Irreversible 11

And all that you love
and all that you hate
all you distrust
all you save
and all that you give
(…)
and all you create
and all you destroy
and all that you do
and all that you say
But the sun is eclipsed by the moon

Pink Floyd ~ Eclipse

Fic TOLL de Aelilim 

Capítulo 11: Luna llena III (Nexo sempiterno)

Eran las cuatro de la tarde. Tom estaba fumando, sentado en la sala y con la mente en blanco. Bill había recibido una llamada un par de horas atrás, y anunciando que no tardaría mucho, había agarrado unos lentes de sol y sus llaves, sin cambiarse la simple camiseta negra o los pantalones sueltos que llevaba, y se había marchado. Encendiendo el que sería su quinto cigarrillo, arrugó la cara en una mueca. Algo sucedía. Tenía un sentimiento incomprensible en la boca del estómago que no lo dejaba en paz y que no hacía más que aumentar.

Una parte le decía que era porque esa noche habría luna llena y sufriría un cambio radical y se convertiría en un animal, pero la otra, y la que parecía estar más en lo correcto, aseveraba que era debido a que Bill no estaba bien. “Mierda”, gruñó, aplastando la colilla en un cenicero. Solo le quedaba esperar.

Y esperó, paseando de un lado al otro del piso, las manos sudorosas, y ansioso hasta que sintió un olor inconfundible. Sin pensarlo dos veces, corrió hacia la calle. El BWM blanco estaba estacionado al frente y al abrir la puerta del conductor, encontró lo que su olfato le había anticipado: Bill estaba lastimado, aferrado al manubrio y el maquillaje corrido, mostrando un aspecto tan gastado y frágil que la respiración se le cortó por un instante.

—¿Qué te ha pasado? —quiso saber en voz baja, preocupado.

No hubo respuesta verbal, sin embargo, Bill salió del auto, rechazando su ayuda y caminando con lentitud hacia la entrada del edificio. Tom le siguió de cerca hasta llegar a las gradas, delante de las cuales Bill se detuvo, apoyando la espalda en la pared y cerrando los ojos. Su aspecto era deplorable, había sangre brotando de varias heridas distribuidas en sus brazos y torso, siendo su rostro el único intacto; su ropa estaba hecha girones y tenía rastros de tierra en ella, al igual que en el cabello. Era evidente que había peleado… quizá peleado a matar o a morir. Pero con quién y, aún mejor, por qué, era la pregunta.

—¿Qué ha pasado? —repitió.

Bill negó con la cabeza e intentó subir un peldaño, perdiendo levemente el balance y teniendo que recurrir al pasamanos para no caerse. Tom no volvió a insistir, cargándolo en sus brazos sin hallar resistencia y con una facilidad que le sorprendió, y subiendo las escaleras. Se las arregló para abrir la puerta al llegar a ella y acostó a Bill con gentileza en su cama.

—Regreso en un momento —informó, tal vez vanamente considerando el estado en el que Bill se hallaba, uno en el que Tom nunca lo había visto.

Fue a la cocina, poniendo a calentar un poco de agua mientras agarraba el botiquín del baño y un paño. Después, vertió el agua tibia en una palangana y se encaminó a la habitación. Bill estaba con la mirada vacía adherida al techo, inmóvil y con el cobertor blanco sobre el que estaba echado ya luciendo manchas rojizas.

—Curaré tus heridas —murmuró, enderezándolo lo requerido para sacarle con cuidado la camiseta rasgada.

Bill se dejó hacer, haciendo muecas de dolor cuando el paño tibio limpió los vestigios de sangre seca y suciedad de su piel injuriada, y obedeciéndole al pedirle que se levantara para deshacerse de los pantalones y zapatos sucios. Tom actuaba manteniéndose sereno, dejando en lo más recóndito las interrogantes y lo que sucedería las siguientes horas y se cernía sobre ellos, amenazante; no podía dejarse vencer por la ansiedad.

—Vamos a mi cuarto, ahí te vendaré —dijo, viendo cómo estaba la cama de Bill. Hubo un vago asentimiento—. ¿Peleaste con Georg? —preguntó de repente en el trayecto de un dormitorio a otro, teniendo un brazo del otro hombre en sus hombros.

—No, Georg es mi amigo.

—¿Entonces con quién? —presionó, asombrado de haber obtenido una respuesta. Soltó a Bill, quien se sentó y se mordió el labio, haciendo un ademán para que cumpliera lo que había dicho y le vendara las heridas, en especial las que todavía estaban abiertas. Tom suspiró—. Eventualmente tendrás que contármelo.

—Eventualmente —consintió Bill, observándole—, ahora no. Está por anochecer —agregó en un murmullo.

—Lo sé, y estás todo golpeado. —Había sonado como un reclamo, Tom se dio cuenta, pero no agregó nada para enmendarse, concentrado en comprimir las vendas lo justo y necesario.

—Que no fuera a esa reunión era imposible, igual que la disputa. Pero sí que elegimos un buen día —ironizó sin ánimo.

—Hubieras podido ignorar la llamada —Tom dijo casual, concluyendo con los vendajes.

—No, no podía retrasar lo ineludible. —Bill lo abrazó intempestivamente, sin duda haciéndose doler y enterrando la cara en su cuello, sin disminuir la fuerza—. Somos tú y yo frente a todos. Es el destino, ¿verdad?… Tú y yo.

Tom no supo qué decir, y a pesar de que guardó silencio, devolvió el abrazo desesperado por lo que pareció una eternidad, y siguió haciéndolo hasta que escuchó un balbuceo repetitivo, ininteligible y manos frías colándose debajo de su ropa, acariciando su vientre y urgiéndole a que se quitara la camiseta. Lo hizo, y tampoco impidió que su bragueta fuera abierta y sus pantalones cayeran al suelo.

El “ponte sobre tu espalda” que recibió a continuación le dejó aturdido y no actuó hasta alzar los ojos y toparse con una sonrisa que gritaba con el mismo ímpetu lo mucho que lo deseaba y que debía alarmarse. Cuando se tendió, Bill se puso encima, una pierna a cada lado, colindando sus ingles y lo besó, con ansias y hambre, acariciándole el rostro con una mano y con las uñas de la otra rasguñándole el pecho con suavidad. Ambos conservaban su ropa interior pero aun así la fricción era la suficiente para dejarlos con ganas de más.

Tom se abandonó entre la excitación y algo oscuro, fatuo que empezaba a elevarse desde lo más hondo su ser a la superficie de manera incontrolable. Y ciego, ávido de más contacto, súbitamente empujó a Bill, quitándole la única prenda que tenía y viéndolo con intensidad bajo la luz combinada de la luz de las lámparas y de la luna llena, las vendas con franjas rojas, los arañazos y los moretones que comenzaban a lucirse. Comprobó lo magullado que estaba, pero también miró su sexo erguido y orgulloso, y sus mejillas prendidas, sus labios hinchados y sus ojos centelleando pasión y lujuria… sobre todo, amor. Amor.

—Tom, ven —dijo Bill en un tono bajo, casi parecido a un maullido y apartando las piernas—. Ven y hazlo.

—¿Hacer qué? —preguntó en un gruñido más que por furia, por buscar asirse al único hilo frágil de cordura que le impedía perder el dominio—. ¿Qué quieres que haga? —exhortó, agarrando del primer cajón de su mesa de noche un tubo pequeño y vaciando un poco del contenido en sus dedos.

Si Bill pensaba contestar, Tom no aguardó a que se decidiera, hundiendo dos dígitos en la carne que lo recibió relajada y anhelante. Su lucidez estaba tan difusa y aquello indefinido todavía creciendo a pasos tan agigantados, nublándolo, que no se detuvo a reflexionar que eran pocas las ocasiones en las que había tenido a Bill tan sumiso a lo que quisiera hacerle, limitándose a gemir, a retorcerse y recibir lo que quisiera darle sin quejas ni peticiones. Pasar de dos dedos a tres fue fácil, y lo mismo posicionarse y arremeter hacia lo más profundo que pudo, siendo bienvenido y envuelto por una calidez que lo ofuscó y le hizo jadear.

—Muévete —dijo Bill sin aliento, arqueándose. Tom lo afianzó de sus muslos, inmovilizándole y haciéndole resoplar—. ¿Qué esperas?

—No me dijiste qué querías que haga…

Estaba trémulo de lo mucho que le costaba quedarse quieto e hizo un sonido gutural cuando Bill apretó adrede sus músculos interiores, prácticamente haciéndole ver estrellas. Y la situación cambió de un segundo al otro, Tom pasando de estar reclinado sobre sus rodillas y sujetando a Bill, a quedar bocabajo, su cabeza de lado y aplastada contra una almohada y sus piernas flexionadas y separadas.

—No importa que tan débil esté, puedo lidiar contigo —musitó Bill, poniéndose detrás y ondulando su lengua en su lóbulo, a la vez que frotaba con descaro su erección entre las nalgas de Tom que a pesar de que a duras penas respiraba y asimilaba el cambio, sonrió.

—No. Tú mismo lo has dicho: estás débil —refutó Tom, entrecortadamente, antes de balancear las caderas, ofreciéndose y con la respiración agitada—, por lo que cualquier cosa que quieras hacer solo pasará si yo lo permito. ¿Qué quieres? ¿Qué quieres que que haga, Bill?

—Quiero que te entregues… Lo quiero todo de ti, ¿recuerdas?

La primera embestida que recibió Tom fue brusca, una que se abrió camino de manera seca, causando fricción y latigazos de dolor, y que le arrancó un bramido que retumbó en el cuarto y que se convirtió en jadeos cada vez más irregulares mientras Bill se movía a un ritmo atropellado. No había placer en ninguno de los dos, no placer propiamente dicho, sin embargo, estar así les proporcionaba un escape a la conmoción provisional y desgarradora que estaba poseyéndolos.

Sin llegar al orgasmo, Bill dio una estocada final y cayó rendido en el colchón, aspirando grandes cantidades de aire, su pecho subiendo y bajando precipitadamente. Sus vendas estaban hechas un desastre, la mayoría desajustadas y dejando descubiertas algunas heridas con una costra de sangre coagulada y otras de las que seguían saliendo sangre fresca.

—¿Sabes qué es lo que quiero? —masculló Bill, haciendo trizas el silencio en el que estaban sumergidos. Tom estaba a un costado, tenso y a esperas de que el caos en su interior se desatara, cerró una mano entorno a una de sus muñecas, apremiándole a que siguiera—. Quiero… quiero que me hagas el amor.

“Hacer el amor”, Tom hizo eco en un siseo neutro varias veces, asimilando la oración hasta que lo dulce y sentimental le sobrecogió, y con una delicadeza que no estaba seguro de tener y con brazos trémulos, puso a Bill de lado y se situó a su espalda, acariciando la piel lastimada y esparciendo líneas de líquido rojo. Su dureza vibró al acunarse en el calor y la humedad proveniente de la entrada de Bill, haciéndolo relegar a un plano secundario todo el resto y empujar hacia dentro con pereza.

En un principio, su vaivén fue acompasado, pero pronto el deseo se impuso y después de encontrar el ángulo perfecto que hacía a Bill gimotear y retorcerse, se entregó de lleno, apretando los ojos y mordiéndose los labios para no desbaratarse en ruidos de satisfacción. Era sexo y, aun así, se sentía como algo más, como si una defensa hubiera sido removida… Deslizó la mano y la puso junto a la de Bill que tocaba su erección, enajenado y en búsqueda de un orgasmo que no tardó en alcanzar. Tom le siguió tres embestidas después en un gemido prolongado que no sofocó y que se distinguió ligeramente similar a un “Bill”.

No tuvo oportunidad de recuperarse, porque ni bien posó la cabeza en el pecho palpitante de Bill, un sentimiento indescriptible y poderoso eclosionó finalmente en sus entrañas, haciéndole sentar de inmediato y doblarse en dos, la garganta cerrada y los ojos escociéndole, acuosos.

—Inhala y exhala —escuchó lo que parecía a una enorme distancia—. Deja que fluya y no te olvides de respirar. Respira y terminará.

Tom intentó hacer caso, pero fue en vano, y una agonía insoportable invadió cada fibra y tejido, haciéndole gritar. Cayó al suelo entre espasmos de dolor, justo como si le arrancaran la piel que había empezado a quemar. No pasó mucho para que su grito se volviera suaves quejidos y permitiera que el sonido de sus huesos traqueteando y reubicándose llegara a sus oídos.

Sus hombros se dislocaron y su torso tomó otras dimensiones; eran músculos creciendo sobre músculos y con un crujido, sus costillas se expandieron para hacerle soporte a los nuevos músculos. Haciéndole chillar, su mandíbula se desarticuló, ampliándose y formando un hocico que no dejó que más ruidos de padecimiento surgieran. Pasó la lengua por sus dientes, sintiendo lo afilados que estaban… dientes que ya no eran dientes, sino colmillos largos y numerosos, hechos para despedazar. Sus piernas y brazos ya tampoco estaban ahí, en su lugar, habían cuatro firmes patas, de las que emergieron garras en un último ramalazo.

Y, por fin, el dolor se disipó.

Bill había visto la transformación desde la misma posición, inerte y con la mirada colmada de lágrimas de impotencia que no derramó. Tom no se quedó estático, enderezándose y tratando de habituarse a su nueva complexión; no fue complicado y avanzó unos metros, moviendo la cola y olisqueando el ambiente, percibiendo en él a Bill con su esencia tan penetrante y particular, y sintiendo la ambivalencia de querer ir a su encuentro y una aversión que le encrespaba los pelos.

Sin optar por nada, siguió avanzando y llegó a la sala, en donde fue hasta el medio, cerca de los sillones, y solamente se detuvo al contemplar con atención sus patas delanteras alumbradas por la luna. Y cumpliendo con un inesperado impulso, enterró los colmillos en una, sintiendo al momento el sabor de su propia sangre, metálica y agradable. Lamió la herida y, sin saber cómo o por qué, aulló tendida y desgarradoramente hasta que un “Tom, basta” dicho con calma lo detuvo. Giró hacia donde provenía la voz. Una figura alta y esbelta estaba aproximándose de modo lento pero firme y se puso en posición de ataque, listo para dar un salto y pelear.

—Concéntrate en mí, Tom. Escúchame, mírame… huéleme. Estoy aquí.

Tom escuchaba y miraba y olía, la adrenalina acrecentando rauda. El aroma que desprendía Bill se cernía sobre él, y no le gustaba, porque sentía que lo dominaba. Gruñó en advertencia y logró que el otro hiciera una pausa que no duró más un parpadeo, y, entonces, combatiendo su voluntad e inclinaciones, se lanzó contra Bill y lo tiró al suelo.

Intentó prensar su mandíbula en alguna parte, queriendo lastimar, sin embargo, no cumplió su cometido, y dos manos se cerraron en su cuello, bloqueándole el oxígeno e impidiendo que se soltara. A pesar de que Bill lo retuvo por largos segundos, a base de forcejo logró liberarse del agarre y dio un brinco, apartándose unos metros y haciendo gruñidos que mostraban sus colmillos. Quieto y dejando de gruñir, vio a Bill caer al piso y encorvarse, gimoteando y erguirse únicamente cuando estuvo convertido en un lobo jadeante de iguales proporciones y negro como la noche. Si bien la sensación de amenaza disminuyó por alguna razón, no desapareció.

Sin embargo, Tom fue incapaz de rechazar a Bill que se acercó y lamió su pata lacerada con esmero, y después, al estar satisfecho, apoyó el cuello en su lomo, coaccionándolo a que se echara sobre la alfombra. Su corazón latiendo a mil por hora había reducido su loca carrera y estuvo de acuerdo en echarse, bajando el cuerpo y acomodándose, dejándose consentir por el hociqueo del que fue objeto y lo envolvió en una placidez de la que ni siquiera salió cuando Bill dejar de ser lobo y volvió a ser humano.

—No podrías haberlo sobrellevado mejor —escuchó en un arrullo remoto.

No tuvo ninguna reacción a las palabras, sintiendo los párpados pesados. Bill gateó hacia donde estaba tendido y tiritando de frío y acariciando su cuello y entre sus orejas, canturreó una melodía cualquiera que terminó de arrastrarlo a la inconsciencia.

Un estornudo proveniente de otra estancia fue lo que le hizo abrir los ojos y mirar a su alrededor. Las cortinas estaban cerradas pero el reloj digital de su velador indicaba las ocho de la mañana. Tom se estudió las manos y se palmeó los brazos y el pecho. Se había quedado dormido como lobo y ahora despertaba como humano, ¿eso tenía lógica? Debía ser. Reconociendo que no tenía ningún malestar o dolencia, aparte de sus partes bajas y pequeñas heridas en un brazo, y que dormir unas horas más sería un desperdicio, se puso en pie y cubrió su desnudez.

La noche había sido extraña… extraña e íntima a un nivel que le costaba concebir. “Hacer el amor”. Sonrió, pero al escuchar otro estornudo, arrugó el entrecejo al oler que Bill, además de resfriado, no se hallaba solo. Georg estaba con él, y estaban acompañados de waffles recién preparados y café humeante. ¿Su olfato estaba más agudo? Aquietando su curiosidad, primero fue al baño en donde se lavó los dientes y tomó una bocanada de agua de grifo para aplacar su sed.

—Buenos días —le saludó Bill al verlo entrar en la cocina. Estaba pálido y con ojeras, y llevaba un jersey azul y grueso que daba la impresión que estaba devorando su cuerpo delgado. A Tom no le gustó su talante—. ¿Cómo has amanecido?

—Creo que mejor que tú —dijo, haciendo que una sonrisa curvara los labios de Bill. Georg resopló y tomó un sorbo de café—. Pero anoche fue infernal. ¿Será así cada mes? —Casi no quería saberlo, sin embargo, Bill negó y sintió una ola de alivio recorriéndole de pies a cabeza.

—Has sufrido tanto por ser la primera vez que tu organismo atraviesa el trauma del cambio. Al pasar los meses no dejará de dolerte pero se hará llevadero… ¿Tienes apetito?

Tom se sentó y Bill le puso delante un plato de waffles, sirope y una taza de café. El ambiente estaba tirante y no saber con exactitud por qué, le exasperaba. La presencia de Georg no le placía pero había más que le era desconocido.

—¿No buscó a nadie para atacar? —preguntó Georg bruscamente, rompiendo su mutismo cuando Bill volvió a su sitio.

—No hables de mí como si no estuviera presente —reclamó Tom, sin tocar la comida y en un bufido. Bill estornudó, sin responder—. ¿Por qué buscaría a una persona para atacar?

Salir en búsqueda de terceros para agredirlos a propósito le daba una dimensión desconcertante a todo el asunto hombre lobo y de la que no estaba al tanto. Es decir, sabía que cabía la posibilidad, pero la forma en la que Georg lo había dicho daba a entender que era inevitable e incluso natural. Bill suspiró.

—Si los humanos son mordidos, al llegar la luna llena pierden completamente el raciocinio. Se vuelven animales peligrosos, sedientos de sangre… y a los que es necesario matar, debido a que su espíritu se liga tanto con el de la bestia que nunca más vuelven a ser ellos mismos.

—¿Por qué no me ocurrió a mí?

Tom estaba mareado, tal vez por la furia, no podía asegurarlo.

—Esto ya llegó a un extremo ridículo, Bill. Si no lo haces tú, lo haré yo —gruñó Georg, interviniendo. El mencionado no replicó, como si diera luz verde y Georg giró a Tom con voz templada—. ¿Acaso no te has visto en un puto espejo? O mejor pregunta todavía, ¿no has visto a Bill? ¿Con la cara limpia, sin maquillaje?

Tom miraba con intensidad a Bill, quien sostenía sus ojos, impenetrable y rígido. Su estómago estaba contraído violentamente y transpiraba, intranquilo, mientras las escasas ocasiones en las que había visto aquellas facciones bellas sin ápice de pintura regresando y arremolinándose en su mente. Esas ocasiones, había notado una semejanza innegable y abrumadora.

—Habla claro. ¿Qué mierda estás implicando? —Lo sospechaba, pero hasta que no hubiera una confirmación irrevocable, estaba dispuesto a conservar el poco juicio que le quedaba.

Aunque Georg abrió la boca para contestar, Bill hizo un gesto en el aire, indicando que él se encargaría. Al hablar, su tono era inconsistente y quitó la mirada, centrándola en algún punto muerto a su derecha.

—La licantropía estaba en ti mucho antes de que yo te mordiera. Ese es el motivo por el que no perdiste los estribos. Nosotros… somos familia. Hermanos.

La visión de Tom se tornó borrosa a medida que las imágenes de todo lo que había vivido con Bill lo atravesaban, todas las charlas, el sexo, la comprensión que habían compartido… Esa pequeña llama a la que se había atrevido a dominar felicidad. Sintiendo un sabor amargo en la lengua, se elevó en un salto y corrió hacia el baño, en donde arrodillado frente al inodoro vomitó saliva y bilis hasta que no tuvo fuerzas y los ojos le quemaban, rojos y húmedos.

Continúa…

Una vez más debo preguntar: ¿fue muy inesperado? 🙂 ¡Gracias por leer!

por administrador

Publico con autorización del autor

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