«Bill y Tom, el amor de dos inocentes». Por lyra
9. Pagando el precio
Pasaron el resto de la tarde sentados sobre las rocas, observando cómo se ponía el sol y se escondía tras ese mar embravecido.
Suspirando acomodándose mejor en los brazos de Tom, Bill le escuchaba con los ojos cerrados. Su amigo necesitaba desahogarse, y él simplemente le escuchaba. Le contaba que ese lugar era especial para su padre, que en ese mismo faro que se alzaba abajo en la playa conoció a su madre y desde entonces no se habían separado.
— ¿Sabes? La mujer que lo cuidaba aún vive—explicó Tom estrechándole con más fuerza en sus brazos—Vive en la residencia de ancianos, mi madre iba mucho a verla y hablaba con ella.
— ¿Por qué no vas tú también? —preguntó Bill levantando la cabeza.
— ¿Para qué? —preguntó Tom extrañado.
—Según dices, conocía muy bien a tu madre, te podría contar cosas de ella que ni tú ni tu padre sabéis.
—Me gustaría saber que pasó para que cambiara la actitud de mi madre—dijo Tom suspirando—Te conté que nunca antes había visto a dos personas tan enamoradas, pero la verdad es que últimamente estaban muy distanciados, ni se hablaban ni se miraban. Llegué a pensar que se iban a divorciar, y tuve mucho miedo…
—En casa pasó igual. Mi padre llevaba unos meses actuando de una manera muy extraña, y eran continúas las peleas y discusiones con mi madre. Una simple noche nos abandonó—explicó Bill bajando la voz.
“La misma noche que tu madre murió” —pensó con dolor.
Tom suspiró sin dejar de abrazarle. Sentía muy cercano el dolor de su amigo, su padre estaba vivo, si, pero escuchaba el dolor en su voz, veía la tristeza en s mirada…
—Será mejor que volvamos a casa—dijo Bill de repente—Se está haciendo de noche, y tu padre debe estar preocupado.
—Lo dudo—respondió Tom suspirando.
Se puso en pie y le tendió una mano para ayudarle. Caminaron de regreso al pueblo en silencio. Su casa era la primera y cuando llegaron a dos manzanas de ella, se detuvieron y esa vez fue Bill quien le besó en los labios.
—Procura descansar y dormir algo—dijo Bill con tono preocupado—Mañana nos vemos en clase.
—Si tienes alguna duda más sobre mates, ya sabes dónde encontrarme—murmuró Tom guiñándole un ojo.
Bill se echó a reír a carcajadas, lo que le arrancó a Tom una sonrisa.
—De acuerdo, pero la próxima vez estudiamos en la cocina—aceptó Bill sin dejar de reír.
Se dieron un último beso de despedida y Tom echó a correr hacia su casa mientras que Bill caminaba hacia la suya. Su madre estaría trabajando en el hospital y tendría la casa para él solo, como solía ocurrir todas las noches. Apenas se veían, quería saber que tal estaba después de haber hablado con el padre de Tom.
Nada más entrar subió a su habitación y se encerró en ella. No tenía ganas de cenar, pero recordando que había hecho una promesa y el grupo dependía de ella, bajó a la cocina resoplando.
En la nevera le esperaba un plato con su cena, y una nota de su madre pegada a la puerta.
“Cómetelo todo, cariño. Duerme bien, nos vemos mañana”
Suspiró resignado y se calentó la cena, que se comió con la mirada perdida, recordando esos besos que él y Tom se habían dado, y sonriendo sin poder evitarlo.
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Al día siguiente se levantó de buen humor, y cuando bajó a la cocina a desayunar su madre estaba ya en casa. La saludó con un beso en la mejilla y se sentó mientras le preguntaba qué tal le había ido la guardia.
—Aburrida, como siempre—explicó Simone suspirando—A veces me pregunto qué pintamos tú y yo en este pueblo. No nos ata nada, podíamos volver a Alemania…
— ¡No!—se apresuró a decir Bill—Mamá por favor, quedémonos.
—Bill, vine aquí por tu padre, y tal y como están las cosas…en Alemania ganaba más que aquí, y el trabajo era mejor…
—Aquí las cosas no son tan caras, y tu trabajo mejorará. Por favor mamá, no me hagas volver a mudarme, tendría que dejar atrás a mis amigos, y ya sabes lo que me cuesta hacer nuevos—suplicó Bill a punto de llorar.
Simone escuchó la desesperación en la voz de su hijo y asintió. Lo había dicho sin pensar, le gustaba mucho el pueblo, era una vida más tranquila a la que llevaba en Alemania, donde reinaba el caos mirara donde mirara.
—Vete tranquilo a clase, que de aquí no nos vamos—dijo para animar a su hijo.
Bill se levantó de inmediato y corrió a su lado, abrazándola con fuerza y besándola en la mejilla.
—Gracias…gracias…—repetía entre risas.
Simone miró extrañada a su hijo. Había cambiado de la noche a la mañana. Le notaba raro, más ilusionado…
— ¿Qué ha pasado?—preguntó sin soltarle.
—Nada—respondió Bill sin saber el porqué de su pregunta.
—Te veo con mejor aspecto, y me gustaría saber si es por algo especial—insistió Simone.
—Yo…he conocido a un chico, y…—empezó a decir Bill en voz baja.
— ¡Cariño! Eso es magnífico, ¿por eso no te querías ir de aquí? —preguntó Simone sonriendo.
—En parte, si—contestó Bill de igual manera.
— ¿Le conozco? ¿Cuánto tiempo lleváis saliendo?—preguntó Simone atosigando a su hijo.
—No, no le conoces—respondió Bill suspirando, pues era verdad en parte—Y de momento nos estamos conociendo, es pronto para decir que estamos saliendo.
—Bill, ahora te hablo como médica que soy. Antes de hacer nada, asegúrate de que está sano y no tiene alguna enfermedad de transmisión sexual, y protégete como es debido—dijo Simone con firmeza.
—Mamá, ¡por favor!—resopló Bill soltándose de su abrazo.
—Bill, prométemelo—insistió Simone—Antes de…hacer nada, pásate por el hospital con tu amigo. Os haré un chequeo a los dos y así todos nos quedamos más tranquilos.
Bill se lo prometió entre dientes solo para que le dejase irse a clase. ¿Cómo podía pedirle eso? Esas cosas no se planeaban, si una buena noche surgía el tema, no le iba a llevar cogido del brazo a presentarle primero a su madre antes de hacer el amor.
Además, cuando Tom viera quien era, se iba a negar en rotundo y a él le daría la patada….no, de ninguna manera debía hacer que su madre y Tom coincidieran…
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Salió corriendo de la casa, se le había hecho tarde. Por el camino alcanzó a Andreas, sintiéndole algo distante. Ni le cogía del brazo como solía hacer ni bromeaba con él.
— ¿Te pasa algo? —preguntó cuando ya estaban llegando a clase.
—La verdad, si—contestó Andreas algo enfadado—Me has abandonado, Bill.
—Eso no es cierto, eres mi mejor amigo y siempre estaré a tu lado—afirmó Bill cogiéndole del brazo.
—Es que…desde que hiciste la prueba te noto distante, y ayer por ejemplo, habías quedado con el tal Tom para estudiar mates. Te estuve llamando toda la tarde y no estabas en casa—le echó en cara.
—Salimos a dar una vuelta tras estudiar, Tom necesitaba hablar—explicó Bill por encima—Tiene problemas en casa y lo está pasando mal. No te enfades, por favor. Esta tarde haremos planes, solo tú y yo.
—Cuidado, que eso ha sonado…—comenzó a decir Andreas riendo.
Bill le pellizcó e el bazo con cariño y le soltó. Recorrieron el largo pasillo que les llevaba a su clase, encontrándose en el camino a Tom y sus amigos. Andreas entró en clase, dejando que Bill hablara con ellos.
— ¿Qué tal?—preguntó Tom con una sonrisa.
—Nervioso, tengo examen de mates a primera hora—explicó Bill.
—Lo harás muy bien, ya verás—le animó Tom.
El timbre les hizo separarse, y pasaron la mañana casi sin verse. Llegada la hora del almuerzo, Bill dio un gran paso y le pidió a Andreas que se sentaran con ellos.
—Te los presentaré, ya verás cómo les caes bien—aseguró Bill.
—No sé yo, siempre nos han mirado de una forma rara—resopló Andreas.
—Ellos y el resto del colegio, pero ya sabes que pueden pensar lo que quieran. Pero sé con certeza que Tom, Georg y Gustav son muy simpáticos y no te juzgarán—dijo Bill con firmeza.
Andreas le siguió no muy convencido. Bill le presentó primero a Tom, y Tom a sus amigos, que enseguida le hicieron un hueco. Se pasaron la hora de la comida hablando de música, hasta que el timbre les hizo volver a clase.
—Ven a vernos cuando empecemos los ensayos—invitó Georg a Andreas.
—Si, podrías ser nuestro manager—bromeó Gustav sonriendo.
—Lo tendré en cuenta, no sabes la de contactos que tengo—afirmó Andreas muy serio.
Se despidieron de ellos y terminaron las clases. Regresaron a sus casas más animados, sonriendo hasta que al llegar a la de Bill vieron como su padre salía llevando una caja en sus brazos.
—Nos vemos más tarde—murmuró Bill sin mirar a su amigo.
Echó a andar hacia el coche de su padre sin esperar respuesta alguna por parte de su amigo.
—Papá—saludó al llegar a su altura.
—Bill—respondió Jörg muy seco.
Abrió el coche y metió en el maletero la caja en la que había metido las últimas cosas suyas que quedaban en esa casa. Lo cerró con suavidad y se quedó mirando a su hijo.
— ¿Querías algo?—preguntó Jörg con tono cansado.
—A mamá le ha llamado el marido de esa mujer que murió la noche que te fuiste de casa—soltó Bill sin aliento.
— ¿Qué quería?—preguntó Jörg poniéndose tenso.
—Saber cómo había muerto, al parecer el hijo culpaba a mamá de haberla matado, ¿piensas tú igual?—se atrevió a preguntar Bill.
—Pero… ¿cómo puedes decir semejante barbaridad?—estalló Jörg.
—Entonces dime porque te has ido de casa—exigió Bill—Una buena noche mamá te dice que tu ex amante ha muerto y tú nos abandonas. ¿Nos quisiste alguna vez? ¿O estabas con mamá porque no te quería esa otra mujer?
Jörg no se lo pensó dos veces antes de abofetear a su hijo. Se le quedó mirando jadeando, mientras recobraba el aliento, viendo como se llevaba una mano a la mejilla lastimada y le miraba con los ojos llenos de odio y rabia.
—Bill…lo siento, pero hablas de cosas que un niño no puede entender—dijo Jörg tratándose de justificar.
—Soy lo bastante mayor para saber que eres el peor padre que he podido tener—confesó Bill antes de echar a correr.
Dejó que sus pies eligieran el camino, como si no lo supiera su corazón. En menos de 15 minutos llamaba a la puerta de la casa de Tom sin dejar de secarse esas lágrimas que le bajaban por la cara.
— ¡Bill!—exclamó Tom nada más abrir la puerta— ¿Qué pasa?
No obtuvo ninguna respuesta, solo pudo acoger en sus brazos a su amigo cuando se le echó en ellos rompiendo a llorar con más fuerza. Le hizo entrar en la casa y con un pie cerró la puerta. Le llevó al salón y se sentó con él en el sofá, frotándole la espalda mientras que esperaba a que dejara de llorar.
— ¿Me lo quieres contar?—preguntó en voz baja cuando le sintió parar.
—No—murmuró Bill enterrando la cara en la curva de su cuello.
Suspiró y Tom se estremeció al sentir como le echaba su cálido aliento. Levantó una mano y le acarició una de sus mejillas bañadas en lágrimas, sintiéndole gemir por lo bajo.
— ¿Bill?—llamó preocupado.
Suspiró de nuevo y alzó la cara, cerrando los ojos al sentir como Tom ahogaba una maldición por lo bajo cuando le vio su mejilla magullada.
— ¿Quién te ha pegado?—preguntó Tom volviéndosela a acariciar, esa vez con más suavidad.
—Mi padre—contestó Bill en voz baja, estremeciéndose bajo su contacto.
— ¿Por qué?—preguntó sorprendido Tom, no creía capaz a Bill de hacer o decir algo que se mereciera una bofetada.
Bill se encogió de hombro como respuesta. ¿Qué le iba a decir? ¿Qué le acusó de querer más a su madre muerta?
—Ven, vamos a la cocina—dijo Tom ayudándole a levantarse—Hay que poner algo frío para que se baje la hinchazón.
Bill se dejó hacer. Dejó que le cogiera por la muñeca y le hiciera sentar en una silla, desde la que observó como humedecía un trapo de cocina y se lo aplicaba con suavidad en la mejilla lastimada.
— ¿Mejor?—preguntó Tom con una sonrisa.
Asintió mordiéndose los labios, se moría por hacerle una delicada pregunta que tal vez le sentaba mal a su amigo….
— ¿Si?—le animó Tom a hablar, viéndole que dudaba.
—Me preguntaba… ¿alguna vez te pegó tu madre?—preguntó en voz baja, sin atreverse a mirarle.
—No, nunca—respondió Tom con rapidez—Era la mejor madre que podía tener. Y mi padre jamás me ha levantado tampoco la mano.
—Siento haberlo preguntado—se disculpó Bill.
—No pasa nada, tranquilo—dijo Tom sonriéndole.
Se quedaron unos minutos en silencio, hasta que Bill sintió que podía volver a casa sin echarse a llorar. No quería preocupar a su madre, le vería en ese estado y enseguida llamaría a su padre para pedirle explicaciones. Volverían a discutir y al final sería su madre la que lloraría.
— ¿Te quieres quedar un rato más?—preguntó Tom de repente.
—La verdad, no me apetece volver a casa todavía—contestó Bill suspirando.
—Pues te quedas a cenar—dijo Tom con firmeza—Podemos ver un rato la tele, o hablar de lo que quieras. Tú eliges.
—Me da igual, cualquier cosa menos estudiar—dijo Bill logrando sonreír.
Tom le imitó y retiró el paño, viendo como su mejilla solo estaba un poco sonrosada. Fueron al salón de nuevo, pero no encendieron el televisor. Como quien no quiere la cosa, Bill comenzó a preguntarle cosas de su infancia, y Tom le respondía con una sonrisa, recordando una vez en la que su madre se lo llevó a la playa cuando él tenía 10 años. Estaban los dos solos, y se lo pasaron muy bien.
—Tal vez ahí ya empezaban a ir las cosas mal—murmuró poniéndose serio—Mi madre y yo hacíamos muchas cosas, pero los dos solos. Mi padre siempre estaba trabajando, más desde que supo que querían tirar el faro en el que él y mi madre se conocieron. Desde entonces hace lo que puede para impedirlo, recoge firmas, y bueno al principio mi madre le ayudaba pero de repente dejó de hacerlo. Era como si el faro ya le diese igual, incluso una noche la oí comentar que era hora de que si el mar lo quería derribar, que lo hiciera, que no había que aferrarse a los recuerdos…
Bill tomaba nota mental de sus palabras. Debía buscar toda la información posible acerca del faro, tal vez en Internet. Eso le ayudaría a comprender mejor el comportamiento de la madre de Tom.
—Y luego estaban las obras sociales de mi madre—seguía Tom explicando—Además de ayudar en el centro de mujeres maltratadas, iba una vez a la semana a la residencia de ancianos y les llevaba algunas revistas viejas y cosas por el estilo.
—La echarán mucho de menos—murmuró Bill.
—No la conocías bien, era muy querida en el pueblo porque se ofrecía a ayudar a los demás sin pedir nada a cambio—dijo Tom sonriendo.
Bill se quedó en silencio pensando en sus palabras. ¿De qué manera había ayudado a su padre? Le costó su matrimonio, ¿acaso eso no era ya pedir demasiado?
Continúa…