Anytime, anyway,
you’re my playground love
Air ~ Playground love
&
Just live till you die
Queens of the Stone Age ~ In the fade

Fic TOLL de Aelilim
Capítulo 15: Gris V & Peligro III (Supervivĕre)
«Uno de los primeros hombres lobos que existieron, un berserker, había estado vagando en la tierra antigua, pero eso cambió cuando conoció a una hermosa criatura en los bosques, una joven humana cuyos encantos lo enamoraron. El berserker no dejó que la diferencia de especies representara un obstáculo o un peligro para su amada, y cada ocasión que sufría sus inevitables transformaciones se retiraba a una zona alejada.
Su amor no dejó de fortalecerse, sin embargo, la desgracia llegó a sus vidas: una segunda luna llena en un mismo mes se dio a lugar, y el poderoso influjo de la luna azul hizo que el berserker perdiera la razón e hiriera de muerte a la joven.
Los aullidos desgarradores de arrepentimiento y dolor se escucharon por días, y después de que se detuvieron, nunca más se supo del berserker. La leyenda dice que murió de corazón roto y que cada luna azul se alza de entre los muertos para unirse al espíritu de la mujer que ama…»
Eso era lo que Bill le había contado la mañana siguiente entre susurros apagados al despertarse entre sus brazos, comenzando a hablar sin que se lo pidiera. No había podido continuar porque repentinamente se escuchó el teléfono repicando, sobresaltándolos. Tom arrugó el ceño y Bill se refugió en su pecho, ahogando un gruñido de desagrado. Viendo el ID, relajó su expresión con un suspiro y contestó la llamada.
—Gus, hola —saludó ahogando un bostezo—. ¿Qué tal?
—¡Feliz cumpleaños! —La voz de Gustav era demasiado entusiasta para su gusto. Todavía no pasaba ni de las ocho—. Al menos por hoy deberías levantarte temprano y ver los pajaritos cantar, y dar un paseo por…
—¡Gusti! —bufó. Aunque lo había dicho en un tono de advertencia, sabía que la gracia que le había causado su amigo no pasaría desapercibida.
—Ya, hombre, dejo de fastidiar —rió Gustav. De fondo se oyó una voz femenina y el llanto de un bebé—. Melinda te manda saludos y parece que Tobbie también. ¿Cómo vas a celebrarlo?
Tom miró al hombre acurrucado contra él y respondió sin dar más detalles que la pasaría con Bill. El resto de la conversación fue sobre nada en concreto y pronto Gustav tuvo que colgar debido a que era su turno de cambiar a su hijo e debía irse a trabajar. “No todos podemos darnos el lujo de no trabajar, vago de mierda”, se había despedido de buen ánimo, colgando sin dar oídos a la réplica sardónica que recibió.
Se acomodó intentando no moverse demasiado para no turbar a Bill que roncaba suavemente en su hombro, y se dejó arrastrar por el sueño que le invadió apenas cerró los ojos. Estaba inmerso en una paz anhelada desde que había puesto un pie de vuelta en el piso, y las muchas cosas, hechos e intercambios que parecían un sueño lejano seguían siendo digeridos con la serenidad requerida para no abrumarlo. Más de un par de horas pasaron, durmiendo imperturbablemente hasta que de nuevo fueron sobresaltados, esta vez por sonidos dados golpes en la puerta y aromas inconfundibles. Eran Georg y Andreas.
—Es obsceno que vengan antes de mediodía —refunfuñó Tom, guardándose las maldiciones que tenía en la punta de la lengua. Cualquiera visita se le hacía latosa sin interesar que ya no estuviera cansado.
—Lo sé, lo sé, pero son personas ocupadas —arguyó Bill, enderezándose y estirando los brazos. A comparación de cuando Gustav había llamado, lucía presto a empezar el día—. Les abriré e iremos a darnos una ducha. Pasarás un rato con nosotros, ¿no? —quiso confirmar con una sonrisa dócil y radiante.
Si había manera de negarse a Bill, Tom aún no la encontraba…
La pequeña reunión fue sorprendentemente grata y se resumió a preparar un abundante desayuno-almuerzo, devorarlo y tomar unas cervezas. Ni Georg ni él habían estado a la defensiva, y con la locuacidad de Bill y la de Andreas que no se quedaba atrás, la conversación fluyó sin inconvenientes. Se enteró que Georg trabajaba en un sello discográfico como mánager de una banda conocida y que Andreas era dueño de una galería de arte, a lo cual Bill se había querido referir con “cosas en común”.
“Sé que no soy imparcial, pero Tom es muy bueno, y más considerando que hace poco retomó el pintar y dibujar que había abandonado desde que era un niño” fue el comentario que había escuchado cuando estaba en la cocina poniéndole hielo al vaso de Coca-Cola que le había pedido Bill. La convicción con la que hablaba parecía tanta y con la capacidad de borrar cualquier recelo, que al volver a la sala se sentía ligeramente azorado y se había limitado a encender un cigarrillo y fumarlo hasta que Andreas se dirigió a él con cordialidad.
—Cada cierto tiempo organizo una exhibición de artistas nuevos, y Bill tiene razón, tienes talento. Me gustaría exponer unas cuantas obras tuyas, ¿qué dices? Apuesto a que podrías empezar a labrarte un nombre y de paso vender algunas.
Tom no había sabido qué decir. El tema monetario ya no había sido tocado, siendo sobreentendido que la cuantiosa herencia que había recibido Bill bastaba y sobraba para no volver elevar un dedo, sin embargo, ver una posibilidad de realmente poder dedicarse a algo que le apasionaba y ganar dinero con eso era agradable.
Unos días más pasaron sin cumplir ninguna agenda a excepción de las horas inexorables que al inicio dedicó a completar el retrato de Bill y luego a hacer una serie de cuadros pequeños con una temática en común: expresiones del rostro humano.
Cuando se hallaban en silencio, desnudos y cubiertos con una capa de sudor, respirando el mismo aire y con las mentes distantes, se atrapaba maravillándose por esa armonía que había florecido entre ellos y que prácticamente podía palparse. Bill ya había dejado de señalarlo pero no le cabía duda de que estaban destinados a estar juntos y, por lo mismo, las preguntas y la curiosidad más sobre la luna azul se habían disuelto al conseguir que Andreas le guiñara un ojo y le soltara en calidad de secreto que iba casarse en términos simbólicos.
El ocaso los atrapó acomodados en su cama que había sido declarada de modo oficial como la de ambos, y mirando las escenas finales de una película de acción elegida al azar en la programación. Los créditos aparecieron en la pantalla negra y Tom se desperezó, sabiendo que por más que quisiera quedarse y ver otra película o hacer zapping, no podía. Sus padres lo habían llamado por su cumpleaños, y por el mismo motivo habían adelantado la acostumbrada cena de los domingos, siempre preguntando si no afectaba su trabajo. Los diminutos indicios de culpa que sintió por no contarles de su renuncia le habían arrinconado a aceptar gustosamente.
Bill imitaba sus movimientos, lo cual le llamó la atención.
—¿Tú también saldrás? Creí que no tenías nada que hacer —dijo con una ceja arqueada y logrando conseguir un resoplido enojado—. ¿Qué? Ya te había avisado que tenía que ir a ver a mis papás.
—Sí, lo sé y voy a ir contigo, ¿acaso no es evidente? Hace meses te dije que te acompañaría en una de esas visitas y me saliste con que no era decente y bueno. —Hizo un puchero adorable—. Quiero que me recompenses por eso y me presentes a tus padres.
—¿Y si notan la semejanza entre nosotros? —Tom había pestañeado, entendiendo las dimensiones de lo que Bill quería hacer y había pronunciado el pobre pretexto sin reflexionarlo, ganándose una mirada de desdén, tal y como si hubiera dicho lo más estúpido que se le hubiera podido ocurrir. Lo que era cierto, más o menos.
—¿Estás de broma? Ni siquiera tú tendrías idea de que somos gemelos si no fuera porque te lo dije. Así que no te apegues a justificaciones sin un ápice de sentido.
Tom enmudeció, sabiendo que era un punto para Bill, un punto que inclinaba la balanza en definitiva en su contra si es que no daba golpes bajos y alegaba que sencillamente no quería que conociese a sus padres adoptivos. Con un suspiro dijo un “como quieras, tú ganas” y Bill aplaudió emocionado, saliendo aprisa de la habitación para irse a bañar, maquillar o vestirse, quién sabía.
¿Cómo explicar la presencia de un acompañante en la cena familiar? Todo el transcurso a la casa en la que había crecido, caviló en eso sin llegar a una conclusión alentadora. Aparte de que los únicos que habían asistido con él a esos encuentros habían sido Leah y Gustav unas escasas ocasiones especiales, debía encararlo, su madre podía ser un tanto difícil. Aparcó al llegar y bajó de la camioneta, apaciguando su nerviosismo y la sensación de una piedra atascada en su garganta. Abrió la puerta y dejó que Bill entrara, y en contados segundos dos figuras les dieron la bienvenida.
—Mamá, papá, este es Bill —hizo las introducciones forzosas—. Bill, estos son Gordon y Simone, mis padres.
—Un gusto conocerlos —dijo el mencionado, portando la sonrisa más deslumbrante de su repertorio y estirando la mano.
Al principio, Simone parpadeó sin reacción, observando a detalle la indumentaria de Bill y Tom solo respiró aliviado cuando Gordon se apresuró a devolver el saludo, diciéndole que se sintiese como en casa. Los tardíos “¡feliz cumpleaños!” e imperiosos abrazos hicieron que la aprensión pasara.
—¿Cómo así se conocen? Tom no nos había hablado de ti —dijo Simone cuando pasaron a sentarse en la mesa a comer. Su pregunta era un no tan sutil “no te hemos escuchado ni nombrar, e igual eres meritorio de estar aquí, ¿por qué?”.
—Mamá, no seas descortés —se quejó, tenso, sin embargo, Bill ya estaba contestando.
—Nos conocemos desde hace mucho pero recientemente nos reencontramos por obra del destino —aseguró con seriedad. Tanto Gordon como Simone enarcaron una ceja y debajo de la mesa, Tom se retorció las manos temiendo qué podía decir—. Estuve buscando a su hijo por un asunto pendiente desde hacía años, y desde que está resuelto hemos sido inseparables.
Si la ambigüedad de la respuesta despertó el lado cotilla de su mamá, no se apreció, y nuevamente el espectacular dote de elocuencia con el que Bill contaba se lució, pudiendo manejar una charla sin trabas y encaminarla sobre la casa de subastas que manejaba y los viñedos en Stuttgart de los que Tom recién se enteraba que existían y a los que Gordon remarcó que no le importunaría conocer. Llegaron al postre sin haberse dado demasiadas pausas, y Bill infaltable se ofreció a ayudar a lavar el servicio, por lo que Tom junto a su papá quedaron exentos de esa labor y se sentaron en las sillas de mimbre ubicadas en el porche.
—¿Y bien? —peguntó Gordon risueño.
—¿Uh? —Renuente, Tom volteó para enfrentar a su padre, dejando de aguzar el oído para espiar la conversación que se desarrollaba en la cocina—. ¿Y bien qué?
—¿Cuál es el trasfondo con Bill, hijo? Como que obvio que pasa algo más —dilucidó. La sonrisa bonachona y cándida que curvaba los labios de Gordon se acentuó mientras sus ojos se abrieron de sobremanera.
—No pasa nada —se apresuró a afirmar. En ese instante, Bill dijo algo gracioso y tanto él como Simone liberaron una carcajada que llegó hasta ellos fuerte y clara. Tom abandonó provisionalmente la estupefacción y sonrió antes de darse cuenta.
—Por supuesto que sí —amonestó Gordon, dándole un golpecito en el hombro—. Ten presente que si tú eres feliz, tu mamá y yo te apoyaremos. Puedes confiar en nosotros.
—Lo sé, lo sé —contestó, y sopesó el riesgo de seguir hablando. El resplandor en los ojos azules de su papá le hizo decidir—. Estamos saliendo —confesó finalmente. Era una verdad a medias, pero tampoco iba a detallar que había tenido una relación física con Bill desde hacía meses antes de terminar su noviazgo con Leah y que ahora vivía con él.
—Ya veo. Es un chico guapo y tiene chispa. En mi opinión has tenido mucha suerte de poder atraparlo.
—Papá —dijo en tono lastimoso—, avergonzarme le corresponde a mamá, no me digas que ya te lo contagió.
Gordon rió , dándole otra palmada en la espalda. Fue entonces que Bill y Simone hicieron su aparición y no mucho después estaban en la camioneta dirigiéndose a la ciudad y a un club en específico por iniciativa mutua.
Al piso llegaron muy entrada la madrugada, con más ron y vodka en el sistema de lo recomendable, haciéndose chistes incomprensibles y tropezando repetidamente. Hicieron el amor en la alfombra con delicadeza e inusitada lentitud, disfrutando cada caricia y roce, y trabajando por un orgasmo que los alcanzó murmurando te amos entrecortados.
El fin de mes y la fecha de inauguración de la exposición llegaron con velocidad asombrosa. Esa noche era de luna llena, pero no habría inconvenientes siempre y cuando estuvieran a solas a partir de la hora precisa. La galería era moderna y espectacular. Tom recordaba haberlo visitado algunas veces con Leah, admirado por el sitio y la diversidad de pinturas.
Imaginarse pocos meses mezclado con gente vestida elegantemente, con champagne en una mano y fascinado por la obras entre las cuales se incluían las suyas, hubiera sido una jodida locura, y, sin embargo, ahí mismo se encontraba. Bill estado a su costado portando una sonrisa brillante y ataviado en prendas que le había tardado media tarde elegir. Estaba feliz… Los dos lo estaban. A pesar de que pisaba tierra y no se hacía demasiadas ilusiones de hacerse un artista reconocido, solamente estar ahí era satisfactorio. Gustav acababa de irse, felicitándolo y diciéndole que para el próximo evento debería invitar a sus padres.
—Sabes que Gustav tiene razón, ellos se pondrían tan orgullosos —le dijo Bill, agarrando su brazo y sonriéndole. Tom asintió—. Regreso dentro de un minuto. Iré por una copa y a ver si Andi tiene novedades.
—Está bien —respondió, devolviendo la sonrisa.
No estuvo solo por mucho, ya que sin percatarse y estando frente a un lienzo de grandes proporciones que representaba el averno, una mujer se puso a su lado y su fragancia dulzona lo envolvió. Esperando que se marcharse tan sigilosa como se había acercado, siguió concentrado en la pintura, contemplando los pormenores y la técnica empleada. No fue así.
—Hola, disculpa la molestia —se introdujo inesperadamente con una sonrisa que dejaba a la vista sus dientes blancos rodeados por carnosos labios rojos pintados con carmín—. Soy Hanna, ¿y tú?
—Tom —dijo viéndola de reojo. Era una mujer atractiva, pelirroja y con ojos celestes, y vistiendo un vestido negro y zapatos de tacón que la ponían casi a su altura.
—Quizá sea una simple coincidencia, ¿pero no serás Tom Trümper? ¿El de los cuadros de aquella esquina? Tu cara es la de esos autorretratos, si no me equivoco. —Replicó afirmativamente, ladeando un poco el rostro—. Oh, vaya, eres extraordinario.
No pudo ni decir gracias porque un “hey” se lo impidió. La expresión férrea de Bill distaba de ser complaciente. Tom se excusó con la chica, preparándose para lidiar con una escena de celos o un discurso brusco. Debían cuidarse de los celos, tanto de provocarlos como de sentirlos; lo sabían. Sin embargo, estando en la salida, su amante le dio un beso corto y apasionado y le abrazó.
—No dejaré que me crispe los nervios que una cualquiera flirtee contigo. Te tengo una noticia espectacular. —Y sin duda Bill lucía contento—. Andi me ha dicho que una de tus pinturas ha sido comprada. ¡Tu primera venta!
No dijo más que wow y compartieron otro beso igual de apasionado, pero largo y húmedo. Llegaron tomados de la mano al estacionamiento y al BMW en el que habían decidido ir, dispuestos a ir al piso y abrir dos o tres botellas de vino. Beberían y festejarían a la luz de luna, embriagándose hasta que el instinto pulsara con tanto ímpetu que los arrojara a los brazos del otro, haciéndose la ropa trizas y luchando con violencia por un dominio al que en algún momento cederían. Pero no pasó.
—¿Recuerdas que dijiste que querías acompañarme? Es tu oportunidad —dijo Bill. Se había detenido de sopetón, girando hacia él y respirando pesadamente, sus fosas nasales muy abiertas.
—¿A qué te refieres? —cuestionó confundido.
—De un humano mordido que está por convertirse en una bestia irracional. —Bill lucía levemente impaciente—. Hay luna llena. Es insólito que haya uno…
Había más de lo que revelada, pero Tom no presionó, siguiéndolo sin palabras y echándole una ojeada fugaz a su reloj. Eran las 9:26. La noche no era gélida pero sentía estremecimientos recorriéndole y se preguntó si era la ansiedad de no saber qué pasaría o si se trataba de la energía que emanaba del animal dentro de él, estimulado por los rayos lunares. Bill condujo calmadamente hacia la salida norte de la ciudad y luego de tomar una bifurcación y recorrer un camino de tierra, se detuvo a mitad de la nada. La luna estaba en lo alto, imponente y entonando un llamado que hacía que sus manos estuvieran trémulas.
—¿Hueles eso? —Bill se había desabrochado el cinturón de seguridad y lidiaba con su bufanda y los botones de su chaqueta. Sus ojos estaban afilados hacia la lejanía.
Tom aspiró profundamente, olfateando en el ambiente la mixtura de muchos olores, de naturaleza en estado salvaje y percibiendo la penetrante esencia a lobo y a sangre. Ignorando las sacudidas de su estómago a medida que cada parte del cuerpo de Bill era descubierto hasta dejarlo desnudo, hizo lo propio, tiritando cuando bajó del auto y salió al frío. La transformación fue rápida y el dolor que sintió se perdió instantáneamente al seguir a Bill ya convertido a través de un llano y llegar a un boscaje.
Lo encontraron en un claro no muy apartado. Era un espécimen plomizo, no más grande que ellos pero sus ojos ambarinos que sobresalían en la oscuridad se mostraban primitivos, nublados. Su hocico estaba manchado de rojo y lo tenía enterrado en las vísceras destrozadas de animal grande, de las cuales desechó de inmediato al sentir su presencia. Bill gruñó, obteniendo un ruido similar y una posición de ataque. Tom no sabía qué hacer, y se congeló aún más observando a un imponente lobo negro lanzarse contra uno plomo, buscando encajarle los colmillos en el cuello.
La pelea era intensa, y no porque Bill fuera más débil sino porque el otro no paraba de agredir sin atañerle sus heridas ensangrentadas o su respiración agitada. Pero un descuido hizo que la situación cambiara y que Bill soltara un aullido adolorido al sentir unos caninos incrustándose en su pata. Debía dejar de ser un espectador y oyendo un segundo aullido de aflicción, se abalanzó hacia el lobo plomo, atrapando su pescuezo y apretando con toda la fuerza que pudo. No soltó el agarre, los ojos cerrados para no ver la vida escapándose de la criatura asida por sus colmillos, hasta que una mano se posó en su lomo trayéndolo a la realidad.
—Déjalo, está muerto —dijo Bill en un murmullo. Tom tenía el sabor de sangre en la boca y no escuchaba el latido acelerado del otro lobo. Había matado a otra persona, pero era Bill o un individuo anónimo que ya no tenía solución—. Es sobrevivencia, no debes sentirte culpable.
Meneó la cabeza, solo porque no sabía qué más hacer. No había disculpas válidas para lo que había hecho. Haciendo gruñidos y quejidos, y sintiendo la quemazón y el malestar, volvió a su forma humana. Bill le abrió sus brazos, y cobijó en ellos, cerrando sus manos en puños con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos y las uñas se metieron en la carne, y ni siquiera notó que por sus mejillas rodaban lágrimas hasta que Bill se lo hizo notar… Estaban desnudos y en contacto directo con la tierra seca repleta de hojas, sin embargo, solo importaba algo y un jadeo ahogado surgió desde su garganta.
—Todo estará bien —musitó Bill. Su brazo izquierdo sangraba, pero no le hacía caso.
—No quiero que vuelvas a hacer esto nunca más —pidió Tom, sin poderse recuperar de la conmoción originada por lo que había hecho y el miedo de perder a Bill; el mero pensamiento le sumía en una desesperación no verbal que le estrujaba el pecho.
—No lo haré —dijo Bill, entrelazando sus dedos con los suyos y haciéndole levantarse—. Transfórmate, ¿sí?, hazlo por mí y corramos hasta caer rendidos de extenuación.
No se negó la petición, así como no se negaba a nada. Y corrieron hasta más allá de los límites del boscaje, aullando y haciendo paradas eventuales para lamerse las heridas superficiales y las insondables. Habían sido los dos y seguirían siendo los dos porque estaban en una caída muy particular, una sin fondo y de la que seguirían cayendo y cayendo indefinidamente pero aferrados el uno al otro.
Continúa…
Gracias por la visita. No olviden comentar 🙂