«Apostemos» Temporada III

Capítulo Final I

Vacié la taza de café de un sorbo y clavé mi mirada en la lejanía de la cocina, cerca de la puerta que conducía al comedor. Enfrente de mí, la computadora portátil ya se había apagado y ahora mostraba el protector de pantalla. Volví mi atención al aparato y movilicé el pad óptico. La página de una inmobiliaria mostraba distintos anuncios de departamentos y casas por donde andaba buscando. Diferentes precios que variaban entre lo medianamente accesible, y lo exageradamente caro. De todas formas eso ya no era un problema.

De hecho, ya nada sería un problema…

Me puse de pie y dejé la taza dentro del grifo. Cerré el computador y me lo calcé debajo del brazo, como si fuera un periódico.

Al salir, subí las escaleras. Pasé por el cuarto de Bill. La puerta estaba abierta de par en par, y dos prolijas valijas reposaban sobre su cama, también prolijamente arreglada. Él no estaba ahí. La puerta del baño al final del pasillo yacía cerrada, lo que quería decir que estaba ahí dentro.

Me metí a mi cuarto, dejé el computador sobre mi escritorio y tomé el saco colgado del perchero. Me lo calcé rápidamente y salí.

Solamente quería ahorrarme verlo una última vez. Quería ahorrarme todas las lágrimas y las palabras dolorosas. Quería hacer de cuenta que aquel era un día cualquiera en el que tenía que levantarme, arreglarme, trabajar, volver a casa y dormir para enfrentar otro día bastante similar. Si quedaba algo de tiempo, tal vez encontrara un momento para vivir.

Como un gran encabezado destellando recordé las palabras de Georg. Sería un viejo solo y triste, como mi padre.

Bajando las escaleras, mi teléfono celular comenzó a sonar. En medio de una maldición ahogada, lo saqué del bolsillo y respondí la llamada.

— Hola bebé.

— Dime qué necesitas, mamá—solté de manera descortés.

— Llamaré en un mejor momento.

— Mamá—corté sobre sus palabras—. Habla, ¿quieres? Dime en qué puedo ayudarte.

— Era por el tema de la herencia que dejó Jörg. La verdad que nunca tuve en mi poder tal suma de dinero y no sé cómo administrarla. Necesito que me asesores. —Terminé de bajar las escaleras y empecé a deambular por la sala con el celular pegado a mi oreja—. Tom, ¿sigues ahí?

— Claro… Amm… La mejor inversión es una propiedad. Tienes que vivir tranquila, y esa casa es demasiado pequeña y tiene problemas en los cimientos. Déjame hablarlo y envío a alguno de mis abogados para allá.

— ¿Tus abogados? —Preguntó con un tono algo extraño.

— Sí mamá. Yo no puedo andar viajando justo ahora. Espero lo entiendas—argumenté con impaciencia.

— No me refiero a eso. Sólo me pareció extraño que los trataras como empleados, cuando antes eran tus compañeros. —Su voz sonaba a reproche.

— Sólo es una palabra—dije cansado—. Mamá, tengo que salir.

— Hoy viaja Bill, ¿cierto? —Callé.

— Sí.

— Entonces entiendo tu poco humor—dijo y luego suspiró—. Adiós bebé. Te amo.

La llamada finalizó. Guardé el celular sin darle muchas vueltas y me dispuse a retirarme.

— ¿Te vas a ir sin despedirte? —Esa era la última voz que deseaba oír. Detuve mi rápido andar y volteé lentamente, con temor diría. Era él acompañado de Susan. Ésta bajaba secándose el rostro. Seguramente ya se habían despedido. Sin embargo, ambos sonreían. La sonrisa de Bill era algo fingida, pero ahí estaba, tan hermosa como siempre.

— Estoy retrasado—respondí velozmente.

— Tom—regañó Su, pero Bill levantó su mano sin cambiar de expresión, como si no importara demasiado.

— Está bien, Su. —Susan se volvió hacia el comedor y nos dejó solos—. Me voy—dijo borrando apenas la sonrisa. La realidad podía más que su acting. Me encogí de hombros—. ¿No quieres decirme nada?

— En absoluto. Ya te dije todo lo que tenía para decirte. —Me dispuse a irme, pero volvió a hablar y me detuve.

— Pero yo sí quiero decirte algo. —Mi corazón comenzó a galopar. ¿Cómo, después de tantos golpes y machaques, conservaba intacta esa ridícula esperanza de que se quedara?—. Quiero irme sin rencores.

— Eso no depende de mí.

— Por favor, Tom. ¿Por qué no arreglamos las cosas?

— No creo que llamemos “arreglar” a lo mismo, Bill.

— Ya hablamos muchas veces sobre esto…

— Y llegamos a lo mismo. Andreas es el santo que tanto veneras y yo el vil demonio que te lastima incansables veces—dije alzando un poco la voz. Estaba cabreándome. Mejor dicho, me encontraba desesperado. Sabía perfectamente que aquella era la última discusión y aun así no podría hacer que se quedara—. Listo, ya. Está bien. Lo entiendo perfectamente. Al fin y al cabo estamos como al principio, ¿no? Tú me odias.

— Yo no te odio, Thomas—negó con voz angustiosa—. Pero perdimos el rumbo de las cosas. Todo se salió de control.

— ¿Control? ¿A qué llamas control?

— Bueno, puede sonar estúpido, pero nuestra apuesta era una manera de controlar todo esto.

— ¿De qué apuesta hablas? —Mi paciencia me había abandonado por completo—. ¡Por favor, Bill! No seas infantil.

— Quizás para ti no valió nada, pero para mí significaba no repetir nuestros errores.

— O sea, no enamorarnos—corté. Él no respondió, sólo bajó la mirada al suelo—. Bueno, entonces fue totalmente inútil.

— Esa apuesta ya terminó hace rato.

— Sigues con eso…—Rasqué mi nuca con insistencia y luego me crucé de brazos y eché la cabeza hacia atrás, mirándolo con cierta zozobra—. A ver, ¿por qué terminó? Si bien recuerdo, se terminaba cuando uno de los dos admitiera que estaba enamorado del otro. —Seguía sin mirarme y en un silencio total. Estaba desesperándome—. Bill—llamé, pero seguía estático—, ¿cuándo se terminó esa apuesta?

— Olvídalo. No dije nada—soltó repentinamente y se giró hacia las escaleras. Todo fue tan rápido, que hasta olvidé que estaba llegando tarde al estudio, y él pareció olvidar nuestra despedida como hermanos normales que sólo comparten un vínculo fraternal.

Fui tras él, desde luego. Lo seguí escaleras arriba y detuve firmemente la puerta que me cerraba en la cara. Entré por la fuerza a su alcoba y lo desafié con la mirada.

— ¡Respóndeme! —exigí.

— Se terminó en el hospital, cuando estabas internado—dijo finalmente.

.

— Thomi… Mi Thomi…, te amo. Siempre te amé y nunca dejé de hacerlo… Pero, ¿sabes?, cuando despiertes te dejaré libre para ser… Así es mejor… Pero no dudes de mi amor ni por un segundo. Te amo como jamás amaré a nadie

Oí en la lejanía… ¿Bill? ¿Era Bill? Sí. No había dudas. ¡Era él! Su voz me es inconfundible. Necesito abrir mis ojos, reaccionar. Quiero reaccionar. ¡Quiero reaccionar! Quiero abrazarlo y decirle que yo siento lo mismo, y que estoy feliz de recibir su perdón… Su perdón.

.

— Perdiste—sentencié—. Perdiste la apuesta.

Me observó como avergonzado y luego se dejó caer en la cama. Su cuerpo cayó como abatido sobre el colchón. Luego comenzó a sollozar.

— Y si me amas, si estás tan enamorado como afirmaste aquella vez, ¿por qué me estás haciendo todo esto? —Pregunté con un nudo en la garganta. Su silencio sólo me hizo doler más—. ¡¿Por qué juegas así conmigo?! —Nada. Sólo convulsionaba encorvado en su lugar—. O quizás sólo lo dijiste porque creíste que iba a morir… Fue por eso, ¿cierto? Porque te sentías culpable.

— ¿Qué importa? Perdí. Eso es todo.

— A mí me importa. Me amas. ¿Por qué te vas a ir a hacer una vida con Andreas, si me amas a mí?

— No puedo lastimarlo—susurró calmando su respiración lentamente—. Lo lamento.

— Estoy harto de escuchar siempre lo mismo—espeté—. Perdiste la apuesta. Lo que quiere decir que te tienes que ir. —Levantó la mirada hacia mí, con expresión incrédula, como si no diera crédito a lo que decía—. Ahora ya es un hecho. Perdiste. Vete. —Le devolví una mirada de desdén puro—. Eres un cobarde que no se juega las bolas por lo que ama—dije fríamente—. Que seas muy feliz. Y que la perfecta burbuja en la que escogiste vivir nunca explote.

Me volteé, abrí la puerta, y me marché.

.

Dejé que mi mirada se concentrara en el exterior del auto. John se había cansado de intentar entablar una conversación con mi absorto yo.

Ya estaba lejos de él. Ya me había ido de la casa. Al llegar, en la tarde, no lo encontraría. No encontraría sus pertenencias. No flotaría en el aire su fragancia. No se oiría su risa, ni su voz tan particular. No habría más tazas de té escurriéndose en el grifo. Tampoco la música que le gusta sonando en las noches por lo bajo. No más colillas de cigarrillos todavía echando humo en los ceniceros. No más maquillajes desparramados en el baño. No más tímidas sonrisas, no más de esas peculiares miradas, no más besos de buenos días ni besos de buenas noches. No más.

No habría más que una casa vacía. Yo no sería más que un cuerpo que solía albergar algo. Lo extrañaría en las mañanas, lo necesitaría en las tardes, para finalmente morir por las noches. Esa sería la maldita rutina que acabaría por destruirme. Esperaría todos los malditos días un mensaje, un llamado, un e-mail, lo que fuera. Esperaría todo lo que resta de vida por verlo volver. Esperaría que volviera. Envejecería esperándolo. Envejecería con todo este amor para dar pudriéndose en mi interior. ¿A quién le daría abrazos largos? ¿Con quién hablaría hasta que se me secara la garganta? ¿A quién acariciaría? ¿A quién le ofrecería mi hombro para llorar? ¿A quién iba a colmar de besos, como minuciosas cosquillas? Al despertar y estirar mi brazo a un lado de la cama, ¿a quién tocaría cada mañana? ¿Con quién voy a reír hasta llorar, y llorar hasta reír? ¿Quién me iba a hacer sentir cosquillas en el estómago? ¿Quién iba a alimentar mis ganas diarias de vivir?

— Nadie—susurré para mí mismo.

— ¿Dijo algo, señor? —Alcé la mirada hacia el chofer y negué débilmente.

No volvería a sentir lo mismo ni en veinte vidas. La sensación de que no existe el mundo cuando habla. La sensación de que el tiempo se detiene cuando su mano colisiona con la mía. Ya no oiría sus sutiles gemidos en mi oído ni dejaría escapar los más sinceros jadeos en el suyo. Ya no habría más despertares dulces después de noches apasionadas. Él despertaría junto a alguien más. Despertaría mirando otro cielo raso, rodeado de cuatro paredes distintas a las mías. Respiraría otro aire y vería otro cielo.

Andreas iba a colmarlo de caricias, lo haría reír, lo haría llorar, luego lo consolaría y lo acunaría entre sus brazos. Andreas cumpliría el sueño que siempre quise realizar. Tendría esa dicha. Y quizás yo me equivocaba y Bill conseguía ser realmente feliz. Se olvidaría de la primera vez en la que le dije que lo amaba, en el río. Se iba a olvidar de nuestra primera vez juntos. Iba a echar en el olvido la adrenalina que siempre sentíamos al saber que si alguien nos pillaba haciendo algo, nos matarían. Olvidaría mi voz confesándole mis más puros sentimientos. Olvidaría cómo huele mi piel, cómo se siente rozarla. Olvidaría mi risa. Olvidaría cuánto me gustaba que después de cada beso, sus ojos permanecieran cerrados unos segundos más. Esa semana juntos en Nueva York sólo sería una anécdota más, y quizás un error. Esa pequeña piedra que cuelga de su cuello se añejaría en algún lugar, y con ella todo el amor que alberga. Toda nuestra historia pasaría a ser un cuento, y luego un recuerdo, y luego lo olvidará. Como un libro que se lee, se disfruta en el momento y luego de su final, vuelve con los otros, con los leídos. Comenzará otro desde la primera página y volverá a ilusionarse, a fantasear con su trama.

Parpadeé para no llorar. Ni una sola lágrima.

Carraspeé y recobré la compostura cuando el auto aparcó frente a la puerta del estudio.

.

By Bill

— ¿Por qué no? Esta casa es tan tuya como mía, Su.

— El dinero que me dejó tu padre me alcanza y me sobra para vivir tranquila, Billy—dijo acariciando mi mano suavemente—. No te preocupes por eso, de verdad.

— Bien—me resigné sonriéndole de lado.

Miré la hora en el reloj de pared y borré cualquier rastro de sonrisa.

— Ya está por llegar Andreas—susurré queriendo recobrar algo de valor. Ella asintió soltándome.

— Será mejor que me vaya ahora. No quiero estar para verte partir. —Su voz se quebró un poco—. Pasaré unos días con una amiga hasta que María Eugenia pueda venir aquí.

— Me alegra profundamente que al fin puedas vivir con tu hija, Su.

Liberé la butaca donde estaba sentado y rodeé la mesada con mis brazos extendidos. Una vez frente a ella, dejé que rodeara mi cintura y yo acaricié su espalda suavemente. La sentí temblar en mis brazos.

— Prométeme de nuevo que me llamarás cada día.

— Te llamaré cada día. Lo prometo. —Acaricié su cabello cuidadosamente y luego me soltó repentinamente. Secó su rostro y recobró la compostura y la sonrisa.

— Ya basta de llorar. He llorado demasiado.

— Es cierto. Se te correrá el rímel. —Reímos. Luego reinó el silencio un momento.

— Ten buen viaje—dijo acariciando mi mejilla—. Y sean felices. Es todo lo que me importa, ¿de acuerdo? —Asentí. Ambos sabíamos que eso sería muy difícil de lograr, pero aun así queríamos aferrarnos a la posibilidad—. Adiós, mi pequeño.

— Adiós mami.

No se resistió a darme un último abrazo. Me apretó fuerte un momento, como si quisiera guardarme dentro de ella para siempre. Luego besé su frente y le regalé una última sonrisa.

Yo no iba a volver. Ella lo sabía de sobra.

Como si ese “mami” fuera el perfecto broche de oro que cerrara nuestra despedida, se fue sin decir nada más.

Una vez solo, volví a sentarme en una de las butacas que rodeaban la mesada y encendí un cigarrillo. Le di una profunda calada y cerré los ojos todo el tiempo que la retuve.

Al llegar la tarde, Thomas sería el último en entrar a la casa, y el último en irse después.

Thomas…

.

Puedes dejar de odiar, dejar de sentir tristeza, dejar de sentir felicidad, puedes dejar de sentir miedo y susto. Puedes deshacerte de cualquier sentimiento o sensación. Pero no podrás arrancar al amor de tu pecho. No podrás fingir que nada pasó. No puedes disimular su presencia. No puedes ponerle distancia ni mantos para no verlo. Él estará ahí, adentro de ti recordándote todo el tiempo que no puedes vencerlo. El amor se alimenta de la espera, de la esperanza, de los recuerdos. Y esa casa estaba lleno de ellos…

Sólo Dios podía tener una mínima idea de cuánto me desgarraba el alma alejarme de Thomas. Sólo Dios podía ponerse en mi piel y sentir el ardor en mi estómago, las pulsaciones aumentando por la desesperación. Me ahogaba el dolor. Me ahogaba la soledad. Me ahogaba el desarraigo.

Al fin y al cabo él tenía razón. Era un cobarde. Me había convertido en un maldito cobarde que huía porque así era mejor, porque ya no tenía los huevos de echarse hacia atrás, un cobarde que no era capaz de decir la verdad. Un maldito cagón. No tenía agallas suficientes para enfrentar la realidad y luchar por lo mío. Por lo nuestro. Lo de Tom y yo.

Y más cobarde aún porque sólo un pensamiento enfermo e imposible rondaba por mi mente. Quería volver el tiempo hacia atrás y vivir una y otra vez cada momento hermoso que viví junto a Thomas. Deseaba volver a esa semana en Nueva York. Esa mágica semana. Si tan sólo pudiera…

Otra pitada. Me puse de pie y empecé a caminar lentamente, tranquilo, por el que un día fue mi castillo encantado del que deseaba que me rescataran.

Cada mueble, cada baldosa, cada lámpara, cada cuadro, cada cortina, cada adorno. Cada rincón…

Mi madre, mi padre, mi hermano.

La puerta me sorprendió al pie de las escaleras. Giré y vi a Jimmy escoltando a Andreas.

Se acercó a mí con una vestimenta casual. Una camiseta blanca lisa y unos jeans azules. Sus manos en los bolsillos. Calló. Me miró a unos pasos de distancia.

— Mis maletas están en el auto de John—comentó. Asentí en silencio. Me acerqué a él y con los ojos cerrados posé mis labios en los suyos. Me dolió en lo más profundo del alma no sentir nada… Pero más dolía la firme convicción de que esos labios serían los que besaría de ahora en más, hasta el final, y no sentiría nada.

Me alejé y sonrió de lado. Sus ojos lucían diferentes. Era una mirada lejana, ajena.

Aprisioné el cigarrillo entre mis labios y me acerqué a mis valijas, a un costado del sofá central. Ejercí un poco de fuerza para subirles las manijas y movilizarlas por las ruedas. Andreas se precipitó a tomarlas.

— Yo las llevo—dijo antes de salir de la casa, dejando la puerta abierta.

Escapó de mis labios la última bocanada de humo y dejé caer el cigarrillo por la mitad a un lado de mi pie derecho. No lo pisé. Dejé que se consumiera solo.

Llené mi pecho de aire y junté con pala lo poco que me quedaba de valor. Había llegado el momento de decir adiós.

— Poder decir adiós es crecer, señor. —Un poco asustado por la sorpresa y la coincidencia, miré hacia la puerta. Jimmy, impecable como siempre, esperaba que me marchara para cerrar la puerta.

Al pasar junto a él, palmeé uno de sus hombros como despedida y agradecimiento.

Bajé los escalones del recibidor y recorrí el porche por última vez.

Andreas clavó su mirada en mí recostado en el auto de John.

— ¿Listo? —Una pregunta para la que sólo había una respuesta.

— Claro—contesté.

Nos sentamos en la parte trasera y el auto se puso en marcha.

Andreas tomó mi mano con firmeza, pero al mirarlo, su rostro había girado hacia la ventanilla. Observé su perfil unos instantes.

Ahí estaba mi futuro. Mi vida. A partir de ahora, mi todo.

Apreté entre mis dedos la piedrita que pendía de mi cuello en ese viejo cordón desteñido, como si eso me conectara con Tom de alguna manera. Cerré los ojos.

.

By Tom

Apreté entre mis dedos el dije que pendía de mi cuello en esa cadenita de oro, como si eso me conectara con Bill de alguna manera. Cerré los ojos.

Volví mi concentración a los papeles que yacían sobre mi escritorio. Cientos de contratos, de nuevos proyectos, de currículos. Mi cerebro presionaba dentro de mi cráneo.

Otra calada al cigarrillo que estaba fumando. Sentí mi estómago endurecerse en una arcada de asco. El cigarro estaba por la mitad y me sentía incapaz de terminarlo. Lo apagué en el cenicero y recargué mi mentón en mi mano derecha.

Miré la hora en el teléfono celular. Bill debía estar abordando su vuelo en ese mismísimo instante.

Maldije mentalmente y dejé de lado el aparato.

Por mucho que intentara no pensar, me era imposible. Era imposible erradicar la certeza de que al llegar me encontraría solo en una casa inmensa.

Me largaría de allí cuanto antes.

Unos golpes a la puerta. Grité que pasaran. Era Georg.

— ¿Qué hay Tom? —Saludó acercándose al escritorio. Me encogí de hombros y me recosté en mi silla, meciéndome suavemente de un lado hacia otro—. Mucho trabajo, eh. ¿Necesitas ayuda? —No respondí. No podía siquiera hablar. Me observó minuciosamente, analizándome—. Oye, Tom. ¿Cómo estás?

— Mal—respondí sintiendo el nudo en mi garganta crecer—. Estoy realmente mal. —Mi voz tembló.

Su expresión cambió a una de pena. Se estaba compadeciendo de mí.

— Todo estará bien, Trümper—susurró—. Sólo date tiempo.

— Ese es el puto problema, Georg—tercié haciendo un gran esfuerzo para no decaer nuevamente en el llanto y en la depresión—, el tiempo.

Mordió su labio inferior y ya no supo qué decir. Unos minutos después pareció reaccionar gracias a una idea. Se removió en su asiento y sacó el teléfono móvil. Lo manipuló con manos ágiles.

— ¿Qué…?

— Chss—me calló. Parecía esperar que alguien respondiera al otro lado. Luego aproximó su brazo con el teléfono apuntando hacia mí.

— ¿Qué quieres con esto? —Pregunté desconcertado. La única certeza que tenía, era que Georg estaba realmente entusiasmado.

— ¡Habla! —Ordenó cuando ni siquiera me habían contestado al otro lado.

— Diga—dijeron al otro lado. Se oían ruidos de interferencia—. Georg, dime qué ocurre.

Era él. Era Bill.

Le eché una mirada acusadora a Georg, quien tenía los ojillos brillosos, destellando esperanza.

— Una última vez—susurró el pelilargo. Comprendí por qué llamar desde su celular. A mí no me atendería ni en un millón de años.

— Por favor caballero, apague su celular. —Pude escuchar a una muchacha decir al otro lado del teléfono. Me asusté. Sentí ansiedad de hablar, pero no supe qué decir.

— Geo, debo colgar.

— No me cortes—pedí en una súplica. Él no volvió a hablarme. Sólo se oía ese horrible sonido de interferencias y su respiración algo agitada.

— Dime—dijo como manteniendo la calma. Supe entonces que Andreas estaba a su lado, peligrándolo todo. Me enojé conmigo mismo al sentir la semilla de la esperanza aflorar nuevamente en mi interior.

— No te vayas—susurré. Georg sobó su rostro e infló su pecho en un suspiro—. ¿Qué haré con todo esto que siento si te vas, Bill? —Silencio. Mordí mi labio—. Te amo.

— Dios…—Aquello fue muy débil, pero pude escucharlo—. No digas eso.

— Te amo demasiado, enano. Por favor. Por lo que algún día significó todo esto para nosotros. Por nuestro amor.

— Lo siento.

— Te amo—repetí como si esas dos simples palabras pudieran generar un cambio.

— Yo también—murmuró, y lejos de alegrarme, sólo me hizo doler—. Debo colgar. Adiós.

— No, no… Bill, no me…—Cortó.

Alejé el teléfono de mi oreja y lo apoyé suavemente sobre la madera del escritorio. Georg me observó cabizbajo. Me encogí de hombros y negué.

— Ya está. No hay nada que se pueda hacer.

— Lo lamento, viejo. Pensé que tal vez serviría de algo.

— Ya. —Esbocé una triste sonrisa—. Si no te importa, me gustaría terminar de revisar estos papeles.

Asintió. Tomó el celular y se levantó de su silla en silencio. Se fue y fue en ese momento en donde me sentí completamente vacío. Me disolví en las tinieblas de mi propia soledad. Me hice parte de ellas.

.

By Bill

Me quedé observando la pantalla de mi celular como un idiota.

Me encontraba totalmente aturdido, desconcertado.

Te amo. Me lo había dicho finalmente. Mis piernas temblaban. De no ser por estar sentado en el asiento del avión, me hubiera tumbado en el suelo.

— Amor—llamó con insistencia Andreas. Aún desconcertado, volteé mi rostro hacia él. Parpadeé varias veces. Ya me había estado llamando desde antes—. Pregunté quién era.

— Lo siento. No escuché por todos esos ruidos de turbinas—dije intentando lucir distendido—. Era Georg—contesté mostrando el celular con el nombre de mi amigo luciendo aún en la pantalla, como si fuera culpable y necesitara mostrarle las pruebas. Él asintió sin dejar de mirarme.

— Caballero—Volteé hacia la azafata de pie junto a mi asiento—. El teléfono celular, por favor.

— Claro—asentí y apagué el teléfono como ella me dijo. Luego Andreas tomó mi mano con firmeza.

Tomé aire y acepté lo que seguía.

Por favor, abróchense los cinturones por favor. Prepárense para despegar.

Continúa…

Gracias por la visita. Te invitamos a continuar con la lectura.

por Antonella Ayelen

Escritora del fandom

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!