«Apostemos» Temporada III

Capítulo 31: Deseos

— Voy a sacar los pasajes de avión por internet —comentó rompiendo el silencio que reinaba en el comedor—. ¿O prefieres que esperemos hasta que conozcas lo que dice el testamento?

— Sí. Será mejor —respondí limpiando mis labios con la servilleta y agarrando el tenedor nuevamente para continuar comiendo. Fideos de espinaca a la boloñesa que Susan nos hizo de manera casera con tanto amor. Le dije que tenía ganas de comer algo de eso que se comía cuando era pequeño. Quería oler en el aire el sabroso aroma a salsa cruda—, porque si el estudio queda a mi nombre, necesitaré al menos una semana para poder encontrar un comprador.

— Entiendo —murmuró y calló nuevamente, haciendo que el silencio volviera a tomar protagonismo—. ¿Quieres pasar la noche en mi departamento? Lo digo porque sé que estar aquí no te hace bien.

— Te lo agradezco Andi, pero me quedaré por Tom —Intenté decir de la manera más sutil posible. Él sólo asintió y desvió la mirada—. Pero el día es largo… Podemos salir a caminar por el parque aprovechando el sol.

— Claro —Sonrió forzosamente. La sonrisa más fingida que vi en mi vida.

Lamentaba no tener el tiempo suficiente para nuestra relación… Tiempo o cabeza, mejor dicho. Sabía perfectamente que esto de mi padre sólo aumentó mi ausencia corporal y mental en la pareja, porque este problema data de mucho más tiempo. Andreas tenía una paciencia de oro. Digna de admirar. Aunque de todas formas notaba cierta presión por nuestra convivencia en Grecia. Quería irse de inmediato de Alemana, podía sentir el peso de sus palabras sutiles. Y a mí, sinceramente, ya me daba igual lo que ocurriera de ahora en más. Mi vida había dado tantos vuelcos, había tenido tantas idas y venidas, que me encontraba varado en una especie de limbo o nada mental. Nada me tocaba. Nada podía desmoronarme más.

— Señor —llamó Jimmy a mis espaldas. Volteé mi cuerpo hacia la entrada del comedor y lo vi impecable con sus gafas oscuras y el auricular comunicador entre todo el cuerpo de seguridad.

— Dime.

— Un hombre y una niña lo buscan —Fruncí el entrecejo. Deslicé la silla por el suelo y me puse de pie—. El hombre se identificó como Charles Gómez.

— Hazlos pasar, por favor —accedí de inmediato.

— Muy bien —Se volteó y enfiló hacia la sala a paso firme, saliendo al porche finalmente.

— Discúlpame, Andreas —dije dejando la servilleta sobre la mesa, junto a mi plato a medio comer. Él asintió en silencio y tomó su vaso de zumo.

Una vez en la sala vi aparecer a Charles y a Milagros firme sobre dos muletas. La primera sonrisa verdaderamente sincera que afloraba en mi rostro desde hacía mucho tiempo, fue provocada por esa escena. Sus pasos algo torpes pero sus bracitos firmemente aferrados a esas dos maderas. Lucía llena de luz. Había ganado peso también. Ahora se veía saludable después de tanto tiempo a puro suero.

— ¡Pero qué hermosa sorpresa! —Exclamé plantado en medio del salón, dejándola a ella misma acercarse hasta mí. Charles la escoltaba con una grata mueca de orgullo. Y hasta Jimmy tenía una sonrisa en su rostro reacio. Luego éste volvió a sus labores.

— ¡Hola Billy! —Exclamó la pequeña plantada enfrente de mí. Me incliné y acuné su rostro entre mis manos para llenar sus mejillas de ruidosos besos—. Siento mucho lo de tu papá —dijo apagando su voz de repente. Yo asentí y solté un suspiro.

— Gracias, muñequita.

— Bill —Charles se sacó la boina gastada que cubría su despeinado cabello y extendió su mano hacia mi dirección. Se la estreché firmemente—. Mi más sentido pésame.

— Muchas gracias, Charles.

— Lamento haber venido sin avisar, pero surgió de un momento a otro —explicó—. Volvíamos de la clínica y Milagros quiso venir a visitarte. —Miré dulcemente a la niña, quien se mostraba triste por la situación.

— Me puse muy, muy triste cuando me enteré y quise visitarte para hacerte compañía.

— De todas formas ahora nos vamos —advirtió su padre mirándola de manera reprendedora.

— ¿Llevan prisa?

— Entro a trabajar en una hora.

— En ese caso ella puede quedarse más tiempo —repuse.

— De ninguna manera, licenciado —se negó—. La situación no es favorable para molestias.

— Ni ella ni usted son una molestia. Hasta podría decirle que eran lo que andaba necesitando —manifesté con una sonrisa. Los ojos de Charles brillaron—. Son gente sincera, con sentimientos sinceros.

— Entiendo perfectamente a lo que se refiere. Bueno, entonces iré a trabajar —dijo inflando su pecho de oxígeno. Se calzó la descolorada boina color madera y se dispuso a marchar.

— La llevaré al hotel personalmente. Vaya tranquilo, Charles. Y gracias de nuevo.

— Faltaba más. —Se inclinó hacia Milagros y dejó un beso en su frente—. Pórtate bien, ¿de acuerdo?

— Sí papi. —Volvió a enderezarse y lo acompañé hasta la puerta, en donde lo despedí con un corto abrazo. Se tensó en un primer momento, pero luego rodeó mi cuerpo con sus delgados brazos y palmeó mi espalda.

Volví a la sala con Milagros.

— ¿Puedo sentarme?

— Claro que sí, princesa. —Me senté en el sofá y observé cómo hacía torpes movimientos con sus brazos, hasta que los flexionó con cuidado y paciencia. Su peso terminó de caer por completo sobre el mullido asiento. Aplaudí y ella me mostró todos sus pequeños dientes en una sonrisa. Tomé sus muletas y las aparté a un lado.

— Te extrañé mucho, Billy.

— Yo también te extrañé… Ven aquí. —Me arrimé más a su pequeño cuerpo y la atraje a mi pecho. Ella me abrazó con fuerza y rio bajito—. Me sorprendiste con esas muletas. Avanzaste mucho, Mili.

— Así es. Le demostré a esa odiosa doctora que yo podía.

— ¡Eso! —Exclamé con mi mano en alto. Ella alzó la suya y chocamos las manos en señal de saludo—. Eso es exactamente lo que debes hacer en la vida. Debes demostrarles a los demás que no existe “nunca” ni “jamás” que te detengan.

— ¡Tú siempre creíste en mí!

— ¿Cómo no hacerlo? ¡Eres la niña más valiente que conozco! —Alisé su cabello en una caricia y me quedé contemplando su carita por unos segundos en silencio. Su rostro se serenó y luego tomó la mano que divagaba por su cabello y la aprisionó entre las suyas, adosándola a su regazo inmóvil. Las piernitas bajo esos jeans caían por el sofá hasta el su suelo, insensibles aún.

— Piensa en cosas bonitas.

— ¿Cómo cuáles?

— Tu papá se va a encontrar con tu mami en el cielo. Van a ser felices. —Sentí unas ganas terribles de romper en llanto, pero me contuve para no asustarla.

— Es verdad… Tienes toda la razón. —Sus manitos empezaron a jugar con los anillos que rodeaban mis dedos anular y medio—. Además hay mucha gente buena que me saludó y me brindó cariño.

— Como Thomi. —Me sorprendió que lo recordara.

— Claro. Como Thomi.

— ¿Dónde está él?

— Él salió. Tenía que arreglar algunas cosas… Vendió un departamento y debe realizar unos trámites.

— ¿Se va a mudar?

— No, cariño. Se lo vendió a otra persona —respondí sin saber exactamente si esa era la verdad. Yo no tenía idea de lo que haría Thomas una vez que yo me marchara. No creo que se quedara viviendo en la casa totalmente solo. Era un misterio para mí.

— Ah… No deben separarse ahora. —No respondí—. Quiero que te pongas bien, Billy. Perdiste la alegría que siempre tenías en los ojos. —El recuerdo de Jörg diciéndome las mismas palabras retornaron en mi cabeza de un segundo a otro.

— No la perdí, sólo la guardé para tiempos mejores.

Los ojitos de Milagros se alzaron hacia mis espaldas. Volteé en esa misma dirección. Andreas se acercaba sonriéndole.

— Hola pequeña —saludó enterneciendo su voz—. Me llamo Andreas.

— Hola Andreas. Yo soy Milagros. —Andreas se acercó para saludarla. Ella le extendió su extremidad como toda una princesa. El rubio rio por el gesto y se inclinó para besarle el reverso de la mano. Milagros ahogó una exclamación cuando él se incorporó. Se acercó a mi oído rápidamente—. ¡Es como uno de esos príncipes! —Solté una carcajada y Andreas se contagió. Había escuchado.

— Amor, mejor nos vemos luego, ¿sí?

— De acuerdo.

— Disfruta de tu hermosa visita —dijo dedicándole una sonrisa a la niña, la cual soltó una risilla aguda. Le había gustado.

— De acuerdo. Te llamaré. Gracias. —Se fue.

— ¡¿Es tu novio?! —Preguntó atónita.

— Así es, Mili.

— ¡No me gusta para ti! —Dictaminó cruzándose de brazos e inflando sus mejillas en pose de niña fastidiosa.

— ¿Por qué no?

— Porque yo quiero que tú estés con Thomi. ¡Andreas es perfecto para mí! — Me reí más fuerte aún. ¡Eran increíbles sus ocurrencias!

— ¡Pero Thomas es mi medio hermano!

— Medio. Me-dio. No entero. ¡Pueden casarse!

— ¡No me digas! —Otra carcajada. Hasta sentía que unas pequeñas lágrimas se acumulaban en mis ojos de tanta risa—. Podemos hacer las dos bodas en una sola.

— ¡Sí! ¡Es una idea maravillosa! — Me incliné un poco y alcé sus manitos entre las mías. Dejé en ellas algunos besos y luego volví a acariciar su cabello.

— ¿Quieres que te enseñe el enorme jardín que tengo?

— ¡Sí, sí! —Respondió eufórica—. Pero tienes que ayudarme a pararme. Aún no lo sé hacer sola.

— Es sólo cuestión de práctica —aseguré tomando impulso para ponerme de pie. Agarré las muletas que descansaban al costado del sofá y las aproximé a nosotros. Adosé ambas contra el mismo sillón donde Milagros seguía sentada. En el instante en que me descuidé para alisar mis pantalones sobre mis muslos, una de las muletas se deslizó por el sofá y fue a dar con la rodilla de Milagros. Eso produjo un sonido doloroso. —. ¡Lo siento, Mili!

— Auch. Me dolió —murmuró con una mueca de dolor un tanto graciosa. Extrañado, fruncí el seño.

— ¿Te… dolió?

— Síp. La doctora me estuvo poniendo electricidad en las piernas y desde ese día siento un poquito de cosquillas. —Ensanché mi sonrisa.

— ¿Hablas en serio? ¡Esa es una noticia estupenda!

— ¡Sí! —Levanté la muleta y volví a adosarla al sofá. Luego ayudé a Mili a levantarse, impulsándola desde los bracitos y luego agachándome para rodear su cintura firmemente con uno de mis brazos, mientras estiraba el otro y le alcanzaba una a una las muletas. Volvió a aferrarse a ellas y me dio la afirmativa para que la soltara.

— Vamos a ver el jardín y luego te preparo una rica leche con chocolate, ¿qué dices?

— ¡Sí! ¡Leche con chocolate! ¡Sí! —Festejó siguiéndome por la sala hasta la puerta de vidrio cromado que conducía al amplio patio. Reí alto y procuré seguir su ritmo por si acaso. Pero no hizo falta. Ella se movilizaba como toda una experta. —. ¡Te quiero mucho, Billy!

— Yo también, princesita. Te quiero hasta el infinito —dije mirándola con ternura. Era increíble cómo me había cambiado la energía con su presencia.

.

Dos rostros jóvenes y felices, relucientes a plena luz del sol. Unos árboles frondosos como fondo perfecto de aquella postal.

Dejé el portarretratos sobre el escritorio de nuevo. Miré a los alrededores. Gran parte de sus títulos y honores.

— ¿Qué haces aquí?—La voz de Thomas interrumpió mis profundos pensamientos. Volteé hacia él, de pie en la puerta. Intenté sonreír, pero nada salió—. Te hace mal. —Me encogí de hombros.

— Hoy vinieron a visitarme Charles y Milagros —dije cambiando de tema.

— Qué lindo gesto… ¿Te hizo bien verla?

— Me hizo muy bien.

— Me alegro. —Sonrió de lado— ¿Estás listo?

— Sí.

— Bien. Vámonos.

Se marchó escaleras abajo. Lo seguí cerrando cuidadosamente la puerta del cuarto de nuestro padre, como si estuviera durmiendo profundamente en su cama, como antes, y no quisiera despertarlo.

Al pasar por el recibidor tomé las llaves de mi auto y salimos de la casa.

Le recordé a John que Susan tenía el día libre desde el mediodía y estaba en casa de una vieja amiga, para que en la tarde pasara a recogerla.

Los empleados tomaron la muerte de Jörg de una forma que no esperaba. Jimmy y la seguridad nos habían dado sus condolencias hasta con lágrimas en sus ojos. John estaba devastado. Tenía el presentimiento de que eran cuestión de días para que éste renunciara.

— ¿Dónde queda exactamente la oficina de Sánchez?

— A dos manzanas del estudio —respondí encendiendo el motor. Él se removía en su asiento para abrocharse el cinturón de seguridad. Thomas seguía sin ser capaz de conducir un vehículo por sus propios medios. Eso me preocupaba. Si John renunciaba, ¿cómo se iba a movilizar mi hermanastro en mi ausencia? —. Oye Tom.

— Dime.

— ¿No has pensado en comprarte un auto nuevo?—Pregunté maniobrando bruscamente para esquivar la fuente del porche. Leandro me hacía gestos para guiarme y no arrancarle un espejo retrovisor al auto con el portón de la casa. Una vez sobre la acera, le toqué bocina como agradecimiento y el portón se cerró mecánicamente. Emprendí la marcha hacia la oficina de Sánchez, testaferro y viejo conocido de Jörg.

— Primero tendría que vencer el miedo de manipular uno, ¿no te parece?

— ¿Y ya lo has intentado?—Hizo un sonido reprobatorio—. ¿Y qué esperas?

— No puedo. Sólo me siento seguro en un auto con John o contigo al volante.

— John no va a quedarse en esta casa por ti.

— Lo sé —masculló—. De todos modos yo tampoco voy a quedarme en esta casa. Tendré que contratar a un chofer personal.

— ¿Piensas mudarte? —Pregunté ciertamente sorprendido.

— Claro que sí. Esta casa es demasiado grande para vivir solo. —Asentí en silencio—. ¿Nervioso por conocer el testamento?

— La verdad que no. Solamente quiero terminar con todos estos trámites absurdos de una buena vez.

— No son absurdos.

— Es una manera de decir —formulé—, sé que no lo son. Pero siempre están presentes los papeleríos, los documentos, los contratos, la herencia… Sólo quiero hacer mi duelo en paz.

— En ese sentido te entiendo completamente.

— ¿Dónde se está hospedando Helga?

— En una habitación de hotel. Se va mañana.

— No quiere quedarse en la casa ni de casualidad, ¿cierto?— Lo miré un segundo y éste negó con la cabeza—. Tu mamá estaba destruida. Me rompió el corazón.

— Vino por su cuenta. Digamos que vino por su propio dolor. —Reí ásperamente acaparando su atención

— ¿Te molesta que Helga siga enamorada de Jörg aun después de todo lo que les hizo?

— No, no, no. No es eso. —Negó frenéticamente—. La entiendo porque yo también estoy enamorado y sé que seguiría estándolo a pesar de todo. —Asentí en silencio, tensándome en mi asiento. Fue incómodo todo el resto del viaje. Nos rodeó un silencio bruto y conciso. Pero finalmente habíamos llegado.

Llegamos a la recepción del gran edificio de varios pisos de alto. Una muchacha de puro dientes y ojos nos esperaba con una hermosa sonrisa en el rostro. Rondaba los veintitrés años, en la plenitud de su vida.

— Buenos días, caballeros. ¿En qué les puedo servir?

— Buenos días —saludó Tom acercándose al mostrador—. Somos William Kaulitz y Thomas Trümper, y venimos por el testamento de nuestro padre.

— Aguarden un minuto, por favor —La muchacha se inclinó hacia el teléfono de altavoz junto al montículo de papeles y carpetas, y realizó la llamada interna para comunicarse con el testaferro.

Miré a Thomas intentando disimular mi impaciencia. Él, en cambio, me dedicó una sonrisa tranquilizadora. —. Caballeros —llamó la secretaria—. El doctor Sánchez los espera en su oficina. Pasen, por favor —Señaló la puerta de madera con un cuadro que rezaba “Sánchez Humberto. Testaferro” en letras doradas. —; y mi más sentido pésame — Tom asintió por educación. Abrí la puerta de la oficina y entramos.

El despacho del doctor Sánchez era amplio y elegante. Cortinas de un raso blanco cayendo desde lo alto de los ventanales, hasta acabar en el suelo. Candelabros pendían amenazantes desde el techo, un techo de unos dos metros y medio de alto. Cuadros con preciosas obras maestras del Renacimiento y toda clase de títulos y honores Universitarios.

Al extremo de la oficina se encontraba un hombre menudo sentado en un gran escritorio, mirándonos por arriba de sus gafas redondas de lectura. Dejó a un lado la pluma y se puso de pie para estrecharnos éticamente las manos.

— Sr. Trümper. Sr. Kaulitz. Es un placer conocerlos —saludó con una voz áspera y una sonrisa algo tétrica, como si ese gesto fuera muy ajeno a él últimamente. —. Lamento la pérdida —Asentimos y tomamos asiento en las sillas frente a él—. ¿Quieren beber un café?

Nos miramos simultáneamente y luego asentimos.

— Un cortado para mí.

— Solo —optó Thomas—. Gracias —Activó de nuevo el altavoz y se comunicó con la secretaria.

Tom volvió a pararse para quitarse el saco del traje y colgarlo por el respaldo de la silla. Se sentó nuevamente y alargó su mano derecha hasta dar con mi muslo. Sobó suavemente esa zona y una triste sonrisa de aliento afloró de sus labios.

— Esto no tomará demasiado tiempo. Entiendo por lo que están pasando y, créanme, lo último que quiero es prolongar todo este asunto —Asentimos de acuerdo y el pequeño hombre toma aire para comenzar. Acostumbrado, seguramente, a presenciar conflictos familiares por los deseos de quien se va. Era una especie de comunicador de malas noticias. Un hombre menudo y pequeño para desahogar todos los rencores contra el que se fue de este mundo y no te dejó ni un penique.

Alguien golpeó la puerta y Sánchez le dio el paso. Era la misma muchacha de la recepción, con una bandeja plateada en sus manos y dos tazas humeantes. Se posicionó junto a mi hermanastro para depositar las tazas frente a nosotros. La mano de Thomas en mi pierna no pasó desapercibida ante los ojos de la pulcra secretaria, quien se mostró algo extrañada, pero no dijo nada en absoluto.

Se retiró y volvimos a quedar los tres en silencio. El hombre aclaró su seca garganta y seleccionó una carpeta solapada de entre todas las que sobre el escritorio se extendían. Tenía el nombre de nuestro padre en un clasificador.

— ¿Comenzamos?

— Por favor —respondí con poca paciencia.

Abrió la carpeta y aclaró su voz.

— A continuación leeré el último testamento de Jörg Kaulitz, que data del veintiuno de junio del año que corre…

— Disculpe —interrumpí y el hombrecillo alzó sus pesados ojos por encima de los lentes—. Tiene que haber un error. El último testamento oficial de mi padre data de más de un año atrás. Lo sé porque yo mismo lo redacté.

— Jörg me hizo unas visitas de asesoramiento hace tres meses atrás, y acordamos reorganizar ese testamento, licenciado. Este es el último y por lo tanto, el que tiene vigencia ahora —Asentí sintiéndome entre aliviado y sorprendido. Aliviado porque Thomas figuraría en ese testamento, pero con la incertidumbre de estar a punto de enterarme cómo serían realmente las cosas de ahora en más, quizás siendo muy distintas a cómo las venía idealizando—. Prosigo: “Yo, Jörg Bladimir Kaulitz, en sano uso de mis facultades mentales quiero dejar constancia de las voluntades que considero las más importantes luego de mi defunción. Confiero esta responsabilidad al doctor Humberto Sánchez, matrícula número 23.734.810…” —Tomé la taza de café y mojé mis labios en ella. Sentía mi estómago completamente cerrado. Nada podía entrar. Era una bola de nervios—. El documento se divide en cinco partes: Estudio Jurídico Kaulitz & Asociados, herencia monetaria, propiedades, deseos personales y dos cartas para ustedes. Respecto al estudio jurídico, dice: “Considerando la última emulación de peritos entre todos los abogados de la institución que lidero, evalué el legado de mencionado cargo, encontrando a mis hijos Thomas Trümper y William Kaulitz los únicos auténticamente capacitados para el cargo de socios mayoritarios. Dicho esto, apenas mi defunción sea un hecho público y legal, cada contrato de todos los empleados que hasta el momento ejercían la abogacía en mi estudio, deben de ser actualizados acorde a la parcialidad del nuevo líder. Así también quedan anuladas las asociaciones con los estudios Morris y Seeger para que el nuevo cuerpo administrativo delibere si dichas asociaciones siguen en vigencia o no—Eso era un gesto sumamente sorprendente en Jörg. Dejaba a plena voluntad toda la administración de su preciado estudio en manos de sus hijos. Ahora había que descubrir cuál de los dos sería el que más acciones tendría—. Dicho esto, el socio mayoritario, con el cincuenta y cinco por ciento de las acciones, es… —Los cinco segundos que le llevó dar vuelta la hoja, fueron los cinco segundos más largos de mi vida— Thomas Trümper.

Noté que Tom alzaba la mirada hacia el testaferro repentinamente. Después me miró a mí. Estaba anonadado.

— Felicitaciones, hermano —dije sonriéndole y adosando mi mano en su hombro. Éste sonrió aún sin entender del todo la responsabilidad y el voto de confianza que nuestro padre había depositado en él. Vi descender una lágrima de emoción por su mejilla izquierda. La limpió con delicadeza y sonrió finalmente.

— Con el cuarenta y cinco por ciento de las acciones, el cargo de vicepresidente le corresponde a mi hijo William Kaulitz.

Era un peso menos. Un asunto que me sacaba de encima para poder salir del país sin tener que acarrear con ninguna responsabilidad laboral. Sólo tenía que cederle a Thomas el total de mis acciones para que el estudio fuera enteramente suyo.

Pensé, entonces, que hace unos cuantos meses atrás quizás esta decisión de mi padre me caía como un baldazo de agua helada. Me habría enojado demasiado. Sin embargo, el hecho de que le delegara un cargo tan importante a Thomas en lugar de a mí, me ponía feliz. Me alegraba que Tom haya crecido lo suficiente como para que nuestro padre lo considerara el próximo heredero. Y no sólo creció él como profesional, sino que también creció la unión que existía entre ambos. Jörg finalmente lo consideró su auténtico heredero.

— Pasemos a la parte “Herencia Monetaria” —Con Thomas bebimos de nuestros cafés al unísono y nos reacomodamos para oír al doctor Sánchez. Botó un lento suspiro y alzó sus cejas mientras negaba suavemente—. Me cuesta mucho hacer esto después de tantos años de trabajar para Jörg… En fin. Jörg Kaulitz tenía una suma bastante generosa depositada en una caja de ahorros en el Banco Central —dijo recobrando la compostura—. Dicha suma es de ocho millones quinientos cincuenta mil trescientos dólares —Miré a mi hermanastro, perplejo. Él se encontraba en la misma situación que yo, esperando encontrar en mí conocimiento de esa cifra. En absoluto. Yo estaba igual o incluso más sorprendido que él—. Dichos ahorros se dividen de las siguientes maneras: el setenta por ciento de la herencia se divide en dos exactamente; treinta y cinco por ciento para William Kaulitz, y treinta y cinco por ciento para Thomas Trümper —dijo mirándonos cada vez que nos nombraba—. Un veinte por ciento se divide en partes iguales para dos mujeres: diez por ciento para Helga Trümper, y diez por ciento para Susana Rough —Sonreí de lado viendo venir ya ese gesto—. Y el diez por ciento restante está destinado a pagar cualquier deuda que pudiera tener el estudio, o cualquiera de ustedes dos.

Thomas volteó su rostro hacia mí, sonriendo tontamente.

— El estudio no tiene deudas —dijo como si yo no lo supiera—, o sea que la deuda que tenías con el banco, que papá estaba pagando por ti, queda totalmente saldada.

— Sí… —susurré incrédulo, demasiado sorprendido. Finalmente me terminé contagiando de la sonrisa de mi hermanastro. De repente me encontraba con un Jörg completamente diferente una vez fallecido.

— En cuanto a las propiedades, no son tantas —Dio vuelta la hoja y carraspeó aclarando su voz—. La propiedad principal es la casa en donde Jörg vivió los últimos treinta años de su vida —Asentí bebiendo unos largos tragos de café—. Dicha casa, ubicada en el barrio privado Brounfort, queda a nombre de William Kaulitz —Sentí una pequeña tristeza dejar su semilla sembrada en mi interior. Tenía que vender la casa que me vio crecer, que vio morir a mi madre y a mi padre. La casa en donde tuve los momentos más felices de mi vida—. Hay dos propiedades más. Una en Francia y otra aquí en Alemania. En Francia es un departamento y aquí es un local. Ambas propiedades quedan en poder del señor Albert Cortez para que las asocie a su compañía y maneje sus ventas —Miré a Thomas y recibí su aprobación. Por un momento creí que Tom iba a estar en desacuerdo de que Albert se encargara de esas propiedades abandonadas, aunque sea por un inconcluso pretexto de orgullo. Sin embargo, se mostró muy comprensivo y respetuoso—. Hay una propiedad más… —Ojeó unos documentos paralelos, independientemente de la carpeta que nos estaba leyendo hasta el momento. Acomodó los lentes deslizándolos hacia arriba por el puente de su nariz—. Es una casa prefabricada, con orden de instalarse en un terreno aquí en Alemania o en Argentina.

— ¿Argentina? —Pregunté extrañado.

— Sí. Argentina —insistió—. La casa está valuada en ochocientos treinta mil dólares, y está a nombre de William Kaulitz —Alzó la mirada hacia mí—. Usted.

— ¿Yo? ¿Por qué querría una casa en Argentina? Siquiera aquí en mi país —empecé, mirando a Sánchez y a Thomas—. Ya dejó a mi nombre la casa donde vivimos toda la vida, ¿por qué otra?

— Bueno, eso dice aquí mismo —repuso Humberto.

— Bill —llamó Tom—. Tal vez no es para ti exactamente.

— No entiendo.

— Papá dejó una casa prefabricada a tu nombre para que tú se la regalaras a Charles Gómez.

— ¿Cómo?

— Jörg se acordó de tu pequeña amiguita. Se acordó de Milagros. —Curvó sus labios en una dulce sonrisa— Ellos deben elegir si quieren seguir viviendo aquí, o volver a Argentina.

— No lo puedo creer… —susurré. Ese era un gesto totalmente desinteresado. ¡Yo que pensaba que no le había prestado atención a lo que ese caso había sembrado en mí! Charles y su familia ya no iban a seguir en un hotel. Ahora tendrían un hogar, ya sea en su tierra de nacimiento, o en la de crianza. —. Es increíble.

— Me alegro que sea una buena noticia —comentó Sánchez dejando ver su sonrisa gastada nuevamente—. Lo último es un deseo personal que tiene que ver con usted, licenciado Trümper.

— ¿Conmigo? —Preguntó Tom todavía conmocionado por la reciente noticia—. Adelante.

— Hay un trámite ya iniciado en el Registro Civil de las Personas Alemán, que necesita su firma para llevarlo a cabo o para cancelarlo —Thomas unió el entrecejo sobre el hombrecillo—. Se trata de un cambio en su nombre. La última voluntad de Jörg Kaulitz tiene que ver con usted, y es que cambie o agregue a su nombre el apellido Kaulitz.

— Oh… —soltó Tom dejándose caer en el respaldar de la silla. Yo guardé silencio—. Eso es algo fuerte.

— Aclara aquí que no es un trámite necesario para cobrar la herencia, ni para ser presidente del estudio jurídico Kaulitz & Asociados. Simplemente es un deseo. El deseo de que sus dos hijos lleven su apellido.

Thomas volteó la mirada hacia mí. Nuestra fuerte conexión se hizo notar en seguida. Me pedía un cable a tierra. Me pedía mi opinión. Sinceramente, no me sentía apto para opinar sobre eso. Lo que yo dijera influiría directamente sobre la decisión final de mi hermanastro, y sólo quería que actuara acorde a sus emociones, no acorde a las mías.

— Es tu elección. Piénsalo —me limité a decir y éste asintió al cabo de un momento.

— Finalmente… —Abrió el cajón oculto de su lado del escritorio y nos enseñó son sobres blancos. Mi nombre en uno de llos escrito por el mismísimo Jörg, y el de mi hermano en el otro. Los dejó enfrente de nosotros—, las cartas. Ahora, si les parece bien, quisiera que comencemos a leer los documentos para hacer efectiva lo antes posible cada voluntad de Jörg.

— Estoy de acuerdo —dije acomodándome en mi asiento. Miré a Thomas. Seguía conmocionado, con la mirada detenida en algún lugar, mirando a la nada misma.

Continúa…

Gracias por la visita. Te invitamos a continuar con la lectura.

por Antonella Ayelen

Escritora del fandom

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