«Bill y Tom, el amor de dos inocentes». Por lyra
5. Una oportunidad
Los días siguientes a la marcha de su padre fueron de los más extraños. Acostumbrados a verlos siempre juntos y riendo, cada vez que su padre iba a casa a seguir llevándose sus cosas, su madre procuraba no estar en ella y si coincidían aunque solo fueran por unos minutos, su padre simplemente la ignoraba y fruncía el ceño.
Mientras, él lo veía todo escondido en las escaleras de nuevo, como si fuera un niño pequeño que se levanta a media noche tratando de pillar a papá Noel dejando sus regalos.
Su padre pasaba por su lado y le alborotaba el pelo con las manos, pero nada más. Quizás aún seguía enfadado con él desde que le confesara su homosexualidad. A su madre se lo dijo el día en que descubrió que le atraían los chicos y recibió todo su apoyo. A su padre unos meses después, cansado de escucharle decir que la vecinita de enfrente estaba de muy buen ver y no le quitaba los ojos de encima cada vez que pasaba a su lado.
Se lo dijo y pudo ver con sus propios ojos cómo le había decepcionado. Su madre intervino de nuevo, habló con su padre haciéndole ver que su hijo era feliz así y ellos solo deberían apoyarle y mostrarle su cariño, pero para su padre fue como si hubiera dejado de existir y comenzó a ignorarle tal y como hacía en esos momentos con su madre.
Esa tarde estaban los dos solos en la casa, su madre tenía de nuevo guardia y su padre aprovechó para llevarse el ordenador. Bill se encontraba encerrado en su habitación, tratando de hacer los deberes sin escuchar como su padre se peleaba por bajarlo todo al mismo tiempo por las escaleras y así no tener que dar dos viajes.
Cerró los ojos y maldijo por lo bajo cuando le escuchó llamarle. Suspiró y se levantó de la cama, dejando un lapicero entre las páginas del libro que estaba leyendo para que no se le cerrara. Se calzó las playeras y salió al rellano de las escaleras.
— ¿Si?—preguntó como si no supiera para qué le había llamado.
—Deja de hacer el vago y échame una mano—ordenó Jörg jadeando.
—Estaba estudiando—explicó Bill dando un paso.
Ignorando sus palabras, le entregó la pantalla del ordenador y el cargó con lo demás.
—Cuidado no la dejes caer—pidió Jörg con tono duro.
Tragándose lo que pensaba, bajó las escaleras y salió de la casa. Caminó hasta la entrada del jardín donde estaba el coche de su padre con el maletero abierto. Esperó a su lado mientras lo metía todo y le entregó su carga suspirando aliviado.
—Dile a tu madre que mañana vendré a por el resto—murmuró Jörg dando la vuelta al coche.
— ¿Vas a dejarnos algo o tendremos que empezar a comprar muebles nuevos?—no pudo evitar preguntar Bill.
Jörg se volvió dispuesto a contestarle, pero al ver que se acercaba alguien simplemente le ignoró de nuevo y se metió en el coche, arrancando y alejándose del raro de su hijo.
—Hey, Bill—saludó una voz.
Se volvió y olvidándose por unos momentos de su padre, sonrió al recién llegado y estrechó su mano.
—Andreas, llegas en el momento adecuado—dijo suspirando.
—Si, desde la ventana te vi hablar con tu padre y me imaginé que me necesitarías a tu lado—sonrió Andreas.
—Eres el mejor amigo que tengo. Vamos, entremos en casa y coloquemos todo lo que ha desordenado mi padre antes de que mi madre vuelva y se eche a llorar de nuevo—dijo Bill con pesar.
— ¿Qué ha sido esta vez?—preguntó Andreas entrando en la casa.
—El ordenador, suerte que el portátil me lo regaló mi madre, si no de fijo que también se lo llevaba—explicó Bill.
Pasaron la tarde limpiando y tras dejar las escasas cosas más o menos en su sitio, bajaron a la cocina y se hicieron la cena.
— ¿Aún no has ido a ver la nueva casa de tu padre? —preguntó Andreas con la boca llena.
—No, ni pienso ir—contestó Bill de igual manera—Le dio a mi madre la dirección por si pasaba algo, como el que se traspapelaran los papeles del divorcio. Suerte que no ha pedido mi custodia, porque no pienso ir a vivir con él ni en sueños.
Andreas miró a su amigo con pena. Sabía lo mal que lo estaba pasando, mucho antes de sus padres decidieran divorciarse de la noche a la mañana. Le contó que era gay y le apoyó al igual que su madre, pero su padre….no se esperaba que reaccionara de esa manera, tratando a su propio hijo como si fuera un bicho raro.
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Estaban terminando de cenar cuando Simone llegó del hospital. Sonrió al ver al mejor amigo de su hijo y se sentó a la mesa mientras entre los dos le preparaban algo de cena.
Estaba agotada, y en el trabajo las cosas no iban muy bien. Le había llamado el director del hospital, queriendo saber con exactitud que pasó realmente la noche que Lacey Trümper murió. Volvió a revivirlo todo, la impotencia que sintió por no poder hacer nada para salvarla y luego el dolor al ver como su marido la dejaba.
Le contó todo lo que recordaba, haciendo hincapié en que ese hospital no contaba con los medios suficientes para atender una urgencia de esas características. Debió haberse quedado callada, en esos momentos el director casi la acusó de homicidio, diciendo que lo que debería haber hecho fue estabilizarla mientras llegaba el helicóptero que la trasladaría al hospital de la ciudad más cercana.
Por más que insistió en que la paciente habría muerto por el camino, sus palabras no fueron escuchadas y vio como le abrían un expediente. Su carrera pendía de un hilo por culpa de esa mujer, que no se conformó con quitarle a su marido.
—Mamá, ¿estás bien?—preguntó Bill al ver la expresión de su cara.
—Si, cariño. Solo algo cansada—mintió Simone.
—Mejor me voy a mi casa, se ha hecho ya tarde—murmuró Andreas sabiendo que sobraba.
Se despidió de su amigo y echó a correr a la casa de al lado, donde vivía desde que se mudaron al barrio hacía ya un año. Recordaba lo mal que lo pasó los primeros días, vivir en un pueblo tan…”arcaico”. Su aspecto no pasaba desapercibido, teñido el pelo de rubio platino y siempre con ropas oscuras que lo acentuaban.
Hasta que se cruzó en el camino de su vecino. Se miraron y vieron que eran muy parecidos, cada uno con su aspecto y criticados por los demás vecinos. Enseguida congeniaron y se hicieron inseparables, incluso compartían clase y si no fuera por el otro se pasarían las horas sin hablar con nadie.
—Acuéstate ya, yo friego los platos—se ofreció Bill levantándose.
Simone se lo agradeció con una sonrisa y subió a su habitación, dejando que su hijo recogiera la cocina en silencio.
Terminada la tarea, Bill se secó las manos y subió a acostarse él también. Sobre la cama continuaba el libro tal y como lo había dejado, no había vuelto a terminar de hacer los deberes y ya era tarde para ponerse. Cogió el libro encogiéndose de hombros, ya los estudios le daban igual.
Lo metió en su cartera con los demás que no había sacado de ella y se puso el pijama dispuesto a acostarse. Abrió la cama y se tumbó de espaldas. Pero no podía cerrar los ojos, su mente trabajaba, pensaba en el poder que ejercía una sola mujer, y encima estaba muerta.
Por culpa de la tal Lacey Trümper su vida se había ido a la mierda. Sus padres se habían divorciado en un tiempo record y a él le tocaba aguantar la frialdad de su padre y la tristeza de su madre.
Le gustaría saber algo más de esa mujer, como era y a que se dedicaba. Por lo que escuchó la noche que su madre contó lo sucedido a su padre, estaba casada y tenía un hijo. ¿Sería de su edad? ¿Más mayor? ¿Menor?
Suspiró y se dio la vuelta. Qué más daba como fuera, a él no le importaba nada.
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Al día siguiente salió de casa tomándose por el camino una tostada que su madre le había obligado a coger, preocupada porque últimamente no comía nada. Cansado de escucharla, la cogió para que se callara, pero una vez doblada la esquina la tiró en la primera papelera que vio.
— ¿Haciendo trampas?—escuchó una voz.
Pegó un bote y maldijo al ver a su amigo. Le había estado espiando y le había dado un buen susto. Le pegó un ligero codazo y siguió caminando hacia clase.
—Bill, no comes nada—le riñó Andreas con suavidad.
—Gracias, mamá—se burló Bill en voz baja.
—No la tomes conmigo, solo me preocupo por ti—dijo Andreas enlazando el brazo en el de su amigo.
Trató de soltarse, pero Andreas afirmó el agarre y no le quedó más remedio que caminar el resto cogidos del brazo, pero una vez llegados cerca del colegio, se soltó y alejó dos pasos de su amigo.
— ¿Qué?—preguntó Andreas al verle caminar más deprisa.
—No quiero que la gente hable—murmuró Bill mirando a ambos lados.
—Sabes que me da igual lo que estos pueblerinos piensen de mí—rió Andreas.
—Pues deberías, ya llamamos la atención con nuestras pintas, no les demos más temas de conversación—negó Bill con la cabeza.
Andreas suspiró resignado y caminó en silencio a su lado. Era él quien más llamaba la atención, con sus vaqueros ajustados, pelo encrespado y maquillaje exagerado. Si tanto le importaba el que diría, ¿por qué no se vestía menos…provocativo?
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Pasaron la mañana tratando de atender en clase, sentados como siempre en la última fila sin levantar cabeza. A la hora de la salida suspiraron aliviados cuando pudieron al fin escaparse, uno de los profesores había sacado a Bill y le riñó delante de toda la clase por no llevar aprendida la lección. Le castigó como un niño pequeño a escribirla 20 veces y le mandó una nota a su madre.
Guardando la nota en el fondo de su mochila, se apresuró a seguir a su amigo esquivando miradas y risas. Le vio en mitad del pasillo, parado ante el tablón de anuncios. Se puso a su lado mientras cerraba del todo la cartera, esperando que terminara de leer lo que fuera y se pudieran ir a casa enseguida.
— ¡Mira!—exclamó Andreas de repente—Buscan un cantante.
Al escuchar la sagrada palabra, alzó la cabeza con rapidez y fijo la vista en el anuncio que su amigo le señalaba.
—Espera, no—negó Andreas—Este grupo no vale la pena.
— ¿Por qué no?—preguntó Bill sin entender.
—Es el grupo de unos chicos de la clase de al lado—explicó Andreas—El de Tom Trümper.
— ¿Tom Trümper?—repitió Bill en voz baja.
—Si, el chico ese de las rastas, el que perdió a su madre hará unos meses—siguió diciendo Andreas como si nada.
Se movió con rapidez, cogió la nota del tablón y la guardó con más cuidado que la que le habían dado para su madre. Echó a andar a la salida sin ver si su amigo le seguía o no.
—Bill, ¡espera!—gritó Andreas corriendo tras él.
Le costó alcanzarle y en vista que estaban lejos del colegio enlazó su brazo de nuevo con el de su amigo.
—No me digas que te interesa—murmuró Andreas jadeando.
—Buscan un cantante, y yo canto—dijo Bill sin más.
No dijeron nada más. Uno estaba convencido en hacer una prueba para el grupo, y el otro de que estaba loco. ¿Cómo le iban a coger si le daba vergüenza cantar en público?
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Llegaron a sus casas y se despidieron más tarde, Bill iría a contarle como le había ido la prueba y a tratar de entender las ecuaciones con su ayuda. Entró en su casa encontrándola vacía. Su madre estaba en el hospital, y su padre ya se había llevado lo que se tuviera que llevar.
Se calentó en el micro ondas la comida que su madre le dejó preparada antes de irse esa mañana y comió el solo en la cocina. Dejó en la pila los paltos usados para lavarlos más tarde y tras retocarse maquillaje y peinarse el pelo para que le cayera liso sobre los hombros, salió de casa en busca de Tom Kaulitz.
Llevaba en la mano la nota que cogió del tablón, en ella venía la dirección de un tal Georg y hacia allí fue. Encontró la casa al cabo de media hora pero no entró. En el jardín delantero había tres chicos dormidos. Reconoció a Tom en cuanto vio una mata de rastas salir debajo de la gorra que llevaba.
Se encaminó hacia él y esperó. Le daba cosa despertarlo, pero cuando se lo estaba pensando le vio moverse, quedándose boca abajo suspirando.
—Perdona, ¿es aquí donde buscáis un cantante? —se apresuró a decir.
Le vio girarse con pesar y tratar de mirarle, pero tuvo que cerrar los ojos cuando el sol le dio en toda la cara. Le vio mirarle a través de sus pestañas, aguantando incómodo el reconocimiento que le hizo de arriba abajo con todo descaro
—Depende—contestó Tom sonriendo— ¿Tienes nombre, o te debo llamar guapa?
—Me llamo Bill, y soy un chico—contestó para su asombro.
Continúa…
Como se ve, este capitulo es casi lo mismo que el anterior pero versión Bill.