«Apostemos» Temporada III
Capítulo 6: Huracán
Despellejaba ese papelito en donde Thomas me anotó la dirección del motel donde se estaban hospedando la familia de Charles.
Mi pierna subía y bajaba tres veces por segundo debido a los nervios, mientras esperaba en esa silla de la recepción. La recepcionista del lugar leía una revista tranquilamente sin prestarme ni la más mínima atención. Los minutos pasaban más lentos de lo que estaba acostumbrado, y ellos seguían sin aparecer.
Rasqué mi cabeza, mordí mis uñas, ladeaba la cabeza para tronar mis huesos, jugaba con las manchas en las baldosas del suelo, armaba cientos de figuras, acomodaba mi jopo ya acomodado una y otra vez.
— ¿Fede? — Alcé la cabeza al oír esa voz salir del ascensor. Charles traía la silla de ruedas con mi rayito de esperanza en ella. —. Lo siento. Hola, Bill — Me puse de pie de inmediato y corrí a abrazarla. Me incliné hasta su altura y besé sus sonrojadas mejillas hasta quedarme sin aire.
— Hola, mi cielito… No sabes cuánto te extrañé.
— ¡Yo también, Billy! — Billy… así me decía mi madre y ahora Susan. Sentí los ojos frescos cuando miré los suyos brillosos de ilusión.
— Hola, licenciado — saludó Charles y me erguí para estrechar su mano.
— Hola, Charles, ¿cómo está?
— Bien, por suerte. Lo felicito por la victoria en el juicio — asentí incómodo.
— Yo le quiero agradecer permitirme ver a su hija — Él negó modestamente.
— Ella quería verlo, y yo no soy quién para negárselo.
— Muchas gracias — Mis ojos dieron con la recepcionista que, como buena chusma, se estaba dando cuenta de quién era yo. Claro, si salí en todos los programas de televisión barata desde hace tres meses. —. Charles, ¿le importaría si vamos a conversar al parque de aquí enfrente?
— Claro — aceptó—. Pero creo que los que tienen que charlar, son ustedes. Así que… — Soltó la silla y le sonrió a su hija. —. Pórtate bien, Milagros.
— Sí, papi — respondió alegre.
— Gracias por la confianza — Él asintió y volvió al ascensor.
— ¡Vamos al parque! — gritó entusiasmada y yo solamente pude reír de gusto.
Salí del edificio con la niña y cruzamos la calle para llegar al parque. Era un día hermoso, realmente. Los árboles bailaban en lo alto del cielo y los niños corrían de aquí para allá.
— ¿Cómo estás, Mili?
— Bien. ¡Al fin estoy comiendo comida de verdad!
— Sé lo que es la comida del hospital — Formulé una mueca de asco y ella me correspondió. Me senté en uno de los muros del parque y la coloqué enfrente de mí. —. ¿Un caramelo? — Asintió con una amplia sonrisa y noté que le faltaba un diente. —. ¡Oye, te falta un diente!
— ¡Sí! El Ratón Pérez me trajo diez dólares.
— ¡Te felicito! Eres una niña grande — Toqué su pancita divertido y ella rió. Le di el caramelo y lo desenvolvió rápidamente. Mientras estaba distraída, me tomé el atrevimiento de prestarle atención a su vestido rosado con corazoncitos rojos, y sus medias can-can blancas. Las dos coletas en su cabello castaño, sus uñitas pintadas de celeste… Se había producido así para mí, por eso tardaba tanto en bajar. Sonreí de lado por lo grande que estaba. —. Tenía muchas ganas de hablar contigo, Mili.
— ¿De qué? ¿De Demi Lovato de nuevo? ¡Tú eres famoso!, quizás puedas salir con ella — reí bajo y negué.
— No quiero hablar de ella… Quiero hablar de ti, linda. Te extrañé muchísimo — Sus mejillas se hincharon por su sonrisa y el caramelo que pasaba de una a otra.
— ¡Yo también, Billy!
— Y te quiero pedir perdón por mentirte… Mi trabajo a veces me obliga a hacer esas cosas — empecé con dificultad—, pero ahora que ya no estoy trabajando, quiero que conozcas mi parte buena — Su manito tomó la mía y me quedé paralizado mirando ese gesto.
— Yo ya conozco tu parte más mejor — sonreí emocionado—, y creo que nadie la conoce. Tú te haces el malo con los demás, pero no eres así. Y aun cuando papi me decía que habías sido cruel conmigo, yo seguí creyéndote. Es que yo no entiendo mucho todo esto que pasó, yo estuve encerrada en el hospital mientras todo esto sucedía — recordó—, pero también es cierto que ellos tampoco pueden entender lo que pasamos nosotros dos, Billy. Ellos estaban encerrados en el juicio — rió—… ¡Qué loco! ¿Quiénes estaban encerrados realmente? — Soltó una carcajada y a mí se me calló una lágrima por sus palabras tan bellas. —. ¿Por qué lloras?
— Porque me siento feliz de verte — Acaricié su manito con ternura. —, y me hace muy bien oírte hablar así. ¿Sabes?, yo creía que me ibas a odiar cuando te enteraras que en realidad no era Federico, y no era un Asistente Social.
— ¿Odiarte? ¡No se odia a nadie, Billy! — regañó—. Papi me lo dice todos los días: odiar es malo. Somos todos iguales, y no debemos odiarnos entre nosotros.
— Tu papá tiene mucha razón, Mili. Por eso yo te quiero muchisisísimo.
— ¡Yo te quiero muchisisisisisísimo!
— ¡Eso sí que es mucho cariño! — reímos y sequé esa primer lágrima de felicidad que derramaba en mucho tiempo. —. Le diste un giro a mi vida, preciosa. Quizás no lo sabes, pero en cada visita al hospital, cambiabas algo en mi interior.
— ¿Sí?
— Síp. Solamente tú me puedes entender.
— Si tú no hubieras ido a visitarme nunca, no puedo imaginarme lo feo que hubiera sido estar en ese lugar.
— Pero eso ya pasó, cielo. ¡Mírate! Estás hermosa.
— Pero estoy aquí… — dijo señalando su silla de ruedas…—, y me choco todo siempre. Mamá está algo molesta porque rompí un jarrón de la abuelita, pero no lo quiere aceptar. Yo sé que está molesta y le quiero sacar un poco de plata que le dio tu papá segundo a mi papi para comprar otro jarrón igualito — Me mordí el labio aguantando las ganas de llorar.
— No digas eso. Si te tocó estar en esta silla, es porque puedes con ello. ¿Crees en Dios?
— Sí.
— Bueno, ahí tienes. Dios le da las peores batallas, a sus mejores guerreros.
— ¡Qué bonito! — dijo eufórica—. ¡Te quiero, Billy!
— ¡Yo también, hermosa!
— ¿Puedo sentarme junto a ustedes? — dijo una voz familiar a mis espaldas. Sin poder creerlo, volteé mi cabeza hacia atrás encontrándome, efectivamente, con Thomas.
— El chico del juicio — susurró Mili a mis espaldas. Yo sonreí incrédulo y él me guiñó un ojo.
— Hola, Milagros — Pasó una pierna por arriba del muro, y luego la otra. Se sentó junto a mí y le pidió la mano a la niña. Ella accedió y él besó su mano con delicadeza. —. Te saludo como se saluda a una princesa.
— ¡Soy una princesa!
— Ya te la ganaste — le dije por lo bajo y él me miró directo a la boca. Gesto que me incomodó demasiado.
— ¿Quién eres tú?
— Amm… — Volvió la mirada a la niña y sonrió. —, soy Tom, el… — Me miró unos segundos y volvió a la conversación. — hermanastro de Bill.
— ¿Her… nastro? ¿Qué?
— Mi medio hermano. Es que somos hijos del mismo padre, pero no de la misma madre — expliqué y pareció confundirse más—. Somos hermanos.
— ¡Ah! — exclamó—. Eres lindo, Tom.
— Y tú eres hermosa, Milagros.
— Eres como el chico con el que se quieren casar mis amigas.
— ¿En serio? — rió—. ¿Cómo estás, Mili?
— ¡Feliz porque Billy vino a visitarme!
— ¡Me alegro! — Sonreí al verlos a los dos tan conectados. —. ¿Tú entiendes lo que pasó en este tiempo, cierto?
— Creo que sí.
— ¿Y sigues queriendo igual a Bill?
— ¡Desde luego que sí! Cambió el nombre y su trabajo, pero él sigue siendo el mismo.
— Es verdad. Y, ¿sabes?, él te quiere muchísimo, doy fe de ello.
— Lo sé.
— Me habló muy bien de ti. Dijo que eras muy linda, y no mintió — Ella se sonrojó.
— Gracias, Thomi — Miré a mi hermano. Su expresión había sufrido un leve cambio.
— El único que me dice así es él, y ahora se suma una nueva persona: tú — Ella sonrió ampliamente.
— ¿Viste que Billy es genial, Thomi?
— Sí, es cierto. Él es muy cool — Milagros tapó su boca como si Tom hubiera dicho una grosería.
— Eso no se dice… — susurró y Thomas me miró interrogante.
— Suena como culo, Tom.
— ¡Oh! Lo siento, linda — dijo avergonzado—. Te quiero agradecer por hacerle tanto bien a mi hermano, Mili.
— ¿Yo le hice bien? ¡Entonces él me hizo súper bien! — gritó alzando sus brazos. Yo reí y le guiñé un ojo. —. Oye, Thomi, yo me acuerdo que Billy estuvo muy triste un tiempo… ¿Tú no tuviste nada que ver, no? — Thomas me miró sin entender. Entonces me arrimé a su oído y le susurré.
— Fue cuando consumí.
— Oh, sí, me acuerdo…
— No fue por su culpa, cielo. Fueron cosas que pasan. Él, de hecho, me ayudó muchísimo a superar ese momento.
— ¿En serio? ¡Entonces te ganaste mi cariño también! — exclamó la niña y sonreímos los tres a la vez.
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— No, por favor, acéptelo — insistí y Charles no podía estar más morado.
— ¡Qué vergüenza! No puedo recibir semejante suma, licenciado.
— Tómelo como justicia — dije—, que es lo que no se hizo.
— ¿Habla usted en serio?
— Sí, hombre — Palmeé su hombro y volví a extender el cheque. Él lo tomó dudoso y finalmente sonrió agradecido. —, para mí es un placer ayudar a Milagros. Quiero que pueda caminar.
— Lo mantendré informado del tratamiento.
— Me encantaría — De mi bolsillo saqué mi tarjeta personal con mi número telefónico. —. Tome; llámeme cuando crea necesario. Quiero estar al pendiente no sólo del tratamiento, sino de su bienestar en general.
— Mi hija ha tocado su corazón, por lo que veo.
— Sin dudas.
— Muchísimas gracias, licenciado…
— Por favor, llámeme Bill — interrumpí. Él asintió sin borrar su humilde sonrisa.
— Gracias Bill.
— De nada, Charles. Nos mantendremos en contacto.
— Claro que sí — Estrechó mi mano y luego se metió a la habitación. Yo inflé mi pecho sintiéndome orgulloso de lo que acababa de hacer. Al voltear, Thomas me sonreía sentado en las escaleras que conducían al cuarto piso. Se puso de pie y vino hacia mí.
— Hiciste algo muy bueno hoy, enano.
— Lo sé… Me siento muy bien por eso.
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By Tom
— Vamos, Richael, sal de una vez — dijo cansado de esperar a que se pusiera dos tacos y un vestido. Por eso me gustaban más los hombres: son más sencillos. He ahí el pensamiento más gay que he tenido en mi vida.
— ¡Un momento! — gritó por enésima vez detrás de la puerta de mi recámara. Yo decidí recargarme en la baranda de las escaleras armarme de paciencia para seguir aguardando su salida. Era sábado, finalmente, y en pocas horas tendría lugar quizás la mayor fiesta que mi padre hizo en su vida. Todos iban a estar presentes: desde los legendarios socios Franc Seeger y Eliz Morris, hasta cada familia de los abogados del estudio. Conocería a la madre de Richael y a su hermano Nicolás… Qué irónico que se llamaran los dos iguales, sólo que uno es un narco y otro un respetado arquitecto. ¡Diablos! ¿Quién diría que tendría que pasar por el incómodo momento de la presentación sin siquiera quererla? — ¡Estoy lista!
— Urra… — dije por lo bajo y la puerta se abrió de par en par, como si saliera la reina Isabel. Estaba muy bonita, tenía que aceptarlo. Al final se había puesto el vestido azul que le sugerí. Su cabello negro caía en ondas por sus hombros y su maquillaje era mucho menos cargado que de costumbre.
— ¿Qué te parece? — Jugó con unas poses sensuales aprovechándose de su belleza y reí.
— Estás muy bella, Rich.
— ¿En serio lo crees? — Se aproximó a mí y enredó sus brazos en mi cuello.
— Claro que sí — Sujeté su cintura y dejé que me besara a su antojo. Pero ese beso que empezó calmo, ahora subía de tono, y para ser honesto, no tenía muchas ganas de esperar otra media hora hasta que se volviera a vestir. —. Richael, espera…— dije alejándome un poco de su boca—. Está mi padre abajo y mi hermano en la recámara de junto.
— Bueno, entremos a tu cuarto.
— ¿Y la ropa? Ya estamos cambiados, Richael. Después te vas a tener que peinar, que maquillar… Llegaremos tarde.
— ¿Es eso o no quieres tener sexo conmigo, Thomas? — cuestionó en un tono de voz diferente, soltándome de paso.
— Oye, me parece que te cumplo bastante bien, ¿o no? — Alzó una ceja y soltó una risotada cínica.
— ¡Claro, Trümper, claro!
— ¿Qué rayos te pasa? ¿Me vas a negar que siempre te haga gritar como una perra?
— ¡Vete a la mierda, Thomas! — gritó metiéndose en mi cuarto de nuevo y cerrando la puerta de un golpe. Yo viré mis ojos y desajusté un poco mi corbata. ¡Qué pedazo de histérica!
— Puta — murmuré para mí mismo.
Cuando pensaba bajar a la cocina para tomar algo fresco, escuché el crujir de la puerta del cuarto de Bill, e inmediatamente volví la mirada.
Sin dudas era a él a quien le quería sacar ese traje espectacular y hacerle el amor como si no existiera un mañana. Estaba perfecto, como jamás lo había visto. O quizás era la distancia que existía entre los dos, pero mis instintos más profundos me gritaban desde el interior que fuera sobre él y lo encerrara conmigo en ese cuarto que tiene la cerradura indicada para no salir jamás.
— Wow… — musité—. Qué bien te ves, Bill.
— Gracias. Opino igual — dijo sonriendo.
— Soy la mano derecha del jefe, ¿no? Tengo que mantener la imagen.
— Estoy de acuerdo — Tomé aire con dificultad, porque juro que estaba a un pelo de calvo de saltar sobre su cuello como un demente. —. ¿Jörg está abajo?
— Sí. Junto con Susan. Tienes que verla — dije más animado para cambiar de tema—, está hermosa con ese vestido que le regaló papá.
— ¿El lila? — asentí y él sonrió… Su sonrisa era perfecta. —. ¡Tengo que ver eso! — dijo pasando por mi lado y bajando las escaleras con apuro. En su lugar quedó la fragancia que desprendía de su piel. Cerré mis ojos y me llené de ella unos segundos.
— Malditos lazos de familia — maldije—. A ver si ahora sirves para algo, Richael — Luego de decir esto, entré a mi cuarto importándome una mierda el mal humor de mi pareja.
— ¿¡Qué haces!? — gritó por el susto subiéndose rápido el vestido rojo que ahora se ponía. ¡Será estúpida! ¿Se pensaba que por cambiarse el vestido me iba a lastimar o algo? ¡Ponte cualquiera, mujer! Al fin de cuentas, lo zorra lo llevas por dentro.
— Cierra la boca — mascullé entre dientes antes de tomarla por los brazos y empujarla a la cama. Sin darle oportunidad de que dijera ni una palabra, me trepé a su cuerpo y comencé a besarla salvajemente. Ella tardó en adaptarse a mi ritmo, pero finalmente lo hizo con gusto. Cuando me cansé del sabor de su boca, bajé a su cuello y mordí, chupé, succioné, aun bajo sus pedidos de no dejar marcas. Si las dejaba, me valía madres.
Como apurado, me quité el saco y lo lancé lejos, y ella desprendió mi camisa al mismo tiempo. Era extraña mi sensación. Sabía que no estaba con Bill, pero era muy diferente en mi cabeza.
— Házmelo, Thomas…— Por la cremallera del pantalón saqué mi miembro totalmente erecto y le abrí las piernas de un tirón.
— Te dije que no hablaras — Volví a inclinarme hacia su rostro y la besé con la misma o más intensidad que antes, mientras llevaba mi pene hacia su entrada vaginal; y cuando menos se lo esperó, la penetré sin aviso.
— ¡Aaagh, Tom… sí! — Era tan puta que amándome y toda la cosa, le importaba un carajo que la cuidara o no.
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Para comenzar, los paparazzi estaban retratándolo todo alrededor. Cada fuente, cada luz, cada alfombra y hasta cada copa también. Yo avancé de la mano con Richael hasta donde ellos se amontonaban. Allí posamos para algunas fotografías con flashes segadores. Hasta que en un momento levanté mi mano en señal de alto y fue suficiente de aquel circo innecesario.
— ¡Qué hermoso que está todo! — comentó la morocha a mi lado y yo solamente asentí—. ¿Ocurre algo, Tom?
— Están los familiares de todo el mundo, menos mi madre — dije molesto.
— Pero ella vive en Nueva York, amor. No iba a poder venir.
— Si le avisaban con tiempo, sí. Pero claro, para Jörg soy su única familia.
— Oye, cálmate… No quiero que estén peleados hoy — La miré despectivamente.
— Es sólo una noche, Richael. ¿Qué tiene de importante? — Y con reproche alzó su dedo índice, indicándome a una mujer y a un hombre medianamente maduro.
— ¿Esa es tu familia? — Ella asintió volviendo a sonreír y me armé de valor para ir hacia allá. De todos modos, me tenía tomado por el brazo y me manejaba a su antojo. La mujer levantó la mirada hacia nosotros de inmediato y sonrió ampliamente.
— Thomas Trümper, ¿cierto?
— Así es, señora — Estreché su mano sonriéndole a la fuerza. La mujer tenía unos cincuenta y cinco años, y tenía aspecto humilde. Lo soberbia y lo mala persona, Richael, lo habrá heredado de su padre.
— Thomas, ella es Mabel, mi madre. Y él Nicolás, mi hermano.
— Es un placer, Thomas.
— Igualmente, Nicolás.
— Richael nos habló muchísimo de ti, Thomas. Le haces muy bien.
— Así parece — dije con mi atención puesta en la entrada de mi hermanastro de la mano de Andreas. Maldito imbécil que podía abrazarlo y besarlo enfrente de todos, sin importarle la prensa, ni la gente alrededor. —. Ella también me hace bien — mentí.
— ¿Y qué intenciones tienes con mi hermana, Thomas? — Lo miré fugazmente al sujeto que me hablaba y alcé una ceja en respuesta.
— No me voy a casar, si insinúas eso.
— No dije eso.
— ¿Entonces?
— Nicolás, recién empezamos — cortó Richael cuando notó que me puse a la defensiva con las preguntas.
— Bien. Entonces no me encariñaré — dijo despectivamente.
— Aunque me casara mañana mismo, tampoco lo harías — Touché. —. Señora, ha sido un verdadero placer — Como hoy en la mañana con Milagros, besé la mano de la mujer de igual manera, provocando en ella una hermosa sonrisa.
— Eres un encanto, Tom.
— Gracias — En ese momento la tomé a Richael y me la llevé unos cuantos metros lejos. Uno de los mozos me ofreció una copa de champagne y la acepté casi desesperado.
— ¿Qué te pasa, Thomas?
— Nada. ¿Qué le pasa a tu hermano? ¿Quién se cree que es? Además, ¿cómo vas a hablarles tanto de mí sabiendo que no te quiero, no te amo, y no tengo intenciones de estar junto a ti?
— Hoy me hiciste el amor — recordó queriendo ocultar su tristeza.
— No te hice el amor. Tuvimos buen sexo, Richael, es todo. Fui claro contigo desde un principio: podemos ser novios para todo el mundo, pero entre nosotros no hay ni una pizca de romanticismo, ni de cariño.
— No me digas que sigues enamorado de tu hermano.
— Lo estoy. Y ahora más que nunca — Me tomé la mitad del contenido de mi copa mientras buscaba con la mirada a Bill, que se me había perdido luego de posar para los fotógrafos.
— ¡Es una confusión! ¿No ves que está con Andreas? No tienes chances con él. Resígnate.
— Jamás me voy a resignar a nada, y menos al amor de mi vida — sentencié y decidí alejarme y dejarla sola de una buena vez.
Caminé entre la gente sin reconocer a quién me saludaba, pero yo les devolvía el saludo o les agradecía los halagos con una sonrisa de lado. En mi camino me topé con Lucas y Georg. Mi sonrisa se hizo sincera al verlos tomar una copa de champagne cada uno y hablando jovialmente.
— ¡Tom! — exclamó Lucas y Georg volteó al instante a verme.
— ¿Cómo están, camaradas?
— Excelentemente. Tú padre se ha pasado esta vez.
— Coincido — dijo Georg asintiendo—. ¿Y Richael?
— Por ahí. Con la familia.
— ¿Y qué tal esa presión?
— Richael está loca — dije sencillamente.
— Paciencia. Hacen una pareja muy bonita — agregó Lucas y yo reí bajo.
— Eso aparentamos.
— Los que se ven bien, son Andreas y Bill — comentó de nuevo, mirando a la flamante pareja cerca de la mesa de los canapés. Todos se acercaban a felicitarlos por sus respectivas victorias y para hacer algunas bromas casuales. El rubio era un abogado muy querido por todos lados. Digamos que andaba por la vida recolectando afectos. No existía una persona que dijera algo malo sobre él.
— ¿Los abogados del estudio Seeger ya están aquí?
— Lo están — respondió Lucas entusiasmado.
— Tus viejos colegas, ¿eh?
— Así es.
— Oye, ¿y cómo era trabajar con un tipo como Franc Seeger? — preguntó Georg antes de beber unos tragos de su champagne. El susodicho se encogió de hombros.
— Es un tipo muy exigente y estricto. Pero le debo todo lo que soy como abogado.
— Trabajar en cualquiera de los tres estudios, es una referencia importantísima — dijo Georg—. ¿Y ya encontraron un reemplazo para ti?
— Es curioso — rió—. Parece que yo era tan eficaz, que necesitaron incorporar a dos.
— ¿En serio? ¿Hace cuánto?
— ¡Hace mucho! Antes de que inicien los juicios, de hecho — comentó y acaparó mi atención—. Se llaman Joseph Sanders y Katherine Hassan.
— ¿Hablas en serio? — dije—. Ellos eran la defensa de Charles Gómez en el juicio de Cortez.
— ¡Qué coincidencia!
— Eso significa que estarán aquí esta noche — supuso Georg.
— Sí, aunque aún no llegan… ¿Será incómodo para ustedes? — Me preguntó.
— No, Lucas, en absoluto. Yo soy un viejo amigo de Joseph; fuimos juntos a la Universidad. Pero no sé cómo lo tomará Bill…
— Oh, es cierto. Las cosas no anduvieron bien desde un comienzo — murmuró Lucas acabándose la champagne. Yo fruncí el seño y lo miré interrogante. —. Trabajar con Seeger tiene una consigna clave: conoce a tus colegas — empezó poniendo los ojos en blanco—. Y en un juicio millonario, Bill no fue muy honesto que digamos. Compró a un par de testigos, filtró información, sobornó miembros del jurado… Eso le costó la reputación a Sanders.
— Sí, sé eso — dije incómodo.
— En defensa de mi colega, digo que en esta profesión se vale todo — dijo apoyando su mano en mi hombro—. Es muy difícil hacer justicia con tanta corrupción. A algunos los chupa el sistema… ¿Quién no movió algunos hilos para conseguir ciertas cosas? — A pesar de lo dicho, mi ánimo no ascendió en absoluto.
— ¿Y esperas a alguien, Lucas? — preguntó Georg queriendo salir del incómodo ambiente que se había formado.
— A Tania — respondió tímidamente—. Me encanta esa mujer. Me parece que esto es en serio…
— ¡Mis felicitaciones, tío! — exclamó Georg y yo sonreí asintiendo.
— Lo mismo digo, Lu. Seguro les irá de maravilla.
— ¿Ustedes creen?
— Claro que sí. Tienen todo para ser felices juntos.
— Gracias, muchachos — Al ver a Bill de nuevo entre la gente, no perdí más tiempo y decidí ir por él. No podía dejar que viera a Joseph entrar tan libremente al evento y que se llevara una mala sorpresa.
— Después hablamos, chicos — Anuncié y fui hacia él. Pedí permiso, pero algunos empujones fueron inevitables.
Al llegar, Andreas me observó con recelo de pies a cabeza.
— Bill, ¿podemos hablar? — Hubo unas miradas extrañas entre ambos y yo me armé de paciencia. Ahora que Andreas sabía lo que había pasado entre nosotros, estaba más que a la defensiva.
— Iré a la entrada, a ver si llega mamá con Julieta — Bill asintió y éste se retiró.
— ¿Qué ocurre, Tom? — Agarró una copa de sidra y la bebió despreocupadamente.
— Te venía a contar las novedades.
— Por tu cara, no es algo bueno. Dime.
— ¿Sabías quienes son los nuevos contratados por Seeger? — No respondió. —. Joseph y Katherine.
— ¿En serio? Qué mala noche será…
— Me preocupa que esto del juicio afecte de alguna manera el contrato entre los estudios.
— ¿De qué hablas?
— Seeger no acepta derrotas. Me pregunto si este es el fin del triunvirato — dije riendo forzosamente—, o en el peor de los casos: que Joseph tome alguna revancha contra ti.
— El resentimiento no es un buen consejero — comentó riendo con soberbia—. Cuando alguien no sabe perder, se convierte en una persona como Sanders.
— No hables así. Sabes mejor que nadie que no ganaste ese viejo juicio con todas las de la ley.
— ¿Y? ¿A quién le importa? — carraspeó mirando a los costados y acercándose un poco para mantener la charla en secreto. —. El veredicto fue claro. Y no creas que lo que hice con Milagros hoy va a cambiar mi forma de pensar. Este fue un juicio especial y diferente, pero lo que hice en el pasado con Joseph sigue firme. Si tuviera que hacerlo de nuevo, créeme que lo haría.
— Intenta mantener tu soberbia aparte esta noche, ¿vale? No querrás disgustar a papá en su fiesta.
— ¿Por qué debería modificar mi personalidad por ese par de inútiles?
— Porque ahora trabajan para Seeger. ¡Es uno de los socios más importantes! — Rió prepotente y eso aumentó mi bronca hacia su actitud.
— Seeger me conoce desde que tengo seis años, Thomas. ¿Te piensas que me intimidan con eso? Un chasquido de dedos y Sanders estará muy lejos de ejercer su profesión.
— No peques de soberbio.
— Y tú no peques de humilde — contraatacó. Le dio unos tragos a su bebida y luego me sonrió de lado. —. Nada va a arruinar esta noche para papá. Descuida — Me guiñó un ojo y vació su copa de sidra de un solo sorbo.
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By Gustav
Le bajé el volumen al radio y agudicé mi audición a lo que pasaba escaleras abajo.
Un grito… Otro más. De hecho, era una sucesión de éstos. Luego la puerta del cuarto de Priscila se escuchó y sin duda ese sonido me devolvió a la tierra. Abrí la puerta de mi habitación y me encontré con ella parada en las escaleras. Su pequeño cuerpo de trece años temblaba.
— Prisci, ¿qué haces? Entra a tu cuarto, anda.
— Es papá otra vez, Gus… — dijo girándose y apoyando sus manos en mi pecho. Yo fruncí mis labios y entrecerré los ojos. —. ¡Le va a hacer mal!
— Tranquilízate. Yo me encargo de esto — Besé su frente y bajé por las escaleras a toda velocidad. Atravesé la sala y me metí a la cocina sin anunciarme.
Y justo a tiempo, como si mi destino me hubiera marcado que debía entrar justo en ese instante, justo en esas circunstancias. Sus asquerosas manos puestas sobre mi madre, la mujer más buena y solidaria que pudiera existir sobre esta tierra.
— ¡¿Qué haces aquí, mocoso?! ¡Largo!
— ¡Déjala, borracho asqueroso! — grité con todas mis fuerzas, con mi voz de crío a mis dieciséis años.
— ¿Tú me vas a decir lo que debo hacer? ¡Lárgate he dicho!
— Hijo, por favor… — susurró ella con sus ojos repletos de lágrimas. Intentaba acomodar sus cabellos y su ropa, para disimular el maltrato que acababa de sufrir su cuerpo.
— ¡Eres un cobarde! ¡Sólo los cobardes les pegan a las mujeres!
— ¡Cruzaste tu límite, imbécil! — gritó antes de abalanzarse sobre mí como una fiera encadenada. Fue directamente a mi cara, dejándome su puño marcado en mi mejilla izquierda. Apenas me repuse, escupí a un costado la sangre y la saliva que casi me ahogaba. Y no supe si eran los años de maltratos acumulados, o si los efectos del alcohol dañaron sus reflejos, pero nadie pudo detenerme. Los gritos de mi madre como desesperada quedaron en un segundo plano, al igual que el llanto desgarrador de mi pequeña hermanita a la que tanto defendía de escenas como esas. Hoy era yo el que daba un pésimo ejemplo, y peor aún, con mi propia sangre, con mi progenitor. Pero me valía madres. Nadie le iba a poner un alto si no lo hacía yo.
No paré hasta que mi mano estuvo bañada con su sangre. Sólo entonces me alejé en un estado de shock ante la escena.
— ¡Gustav! — gritó mi mamá tirándose al suelo para acudir a aquel hijo de puta—. ¡¿Qué hiciste, hijo?!
— Justicia…
— ¡Enloqueciste por completo! — Sollozaba.
— ¿Bromeas? — De a poco caía en cuenta de lo que acababa de pasar. —. ¡Ese sujeto hizo nuestras vidas miserables! ¡No lo defiendas, mamá! — Me lancé sobre ella y la paré de un tirón. —. ¡Te vive maltratando! ¡¿No tienes dignidad?! — En respuesta volvió a caer de rodillas a un lado del desmayado, tratando de curarlo. La miré con asco. —. Eres una vergüenza de mujer, Silvia — dije despectivamente y ella me observó sorprendida, y luego desembocó en un llanto desgarrador.
Me di la vuelta y salí de la cocina. En la sala me encontré con Priscila sentada en uno de los sillones. La miré fugazmente y subí a mi cuarto.
Entré secando mis lágrimas y de abajo de la cama saqué la mochila del colegio, sacándole todos los útiles y abriéndola de par en par. No esperé a que pasara más tiempo, siquiera quise pensarlo. Toda la ropa que estuvo a mi alcance, la metí dentro. Agarré el teléfono celular y marqué el único número telefónico que conocía de memoria.
— Gustav, ¿qué onda?
— Nico, ¿hay alguien en tu casa?
— No, estoy solo. Oye, ¿qué pasa? — Nicolás tenía cinco años más que yo y hacía poco tiempo que se había independizado. No importaban las consecuencias, tenía que irme.
— ¿Puedo ir? Allá te explico.
— ¡Claro que sí! Te espero — Corté la comunicación y cerré la mochila con fuerza, como quien deja toda una vida atrás. Me la calcé en la espalda y, dispuesto a salir, la figura de mi hermanita me lo impidió.
— ¿Te irás?
— Lo siento, Prisci… No quería que vieras eso.
— No te vayas, por favor. Eres todo lo que tengo — Mis últimas lágrimas en esa casa, las derramé por ella. La abrasé con fuerza, con miedo de alejarme y no volverla a ver.
— Te quiero mucho, hermanita.
— Yo también, Gus — La solté sin querer mirarla a los ojos y sequé mis mejillas rápido. —. Prométeme que volverás por mí…
— Lo prometo — dije dándole la espalda y saliendo del cuarto que me vio crecer, y de la casa que me vio vivir.
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De un exabrupto me desperté transpirado y agitado. Estaba en mi casa, en el barrio, acostado en la cama. A mi lado, una botella de vino por la mitad, una copa con algunas gotas y una tableta de pastillas. Menudo cóctel me había dado. Me preguntaba qué hora sería… Las once de la noche. La fiesta de Bill ya había empezado hacía horas según lo que me había contado.
Me incorporé sentándome en el borde de la cama y rasqué mis ojos, para finalmente terminar en la oscuridad de mis manos tapándome la cara.
¿Hacía cuánto no recordaba aquella tarde? ¿Por qué venía ese sueño a atormentarme justo en este momento de mi vida? Para empezar, no andaba bien de ánimos, ¡y ahora esto!
— Sueño de mierda — maldije por lo bajo descubriéndome el rostro. Más bien había sido un recuerdo… Idéntico a como sucedió aquella vez. —. Priscila…, ya debes tener veintisiete años — Eso me permitió sonreír unos segundos. Imaginar a mi hermanita echa toda una mujer, con una familia, o quizás no. En pareja, con alguien muy diferente al hombre que nos tocó como padre. ¿Qué carrera habrá seguido? ¿Enfermería, como quería? Me la imaginaba hermosa y carismática como siempre fue, aunque con sus ralles de un momento a otro y su cara de pocos amigos. Pero siempre me hacía reír con sus payasadas cuando lo necesitaba.
Me levanté de la cama y fui directo a mi cómoda. Abrí el último cajón y, debajo de los sweaters que ya no usaba, estaba la fotografía que siempre veía cuando necesitaba un poco de energía para seguir adelante. Mi madre y Priscila, sonrientes. Pero ahora me centraba en mi hermana, dado que las cosas no terminaron muy bien con mi mamá… Ella me decepcionó, y le guardo cierto rencor. Pero Prisci era inocente de todo… —. Nunca volví por ti, hermosa. Nunca cumplí mi promesa — Y tampoco había cumplido la promesa que me hice a mí mismo; la de nunca golpear a una mujer como hacía ese monstruo… —. Lo siento, Rich — agregué y guardé la fotografía, cerré el cajón y me dispuse a olvidarme de todos esos recuerdos que habían vuelto a mi cabeza… Comencé entonces a acomodar la recámara como si en mi corazón no estuviera dando vueltas ese huracán.
Continúa…
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