Irreversible 10

Maybe you’re the same as me
we see things they’ll never see
you and I are gonna live forever

Oasis ~ Live forever

Fic TOLL de Aelilim 

Capítulo 10: Destinado a ser III (De la cotidianeidad a…)

Tom miró con satisfacción su labor. Había terminado de pintar la última pared de la sala y se encontraba poniéndolo todo en su lugar. Bill no había aceptado muy feliz cada cambio, únicamente dejándole fácil ganar la batalla de desechar la alfombra manchada de sangre, sin embargo, al emerger de su habitación y ver el resultado final, sonrió. La decoración seguía siendo minimalista pero los sillones de cuero blanco reinaban en una estancia repleta de diversos colores de tonos suaves. Era agradable.

—No está mal —dictaminó Bill, todavía sonriendo y dando su visto bueno.

—Por supuesto que no. —En sí, Tom mismo se sorprendía de lo bien que había quedado—. Quizá pueda buscar trabajo de decorador de interiores y hacerme una profesión de eso.

Tanto Bill como él rieron. Era una buena broma, por donde quisiera mirarse. Tom había renunciado a buscar una ocupación que le agradara lo suficiente y para la que fuera apto. Pero no había estado sin hacer nada. Sorprendentemente, un día cualquiera que había sentido esa frustrante picazón en los dedos por hacerse de un carboncillo y una superficie en la cual dibujar, no se había quedado postrado ni la inspiración se le había diluido, por lo que había recurrido al material que estaba en el fondo de la caja que se había traído de la casa de sus padres junto con sus dibujos viejos y esbozó de manera casi perfecta la vista desde uno de los ventanales.

—Vaya —había dicho Bill sobre su hombro, recién llegado de trabajar—. Es muy bueno, pero tú ya sabes que tienes talento… ¿Me lo regalas?

Bill había hablado con una sonrisa y un brillo de orgullo bailando en sus ojos. Tom le regaló ese boceto, sin embargo, había sido reservado con los siguientes. Porque hubo siguientes, encontrando que aquel impedimento que le había dejado entumecido y vuelto incapaz de crear se había esfumado, así que desde que se había mudado se había entretenido en dibujar, pintar y desbaratar la jaula inmaculada que era el piso.

Al pensar en la inercia en la que se había estado ahogando al trabajar en un cubículo y aparentar tener una relación perfecta con Leah, el tiempo remitiéndose a escurrirse entre sus manos sin que se percatase, se estremecía. Ese era la razón principal por la que dejar el departamento en el que había vivido unos cuantos años había sido tan fácil, de la misma forma que solo conservar el mobiliario básico para amoblar su dormitorio, y, primordialmente, abandonar la cotidianeidad tan conocida y opresiva había sido tan liberador.

—Gracias. —Habían pasado unos minutos desde que las risas habían muerto. Bill enarcó una ceja, sin dejar de frotar la mancha de pintura que tenía en la punta de la nariz—. No lo arruines preguntando por qué —añadió con una sonrisa.

—Como quieras —dijo, encogiendo los hombros y avisándole que tenía asuntos que atender. Era media tarde y el sol estaba oculto tras unas nubes, como pudo ver Tom de reojo. Era temprano.

—Yo también debo irme, he quedado con Gustav. ¿Nos encontramos aquí para la cena? —Bill asintió con un “eso creo”, depositando un beso ligero en sus labios, y cada uno tomó su camino sin despedirse.

La relación que ahora tenían era diferente y, sin embargo, igual a la que habían estado sosteniendo antes. No había pasado mucho para que descubriera que Bill era muy independiente y odiaba rendirle cuentas a cualquiera. De vez en cuando comían juntos, pasaban el rato o tenían sexo pero no se habían cocido a la cadera del otro. Incluso, al solventar los pormenores de su mudanza, habían quedado de acuerdo en que Bill desocuparía uno de sus cuartos de depósito para convertirlo en su pieza y, curioso o no, había dormido ahí todas las noches y a solas.

Llevaban acostándose varios meses pero nunca habían contado con la oportunidad de no hacer algo más que dormir juntos, reposando, y mentiría afirmando que no le sentaba raro.

Solo había habido una ocasión, muchas noches antes, en la que habían permanecido acurrucados, escuchando la respirando del otro. Había sucedido justo cuando Tom estaba por creer que los citados cambios de humor que Bill había dicho no habían sido más que excusas. Era de madrugada cuando súbitamente había despertado con una ira deflagradora en el pecho que le velaba la razón. Sin poder controlarse, apenas consciente de lo que pasaba, había corrido contra el muro más cercano, estrellando su frente contra este hasta que lo ensució de sangre.

—¡Tom, detente! —El grito de Bill había sido inútil pero no así sus brazos rodeándolo y lanzándolo contra la cama, poniéndose con rapidez encima e inmovilizándolo.

Habían luchado por liberarse hasta que quedó agotado y su boca sabía a sangre. Bill había quedado exhausto y al verlo finalmente quieto, se había echado a su costado, abrazándole. Al día siguiente, Tom había despertado primero y se había observando el revés de la cabeza de Bill hasta que un zumbido recitando un “deja de mirarme tanto, me gasto” se había oído. Había reído, preparado para replicar, pero todo sonido murió al ver al otro hombre incorporarse y marcharse con prisas. Su rostro había estado sin maquillaje, en su estado más puro, y la vista había hecho que una sensación no definida revolviera su estómago.

Frente a su reflejo en el espejo del baño, dispuesto a darse una ducha rápida, Tom se mordisqueó el labio, murmurando que no era nada importante. Al percatarse que se le estaba haciendo tarde, sacudió la cabeza y se forzó a dejar los recuerdos de lado. Se bañó y vistió apresurado, y fue al encuentro de Gustav.

Su amigo estaba esperándolo en un parque con su hijo en sus manos, y al verlo se levantó para saludarlo.

—¿Qué es de ti, hombre? Otra vez ha pasado tiempo desde que nos vimos —dijo Gustav mientras emprendían la caminata a una cafetería que estaba cerca.

—Ahora sí no es mi culpa, Gusti, que el que tiene una vida ocupada para las amistades eres tú —dijo Tom de buen ánimo, sabiendo que decía la verdad. Había buscando un par de veces encontrarse con Gustav pero este siempre había salido con disculpas—. Mi primicia principal es que he dejado el departamento y ahora estoy viviendo con Bill desde hace dos semanas.

—¿Cómo? —Gustav quedó callado un segundo—. Creo que me desconecté por un momento y no te escuché bien…

—Gus, voy en serio —interrumpió, entrando a la cafetería y tomando asiento.

Gustav no dijo nada inmediatamente, ocupado en atender a Tobbie que se había despertado y tenía hambre, y después en hacer sus órdenes a la camarera que se les acercó.

—Entonces sí estás enamorado. —Tom despegó los ojos de su café y miró a Gustav, sin responder—. Y ni te atrevas a salir con tonterías ahora mismo que no permitiré que me sigas engañando… o peor todavía, engañándote a ti mismo.

—Hey —apaciguó con una sonrisa—, ¿qué más da si estoy enamorado o no? Estoy bien, a secas, y sin muchos detalles para contar.

Estaba bien sí, pero la segunda parte era una mentira del porte de dos casas juntas. Relatar lo acaecido desde que había conocido a Bill fácilmente podría tomarle toda la tarde y parte de la noche, y no había caso considerando que sería tomado como un paciente de una institución mental. Vio a Gustav inclinar su hijo sobre su hombro y sonrió. De ahí en adelante la conversación fue menos tensa, centrándose en el ascenso que había tenido Gustav y lo atareado que había estado entre sus nuevos quehaceres y un resfriado terrible de Tobbie.

Tom disfrutó de la amena compañía, aún con sus comentarios sobre su nueva situación y su despedida de “salúdame a tu novio”.

—Gus, estás halando de las cuerdas equivocas —dijo después de bufar. Gustav le golpeó la espalda con una mirada ilegible.

El término novio no le gustaba, decidió, viendo la figura gruesa de su amigo alejándose y yendo hacia su camioneta. No le gustaba ni un poco. Tenía “algo” con Bill, sin denominaciones ni restricciones, y era genial así. Condujo con serenidad y sonrió al ver un BMW blanco aparcado.

—Hola —saludó al entrar al piso y dejando sus llaves. Todas las luces estaban encendidas y las cortinas corridas.

—¿Qué te provoca comer? —preguntó Bill, estirado en el sillón y un cigarrillo entre sus labios. Estaba con ropa de casa, habiendo llegando indiscutiblemente mucho antes que él, y sus rastas amarradas en una cola baja—. ¿Pizza?

—Pizza, está bien por mí. Yo llamo, ¿quieres la de siempre?

Al ver la aprobación de Bill, cogió el teléfono y ordenó dos pizzas. Eran raras las oportunidades en las que cocinaban; las habilidades culinarias ambos, las de Bill en especial, eran para ser disfrutadas ocasionalmente por los ridículas e insuficientes que eran. Especificando que una de las pizzas debía ir con doble ración de queso y otra sin salsa, colgó y se sentó al otro extremo del sillón, a los pies de su compañero de piso, alzándoselos y poniéndolos en sus piernas.

—¿Cómo te fue?

—Bien. Oye, Bill, quiero saber algo —dijo casual—. ¿Puedo transformarme en lobo? Es decir, ¿en cualquier momento, sin importar en qué fase esté la luna?

—Sí, aunque antes debes pasar tu primera luna llena… Cuando creemos que podemos cambiar, lo hacemos. Es el dominio de la mente sobre la materia —explicó Bill, tendiéndole el cigarro que estaba a menos de la mitad. Tom lo aceptó, dándole una pitada y devolviéndoselo.

—¿Puedes hacerlo ahora? —Sí podía, ambos estaban al tanto—. Quiero verte así… ¿Por favor?

Pronto, Tom había notado que no había muchas cosas que Bill podía negarle si es que usaba el tono adecuado de voz y ponía una mirada aprensiva.

Bill le dio una calada más a su cigarro y volvió a pasárselo. A continuación, se levantó y empezó a quitarse prenda a prenda, con lentitud y como si estuviera ofreciendo un espectáculo. Y Tom no se abstuvo de contemplarlo, fumando y embelesado por la belleza única de Bill manifestada no solo en sus facciones, sino en sus movimientos, en cada mínimo gesto. Al quedar desnudo, en vez de volverse un gran lobo, fue a su dirección y sentó en su regazo, una pierna a cada lado, y se inclinó para depositar un beso en su cuello.

—No temas cuando me convierta —murmuró contra su oído—. No te haré daño.

—Lo sé —contestó Tom, rodeando la cintura delgada y acariciando la piel que se le ofrecía—. ¿No quieres quedarte así unos minutos? ¿Desnudo y encima de mí?

Con una sonrisa radiante, Bill meció sus caderas sin sutileza, contento, y Tom sonrió, pero no pudo hacer más porque se oyeron los golpes en la puerta, arrancándoles simultáneos gruñidos a los dos. Con resignación, fue a recibir las pizzas; al retornar, Bill estaba con su bóxers, clara indicación de que no pasaría nada ya. Comieron sin mucha charla y tres pedazos después, ofreció traer de la cocina algo para tomar.

—Agua, nada más —dijo Bill con una sonrisa amable desde el sitio en la alfombra en el que había optado sentarse—. Gracias.

En la cocina se abrió una cerveza para él y consiguió el agua. De regreso a la sala, se pausó por un instante al vislumbrar un lobo inmenso echado, en apariencia estudiándolo con sus ojos pardos.

“Me hubieras avisado”, susurró, avanzando y poniendo el vaso de agua y la lata de cerveza en la mesa de centro. Como Bill seguía sin moverse, fue hacia él y alargó tentativo una mano hasta que acarició detrás de las orejas y escuchó un sonido ronco de satisfacción. El pelaje totalmente negro era suave y esponjoso, y siguió dándole mimos al lobo hasta que las piernas se le cansaron y se sentó al lado, y eventualmente apoyó la cabeza contra el lomo… Tom ni siquiera se dio cuenta de cuándo cayó dormido, pero al despertar tenía a Bill humano entre sus brazos y una manta los cubría a ambos.

Dos semanas más pasaron con el mismo ritmo, sin seguir una rutina fija. Bill partiendo cada mañana a su trabajo y Tom todavía más extasiado entre la facilidad con la que había pasado de hacer esbozos a carboncillo a experimentar distintas técnicas empleando lápices de colores, acuarelas, óleos y témperas. Nada le satisfacía y le impulsaba a seguir adelante. Todo el dinero que no gastaba en alquiler o en comida, ya que Bill estaba empecinado en hacer las compras alegando que era demasiado quisquilloso para que otro las hiciera, lo derrochaba en tiendas especializadas.

Había veces en las que se atrapaba sospechando que esas semanas con Bill habían sido las más felices de su vida… pero no le daba muchas vueltas, estando contento con meramente hacer lo que le viniera en gana.

Era viernes en la noche y se encontraban haciéndose compañía silenciosa en la sala una vez más. Bill estaba acostado en el sillón y Tom se hallaba cerca de uno de los ventanales abiertos, ocupado en darles los toques finales a un lienzo de dimensiones medias.

—Dijiste que tenían reglas —dijo repentinamente. Bill despegó los ojos de la revista que estaba leyendo y le miró con interés—. Ustedes, los hombres lobos… nosotros. Esa mierda. Reglas que seguir, Bill. Hace meses me dijiste una, pero quiero saber el resto.

—Oh. —Tom se limpió las manos en un trapo y se acercó al otro—. Básicamente son tres. La que ya sabes es que no se puede conocer de nuestra existencia. La segunda es que si asesinas a uno de los tuyos y sale a la luz, pueden matarte sin consecuencias. La tercera es que está prohibido tener descendencia con un humano.

—¿Solo esas? —interrogó, enarcando una ceja y recibiendo una sonrisa que no cargaba un ápice de buen ánimo.

—Existen ramificaciones, pero esas son las significativas. —Bill se puso recto—. Quiero que entiendas algo: no nos reunimos a hacer asambleas ni existen autoridades a las que debemos obedecer sin cuestionar. Nuestra sociedad, si se le puede llamar así, se rige por algo más primitivo y práctico: la dominancia.

Tom quedó pensativo. Sabía que ahora era parte de un mundo nuevo que se regía bajo normas diferentes, sin embargo, distraído e ensimismado en un hobby que le apasionaba y que, a excepción de un par de episodios extraños en los que Bill había necesitado controlarlo, los días seguían transcurriendo sin sobresaltos, no había sido difícil olvidarlo muy seguido.

—Entonces… ¿si soy lo suficientemente fuerte puedo hacer lo que quiera?

—Podría decirse —contestó Bill, regresando la mirada a su revista y pasando un par de hojas—. Solo que no quieres tener una familia humana indefensa con el riesgo de que se enteren y dos o tres de tu misma especie los maten frente a ti o ir pregonando tu naturaleza y que te atrapen entre unos cuantos y te torturen hasta no dejar ni tus huesos. Ha sucedido.

—¿A qué te refieres?

—Por más poderoso que seas, no es posible que te enfrentes a una manada de lobos y vivas para contarlo. El problema no es cuando tienes un enemigo sino muchos.

—¿Y si soy cauteloso? —Tom seguía presionando, a pesar de que percibía que el aura de Bill se estaba tornando peligrosa. Encontraba algo de divertido en eso. La revista fue olvidada y lanzada.

—No andamos en jodidos grupos acatando las órdenes de un macho alfa —la voz de Bill escupía ponzoña—. Eso significa que si varios concuerdan de manera tácita que eres un peligro, cada uno te cazará por su cuenta. No comprendo por qué insistes, ¿o qué? ¿Pasa que quieres ir a tener bebés híbridos y planeas matar hombres lobos?

Venciendo la incredulidad que las preguntas le causaron, Tom comenzó a reír a carcajadas resueltas y socarronas que hicieron que las cejas de Bill se fruncieran más, pronunciando un “¿qué es tan gracioso?” entre dientes.

A pesar de que no hubo respuesta, el enojo de Bill fue disolviéndose entre analizar sus propias palabras y el sonido placentero de las risotadas que no se detuvieron hasta que selló sus labios con los suyos en un beso largo y ardiente que les quitó la respiración.

—Mañana hay luna llena —Tom habló contra su boca, sus ojos fijos, casi sin parpadear—. ¿Duermes conmigo?

Bill pareció confuso y su primera reacción fue negar con la cabeza. Sin embargo, el implícito por favor que se leía a viva voz en la mirada de Tom todo fue lo que necesitó para suspirar.

—Está bien. Pero antes me daré un baño. Te veo doy encuentro en unos minutos en tu cuarto, ¿sí?

Tom sonrió, levantando el pulgar y ya dándose media vuelta poner en orden sus herramientas de pintura y dirigirse a su habitación. No fueron unos minutos, ni de cerca. Cuando Bill entró en su habitación, estaba oscuro. Había pasado poco más de una hora, y Tom había apagado la luz del velador de su lado, creyendo que Bill había cambiado de opinión.

—Te has tardado mucho, como si esperaras a que dormitara o algo así… ¿Por qué nunca me dejas verte sin maquillaje? —Al parecer, la pregunta había tomado de sorpresa a Bill que frenó su avance a la cama—. Y no me digas que no, porque me he dado cuenta.

—No me siento cómodo —fue la respuesta.

—Conozco hasta la zona más recóndita de tu cuerpo, ¿y aun así me dices que no te sientes cómodo conmigo? —Tom ahogó una sonrisita por lo ridículo que le parecía eso. Bill no refutó, alzando un hombro—. Ven aquí, no te quedes ahí paralizado y congelándote de frío.

Se acoplaron a la perfección en la cama, de costado y Tom insistiendo en ser en el que abrazara. Las rastas de Bill estaban secas y destilaba una fragancia que si se concentraba en él, le mareaba. “Hueles bien”, comentó. Hablaba en general, muy en general. Bill siempre olía bien, independientemente de cuál perfume o crema hubiera usado. Era su esencia la que le sentaba tan bien, lo que su piel exudaba.

Al igual que los cambios de temperamento, Tom no había registrado una alteración pavorosa en sus sentidos. Su oído y olfato sí se habían agudizado, y ahora contaba con la facultad de distinguir, escuchar, olfatear cosas que para cualquier persona normal era imposible, pero había sido un proceso más bien gradual y se lo había tomado con calma.

—¿Cómo es que no nos volvemos locos con tantos aromas, tantos ruidos? —había interrogado un día, asombrado mientras olisqueaba la colección de sales de baño que recién había comprado Bill.

—Involuntariamente eliges qué olor absorber, a menos que uno sea demasiado intenso y se imponga, podría decirse. Si fuera de otro modo sería una marea insoportable de aromas y hedores —contestó Bill, arrugando su nariz, la simple idea disgustándole más de lo que podría expresar—. Con los sonidos es igual. Ellos están ahí, depende de ti brindarle atención o no.

—Ya veo…

Había sido en las dos visitas ineludibles a la casa de sus padres en las que Tom había puesto a prueba lo afirmado Bill. Se había adentrado en el bosque colindante y lejos, en las partes más agrestes, había aspirado profundamente, llenando sus pulmones y permitiendo que los ruidos y olores de la naturaleza hicieran una representación fiel de sus alrededores en su cabeza sin necesidad de que tuviera los ojos abiertos, ingresando todo por su nariz y oídos. Había sido maravilloso en cada una de sus letras.

Bill durmiendo entre sus brazos también era maravilloso, caviló, bostezando. No más de un cuarto de hora después, Tom también dormía.

La mañana siguiente fue despertado por el aroma invitante del desayuno recién preparado. Bill estaba en la cocina, tarareando y moviéndose con soltura para servir las tostadas, café, huevos revueltos y jugo en la mesa.

—¿Alguna razón en especial? —interrogó con la boca llena.

—Hoy es un día especial —dijo Bill, haciéndole un gesto para que tragara antes de hablar—. Será difícil para ti, Tom, pero estaré ahí.

“Estaré ahí”. Tom no dijo nada, sonriendo y dándole otra mordida a su tostada.

Continúa…

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por administrador

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