«Apostemos» Temporada III

Capítulo 28: A tu lado

En la cocina reinaba el silencio. Susan no estaba preparando el desayuno o escuchando la radio como normalmente hacía. Había ido a recoger a María Eugenia, su hija, al aeropuerto con John.

Era el día. El día en que me casaría con Andreas. Eran las nueve de la mañana. Nueve horas me separaban de mi destino. ¿Y la discusión de dos semanas atrás? ¿Y sus dudas al firmar las escrituras de la casa? ¿Y mi enojo? Todo quedó guardado. Era curioso cómo tuvimos la capacidad de seguir como si tal episodio nunca hubiera tenido lugar. Ignoramos todas las cosas horribles que nos dijimos, ignoramos el tema de Thomas, ignoramos las inseguridades; todo. Ignoramos todo y seguimos adelante con nuestras vidas normales y corrientes. No me pregunten por qué. Supongo que todo había quedado claro. Ninguno cedió. Ninguno se opuso a casarse o a irse a vivir a otro país. Andreas terminó los trámites para transferirse a un estudio jurídico griego. Todo iba viento en popa.

Thomas había estado atareado al cien por ciento. Día y noche con trabajo tapándole la cabeza. Se lo veía más alterado y ausente que de costumbre, y sospechaba que había empezado a fumar. Yo tenía atragantadas algunas cosas para decirle a Jörg respecto a ese tema. Estaba usándolo como hizo conmigo. Thomas estaba sobrecargado y en breve colapsaría. A pesar de todo era mi hermano y no quería que pasara por las crisis de estrés que yo viví.

Recientemente, Georg rechazó una propuesta bastante generosa de Seeger acerca de ir a trabajar a su estudio. Nadie entendió por qué se negó a tal contrato, pero yo sí lo hice. ¿Cómo trabajar para el hombre que está casado con el amor de tu vida? ¿Cómo trabajar teniendo que ver todos los días a aquella mujer? Insoportable. Tenían proyectos de huir juntos, de empezar una vida lejos y solos con su amor. Nunca entendí exactamente cuál fue el motivo por el que las cosas no funcionaron entre ellos, pero sí es claro que Georg acabó muy herido. Ahora se corren rumores acerca de una posible renuncia de su parte. Yo sospecho que se debe a mi ausencia. Él me dijo que el estudio ya no era el mismo, que Thomas se estaba tomando atribuciones que no le correspondían, pero lo que nadie sabía era que mi hermano estaba siendo fuertemente presionado por Jörg. Tom no andaba con aires de líder por la vida, sino que tenía tantas responsabilidades cargadas en su espalda, que ya no sabía manejarlo. Era normal. Ahora que yo no estaba, nuestro padre depositaba todas sus expectativas en el nuevo heredero, y él no estaba hecho para eso.

Gustav y Richael estaban viviendo juntos desde hacía pocos días. En el departamento de ella, desde luego. Gustav abandonó el barrio por completo. Le pagaba las cuotas de la Universidad a Sam el mudo y se alejó de Santos, de Franc y hasta de su fiel amigo Nicolás, el cual ya no era tan fiel… En fin. Me alegré mucho por él. Comenzó una vida completamente nueva, y sólo era el inicio. Pensaba quedarse junto a la morocha los primeros meses de embarazo para luego internarse y cumplir condena al mismo tiempo. Dos años. Era complicado hacerse a la idea de ir a visitarlo a un lugar así; al menos por mi parte, jamás imaginé que Gustav tomaría una decisión semejante. Richael le garantizó que iría todos los fines de semana para que no se perdiera detalle de (decía él) su pequeño niño. Aunque para su hermana Priscila y para mí sería una hermosa niña.

— Buen día. — La voz de mi padre interrumpió mis pensamientos.

— Buen día. — Abrió el refrigerador y sacó una botella de agua mineral. Introdujo una pastilla en su boca y le dio unos cuantos tragos desde el pico. Luego me miró sonriendo de lado. —. ¿Tú ya tomaste tu medicación?

— Sí —respondí sin prestarle demasiada atención. Volvió a guardar la botella y me miró inexpresivo, sólo con esa estúpida sonrisa indescifrable. —. ¿Sabes qué día es hoy?

— Sábado. — Alcé una ceja y soltó una risotada molesta. —. Bromeo. Hoy te casas, lo recuerdo.

— ¿Y bien?

— Dime.

— ¿No vas a decirme nada? — Divagó con la mirada por la cocina, pensando, y volvió a hablar.

— Suerte. — Yo mordí mi lengua y respiré profundo. Quizás sea otra de sus malditas bromas…

— Te lo preguntaré por última vez, papá. ¿Vas a estar presente? — Otro silencio. Otro silencio eternamente breve.

— Te responderé por última vez… No. — Tragué grueso, sintiendo mi boca amarga. Un nudo en mi garganta y las lágrimas queriendo amontonarse en mis ojos. Me sentí estúpido. Estúpido por tener una efímera esperanza de que su pensamiento hubiera cambiado. Creía que con los hijos había que dejar a un lado el ego, la soberbia y el orgullo. Pero no. Él no lo entendería hasta que su cabeza diera contra la pared por sus propios actos.

— ¿Por qué haces esto? — Pregunté dolido. —. ¿Por qué me haces esto?

— Es mi tarea como padre.

— ¿Tu tarea es arruinarme la vida?

— ¡Oh por favor, no seas tan dramático! Al fin y al cabo, este día significa lo mismo para ti de lo que significa para mí. No me vengas con el cuento de la boda mágica y la vida colmada de felicidad. Sabes bien la pésima decisión que estás tomando. No volveré a repetirlo.

— No pienses por mí.

— ¿Tú pensarás por ti mismo? — Preguntó socarronamente, como retando a un rival. —. Te ha ido muy bien en la vida desoyendo mis consejos —ironizó.

— ¿Tus consejos? ¡¿Qué consejos Jörg?! ¡¿Cuándo me diste siquiera uno solo?!

— No te hagas el hijo abandonado porque no te faltó nada durante toda la vida.

— ¡Ese no es el caso! ¿Todavía crees que tus lujos era todo lo que necesitaba? ¡Hasta el día de hoy me sigues negando lo esencial!

— ¿Y qué es eso?

— Amor. — Me miró a los ojos durante unos segundos, sosteniéndome la mirada acuosa. —. Toda la vida me faltó tu amor. Hasta el día de hoy.

— Yo te amo hijo.

— No parece.

— ¿Tengo que ir a esa mentira de casamiento para demostrarte mi cariño?

— Tienes que dejar de ser tan jodidamente orgulloso. Eso tienes que hacer. Tienes que dejar de poner tu puto ego delante de tus hijos, o ese maldito estudio. ¡Maldita sea Jörg! ¡¿Por qué es tan importante ese lugar para ti?! ¡¿No te das cuenta que tu trabajo destruyó nuestra familia y lo sigue haciendo?!

— Tú solo te buscaste tu despido.

— No hablo de mi despido. Es más, te agradezco que me hayas despedido. Estaba arruinando mi vida sin darme cuenta.

— ¡Si tú amas la abogacía!

— ¡Lo que me arruinaba era trabajar contigo, con tu maldita soberbia y avaricia! ¡O sino mira a Thomas!

— ¡No lo metas a él en esto! — Defendió desesperado, alzando la voz y transformando su rostro de un momento a otro repentinamente. Me asusté, pero no lo demostré.

— ¡No seas cínico! ¡No hay ciego peor que el que no quiere ver! — Le di un golpe a la mesa de madera a mi lado. Mi mano quedó ardiendo, como si tuviera fuego saliendo de ella. —. ¡Date cuenta que estás repitiendo la historia con él!

— ¿Qué estupideces estás diciendo?

— ¡La verdad! Estoy diciendo la verdad por mucho que te pese escucharla. ¿O acaso no ves cómo está? ¡Está sobrepasado y todo por tu causa! ¡Deja de usarlo como si fuera tu puto esclavo! ¡Date cuenta que él no es como yo!

— No. Él no es como tú. Él sí es mi hijo. — Fruncí el seño y a pesar de mis lágrimas brotando sin filtro de mis ojos, reí.

— Es tu hijo porque permanece sumiso a tus órdenes, ¿no? — Volví a reír. Ahora más fuerte. —. ¡Es tan gracioso que lo llames hijo después de haberlo negado durante diecisiete años! ¡Eres genial, Kaulitz! Realmente me das asco.

— Thomas supo perdonarme. Tú en cambio siempre estás reprochándome cosas terribles del pasado…, de tu madre. — Sacudió la cabeza y bajó la mirada. Noté que se había quebrado. Lloraba al recordarla. Supuse que se debía al día que ameritaba. Yo estaba a horas de independizarme y alejarme de él, y notaba el peso de la soledad. Por eso estaba actuando de ese modo con Thomas. Quería retenerlo a su lado, y como las cualidades paternas nunca fueron su fuerte, actuaba como un buen jefe, dándole prioridades y más poder. No se daba cuenta lo mal que le estaba haciendo en realidad.

— Sí… Quiero que te duela Kaulitz. Quiero que sientas dolor —dije ahogado en lágrimas—. Quiero que sientas algo de lo que yo estoy sintiendo ahora y sentí toda mi vida. Siente la soledad. — Sentí que no podría continuar hablando. El nudo en mi garganta hacía mi voz vibrar. Cabizbajo, él tapaba sus ojos y se sacudía por el llanto. —. Esta soledad que te está rodeando ahora mismo, va a ser tu prisión. Vas a pagar todas tus culpas finalmente cuando te veas solo en esta casa enorme llena de lujos y recuerdos. Se fue mamá, se fue Helga, se fue Susan, me iré yo, y se irá muy pronto Thomas. Todos se alejan de ti por la misma razón y sigues sin aprender. ¿O sigues pensando que los del problema somos todos nosotros? ¡No! ¡El maldito problema eres tú! ¡Tú arruinaste mi vida, papá! ¡Tú me convertiste en un hombre cuando era apenas un niño! ¡Tú me metiste en ese macabro estudio jurídico, tuve que seguir tus pasos! ¿Y todo para qué? — Tomé aire desesperadamente y sentí mis rodillas doblarse. Iba a caer… Me sentía tan débil, tan roto por dentro. —. ¡Quería ser tu orgullo!

— Lo eres… —sollozó sin mirarme.

­— ¡Jamás lo fui! ¡Nunca reconociste ni una sola cosa en mí! ¡Nunca supiste ver lo bueno y puro! ¿Sabes qué viste en mí? Mis errores. Viste las cosas malas. Sólo ahí capté tu atención. ¡Y me abandonaste durante dos años en esa puta clínica…!

— ¡Basta con eso! ¡¿Cuántas veces más me lo vas a echar en cara?! — Gritó abandonando su pacífica postura y tomándome por los brazos, zamarreándome como un desquiciado.

— ¡Toda mi maldita vida! — Le grité aun más fuerte. —. ¡Les mentiste a todos para no pasar vergüenza!

— ¡Nunca sentí tal cosa de ti!

— ¡¿Y por qué carajos no dijiste la verdad?! ¡Soy un adicto, Kaulitz! Aunque te pese, soy exactamente todo lo contrario a lo que siempre quisiste. — Me soltó y secó su rostro con furia, volviendo a ese semblante duro e inquebrantable que siempre tenía cuando se le cantaba las verdades en la cara. —. Y vas a seguir negándome hasta que ya no me veas todas las mañanas al despertar y llegues a extrañarme. Porque, cuenta con eso Jörg, cuando yo me suba al avión, no volverás a verme en tu puta vida. — Me largué de la cocina con las pocas fuerzas que me quedaban en las piernas para caminar.

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— Sin duda esa base tapa cualquier tipo de imperfección —comentó la alegre maquilladora mientras el diseñador Eduardo Estraves me remangaba las mangas de la camisa blanca y negra. Mi jopo futurístico estaba más corto y con las puntas paradas, dándome una imagen de lo más rebelde.

— No tengo imperfecciones —corté con voz dura, recibiendo una sonrisa por parte del diseñador.

— Bueno…, puede ser…

— Es. — Volví a determinar.

— ¡Perfecto! — Exclamó Eduardo observándome desde algunos pasos de distancia. Me reflejé en el espejo de cuerpo entero e intenté sonreír. El cuarto apartado del salón relucía por la luz artificial blanca y todos los lujos con los que contaba. Un paraíso de maquillaje, zapatos de todos los números, colores y formas. Sin embargo, mi espíritu estaba apagado. No sabía si era por el casamiento en sí, o por otra cosa… Sinceramente, aquella sensación me era ajena por completo. —. Esos zapatos que elegiste lucen perfecto con el traje —apremió sacándome de mis pensamientos.

— Gracias —dije por lo bajo, mirándome de nuevo de pies a cabeza. De glamuroso y feliz, sólo tenía el porte. Por dentro quién sabe qué carajos me pasaba.

— Señor. — La voz de Jimmy interrumpió el clima de preparativos que se había formado. Lo vi parado en el vano de la puerta del cuarto. Me acerqué a él, quien lucía una mueca de seriedad que, si bien era digna de él, me asustaba un poco. ¿Sería por ese presentimiento oscuro que tenía en esos momentos?

— Jimmy, ¿qué ocurre?

— Su hermano quiere comunicarle algo. ¿Lo hago pasar?

— ¡Desde luego! — Salió de la sala y esperé a que Thomas entrara. ¿Qué querría? Seguro venía a dar su último golpe para desestabilizarme y hacer que no me casara. Rogaba a Dios que no fuera eso, porque con lo débil que estaba, cualquier contacto visual prolongado y caería rendido a sus pies. Sentía que necesitaba eso: que alguien me rescatara. Esa sensación de estar cayendo que sentía desde hacía semanas, lo cual hizo que me aferrara a Andreas como salvación. Pero no. No era Andreas mi salvación.

— Permiso —dijo Thomas irrumpiendo en el lugar. —. Bill —llamó. Estaba hermoso. Lucía un traje de sastre color negro azulado con una camisa gris debajo. Simplemente maravilloso

— Dime.

— Necesito decirte algo en privado, ¿puede ser? — Miré a Eduardo y a la maquilladora y con un gesto les pedí que nos dieran intimidad. Ambos salieron educadamente y cerraron la puerta detrás de ellos.

— Thomas, falta media hora para casarme —recordé en tono suplicante.

— No te vas a casar —dijo paseando la mirada por todo el lugar, sin poder dejarla quieta en mis ojos.

— ¿Otra vez con lo mismo? — Cuestioné cansado. —. Por favor, no lo hagas más complicado. Ya lo hablamos y aclaramos las cosas. Es difícil para mí y te agradecerías que supieras respetar mi decisión.

— No se trata de nosotros —cortó posando al fin sus ojos sobre mí. Algo estaba apagado en su mirada. Algo ya no brillaba y no supe distinguir de qué se trataba.

— ¿Qué es entonces?

— Es sobre papá.

— Oh no… — Rasqué mi nuca y tomé aire. —. Mira, si es por la pelea que tuvimos hoy en la mañana, ahórrate el sermón. Se negó a venir a mi boda —recordé—. ¿Qué clase de padre se ausenta en un día tan importante? — Negué varias veces con la cabeza y retrocedí algunos pasos. —. No. No tiene perdón. No quiero saber nada de él. No me interesa. Que tome su orgullo y se vaya a la mierda…

— Bill —interrumpió subiendo el volumen de su voz, tapando el mío—. Papá tuvo un infarto. Lo llevaron de urgencia al hospital.

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By Tom

Sentado en la mullida silla de caño forrada con una tela tipo seda color blanco, miraba directo hacia el altar, donde el cura marcaba ciertos pasajes de la biblia con una expresión serena. El ochenta por ciento de los invitados eran socios del estudio, viejos clientes amigos y gente hipócrita que sólo aparece en eventos como estos. Supe diferenciar a una mujer rubia de unos cincuenta años junto a una joven menor que Andreas, como sus familiares. El rubio era idéntico a su madre. Nariz respingada, cabellera dorada y unos ojos azules que más que ojos eran dos faroles. A mi lado la silla vacía que tenía que ocupar Jörg. Tenía las esperanzas intactas de que a último momento apareciera para llevar a su hijo al altar. Sin embargo, una parte de mí insistía en que el sucio orgullo de mi padre vencería cualquier detalle de amor. Cortez lo reemplazaría, entregando al amor de mi vida a los brazos de otro. Y yo ahí, en primera fila presenciando aquel espectáculo.

¿Cómo llegamos a esto? ¿En qué momento nuestros caminos se desviaron así?

Volví a mi mirada en alto. No quería que me vieran triste. Todos estaban expectantes del lugar, de sus excentricidades. La orquesta en vivo tocando una pieza de música clásica de fondo, los canapés lucían sabrosísimos y los mozos sonreían amablemente mientras ofrecían copas de champagne. ¡Cuánta vulgaridad!

De repente, alguien me toma fuertemente por el hombro. Me aprieta. Me clava unas uñas. Me giro algo molesto y me encuentro con Susan, con un sombrero azul aspaventoso tapando sus ojos con un tul de igual color. Lucía tan hermosa, que tardé en reconocerla.

— ¡Su! Me asustaste. ¿Qué necesitabas?

— Jörg… —murmuró con voz temblorosa, al borde del llanto. Fruncí el entrecejo y me puse de pie lentamente, sin querer llamar la atención. Aproximé mi perfil a su rostro. —. Jörg tuvo un infarto… ¡Dios! — Me alejé rápidamente de ella y la miré a los ojos. Ella había comenzado a llorar a pesar de la fuerza evidente que estaba haciendo por evitarlo.

— ¿Qué dices? — Cuestioné casi inaudible.

— Hay que decírselo a Bill ahora mismo e ir a la clínica.

— Que Georg comunique que la boda se suspendió —dije antes de salir a pasos largos del lugar.

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— ¿Qué? — Cuestionó retrocediendo otros dos pasos. Negó con la cabeza primero lento y pausado, para luego hacerlo frenéticamente. Avancé para contenerlo pero él retrocedía más. —. No, no… ¡Aléjate! — Chocó contra un mueble lleno de sombras cosméticas para los ojos, las cuales se desparramaron en el suelo.

— Por favor… Quiero contenerte.

— ¡No puede ser verdad! — Gritó cerrando sus ojos con fuerza y tapando sus oídos. —. ¡Eres un mentiroso!

— Bill… — Lo tomé desprevenido por ambos hombros y lo sacudí suavemente. Abrió sus ojos y dos gotas abultadas cayeron por sus mejillas rosadas. —. Tenemos que ir ahora mismo al hospital. — Mantuve el contacto visual y noté que salía de ese armazón de negación que había creado. —. Vamos. — No tuve que decirlo dos veces. Lo tomé de la mano con fuerza y corrimos hacia la puerta. John nos esperaba a las afueras del salón.

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Bill no dejaba de llorar, aunque no emitía sonido alguno, pero sus lágrimas brotaban y brotaban de sus ojos castaños. Durante el viaje a la clínica no había despegado sus ojos del exterior, sin mirar nada realmente. Repetía una y otra vez en susurros algo parecido a un “no puede ser” o “esto es mentira”. Yo me sentía tan impotente al no poder evitarle semejante angustia.

Era terrible. Era terrible entrar a aquella clínica de mierda ahora por nuestro padre. Era desesperante. Subimos las escaleras a las corridas por no esperar un segundo el ascensor. No había tiempo. Estábamos desesperados. Oía mi teléfono celular sonar en la lejanía, pero me valía madres quién pudiera ser. Lo más importante en aquel momento era mi hermanastro. Tenía que contenerlo. Tenía que ser fuerte por él.

Llegamos al piso de las emergencias, donde nuestro padre estaba siendo reanimado por los paramédicos. Bill comenzó a caminar de lado a lado sujetando su frente y sollozando, repitiéndose algo para sus adentros. Yo estiré mi brazo hacia la pared y me recargué en ella, moviendo mi pie derecho a modo de tic nervioso. Vigilaba los movimientos de mi hermanastro, el cual estaba aislado completamente. No estaba en este mundo. Se encontraba absorto a todo contacto con la realidad. Me apenaba demasiado.

— Bill —llamé en voz baja. Nada. Ni un solo movimiento que me demostrara que me había oído. —. Bill, tienes que calmarte. — Continuó caminando. Sólo cambió su rutinario movimiento para sacar del bolsillo de sus pantalones la cajetilla de cigarros. —. Oye, no puedes hacer eso —dije acercándome y tomándole las manos. Desconectó su mirada de la nada misma y la fijo en mis ojos. —. No puedes fumar aquí.

— Dime que papá va a estar bien —susurró con voz aguda y quebrada. Le quité los cigarrillos y me los guardé en mi saco para luego resguardarlo en mi pecho. Lo abracé con fuerza, chistando suavemente mientras acariciaba su cabello. ¿Qué podía contestarle? No sabía cómo eran esos ataques. No sabía absolutamente nada del tema. Sólo sabía que era grave. —. Él no se puede morir, Thomi… Él no me puede dejar. — No me molestó que hablara en singular. Lo entendía a la perfección. Jörg era su padre mucho tiempo antes de que sea el mío. Yo no viví ni la mitad de las cosas que ellos vivieron juntos. —. Estaré solo.

— No, no, no. Eso no te lo voy a permitir. — Lo alejé unos centímetros de mi pecho, los suficientes para que me mirara a los ojos. Sequé sus mejillas en vano, pues más lágrimas cayeron. —. Estoy yo. Siempre voy a estar yo. — Automáticamente volvió a refugiarse en mi pecho, convulsionando en llanto.

— ¡Bill! — Se oyó algunos metros atrás. Sin embargo éste no se inmutó. Siguió acurrucado en mí. Yo reconocí perfectamente aquella voz. Era Andreas. —. Amor —dijo al lado de nosotros. Entonces, por una cuestión de ética, solté a mi hermanastro y dejé que el rubio lo consolara entre sus brazos. Me di la media vuelta y tomé una bocanada de oxígeno, calmándome. Georg salió del elevador a unos cuantos metros y después de mirar a ambos lados del pasillo, trotó hasta nosotros. Al divisarme, extendió sus brazos y me invitó a ellos. Lo abracé con fuerzas en un silencio que lo decía todo por sí solo.

— Sé fuerte amigo. Aquí estoy para lo que necesites —dijo en mi oído y al separarnos me sonrió tristemente de lado. —. ¿Cómo estás?

— Estoy que no caigo. No entiendo nada —admití.

— ¿Y allá? — Preguntó apuntando a Bill con la cabeza. Me encogí de hombros.

— Está destruido.

— Diablos… ¿Por qué le pasa esto a gente tan buena? Ustedes no lo merecen. — Noté su voz algo débil.

— Esto es una pesadilla —dije—. Quiero despertar.

— Tranquilo, león. Eres fuerte. Eres muy fuerte. — Palmeó mi hombro y me sacó una sonrisa.

— Gracias. — Volteé y le eché un vistazo a Bill. Estaba sentado, con sus codos apoyados en las rodillas. Su espalda encorvada y sus manos moviéndose nerviosamente entre sus piernas. Andreas estaba sentado a su lado, acariciándole la espalda. —. No está aquí, ¿sabes? — Le dije a Georg sin mirarlo. —. Está en otro lado.

Una melodía comenzó a oírse estrepitosamente. Georg maldijo por lo bajo y atendió al llamado.

— Diga —dijo grotescamente—. Richael, dime… — Al decir eso, volteé a mirarlo. —. Sí, así es… No sabría decirte en realidad, aún no nos dijeron nada… Claro, claro. Les hará muy bien la presencia de ambos por aquí. Los esperamos… Adiós. — Colgó y guardó el teléfono haciendo una mueca de disgusto. —. ¿Puedes creer que ya se enteró la prensa?

— Maldición…

— Sí. Richael y Gustav están viniendo.

— Será un buen consuelo para Bill.

— Oye, ¿y qué hay de ti? Tú también cuentas.

— Sí. No niego eso. Pero es distinto. Yo no siento lo mismo que Bill. Jamás pude considerar a Jörg mi padre. A pesar de llamarle así, no siento amor de hijo hacia él.

— Es verdad, pero alguien tiene que consolarte a ti.

— No —negué de inmediato—. No lo necesito. Estaré bien. — Oí la voz de Bill llamándome de repente e inmediatamente me volví hacia él. Un doctor estaba parado frente a él.

Fui a su lado y tomé su mano con fuerza.

— ¿Son familiares?

— Somos sus hijos —respondió Bill rápidamente.

— ¿Cómo está nuestro padre, doctor? — Pregunté de inmediato.

— Estamos haciendo todo lo posible. Lo estamos reanimando con electrochoques.

— ¿Va a estar bien? Lo van a salvar, ¿cierto? — Preguntó Bill al borde del llanto nuevamente. Apreté más fuerte su mano.

— Estamos haciendo todo lo que esté a nuestro alcance. — Asentí abrazando a Bill nuevamente. El doctor se giró y volvió a meterse en la habitación donde trabajaban todos los paramédicos.

— Todo va a estar bien, enano. Calma…

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By Bill

— No fue hasta el momento en que te tuve en brazos que me di cuenta que me había convertido en un hombre. Juré que serías mi vivo reflejo y ya ves, ¡misión cumplida! Sé que te molesta oírlo, pero así es. Verte a ti ahora, es verme a mí a tu edad. Lleno de ambiciones, de proyectos, de vida y de errores. Prometí que serías un gran abogado, un hombre por la cual miles de personas sintieran admiración y se llegaran a rebajar al suelo por una foto contigo. Un hombre hecho y derecho… eres la luz de mis ojos, Bill.

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Mi padre se estaba muriendo. Estaba en esa camilla siendo reanimado por un montón de manos extrañas. Sentía que en cualquier momento aquella pesadilla se terminaría y despertaría sudando en mi cuarto, sabiendo que a unos metros estaba mi padre descansando plácidamente en su cama.

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— Quizás no sea el padre con el que todo el mundo sueña, pero soy tu padre y me sacrifiqué toda la vida porque no te falte nada. Aunque te faltó lo más importante que fue mi atención. Porque no creas, óyeme bien, no creas que lo que te faltó fue mi amor, sino la atención.

— ¡Ese no es el caso! ¿Todavía crees que tus lujos era todo lo que necesitaba? ¡Hasta el día de hoy me sigues negando lo esencial!

— ¿Y qué es eso?

— Amor. Toda la vida me faltó tu amor. Hasta el día de hoy.

— Yo te amo hijo.

— No parece.

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Vi caer otras dos lágrimas a las tantas que brillaban en el suelo embaldosado del hospital. No podía ser verdad que las últimas palabras que le dije fueran aquellas llenas de odio, de rencor, de resentimiento. No… Me negaba a que aquello fuera lo que mi padre se llevara a la… ¡No podía ni pensar la palabra! ¡Mi padre iba a salir de esa habitación sucia y asquerosa de hospital, caminando y riendo, preguntándome con sus aires altaneros si había aprendido la lección!

Levanté la mirada y vi esa puerta inmóvil, estática. Vamos… Vamos, por favor. Ábrete. Ábrete y déjame ver al Jörg fanfarrón y vivaz de siempre. ¡Anda! ¡Anda, Dios! ¿Qué pasa contigo? ¿Qué pasa que me haces esto? ¡A ver, responde!

— ¡Dime por qué me estás haciendo esto! — Vociferé tomándome del cabello. —. ¡Dame una señal justificando semejante castigo!

— ¡Bill! — La voz de Andreas sonaba a kilómetros de distancia. No podía hacerle caso.

— ¡¿No estás cansado de arrebatarme a las personas que amo?! ¡¿Qué quieres de mí?! — Caí de rodillas frente al suelo, acurrucándome como un niño indefenso. —. ¡¿Qué quieres de mí?!

— Enano. — Levanté la mirada lentamente y me encontré con Thomas. Me abrazó de nuevo y me sentí un poco reconfortado, pero mi desesperación seguía ahí. —. Anda. De pie. ¿Dónde se ha visto a un Kaulitz de rodillas? — Sus manos tiraron de mí y con las pocas fuerzas que me quedaban me repuse. Me sentía abatido. —. ¿Quieres un vaso de agua? — Negué en silencio y volví a sentarme en la silla, al lado de Andreas.

— Traeré agua de todas formas. — Oí que dijo Georg, el cual no sabía que estaba presente. Volteé la mirada hacia él, alejándose por el pasillo en busca de agua.

— Todo va a estar bien. — Miré sus ojos tan iguales a los míos y me sentí desesperado. ¿Sería Thomas la única persona que quedara en el mundo para mí? ¿Sería mi único resguardo en todo esto?

— No te vayas —le pedí en una súplica. Él sonrió de lado y apretó mis manos en las suyas.

— Jamás me iré de tu lado… Lo prometo.

Continúa…

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por Antonella Ayelen

Escritora del fandom

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