Espero que disfruten el capi.
Haru.
«Basorexia» Fic de Haruxita
Capítulo 3: In your arms
Siempre había oído que los psicólogos estaban algo tocados y Tom empezaba a creer que a la rubia le patinaba un poco.
¿Cómo se atrevía Pauline a insinuar que él —Tom Kaulitz, el mismo que se tiró a 18 chicas el año pasado. Todas bastante satisfechas, gracias— estaba enamorado de ese maricón?
Ello equivalía a insinuar que él también era un bujarrón.
Y él no era tal cosa.
Podía estar un poco confundido, tal vez —esos suaves labios con sabor a frutas confundirían a cualquiera—, pero ÉL-NO-ERA-MARICÓN.
Se arrepintió de su confesión casi al punto en que las palabras salieron de su boca.
—¡Que el maricón me caliente no significa que yo sea puto también! —Arguyó, atropelladamente. En su sempiterna necesidad de defender su hombría a todo evento.
Se disculpó entre dientes por el lenguaje soez, no que realmente se arrepintiera de emplearlo, pero se suponía que este formaba parte de aquellas conductas nocivas que debía erradicar.
En casa, cada vez que se le escapaba un comentario de ese talante, su hermano de inmediato le daba una miraba de reconvención, a lo que él respondía rodando los ojos y mascullando una disculpa. Tenía tan asimilado el comportamiento que las disculpas fluían ya de forma automática.
Respiró con alivio cuando la mujer dio por terminada la sesión, sin embargo no le agradó en lo absoluto la tarea que le encomendó. Nunca lo hacían, pero la de ese día le dio terror.
—Necesito hablar con tu hermano, tráelo a la próxima sesión.
—¿No piensas contarle, verdad? —inquirió con desesperación, poco importó el nada digno graznido que se le escapó— ¿Qué hay de la confidencialidad médico-paciente? ¡Son sólo unas cuantas pajas, por la mierda!
La calma con que se retiraba de la consulta cada vez, se había esfumado por arte de magia ante las últimas palabras de su terapeuta. Podía notar la molestia en su pecho, el diafragma cerrándose, la atemorizante taquicardia, los oídos zumbando. Recordaba claramente los síntomas, llevaba semanas sin enfrentar un ataque de pánico.
—Tom, es importante que comprendas que esto no es una cacería de brujas, no estoy aquí para juzgar tus acciones, ni tus fantasías. Has dado un paso muy importante en tu terapia y considero…
La mierda del camino nuevamente. Él no quería llegar a ninguna parte, sólo quería correr a casa, encerrarse en su cuarto, ovillarse en su cama con las ventanas cerradas y las luces apagadas para jamás volver a salir.
Cruzó sus brazos por sobre sus pecho, frotando sus hombros en actitud protectora, incapaz de controlar el temblor de su barbilla ni sus balbuceos. Intentó desconectarse, meciéndose suavemente y salmodiando en su cabeza “va a pasar, esto va a pasar”.
~*~
La mujer no perdió su aplomo en ningún momento, la situación no era nueva para ella. De cierta manera la reacción de su paciente era algo esperable, dada la magnitud del problema que le acababa de confiar y el estadio de su enfermedad. Llenó un vaso de papel con agua del dispensador y se lo tendió al chico.
Su hermana en ocasiones le enrostraba haberse ido endureciendo en el transcurso de los años de ejercicio de su profesión, pero ella no comprendía que la compasión tenía muchas caras. Todos los casos que enfrentaba a diario eran una tragedia en sí mismos, se requería ser fuerte y no quebrarse, de otra forma estaría incapacitada para prestarles ayuda a los niños que acudían a ella con sus vidas rotas y la inocente esperanza de lograr repararlas.
Ese chico era un caso especial, aunque él estaba en la inopia y era mejor que continuara de esa manera.
Hasta el día anterior su comportamiento la mantenía desconcertada, no fue hasta que obtuvo la pieza faltante que el panorama completo se presentó claramente ante sus ojos.
~*~
—Tom, hoy has realizado un gran progreso —oyó decir a la mujer, con esa voz inflexible tan característica—. Es necesario que discuta con tu hermano los detalles de tu tratamiento.
—¿No podemos hacerlo sin él? ¿Por favor? —lloriqueó, agarrando el frágil vaso con ambas manos, mirando fijamente el patrón concéntrico del fondo, sin atreverse a alzar la vista hacia su terapeuta.
Se estaba convirtiendo en una nena, en los últimos cuatro meses había rogado más que en toda su vida junta.
—Necesitamos de toda la ayuda que podamos obtener. De acuerdo a tus antecedentes familiares, tus padres…
—¡No! —Bramó, alzándose alterado, estrujando el vaso al golpear el escritorio con su mano empuñada. —¡Mis padres no! ¡Ellos no decidirán por mí, nunca más! ¡Mi familia somos sólo Nick y yo!
—Toma asiento, por favor —pidió la mujer, dando un rápido vistazo a su móvil, ademán que Tom había notado hacía cuando excedían el tiempo regular de sesión.
Tom sabía que afuera había un niño de siete años esperando su turno, cada minuto extra era tiempo que le escamoteaba al chico.
—Por favor —tentó nuevamente, tragando amarga saliva. Sentándose y obligándose a actuar con calma. Necesitaba tener a Pauline de su parte—. Nick no tiene por qué enterarse, haremos esto los dos, como hasta ahora. Tú misma reconociste que he hecho progresos.
—Tom, no puedes enfrentar esto tú sólo. Requieres del apoyo de alguien cercano, alguien en quien confíes. Por lo que puedo inferir del tipo de relación que aseguras tener con tu hermano, es la persona idónea.
Se odió por ponerse a llorar en un momento en el que debía mostrar fortaleza y determinación. Enjugó sus ojos con un seco movimiento de su manga antes de proseguir, con la garganta irritada.
—Nick es todo lo que me queda en esta puta vida. Ha tenido que soportar mis mierdas todos estos años, ha puesto la cara ante el director de la secundaria, ante los vecinos. Tuvo que recogerme de la estación de policía el día de la matanza. —En este punto acabó de perder la batalla contra las lágrimas, que fluyeron libres por sus mejillas y le dificultaron tragar—. Contrató un abogado particular, porque no se fía del de oficio. ¡Tengo cargos por asociación ilícita, terrorismo y homicidio, por la mierda! ¿No crees que es suficiente para él? Por favor, dejémoslo fuera de esto.
—Hablamos de la posibilidad de que te sientas atraído por otros chicos. Tu hermano me parece una persona razonable, que no se escandalizaría por algo así.
Desvió la mirada, abatido, Pauline no comprendía. Cuando le confesó su cruz lo hizo esperando que pudiera ayudarle a ponerle fin de una vez por todas y que Nick jamás llegara a enterarse.
~*~
El chico tenía unos expresivos ojos marrones que brillaban aún más por efecto de las lágrimas.
Había ocasiones en las que odiaba su trabajo, luego reaccionaba y se recordaba que escogió esa profesión precisamente para ser parte de la solución.
—Hacerlo por tu cuenta retrasaría el progreso de tu terapia al menos dos años.
—Asumiré las consecuencias —respondió el chico, con una vocecita vacilante que le habría estrujado el corazón a cualquier otra en su lugar. Pero su trabajo era ser dura, hasta que sus pacientes pudieran serlo por sí mismos y ya no la necesitaran más.
—No puedo permitirlo, Tom. El tratamiento de la patología que padeces requiere supervisión de un familiar cercano o algún relativo. Ante la inexistencia de otras redes de soporte, el candidato ideal es tu hermano. Los espero a ambos en la próxima sesión, se puntual. Puedes retirarte.
~*~
Arrastró sus pies y su mochila fuera de la consulta. Cargando en su alma el peso extra de las lágrimas derramadas y la indeseable comisión de su psicóloga.
No disponía de mucho tiempo para meditar la forma en que abordaría el asunto con Nick, su próxima sesión era en dos días. Por si ello no fuera suficiente presión, su hermano debía notificar sus ausencias a Natalie con 24 horas de antelación. Lo que lo dejaba con un margen muy pequeño de tiempo.
Su vida era una completa mierda, el móvil sonando con insistencia en su bolsillo sólo vino a confirmar esa aseveración.
~*~*~*~
Mordió su labio con nerviosismo, repasando indeciso su atuendo ante el espejo.
Se había cambiado de ropa al menos cuatro veces.
Buscaba lucir sexy, no desesperado.
De mala gana se quitó la camisa y la arrojó al montón de ropa descartada sobre su cama. Odiaba al chico de rastas por estar enterado de cosas que ni siquiera sus amigos sabían. Ignoraba como lo hacía, pero le daba un poco de grima. Si no fuera completamente absurdo pensaría que era algún tipo de stalker o algo por el estilo.
Inconscientemente seguía cogiendo prendas de color blanco, ya fuera la camiseta, la chaqueta o los pantalones.
No podía evitarlo, toda esa situación era extremadamente deprimente. Rogarle a “Bob Marley” —prácticamente obligarlo— para que accediera a ser su novio de papel, porque no había sido capaz de conseguir uno real que valiera la pena, más que penoso era patético.
No dejaba de ver cierta cruel ironía en todo ese asunto. Cuando Markus impuso esa absurda condición argumentó que lo hacía “por su bien” y “para que viviera la vida de un chico normal”.
Pero ni aun las incomprensibles “buenas intenciones” de su amado ruso podían cambiar su realidad, él era un chico con muy mala estrella.
Desanimado, se quedó con el ultimo outfit, no que le gustara más que los otros (al menos no había nada blanco en él), pero estaba casi sobre la hora en que su nuevo «novio» se dejaría caer y no quería tentar el mal genio de este. Bastante tuvo con el exabrupto de la vez anterior.
~*~
No le sorprendió encontrar a Markus instalado en la sala, con cara de pocos amigos. En cuanto se enteró que Bob Marley iría esa tarde se sentó en su sillón favorito a montar guardia y no se movió de ahí en todo lo que tardó en arreglarse.
Se dio ánimos mentalmente, simulando una gran sonrisa: aquél circo era por una buena causa.
—¿Qué tal me veo? —preguntó al llegar frente al adulto, dando un suave giro, en un tono alegre que estaba lejos de ser genuino.
—Bill. Ya hablamos sobre eso.
—¿Sobre qué?
—Sobre coquetearme.
—Sólo estoy pidiendo una opinión imparcial —gruñó, de brazos en jarras, por lo visto Markus estaba de peor humor que él mismo—, no es para que te pongas tan nervioso. Entonces… ¿Crees que le guste?
—Ya sabes lo que opino sobre que salgas con ese delincuente —alegó, poniéndose de pie.
Odiaba cuando Markus hacía eso. Lo venía repitiendo con todos sus “candidatos”. A todos y cada uno le había encontrado una larga lista de defectos.
Bill debía concederle que, a la postre, había acabado descubriendo que ninguno valía las molestias. Pero al menos lo intentaba, después de todo era lo el ruso quería ¿No? Sin embargo, Markus actuaba como si aquello fuera algo personal.
Tal vez “Bob Marley” no fuera la mejor elección, pero era la única chance que le restaba antes de tirar la toalla y ver a Markus partir.
Si tan sólo el ruso viera al de rastas como lo que realmente era —un intento desesperado por retenerlo— no sería tan inflexible con él.
Luego de la primera visita del chico de rastas ellos tuvieron una áspera discusión. Markus poseía una memoria envidiable, le recitó los cargos de los que acusaba al chico de rastas, haciendo hincapié en homicidio.
Bill se las compuso para refutar cada una de las acusaciones. Le constaba que el idiota de Kaulitz era inocente, al menos de la mayoría de las acusaciones; bien pudo estar involucrado con Mundlos y el resto de idiotas, pero durante el ataque el pobre chico estaba tanto o más aterrado que él mismo.
Frustrado y hasta el tope de presión, lo encaró a gritos, aprovechando que su hermano estaba de viaje y Hitomi haciendo la compra:
—¡¿Cómo esperas que consiga novio si ninguno te parece apropiado?! —Ni siquiera Val era tan quisquilloso, lo cual era mucho decir. —Tú me exigiste un novio, yo lo escogí a él. No tienes derecho a reclamar.
—¿Tu hermano sabe de esto? Porque mi deber es protegerte —le increpó, picándole el pecho con el índice.
Cabreado, Bill apartó su mano con brusquedad
—¡Si le conté o no, no es tu asunto! ¡¿Qué temes que haga Bob Marley?! ¡¿Qué me estrangule en el sofá?!
—Se me hace muy extraño que hace sólo unos meses te usara de su bolsa de boxeo y repentinamente descubrieran que son el uno para el otro.
De acuerdo, el guardaespaldas tenía un punto.
“¿Cómo no pensé en eso antes? ¡Joder!”
—La gente cambia —ese argumento le parecía una perogrullada del tamaño de Groenlandia, pero tuvo que improvisar con los limitados recursos de que disponía —. El día del tiroteo él me protegió —la verdad fue más bien al revés, pero eso sólo Bob Marley y él lo sabían—. Sí, es un idiota, pero no es un mal tipo.
—¿No es un mal tipo? Te acosó por meses, te golpeaba a diario ¿Pero “no es un mal tipo”?
—De acuerdo, sé que parece el típico caso enfermo en que el descerebrado se enamora de su bully, pero no es así. No estoy enamorado de él —confesó, teniendo con una idea repentina, a veces las mejores mentiras se tejían con un hilo de verdad. —, pero siempre me ha gustado y…
—Tus palabras exactas fueron: “me parece lindo”. Eso fue el día que se conocieron. De ahí en adelante todo han sido peleas.
—¡La gente merece una segunda oportunidad! —farfulló, con nerviosismo. Si Markus censuraba su “relación” con Kaulitz estaba más que jodido. —¡Tu no conoces al mismo Tom que Yo! —largó, esperando dar el tema por zanjado.
—¡Ni siquiera es Gay!
Bill sonrió ante el último e infantil argumento, ese sí que lo podía rebatir fácilmente.
—Soy un Trümper, después de todo —repuso ufano, con un revoleo de pestañas.
En realidad él carecía de las fabulosas habilidades de seducción de su hermano, de poseerlas no tendría que realizar tamaño sacrificio para retener al ruso a su lado. Pero se valía soñar
—Lo sé, ambos son tercos como mula —le replicó el hombre, revolviendo su cabello antes de dirigirse escalera arriba. —Cuídate, es una orden.
—Siempre lo hago.
—Y pórtate bien.
—No puedo prometer es…
Pero el guardaespaldas no alcanzó a llegar al tercer escalón antes de que la campanilla del ascensor los interrumpiera.
~*~
No estaba de humor para compartir el mismo espacio físico con otro ser humano, mucho menos para fingir arrumacos con el maricón. Pero el chico era una lacra, había insistido al punto de que acabó accediendo solamente para que lo dejara en paz.
—Una hora y me regreso —Había dictaminado, inflexible.
—De acuerdo, pero vente de inmediato.
Al llegar al piso de los Trümper no comprendió a que venía tanta premura, el hermano del moreno —“el maricón mayor” y a quien se suponía debían engañar— no estaba en casa. En su lugar encontró a un sujeto mal encarado con apariencia de matón a sueldo, que lo miró de manera amenazante, o al menos eso le pareció a él.
Supuso que ese debía ser el guardaespaldas que el maricón mencionó la vez anterior.
Instintivamente dio un paso atrás, de regreso al ascensor, pero los brazos de su “novio” lo apresaron rápidamente.
~*~
Cuando las puertas se abrieron y por ellas salió Bob Marley el estómago del moreno se oprimió, cuestionándose la locura que estaba cometiendo, pero la suerte estaba echada y ya no podía dar pie atrás.
De manera que respiró con resolución, se repitió una vez más que ese sacrificio lo hacía por su amado Markus, y corrió al encuentro del de rastas como si de verdad estuviera deseoso de verlo.
El recién llegado se veía algo sorprendido por el inesperado recibimiento, tanto que Bill tuvo que susurrarle, mientras le rodeaba el cuello con ambos brazos—:»sólo sígueme la corriente, luego te explico».
~*~
Tom no tuvo ocasión de asimilar el comentario, estaba más ocupado controlando la erección que amenazaba con erguirse contra la entrepierna del moreno. ¿Era necesario que se inclinara sobre él de esa manera al abrazarlo? Ya que estamos… ¿Era necesario que lo abrazara para saludarlo? Si al menos evitara susurrarle al oído y de forma tan íntima, su vida sería mucho más sencilla.
~*~
Una vez que se mentalizaba era relativamente fácil guardar los sentimientos en una caja cerrada y dejarlos en casa antes de salir a una cita con un chico cualquiera. Pese a que Bill no era muy buen actor, se las apañaba para salir airoso.
En casa, sin embargo, la situación era diferente. Nunca había subido sus ligues al pent-house, porque nunca (ni siquiera su ultimo novio, con quien se suponía iba en serio) fueron personas que contaran con su confianza.
Bob Marley no lo hacía, desde luego, pero el chico de rastas no le había dejado más opciones. Considerando que no había exigido absolutamente nada a cambio por esa pantomima, el moreno no tuvo otra salida que acceder a aquella única condición.
El chico era extraño, a todas luces había dejado de ser ese peligroso patán que conoció tan sólo unos meses atrás. Todo lo que sabía de él ya no era válido. Lo que había quedado —un chico huraño, sempiternamente a la defensiva— no es que fuera muy simple de abordar.
Bill desearía que el idiota fuera un poco más maleable, o al menos vagamente agradable.
“Aunque estuve con sujetos agradables y resultaron unos pelmazos integrales”.
Kaulitz era todo lo que tenía y debía arreglárselas para que funcionara, se repitió por enésima vez esa tarde.
Y, por si ya no fuera bastante complicado concentrarse, Markus los espiaba desde el segundo nivel.
El hombre ni siquiera disimulaba, su mirada decía a las claras «no me agrada ese chico, no me agrada lo que estás haciendo». Y ello no hacía más que inquietar a Bill.
Pese a su enérgica defensa de Kaulitz poco rato atrás, ahora, con el chico recostado sobre él —casi tan nervioso como él mismo— no estaba muy seguro de que aquello fuera a funcionar.
No podía hacerlo, no podía fingir que de verdad le gustaba el idiota, no con la mirada reprobatoria de Markus taladrándolos.
Esa mirada lo cohibía y dificultaba su actuación. Debían salir de ahí, pero el idiota de Bob Marley una vez más se negó en redondo a seguirlo hasta su cuarto. No podía pasar por lo mismo cada vez que fuera a su casa, no si quería que esa mentira tuviera éxito.
—Humm… ¿Podrías moverte…? —pidió a media voz, llevaban al menos veinte minutos recostados sobre el sillón, simulando fajar y sus músculos comenzaban a entumecerse. Puede que el otro chico fuera más pequeño y enclenque, pero traía toda esa estorbosa ropa encima que jodía bastante.
Tom se puso lívido, lo que hizo reír brevemente a Bill. Al menos en eso el chico no cambiaba— Moverte para quitar mi pierna acalambrada, tarado, no que te frotes sobre mí.
Rojo hasta la mas pequeña de sus rastas, su “novio” se incorporó lo suficiente para que el moreno pudiera estirarse.
En medio de ese reacomodo de extremidades “Bob Marley” apoyó una mano en su rodilla. No fueron más de 30, quizá 45 segundos, pero Bill estaba hastiado y la mejor manera que tenía para desahogarse cuando eso sucedía era fastidiando a quien tuviera al alcance.
—No me acaricies la pierna, me estoy excitando.
El chico apartó su mano en el acto, como si se la hubiera quemado.
Bill entornó los ojos, apuntando la información en su base de datos. No era la primera vez que éste reaccionaba de esa manera ante ese tipo de comentarios. Tal vez por fin había encontrado la llave maestra para controlarlo.
Decidió hacer una prueba más.
—Y hablando de erecciones… Me estás clavando tu polla hace rato.
Por más descabellado que pareciera, funcionó. En menos de un parpadeo “Bob Marley” se había incorporado en el sillón, poniendo una barrera de aire entre sus cuerpos.
Bill habría gritado un eufórico “eureka” de poder hacerlo, pero le bastó con una elocuente sonrisa de Gato Cheshire para celebrar su hallazgo.
Era un poco irónico —por no decir triste— que usara la amenaza de sus caricias para persuadir a alguien de obedecerlo. Se suponía que debía ser todo lo opuesto. Pero ni modo, eran las cartas con las que le había tocado jugar.
~*~
Durante la hora que permanecieron en la habitación del maricón apenas intercambiaron un par de palabras. El moreno se limitó a encender la alarma de su móvil, apenas cerró la puerta, e indicarle que se sentara donde quisiera.
Se sintió un poco tonto, todo ese rato negándose a acompañarlo a su cuarto, obligándose a luchar contra los impulsos que le extrema cercanía del moreno desencadenaban, sólo por un temor infundado.
“¿Realmente que esperaba? ¿Qué me sedujera? Eso sólo sucede en tus sueños húmedos, Tom, imbécil”.
Si todo su “noviazgo” iba a ser de esa manera podía lidiar con ello. Incluso la próxima traería su croquera, sus lápices y…
“La medicación te está afectando, ¡no puedes dibujar en su propia habitación!”.
Pero quizá si sería una buena idea traer algo en que ocupar esos tiempos muertos, esa tarde se dedicó a navegar en su móvil, pero al rato se aburrió. El maricón no era buena compañía, respondió sus escasas preguntas con evasivas, sin siquiera mirarlo a la cara.
Pero eso era mil veces mejor que ser abrazado y besado a traición, debía considerarse afortunado.
“Muy afortunado”.
~*~*~*~
Pasaban de las dos de la madrugada y aún no había reunido el valor suficiente para hablar con su hermano. Sólo le quedaba hacerlo durante el desayuno y eso lo estaba matando.
Se había metido en problemas con anterioridad, sin embargo dudaba que se diera la misma dinámica de cuando Müller lo citaba a detención. (Nick poniendo cara de cansancio, luego mirándolo en silencio un momento y finalmente exhalando antes de preguntar «¿Qué fue esta vez?»).
Cierto que podría dilatar el angustioso momento unas horas más, bastaba con decirle que Pauline no le había revelado el motivo por el cual lo requería. Eso le daría al menos un día de aparente calma, pero cargaría de inquietud a su hermano, quien no dejaría de darle vueltas incansablemente al asunto, preguntándose qué iba mal con la terapia.
Era una mierda de persona, pero hasta él tenía límites.
Cogió el control remoto y subió el volumen tres niveles mas. Las voces estaban inquietas esa noche, si no conseguía acallarlas al menos armaría suficiente barullo para que sus palabras se confundieran con la música.
De pronto el peso de una mano sobre su hombro le dio un susto de muerte, se le escaparon unas cuantas maldiciones y el pincel, que salió volando de sus manos.
Al darse la vuelta —con una mano sobre su pecho para asegurarse que su corazón no saliera corriendo— se encontró con el causante de sus requiebros. Traía el pelo suelto y enmarañado y se restregaba los parpados con la mano.
—¡Bro! ¡Casi me matas del susto!
—Lo siento, enano. —replicó el adulto, en medio de un bostezo— Pero son las dos am y debo madrugar mañana. Sin contar con que me llamó la señora Heysen, para preguntar si estabas haciendo un rito satánico.
Loris Heysen era una anciana cotilla que vivía a media cuadra de ellos, en una casa llena de gatos y viejas revistas de costura.
—Vieja metiche. ¡No volveré a escuchar música! ¡¿Contento?! —escupió, desenchufando el sistema de sonido y agitando el cable ante los adormilados ojos de su hermano mayor.
Se sintió un poco culpable cuando el adulto lo miró con tristeza. Estaba tan acostumbrado a responder con ira las agresiones de su padre que aún se mantenía permanentemente a la defensiva, pese a que con su hermano podría dialogar, si lo quisiera.
~*~
Nick no se sorprendió por el comportamiento de su hermano pequeño. Desde que se mudó a su casa este reaccionaba de manera alterada ante cualquier pequeño estímulo.
Aunque él apenas podía imaginar el infierno en que se había convertido la mente del chico, conocía bastante bien las circunstancias que lo llevaron a convertirse en ese ser amargado e irascible.
Sabía que esas actitudes se debían en gran parte a hábitos enquistados tras años de convivencia con su padre. Por lo tanto recurría a su dotación infinita de paciencia y no actuaba con demasiada severidad, confiando que en algún momento la confianza y el cariño que le proporcionaba al chico rindiera frutos y consiguiera al menos suavizar su carácter. Hacía mucho tiempo que había perdido las esperanzas de recobrar al Tomi dulce que una vez fue.
—No es necesario —repuso, cogiendo el cable y volviendo a conectar el aparato a la toma de corriente— solo ponte audífonos si vas a oír música de noche y durante el día ponla a un volumen moderado.
—¿Y qué mierda es eso de «un volumen moderado»?
—Que no salga de los confines de esta casa, de ser posible… Algunos vecinos podrían no compartir tus preferencias musicales.
Se marchó a su cuarto esperando poder conciliar el sueño, a medio camino de la puerta recordó algo importante y se devolvió. Cogió el pincel, que había caido sobre el felpudo, y se lo regresó al adolescente que lo miró atónito.
—Hubiera preferido que me consultaras antes de arrancar el papel tapiz, pero confío en que el resultado valdrá la pena.
~*~
Una vez volvió a quedar solo en su habitación exhaló el aire acumulado que oprimía su pecho y pudo relajarse, o al menos abandonar la posición forzada con que inútilmente pretendía cubrir su mural.
Era apenas el esbozo de un dibujo de grandes dimensiones que ocupaba buena parte de la pared. No podía dedicarse por completo a pintar porque la terapia y la preparación de los exámenes libres le quitaban tiempo valioso.
Si tuviera que escoger no sería capaz de discernir cuál de estas actividades lo fastidiaba más. Pero no era tan idiota como para soslayar su importancia. En el pasado había tomado malas decisiones que lo tuvieron a un tris de tirar su vida por el drenaje. Ahora quería su vida de vuelta y aunque, la mayor parte del tiempo, estaba convencido de que su futuro se había jodido irremediablemente, el absurdo optimismo de Nick se le debía estar pegando por osmosis, porque había comenzado a albergar una pequeña esperanza de que las cosas mejoraran para él.
La verdad no comprendía a su hermano. Tenía la autoridad legal para castigarlo y la fuerza física para darle una paliza, sin embargo lo seguía tratando con la misma dulzura de cuando era un crío. Se encogió de hombros, sólo había una respuesta posible para eso: «Nick era Nick».
Untó el pincel en la pintura marrón y regresó a su labor, sin música esta vez.
No había avanzado mucho en el mural esa noche, solo pintado un poco los ojos. Se veían tristes, no pudo evitar que salieran así. Bill estaba triste ese día.
«Por supuesto que lo estaba, debe fingir que somos novios. Eso debe ser la mar de deprimente».
Había algo que lo molestaba en todo ese asunto (mejor dicho, una de las tantas cosas) y no dejaba de dar vueltas en su ya sobrepoblada cabeza, lo que explicaba su constante migraña.
¿Con que tipo de sujetos se relacionaba el maricón Trümper para que él fuera su mejor opción?
Él, con quien no se habían más que golpeado e insultado desde el día en que se conocieron.
Cada vez que tocaban el tema el chico se crispaba y respondía con evasivas.
¿Por qué la necesidad de tener un novio, si a todas luces se notaba que deseaba estar sólo?
Había conocido chicas en la secundaria que buscaban un novio con un auto lujoso para pavonearse, otras sólo compañía. Incluso Ella Fuchs en octavo grado se lio con una chica —sin ser lesbiana— sólo para que hiciera sus deberes y le ayudara a aprobar latín.
¿Qué rayos motivó a Bill Trümper a tragarse su orgullo y tomarse tantas molestias por conseguir un novio falso indoor?
Porque la excusa de que lo hacía obligado por su hermano mayor no tenía ni pies ni cabeza.
~*~*~*~
Como era esperable, su hermano se preocupó bastante cuando se enteró de la citación de la psicóloga, pese a todos sus esfuerzos por bajarle el perfil al asunto.
—Te lo juro, Bro. —insistió, sin levantar la vista de su bowl de cereal, habiendo perdido completamente el apetito— Sólo quiere discutir una nueva terapia que planea intentar conmigo. No te pases películas.
No pudo ver la cara del adulto, pero su suspiro de desánimo lo hundió aún más en su miseria.
Nick aseguró que allí estaría, y no tenía motivos para desconfiar, siempre fue derecho con él. Lo que le preocupaba era su reacción una vez se enterara de “aquello”.
Por la forma de actuar de su terapeuta Tom coligió que la mujer consideraba su problema con el maricón como un asunto de menor envergadura, comparado con las secuelas dejadas por la matanza.
Pero para él era imposible colocar ambas cosas en una balanza. Simplemente eran dos pesadas lozas con las que debía cargar por el resto de su vida.
~*~
“H. I.”
Las siglas no le decían nada.
Tal vez si la mujer le hubiera adelantado algo en la sesión anterior habría tenido oportunidad de googlearlo y así contar al menos con una noción de qué carajos se suponía que padecía ahora.
No era el primer diagnóstico —ni el segundo, ni el tercero— que escuchaba desde que había accedido a tratarse.
De los anteriores sólo uno había acertado —el referente a Samira y sus alucinaciones visuales— por lo que su confianza en este era mínima. No le importaba a que nuevos exámenes o test lo fueran a someter esta vez, sino esa oscura sensación de que este más de algo tenía ver con su bochornosa confesión.
~*~
Nick podría mostrarse bastante torpe en ciertas lides, pero era un pragmático hombre de ciencia que no se dejaba intimidar por la terminología médica, como el común de los pacientes
—Podrías ser más explícita, por favor. ¿Es una enfermedad mental? ¿Es grave, tiene cura? Porque quisiera saber que terreno estamos pisando y además estás asustando a Tom.
El chico a su lado alegó, refutándolo, pero su tic de jalarse los bajos de la camiseta delataba su nerviosismo.
—Es completamente tratable, en este estadio de la patología. Sin embargo, si no se revierte a tiempo, el daño puede ser irreparable.
—¿Y de qué estamos hablando concretamente? —inquirió, un tanto preocupado por las últimas palabras de la mujer. Tom era terco, convencerlo de realizar la terapia podria no ser nada sencillo.
—Se le conoce como “Homofobia Internalizada” —el veterinario ignoró el bufido de burla de su hermano menor, sabía lo que pasaba por su cabeza, porque él pensó algo similar “para saber eso no era necesario someterlo a tantas pruebas”—. Podría pasar la próxima media hora aburriéndolos con datos técnicos y estadísticas, pero se los explicaré en palabras simples. Los pacientes que padecen “H.I.”son personas (tanto hombres, como mujeres) que rechazan su orientación homosexual debido al ambiente represivo en que fueron criados, asumiendo como propios los prejuicios de su entorno, ya sea familiar, escolar o labo…
En este punto de la exposición su hermano interrumpió a la psicóloga, tirando su silla al incorporarse bruscamente a increparla.
Nick no tuvo mucho tiempo para asimilar la información recibida, estaba más ocupado tratando de calmar a Tom.
~*~
—¡Zorra mentirosa! ¡Te sacaste esa mierda de la manga porque no tenías ni puta idea qué hacer conmigo! —peleó por soltarse del agarre de su hermano que forcejeaba, a su vez, por inmovilizarlo.
—¡Por amor de Dios, Enano! ¡Cálmate!
—¡¿Calmarme?! ¡¿No escuchaste lo que dijo esa puta?!
—¡TOM, BASTA!
Nick le dio una fuerte sacudida que lo hizo replegarse, esperando un bofetón de nueva cuenta, como el que le partió el labio la única vez que su hermano había perdido los papeles. Pero, en lugar del golpe, recibió un salpicón de agua fría en pleno rostro.
Se quedó resoplando en la prisión que formaban los firmes brazos de su hermano —maldijo el minuto en que Nick decidió comenzar a hacer pesas— en lo que este se disculpaba con la mujer.
Tras despedirse, su hermano lo sacó casi en volandas de la consulta y así lo llevó de regreso a la camioneta.
~*~
Ninguno de los dos dijo ni media palabra durante el trayecto a casa.
A Nick le hubiera gustado oir el resto de la información, en cuanto tuviera un momento libre se dedicaría a investigar sobre el tema. Pero lo poco que alcanzó a escuchar le instaló la inquietud.
Nada de lo que la psicóloga dijo le era ajeno. Ni el ambiente represivo y homofóbico en que Tom había crecido así como su rechazo inherente a todo lo que oliera a gay.
Y además estaba ese lejano antecedente…
Dudaba que Tom lo recordara, era muy pequeño y la experiencia fue en extremo violenta como para que su mente se encargara de bloquearla de forma eficiente.
No alimentaría la hoguera preguntándole a Tom si había manifestado algun tipo de interés de ese tipo en el ultimo tiempo, o qué llevó a la mujer a esa conclusión. Pues ella parecía bastante segura de sus palabras.
No deseaba castigar al chico, consideraba que ya había tenido una mañana bastante mala, como para mas encima empeorársela. Pero no podía dejar pasar impunes los insultos que este profirió en contra de su terapeuta.
Desde luego, siempre podía contar con la ayuda de sus vecinos para aplicar castigos acordes a su peculiar sistema de reprimendas.
Detuvo la camioneta a dos cuadras de su casa.
—Ya llegamos.
—¿Que bicho te picó, Bro? No pienso hacer el resto del camino a pie.
—No vamos a casa. Ayudarás al señor Hoffmann con su colección de pipas.
—Olvídalo, ese sujeto está demente… Además toda su ropa huele a naftalina.
—Es Hoffmann o la señora Heysen. Tu escoges.
Para nadie era un secreto que la anciana odiaba a su hermanito, al menos el anticuario sólo aburría a quien osara visitarlo con las historias de los diferentes objetos que coleccionaba.
La eleccion del chico fue sencilla.
~*~*~*~
—¡Quita! ¡No quiero! ¡Me estás arrugando la camisa! Geo pasará por mí en media hora y me estás dejando todo cubierto de carmín.
—Awn… ¿No me extrañaste?
El chico suspiró, aún estaba resentido como para dejarse conmover por una falsa carita de tristeza.
—No llamaste, ni respondiste mis llamadas, ni siquiera leíste mis mensajes.
—Frijolito: Escocia, Tierras Altas, castillos… ¿No te dice nada?
—Er… ¿Highlander?
—Estábamos incomunicados, los teléfonos no tenían señal. Para colmos la máquina de capuchinos se estropeó.
—Estaban en medio de la nada. ¿Dónde iban a conectarla en primer lugar?
—La producción llevaba generadores para los equipos.
El chico se quedó con la protesta a medias. Podrían seguir así toda la tarde, Val tenía respuesta para todo.
Finalmente, su ira se disipó y se rindió a los besos y mimos. Después de todo si había extrañado a su hermano durante su ausencia, y era cierto, esa noche saldría con sus amigos por lo que no disponían de mucho tiempo para estar juntos.
De manera que se acurrucó en el regazo de Val como un gatito con sueño.
Poco a poco su vida había ido retornando la normalidad, lo más cercano a la normalidad posible, había fragmentos del alma que se rompían de forma irreparable.
El reciente viaje de su hermano era prueba de los intentos de ambos por recomponer sus rutinas.
Esos días durmió en la cama del modelo, con su pijama y abrazado al pequeño bulldog inglés.
Aunque las pesadillas remitían lentamente, hacía ya casi un mes que no compartía la cama con Val. No podía continuar aplazando el momento de enfrentar los terrores nocturnos por su propia cuenta, ni según amarrando a su hermano a su lado como un lastre. Coartando su vida social (que estaba estrechamente ligada a compromisos contractuales) ni su carrera.
Se removió en el sillón. Las suaves caricias en su cabeza relajaban tanto que lo estaban adormilando. De hecho su hermano ya estaba en pijama cuando él llegó a casa de la secundaria.
Se estaba tan bien sus brazos, cómodo y calientito, que no se dieron cuenta en qué momento se quedaron dormidos.
~*~
El sonido de un móvil los despertó, corrió a contestar confiando en que sus amigos lo esperarían en lo que se cambiaba de ropa y componía su maquillaje, pero se llevó una desagradable sorpresa.
El que sonaba no era su teléfono, y el visitante no era Georg.
~*~
En cuanto las puertas del ascensor se abrieron fue emboscado por Val, que le echó los brazos al cuello, tomándolo completamente por sorpresa.
Si bien su amigo podía ser efusivo en algunas ocasiones, no solía comportarse de esa forma tan espontánea.
—¡Nick! Mi dulce Nick —ronroneó el maniquí, ocultando su cabeza en el hueco de su hombro y dificultando su desplazamiento—. ¿Por qué no habías venido a verme?
Val actuaba como ebrio por causa del sueño, un ebrio muy mimoso.
—Estabas en U.K, grabando un corto, ¿recuerdas?
—¡Oh, es cierto! Debiste venir con nosotros y traer a Scotty ¡Le hubiera encantado correr por las montañas! —se acercó a su oído y susurró como si fuera un gran secreto—. Aunque hay fantasmas en el castillo. No le digas a Bibi, pero me dan susto los fantasmas.
Nick sonrió, le agradaba la familiaridad con que el modelo se amoldaba a sus brazos. Ni siquiera la cara agria que le puso el menor de los Trümper al pasar junto a ellos pudo aguarlo.
—Val, estás cansado, necesitas dormir.
—Humm, es culpa de ese maldito fantasma que no me dejó dormir en el castillo… ¡Quería meterme mano! —exclamó horrorizado, para diversión del veterinario— Te extrañééé, tú sí me hubieras defendido del fantasma. Niiick, ¿verdad que me hubieras defendido del fantasma?
El aludido estaba convencido que su amigo era capaz de arreglárselas solito para amedrentar a media docena de fantasmas si la ocasión lo ameritase, pero le divertía sobremanera seguirle la corriente.
—Por supuesto, yo habría espantado a esos horribles fantasmas por ti.
La sonrisa adormilada que obtuvo a cambio fue invaluable.
—Ven a la cama conmigo.
Carraspeó, esmerándose por fingir que aquella inocente invitación no había provocado un escalofrío en su espina y en otros lugares algo más escondidos.
—Val, no creo que sea apropiado, además dudo que a tu novio le agrade.
—Entonces no le diremos —aseguró, guiñándole un ojo—. Quééédate.
—Lo siento, de verdad no puedo. Sólo vine a verte un momento. Tom está solo en casa, él me necesita.
—Yo también te necesito, no quiero dormir solo. ¿Y si el fantasma me siguió hasta casa?
Nick suspiró. ¿Qué tan perdido debía estar para encontrar adorable la forma en que su amigo lo manipulaba?
—Val, los fantasmas no tienen permitido salir de su territorio.
—¿Estás seguro?
—Segurísimo. Tienen un reglamento que cumplir, si no el mundo de los espectros sería un verdadero caos.
Nick tuvo un ligero deja vu de cuando razonaba sobre asuntos sobrenaturales con su hermano pequeño, cuando éste todavía era un adorable niño asustadizo.
—Está bien. Te creo —aseguró el modelo, no muy convencido—, pero quédate. Por favoor. Eres mullido y confortable.
—¿Es una forma gentil de decirme fofo?
—Es una forma gentil de decir que quiero dormir acurrucado contigo. Niiick. Sabes que no me gusta que me lleven la contraria. Y además tengo mucho sueño.
Val era malcriado y temperamental, pero Nick no había experimentado mucho de esa faceta cariñosa y le estaba gustando. Posiblemente era un idiota de primera clase por consentirle todos sus caprichos, pero le encantaba hacerlo.
—No quiero caminar ¿Me cargas hasta la cama? —exigió el modelo.
—¿No que es«poco digno»? —le recordó, aludiendo a su pataleta en el bosque, el día de su lesión.
—Estoy cansado, esa regla no cuenta. Por favooor.
Ante la mirada burlona de Bill, Nick alzó al modelo en sus brazos y lo cargó por la sala hasta el pasillo. El menor le seguía los pasos de cerca.
—¿No vas a abrirme la puerta al menos?
—¿Me ves cara de portero?
Val, bien asido de su cuello con la diestra, se las compuso para abrir la puerta de su dormitorio con su mano libre.
No era la primera vez que entraba en esa habitación, pero había algo diferente de la última ocasión en que estuvo allí, un par de semanas atrás. Una enorme —y hermosa— fotografía en blanco y negro pendía sobre el cabecero de la cama, reemplazando el cuadro de arte moderno que a Nick nunca acabó de gustarle.
—N-no sabía que tuvieras un g-gato —fue todo lo que pudo decir cuando consiguió que las palabras acudieran a su boca. Un gran logro, considerando su nefasto historial de meteduras de pata y el que Val no escatimara sensualidad en aquella fotografía.
—Si tuviera uno tu serías el primero saberlo —la suave risita del modelo sólo aumentó su rubor, ante un comentario evidentemente estúpido—. Ese es Choupette Lagerfeld. —explicó el maniquí, sin apartar la cabeza de su cuello, lo que hacía que el aliento de cada palabra se deslizara por su piel y fuera a parar directamente a un lugar muy específico dentro de sus pantalones.
Mientras Val le contaba la historia de esa foto, Nick mentalmente reproducía la cirugía que le realizó a un jerbo esa mañana. Si iba a meterse a la cama con él, lo menos que podía hacer era tener la gentileza de combatir la erección que comenzaba a despertarse.
—…pareció de la nada y se me subió encima. Karl estaba tan fascinado que decidió incorporarlo al shoot. El hombre ama a su gato, ¿qué podía decirle? ¿Es la portada de Vogue, no quiero que tu gato me robe protagonismo?
Nick se mordió la lengua, comprendía perfectamente al gato de Karl Lagerfeld. Val provocaba esos impulsos incontenibles.
Pero él era un ser humano racional, con la capacidad de reprimir sus deseos.
«Afortunado gato» pensó.
Y afortunado él, que semejante pensamiento no se escapó de su boca en forma de bochornosa confesión.
Su amigo, aun absorto relatando su anécdota, no se percató de los aprietos a los que su fotografía lo había sometido.
—…creer que lo habían extraviado? Tuve que enviar otra copia a enmarcar, pero el disgusto y los meses perdidos nadie me los repone.
Nick casi sintió lástima por el sujeto que debió enfrentar la ira de su amigo por extraviar su cuadro. Sin embargo, no se necesitaba ser una lumbrera para adivinar que la fotografía perdida decoraba la habitación de algún anónimo admirador.
Cuando finalmente depositó a Val en la cama, esté se resistió a dejarlo ir, reteniendo su mano. Nick suspiró, Val lo tenían atado a su dedo meñique. Hacía con él lo que se le antojaba, pero, ¿Cómo podía negarse a semejante petición?
Dejó sus zapatillas ordenadas a los pies de la cama, y cuando pretendía meterse bajo las cobijas Val hizo algo que debió haber previsto, pero aun así no supo cómo reaccionar.
—¿Vas a dormir vestido, como todo un niño de mamá? —Chinchó, mirándolo, recostado de lado en la cama.
Nick se sabía ruborizado hasta las orejas. Le constaba que su amigo sólo se divertía a su costa, pero ello no ayudaba a calmar las reacciones instintivas de su cuerpo ante su tono de malas intenciones.
Si tan sólo hubiera podido articular alguna palabra… Val solía tener ese efecto en él, ya fueran sus regaños en el pasado o sus coqueteos inocuos en el presente, lo descolocaban al punto de convertirlo en un ser inseguro y balbuceante. Pero esa situación cruzaba un poquito la raya que él mismo había dibujado en su relación de amistad. Para Val era sólo un juego, pero para él…
Las siguientes palabras del modelo no ayudaron en nada a calmar su corazón, que aleteaba inquieto en su pecho.
—Prometo no aprovecharme de ti.
Él veterinario suspiró, por enésima vez esa tarde. No hacía sentido dilatar el momento. No había manera en que él pudiera resistirse a una petición/orden de Val.
Se desvistió de prisa, rogando porque el otro chico se durmiera pronto, antes que el exiguo control que tenía sobre su cuerpo en ese momento lo traicionara y Val se encontrara con una prueba tangible de que su afecto para con él había sobrepasado el plano filial hacía tiempo.
Con unos bóxers oscuros y su camiseta interior como única barrera entre su cuerpo y el de Val —Nick no sabía a quién debía agradecer el que éste se hubiera dejado el pijama— se metió a la cama junto a él.
Aparentemente Val estaba determinado a torturarlo hasta el momento en que cayera dormido, porque se acurrucó contra su pecho, meloso.
—Humm. Nick, mi caballero cazador de fantasmas.
Dudó que a Val le importara que los caballeros realmente cazaban dragones.
~*~
El cansancio claramente lo volvió imprudente. Val aún continuaba teniendo sueños húmedos con Nick, sueños en los que no solo se limitaba a interactuar con él, sino que además gemía su nombre claramente (por ello no había vuelto a quedarse a dormir con su novio).
Una semana sin verlo era demasiado tiempo.
Lo extrañó a morir durante su estadía en Escocia. La locación era tan remota que los teléfonos celulares se quedaron sin señal. Esos días anduvo irritable, lo que resultó contraproducente para sus intereses, muchas tomas se arruinaron por lo que el rodaje se extendió por dos días más de lo presupuestado originalmente.
Val echaba chispas, exigió un teléfono satelital que nunca llegó, pero sin el cual no saldría la próxima ocasión que tuviera que viajar a un sitio remoto, alejado de la civilización.
Por ello, en cuanto lo vio aparecer en el ascensor quiso abrazarse a él y nunca más dejarlo ir.
Nick tenía el efecto de hacerlo bajar la guardia y ponerse en evidencia. Algo inaudito en alguien tan controlado como Val.
Temió que su amigo se diera cuenta de las miradas de depredador que le dio mientras éste se desvestía. Pero la fortuna aún estaba de su lado, al menos en ese aspecto. Nick seguía siendo un adorable despistado. Un adorable y tímido despistado que no se atrevió a quitarse su camiseta interior.
Val moría por ver sus pectorales y abdominales al natural, sin ninguna clase de prenda interponiéndose entre sus ojos ávidos y ese pecaminoso cuerpo.
No resultaba conveniente que sus pensamientos se dirigieran por esos derroteros, corría el riesgo de acabar haciendo o diciendo algo totalmente inapropiado (o derechamente indecente). Pero el agotamiento físico y mental lo volvía torpe e irreflexivo.
Moría por acariciar ese pecho firme y bien formado (estaba seguro que lo era) y que esas manos grandes y cuidadosas recorrieran su piel con ardor.
Se mordió el labio inferior al imaginar al hombre tomándolo con rudeza producto del deseo.
No, si Nick actuaba en la cama al igual que en los demás aspectos de su vida, habría de ser un amante delicado y cuidadoso.
Nick no lo trataría como su objeto de deseo, sino de devoción.
El modelo suspiró. Nick trataría a su novia con devoción.
Aún vencido por el cansancio no podía permitirse vivir en una fantasía. Nick era un amigo cercano, un querido amigo cercano al que sólo le iban las chicas, como tuvo a bien recordarle esa infausta tarde de diciembre.
~*~
Todos sus sentidos estaban enfocados en controlar su cuerpo, para no tener algún bochornoso incidente que luego no supiera como explicar sin explicarlo TODO.
Afortunadamente, Val se durmió pronto.
Aunque no sin antes darle el beso de buenas noches… en sus labios y acompañado de un «descansa, amor».
Nick se consideró afortunado de que Val se durmiera en el acto, antes de darse cuenta del descalabro que sus palabras provocaron en sus emociones.
Ciertamente el modelo estaba dormido ya y no estaba consciente, esas palabras pudieron ir dedicadas a cualquiera.
¿A su novio de portada? Probablemente no. El tono fue cariñoso y, hasta donde Nick sabía, esa relación era cualquier cosa menos cálida.
¿Su antiguo amor, Wolfgang Joop?
Posiblemente, aunque el recuerdo de ese sujeto le provocaba angustia al modelo, no serenidad.
Nick zanjó el dilema con la respuesta más evidente: su hermano Bill.
La relación de ambos hermanos era muy estrecha. No pocas veces los vio saludarse con un breve piquito. Val era muy cariñoso con el chico y éste —aunque algo arisco, como todo adolescente— era mucho más dado a demostrar su afecto de forma física que su hermano Tom.
Con esa reflexión decidió dar por zanjado el lapsus de Val, por su sanidad mental.
Val lucia hermoso y relajado en sus brazos. Nick atesoró esa imagen en su corazón, convencido de que jamás se volvería a repetir.
La confusión de su amigo dolió más de lo que se permitía aceptar. La mayor parte del tiempo su desmesurado amor por él permanecía oculto tras infinitas capas de temor (si Val lo descubría podía irse despidiendo de su amistad, de eso estaba seguro). Pero esa noche su corazón quedó expuesto, por ese simple desliz del modelo, provocado por el sueño y el cansancio.
~*~
Se resistía a dejar los brazos de Morfeo, estaba cansado y aún restaba algo de sueño, pero esa maldita costumbre de despertar al alba sin importar a qué hora se hubiera ido a la cama era más fuerte que él.
Con la primera brizna de consciencia se dio cuenta de que los brazos que lo acunaban no pertenecían precisamente al bello Dios griego.
Aunque, si daba crédito a sus sentidos, el mortal que lo asía por la espalda no tenía mucho que envidiarle al hijo de Zeus.
Su primer pensamiento al notar el brazo alrededor de su cintura fue «Andy», pero los biceps marcados, las manos rudas y ese aroma tan familiar —por no mencionar el cosquilloso roce de la barba en su hombro— lo sacaron de su error.
Suspiró hondo mientras su mente espabilaba y rellenaba los huecos faltantes en su memoria.
De alguna manera la tarde anterior consiguió convencer a su amigo de velar su sueño. Cuando recordó el estúpido argumento que esgrimió no supo si reír por la candidez de Nick, que lo aceptó sin poner muchos reparos, o darse de cabezazos contra la pared, avergonzado por haberse comportado de forma tan infantil.
Lo importante era que él estaba en ese momento en su cama, abrazándolo con cariño —Val se empecinó en creerlo— y con una gran…
¡¿Erección matutina?!
El segundo suspiro fue de decepción. Ese cariñoso abrazo y la dureza que se dejaba sentir en su derrier no eran en su honor.
¿En que estaba pensando?
Por muy cariñoso que su amigo se comportara siempre con él, ello no cambiaba el hecho de que Nick era straight y tenía novia. Con quien debía estar soñando en ese preciso instante.
Val acarició la mano en su abdomen, preguntándose si podía caer más bajo.
Se respondió que el destino le había brindado una oportunidad única y no cabía en sus planes desaprovecharla. Aunque más tarde debiera ajustar cuentas con su consciencia por aprovecharse de manera tan vil de su amigo.
Cerró los ojos y — apartando sus escrúpulos con una metafórica sacudida de cabeza— presionó suavemente su trasero contra la polla de Nick.
El morbo que siempre despierta lo vedado no tardó en hacer efecto: su propia virilidad se desplegó ansiosa dentro de sus pantalones de pijama, al instante en que su trasero entró en tan estrecho contacto con la dureza de Nick.
Se mordió el labio inferior para no jadear. Debió pelear con su autocontrol para no frotarse… pero ya era demasiado tarde.
Nick comenzó a dar enérgicas embestidas, acompañadas con hondos gemidos de placer.
Val quedó petrificado en su sitio, una parte de sí (una muy grande) estaba determinada a sucumbir ante el placer que lo embargaba, sin importar las consecuencias que esto acarreara.
Sin embargo, la parte racional le enrostró que, si permitía que aquella locura llegara a término, no sólo no sería capaz de ver a su amigo a los ojos una vez este despertara, sino que en cuanto el tímido de Nick descubriera que se había corrido contra su espalda baja era probable que se sintiera tan avergonzado que se alejaría de él balbuceando alguna excusa sin sentido.
Y definitivamente no podía hacerle aquello al veterinario.
Un orgasmo robado no valía su amistad, aunque una sola de esas embestidas superficiales le supiera más excitante que la media de los polvos con su novio.
A regañadientes, se escabulló de los brazos de Nick y se refugió en el baño, empujado por la culpa.
La imagen que le devolvió el espejo le hizo esbozar una sonrisa, a su pesar. Sus ojos lucían brillantes y sus pupilas tan dilatadas que daban la engañosa impresión de que su iris no era marrón sino negro. Su rostro delataba su excitación como si trajera un letrero de neon, aunque siempre se podía confiar en el despiste crónico de Nick, exista la posibilidad de que su amigo no se diera cuenta cabal de lo que estaba ocurriendo. Pero no podía simplemente regresar a la cama e ignorar a su miembro palpitante que reclamaba su atención de forma casi dolorosa.
Bajó la mirada a su entrepierna, donde el pantalón de su pijama se elevaba cual tienda de campaña.
En esas condiciones no podía regresar a la cama.
—Va a notarlo, definitivamente. Es distraído, pero no ciego.
Apretó suavemente su erección con la diestra, no sólo lucía imposiblemente rígida sino que se sentía ardiendo, no muy diferente al resto de Val.
«¡Al diablo! No desperdiciaré esta oportunidad”.
Él no solía maldecir, pero esa situación lo tenía fuera de sí.
Se asomó por la puerta entornada, espiando al interior de su cuarto, cerciorándose de que Nick siguiera bien dormido y luego aseguró la puerta.
Se metió a prisa a la ducha, tarareando bajito mientras se quitaba el pijama y lo arrojaba a la cesta con impecable puntería.
En lugar de desperdiciar su gloriosa erección, la honraría haciéndose la paja más deliciosa a la salud de Nick.
Esa oportunidad no volvería a repetirse.
Se metió a la cabina, programó la intensidad de los aspersores laterales y cogió de pasada una botella de uno de sus aceites de baño.
La suave caricia del agua estimuló sus sentidos. No era la primera vez que se masturbaba en la ducha, tenía un par de combinaciones de comandos favoritas dependiendo de sus necesidades.
Esta vez lo deseaba lento, aplazar el momento del clímax el mayor tiempo posible.
Derramó el aceite sobre sus clavículas, el agua y la gravedad se encargaron de dirigirlo hacia sus partes bajas. Sus manos comenzaron el recorrido en su cuello, valiéndose del flujo espasmódico de los chorritos para enardecer las zonas más sensibles de su piel. Se agarró del reluciente toallero del costado para conseguir la posición adecuada, doblando su espalda parcialmente, su pecho expuesto, los dedos de su mano libre guiando una perla de aceite sobre su pezón izquierdo,
Su miembro se alzaba necesitado, ignoró su reclamo deliberadamente cerrando los ojos mientras sus pensamientos volaban tan sólo unos metros más allá, hacia su cama, en donde Nick aun dormía, ajeno a las consecuencias que la mera cercanía de su cuerpo provocaba en él.
Bajó su mano con parsimonia por su abdomen, sus jadeos in crecendo al igual que la intensidad de su respiración.
Tragó grueso, redoblando su agarre en el bruñido manillar. Envuelto en una de las fantasías que poblaban sus sueños.
El mayor de clichés, en sus sueños era más inventivo, pero la situación estaba cantada para ello.
En su fantasía Nick despertaba y se metía al baño, en su busca; él respondía invitante. En un parpadeo el veterinario estaba dentro de la cabina, sin prenda alguna que cubriera su apetitosa humanidad. Val se regodeaba viéndolo con descaro, deleitándose con la definición de cada musculo, uno en especial, altivo y tentador.
Pero lo que más lo estimulaba era la mirada de avidez con que Nick lo sometía a él al mismo tipo de escáner.
Despertar el deseo de Nick, la utopía máxima, lo orilló a tocarse finalmente. Era la ilusión más dulce y la más cruel también, pero necesitaba creerlo posible, aunque fuera durante el escaso tiempo que duraron los seis bombeos que necesitó para correrse jadeando su nombre.
~*~
Nick despertó con un fuerte estornudo, hacía mucho que no le sucedía, desde que Scotty dejó de dormir en su cama. Le causó gracia descubrir descubrir pelos blancos y cafés en la colcha, ese fue el preciso momento en que recordó a quién pertenecía aquella confortable cama King y cómo había llegado allí.
Val no estaba a la vista, eso lo descolocó un poco porque aún no amanecía, pero le restó importancia y se acomodó para volver a dormir —después de todo, era muy temprano, aun para él—. Sin embargo una sensación conocida lo impulsó a levantar la sábana con un poco de temor, rogando equivocarse.
—¡Scheiße! —Exclamó por lo bajo, dejando caer la sabana sobre su solícito amiguito, despierto y hambriento a esa hora de la madrugada.
Analizó rápidamente la situación, haciendo esfuerzos ingentes por no perder la calma.
Val bien pudo haber despertado temprano e ir a la cocina por un vaso de leche de soja o…
“O se dio cuenta, y está tan enfadado que se marchó sin siquiera…”
Una dulce voz proveniente del baño le hizo perder por completo el hilo de sus dramáticos pensamientos.
Inadvertidamente Nick esbozó una sonrisa boba. Todo estaba perfecto en su pequeño mundo, nadie cantaría de una manera tan animada luego de pasar por una situación desagradable.
Pero su momento de calma no duró mucho, comenzó a sudar frío en cuanto el sonido del agua corriente cesó.
De sólo imaginar a Val apareciendo por esa puerta, recién salido de la ducha —con apenas una esponjosa toalla blanca atada en su cintura, su cabello mojado adhiriendose al rostro y rebeldes gotitas resbalando por su pecho hasta perderse en la depresión de su ombligo—, logró que su madrugador amiguito se irguiera por completo.
El tiempo se agotaba y él no era muy bueno resolviendo bajo presión. Para cuando la puerta finalmente se abrió, tomó la única solución disponible al alcance de la mano.
~*~
Se miró por última vez al espejo, asegurándose que la bata luciera impecable, exhaló profundamente, dándose valor y abrió la puerta.
La escena con que se encontró al salir del baño lo llenó de ternura
Nick —ya despierto— estaba sentado en la cama con su carita de sueño completamente ruborizada. Su melena —libre de la opresión de la goma por una vez—se levantaba en bucles desordenados, dándole una apariencia salvaje que lo hacía más atractivo a sus ojos.
Se había colocado un cojín sobre su regazo, cuya finalidad era más que evidente.
El pudor (¿O quizá era vergüenza?) con que el veterinario manejó la situación le pareció sumamente encantador, y muy en su estilo.
Respondió a su saludo de buenos días con naturalidad, como si su infantil ardid hubiera conseguido engañarlo en todo momento, y abandonó su dormitorio con la excusa de subir a la terraza para realizar sus ejercicios matutinos —los que en realidad no hacía sino hasta media mañana—, para darle la privacidad y el tiempo necesarios para encargarse de su “problemita”.
Era apenas un mínimo gesto de deferencia, que su amigo agradeció con una expresión de alivio.
Continuará…