«Apostemos» Temporada III
Capítulo 29: Endureciendo lágrimas
— Estoy tan angustiada… —sollozó al otro lado del teléfono—. No puedo creer que esto esté pasando. ¡Es que no es justo! No es justo para Bill, para ti…, ni para mí. — No supe qué decir. Seguí mordiendo la uña de mi mano derecha con la mirada en la gente entrando y saliendo del hospital. Los periodistas estaban atolondrados allí, esperando como sanguijuelas a que apareciera alguna figura de relevancia cercana a mi padre. Con la llegada de Albert Cortez todo se revolucionó. Los guardaespaldas de éste lo defendieron a los empujones, resguardando su integridad mientras él no decía palabra. Pero me había ido tanto por las ramas que olvidé a mi madre llorando al otro lado del teléfono. —. Quiero estar ahí contigo, bebé. Quiero tomarme el primer vuelo y abrazarte, contenerte…
— No mamá. No quiero que vengas. No es necesario.
— Pero es tu padre el que está ahí internado. ¡Me necesitas a tu lado!
— Mamá, si tú quieres venir por Bill, ven. Pero yo no necesito ningún tipo de contención. — No quería sonar duro con ella, pero tampoco quería que volviera a viajar, a postergar miles de cosas de su vida cotidiana sólo por mí.
— ¿Y por mí puedo ir? ¿O acaso eso también me vas a prohibir? — Me quedé callado un momento y luego suspiré.
— En ese caso, haz lo que quieras. — Alejé el teléfono de mi oreja y corté la comunicación.
Era muy claro lo que estaba pasando. Y yo no sabía si enfadarme o entenderlo como algo natural. Mi madre nunca había elegido alejarse de Jörg. Los alejó la vida, las circunstancias del destino, el curso de las cosas, o quizás los alejó toda la mierda que los rodeaba. Mi padre no era una buena persona en ese entonces, y tampoco es una buena persona hoy día, pero dos mujeres nobles y bondadosas le entregaron su corazón y le dieron una parte de ellas. Una de esas mujeres tuvo la dicha o la desgracia de permanecer a su lado, viviendo una vida juntos en una casa bellísima, sonriendo a los allegados, criando a su pequeño hijo. Sin embargo, la misma sufrió sus golpes, su rechazo, su ninguneo, hasta morir. Y ese pequeño hijo creció sintiendo su ausencia, su indiferencia, su poco amor para dar. Y la otra mujer tuvo que irse lejos, resignarse a ser la segunda y menos merecedora de su amor. Luchó toda la vida por darle un plato de comida al otro pedazo de esa unión… Yo. Y yo… ¿Qué decir de mí? Una vida llena de carencias, de miseria, de luchas, de peligros. Una vida endureciendo lágrimas. Sin embargo y a pesar de todo esto, hay sentimientos que ni todos los reproches del mundo pueden borrar. El amor como hijo de Bill y el amor como mujer de mi madre.
— Trümper. — Alcé la mirada hacia ese llamado y me encontré con una de las últimas personas que deseaba ver. —. Lamento mucho todo lo que está pasando. No lo podía creer cuando lo escuché en la radio… Todo esto es muy penoso. — Me levanté de la silla plástica sin dejar de mirarlo fijamente, acumulando todo mi resentimiento en mis manos apretadas.
— ¿Qué haces aquí? — Pregunté secamente. —. ¿Cómo tienes cara para presentarte en este lugar?
— Entiendo que estés así.
— No. Tú no entiendes nada. No tienes nada que hacer aquí, Marcel. ¿O acaso pretendes aprovechar este momento de debilidad de Bill para llevarlo de nuevo a tu departamento?
— ¿Disculpa?
— No te queda bien el papel de buen samaritano. Yo te saqué la ficha desde el primer momento en que te vi. — Me acerqué unos pasos hacia él, susurrando entre dientes a centímetros de su cara. Esa cara de sujeto santo que escondía las intenciones más hipócritas del mundo. —. Si tienes algo de dignidad, lárgate. Deja a Bill con…
— ¿Con quién? — Se apresuró a decir. —. ¿Con su esposo o contigo? Creo que tú no me puedes hablar de ninguna máscara, ni de verdaderas intenciones. Sí, lo admito. Estoy completamente enamorado de Bill y lo que pasó la otra noche quedará para siempre entre nosotros dos; no tengo por qué darte explicaciones. Soy transparente Trümper. Soy lo que ves. Estoy aquí porque este es un momento muy difícil en la vida de una persona muy importante para mí. Eso es todo. No hay intenciones ocultas ni mucho menos malicia. Es una pena que no veas algo sincero siquiera enfrente de tus ojos. — Retrocedió unos centímetros, siempre con su semblante sereno.
— Lárgate —dije—. Vete ahora mismo antes de que pierda los estribos.
— Mírate. Los estribos los perdiste hace rato. Sólo tú tienes cabeza para pensar en algo tan básico en un momento así. — Negó suavemente con la cabeza. —. Y no te estoy pidiendo permiso alguno. Voy a estar presente en este momento, junto a tu hermano. — Hizo una pausa. —. ¿Oíste? Tu hermano, Trümper.
— ¡¿Cómo te atreves, desgraciado?! — Me precipité hacia él, listo para darle las trompadas suficientes hasta que dejase de respirar…
— ¿Me vas a pegar? — Preguntó con un tonito cínico. —. Piénsalo bien. Afuera está lleno de periodistas y aquí de colegas. Soy un doctor muy conocido, Trümper. No hagas un escándalo. — Dicho esto emprendió su caminata hacia el elevador.
Sentí las puntas de mis dedos mojadas. Abrí las manos lentamente y las llevé a mi rostro, mirándolas. Había ejercido tanta presión, que me había herido con mis propias uñas.
— Maldito hijo de puta.
— ¿Viste quién vino? — Giré inmediatamente por el susto de esa voz familiar a mis espaldas. Georg sonreía tristemente. —. Marcel sin duda va a ser un buen cable a tierra para Bill. — Mis dientes rechinaban cuando apretaba mi mandíbula con furia. Sentía mis ojos salirse de sus corneas. Estaba furioso, muy furioso.
— Créeme, Georg. Voy a matar a ese infeliz.
— ¿Qué? Oye, ¿qué ocurre? — Cuestionó tomándome por los brazos, sintiéndome tenso.
— Lo mataré con mis propias manos.
.
By Bill
Me desperté cuando sentí que mi cabeza chocó contra la pared a mis espaldas al caer por su propio peso. Abrí mis ojos confirmando que seguía en esa pesadilla.
— No… no —susurré para cerrando los ojos con fuerza, negándomelo a mí mismo. Estiré mis piernas en el suelo. Sí. Me había dormido sentado en el piso del hospital.
— Buen día. ¿Café? — Desde la silla plástica a mi lado Georg me ofrecía su vaso térmico humeante y sentí nauseas. Negué con una mueca de asco. —. Tienes que beber algo más que agua.
— ¿Qué haces aquí? Tienes puesta la misma ropa de ayer. — Asintió bebiendo su café. —. Quiero que descanses. No quiero que estés aquí.
— Yo sí quiero estar aquí.
— No le tienes cariño a mi papá. No quiero que te quedes sólo por mí.
— No lo hago por ti —dijo encogiéndose de hombros y riendo de lado—. Lo hago por Tom.
— ¿Tom? — Reí bajo. —. ¿Y desde cuándo son tan amigos?
— ¿Celoso? — Sonreí y solté un suspiro. Me levanté con cierta dificultad, sosteniéndome de la pared hasta que estuve más o menos erguido.
— Funciona —dije—. Tu humor de mierda funciona. Gracias por todo, amigo.
— Olvídalo. — Me sonrió de lado y me dio una palmada en el brazo.
Vi aparecer a Marcel a lo último del pasillo, con un sweater gris a rayas azules y sus manos en los bolsillos de sus jeans gastados.
— Pensé que te habías ido —le dije.
— Tenía que atender unos asuntos. — Del interior de su bolsillo izquierdo sacó una tableta de pastillas, de la cual sacó una y me la extendió. —. Tómala en media hora después de comer algo.
— No creo que sea buena idea. No he comido nada y no tengo apetito. Esa pastilla sólo me descompondrá.
— Es tu medicación —recordó—, y tienes que hacer tu segunda sesión de diálisis.
— ¿Es broma? — Pregunté indignado. —. ¿Crees que tengo cabeza para pastillas y diálisis? Mi papá se está muriendo, Marcel.
— No mezcles las cosas, por favor.
— No. Tú estás mezclando las cosas. — Georg se puso de pie entre ambos.
— Cálmate, Bill. — ¿Cuándo no poniendo paños fríos? —. Tienes que estar fuerte para sobrellevar todo esto. Tienes que comer y seguir con tus tratamientos. — Asentí bajando la mirada. Marcel se merecía unas disculpas.
— Lo siento. — Levanté la mirada y asentí. —. Voy a comer, me voy a tomar la pastilla y me haré la diálisis.
— No esperaba menos de ti. — Marcel sonrió y palmeó la espalda de Georg en agradecimiento.
.
By Tom
Estaba en el estacionamiento del hospital, recargado en el auto de Marcel Fournier fumándome uno de los cigarrillos que le había sacado a Bill. Había empezado con aquel mal hábito hacía unas semanas. Exactamente desde la pelea que tuve con Bill, cuando nos revolcamos a puros golpes en la cocina. Miré mi ropa. Seguía con ese traje ridículo, pero ahora con la camisa fuera del pantalón, arrugados ambos, el saco había quedado olvidado en el auto de John y la corbata se encontraba suspendida en mi mano izquierda.
Y apareció quien esperaba. Hablaba por teléfono y cargaba su portafolio en la otra mano, con pinta de tipo interesante. Me reconoció en seguida y al llegar hasta mi altura finalizó su conversación telefónica y guardó el aparato. Le di una última pitada al cigarro y lo dejé caer frente a mis piernas.
— ¿Estabas esperándome? Qué atento.
— Te sientes victorioso en todo esto, ¿verdad? Crees que has ganado.
— Trümper, no quiero problemas contigo. No tengo ningún motivo para pelear. Vine a brindarles mi apoyo a ambos en este momento.
— Claramente. — Me erguí y di un paso hacia él, ocultando la corbata detrás de mi figura. Pronto llevé también mi brazo derecho hacia esa zona. —. Te vale mierda cómo me encuentre yo. Sólo se trata de Bill.
— ¿Qué pasa Thomas? En todo caso, quien tendría que hacerme este planteo es Andreas, no tú.
— No te hagas el imbécil. Sé que lo sabes. — Otro paso hacia adelante. —. Bill te contó, ¿cierto? Te contó sobre nosotros, ¡¿cierto?!
— Bill no me contó nada. Soy psiquiatra, Trümper. Huelo estas cosas.
— Eres todo un genio —ironicé—. ¿Y qué opina la psiquiatría acerca del incesto?
— Es amor, ¿no? Yo no tengo derecho a opinar. Sólo sé que le haces bien. Es todo.
— ¡Deja de hacerte el bueno, maldita sea! — Grité saliendo de mis cabales—. ¡No finjas más conmigo! ¡Eres un maldito oportunista! — Otro paso adelante y él se vio obligado a retroceder. Mi rostro debía dar miedo. Jamás me sentí tan furioso en toda mi vida. El odio que le tenía superaba cualquier rastro de razón y coherencia. —. Te aprovechaste de mi hermano. Desde que llegaste estuviste buscando la oportunidad para meterte en su cama.
— Te equivocas —dijo con voz temblorosa. Se había percatado de los movimientos detrás de mi espalda. —. Él se metió en la mía; eso es lo que me hace inocente en todo esto. — Suficiente.
Solté la corbata con mi mano derecha y la llevé hacia adelante, dejándolo verla. Velozmente volví a tensarla dentro de ambos puños tirando de sus extremos. El centro del accesorio se encontró con el cuello del individuo en cuestión y mis manos lo rodearon. Inmediatamente sus piernas trastabillaron y sus manos fueron a dar con la zona afectada, intentando desesperadamente deshacerse del ahorque. Yo apreté más y más, sintiéndome realizado y satisfecho. Me sentía tan a gusto viendo el terror y el dolor en sus ojos llorosos, el morado de sus mejillas invadiendo toda su cara y esos ojos celestes brillando como dos lámparas, abiertos como platos. Giré arrastrándolo y lo empujé contra el capot de su auto. Él hizo el intento de empujarme con las pocas fuerzas que tenía, pero sólo eran caricias en comparación con el daño que yo ejercía en él.
— Acabaré contigo y tu puto cinismo. ¡Me vale madres matarte!
— ¡Piensa en Bill! — Gritó con una voz casi inaudible, carente de oxígeno.
Por un segundo sentí que era el momento de soltarlo, que si seguía empleando tanta fiereza en estrangularlo, me convertiría en un asesino. Era el momento. Suéltalo, Tom. ¡Suéltalo!
Cayó de rodillas al suelo llevando ambas manos a su cuello herido. Daba grandes bocanadas que resonaban en todo el parking. Me miró desde abajo, con sus ojos celestes cielo hundiéndose en lo rojo de su rostro.
— Yo… No sé por qué lo hice… No sé qué pasó —admití dejando caer la corbata al suelo. Sentí mis manos arder. Eran esas heridas que me hice a mí mismo volviendo a sangrar.
— ¿Quieres…? — Tomó una gran bocanada de aire y se puso de pie lentamente, trastabillando. —. ¿Quieres un consejo, Trümper? — Tomó su portafolio y siguió sobando su cuello. Dos líneas moradas lo rodeaban. —. Llora —dijo—. Deja de proyectar tus sentimientos en otras personas y hazte cargo. — Cuando estuvo totalmente erguido, se dispuso a entrar a su vehículo. —. Llora lo que le está pasando a tu padre. — Abrió la puerta y se metió dentro, acelerando al fin.
Miré el auto desaparecer en la salida lateral del estacionamiento y me sentí vacío.
Miré la corbata arrugada y estirada, al lado de mis pies. ¿Qué acababa de hacer?
Me dejé caer suavemente, como cae una planta en el pasto. El cemento frío helaba mis manos abiertas contra él. Me incliné hacia adelante, me hice un pequeño bulto en el mundo infinito. Y lloré todos mis males, mis angustias, mis miedos. Lloré a los gritos, desgarrándome la garganta. Me di cuenta de cuán injusta estaba siendo la vida conmigo. Me arrebataba de nuevo a mi papá. Tuve que pasar diecisiete años de mi vida sin él, y ahora me tocaba pasar lo que restaba de vida. Y entonces surgió en mí la misma pregunta desesperada e infundada que se hizo Bill… ¿Qué quieres de mí, Dios?
.
By Bill
Después de un largo abrazo, me separé de su pecho y lo miré con un intento lejano de sonrisa.
— Gracias por estar presente en este momento, amigo.
— ¿Bromeas? No tienes que agradecerme nada. Quiero estar aquí contigo. Te lo mereces. — Miré el vientre de Richael y no supe si era por el abrigo, o aquella pancita comenzaba a abultarse.
— ¿Cómo va eso? — Le pregunté a la radiante futura mamá.
— Muy bien por suerte.
— Cómo es la vida, ¿eh? Algunos se van para dejarles lugar a otros. — Fue inevitable que una lágrima se cayera por mi mejilla. Bajé la mirada para disimularla pero mi fiel amigo se había dado cuenta de inmediato.
Los tacones de la morocha desaparecieron rumbo al elevador y quedé finalmente a solas con Gustav en el buffet. Habíamos pedido un café para él y un té de tilo para mí y tuve que hacer un esfuerzo incalculable para beber apenas la mitad de dicha infusión.
— ¿Cómo estás?
— A la miseria —dije recibiendo su mano sobre la mía en la mesa de acrílico color blanco. Su contacto era tibio, y todo mi cuerpo estaba tan helado, que llegó a ser reconfortante. —. Esto se podría haber evitado.
— Sí. Si tu papá se hubiera cuidado toda su vida, hoy no estaríamos aquí.
— No sé si es por eso…—tercié—. Últimamente sólo eran peleas.
— Él no te estaba dando su apoyo con tu casamiento. Todas las peleas fueron con justo fundamento.
— Quizás…—susurré dubitativo—. No puedo negarme a mí mismo esta culpa.
— ¿Culpa? — Su mano apretó mucho más la mía. —. ¿De qué culpa me hablas, viejo?
— Yo le hacía la vida imposible. Vivíamos peleando. Desde la mañana hasta la noche, en el estudio o en la casa. Peleas, peleas y más peleas. Sólo discusiones y tensiones.
— Son etapas en la vida de las personas. ¿Cómo sería el mundo si todos nos lleváramos bien entre nosotros? Las relaciones humanas se basan en estas riñas.
— No entiendes, Gus —reiteré—. Las últimas palabras…— No pude continuar. Mis lágrimas se agolpaban en mi visión y un nudo gigante en mi garganta me impedía hablar con naturalidad. —. Las últimas palabras que le dije fueron cargadas de odio y de resentimiento.
— No voy a dejar que te destruyas así. — Se inclinó más sobre la mesa, sentándose en el borde la butaca. —. Piensa en cómo te sentías en ese momento. Recuerda que no soltaste todas esas cosas sólo por placer. Tenías una razón, Bill. Hubo algo que se metió dentro de ti y te hizo colapsar. No idealices a las personas. El hecho de que tu padre esté en esa habitación de hospital, no lo libra de culpas y cargos.
— Quizás tengas razón…
— La tengo. ¿Y si la cosa fuera al revés? ¿Si el que estuviera en una situación de peligro fueras tú? Seguramente tu padre estaría lamentándose como lo estás haciendo ahora. — Asentí levantando la mirada a sus ojos.
— Gracias.
— No agradezcas. Para eso estoy.
.
By Tom
El doctor se acercó hacia nosotros con unos análisis en las manos. Me puse de pie apenas verlo y lo miré ávido.
Georg me siguió, despidiéndose rápidamente de la persona con quien conversaba acerca de la salud de mi padre. Se trataba de Lucas que llamaba preocupado por lo que se andaba diciendo en los medios de comunicación.
— Buenos días—saludó el doctor por cortesía, ya que de buenos días no tenían nada.
— ¿Cómo está mi padre, doctor?
— Seré franco con usted, licenciado. Su padre fue conectado a un respirador artificial que lo mantendrá con vida hasta que su corazón deje de funcionar. — Aquello fue como un golpe en seco al corazón. Sentí la mano de Georg, presto a contenerme por la terrible noticia.
— ¿Va a pasar de hoy? — Pregunté con pánico en mi voz.
— Es incierto. Con suerte llegará a mañana. — Asentí pausadamente en medio del silencio que se había formado. —. Pueden pasar a verlo de a dos.
— Gracias doctor.
— Estoy para lo que necesiten. — Dicho esto, se retiró.
Me di la media vuelta y miré a los ojos a mis acompañantes en aquel momento tan arduo. Había resignación. Esa era la sensación que reinaba en el lugar en aquel momento: resignación.
Richael acarició mi rostro suavemente, mientras que Georg pasaba su brazo por mi cuello y me arrimaba a él. Finalmente Andreas mantuvo un contacto visual especial, hablándome sin hablar, hasta que una lágrima fue cayendo lentamente hasta la comisura de su boca.
— ¿Dónde está Bill?
— En el buffet con Gustav—respondió Richael.
— Tenemos que entrar y despedir a nuestro padre.
,
By Bill
Cuando llegué a la par de Gustav con los demás al hall de espera, percibí que algo no andaba bien. Hiperventilando, exigí respuestas, hasta que Thomas me abrazó fuertemente y me susurró al oído que había que entrar y ver a papá.
Atravesé esa puerta de monocromo con la certeza de que aquella sería la última vez que podría ver a mi padre.
La desesperación de estar inmerso en una pesadilla había desaparecido. Ahora sentía una angustia inaguantable. No cabía en mi cuerpo tanta tristeza. Menos al verlo acostado en esa camilla, con un respirador automático proporcionándole oxígeno porque ya no era capaz de obtenerlo por sí solo. No necesité que nadie me dijera cómo se encontraba. Con solamente verlo supe que estaba despidiéndose de sus últimos latidos de un corazón frágil que dio batalla hasta donde pudo. Aunque su inteligencia se volvió contra razones y consejos, el palpitar de ese potro galopante que albergaba en el centro de su pecho, se plantó frente a todo y todos y amó, luchó, odió, se vengó, triunfó… Hoy dice Adiós. Duele. Duele en el fondo, muy, muy en el fondo de mi Ser.
— Papá…—susurré llegando a su lado en la camilla donde su cuerpo descansaba inmóvil, con un movimiento casi invisible de respiración y el sonido de ese maldito respirador funcionando por él.
Mi mano fue a dar con su mejilla derecha con delicadeza, con una dulzura que supe sentía.
— No me dejes solo, papá—sollocé y sentí la mano de Thomas agarrar con firmeza la mía. Y luego su voz en mi oído suave y tan lejana.
— ¿Por qué no nos despedimos con palabras bellas? — Volteé mi rostro hacia él con lágrimas acumulándose en mis ojos. Tom me sonrió de manera tierna. Despedirnos, resonó en mi cabeza.
— Quiero dejar mi orgullo de lado y pedir perdón… No he sido el mejor hijo del mundo en absoluto…— Tomé aire con fuerzas y cerré mis ojos un momento, sintiendo las lágrimas escaparse de ellos. —, pero te amo. — La mano de Thomas apretó con más fuerza la mía. —. Y todo lo que te dije hoy en la mañana fue mentira, fue producto de la bronca que siempre ha controlado mi vida. Viví de reproches hasta este momento. Y tú me preguntarás si era necesario llegar hasta tal punto, y yo te responderé… Sí. Porque mamá me dijo, hace muchos años, que un día miraría hacia atrás y entendería todo. Me dijo que un día me detendría en el camino y vería todo con más claridad, y aunque hoy me invade una tristeza arrolladora…, veo con claridad. — Me tomé un momento para llorar todo lo que quise y necesité. Descargué mi adolorido pecho. Solté a mi hermano y abracé el cuerpo casi inerte de mi padre. —. Gracias por hacerme quien soy, papá… Gracias por criarme solo. Gracias por hacer las cosas bien a tu modo, como la vida te enseñó a hacerlas. — Podía sentir su frágil palpitar y me aferré más a él todavía y me pareció oír a Thomas ahogar su llanto. —. Juro que quisiera atarte a mí, papá. Quisiera tenerte otros veintidós años a mi lado. ¡Quisiera, de hecho, volver el tiempo atrás y cambiar tantas cosas! Pero es una sensación conocida. Sé que es en vano. Nada evitará que te vayas de mi lado, pero sólo quiero que sepas que te amo y siempre te tendré presente en mi vida. — Alcé la mirada desde su pecho y miré su rostro pálido. —. Eres lo que más he querido en la vida, papi. — Tom se arrimó a mi cuerpo, abrazándome por la cintura con uno de sus brazos. Tomamos una mano de nuestro padre cada uno, las cuales se encontraban adosadas por su propio peso en su vientre.
— Pero aquí se quedan tus dos huellas en la tierra, viejo —habló con voz quebrada. Jamás lo había oído de ese modo. Thomas siempre fue fuerte y ajeno a una pérdida, y hoy vivía la primera.
Pensando en esto me olvidé de mi propio dolor y me enderecé al lado de la camilla. Mi hermanastro también había estado sintiendo dolor y yo había estado hundido en mis propios miedos.
Los dos firmes, uno al lado del otro, sujetando las manos de nuestro progenitor.
— Estamos juntos, como deseaste vernos toda la vida. Y sé que ahora mismo nos estás escuchando, nos estás sintiendo—dijo—, porque yo estuve en esta situación y pude sentir todo a mi alrededor. — Sonreí tristemente cerrando mis ojos y dejando las lágrimas caer. Más y más…—. No tienes que temer. Yo cuidaré de Bill, y él cuidará de mí. Yo velaré porque pueda soportar este segundo gran dolor, y él me sabrá consolar por su experiencia. — Sorbió su nariz y aclaró su demacrada voz. Intentó sonar firme esta vez. —. Aunque la vida nos haya puesto en distintos caminos desde un comienzo, los años que pasamos juntos son oro puro en mi corazón. Toda mi vida te imaginé, y déjame decirte que todos esos papás imaginarios que me ideé se quedaron cortos al conocerte. Te amo, papá. Te echaremos mucho de menos.
— Te extrañaremos para siempre.
— Te amamos.
— Te amamos.
— Nos amamos. — Miré a mi hermano. Él sonreía con sus mejillas empapadas. —. Estamos juntos hoy.
— Estaremos juntos siempre.
Luego se creó un largo silencio. No necesitamos decir más. Acabábamos de despedirnos de nuestro padre. Jörg Kaulitz, con todos sus errores y defectos, nos había dado la vida y hoy dejaba a dos hombres listos para afrontar el camino que quedaba; un largo camino que se veía nublado, pero que acabaría por ser alumbrado por un sol radiante.
Silencio. Sólo las máquinas cumpliendo una inútil e incansable labor.
Pero aún sentíamos. Sentíamos en el alma y en la piel, en cada poro, en cada nervio, en cada arteria. Y sentimos algo al mismo tiempo. Buscamos de inmediato la mirada del otro para confirmar que no había sido simple ilusión. Su sonrisa incrédula y el brillo perdido de sus ojos volviendo nuevamente a lucirse.
— Fue real, Bill —murmuró.
— Fue real…—repetí sin aire.
.
Miramos las manos de nuestro padre con las uñas blancas por la leve y casi imperceptible presión que ejercían en cada una de nuestras manos.
Aquello era un apretón de manos. Papá nos había oído y estaba feliz de sentirnos cerca, juntos, amándonos ahora que él nos abandonaba.
Miré de nuevo a Tom, todavía tenía mi tonta sonrisa en los labios. Una sonrisa de felicidad en medio de tanta tragedia. Papá me había perdonado. Papá estaba en paz.
Tom miraba fijamente hacia el frente. Al otro extremo de la camilla. Estaba absorto de todo su entorno, como concentrado y asustado a la vez. Pero finalmente sus labios se curvaron en una sonrisa.
— Tom—llamé pero no me respondió. —. Thomas, ¿qué pasa?
— Ya podemos irnos.
— ¿Por qué lo dices?
— Créeme. Podemos retirarnos. — Miré hacia donde él miraba, pero solamente estaba la pared blanca del cuarto. —. Vámonos.
— Quiero quedarme con mi padre —dije negándome rotundamente. Fue ahí cuando volvió a mirarme.
— Él ya no está aquí. — Al escuchar eso tomé conciencia de que su mano ya no apretaba la mía. La mano de mi padre yacía sobre su propio peso en la posición inicial. Oprimí con ambas manos la misma, pero por mucha fuerza que hiciera, Jörg no nos respondería nuevamente.
— ¿Qué dices? — Susurré sintiendo un fuego calarme por dentro.
— Él ya se fue. — Negué reiteradas veces con la cabeza y me abracé de nuevo al cuerpo de mi papá, sintiendo ahora que esos débiles e inaudibles latidos ya no chocaban contra mi oído.
— No, no… ¡No!
— Ella se lo llevó, enano.
— ¡¿Quién?!
— ¡Tu mamá! — Gritó sobre mi grito.
— No… — Las manos grandes de mi hermano tiraban de mi cuerpo para alejarme del…
— Vámonos.
— ¡Papá! —… Del cadáver de mi padre. —. ¡Papá! ¡Papá! — Grité con todas mis fuerzas y finalmente, con fuerza precisa, Thomas logró desprenderme de su cuerpo. —. ¡¡No!! ¡¡Papá!! ¡¡Vuelve, papá!!
La puerta de la habitación se abrió de un golpe y tres paramédicos entraron entre corridas e instrucciones en órdenes bruscas.
Dijeron que debíamos irnos.
Abrieron la bata de mi padre y dejaron su pecho en exhibición.
Electrochoques.
— Uno, dos… — ¡Bam!
— ¡Papá, no te vayas! — Grité desgarrándome desde adentro. Thomas seguía ejerciendo aquella fuerza en mí, arrastrándome hacia afuera de la habitación. —. ¡No te mueras papi!
No pude mantenerme en pie. Caí de rodillas en el piso embaldosado del pasillo del hospital. Quizás Georg, Andreas, Marcel, Gustav, Richael o Albert estaban por ahí cerca, intentando inútilmente contenerme y contener a mi hermano. O quizás no. Quizás estaba solo tirado en el suelo, con mi frente en él. Golpeé el piso con mis puños a ambos lados de donde reposaba mi cabeza.
.
— Pero un día algo cambió. Ella no vino a despertarme, faltaba su beso en la mañana y la música que le gustaba sonando. Entonces me levanté de la cama como un tiro y me encontré con su recámara vacía. Susan me dijo que ella se había despertado con algunos dolores y fue al médico…
— Por favor… Por favor, quiero despertar…
— Esa misma noche mi madre tuvo una conversación seria conmigo acerca de eso. Fue clara y honesta: dijo que estaba enferma y que quizás se fuera antes de lo pactado…
— Necesito despertar… Esto es una pesadilla. No peleamos, no peleamos… Estoy en casa, él está en su recámara con… Está con mamá. Ambos. Despertaré y los veré. Estarán conmigo.
— Esa noche había soñado cosas horribles y me desperté alterado desde un comienzo. Sin pensarlo más, quise ir a verla. Necesitaba ver que estaba bien, pero… Pero cuando llegué a la puerta de su recámara…, Susan me impidió pasar. Ella lloraba… Había muerto.
Y él también había muerto.
Continúa…
Tristísimo. Lloré mucho escribiendo este capítulo. Por eso mismo demoré en subirlo. Fue difícil escribir estas escenas.