III: La “chica” del cartel

Advertencia: Las opiniones vertidas por los personajes no necesariamente representan las ideas de esta fangirl.

«Blame it Tom Kaulitz» Fic de Haruxita

III: La “chica” del cartel

Como ya era costumbre, cada viernes por la tarde, Nick se marchaba de la clínica veterinaria con sigilo y la cremallera de su chaqueta bien subida.

Lo único diferente esta vez fue Natalie, que le provocó un pequeño sobresalto al saludarle desde el escritorio de la secretaria. Pensando en ese tipo de imprevistos tenía la precaución de cubrir todas las pruebas que pudieran delatarlo, aunque solía retirarse de los últimos del trabajo.

—¿Qué haces aquí a esta hora, no deberías estar cenando con Fred?

Friedrich Lehmann era el esposo de Natalie Franz y el otro socio de la clínica.

La mujer hizo una mueca, que en algín universo podría ser interpretada como una sonrisa, se quitó los anteojos de lectura y, mirando seriamente al joven, lanzó la bomba.

—Supongo que él estará cenando o haciendo otro tipo de actividades más emocionantes con Cora. Por lo visto, seducir a mi marido resultó una labor de tiempo completo, a juzgar por el absoluto caos que esa «mujercita» dejó en la base de datos.

Le tomó un tiempo asimilar la noticia. Fred aparentaba ser un sujeto serio, demasiado para su gusto. Estimó que un «¿Estás segura?» No era lo más apropiado en esas circunstancias. La mujer, usualmente risueña, lucía como si una banda de guerra le hubiera pasado por encima. Empero, en lugar de irse a llorar sus penas en casa, junto a una película rosa y un bote de helado, o emborracharse en el happy hour con un par de amigas, permanecía al pie del cañón. Reparando el desastre que «la otra» provocó. Nick no pudo más que admirar su resiliencia

Se rascó la barba con una mano, mientras la otra permanecía firmemente alrededor de su estómago. No sabía que era lo más apropiado en esas eventualidades. Clichés cómo «Él se lo pierde» o «Hay muchos peces en el mar» sonaban huecos ante alguien que se enfrentaba a los pedazos aun dolientes de su vida marital.

—¿Puedo ayudarte con el archivo? -ofreció, sintiéndose tan inútil como un abrelatas en el desierto.

—Agradezco tu ofrecimiento, sé que tu intención es buena, pero esto es algo que debo hacer por mi misma. Vete y ten un lindo fin de semana. Lleva a Tom al cine o a algun otro sitio, los niños crecen demasiado rápido y luego no podemos echar el tiempo atrás.

Nick suspiró, no había tenido noticias de su hermano en mas de una semana, pero no dijo palabra al respecto, aquello no era una competencia por quién enfrentaba la mayor desgracia familiar.

Se iba a despedir cuando su chaqueta se movió de forma exagerada y -aparentemente- por cuenta propia, haciendo ruiditos extraños.

—¿Nick, estás por parir un Alien?

El aludido, pillado in fraganti, se encogió de hombros. Con una sonrisita culpable que le inflaba los cachetes, se bajó la cremallera y le mostró a la mujer el pequeño cachorro que escondía entre sus ropas.

Natalie, aun sorprendida por semejante contrabando, lo sometió a un acucioso interrogatorio.

El protocolo regular para trasladar a los pacientes consistía en una jaula estandar (acorde al tamaño del animal en cuestión), con el logo de la clínica. Por no mencionar el papeleo correspondiente, ningún paciente salía de ese lugar sin dejar constancia en su ficha de la fecha, el propósito de la salida y los datos del profesional a cargo.

—¿Recuerdas que siempre te quejabas de que me estaba convirtiendo en un anciano prematuramente? -comenzó a relatar, dando un largo rodeo. Algo le decía que su amiga no iba a estar de acuerdo cuando finalmente se enterara de la verdad.

—Sí, pero no veo que relación guarda eso con que hayas intentado sacar a Pumba a hurtadillas.- La mujer empleó un tono perentorio que le recordó a una de sus maestras de Primaria.

Nick carraspeó, a sus ojos aquella era una historia tan simple. Los problemas surgían al momento de intentar explicarla a alguien más.

—Veras, conocí a alguien y…

La mujer no le permitió continuar con el resto de la historia. Su semblante lucía, increiblemente, aun peor que unos momentos atrás.

—¿Tú también? No puedo creer que seas de los sujetos que usan a sus mascotas para ligar. Peor, aun, a una criatura como Pumba.

El veterinario se puso muy nervioso. No contaba con que las especulaciones de Natalie se fueran por un lado tan bizarro.

—No se trata de una chica. Te juro que no hay el menor interés romantico de por medio. Es sólo alguien agradable con quien salgo y…

—¡¿Estás saliendo con alguien y no me habías contado?!

—¡No! ¿Qué no estás prestando atención? –Nick comenzaba a ponerse nervioso, comprendía que la mujer estuviera pasando por un mal momento, pero tampoco tenía que descargar su frustración con él-¡No es nada de eso! Repito que no es una chica, no es un ligue, es sólo alguien con quien comparto el amor por los perros, vamos juntos al parque y hablamos de vez en cuando por teléfono. Es todo.

—De acuerdo, supongamos que te creo que no estas saliendo con una chica. -Nick suspiró, esa conversación se estaba tornando cansina- ¿Que demonios pinta Pumba en todo este asunto?

—Mi amigo tiene debilidad por Pumba, por eso lo llevo cuando vamos a Grunewald. -omitió descaradamente que todo eso había comenzado un día en que, conmovido por la carita de tristeza que traía el cachorro durante días, lo sacó a escondidas por primera vez y casualmente coincidió con el modelo en ese lugar.

—Pumba no es juguete que puedas cargar a todo lugar para que tus amistades jueguen con él.

¿Por qué la mujer tenía que enredarlo todo? A él le hizo perfecto sentido el que Val se infatuara con Pumba desde el primer día y quisiera continuar viéndolo. Era absolutamente comprensible, Pumba era un cachorro muy tierno y Val (aunque no lo pareciera cuando estaba molesto) tenía una gran capacidad para la ternura.

Desgraciadamente, por más que trató de hacer entrar en razón a su socia, la mujer se cerró a todo argumento. Que se le escapara el hecho de que Val era modelo solo empeoró las cosas.

Natalie se entercó, El dictamen final de la mujer fue: «Es tan tipico de las celebridades entusiasmarse con una causa perdida, hoy es Pumba, mañana serán los delfines y la próxima semana los pudúes. Pumba lo ultimo que necesita es generar lazos con alguien que lo abandonará a la primera de cambio».

***

Nick llegó a casa con la cola entre las piernas, regañado y sin Pumba. Todo lo que deseaba era echarse en el sofá, con una cerveza en una mano y el control remoto en la otra.

No contaba con que un visitante inesperado se le había adelantado.

Tom, arrellanado en el sofá, iba por la segunda Corona. –Nick hizo nota mental de buscar otro escondite para sus cervezas- Por su expresión al apretar la pelotita de fisioterapia, parecía como si en realidad estuviera estrujando los testículos de su peor enemigo.

El chico llevaba un buen rato actuando extraño (y no se refería al hecho de que las invitaciones a “charlar” con el director se detuvieron, como por arte de magia, luego de su lesión). Estaba aún más irritable y pasaba largos periodos sin asomarse por su casa.

—¡Hey, desaparecido!

El veterinario bien podía haber tenido una semana de perros (y no en el buen sentido) pero siempre le alegraba ver a su hermanito, aunque debiera soportar su acritud. Lo prefería fabricando bilis en su sillón, en donde podía cuidar de él y tenerlo vigilado, a la incertidumbre de no saber si andaba metido en problemas o había tenido otro encontronazo con Jörg. Si de él dependiera, lo habría sacado de la casa paterna hace mucho tiempo.

—¿Me extrañaste, bro?

—El laurel de la señora Schulz ha crecido bastante desde que no le orinas encima, pero Scotty te ha echado en falta.

—¿Se supone que debe hacerme gracia? –escupió, cruzándose de brazos.

—En esa posición, enfurruñado y cachetón, te ves igualito a Grouchy Smurf. –chinchó el de barba.

El adolescente ni siquiera se molestó en responder, pasó de él olímpicamente.

El adulto -acostumbrado ya a sus desplantes- cogió el control remoto, una Corona del six pack que había sobre la mesita y retomó sus planes de no levantar su trasero del sillón por todo lo que restaba de viernes.

—¿A qué viene esa cara de culo?

No era el pie más deseable para una charla, pero de Tom no esperaba otra cosa. Por lo menos había buscado conversación, eso era algo.

—Tonterías, enano. Nada importante. -respondió, bebiendo un sorbo de su cerveza.

Ni cuando ocurrió lo de su prometida había andado de plañidera y no iba a empezar en ese momento.

—Si fueran solo tonterías no tendrías esa cara. Echa fuera. -insistió el chico. Subiendo los pies a la mesita.

Dio dos sorbos más a su cerveza e hizo un inventario mental de su alacena, en algún lugar debía quedar una lata de papas sin abrir.

—¡Cuéntame, cuéntame, cuéntame! -insistió el chico, dándole golpes en el brazo con la pelota.

Debió suponer que no se lo quitaría de encima tan fácilmente, en lo majadero nadie le ganaba.

Podía contarle a su hermanito, después de todo no era como si se estuviera quejando. Solo era eso «echar fuera» sus problemas. Quizá no los solucionaría, pero al compartirlos al menos se deasahogaría.

—¿Recuerdas a Pumba, el buldog inglés que he traido a casa varias veces? -Tom asintió – Natalie se enteró.

—Ya, ¿y…?

—…y me prohibió sacarlo nuevamente de la Veterinaria.

—¿Por esa mierda andas así? –soltó, luego pareció pensarlo un segundo y agregó, con algo de recelo.- ¿No lo pusieron a dormir, o si?

—¡Por supuesto que no!

—Entonces, si el perro sigue en la clínica y lo ves todos los días… ¡¿Cuál es el puto problema?!

—El problema es que Val piensa que Pumba es mi perro, le ha tomado mucho cariño, y estoy seguro que es recíproco. ¿Con qué cara le digo mañana que lo no verá nuevamente?

—Espera, despacio que no estoy entendiendo. ¿De dónde demonios sacaste novia si no sales ni a la esquina?

«Otro más»

¿Qué insana obsesión tenía la gente con que consiguiera pareja? Lo había dejado más que claro cada vez que tocaban el molesto tema. «Estoy muy satisfecho con mi soltería, gracias por preocuparse».

—¡Val no es mi novia, enano! Es sólo un amigo.

—¿Amigo? ¿Si es hombre por qué tiene un nombre tan amariconado?

Nick bufó, ahí estaba de nuevo, la homofobia de su padre aflorando en las palabras de su hermano.

—Su nombre es Valentino, Valentino Trümper.

—¿Trümper? -la cara de horror del chico pudo haber sido cómica en otras circunstancias- ¿Por casualidad no se trata del hermano de “la Puta Trümper”, o si?

—¡Tom! ¿Quieres dejar de expresarte de la gente en esos términos?

El de rastas chasqueó la lengua con desdén.

—¡Ambos son bujarrones, se les nota de lejos! No puedo creerlo, ¿de verdad estás saliendo con esa…?

—No estamos saliendo, no en el sentido que tú le das. Somos amigos y no me agrada que lo insultes.

—¿Seguro que no te están saliendo alas de mariposa? –preguntó con intención, haciendo el ademán de chequearle la espalda.

Cansado y sin ganas de continuar discutiendo con su hermano, el joven dejó el control remoto sobre el sillón y subió con su botella de cerveza hasta su habitación. Por lo visto ese no era su día.

***

Val estaba un poquito nervioso, el que nunca lo demostrara no implicaba que fuera inmune a sentir ansiedad o anticipación.

Ese sábado se cumplía un mes exacto desde que Nick Kaulitz se convirtió en una parte importante de sus paseos por el bosque.

Paseos, porque el running fue dejado rápidamente de lado. No puedes sostener una charla con propiedad cuando estas controlando tus pulsaciones en la app e intentando mantener un ritmo constante.

Él, un workaholic empecinado en conseguir la perfección en cada proyecto en que se involucraba, había comenzado a medir la semana en cuantos días faltaban para el finde. Nadie en su entorno lo sabía, ni tenían que enterarse, aquél era su pequeño secreto.

De hecho, ni siquiera su hermanito estaba al tanto…

—¿Val?

La voz a su espalda lo hizo dar un respingo, se oía medio adormilada, lo que era comprensible, siendo aun de madrugada.

Dio media vuelta, esperando que el chico no lo entretuviera mucho.

—Bibi, ¿qué haces en pie tan temprano?

El adolescente traía el cabello alborotado y los ojos pequeñitos de sueño.

—Me despertaron mis tripas rugiendo, voy a la cocina por algo para picar.

—¡Que lo disfrutes!

Se despidió con una gran sonrisa, pero cantó victoria muy rápido. No se salvó del escrutinio de ojo de lince de Bill.

—Val. ¿Esos son leggins?

«¡Scheiße

Sonrisa de portada, falsamente natural.

—Sip.

—¿Y esa es la camisetaGivenchique compraste esta semana?

—Ajá.

El chico se cruzó de brazos y se apoyó contra la pared de la sala. Aun con sueño su cara de «te atrapé» era inconfundible.

—Hermanito… ¿Desde cuándo te maquillas para ir a correr? ¿Intentas imponer una nueva moda?

Mi Dior, ¿por qué será tan detallista?”

—Es solo un poco de gloss. Los labios se resecan con el aire de la mañana.

—Ohh. ¡Que tengas un buen día!

Eso había sido raro. Tanta indagatoria para dejarlo por la paz, no era normal en Bill.

No lo era, no alcanzó a presionar el botón para llamar al ascensor cuando lo oyó comentar -muerto de risa- desde el pasillo.

—Para la próxima te cubres las orejas con el gorro. Siempre se te ponen rojas cuando mientes.

Ahora no sólo sus orejas estaban rojas, sus mejillas tenían un lindo tono escarlata que esperaba que se esfumara en su trayecto hasta la estación.

***

Arrojó fuera la almohada, luego de ponerla de mil maneras y aun así no conseguir conciliar el sueño. Pero lo suyo no era un problema de comodidad o de temperatura, ni siquiera de insomnio (al menos no directamente). Lo suyo era cuestión de conciencia, conciencia intranquila para ser más precisos.

Había pasado buena parte de la noche dando vueltas en la cama, buscando una respuesta a su dilema y repitiéndose que por ese motivo detestaba las mentiras. Lo único que consiguió con ello fue terminar con el pie derecho enredado entre la maraña de sábanas

Aún no conocía muy bien a Val, pero ya había tenido algunos vistazos de su polifacética personalidad. Se aprontaba a enfrentar al menos dos de esas facetas: LaDrama Queen–que imaginaría la peor de las desgracias al verlo llegar sin el cachorro- y laDiva– de verdad no deseaba imaginar esa reacción, ni lo necesitaba, cualquiera que fuera esta, sabía muy bien como acabaría, con él tartamudeando y dando un penoso espectáculo.

Un panorama nada auspicioso, al que él sabía de antemano que se estaba exponiendo, para su desgracia se dejó atrapar por el encanto que derrochaba el chico, ese que sería capaz de convencer a un cocodrilo de regalarle su piel porque en él se vería mucho mejor.

Como Nick lo veía, Val era una poderosa arma de marketing. Su presencia -ya fuese en la campaña publicitaria de un exclusivo perfume, el cortometraje de un director de vanguardia o el videoclip de la banda de moda- aseguraba un éxito inmediato.

El modelo era seductor, indudablemente, en eso consistía su trabajo. Atrapar al público incauto con su mirada profunda y convencerlos hasta de vender su alma, de ser preciso, con su hermosa sonrisa.

Pero el secreto de su éxito no radicaba a su belleza, como muchos pensaban.

Nick creía haberlo descubierto, se trataba de su capacidad de persuasión.

«Persuasión», ese debía ser su nombre profesional y no «V» como lo bautizaron los paparazzis.

Él sabía exactamente que recurso emplear, cuando y en qué medida. Sensualidad, determinación, ingenuidad, dulzura. Sus atributos eran como naipes en una bien surtida baraja y Val los conocía al dedillo, asimismo cuál estrategia era la más apropiada emplear con cada uno de ellos.

Pero tales antecedentes no exculpaban a Nick de su cuota de responsabilidad. Porque, una vez lejos del rango de influencia de esa voz aterciopelada y esos ojos chispeantes, él decidió continuar con la mentira y complacer el capricho del modelo.

Por mucho que él deseara que el tiempo corriera en sentido contrario, el reloj marcó implacable las seis de la mañana. Ya sin ninguna posibilidad de alcanzar a conciliar el sueño, se resignó a enfrentar las consecuencias de su debilidad de carácter y se metió a la ducha. Ya que iba a lucir unas ojeras delatoras y se pasaría la mañana bostezando, su obligación era cuando menos ir bien aseado.

***

Lo había meditado largamente, hacía mucho que no deseaba algo con tanta intensidad y ello lo aterraba.

Si bien nadie se atrevía a negarle nada una vez él se proponía obtenerlo, Nick era diferente. No era otro sujeto más para manipular, parecía sincero y le agradaba mucho.

Más de lo conveniente quizá.

Podía parecer sólo capricho, y quizás en un principio lo era. Se había empecinado en tenerlo desde el primer día que posó sus ojos en él. Pero con el paso del tiempo había surgido el afecto y ya no podía quitárselo de sus pensamientos.

Si no podía ser suyo completamente, iba a jugar todas sus caras para tenerlo al menos un fin de semana.

Y ¿quién sabe? Si él demostraba ser muy bueno, incluso Nick estaría dispuesto a repetir la experiencia.

Intentó no crearse ilusiones poco realistas, pero tenía alma de soñador y creía firmemente que el primer paso para obtener algo era desearlo con todas sus fuerzas. Y en ese momento no había otra cosa que deseara más que poseerlo.

«Aunque sólo sea por un fin de semana».-se repitió.

***

Llegó tan temprano que había muy poca gente en la estación. Val todavía tardaría una media hora, por lo bajo, en arribar. Compró un capuchino para combatir el frío y espabilar un poco. Scotty, echado a sus pies, no tardó en dormirse. Tanto era el silencio a esa hora que podía oírlo roncar suavemente.

Para cuando divisó el automóvil de su amigo ya había memorizado la breve explicación que iba a darle (a mayor extensión, más probabilidades de malos entendidos).

Para empeorar su situación, el modelo vestía como para un evento semi formal, si al menos llevara ese sencillo chándal de siempre, o tan sólo hubiera prescindido de maquillaje.

Había descubierto que no se sentía tan amedrentado por Val cuando este se veía cómo cualquier hijo de vecino, pero ese día lucía tan imponente y lejano.

El modelo parecía provenir de otro mundo, ciertamente uno muy diferente al suyo.

Nick tragó saliva «Ave, Valentino, morituri te salutant» pensó, mientras respondía a la sonrisa que el chico le dio al verlo, a unos cuantos metros de distancia.

Venía increíblemente desabrigado para esa hora del día y esa temporada del año, al punto que su piel sempiternamente pálida comenzaba a erizarse. Tuvo el impulso de jalarle el cuello de la costosa camiseta de diseñador que resbalaba por su hombro, de la misma manera que acomodaba la ropa de su hermano cuando iba desaliñado. Pero se contuvo, dudaba que él lo aprobara, ya tendría ocasión de sobra para hacerlo enfadar.

Val lo saludó con el usual doble beso, el cual, ahora que no lo pillaba tan de sorpresa, resultaba mucho más fluido.

Ya teniéndolo frente a él padeció del mismo síndrome (aquello debía ser algún tipo de patología, de otra forma no se lo explicaba) que lo acometía cada que él traía ese tipo de atuendos. Mutismo repentino y luego, cuando por fin reaccionaba, todo lo que conseguía emitir eran vergonzosos balbuceos.

Esta vez se le escapó un destemplado«t-te ves muy bien».

Lo cuál era cierto, pero estaba totalmente fuera de lugar.

—Lo sé, esa era la idea. –repuso Val, sonriendo satisfecho.

Si Tinkerbell se alimentaba de aplausos, él lo hacía de halagos, sin duda.

Nick se sabía en desventaja, por algún motivo que no alcanzaba a vislumbrar, Val cargaba con todo su armamento esa mañana. Él, en contraste, acarreaba una noche sin dormir, temor y mucha culpa. Aquello no era desigualdad de condiciones, era no tener la menor oportunidad de sobrevivir a un ataque directo.

Un solitario estornudo vino a emparejar un poco las fuerzas.

—¿No crees que estás demasiado desabrigado para este clima?

—El pronóstico anunció una mañana soleada. -argumentó Val, hurgando en su bolso.

Mientras el más joven chequeaba la aplicación en su móvil se estremeció producto del frío, pero terco como era, el chico le restó importancia y se enfocó en despotricar contra el departamento de meteorología y cómo este había perdido eternamente su credibilidad.

Si había algo de lo que Nick nunca conseguía desprenderse, era de su sobre desarrollado complejo de hermano mayor. Sin decir palabra se quitó su chaqueta y se la puso a su amigo sobre los hombros.

Val alzó la mirada de la pantalla al notar el peso extra, por lo visto no aprobó la maniobra porque, con el móvil bien cogido en su mano, se quitó rápidamente la prenda.

—Gracias, pero no es en absoluto necesario, no tengo frio.

El modelo era terco, sin dudas, pero el veterinario tenía vasta experiencia tratando con una personita terca en demasía como para no saber cómo manejar la situación.

—Como quieras. –repuso, recuperando su chaqueta y poniéndosela, sin insistir una sola vez- Nunca antes he visto a una diva moqueando, será un espectáculo interesante.

Val se le quedó viendo con la boca abierta, notoriamente descolocado. Probablemente acostumbrado a hacerse de rogar, esperaba que él insistiese. En su fuero interno Nick celebraba haber anotado una pequeña victoria.

El modelo meneó la cabeza y acabó sonriendo.

—¿También usas la psicología inversa con tu hermano?

—A menudo

—¿Y funciona?

—Ehhhm… Con menos frecuencia de la que quisiera. –confesó, hinchando los carrillos, como cada que trataba de aguantar la risa.

El modelo suspiró, su amigo supuso que rindiéndose.

—¿El ofrecimiento sigue en pie?

—Pero tú aseguraste que no tenías…

—¡Niiiick! ¡Deja de jugar! ¡Me estoy helando! -gimoteó infantilmente, haciendo un pucherito que el de barba no le había visto hasta el momento y que no tardó en agregar a su cada vez mas extensa base de datos sobre el chico. Entre risas, Nick se quitó la prenda nuevamente.- ¿Estás seguro que no te hará falta?

—No tanto como a ti. A diferencia tuya yo si vine vestido apropiadamente.

—¡Que no fue mi culpa! ¡Fue la aplicación! -se justificó, arrebujándose en la chaqueta. Su piel lentamente comenzaba a recobrar su color natural.- Pero eso ya no importa, cuéntame de una vez que pasó con el bebé. ¿Está enfermo? ¿Por eso no lo trajiste?

Durante el pequeño momento de distención Nick se había olvidado completamente del motivo de sus desvelos. Presa de los nervios, no pudo recordar la excusa que traía preparada. Y sucedió lo que había previsto: en lo que tardó en salir de su paralisis la «Drama Queen» hizo acto de aparición, más rapido de lo que tardas en decir «mentira cochina».

—¡Oh,Mi Dior! Por favor dime que no es alguna especie de enfermedad terminal. -se llevó una mano a la boca, horrorizado de su propia paranoia- ¿Lo atropellaron? Pobrecito, tan pequeñito y patoso. ¿O fue plagiado por una banda de contrabandistas internacionales de cachorros?

Nick estuvo a punto de estallar en carcajadas. Había que ver que afiebrada era la imaginación de su amigo. Si no lo hizo fue solamente por respeto a la preocupación de este por el cachorro.

—Pumba está bien. No me pareció conveniente exponerlo al frío.

No se sintió nada bien perpetuando la rueda de mentiras, pero no estaba listo para confesar su falta, aun. Y en especial, no en las mismisimas puertas de la estación de trenes, con todos los paseantes mirando.

Val pareció satisfecho con su mentira y no volvió a tocar el tema, al menos de momento.

***

No poder ver al cachorro lo puso de malas. Debió esforzarse por no exteriorizar su estado de ánimo o su plan se iría al diablo.

Esa mañana salió de casa vestido para matar. Si bien estaba claro que con Nick no podía valerse de su atractivo físico para lograr su objetivo. -Era aburridamente straight, la única ocasión en que vió algo remotamente parecido al deseo en sus ojos, fue durante esos escasos minutos en que lo confundió con su madre.- siempre se sentía empoderado vestido de esa manera, el que su nuevo amigo se cohibiera era un efecto secundario interesante.

El plan era actuar rápido y que el joven ni siquiera se diera cuenta de que lo había golpeado. Algo como coger al cachorro en sus brazos no bien llegar e «invitarle» a casa. Nick no se podría negar. Existía una sola persona que se atrevía a negarse a sus caprichos y ese no era Nicholas Kaulitz.

Pero con el cachorro ausente necesitaba cambiar de táctica.

Mientras el veterinario contaba una larga historia sobre un Chaw Chaw que ingresaron esa semana, él mentalmente iba elaborando a toda prisa un plan de contigencia. No tenía intención de esperar a que terminara la temporada de heladas (que no hacía más que empezar) para volver a ver a Pumba. Necesitaba hacerse invitar a casa de Nick a como diera lugar.

¿Quizá si fingiera torcerme un tobillo?”

Esa idea era trillada y, para colmos, absurda. Como veterinario Nick debía poseer algún tipo de conocimientos en medicina humana. En el mejor de los casos terminaría en urgencias, donde una enfermera gruñona le reñiría por haberle hecho perder el tiempo.

«Schaiße, tanto preparativo para nada. Hasta le había comprado una camita nueva«

***

Val no había dicho ni media palabra en todo el trayecto, algo así en alguien tan locuaz era muy extraño.

Incapaz de adivinar qué cosas pasarían por aquella cabeza –supuso que su estado pensativo se debía a una semana difícil, o a que enfrentaba un mal momento en el plano personal- y convencido de que el modelo no le estaba prestando la menor atención, dejó el relato a medias. Tal vez no podía ayudarlo, pero al menos le daría algo de tranquilidad, y en ocasiones eso suele ser bastante.

Continuaron el resto del camino en silencio, en ocasiones coincidían las miradas y el otro chico le daba una diminuta sonrisa mecánica. Nick moría por preguntar que le ocurría, pero no quería parecer metiche.

Cerca del lago los rebasó una chica en una ajustada ropa de deporte, el vaivén del trote bamboleaba sus pechos. Inevitablemente la mirada de Nick se fue tras ella unos segundos, con disimulo, pero no lo suficiente como para que Val no se diera cuenta.

—¿Así que te gustan las mujeres de gran delantera? – esta vez la sonrisa de Val si era sincera, y maliciosa.

Nick se sonrojó. Su amigo tenía aquella cualidad, decía lo que pensaba de manera muy directa.

—No. -sentía el rostro ardiendo, debía tener colorada hasta la punta del pelo

—No tienes de que avergonzarte, era muy bonita.

—Pero yo creí que tu…

Val rió estruendosamente.

—¿Me vas a salir con el cliché de que los gays odiamos a las mujeres o algo por el estilo?

—No, no quise decir eso. Es sólo que se me hace raro ese comentario viniendo de ti, eso es todo.

—Soy gay, pero sigo teniendo ojos. Soy perfectamente capaz de dicernir si una chica es hermosa. ¿Tú no? No me digas que que nunca has mirado a un sujeto y has pensado «tiene buenos pectorales», o «ese es un rostro muy atractivo».

Esa era el tipo de charla que nunca se le ocurriría tener con nadie.

—Val, los hombres no vamos comentando entre nosotros si encontramos deseables a otros hombres.

—Supongo que por “hombres” te refieres a los hombres hetero. Y yo no mencioné la palabra deseable… pero ya que lo mencionas. ¿Algunas vez…?

—A mi me gustan las mujeres.

—¡Vamos! No perderás tu virilidad por responder a una simple pregunta.

Pese a ser sólo tres años menor, el otro chico tenía ocasionales arranques infantiles, como esos juguetones saltitos con que lo conminaba a responder. Nick se preguntó cómo podía saltar, luego de haber caminado toda la mañana con esos tacones.

Abrió la boca, sería infinitamente más sencillo responder si val no lo mirara de esa manera tan escrutadora.

—Por supuesto que no.

—¿Estás seguro?

La mirada y el retintín al final de la pregunta, le dieron una pista bastante acertada de hacia dónde apuntaba el modelo. El infame incidente mejor conocido como “Señora Trümper”

Si antes estaba ruborizado, ahora debía parecer una remolacha, una remolacha con barba.

—¡No es justo! F-fue un malentendido – titubeos nuevamente, ¿aquello nunca acabaría? Por lo visto no, con Val empeñado en recordárselo. –, traías una blusa con unos… -gesticuló con su mano a la altura de su cuello, intentando darse a entender al no encontrar la palabra que buscaba – encajes, mi madre tenía una igual. ¿Qué querías que pensara?

—Se llaman “olanes”, y estoy seguro que a mí me quedaban mejor.

Ya habiendo confirmado de qué iba el asunto, Nick respiró con más calma, esta vez no le iba a seguir el juego.

—Y yo estoy seguro que lo oyes a diario, no necesitas que te lo repita. Descontando esa ocasión en particular, la respuesta sigue siendo “No”.

***

En otras circunstancias lo tomaría como un desafío, pero dudaba que seducir a Nick le ayudara en algo a conseguir al cachorro. Además, coquetearle era contraproducente, (Nick se ponía tan nervioso que resultaría tierno de no ser tan exasperante).

Se cruzó de brazos, frustrado.

«Mi Dior ¡¿Qué demonios debo hacer para quedarme con Pumba?!»

Val fue bendecido con escasa paciencia, y cuando esta se acababa La Diva afloraba en su máxima expresión.

Agotadas las ideas, decidió dejar todo el encanto, la voz aterciopelada y las sonrisas dulzonas de lado y aplicar un ataque frontal.

—Quiero ver a Pumba, y no acepto un no por respuesta -ante los balbuceos nerviosos del de barba agregó tajante-, ni ningún tipo de «peros».

Nick se frotó la barba con una mano, parecía profundamente abrumado. Tanto que estuvo tentado a apiadarse de él. Pero los piadosos no consiguen cachorros.

—N-no puedo.

—¿Qué dijimos de esa palabra?

—Lo siento, val. Eso esta fuera de mi alcance.

«Fuera de su alcance»

¿Acaso pedía la Luna? ¡Era un bendito cachorro!

Inhaló, estaba a un tris de explotar y eso sólo asustaría a Nick y empeoraría las cosas.

Compuso una sonrisa tensa, se cazan más moscas con una cucharada de miel que con un litro de vinagre, pero el no estaba para dulzura en ese momento.

—Quiero ver a Pumba, ahora. De manera que, o vamos a tu casa o me explicas de una vez que es eso de «está fuera de mi alcance».

Quizá fue demasiado enérgico, a veces olvidaba que no todo el mundo está acostumbrado a lidiar con su áspero carácter. Dave intentaría negociar, Andy accedería sin más y Bill se burlaría, como siempre.

Pero Nick… él estaba hecho de otra pasta.

—N-no me es posible -musitó por fin, ligeramente pálido-, p-porque Pumba no está en mi casa.

—Bien, una respuesta menos vaga, vamos progresando. ¿No está en tu casa porque… está con tu novia, cayó por un agujero al perseguir un conejo blanco, fue abducido por reptilianos…?

El pobre se frotaba las manos, Val estaba seguro que no era por el frío. La espera lo estaba desquiciando, como Nick continuara dándole largas se tendría que poner violento, y de verdad no quería aquello. Le agradaba mucho, no quería asustarlo, más de lo que ya estaba.

—De acuerdo. Si tanto te interesa, te contaré toda la historia de Pumba.

***

No hay plazo que no se cumpla, ni mentiroso que no sea atrapado.

La única condición que puso para sincerarse fue hacerlo en el café. “Así tendré testigos y no podrás arrojar mi cadáver al lago”. Aparentemente al modelo no le agradó su broma, ello no era nada auspicioso.

—Te pido que por favor no me juzgues. – Rogó, dándole una mordida a su strudel de manzana.- Debí contarte la verdad desde el comienzo, pero no pude. No tienes idea lo difícil que es decirte que no. ¡Eres como un niño la víspera de navidad!

—Un niño que no soporta el suspenso. – puntualizó, cruzado de brazos y piernas.

—La historia es un poco larga, te juro que explicaré todo, pero no me interrumpas con preguntas o nos pillará la tarde. –el modelo asintió, aunque de mala gana.- Pumba no es mi perro, es mi paciente…

A mediados de agosto Pumba había ingresado de urgencia, tenía escasas semanas de nacido y presentaba disnea –“No, no tiene nada que ver con Disney, es dificultad para respirar”, aclaró, antes que el modelo abriera la boca para interrumpirloluego de algunos exámenes se le descubrió una cardiopatía congénita. –Cómo el veterinario esperaba, el otro chico se manos llevó ambas manos a la boca luego de un fuerte jadeo.- En ese aspecto Pumba tuvo “suerte”, la insuficiencia cardíaca aún no se había desarrollado, por lo que estaba a tiempo de ser sometido a cirugía. En estos casos la sobrevida (de resultar exitosa la operación) depende de que el tratamiento se cumpla de manera estricta.

Nick bebió lentamente la mitad de su cappuccino, sólo para ganar un poco de tiempo. Si lo anterior había sido duro para Val, la parte que venía a continuación lo pondría furioso, casi podría apostar su cabeza a ello.

La operación, más la dieta especial y los medicamentos que Pumba requería (estos dos últimos, de por vida) tenían un coste elevado, el que su familia se negó a cancelar. Ni siquiera se aparecieron por la clínica el día en que el cachorro debía ser dado de alta, simplemente se esfumaron y no hubo manera de poder contactarlos.

Y Nick perdió su cabeza, para su fortuna las casas de apuestas sólo aceptaban bienes comerciables. Lejos de enfurecerse, Val tenía los ojos vidriosos y su labio inferior temblaba, como silente preludio a un aguacero.

Aún quedaba la última parte de la historia, pero Nick no se atrevía a continuar.

—¿Cómo pudieron? Tan pequeñito… -musitó, antes de secarse las lágrimas con la manga de su camiseta, dejando una huella de maquillaje.

—Tuvimos una pareja interesada en adoptarlo, pero no estuvieron dispuestos a cancelar la deuda pendiente. No los culpo, es una suma elevada.

—¿Puedo al menos visitarlo, en la clínica?

De plantearle esa misma pregunta 24 horas antes la respuesta habría sido un sí rotundo, pero luego de que él metiera la pata la tarde anterior, dudaba que Natalie accediera de buenas a primeras.

—No creo que sea conveniente, por ahora. –“al menos hasta que Naty digiera un poco el asunto de la separación y esté más asequible”.

Ese día Nick descubrió un par de facetas más de Val para incorporar al historial, aunque hubiera preferido no hacerlo, en especial la carita de perro regañado que le quedó al final.

No sabía cómo, pero iba a conseguir ablandar el corazón de Natalie, aunque para ello tuviera que castrar a Fred, guisar sus testículos y servírselos a su socia con salsa tártara.

***

Val se había quitado el maquillaje con el que salió, pero traía algo más que Bill nunca le había visto.

—¿De dónde sacaste esa chaqueta?

—Compra impulsiva.

Sonrisa más falsa que moneda de3.

—Val, es al menos dos tallas más grande. He perdido la cuenta de a cuantas vendedoras has hecho llorar porque un pantalón no ajustaba perfecto o se formaba una arruga en la blusa.

—¿Y si te digo que es botín de guerra? -sugirió, sentándose de un juguetón saltito en el sofá.

—¿Desde cuando sales de cacería los sábados en la mañana? -Bill hizo un movimiento de cejas que denotaba suspicacia.- Ahora que recuerdo, saliste muy arreglado esta mañana. ¿Qué pasó? ¿Te aburriste de pasear al perro del hermano de “Bob Marley”? Con lo entusiasmado que parecías.

—Nop, fui al bosque, como siempre. – Aun sin su enorme sonrisa de misterio, Bill hubiera preguntado de todas maneras.

—¿Al bosque? ¿De cacería? Val, te lo dije, tanto madrugar te acabará por dañar el cerebro. Ese tipo es feo. Eso no es bajarse los estándares, es salirse completamente de ellos.

—¡Nick no es feo! Solo es un poco «pintoresco» para vestir.

—¿Vas a decirme que lo encuentras sexy?

Val abrió la boca y luego hizo un cómico mohín. Le tomó un minuto completo responder. Hasta el momento no había pensado en ello.

El veterinario lo hacía reír, lo sacaba de su rutina. Su vida era tan diferente a la de él que aunque sus anécdotas fueran la mar de aburridas, de alguna forma curiosa le hacían gracia.

—No. -respondió, con brutal honestidad- No me parece sexy… pero es lindo. -agregó.

—¿Lindo? ¿En serio? ¿No has oído aquello de «en gustos no hay nada escrito, pero hay gustos que merecen palos»?

—No me refiero a ese tipo de «lindo».

—¿Hay otro tipo?

—Es galante.

—Suenas como la abuela.

Val cogió un cojín y le dio a su hermano un par de nada suaves golpes en las costillas con este.

—Me refiero a que se comporta con gentileza. – aclaró, entre risas.

—Te tiene ganas.

—Es hetero.

—¿Y…?

—Bibi, se diferenciar cuando un hombre está interesado de cuando sólo está siendo amable.

—¿Lo dices por la chaqueta? -el modelo asintió.

—Dicen que los caballeros se extinguieron. Pues yo me encontré con uno.

—Ten cuidado, no te enamores de tu caballero.

—¡Bibi! Él no me atrae en lo absoluto. Es simpático y galante, pero no es mi tipo.

—Para no ser tu tipo, pasas bastante tiempo con él.

—Oh, eso. -El modelo subió las piernas al sofá y abrazó sus rodillas, su semblante se ensombreció.- Me gustaba su perro. Hoy iba determinado a conseguir que me lo regalara, o al menos que me lo dejara un fin de semana.

¿Guat?

—Por eso te puedo asegurar que no está interesado, le coqueteé pero no conseguí nada. Nada aparte de un montón de balbuceos y enterarme de que Pumba no le pertenece.

De forma más o menos resumida le relató todo lo ocurrido esa mañana en el bosque.

—¿Y encima le robaste la chaqueta?

—Insistió en que me la quedara. Se la devolveré la próxima vez.

—Entonces, ¿lo volverás a ver?

—Pumba fue abandonado por sus anteriores dueños, ¿sabes lo que eso significa?

—Er… ¿Qué es huérfano?

—Que está disponible para adopción.

—¡Ay, no! ¡Val, ten piedad del pobre sujeto! Deja de jugar con él. Hay miles de perros en el mundo, ¿por qué te has empecinado con ese?

—Si lo conocieras te enamorarías de él, igual que yo. ¡Y no me insultes! No utilizo a Nick para llegar a Pumba, al menos ya no. Me gusta. ¡No en esa forma! -agregó ante las cejas saltonas de su hermano- Es alguien con quien puedo hablar de cualquier cosa sin cuidarme de parecer siempre ingenioso, culto o ácido.

—Eso es porque es un sujeto común y corriente. Déjalo en paz, por favor.

—Bibi, hablas como si yo fuera una especie de devora hombres o algo así.

—No digo que lo hagas aposta, pero la gente siempre se termina enamorando de ti. Una vez consigas al cachorro te vas a aburrir de ese sujeto.

—No lo haré.

—Dos semanas (y estoy siendo generoso), te doy dos semanas luego de que adoptes a Timón…

—Pumba.

—Como se llame. Si en dos semanas, luego de que consigas la adopción, no te has hartado de él, te doy lo que me pidas.

—¿Lo que yo quiera? -los ojos le brillaron con malicia. -¿Me dejarás…?

—Lo que tú quieras, ¡MENOS ESO!

—Podría gustarte. Si no lo pruebas no lo sabrás.

—También podría gustarme la carne la serpiente y paso de la experiencia, gracias.

—De acuerdo, tú te lo pierdes.

***

—¡Es una chica muy mona!

—¿Qué a ti no te explicaron el concepto «vida privada«? –preguntó, quitándole el móvil de las manos al moreno.

—Si.

—¿Y…?

—Soy un curioso crónico. Anda, Gus-Gus, ¡Sólo quiero echar un vistazo!

—No seas bebé y odio que me digas Gus-Gus.

El rubio era más fuerte pero Bill era más ágil y de manos hábiles. No tardó en hacerse con el móvil y correr por los pasillos de Ellen Key como si lo persiguiera una horda de zombies hambrientos.

Recién en las escalinatas del patio, luego de una larga carrera, Gustav pudo darle alcance y cogerlo con fuerza por la cintura. Bill, empecinado en no soltar su trofeo, se contorsionaba como una oruga.

Entre los mechones de su peinado a medio deshacer, Bill vio pasar a su lado unas rastas rubias. La mirada de odio que recibió de parte de Tom le dio un poquito de susto. Pero el otro chico ni siquiera abrió la boca para insultarlo. Aunque, por el rictus de asco que hizo al verlo, se pudo formar una idea bastante acertada de lo que él pensaba que ahí estaba ocurriendo.

Luego de aquella pelea en que Tom se había lastimado la mano Bill no volvió a ser molestado. Aunque ahora podía circular por el establecimiento sin tener que preocuparse de cuidar sus espaldas, no se sentía del todo a salvo. Había algo muy raro con su acosador personal y le intrigaba el no haber conseguido averiguarlo en todo ese tiempo.

Ahora se le veía en todo momento acompañado por esos tres chicos de último año, el aura que los rodeaba era tan densa que hasta Gustav, que no solía tomar en serio las teorías de conspiración de Bill, estaba preocupado.

—Quisiera saber que bicho le picó a ese. –bufó, por el escaso aire que le quedaba producto de la posición forzada.

—Lo mismo me pregunto yo.

Bill tragó saliva. Pese a estar medio de cabeza, colgando de los brazos de su amigo, pudo reconocer al dueño de esa voz.

Thor”.

De acuerdo, no se parecía a Chris Hemsworth, ni siquiera era rubio. Pero cuando lo vio el primer día de clase, con su brillante melena y esos brazos musculosos, fue lo primero que se le vino a la cabeza.

No sabía mucho sobre él, salvo que se sentaba a un par de puestos del suyo y solía juntarse con Tom, de hecho eran inseparables.

Eran.

***

No precisó recurrir al canibalismo para contentar a Natalie, tan sólo dejar pasar unos cuantos días sin tocar el tema.

Tiempo en el que Val lo llamó varias veces al día para “recordarle gentilmente” las cuarenta y siete – cuarenta y nueve, según un texto que le llegó mientras se comía una manzana- razones por las que los Trümper eran la familia perfecta para Pumba.

Comenzaban con que, no sólo no tenían inconveniente en asumir la deuda, sino que además podían permitirse costear el oneroso tratamiento. La lista terminaba asegurando que Bill siempre había querido un perrito. Aunque Nick desconfiaba de esa última, no por Bill (a quien apenas conocía de vista) sino por lo posesivo que su nuevo amigo se comportaba con el cachorro, dudaba mucho que tuviera intenciones de compartir al “bebé”.

Para alegría de Val –y la sanidad mental de Nick- su socia aprobó la adopción el jueves por la mañana. Él hubiera preferido esperar hasta el día siguiente -o por lo menos hasta esa noche-, para comunicar la noticia, pero estaba demasiado agotado como para tener que soportar a Val en modo “Bitchy Queen”.

Aunque el Val que tenía en su consulta en ese momento no era muy pacífico que digamos. No estaba seguro de si se trataba del niño saltarín del sábado o sólo era el Val de siempre, a punto de sufrir un ataque de nervios.

Se había sentado e incorporado ya tres veces en menos de quince minutos, sin contar con la decena de grullas de origami que había fabricado con su talonario de recetas y que ahora inundaban su escritorio. Estaba a punto de ofrecerle un café, pero eso sólo hubiera empeorado el panorama.

—¿Qué tanto se puede tardar en efectuar un chequeo de rutina?

—¿Quieres calmarte? Es sólo una formalidad.

—¿Por qué no lo estás haciendo tú? Creí que era tu paciente.

Porque alguien debe cuidar que no colapses, y es mejor que sea yo, así de paso evitamos darle motivos a Naty para que se retracte”.

—Natalie se ofreció. –mintió.

Ahora el modelo tamborileaba los dedos en el escritorio, el sonido de las uñas manicuradas sobre el acrílico comenzaba a irritarlo. Necesitaba encontrar algo en que su amigo ocupara sus manos o acabaría por contagiarse con su nerviosismo.

Se arrepintió del día que decidió deshacerse del viejo cubo de Rubik, aunque ahora que lo pensaba, siempre lo traía en la guantera y hubiera requerido un viaje al estacionamiento. Mala idea, muy mala idea.

De pronto tuvo una epifanía.

—Val, ¿te gustan las gomitas?

Esos ojillos brillando interesados fue toda la respuesta que necesitaba.

Fue y volvió lo más rápido que la máquina expendedora de recepción se lo permitió. Esperaba que los ocho paquetitos de gomitas fueran suficientes para mantenerlo sino calmado – lo dudaba, con tanta azúcar- al menos con sus manos ocupadas.

Val se había vuelto a poner de pie, pero esta vez no se limitó a curiosear en su escritorio. Lo encontró parado en la pared del fondo, observando fijamente un afiche. No uno cualquiera, ese afiche.

—¿Así que estás en contra de los circos con animales? – le preguntó, en cuanto Nick cerró la puerta tras de sí.

—Ohh. Eso –el veterinario carraspeó.

Por alguna estúpida razón, que no alcanzaba a vislumbrar, se sintió pillado en falta. Como aquella vez -de adolescente- en que su madre descubrió un par de Hustler´s bajo su colchón.

Se amonestó mentalmente. Era un adulto ahora, y ese afiche distaba bastante de ser pornográfico.

—Lo tengo desde que estaba en la facultad, me lo regaló una amiga animalista. –Explicó, lo cual era mitad cierto.

Su semblante cambió automáticamente, veía a la chica del poster con adoración, como cada vez que atinaba posar sus ojos en ella, lo que ocurría un par de veces al día.

—Debes estar muy comprometido con la causa, para conservar el póster por tanto tiempo, ¡hasta lo enmarcaste!

Nick sonrió con aparente inocencia, la que fue perdiendo en la medida que Val mantuvo su mirada fija en él, con una sonrisa de picardía en los labios.

—Nick Kaulitz. ¡¿Te estás ruborizando?!

—Eso es estúpido, es sólo una chica en un cartel.

—No ha de ser tan estúpido, si reaccionas de esa manera.

Desvió la mirada, realmente se sentía estúpido, y doblemente al verse obligado a confesar aquello ante Val.

—En la universidad tenía un crush con esa chica. Mi amiga se cansó de que me quedara pegado mirando su pared cada que iba a visitarla, un día descolgó el cuadro y me lo regaló. – Se encogió de hombros, con sus mejillas coloradas.- Es una tontería.

—No lo creo. –Agradeció que el chico hubiera dejado el tono irónico de lado, pero no dejaba de sentirse como un salido- Digo, podría ser peor, al menos la chica es bonita.

—Más que eso -Se paró frente a la pared, junto a Val. No podía evitar el aire soñador que lo embargaba al hablar de la chica del cartel.-. Mírala, esa expresión de desamparo. Es desgarradora pero a la vez atrayente. Es imposible dejar de mirarla.

Val se apartó de su lado sin agregar nada más, se quitó la chaqueta, los anteojos y el gorro. Se alborotó el copete, semejando una escuálida melena, y –subido en la pequeña camilla- replicó la pose y la expresión de la «chica» del poster.

—¿Qué dices? ¿Aun no he perdido el toque?

Nick se pasó ambas manos por el rostro, un corriente fría bajó por su espina en el preciso instante en que todo hizo “clic” en su cerebro.

—¡Mierda!

No podía ser posible, aquello era una jodida coincidencia. Pero, como hombre de ciencia, no creía en las coincidencias.

Val se bajó de la camilla de un saltito y fue a consolarlo, frotando sus brazos y dándole un tierno besito en su frente.

—Es comprensible que te confundieras, el marco cubre gran parte de la franja inferior en que aparece mi nombre. Además la peluca y la pintura corporal acentúan mis rasgos andróginos. Esa fue la idea del fotógrafo en primer lugar, presentar una criatura de género indeterminado.

Pero el joven no se conformaba. No era la primera ocasión que le sucedía, sin embargo esta vez era muy diferente al día en que se conocieron. Acababa de reconocer que se sentía atraído por él… o por su imagen de cuando más joven.

Más que abochornado, lo que estaba era bastante choqueado. A diferencia de su hermano pequeño, él era un hombre de mentalidad abierta que no se sentía amenazado por la sexualidad de las personas a su alrededor. La orientación sexual de Val sólo le provocaba la curiosidad natural que experimentaba por todo lo desconocido.

Pero bajo ningún punto de vista estaba preparado para recibir ese pedazo de información.

—Supongo que finalmente tenías razón, en algún momento he encontrado deseable a un hombre.

Aun no sabía cómo reaccionar a ello. Se sentía como si hubieran jalado muy fuerte el tapete bajo él y no consiguiera volver a estabilizarse.

—Lo siento.

—Yo… -debió aclararse la garganta nuevamente, la voz le salió demasiado aguda. –Veré si Naty terminó el examen.

***

Pumba roncaba suavemente, despatarrado en su cama. Debía estar exultante, su acoso constante había rendido frutos, pero no conseguía quitarse el rostro demudado de Nick de la mente.

Suspiró y besó la cabecita peluda.

Mi Dior, de haber imaginado que se lo tomaría tan mal no se lo habría dicho”.

Continuará…

Grouchy Tom

 

por Haruxita

Escritora del Fandom

Un comentario en «III: La “chica” del cartel»

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