Inocentes 10

«Bill y Tom, el amor de dos inocentes». Por lyra

10. Verdades al descubierto

Cuando Gordon llegó a su casa, se extrañó de escuchar risas que venían del salón. Se asomó y lo que vio le dejó sin habla, su hijo y su nuevo amigo, sentados muy juntos en el sofá y riendo a carcajadas.

Se paró en el marco de la puerta y se cruzó de brazos sonriendo él también sin poder evitarlo. Desde la muerte de su mujer, rara era la vez que escuchaba el sonido de la risa de su hijo, o simplemente veía que sonreía.

— ¡Papá! —exclamó Tom levantándose del sofá— ¿Se puede quedar Bill a cenar?

—No hay problema, ¿lo saben sus padres? —preguntó Gordon sin moverse de la puerta.

—Llama a tu madre, no sea que se preocupe—le dijo Tom a Bill.

—Está trabajando, siempre ceno solo y cuando quiera regresar ya estaré en la cama—explicó Bill por encima.

—Pues venga, échanos una mano en la cocina—dijo Gordon sonriendo.

Le caía muy bien el nuevo amigo que se había buscado su hijo, a pesar de sus pintas. Siempre que estaba cerca, su hijo sonreía y hasta era más educado con él. Entró en la cocina seguido de su hijo y su amigo, y entre los tres prepararon la cena entre risas, como una bonita familia.

Mientras cenaba, Gordon preguntaba a Bill cosas de su familia, pero se extrañó de que le contestara con evasivas, hasta que una fulminante mirada de su hijo le hizo cambiar de tema y preguntarles cosas de clase o del grupo del que Bill ya formaba parte.

Llegada la hora de irse a casa, Tom le acompañó a la puerta mientras su padre terminaba de fregar los platos.

—Espero que no te riña tu madre, se ha hecho algo tarde—dijo Tom preocupado.

—Mi madre seguirá trabajando toda la noche—explicó Bill.

— ¿Tendrás la casa para ti solo?—preguntó Tom de nuevo, alzando una ceja y sonriendo.

Bill le miró mordiéndose los labios. Ahí estaba la invitación que estaba esperando, la confirmación de que iba en serio lo suyo con Tom…

—Tom, yo…a lo mejor vamos un poco deprisa, ¿no?—preguntó con un hilo de voz.

—Lo siento, tienes razón—se disculpó Tom.

—No es eso, ¿te lo has pensado bien? Quiero decir, nunca imaginé que fueras gay, y diría que esta sería tu primera vez que…—dejó a frase sin terminar.

— ¿Para ti no lo es?—se le escapó a Tom.

—No, no lo es—contestó Bill con pesar.

Había mantenido un par de relaciones sexuales con anterioridad, nada serio…

—No pasa nada, no podía esperar que tú fueras….virgen en esto, como yo—dijo Tom poniéndose colorado.

—Entonces te tendré que guiar, y ya verás….como vamos a disfrutar…—dijo Bill, consiguiendo hacerle sonreír.

—No te entretengo más, mañana nos vemos en clase, y puede que la próxima vez que estemos a solas, seas tú el que me enseñe algo—susurró Tom guiñándole un ojo.

Bill sonrió y siguiendo un impulso, se le acercó y le dio un breve beso de despedida, pero Tom no se conformaba con eso. Sabiendo que su padre estaba ocupado en la cocina, puso una mano en la nuca de Bill y le atrajo más hacia sus labios, rozando los suyos con la lengua, pidiendo permiso para entrar en la boca ajena.

Sonrió cuando los labios de Bill se separaron y pudo entrar y frotarse contra la lengua que salió a su encuentro, gimiendo por lo bajo sin poderlo evitarlo.

— ¡Caray!—suspiró cuando dieron el beso por finalizado—No me había enterado.

— ¿De qué?—preguntó Bill extrañado.

—De que tenías un piercing en la lengua—contestó Tom riendo.

—Bobo—dijo Bill sacándole la lengua, para que así lo admirara mejor.

—Mejor vete ya, antes de que te coja en mis brazos y….

Dejó la frase sin terminar, ambos sabían muy bien que lo que seguía era “y te haga el amor aquí mismo en la puerta”. Se dijeron adiós con la mano y Bill echó a correr a su casa sin poder dejar de sonreír por todo el camino.

Llegó y con la llave en la mano recorrió el jardín dispuesto a abrir la puerta, cuando una voz le asustó y le hizo pegar un grito.

— ¿Dónde te habías metido?

Se dio la vuelta llevándose una mano al pecho. Sentado en una de las hamacas del porche, le esperaba un malhumorado Andreas.

— ¡Andreas!—exclamó enfadado—Me has dado un susto de muerte, casi me da un infarto.

—Lo siento mucho—se disculpó Andreas con ironía— ¿Cómo te crees que estoy yo? Te vi con tu padre, como te pegaba y echabas a correr. Te llevo esperando desde hace horas, por si necesitabas hablar. Y vienes cuando ya se ha hecho de noche, y sin poder parar de sonreír…

Se quedó callado, esperando a que Bill le dijera algo. Pero solo le vio cruzarse de brazos y quedársele mirando.

—Has estado con Tom, ¿verdad?—preguntó Andreas en voz baja.

—Hemos estado hablando, me quiere ayudar…—comenzó a decir Bill.

—Y yo también, pero no me das ni una oportunidad—estalló furioso Andreas.

—No es que desprecie tu ayuda, Andreas, pero él también lo está pasando mal, y entre los dos nos podemos ayudar…

—No me refiero a esa clase de ayuda—cortó Andreas de nuevo.

Bill le miró con los ojos entre cerrados. Comenzaba a pensar más detenidamente en esa “oportunidad” que le estaba pidiendo su amigo.

—Andreas, nosotros dos no…

—Lo sé, no quieres que la gente nos vea juntos por el que dirán, pero con Tom es bien distinto, ¿verdad? ¿Qué tiene él que no tenga yo?

“Respuestas”—pensó Bill con dolor.

— ¿No quieres contestar? Muy bien, ya sabes dónde encontrarme si quieres hablar…solo hablar…—dijo Andreas antes de darse media y echar a correr.

Bill le vio marchar pero no le llamó. Sentía mucho hacerle tanto daño al único amigo que tuvo desde que llegó al pueblo, el único que se interesó por ese muchacho que sentado aparte miraba al cielo suspirando.

Entró en la casa y subió a su habitación. Se desnudó y se puso el pijama, tumbándose de espaldas en la cama. Cerró los ojos y se puso a recordar cómo fueron los primeros días, cuando su madre pidió el traslado a ese pequeño pueblo por culpa del trabajo de su padre.

Se dedicaba a escribir en el periódico del pueblo, y pensó que les vendría bien un cambio de aires a su familia, huir de la ciudad. Pero nadie pensó en él. Tuvo que dejar su vida atrás, los pocos amigos que tenía y empezar de nuevo en ese pueblo.

El primer día de clase lo odió con toda su alma. La gente se reía de su aspecto y le señalaban con el dedo, hasta que se encontró con Andreas y vio que eran iguales. Comenzaron a hablar y descubrieron que sus gustos eran muy parecidos, e incluso que eran vecinos.

Andreas también se acababa de mudar, fue el primer amigo que tuvo ya no en el pueblo, si no en su vida. Y ahora le había perdido por culpa de un chico, pero es que Tom era tan especial…

Sonrió con los ojos cerrados al recordar esos besos robados, a desear que se volvieran a repetir y esa vez duraran más…

Resopló con los ojos cerrados, la próxima vez Tom querría más,… ¿y él también?

Recordando las palabras de su madre, decidió ir al hospital a la tarde siguiente. Ya no por sí mismo, confiaba plenamente en Tom, pero él era nuevo en eso y le quería demostrar que se podían amar sin miedo.

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—Simone, tienes una llamada—informó Silke.

Simone levantó la mirada del periódico que leía y sonrió a su enfermera, cogiendo el teléfono que tenían en la salita de descanso.

— ¿Hallo?—contestó ahogando un bostezo.

—Espero no molestar—escuchó la cortada voz de Gordon Trümper.

—Señor Trümper—casi se atragantó Simone—No, no molesta en absoluto.

—Gordon, por favor—corrigió Gordon sonriendo—Siento llamarla tan tarde, pero me preguntaba si seguía en pie lo de la cena.

—Mañana si quieres, Gordon. Es mi día libre…

—Entonces no quiero molestarla, seguro que querrás pasar el día con tu hijo—dijo Gordon, no pudiendo ocultar su decepción.

—Mi hijo prefiere pasarse la tarde con sus amigos, no con su madre que le dirá todo el rato lo delgado que está y que no estudia nada—respondió Simone sonriendo—¿Nos vemos a las 8?

—Dame tu dirección, te pasaré a buscar—aceptó Gordon también sonriendo.

Simone se la dio, rezando por lo bajo que su aún marido no se presentara de improvisto y la hiciera un interrogatorio delante de Gordon.

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Anotando la dirección en una libreta, Gordon colgó más satisfecho. Necesitaba hablar con alguien que tuviera un hijo de la edad del suyo, o eso suponía, pues Simone nunca le había dicho la edad de su hijo ni como se llamaba.

Ya se lo imaginaba, un chico también de 16 años, rubio como su madre y sin los problemas de su hijo, pues por lo que había visto esa tarde, entre Tom y su amigo había algo más que amistad, y no es que le molestara, solo que…se lo podía haber contado, no dejar que él sacara sus propias conclusiones.

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A la mañana siguiente le contó a Tom sus planes por encima. Le mintió diciendo que esa noche tenía otra reunión por temas relacionados con el faro y que no le esperara despierto.

Solo obtuvo un gruñido como respuesta, antes de verle coger su mochila y salir por la puerta.

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Esa mañana Bill se fue a clase sintiendo una opresión en el estómago. Era el primer día que iba solo, Andreas no le había querido esperar y no se lo reprochaba. Se sentó en la última fila, solo como al principio. Las clases pasaron rápidas y una vez más se encontró con Tom a la salida.

—Bill, ¿vienes a casa a estudiar?—preguntó guiñándole un ojo.

—Tengo cosas que hacer, ¿qué tal más tarde?

—Vale, quédate también a cenar. Mi padre tiene una de sus reuniones para tratar de salvar el faro, no regresará hasta la madrugada—dijo Tom guiñándole de nuevo un ojo.

Esa era la señal de que debía acudir al hospital con urgencias. Su madre entraba a la noche a trabajar, y con un poco de suerte pedirle a Silke que fuera confidencial. Se despidió de Tom hasta dentro de unas horas y caminó hasta el hospital con paso lento.

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Entró por la puerta de urgencias saludando con la cabeza a la enfermera de la recepción, a la que solo conocía de vista. Recorrió un largo pasillo y fue a parar a una sala de espera, en donde había un mostrador al fondo ante el cual estaba sentada Silke trabajando en el ordenador.

Se acodó en él y esperó sonriendo a que levantase la cabeza.

— ¡Bill!—saludó Silke también sonriendo—Tu madre libraba hoy.

—Lo sé, es que…necesito que me mires una cosa…—empezó a decir agachando la mirada.

Silke asintió sin decir nada y se levantó. Esa tarde la consulta de Simone estaba cerrada, pero ella se había quedado adelantando trabajo y tenía las llaves de su despacho.

Abrió la puerta y dio las luces, dejando pasar a Bill primero. Cerró de nuevo la puerta y vio como se sentaba en la camilla y se quitaba la cazadora que llevaba.

—Bill, si es algo importante tal vez deberíamos llamar a tu madre—empezó a decir Silke mordiéndose los labios—Ella es médico y yo solo enfermera, no sabré si…

—Puedes sacar sangre, ¿no?—cortó Bill.

—¿Para qué quieres hacerte unos análisis?—preguntó Silke algo más calmada.

—Los necesito, y que no le digas nada a mi madre…de momento. Yo hablaré con ella cuando tenga que hacerlo—dijo Bill rezando para que no hiciera más preguntas.

Silke acercó un taburete para quedar a su altura y una bandeja sobre la que descansaba el instrumental.

—Bill, sabes que lo que me digas será confidencial, pero si te extraigo la sangre tengo que saberlo, para saber que buscar—dijo Silke con suavidad.

Bill resopló y se sentó mejor en la camilla, retorciéndose las manos nervioso. Le daba mucha vergüenza decírselo, pero no veía otra salida…

—Yo…puede que esta noche haga el amor, y me quería asegurar, eso es todo—confesó sin atreverse a levantar la mirada.

— ¿Has mantenido alguna relación sexual de riesgo?—preguntó Silke, viéndole negar con la cabeza—Pues entonces puedes estar tranquilo, dile a esa chica que no se preocupe, que podéis mantener relaciones…

—Es otro tipo de relaciones…—murmuró casi sin voz.

—Ah…te refieres con…otro chico—dijo Silke procurando no delatar su asombro.

—¿Podrías tener los resultados en un par de minutos?—pidió Bill levantando la mirada.

Silke asintió suspirando. Se puso unos guantes de látex y anudo una cinta elástica en su antebrazo sin decir nada. Le buscó una buena vena y clavó la aguja con suavidad, llenando un tubito con su sangre.

Le aplicó un algodón y le pidió que se recostara mientras iba al laboratorio y les pedía un favor.

Bill la obedeció y cerró los ojos tumbándose en la camilla sin dejar de apretar el algodón sobre su brazo. Casi se quedó dormido, incorporándose de un salto cuando escuchó que la puerta se abría al cabo de media hora. Por un momento llegó a pensar que era su madre la que entraría, pero pudo suspirar al ver que era Silke y que traía los resultados en una mano.

—Todo correcto—anunció Silke para su alivio—Estás sano como un roble, y…

—Gracias—interrumpió Bill levantándose del todo de la camilla—Por favor, no se lo digas a mi madre, deja que lo haga yo y a mi manera…

—Con una condición—cortó Silke esa vez.

Bill se la quedó mirando sin entender, ¿qué le iba a pedir?

—En lo análisis ha salido reflejado que tienes una ligera anemia, lo que no me extraña sabiendo por tu madre que comes como una lima. Vamos a hacer lo siguiente, yo no le digo nada a tu madre pero tú empiezas a tomarte estas vitaminas, y en unas semanas vuelves para que vea cómo vas.

Se quedó mirando el frasco de plástico que le tendía con unas pastillas azules dentro. No podía negarse, le había hecho un gran favor y su salud estaba en juego, si quería seguir en el grupo. Si su madre descubría lo de su anemia, ya se podía despedir de el y de Tom. Le internaría en el hospital le ataría a la cama y ella misma le daría de comer como si fuera un bebé.

— ¿Bill?—llamó Silke al ver que tardaba en contestar.

—Seguiré tu consejo—dijo al fin cogiendo el frasco que aún le tendía.

Lo metió en el fondo de su mochila y ya se iba a ir cuando Silke le llamó de nuevo.

— ¿Necesitas?—preguntó tendiéndole esa vez un par de condones.

Los cogió sin decir nada, poniéndose un poco más colorado si se podía. Parecía mentira, que no quisiera contar a su madre que iba a hacer el amor, pero que una “extraña” se lo sonsacara y encima le diera algo que necesitaba…

Metió los condones también en la mochila y murmurando un gracias echó a correr de la consulta. Salió del hospital y caminó a casa de Tom con una amplia sonrisa en los labios.

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Echando un último vistazo al espejo, Gordon Trümper asintió satisfecho. Cogió la cartera y se la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta. Salió de su dormitorio y pasó por el de Tom, encontrándoselo tumbado boca abajo en la cama, con un libro de texto abierto y mordiéndose los labios concentrado.

— ¿Va a venir hoy también Bill?—preguntó así de repente.

—Si, luego más tarde. Tenía cosas que hacer—explicó Tom levantando la vista del libro de biología.

—Hay cena de sobra para los dos en la nevera, procuraré no regresar muy tarde—se despidió Gordon.

—Vale—solo dijo Tom volviéndose a enfrascar en el libro.

Gordon esperó a que dijera algo más, pero nada. Suspiró y bajó las escaleras, deteniéndose un momento en la cocina donde tenía su maletín sobre la mesa. Dejó en el unos formularios que le acaban de imprimir esa misma tarde con la información necesaria sobre el faro que trataba por todos los medios que restauraran, pensando que tal vez le interesara leer a la doctora Kaulitz.

Cerró el maletín y salió de la casa. Entró en el coche y 5 minutos después aparcaba delante de una casa blanca. Apagó el motor y se quedó observando el barrio donde vivía la doctora, uno de los mejores del pueblo, aunque siendo tan pequeño y siendo todo casas familiares, no se diferenciara un barrio de otro…

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—Lo siento Andreas, no veo a Bill desde esta mañana—dijo Simone con pesar.

Se estaba terminando de arreglar cuando llamaron a la puerta. El mejor y único amigo de su hijo se arrastraba a pedir perdón, sintiendo que se había pasado el día anterior.

Le soltó de golpe sus sentimientos, echándole en cara que prefiriera otras compañías a la suya. En esa mañana en la que había pasado todo el tiempo esquivándole, se sintió muy mal. Bill estaba pasando por un mal momento y le hacía cargar encima con sus sentimientos, que nunca fueron correspondidos desde el primer momento que se conocieron.

—Estará en casa de Tom—murmuró Andreas decepcionado.

— ¿Tom?—preguntó Simone arrugando la frente.

—Un chico de otra clase, le ayuda con los deberes—explicó Andreas.

—Vaya, no sabía nada—murmuró Simone esa vez.

¿Sería ese tal Tom el chico que había conquistado a su hijo? Ya se lo preguntaría cuando le viera, incluso le diría que lo trajera a casa algún día, prepararía una cena para conocerlo…

—Veo que iba a salir y solo la entretengo. Si ve a Bill, dígale que lo siento y que mañana nos vemos—se despidió Andreas.

—Lo haré, ¿habéis discutido?—preguntó Simone preocupada.

—Un pequeño roce, no se preocupe que no es nada—tranquilizó Andreas, abriendo él mismo la puerta.

Salió de la casa y echó a andar cabizbajo con las manos metidas en los bolsillos, sin percatarse del coche que estaba parado en la acera y cuyo ocupante le observaba con el ceño fruncido pensando en lo raro que era el hijo de Simone Kaulitz.

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Observando cómo se alejaba el muchacho, Gordon se bajó del coche y echó a andar a la casa, preguntándose cómo podía Simone permitir que su hijo vistiera así, por no hablar de su pelo oxigenado. Aunque viendo al “amigo” que se había echado su amigo, en donde su pelo y maquillaje era lo único más atrevido, el hijo de Simone Kaulitz era 10 veces peor.

Aunque no se podía quejar, su hijo no se quedaba corto. A los 12 años convenció a su madre, sin mucho esfuerzo pues Lacey le daba todos sus caprichos, de que le dejara hacerse rastas en el pelo, y luego vino el piercing del labio. Al menos no le había ido con un tatuaje, cosa que a la que él se oponía con todas sus fuerzas.

Respiró hondo y llamó a la puerta, sonriendo cuando Simone la abrió al momento.

—Ya estoy lista—dijo Simone cogiendo su chaqueta.

Gordon sonrió y le ayudó a ponérsela. Le abrió también la puerta del coche y partieron camino del único restaurante que había en el pueblo…

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La cena estaba transcurriendo con normalidad, Gordon no paraba de hablarle del trabajo que le estaba costando reunir las firmas necesarias para lograr que no derribasen su amado faro.

Simone escuchaba entusiasmada. Adoraba el faro, cuando su matrimonio comenzó a ir mal, solía dar largos paseos hasta el acantilado y se le quedaba mirando, viendo como las olas golpeaban con violencia las rocas amenazando con derribarlo.

—Si puedo ayudar en algo…—se ofreció Simone.

—Cuantas más manos, mejor—dijo Gordon sonriendo—Esta misma tarde me imprimieron unos folletos, puedo pasarte uno y así entiendes lo importante que es que se mantenga en pie.

—Me gustaría leerlos, si—asintió Simone.

—Los tengo en casa, podíamos pasar un momento antes de dejarte en la tuya—dijo Gordon.

— ¿Estás seguro? Estará tu hijo, y le puedo traer malos recuerdos—dijo Simone pensativa.

—Le he explicado que hiciste todo lo posible por salvar a su madre, que Lacey no podía estar en mejores manos—confesó Gordon.

Simone asintió, y tras dejar que Gordon pagase la cuenta, salieron del restaurante y se montaron en el coche. Llegaron a su casa y Gordon le abrió la puerta para que entrara ella primero.

—Los tengo en la cocina, ahora vengo—dijo señalando el salón con una mano.

Vio como entraba en el y corrió a la cocina. Sobre la mesa estaba su maletín tal y como él lo había dejado, quitando una tarjeta blanca que su hijo habría dejado sobre el. La cogió y leyó con la frente arrugada.

— “Jörg K. Periodista”

Se la guardó en el bolsillo al tiempo que sacaba un folleto del maletín y se dirigía al salón.

—Ve leyéndolo mientras subo a ver a mi hijo un momento—pidió tendiéndoselo.

—Primero llamaré al mío, se ha hecho tarde y no quiero preocuparle—explicó Simone cogiendo su móvil.

Gordon asintió camino ya de las escaleras. Las subió con rapidez…para bajarlas al cabo de un minuto blanco como el papel.

—Mi hijo no me coge el móvil—murmuró Simone saliendo a su encuentro.

—Simone, lo siento pero…ha pasado algo y debo quedarme en casa—se disculpó Gordon tratando de no elevar la voz—Te llamo un taxi y mañana hablamos.

— ¿Va todo bien?—se interesó Simone preocupada.

—Si, no es nada…siento echarte así, mañana te llamo—insistió Gordon suplicándole que se marchase con la mirada.

Simone asintió y se despidió levantando una mano, mientras que con la otra trataba de ponerse en contacto de nuevo con su hijo. Arrugó la frente al escuchar a su espalda la misma melodía que su hijo tenía en su móvil.

Se giró con rapidez, no esperando encontrarse a su hijo en esa casa, bajando las escaleras de la mano del hijo de Gordon.

— ¿Bill?—llamó extrañada.

— ¡Mamá!—susurró su hijo casi atragantándose.

Continúa…

por lyra

Escritora del fandom

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