«Apostemos» Temporada III

Capítulo 30: Escalera al cielo

— ¿Y tú ya tomaste tu pastilla papá?

— Temprano. Estoy cuidándome a raja tabla. ¡Quiero estar fuerte para mis grandes licenciados! Aunque pocas veces en mi vida me he sentido tan lleno de vida como en este último tiempo.

— ¡Digno de un brindis!

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El ataúd marchaba delante de los ojos de todos los presentes, rumbo a su última y final morada. Un agujero rectangular de unos tres metros de profundidad junto a la tumba de mi madre.

Los cuatro muchachos encargados de cargar el féretro lo posicionaron en una especie de trípode con una palanca en un extremo. De esta manera, girando de la misma, el ataúd descendió lentamente hasta estar al ras de la tierra, a los ojos de todos nosotros.

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— Podría ser… Estoy en mi mejor momento, papá. Quiero compartirlo con todos. ¡Me siento feliz!… ¡Susan, me haces feliz!

— ¡Tom!

— ¡Papá, me haces feliz!

— ¡Te amo, hijo!

— Bill… ¡Me haces muy feliz!

— ¡Tú también, Thomi!

— Llamaré a este momento: Felicidad.

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Seeger estaba con su esposa junto a Morris, los tres en un profundo silencio debido al lazo profesional que los unía a mi padre. Georg, Lucas y Tania también estaban presentes. Georg estaba devastado. Era la segunda vez que me acompañaba en una situación así, y ahora lo tocaba en lo más profundo de su corazón. Lo vi secar disimuladamente sus mejillas debajo de las gafas oscuras que me impedían ver sus tristes ojos.

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— Pero yo ya me equivoqué mucho, hijo. Yo… ya estoy de vuelta.

— Creo que nunca es tarde, Jörg. Si piensas que no hay nada bueno que hayas hecho por nosotros… Por mí, hablaré por mí. Si en verdad piensas eso… pues, dame un momento bonito para recordarte con una sonrisa algún día.

— Gracias, hijo. Eres mi… eres mi gran orgullo, lo mejor que dejo en este mundo. Me hace sentir bien saber que eres mi sangre, que tan buena persona es mi hijo.

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Richael acariciaba lentamente su vientre como acto reflejo, con la mirada cabizbaja y fija en el ataúd. Me dijo que Gustav no podía estar presente por razones obvias. Si Seeger, Morris o cualquier empleado del cementerio lo reconocía como un prófugo de la justicia, todo se tornaría tenso e inestable. Prefirió así no arriesgarse y que no se perdiera el verdadero motivo del encuentro.

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— ¡¿Qué mierda pasa contigo, Jörg?! ¡Estoy bien, no me pasa nada! Quiero un poco de paz, un poco de soledad, un poco de silencio. ¿Por qué tiene que estar pasándome algo malo?

— ¡Porque actúas como cuando te drogabas!

— ¿Eso crees de mí? Vete a la mierda, Jörg

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Andreas estaba imbatible a mi lado, erguido por si yo caía de nuevo. A pesar de todos los conflictos que tuvimos en el último tiempo y nuestra boda postergada, él estaba firme para mí. Hizo aumentar mi cariño, me dio fuerzas, me dio energías. Si existía alguien con quien estar eternamente agradecido, ese era Andreas.

Marcel también estaba presente. Era raro verlo sin su delantal de médico como siempre. Hoy la vida me ponía en otra situación difícil, y él seguía estando allí.

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— Apariencias, apariencias… Eso colma tu vida. Siquiera yo, tu hijo perfecto, era feliz en tu mundo de lujos e institutos de grandes honores. ¿Nunca has entendido que eso no era lo que un niño de diez años necesitaba?, ¿no pensaste que quizás necesitaba un poco de tu amor, un poco de mis padres felices y juntos?

— Deja de nombrar a tu madre, infeliz. Tú no te mereces siquiera tenerla en la memoria. Yo la amé.

— ¡No me hagas reír, Kaulitz! Tú jamás sentiste siquiera lástima por ella. Si recuerdo todo como si hubiera sucedido ayer… ¿Creías que no la escuchaba suplicándote que la soltaras? Y luego Susan curándole las heridas.

— Realmente estás delirando…

— ¡Siquiera te compadeciste de ella cuando se enfermó! Aun con cáncer y todo, seguiste ninguneándola y tratándola como a una basura. Y después lloraste… Lloraste, papá. ¿Con qué cara lo hiciste? ¿Con qué cara se te cayeron las malditas lágrimas?

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Albert Cortez, quien odiaba profundamente los funerales, estaba allí, a lo último del pequeño tumulto de gente, con una rosa roja en las manos y unas gafas negras que lo mostraban duro y distante. Bien sabía yo que era uno de los que más estaba sufriendo la muerte de mi padre.

Finalmente, los que más cerca estábamos del féretro éramos Thomas, acompañado de su madre Helga, y yo, con Susan sollozando en silencio junto a mí. Valoré mucho el gesto de Hel al venir de tan lejos nuevamente. Ella estaba desconsolada.

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— William, ¿acaso no ves que intento unirnos en un desayuno?

— Nos uniremos mañana. Hoy me es imposible. ¿Qué pasa con tu cara, papá?, es Andreas. Se supone que te cae bien.

— No tiene nada que ver. Me vale quién sea. Quiero que te sientes a mi lado y desayunemos los cuatro juntos. ¡Carajo! ¿Es mucho pedir?

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— Estamos aquí reunidos para despedir a un hombre, padre, hijo y amigo. — El cura decía sus líneas protocolares y yo escogí desconectarme del mundo de inmediato.

Todos de color negro luto, todos cabizbajos y recordando a la misma persona. Cuántas mañanas de cafés, de reuniones en el estudio, días de risas, tardes de televisión, noches de cenas. Momentos malos, momentos buenos. Reproches y agradecimientos. Al fin y al cabo, sólo quedan un montón de palabras, gestos y acciones. De esta vida mísera y avara no te llevas nada. Sólo dejas. Dejas buenos recuerdos. Los momentos buenos son tu huella en el alma de los demás. Siempre quedarán presentes las sonrisas que pudiste crear y las lágrimas que borraste. ¿Por qué detenernos entonces en momentos tristes y de odio? Los medios de comunicación, la gente en la calle, las tragedias de nuestros alrededores, se encargan de transmitirnos odio. ¿Y qué hay del amor? ¿Dónde está el amor en medio de tanto odio? Justo al lado.

Alcé la mirada y la giré hacia mi derecha, donde estaba de pie mi hermanastro. Sobé su espalda y llamé su atención. Me miró detrás de sus lentes oscuros y sonrió de lado.

La muerte es la mayor manifestación de odio, pero justo al lado tenía a mi mayor amor, lo que me quedaba para seguir tirando un par de años más.

— ¿Alguien quiere decir unas últimas palabras? — Preguntó el cura. Thomas seguía mirándome a los ojos. Sentí que me preguntaba con la mirada si quería hablar, pero negué suavemente y volví mis ojos hacia el ataúd.

Entonces Tom tomó la iniciativa. Se quitó las gafas de sol y a paso lento rodeó el cajón donde descansaba el cuerpo de nuestro padre. Llegó junto al sacerdote y éste le hizo una innecesaria señal de la cruz en la frente. Mi hermano no creía en dios, pero por respeto asintió como agradecimiento.

— Primero quiero agradecer el respeto y la presencia de cada uno de ustedes en este doloroso momento. Me alegra que estemos presentes las personas que queríamos a mi padre sinceramente —empezó—. No hablaré de sus infinitas virtudes y sus infinitas falencias; sólo quiero decir que siempre quedará algo de él en nosotros, especialmente en mi hermano y en mí. Bill y yo ya nos despedimos de nuestro padre y él se despidió de nosotros. Nos duele todo esto, y dolerá más en ciertas fechas, en ciertos lugares característicos, pero al instante recordaremos su risa y reiremos. — Se notaba que le costaba demasiado continuar hablando, así que avancé hacia él y me posicioné a su lado. Sólo desde esa posición noté las lágrimas en los ojos de todos. Sería por eso mismo que le costaba tanto a mi hermano continuar hablando.

— En nosotros, en la casa que ocupó tantos años, en el estudio en que puso tanto esfuerzo y dedicación, en sus amigos y en sus allegados, Jörg vivirá para siempre. Se va su cuerpo, pero nos quedan sus consejos y sus enseñanzas. Y hoy descansa junto a mi madre…— Un maldito nudo se formó en mi garganta. Thomas rodeó mi cuello en un medio abrazo. —. Sé que ambos velarán por mi hermano y por mí en este momento tan devastador… No siento que haya quedado nada pendiente. Todo se dijo y todo se dio. Así que te digo adiós, papá. Gracias por lo bueno y lo malo, ya que todo me sirvió para ser quien soy hoy día. — Uno de los muchachos que había cargado el ataúd tenía en sus manos un ramo de rosas blancas en su punto justo de florecimiento. Saqué dos y le di una a mi hermanastro. —. Te amaré para siempre, Jörg. Descansa en paz, y envíale mis saludos a mamá. — Dejé caer la rosa sobre el féretro.

— Siempre te recordaré, papá. Ten la certeza de que estaremos bien. Unidos, como siempre quisiste vernos. — La rosa de Tom cayó junto a la mía.

En una ordenada fila, los presentes fueron tomando una rosa cada uno y dejándola a modo de despido sobre el cajón de algarrobo reluciente donde yacía mi padre. Me dolió muchísimo ver a Susan y a Helga totalmente destruidas, pero supe que era normal y necesaria aquella descarga.

Albert dejó caer su propia rosa roja. La única roja entre tanta blancura. Luego se acercó a mí mientras se quitaba los lentes, y me dio un fuerte abrazo. Le correspondí sintiéndome reconfortado en sus brazos de padre del alma.

— Estoy contigo, ¿de acuerdo?

— Lo sé.

— Cuenta conmigo siempre, hijo.

— Gracias. — Se alejó de mí, no sin antes palmear mi mejilla como solía hacerme cuando era pequeño.

Volví a mirar a Thomas. Se había puesto las gafas de nuevo.

— Tom—Volteó—. ¿Estás bien?

— Quiero irme de aquí—respondió—. Jörg no está en ese ataúd. Quiero volver a casa.

— Vale. — Discretamente saqué el celular de mi saco y le envié un mensaje a John, quien estaba a unas cuadras del cementerio.

El sacerdote nos dio la bendición a todos y los encargados del féretro volvieron a manejar la palanca del trípode para que descendiera completamente y así dejar el cuerpo de nuestro padre para siempre en ese lugar.

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By Andreas

Salí de mi oficina chasqueando la lengua de disgusto. Me aproximé a la recepción, donde Tania guardaba algunos papeles en sus debidas carpetas.

— Licenciado, ¿qué hace todavía en el edificio? — El día laboral había durado solamente dos horas para todos, ya que el estudio estaba de duelo, al igual que el estudio jurídico de Morris y de Seeger, quienes se unían al dolor. Los hermanos, especialmente Bill, a pesar de ya no estar trabajando allí, recibieron centenares de cartas, ramos de flores y presentes exponiendo las condolencias de socios, colegas y clientes. Había sido una jornada complicada para mí, ya que me tomé el atrevimiento de responder a todos y cada uno de los gestos hacia mi pareja, evitándole a él esas molestias. Bill odiaba esas muestras de afecto de gente que nada tenía en común con Jörg. No había ningún vínculo más allá del mundo laboral y la clase social. Hipócritas. Eso mismo me dijo Bill en la mañana. Le pregunté si quería que yo les respondiera en su nombre y dijo: “Haz lo que quieras con esas cartas y flores. En vida fueron unas sanguijuelas y ahora nos dan su pésame. ¡Hipócritas!”. Entendía su molestia, pero también era una costumbre ese tipo de muestras de apoyo y uno debía contestarlas.

— Ya terminé con todo el papelerío, pero quiero preguntarte algo.

— Dígame.

— ¿Has visto mis lentes de lectura?, tienen un marco color rojo y me han salido carísimos.

— Lo siento, licenciado. No los vi. — Asentí y me dirigí al último lugar que me quedaba revisar. La posibilidad de que allí estuvieran era mínima, pero de todas formas entré a la sala de juntas en busca de ellos.

Thomas Trümper volteó su rostro de inmediato hacia mí por la sorpresa. Estaba encorvado sobre la mesa firmando unos papeles.

— Lo siento, no sabía que había alguien.

— ¿Buscabas esto? — Tomó los lentes que se reían a carcajadas de mí sobre la mesa. Sonreí satisfecho.

— Los busqué por todos lados. — Cerré la puerta detrás de mí y me acerqué para tomarlos. —. Gracias.

— De nada. — Siguió leyendo superficialmente y firmando donde debía hacerlo, casi mecánicamente. Papel tras papel.

— ¿Qué haces aquí, Trümper?

— En una hora tengo la reunión con los directivos del hospital. Ya sabes, lo de la demanda.

— ¿No se puede posponer?

— Ya sabes cómo es el Estado cuando se le debe dinero.

— No le deben nada. Son unos oportunistas. — Asintió y se encogió de hombros.

— Trabajo es trabajo.

— Trümper, ayer fue el funeral de tu padre. Esto no te hace bien. Deberías estar deshaciéndote de todo el trámite del testamento y esas cosas para poder estar en paz con todo esto.

— Hasta saber qué decidió hacer mi padre con este estudio, estoy a cargo. Sólo me llevará unas horas. — Tomé aire y negué. Era inaudito que tuviera que recibir a esos estúpidos del hospital en una situación así. Ellos debían entender. Pero no. La gente es mandada a hacer cuando se trata de dinero. No entienden de luto ni de tristezas.

— Olvídalo. Déjame a mí. — Alzó la mirada de los papeles. —. Yo me haré cargo.

— De ninguna manera, Markett. No quiero molestarte. Es mi responsabilidad.

— Me estoy ofreciendo —insistí. Él detuvo su mano veloz con la pluma firmando todos esos papeles y sonrió de lado finalmente.

— Gracias Andreas.

— Descuida. Eres mi compañero de trabajo y no me cuesta nada hacerlo. — Asintió dejando la pluma sobre la mesa. Se enderezó con una mueca de dolor en el rostro y suspiró. —. Ve a tu casa con Bill. Deben acelerar todos estos trámites para poder estar tranquilos.

— ¿Pudiste hablar con él?

— Aún no. Iré esta tarde—respondí—. Él siente algo de culpa.

— Lo sé. — Rascó su nuca y luego dejó caer su brazo como abatido. Se lo notaba cansado. —. Pasará tiempo hasta que se reponga.

— Dijo algo respecto a la casa. Los recuerdos lo están volviendo loco. No soporta un segundo allí.

— Todo es muy reciente. A mí también me pasa algo así… Normal, supongo.

— De todas formas quiere irse. — Los ojos de Trümper se posaron sobre los míos rápidamente. Se quedó mudo durante unos segundos.

— ¿Irse? ¿Sigue en pie lo de Grecia?

— Claro que sí. Pensamos irnos y casarnos allá, los dos solos. De hecho ya me ofrecieron una propuesta de trabajo en un estudio de renombre. Tenemos la casa, el trabajo. Sólo faltamos nosotros. — Parpadeó varias veces y asintió de manera pausada.

— Entiendo—murmuró—. Pero todavía falta saber qué decidió hacer Jörg con la presidencia. Si Bill quedara a cargo de este estudio, no podría irse.

— Ya evaluó esa posibilidad.

— Nuestro padre murió hace dos días. No puede evaluar nada en dos días. — Su tono de voz se endureció un poco, pero lo ignoré. No era mi intención pelear con él en un momento como ese. Podíamos tener nuestras diferencias, pero ambos éramos humanos y yo lo entendía perfectamente.

— Si el estudio queda a su nombre, lo venderá.

— ¿Qué? No puede venderlo.

— Sí que puede. — Sacudí la cabeza y sonreí para distender un poco los aires. —. Todo va a estar bien, Trümper. Tranquilo. — Bajó la mirada y buscó calmarse.

— Gracias por cubrirme con esta reunión.

— De nada. — Palmeé su brazo y luego pasó por mi lado, saliendo de la sala. Suspiré y tomé asiento frente a los documentos, pero agradecí tener mis lentes de lectura.

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By Bill

Bajé las escaleras rumbo a la puerta de salida. Andreas me envió un mensaje diciéndome que estaba a algunas cuadras de distancia con el auto.

Quería irme de esa casa. Me estaba volviendo loco segundo a segundo. Tal vez era demasiado reciente. ¿Pasaría algún día esta sensación de estar en medio de las tinieblas y que las paredes me encierran? Entonces recordé que me sucedía lo mismo cuando mi madre acababa de fallecer, pero tenía a Jörg para sobrellevarlo de alguna manera. Ahora que Jörg no estaba, necesitaba de Thomas. Pero no lo buscaría. No quería que todo este asunto confundiera las cosas. Tenía que tener la mente en frío. Tenía que dejar los sentimientos guardados en donde estaban.

Había hablado unos minutos con Andreas después del entierro el día anterior, cuando Thomas se fue con John. Tuve que quedarme a despedir a la poca gente que había ido, agradecerles y recibir sus saludos. Sólo mantuve esa formalidad con ellos, con los verdaderamente cercanos. Andreas preguntó discretamente qué pasaría a partir de ese momento con nosotros. Fue muy comprensivo y amable. Dijo que si yo no tenía cabeza para estar en una relación, lo entendería y me daría mi espacio por algún tiempo. Lo último que necesitaba era que la poca gente que me quedaba se alejara de mí. Pero seguía sintiendo ese dolor en el estómago cuando pensaba en irnos a Grecia. Era como un mal presagio o algo así. Sin embargo, no podía armar y desarmar su vida a mi voluntad. Andreas ya tenía una transferencia hecha, mi padre la firmó antes de morir, y un contrato millonario lo esperaba en otro país. Sí. Otra vez pensando en él antes que en mí, incluso ahora. ¿Qué podía hacer? Era mi naturaleza. Por mucho que me pareciera a mi padre, no había heredado su egoísmo. No podía pensar sólo en mí. Pensaba en mí cuando se trataba de algún caso, no en la vida real, con las personas que tanto bien me hacían.

— Su—llamé al verla salir de la cocina, sacándose su delantal—. ¿Cómo estás?

— Estoy mejor. — Me acerqué a ella y la abracé con fuerza. La oí soltar un suspiro pesado. —. ¿Y tú?

— Estoy—respondí con voz apagada—. Estoy y eso es lo importante.

— ¿Cómo seguirá todo ahora? Thomas está destrozado… — Supe que se acercaba su llanto. Me alejé y la interrumpí con un sutil chistido.

— Cálmate. Todos estamos muy mal, pero vamos a estar mejor. La vida debe seguir.

— Me refiero al estudio—determinó—. Tu hermano llegó hoy muy cansado. Dijo que por suerte Andreas se ofreció a hacerse cargo de una reunión, o algo así. — Recordé la reunión conciliadora con el hospital. ¡Maldita sea! ¿Cómo se me pudo pasar algo así? —. Quiero saber qué van a hacer con ese lugar. Quiero saber quién se hará cargo.

— Es obvio que yo—respondí oyendo la puerta de entrada abrirse y a Jimmy decir algo parecido a un “pase, señor”. —. El último testamento que hizo Jörg data de más de un año de antigüedad. Ni en sueños nombraba a Thomas presidente.

— ¿Y bien?

— Lo venderé.

— ¿¡Qué?! —exclamó.

— ¿Qué quieres que haga?

— ¡Quiero que ejerzas tu profesión y continúes con la herencia familiar!

— Ese estudio destruyó a mi madre, me destruyó a mí y consumió las energías de mi padre día y noche, Susan. No voy a permitir que me suceda lo mismo.

— Jörg estaría muy decepcionado de oírte hablar así.

— ¿Decepcionado? ¡Mi padre no tuvo ni un puto motivo para decepcionarse de mí! — Grité respondiéndole a todos esos miedos internos que me agobiaban. Olvidé que estaba enfrente de Susan, y ahora ella me miraba asustada. —. Lo lamento… No…, no quise gritarte así.

— Amor—susurró Andreas a mi lado para tranquilizarme.

— La que se disculpa soy yo. No debí decir eso… Es que pienso en Tom, en el estudio, en ti… ¡Es demasiado!

— Susan—dijo Andreas interviniendo—, lo mejor ahora es que todos nos tranquilicemos y hagamos nuestro respectivo duelo. En cuanto a Thomas y a él, deben ir con el testaferro de Jörg y conocer las voluntades que dejó para cada uno. Es todo. — Susan asintió en silencio. —. Pero no puede haber lugar para peleas y gritos. Hay que estar unidos en este momento y ser fuertes. — Volvió a asentir y luego se dirigió hacia las escaleras, dejándome solo con Andreas en medio de la sala.

— ¿Cómo lo haces? —Pregunté girando y viéndolo a los ojos, los mismos me transmitían cierta paz—. ¿Cómo haces para tener una respuesta a todo? —Rió y depositó un casto beso en mis labios.

— Créeme, no es así.

— Me enteré lo que hiciste por Tom —dije—. Gracias.

— Lo hice por ti. A ti también te demandaron.

— ¿Quieres un café y me cuentas qué tal fue todo? — Asintió y juntos fuimos hacia la cocina, donde tomó asiento en una de las butacas de la mesada mientras yo calentaba la cafetera.

— Los tipos ya venían con artillerías para atacar. Tenían una orden del juez y toda la cosa.

— Les valía mierda llegar a un acuerdo.

— Era de esperarse. Los juicios siempre dejan más dinero que una indemnización. Pero ya está todo solucionado. Ellos pusieron una cifra y ustedes cumplieron. Pero déjame decirte que el préstamo que pediste en el banco, te va a endeudar por algunos meses.

— Lo sé. — Vertí el café en dos tazas y les eché azúcar. Era extraño que yo tomara café, pero sólo lo hacía para no prenderme otro cigarrillo. Estaba fumando muy seguido y no me agradaba ese aumento. —. ¿Qué querías que hiciera? No podía dejar que Thomas pusiera todo el dinero.

— ¿Él sabe que fuiste tú el que le compró el departamento?

— No. Les pedí a los de la inmobiliaria que reservaran mi identidad. Cuando les dije que era su hermano no vieron problema.

— Todo es como un círculo —meditó—. Thomas vendió ese departamento para pagar la demanda, tú pediste un crédito al banco y compraste ese departamento para que Tom tuviera el dinero para la demanda… ¡Menudo enredo! — Guardé silencio prefiriendo que lo vea como un enredo antes que como un intento desesperado por conservar un lugar muy significativo en la vida de Thomas y la mía. Podía estar decidido a alejarme de Thomas, a no volver a tener ningún tipo de contacto con él, a guardar nuestro amor en lo más profundo y recóndito de mi corazón, pero bajo ningún punto de vista podía hacerme a la idea de que el departamento que fue comprado con el propósito de vivir nuestro amor plenamente, estuviera bajo el poder de otras personas. No. Era una especie de templo, y aunque quedara deshabitado mientras yo vivía en otro país, al menos tendría la certeza de que seguía conservando su esencia.

— Fue la única manera que se me ocurrió de contribuir al pago sin que Thomas se negara por la deuda que tengo con el banco todavía.

— Ese es un detalle mayúsculo ahora que —titubeó—…, ahora que Jörg no está.

— Sí, lo sé. Él era mi garante y pagó la deuda, pero claramente quedó la cuenta abierta y sumando intereses.

— ¿Tienes el dinero para detener el acumulamiento? — Negué llevándome la taza de café a los labios.

— Encontraré la manera.

— ¿La manera? Bill, tienes que pagar un crédito todos los meses religiosamente. ¿Qué piensas hacer?

— ¡No sé, Andreas! —Grité eufórico—. No lo sé.

— Vale. Tranquilo. Encontraremos el modo. —Estiró su mano a lo largo de la mesada y tomó la mía. —. Una vez que viajemos podremos ponernos al día con todo. Sólo necesito empezar a trabajar.

— No vas a pagar mis deudas. No te quiero para eso —determiné.

— ¿Y para qué me quieres? —Su voz sonó extraña, como si estuviera algo ofendido—. Soy tu futuro esposo; estoy para ayudarte en estas cosas. No pienso dejarte solo.

— Te lo agradezco —dije sonriendo—, pero estás olvidando el testamento de mi padre. Seguramente me habrá dejado algo que pueda vender y… —Solté un pesado suspiro y solté su mano. Tomé la taza de nuevo y la llevé a mi boca.

— No quieres ni pensar en eso, ¿cierto? —No respondí. Dejé la taza sobre el mármol y busqué mis cigarrillos en el fondo de la chaqueta.

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By Tom

Bajé la mirada a mis manos con las palmas hacia arriba, con el pequeño dije dorado que en algún momento fue tan valioso para ambos.

“Confianza”. ¿Qué había pasado con ella? ¿En qué recóndito lugar de mí se ocultó cuando Richael llegó para extorsionarme? Fui un cobarde… Caí dos veces en el mismo agujero teniendo todas las posibilidades de ganar.

Miré el reflejo de mi cuerpo entero de pie frente al espejo. Sonreí con incredulidad al verme. El porte de abogado exitoso que siempre odié, el rostro marcado por la preocupación, mis manos cansadas, mi esencia tan debajo de la alfombra. Me convertí en lo que juré que jamás sería. ¿Y en qué momento?

Aparté la mirada. Me tumbé en mi cama con la mirada al techo. Me puse a recordar…

Nuestro primer beso, mi primer “te amo” en el lago, nuestra primera vez juntos en esta misma cama…

Suspiré y cerré los ojos. Miles de imágenes se aparecieron en la penumbra. Su sonrisa tan hermosa y cálida que siempre me llevaba a un lugar maravilloso aunque la realidad fuera espantosa. Todo lo cambiaba con ese simple gesto. Sus manos brindándome las más deliciosas caricias. Su voz suave en mi oído susurrándome cosas maravillosas. El dolorcito en mi panza tan característico que me causaba cada vez que se me quedaba mirando fijo a los ojos haciéndome sentir desnudo. Estaba locamente enamorado. No podía arrancarme tanto amor del pecho. Brotaba de mí, me hacía sentir vivo.

Abrí los ojos y sentí dos largos trazos fríos creándose en mis sienes, perdiéndose en las raíces de mi cabello. Ya estaba llorando.

— Mierda —murmuré sentándome de un salto en el borde del colchón, apoyando los pies en la tierra literal y metafóricamente.

Miré a mi alrededor y volví la mirada al suelo.

Los momentos vividos en el departamento, ese lugar tan valioso para los dos. Era un portal hacia otro mundo donde nadie nos conocía, nadie podía vernos ni hablarnos. Ahora lo tenía un desconocido viviendo quién sabe qué cosas sin sentido tan ajenas a la verdadera importancia de ese espacio.

Me puse de pie y volví a deambular por el cuarto, divagando con la vaga idea de salir al hall y entrar directo al cuarto de mi hermanastro para arrodillarme delante de él y suplicarle que no se vaya. Que se quede. Que me llene.

Miré la puerta con duda. Pero no tenía tiempo para dudas.

Fui hacia allí. Alcé mi mano hasta el pomo, pero sin poder ejercer ninguna acción sobre éste, la puerta se abrió desde afuera. Era él.

— Perdón… Olvidé llamar —miré su rostro levemente sonrojado y sentí mi estómago tumbarse. Todo el coraje que había acumulado en cuatro pasos, se fue al demonio con la sencilla conexión a esos ojos castaños.

— Descuida —dije retrocediendo y dándole espacio para que entrara. Cerró la puerta con suavidad y se quedo a pocos pasos de ella. Inmediatamente el lugar quedó invadido por el aroma a cigarrillo que traía en su ropa. Ese mal hábito había ido en ascenso en él desde que nuestro padre quedó internado.

— Quiero disculparme —dijo—. Olvidé por completo la reunión con los administradores del hospital.

— Está bien. Lo entiendo perfectamente —dije intentando ocultar mi malestar—. Por suerte Andreas me ofreció su ayuda —murmuré estudiando su reacción. Asintió bajando la mirada, como con cierta culpa—. Me dijo que lo de irse a Grecia sigue en pie —comenté falsamente despreocupado. Alzó la mirada posándola sobre la mía. Intenté que la conexión que nos había unido desde un primer momento funcionara esta vez. Lo miré fijo, le grité desesperadamente que se echara atrás, que me dijera algo que no me destrozara lo poco que quedaba de corazón. Pero no funcionó.

— Lo de papá sólo lo pospuso. Por eso también estoy aquí —dijo bruscamente, cambiando el tema de repente ya que se estaba incomodando—. Quiero que vayamos mañana mismo con el testaferro para acelerar los trámites del testamento. Quiero saber de qué tengo que hacerme cargo y…, en efecto, hacerme cargo.

— Andreas también dijo que pensabas vender el estudio —dije con voz ronca. Él permaneció en silencio un momento.

— Así es. Si papá decidió dejármelo a mí…

— Es obvio que te lo dejó a ti —corté—. Él ya tenía un testamento hecho mucho tiempo antes de que yo empezara a trabajar en el estudio.

— Si no quieres que lo venda, podemos buscar una solución —dijo buscando apelar a la tranquilidad y el orden antes que una discusión—. Tienes mi palabra de que no venderé ni me desharé de nada de papá sin tu consentimiento. Si me convierto en el presidente de Kaulitz & Asociados, te cederé el puesto inmediatamente a ti. Haremos todos los trámites y el estudio se quedará en su lugar.

— No seas cínico —solté afinando mi mirada recelosa sobre él. Se sorprendió—. Sabes que no me importa para nada ese edificio. Para mí el estudio no vale nada. Lo que me sorprende y me molesta en todo este asunto, es tu brillante capacidad para solucionar problemas que ameriten quedarte en Alemania.

— ¿Qué? ¿Todo esto es por el viaje?

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— Ve más adentro, Kaulitz —me acerqué peligrosamente a él, haciéndolo retroceder y chocar contra la puerta—, a lo verdaderamente hondo de la herida.

— ¿Qué herida?

— La que me causaste, ¡maldición! —Grité dándole un golpe a la madera detrás de él. Se asustó y alteró después de eso—. ¿Quieres que me denigre por ti de nuevo para ver si así tengo una mínima posibilidad de que te quedes junto a mí? ¡¿Quieres que me arrastre por los suelos pidiéndote…, no, implorándote que dejes a Andreas para estar a mi lado?! ¡Bien! ¡Porque créeme que lo hago, Bill! —Con ambas manos me empujó por el pecho, desestabilizándome y haciéndome retroceder sobre mis propios pasos.

— ¡¿Crees que esto es sencillo para mí?! —Gritó enfurecido—. ¡¿Crees que es muy simple tener que irme en estas circunstancias contigo, dejando la casa donde me críe, el estudio donde crecí como persona, dejando a mis dos padres muertos?! No lo es, Thomas. No es simple alejarme de la única persona que me queda.

— ¡¿Entonces?!

— Me voy porque han pasado muchísimas cosas entre que me dejaste y hoy día. No seas ciego, no quieras ver solamente lo que te conviene. Lo que pasó entre nosotros nos dolió a ambos, ¿vale? Yo también lloré, también sufrí y también quise volver el tiempo atrás para hacer cualquier cosa con tal de cambiar ese dolor. ¡Pero eso mismo me detuvo! El maldito dolor. Me lastimaste muchísimo, Tom. Y aun después de enterarme que todo había sido una sucia complicidad entre Richael y Gustav, seguí dolido por tu falta de confianza —Sus ojos bajaron casi mecánicamente a mi cuello, donde la ausencia de la cadenita detonó en la tristeza de su mirada. La suya, sin embargo, pendía de su cuello bajo su camisa. Reconocí el viejo cordón que asomaba en su cuello pálido—…, aunque creo que a ti ya no te importa mucho eso. —Volteé la mirada hacia el colchón, encontrándome con la cadenita brillando sobre el acolchado revuelto—. Dejemos este circo de una vez, ¿sí? —Se volteó para irse, pero rápidamente lo retuve por su antebrazo. Miró esa zona y luego me miró a los ojos. Temblé.

— No quieres irte con Andreas.

— ¿Otra vez pensarás por mí? —Ironizó sonriendo.

— Quédate. Déjalo de una vez y termina tú con el circo que creaste.

— Yo no creé nada. Bien sabes que el que me dejó aquella tarde, fuiste tú.

— ¿Y ahora no estoy pidiéndote volver el tiempo atrás juntos?

— Ahora es tarde —Se sacudió, rompiendo el agarre—. Ahora hay una persona dispuesta a hacer una vida a mi lado desde cero. Hay una persona que no me ha dejado solo ni un solo segundo. Por mucho que me duela marcharme, voy a irme con Andreas y lo haré feliz. —Quiso abrir la puerta de nuevo, pero ahora mi mano recostada en ésta se lo impidió—. Déjame ir.

— Nunca —susurré acercándome a su rostro, sintiendo su respiración caliente chocar contra la mía—. ¿Qué hay de tu felicidad?

— Seré feliz.

— ¿Sí?

— Sí.

— ¿Estás seguro? —Me acerqué más. Lo oí jadear por los nervios—. No lo creo.

— Me voy en dos días —soltó. Parpadeé varias veces sintiendo mi seguridad ser doblegada por el dolor. Dos días era muy poco tiempo—, por eso te vine a pedir que vayamos mañana a ver al testaferro para dejar todo en orden. —Bajó la mirada y tragó grueso—. Ahora déjame ir. —Solté la puerta, enderezándome frente a él, mirándolo desde arriba esperando a que se echara hacia atrás. Sin embargo, toda espera fue en vano. No me miró.

— ¿Buena suerte y adiós? —No respondió, lo que me hizo darme en cuenta que sólo perdía mi tiempo. Me alejé y dejé que se marchara.

Continúa…

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por Antonella Ayelen

Escritora del fandom

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