
«Wünschen». Temporada III
Capítulo 24: Generación del recuerdo
Venir por este vecindario me trajo tantos recuerdos, me sentí como el Tom adolescente, aquel que no le importaba nada y no cargaba con responsabilidades, el que hacía lo que quería y no necesitaba aprobación de nadie. Conducía lento, ya que cada parte de este lugar me volvía a aquellos años y, los que más me latían en la mente, eran los últimos años en la escuela.
Me había peleado con varios chicos, y todo porque siempre se fijaban en la chica que me gustaba, no era alguien que se calmaba fácilmente, de hecho, la mayoría de las veces en las que me involucraba en una pelea, siempre salía enfurecido y esa chica me zarandeaba la remera, mientras nos alejábamos de la situación. Claro que también había momentos buenos, en los que solíamos perder las tardes en el quiosco del parque, el que estaba cerca de la escuela, comprábamos refrescos y bocadillos y metíamos excusas a nuestros padres, cuando en realidad nos la pasábamos de vagos riéndonos y compartiendo cosas de adolescentes.
Mucha nostalgia me invadió.
— ¿Es aquí? —preguntó Bill y le miré de reojo. Fijé la casa que observaba y pude ver una decoración que me llevó atrás, asentí y él sonrió. Empecé a reducir la velocidad, buscando dónde estacionar ya que había varios coches —Me recuerda a esas fiestas universitarias a las que íbamos con Andy.
—Pues esto lo hacíamos en secundaria, mi amor. Estábamos más rebeldes que ustedes —apagué el motor una vez que logré estacionar y él se rió, se quitó el cinturón y buscó su bolso en los asientos de atrás.
La música ya se podía escuchar, y el ruido fue peor cuando salimos del coche, le puse el seguro y esperé a que mi hermoso se pusiera a mi lado, le sujeté de la mano y le observé, había algo en su mirada que me transmitía incomodidad. ¿Estará nervioso? Porque yo también lo estaba, me reencontraría con mis compañeros, y vaya que habíamos compartido tantas cosas, todos sabíamos algo de todos, y ahora, años después, volveríamos a revivir esos recuerdos de aquellas épocas.
— ¿Estás bien? —le froté el brazo con cuidado y lo atraje a mí, él no paraba de observar la casa, su decoración y la gente que había afuera hablando tan cómodamente. — ¿Qué tienes?
— ¿Seguro que fue buena idea traerme? —me miró, la brisa fría jugaba un poco con su cabello barrido hacia atrás.
— ¿Estás loco? —le di un beso en la mejilla —Te traje porque quiero presumir a la persona más hermosa que conocí en mi vida.
Nos paramos en medio de la calle, me puse frente a él y lo sujeté de las mejillas, rápidamente lo atraje hacia mí y le planté un beso que no pudo rechazar. Al separarnos con un ruido gracioso, él sonrió y juntamos nuestras frentes, le acaricié las mejillas y sus manos sujetaron mis muñecas suavemente.
—Te amo —besé su nariz — y mucho.
Él me abrazó y froté su espalda, fue entonces que corrí la vista nuevamente a la casa y reconocí, no solo por como caminaba, sino por su cabello y sonrisa radiante. Se trataba de Dana, una amiga cercana a Reira, la única suponía. Lentamente nos separamos y ella ya dejó de caminar despacio y nos saludó con la mano en alto, llevaba un abrigo y un vaso de plástico, caminaba por el sendero de la casa y nosotros decidimos cruzar la calle para ya estar en la misma vereda.
— ¡No lo puedo creer! —dijo con una energía inmensa, y me dije a mi mismo que esta mujer no había cambiado en nada. — ¡Mira lo cambiado que estás! ¿¡Dónde están tus rastas!?
Solté de forma suave el agarre de Bill y me acerqué a ella, me recibió con los brazos abiertos. Estuvimos así durante un buen rato, ambos necesitábamos un abrazo así después de tantos años sin vernos. Hacía poco habíamos vuelto a hablar y ella me pidió permiso para algo que tenía planeado hacer esta noche, aunque no me molestó que me lo pidiera, o que ella pensara que me iba a molestar.
—En verdad, lamento haberte avisado sobre el homenaje con poco tiempo de anticipación, es que… Bueno, no sé si lo sabías —dijo con una sonrisa un tanto tímida, movió su cuerpo de forma graciosa mientras continuaba observándome— yo terminé casándome con Victor, y estuvimos organizando todo ya que fue su idea.
— ¿De verdad? ¿Ése Victor? ¿Nuestro Víctor? —dije con énfasis. Víctor era el más rudo de nuestra clase, yo era como el bromista busca problemas, pero él era la pesadilla de todos en la escuela; como siempre, alguien tiene que manejar el grupo, y ese era Víctor.
—Pues si —contestó con risas —tenemos una pequeña de cinco años, ya sabes, en la noche de graduación pasaron tantas cosas.
— ¿Están juntos desde la graduación? —dije sin entender todavía. Dana era una chica muy reservada, si la veías riéndose o haciendo payasadas era porque Reira estaba con ella, sino la veías toda callada y algo tímida. Vaya, me había perdido de tantas cosas.
—De hecho, un mes antes ya empezábamos a salir. Él tenía problemas con matemática, yo le ayudé, yo iba a su casa, él iba a la mía y ¡Pum!, empezamos a salir —se rió, aún tenía esa risa contagiosa. —Y tú debes ser su novio, ¿verdad?
—Aah, lo siento. Es que… ¡No puedo creer lo de Víctor! —me golpeé la frente, atraje a Bill que sonreía y se mostraba tímido también. —Bill, ella es Dana, era amiga de Reira.
—Me alegra conocerte Bill —dijo acercándose y le saludó con dos besos.
Bill mostró una sonrisa y hablaron un poco, ya lo vi más relajado debido al trato que Dana le daba. Él me había dicho que temía un poco al enterarse de que yo ahora tuviera novio, cuando bien mis compañeros sabían la lista de chicas, que no eran tantas, que querían salir conmigo. También tuve ligues y eso, pero había sucedido antes de que estuviera con Reira.
Mientras nos conducía al interior de su casa, hablaba que otro compañero nuestro, Gerard, también había llegado con su novio, y que estaban los idiotas de siempre que andaban a las burlas. Víctor también entraría en esa categoría, pero Dana le había dado una reprimenda antes de que comenzaran a llegar, en verdad, estar en este vecindario y ver a mis compañeros me hacían sentir nuevamente joven, con diecisiete años y lleno de energía.
Sostenía la mano de Bill y por instantes él me la sujetaba con fuerza, era entonces que yo giraba a verle y él tan solo observaba atento a todo lo que nos rodeaba.
— ¿¡Tom!? ¡Hasta que al fin llegas, hombre! —dijo Víctor y todos se dieron vuelta. Había mucha gente, algunas caras podía reconocer, y otras me costaba ya que estaban todos cambiados.
El tiempo te cambia, tus estilos ya no son los mismos, pero, aun cuando todos estábamos distintos, al entrar aquí sentí como si la juventud corriera desde el pasado para estamparse contra mi cuerpo y hacerme sentir como el Tom de las rastas. Empezamos a saludarnos entre todos, a presentar a nuestras parejas y a hablar sobre lo que nos pasó en todo este tiempo, pronto me topé con esas personalidades que conocía de adolescentes y me sentí tan nostálgico. La música que sonaba por toda la casa era de aquellos tiempos, cuando nos tocaba el receso y nos poníamos a escuchar en los pasillos, o en algún salón cuando el profesor faltaba a clases.
Bill siempre estaba a mi lado, a veces me sujetaba de la prenda, otras solo enganchaba su brazo con el mío mientras hablaba con una de mis compañeras. Claro que también estaban esos de mente cerrada y solo me habían saludado, pero nos reunimos el viejo grupo y yo esperaba que Gus llegara ya que Georg estaba aquí.
Había bocadillos y todo tipo de bebidas, que se iban agotando a medida que la noche avanzaba, en una de las paredes del enorme living, había una tela que parecía suave, tapaba algo rectangular, a su alrededor había fotos de todo el salón. Fotos que nos habíamos tomado sin pensar que los veríamos diez años más tarde; las imágenes hablaban por sí solas, Bill me acompañaba a mi lado, como siempre, observaba cada fotografía y yo le comentaba quienes eran.
—Este es Mason —señalé, luego le indiqué donde estaba ahora. Ambos miramos al actual Mason y estaba con su esposa, que estaba embarazada —Era el nerd de la clase, nos llevábamos bien, me ayudó varias veces a pasar matemáticas, al principio me costaba comprender las ecuaciones, pero cuando ponía atención y entendía ya me salía por mi cuenta. Mason estuvo en muchas olimpiadas académicas de la escuela, siempre ganaba, y solíamos presumirlo al otro salón. Teníamos la otra clase, la clase B, en la que en todo le hacíamos competencia. De seguro también están haciendo una fiesta de reencuentro… porque siempre que hacíamos algo, ellos también querían hacerlo.
—El grupo A y B son enemigos naturales —dijo Bill mirándome y yo asentí — es ley de secundaria. Y lamentablemente yo pertenecía al grupo B, así que éramos los «copiones»
—Bueno, todos lo son menos tu grupo —dije y él se rió.
Continuamos el trayecto de la pared, tenía muchos colores, el decorado era muy llamativo pero lo que resaltaba más eran las fotografías. Le contaba alguna que otra anécdota y realmente lo sentía como si hubiera pasado ayer, también notábamos que la sala iba llenándose más y más, y que Gus había llegado junto con Devon, así que Dana iba por las salas hablando a cada uno para que se acercaran a la sala donde estaban las fotografías del recuerdo.
—Oye —dijo Bill y me giré para verle, observaba para todos lados mientras se quitaba la chaqueta — ¿Dónde está el baño? Creo que bebí demasiado jugo en el camino.
—Vamos, yo te acompaño, mi amor —le dije mientras coloqué suavemente mi mano en su espalda, pero entonces nos interrumpió Dana poniéndose en el medio.
—Tom, vamos a sacarnos una foto todo el grupo— nos sonrió y observé a Bill — ¿Sucede algo?
— ¿Dónde está el baño? —se apresuró él y ella se lo indicó, antes de que le dijera algo él solo me sonrió y comprendí entonces.
Vi cómo se marchaba a paso lento y Dana me tomó del brazo, me llevó con el grupo que ya andaban comportándose como lo que habíamos sido, nos pusimos todos cerca de los sofás, las chicas siempre juntas y nosotros haciendo payasadas. Pronto quien nos tomaba la foto fue documentando todos nuestros movimientos y se salió de control, de la nada ya nos turnábamos para tener nuestra foto individual, recreando las de hacía diez años.
Empezamos a bromear entre nosotros y recordábamos viejas anécdotas, esos profesores que nos habían hecho la vida imposible, y aquella vez que no salimos de la sala de Biología porque nadie quería admitir quien había sido el responsable de haber roto los instrumentos de medición, y la profesora con la directora nos hicieron quedar hasta tarde en penitencia porque nadie se quería hacer cargo, cuando el que había roto aquello había sido Víctor y su clan jugando a la pelota con un bollo de papel. También nos acordamos cuando le hacíamos la vida imposible a la Profesora de Francés, no hacíamos la tarea y ella nos regañaba por preguntar como diez veces lo mismo, también nos habíamos quedado unas horas extra porque nadie podía traducir un simple texto. En verdad a veces éramos un salón muy holgazán, ya casi nos parecíamos a los de la Clase B.
Una vez Gerard había estallado con la profesora de historia, le insultó y salió corriendo de forma dramática dando un portazo a la puerta, nosotros no pudimos soportar semejante actuación y todos nos reímos de esa situación, pero en serio había sufrido una crisis nerviosa como para reaccionar así frente a la Profesora, y todo porque le había descubierto copiándose en el examen con una ayudita que tenía en un papel.
— ¿Estás bien? —me dijo Gustav y yo asentí, él sostenía un vaso con cerveza y no supe por qué sentí que todo iba muy denso de repente. No sabía si era porque estaba rodeado de esas condenadas botellas, o era porque algo más estaba sofocándome.
Dejé de reírme de las estupideces que hablaban cuando noté que Devon estaba mirando las fotografías, decidí abandonar un poco el grupo, no estábamos tan lejos, apenas unos pasos. Me puse a su lado, con una mano en el bolsillo y la otra sosteniendo mi vaso de gaseosa, le observé de reojo y él se encontraba inclinado ante las imágenes, sonreía un poco porque de seguro recordaba esos días.
— ¿Te acuerdas de este día? —señaló la fotografía.
Estábamos con todos nuestros compañeros haciendo una ronda, abrazándonos, había jugado un torneo de fútbol y quedamos en primer lugar gracias a un gol inolvidable de Víctor; supongo que fue la única vez en la que hubo respeto en el grupo y trabajamos como verdaderos compañeros. Digo, siempre estaba ese grupo que molestaban a los raros, con mi grupo siempre tratábamos de no meternos, pero a veces nos peleábamos con los matones por algo que no nos gustaba.
—Sí, si no hubiésemos acordado formarnos de esa manera, creo que íbamos a perder ese último partido.
De pronto sentí como si una aguja me perforara muy lentamente, ya que había observado con detenimiento que atrás de mi compañero, el que yo abrazaba en ese momento, estaba Devon mirándome con una sonrisa, pero… por más extraño que sonara, podía sentir que había algo más.
Giré la cabeza y fijé a Devon, él ya me estaba observando, pero ambos estábamos serios. Acaso él…
— ¡Acérquense todos! —exclamó Víctor mientras movía sus manos, llamándonos. Devon le observó, y luego volteó a verme nuevamente, no me apartó la vista hasta que se puso cerca de sus otros compañeros, a unos pasos de distancia. Yo me quedé parado, inquieto por dentro y con una sensación extraña en el pecho.
¿Será eso posible? ¿Entonces yo había jodido todo?
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Cerré el grifo del agua fría al terminar de enjuagarme las manos. Sacudí mis manos en el lavabo y eché un suspiro mientras observaba mi reflejo, escuchaba la música de fondo, las risas y seguramente hablaban de sus recuerdos. Esto también me traía una nostalgia, me hubiera encantado que mis compañeros del salón fueran así, pero digamos que no fui el compañero ejemplar ni ellos tampoco.
Me acomodé el cabello, tenía las mejillas enrojecidas debido a que había calefacción, por lo que me retiré el pañuelo del cuello, comencé a escuchar la voz de Dana y su esposo, llamando a todos para que se reunieran.
Me paré derecho y decidí salir, pronto la música había cambiado, se volvió a una de esas que te transmitían nostalgia por el ritmo clásico de guitarras y palmas, golpeándose unas contra otras, era muy tranquila, relajante y encantadoramente dolorosa, pero lo era por los recuerdos que se te atravesaban al escucharla. Cerré la puerta, enfrentándome a algunos cuadros con fotos familiares de los dueños de la casa. El tal Víctor, del que Tom me había hablado instantes atrás, no se parecía en absoluto al que yo veía en las fotografías; estaba sonriente, abrazando a su hija, compartiendo momentos que, tal vez, ni se le hubiera cruzado por la cabeza cuando era un chico de secundaria, seguro pensaba, como todos, que estaríamos viajando por el mundo, o haciendo lo que más nos gustaba cuando éramos jóvenes.
Yo de diecisiete años jamás pensé o soñé con estar aquí, en este momento. No había pensado mucho en mi futuro, no podía, siempre me atascaba con el pasado y era tan ciego que no planeaba nada para mi bienestar, siempre para los demás. Estaba más sumergido en salir con mis amigos, en estar con Nek, porque él decía que cuando estaba conmigo todo iba bien, y ayudar a mi madre en lo que podía.
Y ahora… Había logrado cumplir tantos objetivos que sentía que estaba dentro de un sueño, de un deseo. Bueno, ser cantante era un deseo muy trillado, la mayoría quería serlo, pero yo jamás había anhelado con todo mi ser tener esa oportunidad, y de la nada se dio, y aquí estaba… A punto de iniciar un Tour por Europa, con fans que nos seguían por todas partes, con buenas energías rodeándonos.
Caminé nuevamente para dirigirme hacia la sala de reunión, mirando la decoración tan hogareña que te transmitía esa agradable sensación familiar de estar en tu propia casa. A unos metros de distancia, y con algunas personas cerca, pude divisar el grupo destacado de la noche, los graduados, que miraban aquella tela que tapaba algo de forma rectangular, yo pensaba que se trataba de algún cuadro o algo así con referencias de esos días maravillosos de la secundaria.
Expectantes y ansiosos los vi hacer el conteo, Dana había dicho unas palabras que no había llegado a oír, solo alcancé cuando dijo que lo había pensado muy bien y que esperaba que nadie se olvidara de esos acontecimientos compartidos.
Me quedé en la entrada a la sala, casi al final de todos los que estaban presentes, detrás de los esposos, hermanos o hijos de los graduados. Y así, de forma suave y con delicadeza, Dana retiró la tela lentamente, colocándose del lado derecho de lo que, se trataba, era otro enorme cartel con fotografías, con un fondo color rosa bebé y algunas plumas blancas. Miró un segundo las fotos, y luego su vista se dirigió a Tom.
Allí, en el centro de todas esas recopilaciones de imágenes, estaba una fotografía individual de Reira, sonriente, con una belleza natural, mirando a quién tomaba la fotografía, pero también como si estuviera fijando a quien tenía en frente. Tom.
Inspiré hondo, sentí algo en el pecho de repente y caminé muy despacio, pidiendo permiso a quien estaba delante de mí, quería llegar a Tom y sujetarle la mano, o abrazarle, o saber su reacción. Sin embargo, en mi pecho sentía algo más que mis sentimientos, como si cargara con los de alguien más, y yo sabía perfectamente de quien se trataba. Quería correr, empujar a todos, más me detuve cuando lo vi avanzar un solo paso, uno solo bastó para que él destacara en esta gran habitación.
—Hice este apartado para recordarla, sé que todos fueron buenos compañeros con ella, porque ella siempre nos ayudó sin importar el grupo en el que estábamos. Siempre buscó la unión, pero también buscó la solución cuando nos metíamos en líos con los del otro grupo, ¿Recuerdan? —dijo con una sonrisa —Y también me ayudó tanto en mi vida, ella fue mi mejor amiga, aunque ustedes, chicas, recuerdan que no se llevaba muy bien por motivos que ahora se nos hace estúpido, pero que en aquel entonces éramos unos inexpertos en la vida. Esta noche ella está presente con nosotros, de alguna forma, en nuestros corazones o en los recuerdos que en este momento estamos teniendo en nuestras cabezas con ella, algún momento en el que nos sonrió, nos ayudó, o nos quiso…
Miró de reojo a Tom, y quise ver su expresión, de verdad, quería correr. Avancé despacio, escuchando las palabras de Dana, su amiga en aquel entonces, empezaba a enumerar algunos hechos, había pocas risas y miradas cubiertas de nostalgia y con brillo en los ojos, al parecer, no, era realmente querida por el grupo.
Me detuve, no podía seguir avanzando, por una parte, no quería ver su rostro y por otro lado me moría por tomarle de la mano y salir corriendo, ¿Esto le hacía mal? Había pasado tiempo, había enterrado su pasado, entregó sus pertenencias y decidió empezar de nuevo, pero… ¿Realmente lo había hecho? ¿Había dejado todo?
No, no debía caer en eso otra vez, pero es que… ¡Ah, maldita sea!
Regresé a paso rápido al baño, cerré la puerta y dejé que mi espalda se apoyara en la misma, exhalé el aire y me quedé mirando mi reflejo. ¿Por qué sentía esto? ¿Por qué ahora? ¿Por qué después de todo lo que le había ayudado?
Sabía que era algo que había que enfrentar, Tom me había dicho sobre eso anoche, le pregunté si él estaría bien y él dijo que sí, y ahora… Claro, era evidente, uno dice una cosa y al momento reacciona de forma diferente y lo entiendo, yo también no sabía cómo afrontarlo. Bueno, él fue quien sufrió la pérdida, pero en mi pecho también podía sentir un dolor casi indescriptible, y suponía que tenía que ver con sus sentimientos respecto a esas fotografías y esos recuerdos. Al mismo tiempo, mi mente me jugaba cosas que no quería creer, no lo sé, era una molestia en el pecho, pero también lo podía notar en mi garganta.
Caminé hasta dar con el grifo del agua, lo abrí y dejé que cayera el agua fría por mis dedos, los llevé hasta detrás de mi nuca para poder aliviar esa extraña sensación.
La música se escuchaba muy bajito y la voz de Dana ya se había apagado, supuse algo y no quería salir hasta que volviera a oír algún ruido. Me quedé ahí, dejando que viviera su momento. Yo no sabía cómo era que las otras personas podían estar ahí, me refería a los acompañantes del grupo, ¿Acaso era por la cercanía que yo tenía con el asunto?
—¿Bill? ¿Estás bien? —escuché casi en un susurro la voz de Gustav. Le dije que sí que salía en un momento.
Me observé en el espejo y toqué mis mejillas con las manos frías por el agua, tenía las mismas calientes y se aliviaron un poco. Decidí salir, ya, tenía que enfrentar, por más que yo confiaba en Tom. Yo estaría para él.
Abrí la puerta y el rostro de Gustav se mostraba preocupado tras sus gafas, se sobresaltó al ver que yo abrí la puerta, porque al parecer estaba pegado a la misma tratando de averiguar qué estaba haciendo adentro. Cerré la puerta y se separó un poco, me miraba buscando algo que tal vez yo estaba ocultando, pero en realidad no ocultaba nada, lo reprimía tan rápido como se pudiera.
—Vi que viniste casi corriendo, ¿Estás bien? —volvió a preguntar, tragué saliva y asentí inmediatamente, él continuó: —De seguro te afectó como a él, ¿Verdad?
—Yo… sabía que iba a ver una reacción, solo que —miré hacia donde estaban todos, en silencio, la música apenas podía oírse y reconocí a Tom entre esa multitud. —Ver todo eso, que estén sus compañeros… Debe ser difícil y quise darle su espacio.
—Entiendo —dijo sin dejar de mirarme, ambos hablábamos en voz baja para que no se estropeara el momento. —Pero no dejes que ningún pensamiento te abrume, digo, viendo como está Tom ahora es una reacción buena por parte de él, de hecho, la mejor que he visto en años. Tuvo momentos peores, a menudo solíamos correr con Georg, buscándolo de bar en bar, yendo a lugares donde solía frecuentar con Reira. A veces… Solo desaparecía…
Tom si me había contado la historia completa que había tenido con ella, pero el escuchar su versión me provocaba esos mismos escalofríos y la extraña sensación de que me daban punzadas en el pecho con algo que tuviera una punta realmente congelada, perforando mi pecho lentamente.
—… Y realmente nos ponía mal, porque ella también fue nuestra amiga, y si nosotros estábamos así, no quería imaginarme cómo debía estar él. Le ayudamos, a veces lo aceptaba, y otras nos rechazaba y se iba, desaparecía nuevamente… —echó un largo suspiro mientras se quitaba las gafas, y se frotaba suavemente los lagrimales —Pero, agradezco que hayas aparecido en su vida, ni Georg ni yo sabíamos qué iba a suceder con Tom en el futuro, nos daba mucha pena y a la vez teníamos miedo, porque no sabíamos qué pensaba, no sabía si esas cosas en su cabeza eran buenas.
Tragué saliva, mirando una vez más a ese grupo, pronto el silencio me cubrió por completo y la voz de Gustav se escuchaba en eco y muy lejana.
Tom, nunca me dijiste qué cosas pasaban por tu cabeza en ese momento, nunca describiste verdaderamente lo que pensabas, solo lo que hacías. Que bebías, que desaparecías y solo querías salir corriendo del lugar donde te encontrabas, nunca comentaste más allá de ese sentimiento de culpa, de esas frases «Si yo le hubiera insistido en acompañarla» «Si le hubiera dicho que no vaya, que conseguiría algo mejor». Sí, sé que era duro admitir las emociones y los sentimientos, y que también eran difíciles de explicar; seguro, al principio, se te cruzaba por la cabeza al hablar conmigo: «¿Qué demonios tengo que explicarte?» «Tú jamás sentirás lo que yo», y era cierto. Nunca podría sentir lo que tú, ni siquiera podía imaginarlo, aunque me plantara en tu lugar millones de veces, sé que no podré comprender cómo te sentías.
Mis ojos iban cayendo hasta depositarse en el suelo, frunciendo un poco las cejas, preocupado por aquel entonces, ¿Qué hubiera sucedido si todo se iba más allá de lo que fue? No saben cuanta impotencia me daba el no haber estado allí en ese momento; y sabía que las cosas no podían suceder así, porque la vida misma tenía sus sorpresas, te daba una carta y el comodín podría ser cualquier cosa: buena o mala. Sé que no se puede cambiar lo que está destinado a suceder, sé que también a veces uno debe sufrir solo, caer solo, llorar solo… pero… es difícil afrontarlo, y más cuando había sucedido a temprana edad. La vida, lamentablemente, no es lo que uno quiere, te pone obstáculos, te golpea.
—A veces pregunto… ¿Qué hubiera pasado si ella seguía viva? —dijo él, su tono parecía tímido, como si en realidad no quisiera decir eso. —No digo que fue malo que te haya conocido, todo lo contrario, eres lo mejor que le pasó en la vida, pero… luego de lo que pasó con su madre… la pérdida de Reira fue el segundo golpe fuerte.
No sabía qué decirle, ni siquiera pude mirarle, solo me quedé fijando el suelo. Notaba que mis ojos empezaban a llenarse de lágrimas, al borde de derramarlas, más la impotencia en la garganta y el esfuerzo que puse me ayudaron a soportarlo, no debía quebrarme frente a Gustav.
—Ustedes también fueron su fuerza, pero creo que lo que él necesitaba un buen tirón de orejas —dije para que se riera y a duras penas lo hizo.
Escuchamos nuevamente la música y quise ver a Tom, pero solo podía ver a la multitud acercándose para mirar las fotos que habían de Reira. Tragué saliva y Gustav también miró a las personas, nos dimos una mirada y él solo asintió, comprendiendo, sonreí y decidí avanzar. Veía que Dana hablaba con unas compañeras, algunas la abrazaban y ella se secaba algunas lágrimas, sentí el dolor en mi pecho, habrá sido duro para ella también.
Me acerqué con timidez, no quería preguntar, pero al no ver a Tom con ellos me daba unas palpitaciones. Ella me observó y caminó hacia mí limpiándose las lágrimas, yo sin más la abracé cuando estuvimos cerca y quiso llorar nuevamente, más se contuvo de hacerlo. No hubo palabras, solo escuché su suspiro, no pude hablar porque no sabía qué decirle, y ella al parecer tampoco quería que dijera algo.
Al separarnos tras unos segundos, yo fijé mejor las fotografías. Reira realmente tenía una increíble sonrisa, y se la veía contenta junto a sus compañeros, me transmitía el cariño y esa buena energía que se le notaba en todas esas imágenes. Aparecía en el salón, sujetando cárteles junto a unas chicas, en las siguientes abrazando a unos chicos mientras parecían participar de un torneo de Karate o algunas de esas ramas. En otras aparecía como si estuviera en el laboratorio de biología, vistiendo esos delantales blancos con las gafas, y estaba con Tom, Georg y Gustav; los cuatro sonriendo.
—Siento que no le dije cuanto la quería en realidad —dijo ella y le miré —era como una hermana para mí, éramos inseparables, a pesar de que se llevaba un poco mal con el resto de nuestras compañeras, siempre estaba para ayudarles en lo que fuera. Éramos muy distintas, yo era demasiado tímida, ella era de caminar con la frente en alto y enfrentar a quien se atreviera a desafiarla, pero también tenía su lado bonito, ese en el que con una sola sonrisa podía aliviar hasta tus problemas, aunque solo fuera por un instante.
Sí, eso era lo que exactamente imaginaba de ella.
—Tom está en el patio trasero, por si quieres acompañarlo —me dijo nuevamente, tal vez comprendiendo mi intención de acercarme, o tal vez porque comprendía que necesitaría alguien, más allá de que dijera de estar solo por un momento.
Le agradecí y avancé por las personas, buscando un espacio, tratando de no interrumpir sus recuerdos. Caminé hacia la cocina de la casa, donde allí tenían una puerta que conducía al patio trasero, mis pasos se apresuraron en cuanto me encontré en el pasillo, y al llegar a la entrada de la cocina noté que la puerta estaba entre abierta y que una cortina de frío invadía el interior. Me acerqué cuidadosamente, me asomé para buscarlo, y al poder dar con él, vi que a su lado estaba Devon.
Estaban cerca de la piscina que se encontraba cubierta con una lona, las sillas veraniegas aún estaban a su orilla y daba algo de nostalgia también, como si esperaran ansiosas a que el verano llegara.
Tom estaba dándome la espalda y Devon le estaba hablando, pero su ceño fruncido y el movimiento rápido de sus labios me advirtió de algo, no podía comprender, parecía que hablaban en susurros. Retrocedí, cerrando un poco la puerta, ¿Qué estaba sucediendo? Negué con la cabeza y decidí salir, pero para ese entonces Devon justo me observó, tenía el ceño fruncido, ya no podía volver atrás.
Abrí del todo la puerta, con total desconcierto claro, caminé despacio contra el frío y él venía en mi dirección, Tom aún seguía dándome la espalda.
—Devon, ¿Todo bien? —pregunté preocupado. No obtuve respuesta de su parte, solo un gesto con su cabeza en referencia a Tom, vi como ingresó y cerró la puerta, yo no entendía absolutamente nada.
Lentamente avancé hasta situarme al lado de Tom, en sus labios tenía un cigarrillo y veía como el humo se escapaba con el viento suave. Sus cejas también estaban fruncidas y lo noté molesto.
—Mi amor, ¿Estás bien? —le pregunté. Él exhaló el aire y enarcó sus cejas, liberando esa tensión en su frente, asintió y luego cambió su expresión a una más relajada.
—Solo… recuerdos —dijo sin más, me abrazó por el hombro y yo, sin dejar de verle, le abracé por la cintura, apoyando mi cabeza en su hombro. —Todo está bien…
Dijo después de liberar el humo.
Quería creerle.
Continúa…
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