«Apostemos» Temporada III

Capítulo 5: El remordimiento natural

— Antes de escuchar el veredicto quisiera decir unas cuantas palabras, si usted me lo permite, señor juez.

— Adelante — Me puse de pie y caminé hacia el estrado.

— Después de dieciséis casos en mi corta carrera, ninguno me tocó tan de cerca como este. En primer lugar, Albert Cortez no es solamente mi cliente, sino que es como un padre para mí. De hecho, ocupó ese papel cuando siquiera mi propio padre lo hacía. En segundo lugar, jamás trabajé con mi hermano — Lo observé y me dedicó una media sonrisa —, la cual fue una experiencia increíble con muchísimas sensaciones encontradas. Y por último, pero no menos importante, conocí a un ser humano maravilloso. Quizás mis medios no fueron los mejores, ni los más éticos, lo admito; pero una mentira nos ayudó a sobrellevar la cruda realidad. Milagros Yamil Gómez ha marcado un antes y un después en mi vida y en mi forma de pensar. Ella me enseñó a encontrar belleza y ternura en las cosas más simples. Me enseñó también a nunca bajar los brazos, por más duro que se muestre el panorama. Y ojalá ella también haya sacado algo positivo de mí… Aunque sé que hice más llevadera su estadía en el hospital. Fui su única compañía durante meses, y le saqué más sonrisas de las que pudieran imaginar. Jamás pensé que llegaría a esta instancia del juicio, de mi carrera en general, con tantos sentimientos contradictorios aflorando en mí. Cuando entré a la habitación 506 por primera vez, no imaginé querer tanto a esa niña. Y si digo esto ahora, es porque no me gusta el juego mediático de la lástima y los relatos conmovedores, así que lo digo ahora que ya está listo el veredicto y la opinión pública no influirá. Soy un abogado, pero antes soy una persona, y sepan que estuve luchando durante estos tres meses con el licenciado Kaulitz y simplemente Bill. Gracias — Concluido mi relato, pasé a sentarme nuevamente entre mi hermanastro y Albert. Muchos lloraban emocionados, otros murmuraban unas cuantas cosas, pero lo que más me importó fue la reacción de la persona a la que iba dedicado todo esto.

Volteé mi rostro sobre mis hombros y la vi. Milagros me sonreía radiantemente desde su silla de ruedas y movía su manito en señal de saludo. Le dediqué una gran sonrisa y le respondí el saludo. ¿Qué me importaba la opinión del resto de la gente, ignorantes ajenos a todo lo que yo viví junto a esa niña? Ella me quería, y me entendía. No necesitaba más.

— Después de mucho deliberar y evaluar las pruebas expuestas por ambas partes por igual, el jurado llegó a una conclusión — dijo Mayer y uno de los guardias le extendió el veredicto. —. Abogados, ambas partes, de pie por favor — Así lo hicimos. Observé a Joseph y a Katherine de reojo; Sanders también lo hacía. —. Albert Saúl Cortez: El imputado deberá abandonar en favor del Estado, los bienes que presumiblemente resultarían decomisados. Paso a enumerar: centrales de Cortez Bau Verbunden en Alemania, propiedades habilitadas o no habilitadas como viviendas y se le prohíbe a toda la constructora en cualquier parte del continente, volver a re-vender una propiedad para hospedaje personal, o familiar. A partir de la fecha, la empresa deberá presentar todos los contratos de todos sus terrenos y negociaciones en el extranjero, para asegurar al Estado y a la ley, que no se volverá a realizar un acto de vasallaje. Respecto a la familia Gómez, el acusado deberá indemnizarla con la suma total de treinta mil dólares, sin recargos — Me sentí feliz por dentro al oír eso. Era la cifra que necesitaban para el tratamiento de Milagros. —. Sin embargo, como se ha tratado de un contrato de tipo feudo, y las negociaciones con empresas agrícolas españolas en el ex terreno de Charles Gómez en Argentina, fue un contrato bajo las leyes y con participación del Estado, no se revocará dicha negociación. Lo que significa, que dicho terreno le pertenece legalmente a Albert Cortez y no será devuelto a su antiguo propietario Charles Gómez.

— ¡¿Qué?! — exclamó Joseph en medio del silencio —… ¡Señor juez!, ¿dónde vivirá mi cliente? ¡Han quedado en la calle!

— ¡Silencio, abogado! La sentencia es irrevocable. Solamente se las estoy comunicando — Sanders se lamentó de pura impotencia y yo pude sentir una fuerte angustia… Con los treinta mil dólares podrían comprar una casa y vivir cómodamente, pero no podrían curar a su hija. —. Con todo esto, la Suprema Corte Alemana declara a Albert Cortez… inocente — Sonreí ampliamente y miré a mi cliente con orgullo. Él me correspondió y suspiró aliviado. —. Caso cerrado.

— De pie toda la sala — El juez se retiró y ahí pudimos celebrar. Abracé a Albert con alegría contenida. Luego, abracé a mi hermanastro más brevemente y al final, volteé a mirar a Sanders. Estaba juntando sus papeles y preparándose para salir. Entonces me acerqué y decidí hablarle.

— ¿Qué quieres, Kaulitz?

— Fue una victoria a medias.

— ¿Tú crees? — Me observó. —. Mi cliente ganó lo que le correspondía de derecho: un hogar. ¿Y el tratamiento? Eso era lo que buscábamos; el tratamiento de la niña. Pero tu cliente perdió un par de sucursales, treinta mil dólares, que son como treinta centavos en su bolsillo, y puede seguir explotando tierras ajenas. Con el contrato con los españoles va a ganar millones. ¿En qué ganamos nosotros?

— Ninguna otra familia volverá a pasar por lo mismo otra vez — recordé. Albert ahora no podía vender viviendas. Eso era algo, ¿o no?

— No me importa otra familia. Me importaba esta. Pero ya para qué — Cerró su portafolio y pasó por mi lado con Katherine.

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A la salida de Tribunales los periodistas se amontonaban para sacarnos alguna respuesta, y más aún a Albert. Y aunque costó bastante, pudimos llegar al auto de John, arrancando de inmediato hacia el estudio.

— ¡En hora buena! — gritó Albert desde el asiento de atrás. Yo estaba adelante, junto a mi chofer. Thomas sólo miraba por la ventana hacia afuera, la lluvia empañaba el parabrisas. —. ¡Lo hicieron, muchachos! — Palmeó el hombro de Thomas, a su lado, y éste sólo le sonrió. Y luego me tocó a mí recibir su gesto de gratitud.

— Te dije que lo conseguiríamos, Albert.

— ¡Hay que celebrar esto!

— Mi padre pensaba brindar una fiesta como finalización de los juicios — comenté recargando mi cabeza en mi mano e imitando a mi hermanastro. Las gotas de la lluvia chocaban contra el vidrio junto a mí, y luego se perdían cuesta abajo. Hasta el día tenía aspecto triste…

— ¡Esa es una excelente idea! Voy a poner a toda mi gente a trabajar para que esa fiesta se haga cuanto antes — dijo para sí mismo—. Aunque haya perdido algunas sucursales y tendré a la policía fisgoneando entre mis contratos, ¡estoy feliz!

— Después de tantos meses, misión cumplida — susurré cerrando los ojos con cansancio. En mi cabeza solamente revoloteaba el qué sería de Charles Gómez y su familia. Mi pobre Milagros…

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By Tom

En el estudio todo fue alegría y felicitaciones para mi hermanastro y para mí. Era difícil agradecerles sin sonar grosero, pero mis ánimos se encontraban por los suelos. Cada palabra que Bill me dedicaba en papel de hermano, rompía un poco más de mi corazón.

— Richael, acompáñame un segundo — le pedí y sin decir palabra obedeció. Nos encerramos en mi despacho y me saqué el saco como quien se saca una mochila de mil kilos de la espalda.

— Te felicito por la victoria.

— Por favor, tú no — corté y me dejé caer en el sofá junto al ventanal. Tomé aire y me dispuse a ir al grano. —. Escucha, esta mañana hice una denuncia anónima a la comisaría de Molina — empecé—. Les di la dirección de la casa y a estas horas ya están firmando el parte de defunción de Axel. Supongo que mañana mismo, todo el estudio estará llorando su muerte.

— ¿Por qué hiciste eso? — Alcé una ceja.

— Para que tu querido amigo pueda tener un entierro digno y cristiano. ¿O querías que su cuerpo siguiera pudriéndose en esa casa?

— Tienes razón — Como absorta en sus pensamientos, se dirigió hacia mí y se sentó a mi lado. —. Todavía no me acostumbro a saber que no vaya a volver a verlo nunca más.

— La muerte es parte de la vida…

— Pero lo mataron enfrente de mí, y me siento culpable.

— No digas algo así, Richael — Tomé su temblorosa mano y la acaricié suavemente. —. No puedes torturarte con esto.

— Por suerte estás tú, Tom — dijo y se acomodó en el sofá para quedar abrazada a mí, con su cabeza reposando sobre mi hombro izquierdo. Apoyé mi mentón en ella y me quedé en silencio. Si necesitaba estar así para sentirse mejor, ¿quién era yo para negárselo? —. Pensé mucho en nuestra relación…

— ¿Sí? — asintió lentamente.

— No te voy a retener para siempre; Has sido bueno conmigo y no te mereces una tortura semejante… Además me siento avergonzada por ese chantaje barato — Sonreí de lado al escucharla hablar así. ¿Por qué la gente espera que le pase cosas realmente horribles y sin retorno para dejar aflorar su lado más bueno y sensible? —. Así que nada más necesito un par de días para estar mejor, y luego serás libre para hacer tu vida junto a Bill si quieres.

— No hay apuro para eso — dije riendo sin ganas—. No volveré con Bill nunca más; ya aclaramos las cosas y nada va a volver a ser igual.

— ¿Estás seguro? — Levantó la mirada y asentí. —. Me resulta extraño que te des por vencido tan pronto, Trümper.

— ¿Qué quieres que haga? Siquiera contándole la verdad quiere intentarlo de nuevo. Insiste en que ahora está con Andreas y él no se merece sufrir — Me encogí de hombros y suspiré prolongadamente. —. Así que, mientras no tengas alguno de tus brotes de novia psicópata — rió fuertemente—…, no me molesta que estemos juntos. Pero todo será a mi tiempo, ¿vale?

— Vale — Se aproximó a mí y besó mis labios lentamente, y así le correspondí. Suave, sin apuros, sin presiones.

Siendo sincero, no podía dejarla en esos momentos. Ella me necesitaba, era lo único que tenía en su vida. Y yo no quería hacerle daño a nadie más, y tampoco quería tener más dolores de cabeza. No sé si se le podría llamar ‘relación’, pero al menos sería una compañía, una amiga. Al menos intentaría mantener vivo el amor de otra persona, aunque yo no lo correspondiera. Era bonito saber que existía alguien que me amaba todavía; un amor algo obsesivo, pero era amor al fin y al cabo.

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— Hijos míos, ya tengo la fecha para la cena de celebración del estudio jurídico Kaulitz.

— ¿Cuándo será? — preguntó Bill secando sus labios.

— Este sábado.

— Qué pronto — pensé en voz alta.

— Lo sé, lo sé. Pero no quiero dejar pasar más días. Albert me ofreció ayuda en todo ¡Nos merecemos esta celebración!

— ¿Será un acto público como todas tus fiestas? — preguntó irónicamente mi hermanastro. Yo ignoré su comentario, y le había aconsejado a mi padre en varias ocasiones que también lo ignorara, pero a él no le salía omitir esos comentarios hirientes que se empeñaba en hacer cada dos palabras de nuestro padre.

— Va a haber prensa, si a eso te refieres con tu cinismo barato.

— No, en eso te equivocas, Jörg. Mi cinismo es carísimo. Te ha llenado de fortuna en estos años, ¿o me equivoco?

— ¿Qué insinúas? — preguntó nuestro padre dejando los cubiertos a ambos lados de su plato. Ni una cena en paz…

— Cálmate, Jörg — susurró Susan apoyando una mano en el brazo del susodicho.

— Nada, nada. Olvídalo.

— Tú dinero está en el banco. Yo no les saco plata a mis hijos; no la necesito, ¿sabes?

— Ajham — respondió llevando un bocado de comida a su boca.

— ¿Invitaste a mucha gente, papá? — pregunté volviendo al tema.

— A ciento cincuenta personas.

— ¿Puedo hacerte una pregunta sin que te enojes como siempre?

— Adelante. Pregúntame.

— De esos ciento cincuenta invitados… ¿cuántos son amigos tuyos?

— No sé… varios.

— ‘Varios’… Siquiera Seeger o Morris, y lo sabes — Se rió, pero mi padre se incomodó. —. Con suerte se cosecha uno o dos amigos en toda la vida.

— Como tú cosechaste a Georg, ¿no?

— Te equivocas, Jörg. Mis amigos son otros — Miré a mi papá y él hizo lo mismo. Había alerta en nuestros ojos.

— ¿Quiénes son tus amigos? — pregunté queriendo sonar normal y no alarmado—, si se puede saber.

— No los conoces — Evadió el tema. —. Provecho, gente. Estuvo riquísimo, Su — Le dedicó un beso al aire a la mucama y ella sonrió de lado. Yo volví a mirar a mi padre, quien ya no comía. Angustiado miraba un punto fijo en la mesa.

— ¿Piensas lo mismo que yo, Tom? — preguntó mirándome.

— No sé si es tan así… Bill es un tipo inteligente y sabe todo el daño que esa gente le hizo. Con recordar que quisieron matarte, papá.

— La droga hace que lo olvides todo.

— ¿Quieres que haga algo? — Suspiró en silencio.

— ¿Qué podrías hacer tú? — Me miró e hizo un intento de sonrisa. —. Si Bill anda frecuentando a esa gente nuevamente, no hay nada que podamos hacer nosotros, ni nadie.

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By Bill

Sentado en la sala de juntas cuando todos se estaban retirando, jugaba con el capuchón de una birome. Mi cabeza estuvo en otro lado desde que la junta comenzó. Mi padre felicitó a Andreas y a Georg por su victoria, y le dio ánimos a Lucas y a Richael. ¿Hablaron de algo más? No lo sabía. Como dije, mi mente no estaba en aquel lugar.

— ¿Día heavy? — Levanté la mirada y me encontré con Georg sentado sobre la mesa, enfrente de mí.

— Felicitaciones — dije ignorando su anterior pregunta. Él me sonrió.

— Gracias, amigo — Se bajó de la mesa y tomó asiento a mi lado. La sala ya estaba vacía por completo, sólo estábamos los dos. —. ¿Qué pasa contigo? Hace días que no hablamos de otra cosa que no sea trabajo.

— Es cierto. He descuidado nuestra amistad — dije sin observarlo, recordando que estuve más al pendiente del barrio que de él. Eso me hacía sentir un poco culpable. —. ¿Qué tal las cosas con Sarah? — Sarah era la esposa de Seeger, ¿recuerdan? Casi me daba un infarto el día que me lo confesó.

— De maravilla, por suerte. Estamos esperando el sábado para largarnos de esa fiesta llena de viejos vinagres y estar solos.

— Un amor furtivo… ¡Qué emocionante! — dije entusiasmado.

— Ella dio un giro a mi vida, hermano. Por primera vez siento que puedo apostar todo, y ganar.

— Tu tono de voz me dice que va en serio — Le piqué y él rió.

— Siento que la quiero sinceramente. ¿Viste cuando ya no te interesa la edad, el qué dirán, ni su cuerpo?, cuando te importa algo más profundo, algo que está en el interior…

— Qué lindo lo que dices, amigo. Recuerdo cuando eras un mujeriego nato — reímos.

— Esas épocas fueron doradas, Billy — dijo y suspiró—. ¿Y qué hay de ti?

— Bien, qué sé yo… Hablé con Thomas ayer y parece que todo quedó bastante claro.

— ¿Qué le dijiste?

— Que quería tener una buena relación con él, pero como hermanos.

— ¿Crees que eso sea posible?

— No lo sé — admití—. Creo que no hay posibilidades de que exista una ‘buena relación’ nunca más.

— Pero, ¿él te dijo por qué te dejó? — Lo observé con recelo.

— ¿Tú lo sabías?

— Me enteré hace poco.

— ¿Y no me dijiste nada?

— Espera, espera. Tú estás con Andreas, ¿para qué meterme?

— ¡Para saber la verdad! — Negué con la cabeza y bajé la mirada a mis manos nerviosas que prácticamente destrozaban el capuchón.

— Me enteré hace un par de días, ¿qué iba a cambiar? — reiteró—. Richael es una puta.

— No sé si es tan así. Si él hubiera querido seguir conmigo, me lo hubiera dicho… Pero no. Se calló y decidió por mí como siempre hace. ¿Te das cuenta? La historia finalmente se repitió.

— Lo sé… Qué ironía — asentí en silencio. —. ¿Y para ti es tan fácil olvidarlo todo y empezar a tratar a Thomas como a un hermano?

— Pues… — Me tomé unos segundos para formular una respuesta que no suene contradictoria con mis decisiones, pero aunque me tomara toda la vida, mi contestación sería la misma. —, alguien tenía que ceder, ¿o no? Había que dar el primer paso. Además no se trata de él y de mí solamente. ¿Qué esperaba acaso?, ¿decirme lo de la fotografía y la extorción, y que yo dejara el mundo parado sólo para él? ¿En serio creyó que sería tan sencillo? — Solté un suspiro y luego lo miré tímidamente. —. Discúlpame. Necesitaba ese desahogo.

— Tranquilo, man. Está todo bien. Tus sentimientos no van a cambiar de un día para otro, pero dar el primer paso es lo más importante de todo.

— Gracias, amigo.

— Ya sabes, si necesitas hablar o que haga algo por ti, sólo dime y estaré en un segundo a tu lado — Sonreí gracias a sus palabras. Y pensar que en el almuerzo lo negué como amigo…

— Tú también cuenta conmigo, Geo.

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By Gustav

— Traje la compra semanal — Anunció Nicolás dejando las bolsas sobre la mesada de mármol. Prácticamente vivíamos juntos. Algunos días en su casa, y otros en la mía, pero siempre juntos. Lo conocía de toda una vida, ya era otro hermano para mí.

— Genial — dije levantándome y yendo hacia las bolsas para guardar cada producto en su debido lugar. En seguida, él puso su mirada sobre mí de manera extraña, como queriendo leer mis pensamientos. —. ¿Supiste algo de Sam?

— Sí. Uno de los muchachos le está siguiendo los pasos para mantenernos informados — asentí sin detener mi tarea—. Justamente hoy tuvo una reunión con Walter para acordar un nuevo negocio.

— ¿Walter? — repetí levantando la mirada—, ¿quién es Walter?

— Su nuevo socio.

— No conozco a ningún Walter — insistí con desconfianza.

— El hecho de que tú tengas los mismos colegas desde hace quince años, no quiere decir que él deba hacer lo mismo — dijo calmado—. El tipo se quiere formar desde abajo, y me parece una buena idea renovar la gente.

— Para mí la confianza es fundamental, y no se crea de un día para el otro. Al menos en este negocio, es así.

— Él debe confiar — Fruncí los labios y continué con lo mío mientras él seguía observándome de esa manera tan incómoda.

— Sólo espero que no me traiga más dolores de cabeza. No estoy para solucionar otro de sus líos — dije ya más tranquilo.

— ¿Y a ti qué te ocurre, tío?

— Nada. ¿A qué viene la pregunta?

— Te noto extraño — Negué levemente. —. Puedes contarme, hombre. No hay nada que no sepa sobre ti, y tú igual sobre mí. Hay confianza.

— Lo sé… — Boté un suspiro y me recargué en la mesada una vez que todo estuvo guardado y acomodado. —. Es que de vez en cuando mi cabeza funciona más de la cuenta, y termina sobrecargándose— reí para poner paños fríos a la situación—. A veces me pregunto cuánto tiempo más tendré que vivir esta vida de fugitivo, salvando mi propia existencia todos los días — Nicolás se aproximó a mí con una expresión triste —. Mírame, amigo. Tengo treinta años, no tengo pareja, ni hijos, y tampoco hay indicios de que vaya a formar una familia algún día. Nací en este barrio y moriré en él. Soy un adicto a las drogas y es de lo único que sé, porque en todo lo demás soy un completo ignorante. ¿Qué sentido tiene vivir huyendo de la policía, de mis enemigos, del mundo entero? — Tomé aire e intenté sonreír. —. Ya fueron muchos años de esta vida…, y no estoy dispuesto a pasar otros quince años igual. A veces solamente quiero acabar con todo esto.

— Oye, man, no hables así — Palmeó mi hombro reiteradas veces. —. ¡Esa no es la actitud a la que nos tienes acostumbrados a todos, tío! ¿Qué pasa con esa fuerza de voluntad y esa personalidad avasallante?

— Hay días en los que todo eso queda en un segundo, o tercer plano — reconocí—. Pero calma, Nico, que no es la primera vez que esto sucede. En estos quince años me pasó muchas veces, y es sólo cuestión de acostarme un rato, poner la mente en blanco y esperar a que sea otro día.

— ¿Quieres que le diga a Bill?

— ¿Qué cosa? — Negué reiteradas veces. —. Para nada. Él está bien, acaba de ganar el juicio ese… No quiero deprimir a nadie. Yo sé cómo solucionar esto — Me estabilicé y me dispuse a retirarme a mi habitación.

— Oye, ¿quieres un abrazo? — Alcé una ceja cuando extendió sus brazos para recibirme en ellos.

— ¿Cuántas veces nos abrazamos en toda nuestra amistad? — Él se encogió de hombros sin modificar su postura. Entonces reí bajo y le correspondí las intenciones. Me dejé abrazar como casi nunca hacía. Odiaba exponerme, pero a veces lo necesitaba. ¿Quién no necesita de vez en cuando que todo el mundo se calle y simplemente disfrutar de un abrazo sincero? Un amigo, un familiar, la pareja, o quien sea, pero un abrazo que reconforte. ¿Sabían que en los abrazos, las energías se mezclan? Por eso es necesario que sea honesto, sin malas intenciones, para que nos cargue las pilas del alma y nos permita mirar al mundo con ojos diferentes. —. Queda un tramo muy largo del camino para recorrer todavía, Gustav, y te quiero de pie a mi lado.

— Espero poder, Nico — Me alejé de él y me fui caminando tranquilamente hacia mi recámara —. Quédate todo el tiempo que quieras. Estás en tu casa — dije antes de cerrar la puerta.

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By Bill

El traje para la noche siguiente ya estaba listo. Perfectamente planchado y colgado en mi clóset. Se trataba de un saco y pantalón azul francia, con líneas verticales grises, con una corbata de igual color y una camisa blanca. Los zapatos de vestir blancos con detalles en negro. Estaría espléndido. Pero más allá de la ostentosidad de la fiesta de mi padre y toda la gente de alrededor, solamente podía pensar en Milagros desde que Thomas la mencionó en la mesa el otro día. No podía sacar de mi cabeza la posibilidad de que ella quedara en silla de ruedas para siempre; con tantos sueños y metas qué realizar, no podía permitir tal cosa.

Salí de la habitación con el miedo de interrumpir a mi hermanastro en su cuarto. Richael y Andreas eran bien recibidos por mi padre en la casa, y a veces me la cruzaba por la sala. Lógicamente ahora las cosas eran diferentes y tenía que tocar la puerta antes de entrar.

— Adelante — Luego de eso, ingresé. —. Hola Bill

— Hola — Cruzado de brazos, busqué las palabras adecuadas. —. Disculpa que te moleste — dije cuando cerró su netbook y se puso de pie.

— No, olvídalo. Estaba adelantando trabajo, pero está bien. ¿Qué ocurre?

— Necesito tu ayuda para averiguar algo. Quizás tú lo sepas… — asintió expectante—. Necesito saber dónde está viviendo Charles.

— ¿Charles Gómez?

— Sí. ¿Crees que puedas averiguarlo?

— Bueno, no creo que esté viviendo en ningún lado; más bien, se debe estar hospedando en algún hotel.

— ¿Y tienes la forma de saber en cuál?

— Claro que sí. Charles sigue en proceso judicial hasta que la causa esté totalmente cerrada, así que debe dar a conocer cada uno de sus movimientos.

— Genial.

— ¿Puedo preguntar para qué quieres saber eso? — Llené mi pecho de aire y lo solté en un suspiro. Me senté en el borde de su cama mientras él me observaba preocupado.

— Siento mucha culpa.

— ¿Por qué?

— Porque ellos no se beneficiaron en nada, sólo están peor que antes, pero con treinta mil dólares. Nada más pueden comprar la casa que querían hace meses, sólo eso. ¿Y la niña?, ella está lisiada ahora — Lo vi asentir y acercarse a mí. Adosó una mano en mi hombro y finalmente se sentó al lado mío. —. Quiero ayudarlos.

— Me gusta escucharte hablar así después de tantas idas y vueltas — dijo—, me da mucho orgullo.

— Gracias.

— Y claro, cuenta conmigo. Ahora mismo me pongo a averiguar en dónde vive.

— ¿Ahora? No, no. Sigue trabajando o descansa, es tarde — Negó insistente.

— No pasa nada; te dije que estoy adelantando, no es nada importante — Me sonrió. —. Además no quiero darte tiempo a que cambies de parecer. Voy a buscar eso y si es posible, mañana mismo vas y ves la forma de ayudar a esa gente.

— Lo haré. Gracias, Tom — Agradecí entusiasmado y él asintió desviando la mirada sin dejar de sonreír.

Continúa…

Gracias por la visita. Te invitamos a continuar con la lectura.

por Antonella Ayelen

Escritora del fandom

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