I’m in the same place I used to be
but I’m trying harder not to be
Marianas Trench ~ Alibis

Fic TOLL de Aelilim
Capítulo 12: Destinado a ser IV (Aftermath)
El sol estaba puesto en lo más alto y los edificios no proyectaban sombra, sin embargo, la pequeña laguna que estaba en el centro del parque sí los reflejaba. Completando el paisaje, los árboles frondosos al lado izquierdo, y al derecho, un camino empedrado y cercado por flores de varios colores. Tom se encontraba sentado en una banca ubicada en un sitio preferencial desde la que se veía todo, inclusive la zona de juego llena de niños y una que otra madre preocupada. Era agradable, y estaba intentando plasmar la vista en un boceto en el que había estado trabajando la última hora.
—Bonito dibujo —comentó alguien a su costado, tomando asiento y sonriéndole abiertamente.
Sus emociones que habían estado tranquilas casi al punto de inercia se pusieron en alerta. Había sentido en el ambiente que alguien estaba aproximándose, pero no había llegado a sopesar la posibilidad de que se sentase a su lado y menos que le hablase como si se conocieran. Mayormente no era así. Bill había dicho la verdad: los hombres lobos en Berlín no eran numerosos, y los pocos con los que se había cruzado habían elegido mantener la distancia. Y no había tenido quejas. Frunciendo las cejas, miró despectivo al hombre rubio que seguía echándole una persistente ojeada a la cartulina entre sus manos.
—Tal vez te falte un poco más de técnica, pero el talento lo tienes —añadió, al fin alzando la mirada y chocando sus ojos oscuros con los suyos—. Baja la guardia, Tom —pidió con amabilidad—, solo quiero hablar contigo por un instante. Mi nombre es Andreas.
—¿Bill te ha pedido que vinieras? —fue la pregunta que lanzó sin resquicios de cortesía.
Instintivamente, Andreas retrocedió un poco ante su agresividad y asintió con lentitud.
Tom se hallaba listo para levantarse e irse, o dar pelea, si el caso se daba; sin embargo, no lo hizo. Giró el rostro, dispuesto a escuchar lo que Andreas tenía que decir. Bill no había intentando establecer contacto, al menos no directamente. Había habido un par de ocasiones en las que se le habían parado los vellos de la nuca y se había sabido observado, pero no había pasado de eso. El distanciamiento que había impuesto el día que se había enterado de la verdad no había sido violado, dándole tiempo para macerar la revelación. Aunque todavía no sabía con exactitud qué posición tenía, sí estaba al tanto que hacer como si no supiera nada era imposible.
En su sangre, en su carne estaba lo ineludible.
—¿Por qué Bill mismo no ha venido? —quiso saber, distendiendo su tono.
—Pensó que no lo querías ver y que era más probable que me escucharas más a mí que a él. —Tom no refutó—. Me pidió que te dijera dos cosas, una es que recordaras el secreto que te dijo hace tiempo. Lo segundo, que te extraña… Nada más.
¿Eso era todo? No se acordaba a qué secreto se refería y dudaba que el tal Andreas supiera, por lo que omitió cuestionar. ¿Cuánto era que no estaba en presencia de Bill?… Diecisiete días, tiempo que parecía tanto y, a la vez, no daba la impresión de ser más que unos minutos. Quedó un momento en silencio hasta que indicando una dirección y hora precisas, solicitó a Andreas que le comunicara a Bill que quería verlo.
Si bien aún no sabía cómo sentirse con todo el asunto “somos familia”, la frustrante sensación de vacío que anidaba en sus entrañas causada por todas las interrogantes que pendían encima de su cabeza y carecían de contestación, le ofuscaba.
Andreas dijo que hablaría con Bill, pero no marchó como Tom esperaba que lo hiciera, sino que se quedó contemplando el panorama con un ensimismamiento del que no salió hasta que se escuchó el chillido de un niño cayéndose de un columpio.
—Nunca imaginé que Bill tuviera un hermano. —Tom hizo una mueca; él tampoco lo había imaginado—. No me lo contó hasta hace unos meses.
Sin poderlo evitar, sintió curiosidad por saber si Bill había hecho partícipe a otro de la relación que habían tenido, esa en la que la seducción y la compañía habían sido los ingredientes esenciales. Georg había estado al tanto desde el inicio, era más o menos indiscutible, sin embargo, que una persona más lo supiera lo hacía más grande. Más real y retorcido. Se había estado enamorando de su hermano. Por un segundo, Tom se sintió mareado.
—¿Te puedo decir algo? —Sin esperar réplica, Andreas continuó—: Bill es muy testarudo, déspota y está acostumbrado a hacer lo que quiere, pero en el fondo es tan indefenso como cualquiera de esos críos que ves jugando ahí. Ahora que eres el único con el verdadero poder de crearle un maldito infierno, no lo hagas sufrir tanto.
Sin aguardar que formulara una respuesta, el hombre rubio le hizo un gesto de despedida con la cabeza y tan desapercibidamente como se había acercado, se alejó. Tom no le dio muchas vueltas a las palabras de Andreas, centrándose en su dibujo a medio hacer y negándose a pensar más de la cuenta.
Ese día, dos semanas y medias antes, después de escuchar a Bill había corrido al baño a vomitar, las arcadas imparables y sus ojos botando lágrimas ácidas y abundantes. Lo que le pareció una eternidad, se quedó quieto, sumido en el shock y sin ningún pensamiento o sentimiento coherente, y había seguido así hasta que un “tengo que irme” que se había hecho tangible. Se obligó a ponerse sobre sus pies, se echó abundante agua en la cara en el lavamanos, y se fue del piso.
Nadie le detuvo.
Recorrió las calles sin dirección, un dolor horrible en su estómago… y en el pecho, como si tuviera encima un peso que le pulverizaba el corazón, por más estúpido e improbable que sonara. Porque igual de estúpido, era innegable. Y había puesto a prueba algo de lo que había estado seguro de ser incapaz unos meses antes: odiar a Bill. ¿Sentía odio por ocultarle semejante cosa? La respuesta no la había sabido inmediatamente, siéndole difícil reconocerla entre la marejada de emociones que solo de a pocos y con el paso tortuoso de las horas fue calmándose.
De algún modo, había acabado al otro lado de la ciudad, afueras de la casa de Gustav y sentado en la vereda rodeado de colillas. Había fumado una cajetilla entera de cigarros y no se había detenido a probar bocado, pero no tenía hambre ni frío a pesar de que la temperatura descendía rápidamente y el sol se ocultaba en el horizonte.
—¿Tom? ¿Qué haces aquí? —escuchó una voz a sus espaldas. Había escuchado la puerta y percibido a su amigo aproximándose, pero no se movió ni para dar señales de vida—. Una vecina nos ha llamado para señalarnos que un hombre ha estado desde la tarde en la acera. Estaba por llamar a la policía cuando le dije que yo me encargaría… Ni te pregunto si estás bien. ¿Qué ha pasado?
Tom no había pronunciado nada que Gustav se puso de cuclillas y le dio enérgicas palmadas en una de sus mejillas, acompañadas por un insistente “¿Qué te ha puesto en este estado?” que logró su cometido de despabilarlo. Le había costado muchísimo despegar los labios y que brotara la oración fatal: “Bill es mi hermano”, sin embargo, de ahí en adelante, y sin importarle la expresión atónita de Gustav y sus siguientes reacciones, se había deshecho en un discurso interminable dicho en susurros apagados en la que se expuso de manera desordenada e imprecisa.
Había musitado sobre viejas atracciones y sentimientos nuevos. Sobre su fascinación al principio por la persona intrigante y bella que era Bill, y su actuar extraño al que únicamente le siguió la corriente; sobre el sexo feroz e íntimo de la noche anterior, su convivencia relajada y que se había atrevido a especular que el concepto de felicidad era terrenal y alcanzable; sobre cómo sentía que había dejado de ser un autómata y cómo había recibido la noticia…
—Vomité al enterarme, no sé si por asco hacia él y a mí, o por el estupor en sí; no interesa, Gusti, ahora no. Lo que sí quisiera saber es si siempre ha tenido conocimiento de nuestro jodido parentesco y aun así buscó por todos los medios introducirse en cada una de mis células y cada centímetro de piel. Porque lo logró, el hijo de puta, y el incesto es hasta ilegal…
—Sí, el incesto es ilegal —había dicho Gustav de repente, interrumpiéndole. Seguía de cuclillas y digiriendo sus confesiones—. Pero nadie podría decir que él y tú son hermanos, y técnicamente y por tu perorata, deduzco que no habría forma de probar lo contrario.
—¿Qué estás diciendo? —Tom había parpadeado, alzando la vista para ver a su amigo por primera vez desde que había iniciado su palabreo.
—No lo sé. —Gustav se pasó los dedos entre su cabello rubio—. No sé —repitió—. Es colosal que tu amante, o novio, o como sea, te haya revelado que son familia. ¿Bill te ha dicho por qué esperó que pasara tanto entre ustedes para decírtelo?
—No he hablado con él. Todo esto me está tomando como si me hubiera explotado una bomba en la cabeza y tuviera que reunir cada seso y tejido antes de saber qué mierda sentir, y… —Se levantó pesadamente, cortando lo que estaba diciendo y logrando que Gustav le mirara con desconcierto—. Alguien viene.
—¿Quién es? —preguntó Gustav al advertir una figura corpulenta de un hombre de cabello largo y castaño materializarse en una esquina.
Era Georg, pero Tom no contestó. Al estar cerca de ellos, Gustav y el recién llegado se miraron por un instante, pero Tom no sintió el mínimo deseo de presentarlos. Ni siquiera en una circunstancia normal podría hacerlo con gusto, mucho menos en la que se encontraban…
—¿Qué quieres? ¿Vas a ser el abogado del diablo? —preguntó tranquilo, guardando la sorpresa de poder hablar con naturalidad y mesura.
—Pago un favor. Estoy aquí para averiguar cómo estás. —Georg había sostenido su mirada con neutralidad—. No excuso la conducta de Bill. Intenté disuadirlo de consolidar una relación contigo, pero es un imbécil sin remedio. Sigo asombrado de que esta mañana no me hiciera polvo al abrir la boca.
Georg sacó un cigarrillo, encendiéndolo y dándole una calada. Tom miró el humo y lo aspiró, conteniendo buscar en sus bolsillos algo que sabía que no encontraría. No hubo necesidad de que hiciera su petición, porque uno le fue tendido. Gustav los contemplaba en silencio.
—¿Por qué lo hiciste? Orillar a Bill a que me lo dijera.
—Porque el maldito circo ya había tenido su acto primordial, ¿viste cómo llegó ayer? Lo que siente por ti superó la máxima prueba y era suficiente, tú debías saber que son hermanos… uhm, más que hermanos. Gemelos idénticos.
—Los gemelos comparten un 100% de código genético, y él, y yo… —Tom no siguió, no podía. Gustav estaba ahí. Recordaba que Bill le había dicho que habían nacido el mismo año, ahora que lo recordaba, ¿pero cómo era posible? La boca se le secó y sintió una presión en el pecho, teniendo que obligarse a respirar—. Es absurdo.
—Yo no soy quién debe aclarar todas tus dudas —dictaminó Georg.
Después de eso, la conversación no había sido más fructífera, y una vez que Georg se fue, Gustav había hecho entrar a Tom a su casa y forzado a comer una cena abundante. Esa noche durmió poco, resolviendo qué iba a hacer y apenas amaneció, tomó un taxi y fue al piso de Bill, al que encontró echado en el sillón, cubierto con una manta, y su nariz hinchada y roja, al igual que sus ojos. Estaba rodeado por una botella de vino a la mitad, un cenicero abundante de colillas y muchos pañuelos desechables esparcidos en el suelo.
Al comienzo no intercambiaron más que miradas, y Bill no abandonó el sillón para seguirle cuando cogió sus pertenencias básicas de su habitación, limitándose a estornudar seguido, sonarse la nariz y seguir bebiendo su vino. Recién hubo otro sonido en la estancia al llegar a la puerta, su mano ya en el picaporte.
—Tom, ayer lo hicimos sin protección —había dicho Bill con voz ronca por la enfermedad, deteniéndolo. No viró para enfrentarle, pero su estómago se contrajo y su cara enrojeció; no había concientizado eso—. Estuvimos físicamente lo más cerca que jamás podremos estar… ¿Me odias por eso?
—No. Por más que quisiera odiarte, no podría —fue su réplica acompañada de un tono determinado antes de marcharse. Prácticamente saborear el olor de Bill, esa esencia a la que tan habituado estaba y le gustaba, se lo había hecho aceptar.
De eso diecisiete días. Diecisiete largos y jodidos días de los cuales casi una semana había permanecido en un hotel de cuarta. Luego había pasado a cuidar la casa en la que había crecido, ya que por alguna coincidencia, sus padres habían decidido irse de vacaciones quince días a recorrer las islas griegas. Las preguntas no habían brillado por su ausencia al decir que no tendría problemas con hacerles el favor, pero las había evadido lo mejor que pudo con sonrisas falsas y asegurar hasta el cansancio que todo estaba bien.
No había perdido la motivación para dibujar y pintar, sin embargo, no era lo mismo. Nada era lo mismo desde que la ausencia de Bill se había convertido en sombras que le acosaban hasta en el sueño y opacaban a su mínima expresión sus nuevas habilidades corporales, como haber triplicado su fuerza y dar saltos de gran longitud y altitud. Todavía ni había intentando convertirse en un lobo por voluntad propia, esperaba algo, pero no sabía qué…
El lugar en el que había citado a Bill era el mismo mirador apartado de la ciudad en el que había tenido su primer encuentro con él transformado. No había ningún alma a kilómetros a la redonda, y apoyado contra el capó de su camioneta, los minutos pasando y mirando las lucecitas azules y amarillas a la lejanía, se cuestionó si había sido acertado escoger un sitio tan desolado. No tuvo oportunidad de seguir examinando posibles escenarios debido a que un auto apareció en la carretera y poco después estaba estacionándose a una corta distancia.
Bill seguía con sus rastas, pero estaban más cortas y sin mechas blancas, y su rostro seguía tan hermoso como estaba grabado en su memoria. ¿Era narcisista pensar eso? Porque detrás del maquillaje y las diferencias que saltaban a la vista, ahora sabía que esas facciones eran idénticas a las suyas. Tomó una bocanada de aire, sabiendo que sería difícil y que no sabía en qué podría resultar. Las palmas de las manos le sudaban… En un análisis rápido, notó que sentía irritación contra Bill, pero también añoranza; ganas de estamparlo contra el suelo y ahorcarlo, y besarlo. Todo a la vez, todo en una.
—Hola. —Una sonrisa nerviosa, probablemente fingida, bailaba en los labios de Bill. Tom no podía negar que disfrutaba ser el dueño de la situación, pero en el fondo se cuestionaba cuánto iría a durar. La conversación trivial tenía que acabar—. Me gusta tu cabello. Te queda muy bien.
Tom no sonrió, solo asintió sin agradecer el cumplido.
Había tenido rastas desde una edad temprana. Aún recordaba todas las tareas domésticas que había tenido que hacer con buen talante y las buenas notas para demostrarle a su mamá que se merecía un premio por ser un hijo estrella. De alguna manera, las rastas se habían vuelto parte de sí mismo, y una mañana se había levantado y la persona que le había devuelto la mirada en el espejo no había sido él. Tom, el hombre resignado a una vida normal ya no existía en él, y había querido evidenciar en su apariencia ese cambio de total. Hacerse cornrows y teñirse el cabello de negro fue una decisión que tomó con rapidez pasmosa cuando la estilista le había preguntado qué quería hacerse.
—Tú… —Se detuvo, sintiendo que era insostenible adicionar lo que tenía en la punta de la lengua. Era prohibido. Carraspeó y resguardó las manos en sus bolsillos—. ¿Siempre supiste?
—Sí. —Bill hizo una mueca que no evolucionó a una sonrisa—. No cuando te vi y comenzamos a hablar, sin embargo, al besarte, al acariciarte, súbitamente lo supe con certeza. Hice que te marcharas y averigüé todo sobre ti. El resultado era predecible, y no hice nada por evitarlo… No quise.
—¿Por qué? ¿Por qué no me lo dijiste apenas te enteraste? —demandó saber.
—Estoy tras tu pista desde que tengo uso de conciencia, Tom. Es decir, siempre supe que existías, más que por los rumores y comentarios, porque me sentía roto e incompleto… Y luego te encontré de pura casualidad y no puedes ni imaginar el júbilo que sentí. Pero incluso así, acercarme y decirte, “hola, tú eres mi hermano perdido y aunque no me conozco ni te conozco, te amo con toda mi alma”, no hubiera sido ni de cerca suficiente.
Tom conjeturó que si hubiera sucedido eso, se habría remitido a mirar a Bill como si estuviera desquiciado y, muy posiblemente, se hubiese encogido de hombros y afirmado que su vida estaba bien tal y como estaba, y que no necesitaba de ningún hermano o lo que sea.
—¿Suficiente para qué?
Bill parecía a una nada de desesperarse, lo demostró poniendo una mano en su hombro y haciéndole girar con brusquedad para que lo mirara. El contacto le quemó a Tom a través de la ropa, pero no lo rompió ni retrocedió.
—Para que tú sintieras lo mismo. Además… eras como un zombi, asfixiado por una vida que no te satisfacía y a la que no le dabas pelea. Me armé de paciencia y me presenté como lo que más necesitabas: una vía de escape. —Hubo un silencio corto. Bill cerró la mano, haciendo presión y dio un paso hacia delante, acortando el espacio que los separaba—. Esa actitud pasiva que tienes me pone de los nervios. Preferiría que estuvieras haciéndome comer polvo o reventándome la nariz, créeme que me dejaría.
Tom rió, dejando helado a Bill y asombrándose él mismo. Esta vez sí retrocedió y sacando las manos de sus bolsillos, hizo que el otro le soltara. Su corazón seguía latiendo apresurado y algo le decía que si se quedaban callados y contenía la respiración, también podría escuchar el de Bill, igual de acelerado y alocado.
—Una fracción de mí quiere medir fuerzas y probar si puedo dejarte tan malherido como he acabado más de una vez por tu culpa.
—¿Y por qué no lo haces?
—No lo sé —dijo con sinceridad, reparando en que verdaderamente no había ningún motivo para no pegarle… Solo fue un derechazo. Tal vez Bill lo vio venir pero lo había recibido sin moverse un milímetro y la sangre empezó a salir de su labio partido en dos—. ¿Mejor?
—Dímelo tú.
No estaba mejor, ni peor; era improductivo. Lo que quería era respuestas y el resto no le concernía, al menos no en ese momento. La sangre manchó el mentón de Bill e impulsivo lo limpió con una de sus mangas, y siguió haciéndolo a cada gota de sangre que se derramó.
—¿Cómo es posible que seamos gemelos? Mientras tú has sido capaz de transformarte y contar con toda la mierda sobrenatural, si no me hubieras mordido mi vida seguiría indistinta a la de cualquier otro tipo normal. No tiene sentido.
—No sé a ciencia cierta pero sí sé que eres especial, como una rareza genética. A lo largo de los siglos ha habido pocos casos como el tuyo: un bebé con padres de la misma especie que nazca sin el patógeno. Cuando nacimos, fue evidente que a pesar de ser gemelos éramos diferentes. Tu lado humano era mucho más fuerte de lo que debería y al hacer las pruebas requeridas salió que en tu sangre no estaba el patógeno.
—¿Tú naciste más… lobo que yo? —Bill asintió vacilante. Y Tom se halló lidiando con algo con lo que no había contado: incredulidad… o negación, no estaba dispuesto a discernir—. Esto no tiene ni puto asomo de lógica. ¿Estás totalmente seguro de lo que hablas? Nos parecemos, está bien. Soy adoptado y no sé quiénes son mis verdaderos padres, también está bien. ¿No puede ser que estés equivocado?
—¡No me equivoco! —exclamó. La sangre seguía brotando del labio hinchado de Bill, y Tom seguía limpiándosela automáticamente.
—¿Por qué me dieron en adopción? ¿Por no estar… enfermo y tener la capacidad de mutar en un animal como todos ustedes?
—Para protegerte de mí. —La voz de Bill se quebró, pero siguió hablando—. Pensaron que podría llegar a matarte sin el control que solo se alcanza al llegar a la pubertad, y más porque parecía que el poder que debía ser dividido entre los dos, fue imprimido en mí.
—No basta, quiero pruebas —refutó, terco.
Tom se preguntó si quería desesperadamente que no fuera verdad, porque si era así, podría echarle tierra a todo el asunto y mirar hacia delante, a un futuro en el que podría compartir con Bill todo lo que quisiera sin ir en contra de normas sociales bajo las que había crecido ni enfrentarse con el constante pensamiento de “este es mi hermano”. Mierda. No sabía con seguridad si podría reducir a lazos filiales lo que sentía por Bill, aquello que no moría y que parecía tener unas raíces muchísimo más profundas de las que jamás hubiera esperado.
Al levantar la vista con un dolor agudo en las sientes y sin saber cuándo había bajado los ojos, vio una sonrisa débil y amarga en posada los labios de Bill. No limpió el rastro de sangre.
—¿Sabes cómo lo sé? Porque lo siento aquí —dijo Bill, posando la mano en su pecho antes de dejar ir un suspiro—, y si eso no te alcanza, tengo tu partida de nacimiento y miles de documentos más.
Tom se quedó callado, resistiendo las ganas de huir y su negación rota en miles de pedazos imposibles de volver a juntar nunca. No había escapatoria de lo que sentía él ni de lo que sentía el hombre que tenía a menos de un metro.
—Somos almas gemelas —murmuró Bill al cabo de unos segundos—. Quiero fundirme contigo, que seamos uno como tal vez estábamos destinados a ser en el vientre de nuestra madre.
La oración era tan intensa, al igual que la mirada de aquellos ojos idénticos a los suyos, que se estremeció. El cuarto de hora que siguió y se quedaron quieto, sin decir nada, el viento incrementó y copiosas gotas de lluvia cayeron, mojándolos y formando barro con la tierra.
—Lo que le dijiste a Andreas, ¿qué era? —dijo Tom, apenas escuchándose, acordándose repentinamente de eso—. Eso del secreto.
—Hace meses te dije que era especialmente bueno para herir a las personas que tenía cerca —contestó Bill sin hacerle esperar—. Hablaba en serio. Tom, siempre me has preguntado qué es lo que quiero. Ahora soy yo quién quiere saber. ¿Qué quieres? ¿Qué quieres de mí?
—¿No importaría si… retrocedemos mucha de la distancia que hemos recorrido?
¿Qué era lo que proponía? No lo sabía con convicción, pero si no se aferraba ciegamente a esa resolución difusa, perdería la cabeza y los fantasmas que lo perseguían, devorarían todos los bocados posibles hasta no dejarlo más que una masa trémula y solo ávida de toques y amor.
Continúa…
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