Irreversible 13

There’s a game that I play
there are rules I had to break
there’s mistakes that I’ve made
But I’ve made them my way

Black Lab ~ This night

Fic TOLL de Aelilim 

Capítulo 13: Gris IV (Atmósfera: El aire que pesa y no cae)

Miró su reflejo en el espejo retrovisor y arrugó el ceño, fastidiado consigo mismo. Si bien podía eludir con habilidad las preguntas que recibiría, las constantes miradas de reprobación y preocupación no cesarían durante toda la visita. Pasó la yema de dos dedos por el raspón en su mejilla izquierda y se obligó a relajar sus facciones, sabiendo que no había caso.

Había sucedido unos días atrás, en su segunda noche de luna llena, mientras corría en sus cuatro patas una carrera desbocada contra competidores invisibles en el bosque, buscando drenar la energía que le bullía en cada centímetro del cuerpo. El ramaje profuso, las raíces salidas y las numerosas caídas que había tenido no le habían hecho detenerse, pero sí habían causado que a lo largo de sus brazos y piernas tuviera cortes superficiales y rasmillones. Cómo se había herido precisamente el rostro era un misterio deducible, y no había pasado desapercibido para Bill que apareció de la nada entre los árboles y cubrió su desnudez con su abrigo cuando el alba despuntaba.

—La siguiente luna llena estarás conmigo, quieras o no —había asegurado en un bisbiseo.

En ese momento, Tom no había reunido la fuerza suficiente para negarse, exhausto incluso para poder respirar a un ritmo regular. Pero al cavilarlo con más calma, la idea le había producido el mismo recelo por el cual se había alejado lo más posible de Bill y había sufrido a solas la transformación cerca de un bosque colindante a la ciudad. Todavía había muchas cosas que debían aclararse…

Dobló un último recodo y llegó a la casa de sus padres. Era domingo de obligatoria cena bimensual. Bajó de su camioneta y caminó a la puerta, rodeando un auto estacionado que no reconocía y se preguntó quién podía ser; no tenía mucha familia que vivía en Berlín, ni siquiera en Alemania.

—Cariño, quise comunicarme para avisarte que teníamos compañía pero tu teléfono sonaba muerto —dijo su madre, recibiéndolo en el vestíbulo. Estaba por darle un abrazo, cuando ella le tomó de la cara y la examinó—. ¿Qué te ha pasado en la mejilla?

—Una mala caída, nada relevante. Mamá, ¿quién ha venido? —inquirió, zafándose del agarre con gentileza y percatándose de un abrigo femenino colgado en el perchero.

—Leah. Ella y tu papá están en la sala —dijo Simone bajando la voz, como si le confiara un secreto—. Sé que lo de ustedes es muy reciente, pero llamó esta mañana para preguntarnos cómo estábamos y le pedí que viniera a cenar con nosotros. Espero que no te moleste.

—No hay problema —afirmó, sacándose la chaqueta y siguiendo a su mamá a la sala.

Y no era mentira, no tenía problemas. Sin embargo, eso no le quitaba lo incómodo. Hacía tanto que no estaban en la presencia del otro, desde esa vez que Leah había ido a recoger sus cosas; casi tres meses atrás, si no calculaba mal. Al hacer su entrada, la plática amena Gordon y la muchacha se detuvo, y los saludos fueron hechos con cordialidad.

Leah lucía bien, con maquillaje tenue y un vestido crema entallado. Su rostro bonito y sus ojos avellanados rebosantes de vida seguían como los recordaba. Había dejado ir a una mujer espectacular, lo sabía sin necesidad de que su madre lo suspirara en algunas ocasiones, justo antes de añadir que era su decisión y lo apoyaba.

—Leah nos estaba contando sobre su trabajo, dice que ya ascendió a supervisora adjunta de su división —intervino Simone, tomando asiento al lado de Gordon e impidiendo que la tensión se apoderara del lugar. Tom miró a Leah, felicitándola de manera tácita.

—Ha sido difícil, pero es bueno para conocer todos los aspectos de la empresa —sonrió Leah. Tom quiso devolver el gesto y falló—. ¿Cómo estás tú?

—Teniendo éxito en arreglármelas para seguir viviendo, así que no me quejo —dijo en un tono ligero que hizo que su obvia evasiva pasara inadvertida.

En la circunstancia en la que estaban, el “cómo estás” le sabía a pregunta capciosa. Por suerte, Gordon hizo un comentario jocoso en réplica a su respuesta, y la conversación continuó por unos minutos más, centrada en el supuesto incidente a mitad de la noche que tuvo que inventarse para justificar su herida en la cara. Pasaron al comedor, donde Simone con la ayuda de su esposo y su hijo sirvió la comida; Leah, a pesar de sus protestas, quedó excluida de ayudar, alegándose que era una invitada. La cena transcurrió sin inconvenientes y con una charla que fluyó sin dificultades, para sorpresa de Tom, que dentro de sí aguardaba el instante en el que un comentario sin intención sembrara la tensión. No sucedió.

—Creí que no querías volver a verme, menos tan pronto —dijo con franqueza, acompañando a Leah a su auto. Las despedidas habían sido dichas y los “tienes que volver a visitarnos”. Tom también había dicho adiós, alegando que estaba cansado y debía levantarse temprano.

Recibió una sonrisa apagada que provocó que se arrepintiera de no haberse podido morder la lengua, pero quería saber.

—¿Cómo podría? Sabes que quiero a tus papás, y que es probable que el amor que siento por ti no desaparezca jamás… —Tom se quedó neutro, sin saber qué responder si Leah no seguía hablando. Para su alivio, ella no quedó callada—. No me malinterpretes ni me tengas pena, ¿de acuerdo? Me sigue costando seguir adelante sin mirar el pasado, y como te digo, mis sentimientos no se desvanecerán del todo, pero estoy bien. No lamento la resolución que tomé.

Nuevamente, pensó que eran tres meses, una cantidad insignificante a comparación del tiempo que habían pasados juntos y, con cierta culpabilidad, razonó lo poco y nada de espacio que había ocupado Leah en su cabeza desde que la relación que tenían se había acabado.

—¿Tú estás bien, Tom? ¿Desearías que no hubiera venido?

Negó, y Leah reiteró su pregunta de si estaba bien. Tom no dijo nada, queriendo ser franco y cavilando con rapidez si estaba bien, y lo que surgió en su mente fue: “tengo a Bill”. Porque tenía a Bill, quisiera o no, y ahora eso claramente influía en su bienestar.

—Estaré mejor —dijo al fin.

—Eso suficiente. —Su ex novia lo rodeó con sus brazos, y no lo soltó al seguir hablando, su largo cabello que olía a champú directamente en su nariz—. Ahora que hemos estado alejados, fui capaz de aceptar algo que me rehusé a ver: no eras feliz conmigo, y mereces ser feliz. Más vale que no te lo niegues.

—¿Negármelo? —cuestionó curioso. La fragancia natural de Leah era agradable, más en mezcla con su champú de manzanilla y una crema corporal, no se había dado cuenta antes y le gustaba.

—Los años que estuve contigo no fueron en vano —aseveró ella con confianza, separándose y depositando un beso en su mejilla—. Si encuentras a esa mujer ideal, no la dejes ir, que no te interesen los demás ni los inconvenientes. —Una risa triste se le escapó—. Esto es más difícil de lo que creí, pero sabía que me romperías el corazón tarde o temprano.

No hubo más abrazos, sonrisas o palabras. Leah se enjugó los ojos húmedos y se acomodó el cabello, subiendo a su auto y haciéndole una seña de despedida antes de partir. Tom tuvo el vago presentimiento de que ya no quedaba nada por decir y que pasaría mucho para que sus caminos se volvieran a topar… Escapando del olor impregnado en su ropa, abrió la ventana y condujo a velocidad, llegando a su destino en tiempo récord.

Ya había anochecido, y el piso estaba sumergido en la oscuridad, sin un alma. Sacó una cerveza de la nevera y se hundió en uno de los sillones. Había regresado a vivir con Bill. Bill, su hermano. Bill, su amante. Bill, esa persona que le había tendido una telaraña en la que estaba siendo sofocado con nada menos que una sonrisa llana y con la que no sabía qué hacer, si pelear, besar, hacer el amor o asfixiar.

Después de que las vacaciones de sus padres llegaran a su fin, había regresado al hotel en el que había estado quedándose antes y en el que empezó a recibir visitas esporádicas de Bill. Al principio había sido extraño e irritante verlo aparecer sin avisar, siendo pura amabilidad y estando dispuesto a contarle lo que quisiera. Y como Tom había querido saber tantas cosas y las sonrisas de Bill habían sido tan inocentes y dulces, de a pocos y exasperados pasos el tinte de normalidad se había reanudado entre ellos.

O algo así. “Normalidad” seguía siendo un concepto ajeno.

Había dejado de estar en el limbo en cuanto a sus raíces y sobre Bill, y aunque estar al tanto de que provenía de una larga y ancestral línea de hombros lobos no cambiaba su realidad, saber que nunca podría conocer a su madre biológica, quien había fallecido al darlos a luz, era información útil.

También ahora sabía que su padre no había superado la pérdida de su esposa, sin embargo, eso no había afectado su forma de comportarse con Bill, ni la niñez de este, rodeada de afecto de sirvientes que lo adoraban, y cada pequeño capricho siendo cumplido apenas abría la boca, por más caro o lujoso que fuera, debido a que el negocio familiar que consistía en una casa de subastas bastante prestigiosa en el círculo de entendidos y otros negocios en otras ramas, los posicionaba en estatus de acaudalados.

Terminó su tercera lata de cerveza y siguiendo el antojo de algo más, sacó una botella de vino tinto y una copa, yendo de vuelta a la sala. El vino no era lo suyo, pero le rememoraba infinitas oportunidades en las que había tomado botella tras botella de ese líquido con Bill… y con Leah. Chasqueó la lengua y llenó una copa.

Las conversaciones que había tenido con Bill se habían mantenido dentro de estrictos parámetros seguros sin mencionarse nada de lo que Tom no había querido tratar, y siguió así hasta que dos o tres días antes de luna llena.

Después de una cena rápida en un McDonal’s, al regresar al hotelucho había encontrado a Bill al borde de la cama con brazos cruzados y portando una expresión ilegible. Se sentó al costado de Bill, encendiendo un cigarrillo y botando descuidadamente la ceniza en el piso sucio.

—Regresa a vivir conmigo, tus pertenencias siguen allá y me haces falta —había dicho Bill, apacible e interrumpiendo su mutismo—. Prometo respetar lo que quieras hacer o dejar de hacer, solo deja este sitio. Es horrible y deprimente.

Por la cantidad de euros que pagaba a diario por el cuarto podía ser considerablemente peor. Botando el humor por la nariz, sin contestar, Tom giró para contemplar a Bill, su perfil perfecto y lo inmutable que estaba. Había sentido un espiral irrebatible de emociones que ni siquiera la nicotina calmó y se inclinó hacia él, lo necesario para sentir su calor corporal pero no para tocarse. No lo besó, aunque tuvo el impulso de hacerlo, y sin más dramas o complicaciones, accedió volver al piso.

La convivencia iba sin grandes pormenores con escasas excepciones.

Bill ya no seguía un horario de trabajo por algún motivo que no cuestionó, pero sus horas fuera de casa no habían disminuido. Había cumplido con su palabra, sin involucrarse e incluso mostrándose distante. Pero todo era como un explosivo que esperaba su momento para detonar: los sentimientos seguían ahí, su nexo sanguíneo y espiritual, el “quiero fundirme contigo” y la electricidad que brotaba con un mero roce…

Lo había comprobado, sin querer y con estupidez al despertar por primera vez en varias semanas en su cama de vuelta en el piso de Bill, y no había tenido mejor ocurrencia que intentar convertirse.

Había despreciado el pensamiento hasta ese día por miedo a perder el autodominio por cualquier razón, pero ahí y frente al espejo enchapado en su ropero y sabiendo que si algo iba mal podría ser contenido, se concentró, imaginándose a sí mismo en cuatro patas y como un lobo. No había funcionado de inmediato, sin embargo, cuando estaba por rendirse se dobló hacia delante por el dolor y las sensaciones olvidadas retornaron.

La piel le quemó al brotarle el manto de pelos y sus hombros y mandíbula dislocándose le arrancó gemidos que mutaron en suaves resoplidos y aullidos de padecimiento. Dolió, pero no tanto como recordaba haber sufrido en su otra transformación. Una vez recuperado se había estudiado en el espejo: sus ojos eran pardos y su pelaje blanco, blanco como nieve recién caída. Pasando la lengua por los colmillos, había corrido hacia el dormitorio de Bill que seguía durmiendo y saltó sin delicadeza en la cama.

—¿Qué sucede? —había dicho Bill en bufido somnoliento, abriendo los ojos. Al verlo tan cerca, su hocico a solo centímetros de su cara, se había relajado—. Tom —saludó, acariciándole detrás de las orejas.

Tom quiso hablar y probó hacerlo, pero únicamente brotaron sonidos parecidos a quejidos, gruñidos y una combinación de ambos. Se concentró de nuevo, así como lo había hecho unos minutos antes, y cobró su forma humana con facilidad casi indolora y asombrosa. Tomó conciencia de que estaba prácticamente desnudo encima de Bill y el estómago se le retorció, olvidándose de lo que quería decir y sintiendo agudos latigazos de deseo y la piel de gallina.

—Está bien —susurró Bill, todavía acariciando detrás de sus orejas, en su nuca, sin dejarle apartarse—. Está bien que estés así, que sientas eso.

No sabía si estaba bien o mal, pero sí sabía que esa delgada sábana que funcionaba de barrera para que no se tocaran no frenaba su erección pulsante y creciente, y mucho menos su corazón queriéndosele salir del pecho. La boca se le secó.

—Mi pelaje es blanco mientras el tuyo es negro —había musitado, paralizado y muy tentado a rendirse y ocasionar fricción contra la pierna caliente que se le ofrecía.

Bill había dicho un “lo sé” e iba a agregar algo que ahora jamás sabría, porque no había podido soportar el aliento tibio contra su oído, y se movió errático y jadeante, imposibilitado emocionalmente y ciego por la lujuria. Eso era lo que su cuerpo ansiaba, y no solo a causa del sexo que ya no tenía con desconocidos en baños mugrosos o habitaciones anónimas, sino por un amor categórico y absolutista que lo arrastraba a un callejón sin salida. Llegó al orgasmo y no se había detenido hasta que Bill también llegara, y entre músculos temblorosos y sudor, había tenido ganas de llorar…

La puerta abriéndose le sacó de sus pensamientos y le hizo advertir que en su copa estaba lo último de la botella de vino; su cabeza estaba pesada, pero le faltaba para lograr embriagarse completamente, por lo que pudo distinguir que Bill cargaba un aroma peculiar, como a tierra mojada, a sangre y a otro lobo. No se movió, escuchando los ruidos en la cocina y la luz no se prendió hasta que Bill apareció en la sala con una hielera, un vaso y una botella de escocés.

—¿Qué te ha pasado? —interrogó, escrutando la apariencia del otro.

Bill le miró con intensidad por un segundo, sus ojos refulgiendo entre sus mechones de cabello negro y liso; las rastas ya no estaban. Su ropa estaba rasgada y con manchas de lodo, y tanto su cuello como su brazo derecho tenían sangre seca. Era evidente que había peleado. No recibió una contestación y no instó una, observando cómo Bill llenaba con cuidado su vaso de hielo y whisky, y gran parte del alcohol desaparecía en su garganta.

—No me gusta tu olor —dijo Bill entre dientes.

—Y a mí tampoco el tuyo —replicó con serenidad. Podía apreciar que Bill traía un humor de esos con los que no había tenido que lidiar en bastante, y era peligroso—. ¿De quién es esa sangre?

—¿Por qué tienes impregnado olor de mujer? Uhm… Tom, tu noviecita, ¿cómo está?

—Vete al infierno —gruñó, percibiendo la agresividad y los celos. Bill saltó con vertiginosa energía hacia él, tumbándolo y aplastándolo.

—Si es contigo, adonde sea —murmuró contra sus labios.

Tom no luchó, obligándose a respirar y a que el licor en su sistema no le nublara los sentidos. Sabía que si Bill quería hacerle daño a Leah, hubiera podido hasta asesinarla mucho antes, y que la pelea o lo que fuera le había disparado su adrenalina: no estaba siendo completamente él. Pero esto no era el explosivo detallando, era más bien jugar a pasar los dedos por el botón rojo.

—Bill, tranquilízate —pidió, ignorando las manos paseándose en su torso.

—Solo si me besas… por favor.

Se quedó quieto, y Bill sujetó su mentón, mirándolo a los ojos. En ellos se leía tal consternación que venció a Tom y se alzó lo requerido para pegar sus labios a los suyos en un toque casto y seco. Aparentemente satisfecho con eso, Bill dejó de empinarlo en el piso.

—¿Me dirás qué ha pasado? —dijo, levantándose y aceptando el vaso de whisky que le fue tendido con manos trémulas. Tom vio cómo Bill pretendió responderle, pero no halló la voz para hacerlo—. Si no quieres hablar, no lo hagas.

—No… es eso. Pasa muy rara vez —declaró, sentándose en el brazo del sillón. Sus manos seguían temblando—. Que uno de los nuestros muerda a un humano, pero pasa. A veces huelo que hay recién convertidos, los rastreo hasta encontrarlos y los mato.

—¿Por qué lo haces? —Bill se encogió de hombros y tomó su trago. Su comportamiento y ánimo era como una montaña rusa; Tom ya no sabía que esperar.

—Empecé a hacerlo cuando era un adolescente. Es una manera de evitar que ataquen civiles y es una ocasión en un millón, ya que mayormente quien cometió el error es quien lo resuelve.

Algo le decía que lo que Bill hacía no era servicio a la comunidad. Depositó el vaso en una mesa y se sentó en el sillón.

—Déjame ir contigo la próxima vez.

—Por supuesto que no —dictaminó. Tom sabía que le dirigió a Bill una mirada dura, y la prepotencia en el tono desapareció al explayarse—: Es peligroso y no quiero que te pase nada. Aún ni siquiera sabes todas tus habilidades físicas y…

—¿Eso es lo que te pasó hace un mes? —Se refería a cuando Bill había aparecido malherido. No hubo necesidad de explicarlo, porque algo en los ojos marrones cansados le indicó que le comprendía y lo ratificó todavía más a recibir un suspiro y una negación en respuesta—. ¿Entonces?

—Tuve una confrontación. Con papá.

Tom no reaccionó. Había contemplado la posibilidad de conocer a su padre con mucha vaguedad; Gordon y Simone siempre serían sus papás, pero el pensamiento de estar frente a frente al hombre que había aportado para traerlo a la vida le producía sensaciones encontradas.

—Estabas muy lastimado…

—Perdió los estribos al contarle que te había mordido —explicó Bill con suavidad—. Era él o yo, y… lo maté. Tom, quita esa expresión, por favor. A ti no podría herirte —pidió con los ojos brillantes. Lucía tan frágil.

Tom no podía sentirse triste por alguien que nunca había visto, no sentía la pérdida, pero sí estaba turbado. Bill tenía en sus manos la sangre de su padre, ¿esa era la clase de mundo del que ahora era parte? Quiso incorporarse, irse lo más rápido que podía, pero no pudo, parecía pegado al sillón. Recordó a Leah, al trabajo de cubículo y lo aburrida y normal que había sido su vida hacía unos meses, y fue ambivalente, sintiendo rechazo y nostalgia. Sin embargo, sabía que no, no le gustaría volver a esa época aun así tuviera la opción.

Porque esto era lo que vivía ahora y debía enfrentar. Era un hombre lobo con instintos que no podía reprimir y enamorado de su hermano, alguien cuya naturaleza no dejaba de horrorizarle y atraerle en similar cuantía.

—¿Tendrás problemas? ¿Represalias? —Bill meneó la cabeza. Eso no era lo que quería preguntar y se obligó a seguir adelante—. Sé honesto, podrías matarme si quisieras, ¿verdad?

Bill volteó hacia él.

—Si hablamos de fuerza, no lo sé, tendríamos que estar en la situación. Lo que sí sé es que no importa, porque por más que pueda lastimarte, hacerlo sería como arrancarme el corazón de cuajo y pisotearlo. No pienso perderte por nada… ni nadie.

“Nadie”. Bill lo había probado. Ese cariño incondicional le escoció y ante esa mirada, esa fisonomía, la batalla fue perdida, y cuando Bill le abrazó como si el alma se le fuera en eso, devolvió el abrazo. El miedo ni la perplejidad le detuvo, y lo único que quedó fue el silencio.

Continúa…

Gracias por la visita. No olviden comentar 🙂

por administrador

Publico con autorización del autor

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