Exclamó dándole un golpe al mullido sofá, justo al lado de su pierna. —. ¡Es el colmo tener que rebajarse ante esos imbéciles de ultra derecha! ¿Y todo por qué? ¡Por su maldito estudio! — Otro golpe. Me preocupaba que sus nervios se dispararan y volviera a rechazar los medicamentos.

— Cálmate.

— ¡No puedo calmarme, Thomas! ¡Te está haciendo lo mismo que me hizo a mí! Te está utilizando como su conejillo de indias, exprimiéndote el jugo que a él le sirve. Para cuando estés seco, te desechará.

— ¡Oye, estás hablando de tu padre!

— Lo conozco de sobra —dijo frío—. Ilústrame, ¿de dónde vamos a sacar semejante suma de dinero? Porque te recuerdo que aún sigo endeudado con el banco y no creo que tú tengas todo ese dinero en tu cuenta corriente.

— Tienes razón, no lo tengo. Pero algo hay. Y eso, más el dinero del departamento, alcanzará. — Bill frunció el seño sin comprender.

— ¿Qué departamento?

— Mi departamento.

— ¿El que está cerca del centro?

— El mismo. — Bajó la mirada al suelo mientras asentía en silencio. —. El único departamento que tengo.

— No creo que sea buena idea… Quiero decir, puedes hacer lo que quieras con él, pero piénsalo… Piénsalo —repitió mirándome a los ojos de una manera extraña. Ambos sabíamos lo que significaba ese lugar en nuestras vidas, y sin duda me dolía más a mí que a él desprenderme de tan valioso espacio.

— Ese departamento se ha sobrevaluado. Si lo vendo, el dinero será suficiente para llegar al acuerdo y evitarnos un escándalo millonario.

— Si yo aún estuviera en el estudio, te aseguro que los haríamos mierda…

— Pero no estás —corté con voz débil, y no le quedó más remedio que aceptarlo.

— No voy a ir a esa reunión —dijo firmemente—. No les daré el gusto de verme aceptar sus malditas condiciones.

— Como quieras. Puedo ocuparme. — Se puso de pie como resignado y suspiró.

— ¿Estás seguro de querer vender el departamento? — Preguntó antes de marcharse.

— Compré ese lugar con un propósito. Y ese propósito se va a Grecia en unas semanas. — Sentí una maldita punzada en mi estómago. Era un tema que me costaba asimilar. —. No vale la pena.

— Como quieras. — Dicho esto, me quedé solo en la sala.

Continúa…

Gracias por la visita. Te invitamos a continuar con la lectura.

por Antonella Ayelen

Escritora del fandom

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