
«Apostemos» Temporada III
Capítulo 4: No retornable
— ¿Sabes?, me causa curiosidad esa piedra que tienes de colgante.
— ¿Qué? — pregunté como para ahorrar tiempo, porque sabía de lo que hablaba. Me senté en la cama, sin que él pudiera ver mi rostro y mordí mi labio mientras mis dedos jugaban con mi collar de manera nerviosa.
— La piedra bordó esa. Es rara. ¿Tiene algún significado?
— No lo sé… Me la regaló Milagros.
— Qué bonito detalle — dijo alegre y yo cerré mis ojos con fuerza. ¿Por qué el destino, de una u otra manera, me obligaba a mentirle cuando se trataba de mi hermanastro? —. Me resultó llamativo algo tan precario en ti, que siempre te gustaron los accesorios brillosos.
— Es que esta piedra tiene un valor emocional, antes que material… Y jamás un accesorio me importó tanto como este — reconocí y él suspiró.
— Me gusta oírte hablar así — Lo miré por sobre mi hombro y le respondí con una sonrisa. —. Oye, amor, aunque ya lo hemos hablado casi por dos horas y sé que no quieres volver a tocar el tema, no me has dicho cómo te sientes después de esa recaída…— Esa pregunta me hizo volver a la realidad. Apreté mis párpados cerrados y me concentré en mis sensaciones.
— Algo decepcionado, pero también me siento seguro.
— Seguridad. Eso es algo bueno — dijo—. ¿De qué te sientes seguro?
— Recuerdo que Gustav estaba molesto, y su humor pareció empeorar cuando Nicolás me dio la droga — Su rostro saliendo de la cocina volvió a mi cabeza de un instante a otro. —. Él no quería que yo consumiera. Así que creo que me siento seguro de que Gustav es… mi amigo — dije y no pude evitar reír—. ¿Gustav mi amigo? Suena tan lejano…
— A ver, Bill… También dijiste que él le había encargado a ese Nicolás que te llevara esa dosis a tu casa, ¿estoy en lo cierto? — Asentí. —. ¿Y cómo explicas eso?
— No lo sé…— Me tomé la cabeza y me dejé caer de nuevo en la cama. Él yacía medio acostado a mi lado, con las sábanas cubriendo su desnudez, y su torso expuesto. —. Estoy confundido respecto a eso — Volteé mi rostro y lo miré fijamente. —. ¿Me creerías si te digo que Gustav cambió bastante? — Él me sonrió intentando brindarme algo de confianza. Acarició mi pecho con la punta de sus dedos y en cierto modo me calmé.
— Claro que te creo, amor. Tú conoces a ese sujeto; y si dices que cambió, debe ser así. Pero no quiero que te olvides de todo lo que pasaste durante esos dos años. Quizás conociste a gente muy cool a las que llamaste amigos, pero también te drogabas y pagaste por eso, ¿o no? La relación con tu padre empeoró, te fuiste a otro país alejándote de todo lo que querías, intentaste suicidarte varias veces, y mejor me detengo ahí — dijo con una seria expresión en su cara—. No quiero que pienses que ese fue el mejor modelo de vida que existió para ti. Tal vez el ritmo de vida que estás llevando actualmente no es el preferencial, pero estás libre de esa adicción que te condenó por dos largos años. Quiero que pienses en eso también. Si tú piensas perdonar a Schäfer y darle una segunda oportunidad a su amistad, te apoyaré. Pero no mezcles las cosas, por favor.
— Tienes toda la razón — Moví mi cuerpo y me aproximé al suyo. Besé sus labios con efusión y luego me quedé abrazado a él, sintiéndome a salvo así —. No todo fue malo en esos años, ¿sabes?, te conocí a ti.
— Ya me conocías de antes.
— Pero ni te miraba — rió.
— Es verdad… Eras un niño para ese entonces. Tú con quince y yo con diecinueve — Sonreí al recordarme a mí mismo a esa edad… Tenía tantos sueños, tantas ganas de ser el abogado que era hoy. Sin embargo, hoy no me enorgullezco demasiado del lugar en donde estaba parado. Hoy me doy cuenta que esa famosa frase que me repetía Albert cuando era pequeño, tenía un valor especial y un grado de verdad enorme en su simpleza: ten cuidado con lo que deseas. —. Quiero hablar de lo que acabamos de hacer.
— ¡Andreas! — exclamé alejándome sonrojado—. ¿Qué es lo que se puede decir de lo que hicimos?
— Para mí fue especial — rió aclarando su comentario—, a eso me refiero. Fue diferente a las otras veces.
— Bueno, esta vez lo hicimos en una cama. Casi siempre ocurre en la oficina de alguno o en la cocina — bromeé.
— Hablo en serio — Se puso de lado y comenzó a acariciar mi rostro con una delicadeza solamente digna de sus manos. —. Recordé cuando recién nos conocíamos… De hecho recordé nuestra primera vez.
— ¿Tan mal estuvo? — reí y él me imitó.
— Quiero decir, me hizo acordar de la entrega en el momento, de la confianza que hubo entre los dos. ¿Crees que podamos volver a reconstruir todo aquello que solíamos tener? — Ensanché mi sonrisa y lo besé lenta y prolongadamente. Al separarnos, observé su expresión. Sus ojos siempre quedaban cerrados y sus labios entreabiertos, como saboreando todavía del momento…, tal y como Thomas me decía que yo hacía en cada uno de nuestros besos. ¡Rayos! ¿Qué hago pensando en él?
— Claro que podemos, Andi. Ya lo estamos haciendo.
— Te amo…, y no me respondas. Solamente quiero que sepas lo que siento y…
— Yo también te amo — dije sin pensar. ¿En verdad lo amaba?, ¿o sólo estaba confundido por la bronca que me generó el recordar las putas patrañas de mi hermanastro? No había forma de saberlo. Pero la única certeza en todo eso, era que esa sonrisa y esos ojos brillosos hacían que todo valiera realmente la pena.
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By Tom
— ¿Tú te das cuenta de todo lo que causaste?
— Lo último que necesito es que me hagas reproches.
— ¡No se me ocurre otra cosa!
— ¡Presencié la muerte de mi mejor amigo! Jamás había visto morir a un ser humano… ¿Podrías ser más considerado? — sollozó mirándome con rabia.
— ¡No, no puedo! Estoy harto de ser considerado contigo. Creo que aceptar ser tu pareja fue un acto por demás tolerante — Me crucé de brazos y me planté frente al sofá donde ella estaba. —. Y después de tanta tragedia, desistes en abandonar esta locura. Seguramente planeas seguir con toda esta farsa, y usarme como tu marioneta mientras me tengas agarrado de las bolas con esa foto, ¿cierto? — No respondió. —. Claro, si no eres más que una basura, Richael. Siquiera con tu mejor amigo muerto recapacitas la situación. ¿Hasta dónde quieres llegar?
— Te necesito, Thomas… Necesito que me cuides, que me protejas. Es demasiada la culpa, y no puedo soportar que tú también…
— Si no puedes soportarlo, entonces vete de mi casa. No vas a encontrar en mí palabras de consuelo después de todo lo que me has hecho pasar, Richael — Ella me miró sorprendida y en sus ojos había más dolor todavía. —. Sabía que no tenías escrúpulos, pero que te alíes con un sujeto como Schäfer, que lo traiciones, y que por eso él mate a Axel…, realmente supera mis expectativas — dije—. Por favor, vete de mi casa.
— No me hagas esto, mi amor…
— No quiero pedirle a seguridad que te saque…
— ¿Estás terminando conmigo?, ¿es eso?
— No. Solamente necesito estar solo. Es duro para mí también — Después de un rato, asintió resignándose y se puso de pie. Agarró su bolso y salió de mi casa a paso lento, secando sus lágrimas. Una vez solo, volví a sentarme para analizar en silencio todo lo que acababa de suceder. —. Es decir que Bill y yo aún tenemos esperanzas… — Eso me hizo sonreír. —. Eso es; no todo está perdido, mi amor.
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By Gustav
La puta personal de Santos nos abrió la puerta y nos recibió amablemente. Le cedimos nuestros abrigos y luego nos indicó el camino hacia la sala principal, en donde el dueño de la casa yacía cómodamente sentado en un enorme sofá con almohadones que combinaban con el diseño de las cortinas en los ventanales. Por ellos, la luz del sol iluminaba naturalmente la casa entera. El suelo de madera brillaba por su limpieza, y cada objeto, cada porta retrato y florero, tenía clase.
— ¡Schäfer, Romero, sean bienvenidos a mi hogar! — Nos saludó ostentosamente a Nicolás y a mí.
— Buenos días, Santos. Gracias por invitarnos a tu morada.
— Buenos días — dijo Nicolás detrás de mí. Él no gozaba de una buena relación con el sujeto en cuestión. Cosa de viejas traiciones.
— Mi casa, también es la casa de mis socios. Por favor, tomen asiento — Señaló el sofá de iguales características que el suyo, situado detrás de nosotros. Nos sentamos y dos señoritas bastante llamativas salieron de una de las tantas puertas que rodeaban la sala. Con uniformes de mucama (cabe aclarar, de unos tres o cuatro talles menos, y lencería de lo más cara), se aproximaron a nosotros para servirnos.
— Tú sí que te das todos los lujos — apremié riendo.
— Se llama buena vida — Me guiñó un ojo y luego se dirigió a las muchachas. —. Tráiganles a los caballeros…
— Para mí un whisky doble.
— Lo mismo — Las dos señoritas asintieron y nos dedicaron unas miradas cargadas del deseo más fingido que vi en mi vida. Han de pagarles bien. Seguidamente, se marcharon por nuestro pedido. Santos se acomodó en su asiento y adosó su mano al muslo de su acompañante.
— Muy bien, hablemos de negocios.
— Para eso estamos aquí — dije y Nicolás sacó de su bolso la carpeta solapada con anotaciones de pedidos y formas de pagos, de deudas y cobranzas. —. Tu gente me pidió veinticinco kilogramos, pero sólo puedo proporcionarles veinte esta semana.
— Siempre pedimos treinta, ¿cómo es que no llegas?
— Me surgió un pedido grande al otro lado de la ciudad, y no llego a cubrirlos a ambos. Fue un imprevisto.
— La magia de los imprevistos, es poder preverlos — Asentí en silencio. ¿Qué le podía decir, si tenía razón? —. Está bien, está bien. No hay problema. Veinte kilos serán. Además, conozco la calidad y sin duda lo vale.
— Muchas gracias — agradecí por el halago—. Hay otra cosa más importante que quería hablar contigo, Santos.
— ¿Más importante que nuestros negocios millonarios, Schäfer?
— Para mí sí — Las dos señoritas volvieron a aparecer en escena ya con nuestros vasos de whisky. Nos los extendieron y le di un sorbo rápido para juntar valor.
— Te escucho.
— Me enteré que uno de mis hombres de confianza está teniendo problemas contigo.
— Tengo problemas con una tres cuarta parte de Alemania — dijo en forma de broma, pero el ambiente estaba por demás tenso—. Sé más claro.
— Sam. Sam Rogger.
— ¡Oh, claro! Ese niñato que de ‘mudo’ no tiene nada — Dejé el vaso sobre la mesilla de madera de enfrente y recargué mi peso en mis rodillas, adoptando una posición más erguida. —. Mira, Gustav, yo jamás tuve problemas con tu gente, y mucho menos contigo, pero ese novato va a tener que ponerse en su sitio si no quieres perder no sólo a un cliente, sino a una persona con el poder suficiente como para mantener tu territorio seguro de la policía — Alcé una ceja. —. Dile a Rogger que tiene dos opciones, y que se sienta dichoso de que se las doy; o vuelve a su barrio, en donde tú mueves los hilos a tu antojo, o que desista y su cabeza estará en un lado, y su cuerpo en otro — Tragué grueso.
— Él jamás debió intentar independizarse.
— ¿Cuántos años tiene ese chaval?
— Tiene veinte — Soltó una carcajada estrepitosa, y como buena puta paga, su acompañante también rió.
— ¿Y con veinte años quiere dárselas de narco en mi zona? — Negó reiteradas veces y volvió a su expresión seria. —. Dile que se cuide. Aconséjalo, Gustav. Tú sabes de este negocio… A los que se les suben los humos, se los bajan de un hondazo. Me extraña que no haya aprendido nada de ti.
— Él es un buen negociante, y aprendió de los mejores— intervino Nicolás, llamando la atención del mafioso—, es que recién está empezando y lógicamente toma decisiones equívocas. Además, todos sabemos que no hay posibilidades de triunfar en este negocio con un bajo perfil.
— ¡Pero no se puede subir de un golpe, amigo! — contradijo—. A todos nos costó varios tropiezos, varias traiciones y varios cadáveres llegar hasta donde estamos. ¿Ese niño se ha manchado las manos con sangre alguna vez?, ¿ha peleado con los mejores, y triunfó? No lo creo — Cortó el contacto con su acompañante y la misma entendió y se hizo a un lado. Santos se sentó más en el borde del sofá y ancló su mirada en la mía. —. Entenderás que no me va a temblar el pulso si Rogger se vuelve a propasar en mi zona, ¿cierto?
— Entiendo perfectamente. Pero también entiendo que mandaste a tus matones a que lo golpearan brutalmente — dije y se sorprendió por mi tono y mi valentía—, y como uno de tus principales socios y en honor a los años desde que nos conocemos, me parece una deslealtad que atacaras a uno de los míos. ¿O te olvidas, Santos, que le perdoné la vida a tu ex socio cuando pisó mi territorio vendiéndoles pastillas a los niños del barrio? — No dijo palabra. —. ¿O te olvidas que mi compañero aquí presente le perdonó la vida a tu sobrino cuando lo descubrió en la cama con su esposa?
— Mi sobrino perdió una mano en ese enfrentamiento — recordó.
— ¿No era lo mínimo que se merecía? — intervino Nicolás con sus dientes apretados. —. Las mujeres de los socios son sagradas — Santos asintió y guardó silencio.
— Bien, creo que con estos dos ejemplos ha sido más que suficiente para refrescar tu memoria, Santos. Mandar a golpear a Sam fue una traición, y no me gustan las traiciones — Inmediatamente clavó sus ojos en mí, y una media sonrisa malévola se formó en su cara.
— Eso me sonó a amenaza…
— Que te suene como te parezca — dije—. Aun cuando me enteré de tu accionar, no tomé represarías. No lo voy a hacer ahora — aclaré—; pero que quede en claro que no estoy dispuesto a tolerar más traiciones. Tú podrás ser un narco internacionalmente respetado, pero aquí te hablo de igual a igual. De hombre a hombre — Me puse de pie y Nicolás me imitó, tomando la carpeta y guardándola en su bolso. Santos no titubeó en pararse también, con su mentón en alto, como todo un caballero. —. Comportémonos como eso: como hombres — dije al fin.
— Muchas gracias por su visita, caballeros. Gloria, acompáñalos a la salida — Su amante asintió y nos indicó que la siguiéramos. —. Nos mantendremos en contacto para acordar la transacción.
— Desde luego. Ten un buen día, Santos.
— Lo mismo digo, Schäfer — dijo mirándome fijo, hasta que me giré y me encaminé a la salida.
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By Bill
— ¡Qué lindo que estemos comiendo los cuatro juntos! — exclamó Jörg sentándose en la mesa del comedor. Todos lo estábamos empezando para la cena. Susan a su derecha, yo al lado de ésta y Thomas enfrente de mí, a la izquierda de mi padre. —. Estos son los momentos que atesoraré para siempre.
— Papá, todavía falta para el postre — dijo Thomas.
— Creo que no entendí tu comentario, hijo.
— Por lo dulce — Ambos rieron y yo revoloteé los ojos. Esas bromas baratas me quitaban el hambre.
— ¿Qué tal tu día, Bill? No estuviste aquí desde ayer en la tarde.
— Dormí en el departamento de Andreas y hoy almorcé con su familia.
— Oh… Me parece excelente. ¿Cómo marcha todo con él?
— De maravilla. Estábamos peleados, pero ya lo resolvimos — Me sonrió contento. No por lo que le estaba contando, sino porque le estaba contando algo. La comunicación nos andaba fallando últimamente, no era un secreto.
— ¿Y tú con Richael, Tom?
— Bueno… hoy discutimos.
— ¡Qué barbaridad! Bill tan bien amorosamente y tú en plena crisis.
— Estamos a destiempo — comenté y Susan me observó de forma extraña.
— ¿Por qué pelearon, hijo?
— Cosas de ella que me enteré y no coincidimos.
— Bonita forma de decirlo — agregué y la mirada de mi hermanastro fue digna de un asesino. Yo le respondí con una sonrisa soberbia antes de beber de mi zumo.
— Mañana dictarán la sentencia en el juicio — dijo Susan para romper el hielo—, ¿cómo se sienten?
— Debo admitir que después de tantos casos, sigo sintiendo esos nervios de principiante — Mi padre rió conmigo.
— Es lo normal, hijo. Cada juicio tiene una historia distinta, y un peso diferente. ¿Y qué hay de ti, Tom?
— Sinceramente me da igual — Dejé el vaso sobre la mesa de forma brusca, llamando la atención de todos. Así pudieron contemplar mi mueca de fastidio respecto al pesimismo de mi hermanastro. —. Sí, por mucho que te pese, Bill.
— ¿Disculpa? A mí sólo me pesan las bolas de aguantarte con esa actitud durante tres meses.
— Chicos, no hablen así en la mesa… — Intentó intervenir nuestro padre, sin éxito.
— ¿Qué actitud? ¡Tuve la mejor predisposición en el juicio!
— ¡Oh, por favor, Thomas! No me hagas hablar.
— Discúlpame por no querer a nuestro cliente como a un padre. Para mí es un sujeto culpable de lo que se le acusa, y mantuve mi postura desde un inicio.
— ¡Pero es nuestro cliente, y en tres meses no hiciste otra cosa más que estar en desacuerdo con cada idea que aporté para defenderlo!
— ¿Cómo esperabas que estuviera de acuerdo con engañar a una niña inocente? — acusó haciendo alusión a Milagros, y de alguna manera sentí que tocó un punto sensible en mí.
— ¡No hables de ella si no sabes exactamente las cosas que pasaron!
— ¡Ahora me vas a decir que te encariñaste! Recuerdo muy bien el signo de dólar en tus ojos cuando se te ocurrió lo de las visitas.
— ¡Suficiente! — gritó Jörg golpeando la mesa. Acto seguido, sólo reinó el silencio en la casa entera. —. Están en la última estancia de un largo camino de esfuerzos y sacrificios, ¿y se pelean? — Nos observaba a ambos intercaladamente. —. ¡Es una vergüenza la actitud de los dos! Regla número uno en este trabajo: la relación con tu colega. Este ha sido un ciclo que los dos recorrieron juntos, y las decisiones no se dividen; ¡todas las decisiones las tomaron los dos! — Otro golpe a la mesa. Susan intentó calmarlo tomando su antebrazo, pero no lo consiguió. —. No hubo Thomas y Bill por separado; cada atino y cada desatino, fueron de ambos, como colegas — Thomas bajó la mirada a su plato, pensativo. —. Si van a pensar así, entonces no están preparados para trabajar en equipo.
— Yo gané dieciséis casos, nueve de los cuales fueron trabajando en una dupla con otro abogado. El que no sabe trabajar de este modo, es él — acusé y el susodicho me miró enfadado.
— Cuando algo falla en un equipo de trabajo, es culpa de los dos — me dijo específicamente a mí—. Y esto sirve también para el tema que estábamos hablando anteriormente. Cuando en una pareja falla algo, es porque algo falló en la actitud de cada uno. No es culpable el que comete el error, sino los dos — Sin darme cuenta miré a Thomas, y al ver que él también lo hacía, desvié los ojos por la incomodidad. —. No sólo hay que acusar al que comete la traición, sino preguntarse qué lo llevo a hacerlo — Ya más tranquilo, tomó aire y volvió a establecer la compostura. —. Así que mañana, cuando escuchen el veredicto del jurado, siéntanse orgullosos. Sea cual fuere la sentencia, será el final de un camino recorrido juntos, como equipo y principalmente como hermanos — Susan acarició mi rodilla por debajo de la mesa. La miré y me sonrió de forma cómplice. —, y eso acarrea un peso extra. Y no sé el porqué ustedes dos están distanciados ahora, pero quiero decirles que yo me siento muy orgulloso y muy feliz de que mis hijos hayan logrado todo esto solos, y juntos — Miré a mi padre y asentí, mientras que Thomas lo tomó de la mano y le sonrió afectuosamente. —. Si les parece, me gustaría que se pidieran una disculpa por todos los reproches que se acaban de hacer. Son hermanos y los hermanos deben estar unidos.
—… porque esa es la ley primera — concluyó Susan con una hermosa sonrisa.
Esperé a que Thomas reaccionara, o hiciera algo. ¡Lógicamente yo no iba a ser el primero en hablar! Él había empezado, y yo tenía toda la razón… ¡Ay, rayos! Si me escuchara a mí mismo hablar, creo que me hubiera disparado en la cabeza hace tiempo ¡Puedo ser tan irritante! Sinceramente no sé cómo Thomas soportó trabajar conmigo en este tiempo… Oh, vaya. No esperaba eso de mí.
— Vale. Empezaré por ser el mayor — Típico de Thomas: alivianando el ambiente con su humor. Y siempre lo conseguía. Acababa de hacerme sonreír. —. Enano — Lo miré directo a los ojos cuando escuché ese apodo. Tantas veces me había dicho así antes… Antes. Yo que odio esa palabra, ya la estoy usando. —, perdóname por no ponerme jamás en tu lugar — empezó con un tono de voz y una mirada que me gritaban sordamente que estaba siendo lo más sincero y honesto posible. ¡Justo él, que me había usado y mentido…! Sin embargo, ahí estaba, inspirándome confianza como siempre. —. Nunca me paré a pensar qué pensarías o sentirías tú respecto a algunas cosas. Es que estoy acostumbrado a actuar según mis instintos, y pensando en lo que es mejor para ti… y para el caso — agregó sobre la marcha cuando notó que sus disculpas se estaban yendo del tema principal. Yo sabía a qué se refería, y sus palabras me llegaban a lo más profundo del corazón. —. Pero me gustaría que supieras que todo lo que te dije o hice durante estos meses, fue sincero, sin ánimos de lastimarte u ofenderte. Sé que confiaste en mí y te fallé en varias ocasiones…, pero todo tiene un porqué y para qué. Me gustaría decirte lo que pasó en verdad si me dejas — Finalizó y yo asentí bajando la mirada. ¡Sólo Dios sabía de las ganas de llorar que tenía! Y Susan haciéndome caras no me ayudaba en lo más mínimo.
— Yo… — carraspeé —, acepto tus disculpas, tus palabras y también acepto que hablemos — empecé diciendo y levanté la mirada a sus ojos—. Y pienso que sería en vano pedir disculpas; creo que en mi caso tiene más valor agradecerte — Hubo sorpresa en su rostro. —. Te quiero agradecer que me hayas ayudado a cambiar en muchos aspectos mi persona. Reconozco que cambié muchas actitudes en estos meses trabajando contigo. Me hiciste ver los distintos lados de las cosas. Me enseñaste a ver las situaciones desde dos sitios; el mío, y el de la vereda de enfrente. Y también me hiciste entender que involucrar el corazón en un juicio, no es ni poco ético, ni poco profesional, sino que es humano — Él sonrió de lado. —. Y más allá del trabajo, el hecho de que hayas vuelto me ayudó a superar viejos fantasmas… Te necesitaba, hermano — Sus ojos se cristalizaron por mis palabras. —. Gracias por todo lo vivido en estos meses; por incluirme en tu vida, hacerme conocer a tu madre y contarme una parte de la historia que yo no sabía, para juzgar un poco menos — Le dediqué una media sonrisa para terminar.
— ¡Qué hermoso momento! — gritó Jörg secándose la cara por las lágrimas. Susan estaba igual, o más emocionada todavía. Sin embargo Thomas y yo sentíamos que después de esas palabras, quedaba una charla pendiente. Una charla para aclarar todo de una vez por todas.
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By Gustav
— ¿En serio lo hiciste?
— ¡Que sí, imbécil! — dije sacado de mis casillas mientras él se sentía bendecido por obra divina—. A ver si colaboras tú también y cambias tu actitud, o de lo contrario vas a volver al barrio conmigo, ¿oíste?
— Te oí. Voy a vender por otros lados. Ya no me meteré en la zona de Santos.
— En realidad, todas las zonas donde haya transas, son territorio de Santos — dijo Nicolás levantando la mirada de los papeles en donde estaba haciendo las cuentas de los kilos y el dinero que obtendríamos en total al finalizar el mes. —. Santos mantiene a la policía alejada de todos los barrios bajos de Berlín.
— Tener más problemas con él nos puede costar muy caro — dije pensativo.
— Yo todavía no puedo creer que le hayas hablado de ese modo a un narco de sus anchas. ¡Y todo por mí, hermano! — exclamó riendo, por lo que yo lo observé con enfado.
— No lo hice por ti, idiota — corté —. Lo hice por el respeto. A mí nadie me pasa por arriba. A mí se me respeta, y no me interesa que sea el mismísimo Batista — Me paré del sofá y agarré la lata de cerveza que había dejado sobre la mesada, a unos cuantos metros. —. Mandar a golpear a uno de mis hombres es pasar sobre mi autoridad; algo imperdonable — Sam se paró y fue hasta su cazadora, colgada en el perchero de la entrada. Tomó un cigarro y guardó la caja. Lo encendió y le dio unas cuantas pitadas mientras pensaba. —. ¿Qué tanto piensas, hombre?
— En que fue muy osado de tu parte plantarte así frente a un capo del narcotráfico, que mantiene a la policía alejada de nuestro barrio… No sé, hombre. Te arriesgaste demasiado.
— Yo también tengo contactos y poder. Él es solamente un hombre, como tú y como Nicolás. No veo lo heavy.
— Lo que pasa es que a ti te busca la policía — recordó —. Me pregunto qué pasaría si Santos nos quitara la protección de la policía y vienen por ti.
— ¿Qué dices, estúpido? — Miré a Nicolás buscando apoyo, pero en cambio recibí silencio. —. Eso no va a pasar.
— No sé, viejo… — susurró Sam fumando su cigarro tranquilamente. Al verlo tan normal, tan estático ante una posibilidad que podía afectarme seriamente, una ira me invadió. Dejé la cerveza en su sitio y prácticamente corrí hasta donde él estaba fumando. —. ¡Oye, ¿qué te pasa?! — gritó cuando lo tomé por el cuello de su camiseta y lo zamarreé contra la pared.
— ¡¿Cómo puedes decirme esto y estar tan tranquilo?! ¡¿No te das cuenta que si eso pasa, si la policía viene a por mí, será por tu causa, pendejo?!
— Gustav, suéltalo — dijo Nicolás desde el sofá.
— ¡No, Nicolas! No lo soltaré. Escúchame, pendejo, Santos va a tomar represarías contra mí sólo si tú sigues mandándote cagadas. Si la policía viene aquí a llevarme, sabré que hiciste algo mal. Y si eso pasa, reza por tu vida, porque vas a necesitar a un Dios sólo para ti para poder salvarte.
— No haré nada, Gustav, puedes confiar en mí. Estoy muy agradecido por lo que acabas de hacer, no voy a pagarte mal.
— ¡Eso espero! ¡Y me bajas esos aires de malagradecido! — Otro golpe contra la pared y finalmente lo solté. —. Me dices semejante cosa y te fumas un cigarro lo más tranquilo.
— Vale, no debí decir eso — dijo finalmente—. Gracias por haber intervenido, Gustav.
— Ya, de nada — Volví a donde estaba mi cerveza y continué tomando.
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By Tom
— Gracias por aceptar hablar tranquilos y solos.
— Ambos lo necesitábamos — Carraspeé y me senté sobre la cama. Estábamos en mi cuarto, y él eligió sentarse en la silla de la computadora. —. Te escucho.
— Anoche estuve hablando con Richael sobre lo de Nicolás y Gustav.
— ¿Y qué te dijo?
— Me contó cómo conoce a Gustav…
— Ellos tuvieron una relación — Me interrumpió seguro.
— Sí, ya lo sé. Y Schäfer se sintió traicionado cuando ella comenzó a salir conmigo — asintió—, pero seguramente no sabes toda la historia.
— ¿Hay más que eso?
— Sí, lo hay. Ellos dos estaban juntos por una especie de plan. Richael tenía que hacer algo, para que Gustav la ayudara con otra cosa a su vez — Alzó ambas cejas y aguardó a que continuara. —. No me crees.
— Es que todavía no me dijiste nada, y realmente no pensé que íbamos a hablar de ellos dos. Creí que la charla sería sobre nosotros.
— A eso voy — insistí—. Gustav andaba buscando que Ricahel averiguara… — Me detuve de un momento a otro al darme cuenta de lo que estaba haciendo. Si le contaba toda la verdad, también tendría que decirle que Axel estaba muerto, ¿y realmente tenía que decírselo? ¿Cómo se tomaría él la muerte de un sujeto que él mismo hizo desaparecer? No podía decirle eso…, lo martirizaría demasiado.
— ¿Qué ibas a decir?
— ¿Eh?
— Dijiste que Richael iba a averiguar algo. ¿De qué se trata?
— Nada… No sé por qué dije eso — dije rascándome la nuca e intentando evadir su mirada.
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— Si acepté tener esta conversación, fue para que nos saquemos las caretas y hablemos sinceramente, sin rodeos ni trampas, sin embargo, me estás ocultando algo que sabes.
— No…, no es eso. Es que aún no puedes saberlo — Me puse de pie y fui hacia su asiento, arrodillándome frente a él como solíamos hacer. Sentí que se tensionó cuando mis manos tomaron las suyas. —…, al menos no te lo diré yo.
— Si no eres tú, ¿quién más? — No respondí. Rezongó cansado y me miró directo a los ojos. —. ¿Hay algo que sí puedas decirme?
— Te diré que no estoy enamorado de Richael, ni quiero estar en pareja con ella — solté—, que solamente quiero estar contigo…
— Thomas, por favor. No vuelvas a insistir como la otra vez en el porche — Casi suplicó. —. Si no la amas, ni quieres estar con ella, ¿por qué lo estás? — Me puse de pie y le di la espalda caminando hacia el mueble, en donde me recargué pensativo.
— Richael tiene algo que me ata de pies y manos — Me miró interesado y confundido.
— ¿De qué hablas?
— Ella nos siguió una vez, durante el almuerzo, cuando íbamos a nuestro departamento…
— ¿Y qué pasó, Thomas? ¡No me dejes con la intriga, maldita sea! — manifestó desesperado, poniéndose de pie y moviendo sus manos con histeria.
— Ella tiene una fotografía de nosotros dos besándonos, Bill — se quedó en silencio unos minutos y después, cruzado de brazos y con una mueca extraña, pareció comprender algo que andaba dando vueltas en su cabeza.
— Es decir que te extorsionó con esa foto para que me dejaras. ¿Fue algo así?
— La iba a vender a algún programa, y eso significaría el fin de todo… — Se dio la media vuelta y tomó su cabeza mientras reía por lo bajo. —. Ponte en mi lugar.
— ¿Otra vez hiciste lo mismo, Thomas? — cuestionó mirándome a los ojos. En ellos pude ver su decepción. Eso mismo; estaba decepcionado de mí. —. ¡Otra vez pensaste por mí, Thomas!
— ¡Esta vez fue peor, ¿no entiendes?!
— ¡No, no y no! — gritó sacado de sus casillas—. ¡Se suponía que éramos nosotros dos contra el mundo, y en el primer bache me mandas a volar! Podríamos haberlo solucionado juntos, Tom… Y tú eras el que me pedía que confiara… ¿Tú sabes lo que significa eso? — Señaló mi pecho, en donde reposaba su dije con la palabra ‘Trust’, aquel dije que lo decía todo en su momento. —. ¿Sabes lo que es confiar en alguien?
— Quise protegerte a ti, a tu carrera, a papá, el estudio… — expliqué con la voz quebrada. Él ya estaba empapado en lágrimas.
— ¡Qué considerado eres, Thomas! — ironizó—. ¡Siempre pensando en los demás…! O mejor dicho, por los demás.
— No me digas lo que me dijo Georg, por favor… No me digas que cometí el mismo error dos veces, que te lastimé dos veces. No lo digas.
— Es que es la verdad — dijo sin piedad hacia mi corazón, que se me partía al medio—. Dos veces, y sorprendentemente estoy de pie. Al menos la primera sabía que yo no tenía la culpa, que tú me habías usado y ya…, pero ahora tú me dejaste por alguien más. Ahora tengo que soportar verte todos los días con ella. Dime, tú que tanto piensas en mí, ¿cómo crees que me siento con eso? ¿Te sigue interesando el después de tus decisiones? — Bajé la mirada al suelo sin poder verlo directo a los ojos. —. ¡Mírame si tienes huevos, Trümper! — Corrió hacia mí y comenzó a zamarrearme con violencia, mientras yo intentaba no llorar, pero era totalmente imposible. —. ¡Me destrozaste por dentro, Thomas! ¡Otra vez me dejaste totalmente vacío! — Sollozaba a los gritos.
— Perdóname, mi amor…
— ¡Deja de llamarme así! — Me soltó y cubrió su rostro durante un instante. Lo miré y quise abrazarlo a la fuerza, aún cuando él no quisiera. Me dolía demasiado verlo así y saber que era por mi culpa. Jamás quise hacerle daño, y me había prometido que lo haría feliz… Hoy yo era el culpable de sus lágrimas. —. ¿Sabes qué hubiera pasado si lo hablabas conmigo? ¿Te preguntaste cuál hubiera sido mi respuesta si me hubieras contado sobre esa extorción? — preguntó cuando pudo recuperar el aire —, te hubiera dicho que me importaba un carajo lo que pudiera pasar, mientras tú estuviera a mi lado.
— Bill, por favor…, no sigas.
— Podríamos haber mandado al mundo entero a la mierda, Thomas. Sólo tenías que darme la oportunidad de decidir sobre mi propia vida. Te hubiera dado exactamente la misma respuesta que te hubiera dado a los diecisiete.
— Ponte por un maldito segundo en mi lugar, Bill.
— ¿¡Qué!? ¡Claro, porque tú eres la víctima en todo esto!
— ¡No se trata de víctima y victimario! ¡Deja de mirar tu estúpido ombligo aunque sea una sola vez! — grité desgarrando mi garganta. Por suerte Jörg se había ido a casa de Albert para ponerse al día con sus vidas, y Susan tenía la orden de no interrumpir. —. ¡¿Crees que no me dolió tomar esa decisión?! ¡¿Crees que no me duele ahora, maldito egoísta?! — Lo empujé por los hombros con furia. —. ¡Yo también te veo con Andreas todos los días, pero me lo banco porque sé que es lo mejor para ti! ¡¿Cómo crees que me siento al saber que lo nuestro jamás va a tener futuro porque siempre hay algún bache en el camino?!
— ¡No hay más baches que los que tú creas! — Se acercó a mí nuevamente y me obligó de forma bruta a que lo mirara, tomando mi rostro con violencia y plantándolo frente al suyo. —. ¿No ves que me vale madres toda esta vida, estos protocolos? Me importa una mierda mi carrera y el dinero… Entendí que es mucho más importante la felicidad que nace del corazón, la que te hacen sentir los seres queridos, los afectos.
— Nunca me vas a entender — Me soltó y sonrió de lado con sus mejillas mojadas.
— Qué necio eres, Trümper… Jamás vas a entablar nada con nadie siendo de este modo — dijo—. No uses como excusa el parentesco, Thomas. Siempre tienes el miedo del qué dirán, el miedo a amar.
— ¿A amar? — Aquella pregunta fue más para mí, que para él. —… ¿Quieres que te responda eso?
— No — respondió tajante.
— ¿Quieres que te diga lo que de verdad siento por ti?, y me vale la apuesta y toda esa mierda…
— Detente, Thomas — cortó con voz fría—. Ya está, basta.
— ¿Por qué? — Me acerqué unos pasos hasta estar más cerca de su cuerpo, de su ser, y para mi sorpresa él no retrocedió en absoluto. —. Déjame que te lo demuestre entonces.
— No — Volvió a repetir y yo tomé una de sus manos y suavemente entrelacé mis dedos con los suyos. Pude sentir chocar contra mi boca su respiración que comenzaba a acelerarse.
— Olvidemos todo, enano. Ahora que sabes que no estoy con Richael por mi propia voluntad, y que todo fue una jugada del destino, volvamos a ser lo que éramos. Me vale Andreas, me vale todo. Sólo me importas tú, volver a sentirte — Con mi otra mano acaricié su mejilla toda mojada, y bajé hasta sus labios, los cuales delineé con tantas ganas de devorarlos como jamás había hecho — Es tarde para eso — Movió su mano hasta hacer que lo suelte, y él mismo cortó el contacto y la cercanía con su rostro. —. Quiero empezar una nueva etapa contigo, Thomas —dijo desviando la mirada—. No quiero que estemos peleados. Arreglemos nuestra relación de hermanos.
— ¿Cuál relación de hermanos? ¡Jamás tuvimos una relación así! Apenas te vi me enamoré de ti, Bill…
— ¿No me estás escuchando? Ya no se puede volver el tiempo atrás, Tom — Le costaba decir eso, ¡podría jurarlo! —. No quiero que dejes a Richael. Dale una oportunidad, como yo estoy haciendo con Andreas.
— ¡¿Qué?! — grité desencajado—. ¡Ella nos separó! ¿Cómo puedes decirme algo así?
— No fue ella. Según tú, fue un ‘bache del destino’ — Touché. —. Quizás hasta te enamoras — Negué frenéticamente y pasé por su lado, chocando su hombro con el mío. No podía estar escuchando tantas sandeces saliendo de su boca. —. Además, no pienso dejar a Andreas. Me hace sentir bien, y él se merece todo lo bueno que pueda darle.
— No puedo creerlo… — susurré para mí mismo por lo bajo.
— Quiero hacer las cosas bien. Por primera vez en mi vida, quiero hacer las cosas bien. Después de lo de la otra vez, mi mente se abrió… — Me di la vuelta y lo miré con recelo.
— ¿Qué hiciste?
— Tomé merca en casa de Gustav — dijo como quien dice que se tomó un helado.
— ¡¿Que hiciste qué?!
— Cálmate, no pasa nada.
— ¡¿Que no pasa nada, Bill?! ¿Ese es tu amiguito?
— Ya. Fue una recaída solamente. No va a volver a pasar — dijo y no le creí ni una palabra.
— Dices eso porque ya te drogaste y crees que fue suficiente, pero tu cuerpo te va a pedir más y más.
— No sabes cómo es esto.
— Negación…
— ¡Hola, Jörg! — gritó en un sarcasmo.
— No, Bill, no me digas Jörg como si fuera sinónimo de represión. Te estoy cuidando como… — Me detuve. Él alzó ambas cejas y se cruzó de brazos altaneramente.
— ¿Cómo qué? Dime.
— Como a un hermano — dije con dolor. Él asintió y sonrió débilmente.
— Gracias por preocuparte por mí, hermano — finalizó y secó su rostro de las lágrimas. Luego salió de mi cuarto. El ruido de la puerta cerrándose fue el pie para acabar de derrumbarme en mi propia soledad. Ambos argumentos eran totalmente válidos: el mío era pensar en su bienestar por sobre el propio; el de él era la bronca de siempre ser un cero a la izquierda en los asuntos de la ‘pareja’. Pero la realidad era que ahora él veía las cosas muy claras, y su vida ya estaba planeada. En cambio yo no lo veía así. Mi vida recién empezaba a descarrilarse. Recién sentía la incertidumbre que él experimentó aquella vez que lo abandoné. Pero yo no tenía alguna adicción para recaer… Me pregunto cómo será tocar fondo en mis condiciones.
Continúa…
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