Irreversible 14

Without you, without you everything falls apart
(Take me if you want)
Without you it’s not as much fun to pick up the pieces…

Nine Inch Nails ~ The perfect drug

Fic TOLL de Aelilim 

Capítulo 14: Destinado a ser V (Silencio; Celos; Amor)

Era insoportable. Seguían viviendo juntos, compartían una que otra comida pero se había instalado entre ambos un silencio infranqueable, uno con palabras cordiales y sonrisas, pero sin roces ni siquiera casuales y sin hablar de lo fundamental.

A veces sentía que ya no podía más, que cedería y acabaría arrastrando los pies hacia donde estaba Bill y lo agarraría de los hombros y del pescuezo, quitándole el aire, besándole y obligándole a hablar. A realmente hablar. Sin embargo, se contenía por orgullo… y, en especial, debido a que cuando uno de los dos pusiera las cartas sobre la mesa, no habría más excusas para no eliminar todos los vacíos y dejar en claro qué sucedería de ahí en adelante, con determinación y sin vuelta atrás. Eso le producía miedo. Porque sería definitivo, un “para siempre” inquebrantable.

Eran cinco días que estaban así, cinco días desde que Bill había llegado con la ropa ensangrentada y sucia, y reveló que había matado a su padre. El abrazo que se dieron había durado hasta sus brazos se engarrotaron y un “te amo” fue pronunciado en un murmullo frágil.

A la mañana siguiente, Tom se había levantado es un estado imposible de definir y sin haber podido dormir más de una hora, y había ido hacia el ventanal en la sala en el que Bill estaba fumando un cigarrillo junto a un cenicero rebosante de colillas, aún con el atuendo de la noche previa y una palidez fantasmal. Ninguno abrió la boca más que para botar el humor… Nada más fue dicho.

—Buenos días, Tom —escuchó detrás de él, trayéndolo al presente. Pasaba del mediodía desde hacía mucho, sin embargo, no comentó al respecto ni devolvió el saludo. A Bill no pareció interesarle—. Georg y Andi vendrán por unos tragos mañana —dijo con soltura, sirviéndose un café frío y sentándose.

¿Qué debía contestar a eso? Durante el tiempo que habían estado conviviendo, Georg había aparecido en el piso contadísimas oportunidades y al otro, Andreas, solo lo había visto una vez. Si se supone que debía buscarse donde dormir o mantenerse encerrado en su habitación, se irritaría. Quedó callado, observando cómo Bill hacía un gesto de desagrado a su café y lo depositaba en la mesa. También observó que seguía en pijama, su cabello estaba hecho un revoltijo, y su rostro sin maquillaje que dejaba a la vista oscuras ojeras y labios resecos. Se veía exhausto, y a Tom el estómago se le contrajo por el abatimiento.

—Quiero que pases un rato con nosotros —continuó Bill, como si no reparara en su escrutinio—. Cabe la posibilidad de que sea incómodo al inicio… —Se interrumpió, pensativo—. Es decir, sé que has tenido roces con Geo, pero una vez que llegues a conocerlo te caerá bien y con Andi tienes más en común de lo que podrías creer.

—¿Por qué van a venir? —cuestionó con neutralidad, bajando la mirada.

—Estamos treinta y uno de agosto. —Con esto, Bill se levantó, al parecer desdeñando comer o tomar algo. Antes de salir de la cocina y sin girar, agregó—: Espero que lo consideres, sería importante para mí.

Tom se limitó a parpadear, sin comprender por un instante qué implicación había con que casi terminara agosto, hasta que finalmente cayó en cuenta: su cumpleaños era el primero de setiembre… su cumpleaños y el de Bill. Después de todo, eran gemelos. Sintiendo una agitación abrumadora que provocó que sus manos temblaran, se obligó a serenarse.

Se quedó en la misma posición, quieto y divagando hasta que escuchó el sonido de botas contra el piso y el tintinar de llaves, y automáticamente se puso rígido. Eran cinco días, ciento veinte horas en una miseria en la que sabía que también estaba Bill, aunque no lo manifestara abiertamente, y en tres trancos se encontraba a mitad de la sala.

Articuló un “¿Vas a salir?” antes de pensarlo. Era una pregunta tonta, considerando la vestimenta de Bill, y este se lo hizo notar con delicadeza. Tragó saliva.

—Quiero pedirte algo —dijo de inmediato, esta vez reuniendo determinación. Bill le devolvió la mirada, calibrándolo y forzó una sonrisa, escuchándole. Tom escondió las manos en los bolsillos de su pantalón, pero sostuvo la mirada de los ojos idénticos a los suyos y habló con decisión—. Posa para mí.

Estaba dicho. Lo había pensado millones de veces, pero se había sentido incapaz de representar la belleza etérea de Bill en un lienzo haciéndole justicia. En ese mismo momento no estaba tan seguro, sin embargo, algo en su interior le increpaba a que recurriera a cualquier subterfugio para poder pasar tiempo junto a Bill, incluso con la muralla que se había elevado entre ellos y causaba tantas heridas.

Su petición había sido sorpresiva, podía decirlo por las cejas alzadas y la falta de respuesta.

—¿Quieres que sea tu modelo? —Bill se mordía el labio pero su sonrisa vacilante se había tornado una tímida y genuina—. ¿Un boceto o una pintura? Ya sabes, acuarelas, óleos o lo que sea… Dios, qué más da, sabes que puedes hacer lo que quieras.

—¿Lo que quiera? —dijo enarcando la ceja. Era un flirteo diminuto y descarado, y la sonrisa de Bill desapareció en un santiamén mientras asentía con seriedad.

Tom tragó saliva y sus mejillas se encendieron ligeramente, lo cual era estúpido desde cualquier perspectiva. Había poco que Bill y él no hubieran compartido, y más en el aspecto físico, pero a la par, la nueva dimensión abierta por las confesiones que en ocasiones parecían digeridas y otras como una piedra en la garganta, estaba ahí. Solo la vez en la que se había transformado en lobo por voluntad propia no se había contenido, dejándose llevar por la lujuria y el amor. Y Bill no le buscaba ni le presionaba a nada… Hacía más de un mes, al enterarse, había pedido distancia, retroceder lo que habían avanzado desde que se habían conocido, y únicamente de a poco se había dado cuenta de que su deseo había sido cumplido, y ahora no sabía cómo lidiar con eso.

—Si no tienes nada mejor que hacer, podemos comenzar ahora —habló luego de carraspear, rompiendo la tensión. Mentalmente repasó tener la cantidad suficiente de materiales.

—Lo que iba hacer puede esperar. Soy todo tuyo —dijo Bill al cabo de reflexionar tres segundos exactos, deshaciéndose de su bolso y quitándose la chaqueta. Parecía ansioso, lo cual hizo que una ola de satisfacción invadiera a Tom.

“Todo mío”. Con la oración repitiéndose como disco rayado en su mente y una imperceptible sonrisa de lado, se vistió con las prendas salpicadas de manchas de varios colores que utilizaba para pintar y reunió lo que necesitaba en la sala. Bill aguardaba impaciente por él, ya sin sus botas, y al solicitarle que se sacase el maquillaje, se retiró al baño. Cuando salió, Tom ya sabía a la perfección qué concepto quería plasmar y cómo quería hacerlo.

—¿No quieres que me cambie? —quiso saber Bill, señalando sus jeans negros ajustados y su camiseta suelta blanca y con un estampado vistoso en el medio.

—Solo deja a la vista tus clavículas —aseveró, pasándose sin querer la lengua por los labios—. La ropa es lo de menos.

—¿Clavículas? —Arqueando una ceja, Bill dejó que Tom lo guiara hacia el sillón, en el que le hizo echar de un modo preciso, acomodando su camiseta y el cabello—. ¿Nada más? Parece… simple.

—Lo es, pero ese es el punto. Déjalo en mis manos.

La posición era ideal, e hizo los trazos guías, sintiendo emoción y a la vez un sosiego desconocido. Una de las piernas de Bill, cuan larga como era, llegaba al el piso de manera descuidada mientras la otra estaba flexionada y hacia un costado, muy rígida. Era un contraste que también lo evidenciaba en los brazos y emplearía toda su habilidad para también exhibirlo de los hombros para abajo y en el rostro hacer una conjugación. Las facciones de Bill se prestaban para eso… En sí, se prestaban para cualquier cosa, y más sumado a su habilidad para la utilización de los colores.

El entusiasmo con el que comenzó no disminuyó al pasar de las horas, y ni siquiera sus dedos cansados y los retorcijones le hicieron cesar. El cielo se descoloraba cuando los movimientos leves que Bill hacía para descansar sus músculos adoloridos dejaron de ser tan sutiles. Por el lapso de quince minutos, incluso, había caído dormido.

—¿Estás cansado? —Más que preguntar, Tom se hallaba afirmándolo, por lo que no requirió de una respuesta y procedió a limpiarse las manos con un paño, percatándose de que su cuerpo también agradecería una tregua. Bill se levantó, estirándose—. Seguiré con los detalles y es muy posible que para mañana esté acabado.

—¿Puedo ver?

Al decir un firme “no”, Tom escuchó un resoplido exasperado con una sonrisa. Si Bill quería ver la pintura inconclusa, sencillamente podía acercarse y ver sobre su hombro, sin embargo, no lo hizo; y su sonrisa y complacencia murió al advertir cómo el otro se calzaba y de su bolso sacaba un delineador y un espejo de mano, procediendo a maquillarse con rapidez. No se quedó observando con desfachatez cómo el otro hombre se arreglaba, como sintió ganas de hacerlo, y se ocupó entre arreglar los elementos que ya no usaría y poner el cuadro en una posición estratégica para su secado.

Quería decir algo para detener a Bill, pero su lengua parecía estar pegada al paladar y luego de una corta despedida, se encontraba a solas y lo único que se oyó fue un suspiro que retumbó en el silencio del sitio.

Tom se dio un baño larguísimo con abundante agua caliente y su estómago gruñéndole le hizo ordenar una pizza de la cual devoró hambriento más de la mitad apenas arribó. Como había dicho, se centró en los detalles de su pintura, satisfecho por cómo le estaba saliendo. Antes había retratado personas, mayormente desconocidos que le llamaban la atención estando en parques o cafés, y se quedaban inmóviles lo suficiente para captar los rasgos trascendentales en minuciosos bosquejos a carboncillos. Sin embargo, no había creído que pasar de eso a hacer un lienzo a color le resultaría tan fácil y natural.

A medianoche, Bill seguía sin regresar.

Se quitó los vestigios de pintura con exagerada lentitud. Podía irlo a buscar, lo sabía. Tenía grabados su esencia, y a pesar de no haber sometido sus sentidos agudizados a pruebas exigentes, su instinto natural no le fallaría. Se puso su pijama con la misma languidez, sin desdeñar la idea o ponerla en práctica, pero no logró llegar a ninguna resolución porque el rugido de un motor conocido cuatro pisos abajo se anunció.

Se sentó en su cama, apoyando sus brazos en sus piernas y esperó. Su olfato le decía que Bill aparecía en el umbral de su puerta y se plantaría ahí hasta que obtuviera lo que quisiera. Llevaba un olor distinto en mixtura con su aroma habitual, uno nauseabundo: el hedor de otro hombre, de sus deseos, de sus caricias, y mientras más próximo estaba, el olor se intensificaba; Bill ni siquiera no se había molestado en encubrir lo que había hecho… era como si se lo restregara en la cara.

—¿Por qué? —preguntó con suavidad, sin exponer la conmoción en la que estaban sus sentimientos.

—Lo necesitaba. —La contestación había sido expresada con indolencia.

Tom despegó la mirada del suelo, se incorporó con una parsimonia que no tenía dentro de sí y fue hacia Bill. Esta había sido su forma de acelerar el proceso, de romper con el silencio y el hielo que los calaba. Pero una vocecita muy hondo cuestionaba si no había ido demasiado lejos en esa desesperación; la herida era dolorosa y podía percibir los celos. Malditos celos que nunca no había sentido así de fuertes. Llegó a su altura y cerró una mano en torno a su cuello, justo como se había imaginado hacer, dejando una separación ridícula de unos centímetros entre sus cuerpos.

—¿Qué necesitabas? —No quería saberlo y Bill no quería decírselo, pero presionaba a sabiendas. El explosivo estaba destinado a detonar ahí y sin más demora.

—Lo que no puedo conseguir de ti gratuitamente. Sé lo que quieres hacer… Hazlo —dijo, sin amilanarse por la distancia o falta de. Su voz era desafiante, sin embargo, sus ojos eran un pozo profundo de ansiedad y tristeza—. ¡Hazlo!

—No —dijo con los dientes apretados. Su mano seguía en el cuello de Bill sin apretar—. Mierda. ¿Qué es lo que quieres decir con gratuito?

—¿Acaso no merezco ni tus golpes? —fue lo que consiguió en vez de una respuesta aclaratoria. Ahora sí no había muestras de confianza o apatía fingida. Todo lo contrario, el punto de quiebre parecía haber sido alcanzado.

—Qué hablas —murmuró incrédulo. ¿Bill estaba tan roto? No había recibido señales… o quizá sí las había recibido, pero ciego en su propio infierno no las había registrado—. Ven aquí —dijo, abriendo los brazos y envolviendo con ellos el talle esbelto.

Bill se desbarató sin lágrimas y en sollozos secos, musitando que lo lamentaba. Quedaron así por largos minutos, hasta que se separó y besó la comisura de sus labios. Tom se apartó, sintiendo rechazo y el olor de un hombre anónimo alejándolos.

—Tenemos que… —intentó explicarse.

—Lo sé, lo sé —cortó Bill comprensivo, sobándose los ojos—. Si tú hubieras buscado a otra persona te habría dado la paliza de tu vida.

—Te creo. —Y no había espacio para la duda.

A Tom se le hacía curioso como lo tirante del ambiente parecía irse evaporando entre sus respiraciones agitadas que iban al unísono y el calor corporal que compartían debido a que los centímetros entre ellos seguían siendo escasos. A diferencia de otras veces, parecían haber superado unos de los momentos más críticos sin sangre de por medio. Cogió a Bill de la mano y haló hasta sentarlo en la cama junto a él. Aspiró una bocanada, dándose una calma y valentía falsas.

—Somos gemelos… —Era la primera vez que lo decía.

—Lo cual lo hace enfermizo, ¿no? ¿Pero por qué seguir lo que nos dictan? Nos convertimos en las creencias de nuestra sociedad, de nuestra religión. Ser así es como… ser animales —Bill sonrió agriamente por su elección de término—, animales auto-domesticados. Te amo, a pesar de ti, a pesar de lo que cualquiera puede decir. Incluso, a pesar de lo que mi propio padre dijo. ¿Tú crees que no sentí dolor, remordimientos al pelear y matarlo? No teníamos la mejor relación, pero era mi papá.

Eso traía a colación el otro tema ineludible que debían tratar.

—Entonces… ¿por qué?

—No seas imbécil, ya te lo dije. Somos tú y yo, solo hace falta que tú aceptes lo que sientes. —Tom ya había aceptado lo que sentía, ese irrevocable amor en su pecho y entrañas, pero no dijo nada—. Eso es lo que nos mantiene aislados uno del otro. Te amo.

—Yo también te amo —dijo con simplicidad, esta vez sin quedarse mudo. También era la primera vez que lo decía con tanta sinceridad. El miedo seguía ahí persistente, pero frente a seguir alargando lo que era inevitable y ser desdichados, prefería tragárselo.

Los ojos marrones de Bill se abrieron como dos platos, tal como si jamás hubiese esperado escuchar esas dos palabras juntas, y Tom aprovechó que estuviera atónito para sujetarlo de la cara con gentileza y frotar los pulgares contra sus mejillas. No sentía el rechazo de hacía un rato, sino la ternura, el entendimiento.

—¿Me contarías cómo pasó? —Bill asintió.

—Él jamás quiso que estableciera contacto contigo, por lo que me ocultó hasta tu existencia. Asumo que quería que tuviese una vida corriente, pero ya te he dicho que me sentía incompleto y me hacías falta aún antes de saber que tenía un gemelo. Te encontré, te… engatusé para tenerte —Tom sonrió por un milisegundo—, y papá se enteró. No sabía todo lo que había hecho, sin embargo, sabía lo suficiente para estar furioso, y los gritos y los golpes no tardaron porque seguí rebatiéndole hasta que dejó de razonar. Murió en mis brazos.

Bill seguía sin llorar y Tom no le consoló, reclinándose para apoyar la frente en su hombro en un semi-abrazo.

La oscuridad, parte irrefutable en todos, era más imperiosa en ellos por la subespecie que eran: poderosos hombres lobos con la capacidad de transformarse en animales de colosal fuerza y caminando en una fina línea entre dominio y descontrol, principalmente al estar bajo el influjo de luna llena. Eso era ahora, y debía asimilarlo. Se había enfrentado con esa realidad numerosas veces, pero ahora estaba ante la prueba máxima de ello.

—¿En serio me amas? —interrogó Bill en un balbuceo, ladeando la cabeza. Tom dijo un sólido sí—. ¿Me perdonas por ser como soy?

—No hay nada que perdonar, quiero estar contigo así como eres. No me gusta lo que siento cuando te alejas o me abandonas. Te he extrañado estos días. —Tom evitó verbalizar más de la cursilería que tenía burbujeando en su garganta, y volteó el rostro, pegando la boca al oído de Bill—. Somos tú y yo. Lo somos desde…

—Siempre —acabó su oración por él—. Yo también te he extrañado, Tom.

—Duerme conmigo —dijo. Bill accedió con una sonrisa exangüe y no le impidió que se deshiciera de su agarre y se marchara sin elucidaciones; obviamente, iba al baño a darse una ducha y eliminar las huellas de su infidelidad.

Se cubrió con las mantas a la vez que procesaba lo que había sucedido. Sin sangre o violencia, sin lágrimas ni abatimiento; era pasmoso y difícil de creer que hubiera resultado así. No era que estuvieran bien de un segundo a otro, sin embargo, dejaban en claro que ambos apostarían todo por seguir… o mejor dicho, que Tom apostaba igual que Bill y no se hacía problemas con lo que este ya había sacrificado sin consultarle. Después de que Bill retornara con bóxers y cabello húmedo, se amoldaron sin esfuerzo con las piernas entrecruzadas y ocupando solo la parte izquierda de la cama.

—Bill.

El mencionado zumbó un “¿Uh?” aletargado. Habían pasado casi media hora sumergidos en el silencio y la oscuridad. Con muchos de sus sentimientos asentados, el de los celos había subido de categoría, envenenándolo con imágenes gráficas y causando que sus entrañas se retorcieran con una sensación efervescente. Era como si el engaño hubiera tenido efecto retardado.

—No vuelvas a hacerlo. Nunca más.

—No lo haré —respondió con prontitud, correspondiendo con entrega el beso posesivo que Tom le dio a continuación.

Fue un beso embriagador, prolongado y húmedo como hacía mucho que no tenía y representaba lo que tenían, una exclusividad en cada uno de los campos: eran su familia, eran amantes, y estaba bien. Las emociones entrañables y cálidas que compartieron por un mero beso bastaron para dejarlos agotados, sin más ganas que de acurrucarse hasta quedar dormidos.

—Te tengo algo —dijo Bill, sin dejar que su adormecimiento aumentara—. Es un regalo de cumpleaños.

Bill se desembarazó de sus brazos y piernas, y se levantó. Al regresar, tenía un pequeño envoltorio negro que le entregó luego de prender una de las lámparas de los veladores y tomar asiento. Tom rompió el papel y encontró una foto enmarcada en la que había una mujer cabellos rubios que caían en suaves ondas sentada en un columpio y con una sonrisa amplia y alegre. Era hermosa.

—Es nuestra madre. Solo conservo esa foto ella. —Se podía decir que Bill le tenía un gran cariño a la fotografía por como la mirada con ojos brillantes—. Mi abuela me la regaló antes de fallecer.

—¿Y me la estás dando?

—Tengo la esperanza que estemos juntos el resto de nuestras vidas, y que todo lo que es tuyo también sea mío, así que sí, te la doy. Cuídala. —Tom la cuidaría, los dos lo sabían—. Dentro de tres meses hay luna azul y quiero… necesito pedirte que estés conmigo.

No estaba muy enterado de fenómenos astronómicos y tampoco sabía mucho en cuestión a los hombres lobos, cuya implicancia sospechaba tenía que ver primordialmente con la petición que estaba haciendo Bill.

—Estaré contigo —dijo. Ignorante y todo, no había nada que podía negarle a Bill, quien a escucharle sonrió y se lanzó a sus brazos—. Pero quiero saber qué es eso de la luna azul —adicionó casual, sin aflojar su abrazo.

—Se da cada cierto tiempo, es una segunda luna llena dentro de un mismo mes —expuso escueto.

—¿Qué más? —Bill se despegó y rozó sus labios con los suyos, apagando la lámpara y urgiéndolo a que se echara y acomodándose en su pecho—. Porque hay más, ¿verdad?

—Hay una costumbre ancestral entre los hombres lobos, un acto simbólico de mucho valor que toma lugar durante la luna azul.

No hubo más explicación, y debido a los besos y caricias que Bill le prodigó en vez de continuar con su respuesta aclaratoria le bastaron para no insistir, calándose hasta los huesos de ese magnetismo bruto al que había estado rehusándose a conciencia y con argumentos rebatibles. Estaban en un momentáneo terreno seguro ahora.

Continúa…

Dos capítulos más y listo. 🙂

por administrador

Publico con autorización del autor

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