Irreversible 16

I (Don’t ask me)
I was standing (You know is true)
you were there (Worlds collided)
two worlds collided (We’re shining through)
and they could never tear us apart

INXS ~ Never tear us apart

Fic TOLL de Aelilim 

Capítulo 16: Destinado a ser VI (Sobre la luna azul y nexos)

Caía la noche del segundo día de luna llena en el mismo mes, y el biorritmo empezaba a ceñirse sobre ellos, incuestionable y con un poderío que solo poseía una vez cada cierta cantidad de años, provocando una conmoción más radical en todos los hombres y mujeres con ese patógeno en su sangre, enardeciendo su parte más irracional y animal… Tom paseaba con cuidado las puntas de sus uñas a lo largo de los brazos descubiertos de su único mundo habitable en esos minutos. Disfrutaba de esa cercanía, de esa desnudez y la imposibilidad de dejar aflorar lo que quería: era tener el fruto prohibido al alcance de la mano. Pero Bill había dicho “aguarda”, y Tom aguardaba. Aguardaría hasta el fin del mundo si fuera preciso.

El aullido de un perro callejero se escuchó a la lejanía y Bill salió de su estado letárgico, abriendo los ojos y dirigiéndole una sonrisa. Tom devolvió el gesto.

—No me has quitado la mirada de encima. ¿En qué tanto estás pensando? —preguntó alguien con tono ronco, producto de no haber pronunciando palabra alguna durante tanto rato.

—Muchas cosas —contestó Tom, poniendo el rostro a la altura de Bill y apoyándolo en su brazo doblado. Estaban frente a frente, apartados por unos escasos centímetros—. ¿Cómo crees que hubiera sido si al nacer hubiésemos seguido juntos?

—Inseparables, habituados a respirar el aire del otro —dijo Bill inmediatamente, sin necesidad de reflexionar su respuesta. Su aliento, mezcla de cigarrillos y vino, golpeó la cara de Tom—. Quizá hubiera sido más complicado, pero tarde o temprano hubiésemos acabado así, girando alrededor del otro por una fuerza gravitacional invisible. Sin importar el contexto nos pertenecemos, Tom.

—Almas gemelas, ¿cierto? —Lo decía sin un ápice de chanza o ironía.

—Cierto —asintió Bill, enterrando la nariz en su cuello y causándole leves cosquillas con su respiración—. ¿También sabes qué? Es probable que pudiera haberte disuadido para fundar una banda de rock, una donde yo hubiera sido el vocalista y tú el bajista o el guitarrista… Hubiéramos sido famosos en todo el mundo y correrían miles de teorías de por qué una vez al mes nos desaparecemos inevitablemente y cuál es el significado oculto de tantas cosas que decimos y hacemos. ¿Te lo imaginas?

Tom podía, y a la perfección, como si la corriente de pensamientos e imágenes que Bill anidaba en su cabeza pasara por un nexo intangible a la suya. Se veía al lado derecho de un gran escenario iluminado con luces de colores, la correa de un instrumento de cuerdas firme en su hombro y sintiendo penetrante el sonido que producía y que era acompañado por la voz de Bill, dueño y brillante auspiciador del griterío de un público que inhalaba cada nota que les brindaban…

—¿Nunca te has sentido como si el tiempo se detuviera? —Bill hablaba suave, fatigadamente—. Así me siento yo.

—Ahora se ha detenido —dijo Tom, estando de acuerdo y sin resentir que su ensueño se viera interrumpido con rudeza.

Y el tiempo seguiría sin realmente transcurrir hasta la medianoche. Faltaban unas horas, pero la luna con una delgada y luminosa aureola azul estaba en el medio del cielo rodeaba de un manto oscuro sin estrellas.

Desde la mañana habían permanecido en la cama, entre estar inmersos en preámbulos sexuales que no tenían finales satisfactorios y dormitar; solo en algún momento de la tarde, Tom había ido a la cocina y traído consigo una botella de vino y dos emparedados de queso y jamón. Sin embargo, más que encerrados físicamente en el piso y, en específico en esa habitación, se hallaban enclaustrados a voluntad en una burbuja hermética cuyo espacio reducido era ideal para los dos. Nadie más cabía.

—Tom, quiero —musitó Bill, arrimando su cuerpo contra el de él y haciéndole jadear ahogadamente. Sin importar lo críptico, una mano bajando por su costado y entornando los dedos en su cadera con propiedad bastó para que le entendiera.

—Dijiste que no… —pretendió objetar, muy a pesar de sí mismo.

No terminó de decir lo que quería debido a que los dedos en su cadera pasaron a tocar con descaro su erección que ya cobraba vida. El calor que irradiaba el mero roce era tan intenso que sintió que sus entrañas se retorcieron y un jadeo nuevamente abandonó sus labios sin su permiso. No soportaría una ronda inconclusa más.

—Sé lo que dije, pero falta tan poco… —Bill hablaba convincente, gentil y sin parar las caricias en su parte más perceptiva. Tom no podía negarse, no había motivos ni deseos para hacerlo—. Déjame hacerte sentir bien.

Tom asintió sin darse cuenta, vibrando de la anticipación cuando el toque cesó y las sábanas fueron descendidas con toda la tranquilidad posible hasta sus pies, dejándolos desnudos y en contacto con el ambiente caldeado. Bill se inclinó y comenzó a repartir besos húmedos en su cuello, iniciando en su yugular, siguiendo su pulso y dejando en su camino mordidas inofensivas.

Entonces, se arrodilló a su lado y, haciéndole flexionar una pierna y dándose lugar, sacó la lengua y dejó un rastro caliente y húmedo desde uno de sus muslos hasta la piel delicada y delicada de uno de los testículos. La oleada de placer le hizo cerrar los ojos y poner los nudillos en blanco. Su tortura no fue demasiada, porque sin ceremonia de por medio y sin pasar demasiado, se sintió atrapado por la más dulce calidez. Bill sabía lo que hacía, se lo había demostrado innumerables veces, y Tom perdió el control. Sus gruñidos de complacencia retumbaron en el cuarto por no encontrar resistencia al agarrar los cabellos cabello para exigir un ritmo furioso que también marcó con sus caderas.

Seguía con los ojos cerrados, pero en su mente podía ver qué imagen proyectaba Bill, entregado a lo que hacía, su boca abierta en una “o” perfecta y recibiéndole hasta la garganta, dejándose llevar por el compás, feroz, desconsiderado, que le estaba obligando a mantener. En un último empujón salvaje y con un espasmo que lo dejó aturdido, llegó a su clímax. Sus músculos se sintieron como gelatina, drenados, y aún mareado, levantó cansinamente un párpado y contempló cómo gotitas blancas resbalaban por una de las comisuras de los labios de Bill antes de que este escupiera el semen en su mano y le sonriera con lascivia.

Tom apretó los ojos un instante, sabiendo qué más venía, y por lo mismo, al verse forzado a darle la bienvenida a unos dedos largos y delgados empapados de su semilla, no se inquietó. Pocas veces se había sentido tan agotado y tan vivo mientras era invadido con lentitud y con cuidado… Tan deseado mientras besos diminutos y secos eran desperdigados alrededor de su ombligo y pelvis, sin tantear su sexo sensible por el reciente orgasmo y mientras se estremecía por el lubricante de tubo que se unió a su esperma. Y no solo era la fecha especial y saber que algo más sucedería, Bill le daba amor, lo llenaba; ya ni siquiera sabía si podía seguir adelante sin él, y no quería averiguarlo jamás.

Sin saber cuándo o cómo, entre balbuceos y ramalazos de incipiente placer, Tom cayó sumergido en un sueño despejado y mucho más profundo de lo que hubiera podido creerse capaz gracias a las circunstancias. Luego de un cuarto de hora, se despertó súbitamente, sentándose en la cama de golpe y sin saber dónde estaba. Pasado el primer momento de confusión, advirtió que estaba solo en la habitación, pero que Bill se hallaba muy próximo, su olor, el deseo que destilaba su cuerpo pudiendo guiarlo con facilidad a kilómetros de lejanía. No fue necesario que le diera un vistazo al reloj digital de su velador; sabía qué hora era y en qué posición estaba la luna.

Pasándose el revés de la mano por la frente e ignorando lo viscosa y dilatada que se sentía su zona baja, se levantó y fue al encuentro de Bill, a quien ubicó frente a uno de los ventanales abiertos de par en par, todavía desnudo y observando el firmamento. A cada paso que dio hacia él, sintió un fuego poderoso en la base de su estómago y temblores naciendo en su espina dorsal, como si una pasión calcinadora se apropiara de cada uno de sus tejidos. Una pasión que no era suya pero que no tardaría en afectarlo. Se quedó estático.

—¿Bill? —siseó alarmado y sintiéndose endurecer. No había un manual para lo que acaecería, lo sabía, sin embargo, aparte del apetito sexual, de Bill emergía descargas de algo mucho más insondable. Peligroso—. ¿Bill? —repitió, lo cual apeteció no haber hecho cuando unos ojos que antes eran marrones, idénticos a los suyos, se mostraron color ámbar.

En cuestión de segundos, se percató de que los ojos y su aura no eran lo único diferente en Bill. Sus caninos estaban ligeramente alargados y se clavaban en su labio inferior. Era una transformación que distaba de la total que sufría todos los meses en algunos aspectos y en otros no… Sin dejarse intimidar por la mirada que lo escudriñaba, Tom desechó el miedo que amenazaba con poseerlo. Ese seguía siendo Bill. Siempre sería Bill.

Lo que escuchó a continuación fue el sonido de unos pies descalzos en el piso, y la distancia entre ellos se redujo, siendo salvada por zancadas rápidas, prácticamente etéreas de Bill. Como una alucinación, el resto se marchitó, dejándolos a ambos brillando en una luz propia y azul que entraba en contraste con el de la luna que se veía a sus espaldas. Tom se dejó besar con fruición, sintiendo los colmillos lastimarle y devolviendo el contacto con el ansia derivada de la luna, de su vínculo, de su libido. Sus respiraciones se agitaron y la sangre se centró con furor brutal en sus mejillas y particularmente en ese mismo centro con la capacidad de originar el placer más absoluto.

Bill rompió con brusquedad el beso y le dio un empujón que lo mandó al suelo, atontándolo al rebotar su cabeza en el suelo. Tom intentó con inutilidad enfocar la vista, pero dejó de hacerlo cuando sintió que era girado, dejándolo boca abajo y sus piernas fueron separadas sin miramientos. Unas uñas puntiagudas y duras arañaron desde su nuca hasta su espalda baja, dejando líneas rojizas repetidas veces. Era una mezcla de dolor y placer que se agudizó al ser arrodillado y embestido sin aviso. Un grito, que a duras penas identificó como suyo, quebrantó el silencio seguido por una sinfonía de resoplidos y rugidos. Bill se movió apasionada, frenéticamente en un embate desbocado que solo se detuvo cuando unos colmillos se incrustaron en su hombro, haciéndole sangrar.

Bill rodó fuera de su cuerpo hacia un costado, desplomándose. Tom había estado a punto de correrse por segunda ocasión en la noche, pero en el punto cumbre, la base de su erección había sido asida para impedirle que eyaculara. Resistiendo el impulso de terminarse él solo, se acomodó en dirección a Bill que no se había mantenido quieto, abriendo sugestivamente las piernas. Su sexo seguía erguido, invitante, y tenía un semblante difícil de desentrañar que no cambió al emitir su claro e ineludible llamado. “Sella nuestro pacto”.

Sin embargo, faltaba una pieza que estalló mientras Tom procuraba calmar los latidos rabiosos golpeaban sus costillas. Algo muy dentro de sus células se liberó y su cerebro se nubló, dejándolo con minúsculos vestigios de juicio y con hambre. Sabía qué debía hacer y por qué, y dos pestañeos estaba donde debía, sin ni siquiera registrar la transformación corporal que sufrió, la quemazón en sus ojos ni sus dientes desarrollándose. Forzó a Bill a sentarse de los cabellos y le dio un beso abusivo y violento, algo que necesitaban, probándose tanto como podían y con una voracidad que no hizo más que agrandar hasta que cinco garras se insertaron sin merced en su pecho y jalaron.

Bill rogaba, demandaba, invitaba; todo a la vez. La luz azul que los enjaulaba brilló con más fuerza y Tom hundió la cara el pecho níveo, lamiendo y mordiendo, besando la piel. Y también por segunda ocasión en la noche, sintió un nexo no verbal, inexplicable y maravilloso… “Tom, Tom, Tom”. Haciendo caso a la plegaria que sus oídos no escuchaban pero que el resto de su ser sentía como si fuera vociferada, pegó las rodillas de Bill a su propio pecho y observó el espectáculo de los anillos de músculos cerrándose y abriéndose, anhelantes. Era fascinante.

No hubo hesitación ni miradas cuestionadoras o temerosas cuando decidió que había sido suficiente retraso y se posicionó, introduciendo la punta y luego el resto de su dureza. Los ojos dorados de Bill se adhirieron a sus facciones, negándose a dejar de absorber cada uno de sus ruidos y resoplidos, de sus sacudidas y el palpitar acelerado de su corazón que contraía y expandía con tanto arrebato que dolía. Alguna porción de su espalda próxima a su hombro, ardía como si un hierro caliente estuviera siendo presionado, pero no saber de dónde provenía la molestia no le detuvo ni disminuyó su velocidad y rigor.

“Te amo”. Sus respiraciones se descubrieron sincronizadas en su loca carrera y Tom soltó liberó un gemido gutural al mismo tiempo que Bill le urgía a besarle y mordía su labio inferior, chupando a continuación la herida y compartiendo el sabor metálico a sangre. En cada arremetida, el placer era volvía demasiado agudo. Demasiado y simultáneamente insuficiente. Otra vez un te amo resonó sin voz, uno que provenía de ambos y que fue antesala a que todo enlace al mundo, todo sentido de la realidad se desvaneciera finalmente. Más allá de las palabras, más allá de la piel. Solo Bill.

Sintiendo como cada nervio dentro de su cuerpo se sacudió con goce, Tom alcanzó su orgasmo, siendo seguido casi de inmediato por Bill. No rompieron su unión a pesar del dolor y la incomodidad que esto producía, y se abrazaron, sudorosos y temblorosos.

—No basta —balbuceó Bill, sin aliento y mirándolo. Sus ojos ya no eran ámbar y sus dientes estaban normales. Tom mismo ya no se sentía la ceguera que le imposibilitaba algo más que apetecer el éxtasis físico y emocional—. No basta —se coreó, angustiado.

Acababan de hacer el amor, estar lo más juntos posible, sin embargo, sabía a qué se refería. Era como si no pudieran acercarse todo lo que quisieran, como si solo al escabullirse dentro de la piel del otro y convertirse en una sola persona les daría lo que buscaban. No, no bastaba. Con un suspiro, Tom se retiró cuidadosamente de Bill y juntando cada gramo de voluntad que tenía, lo llevó en brazos hacia el dormitorio. El piso duro y frío solo empeoraba su extenuación y desconsuelo.

—Estuviste conmigo —murmuró Bill feliz al ser depositado en la cama y los residuos de semen todavía húmedos eran borrados de sus muslos, estómago y pecho con la manga de una camiseta escogida al azar entre el montoncito de prendas.

Su consternación había pasado y Tom pudo respirar más tranquilo. No podía dividirse en dos y dejar que Bill entrara en él. Pero sabía que estuviera en sus posibilidades hacerlo, no habría espacio para la duda, y el pensamiento era extrañamente confortante.

—Estaría contigo hasta en el mismo apocalipsis —aseguró, besándole en su mentón y deshaciéndose de las sábanas enredadas en sus pies.

—Más te vale que lo estés —replicó Bill, con igual felicidad y como si no hablara del fin del mundo—. Esa fue nuestra luna azul, estamos fusionados por el resto de nuestras vidas… Ahora matamos a un vampiro y hacemos con su sangre pacto de sangre para permanecer juntos después de la muerte.

Tom no sabía si reírse o tomárselo en serio, por lo que optó por ninguno, rodeando con sus brazos a Bill y disfrutando de estar así. Recordaba haber cuestionado sobre la existencia de seres sobrenaturales y la evasiva que había recibido, pero al saber que la condición que tenían se debía a un patógeno y era, en efecto, una enfermedad sanguínea, había eliminado cualquiera de esas posibilidades. Quizá preguntaría luego.

—¿Sabías de este cambio, uh, parcial? —quiso saber al cabo de unos minutos—. Garras, colmillos, no pelos. Eso.

—No, tampoco de los ojos amarillos o de la… telepatía. Te dije que era una costumbre ancestral. Lo cierto es que en la actualidad no se realizan con frecuencia. Ya nadie se molesta en encontrar a su alma gemela, y aun si la encuentran, dudan mucho en establecer un lazo tan indestructible. —Los ojos de Bill que resplandecían se opacaron sutilmente—. Los únicos que conozco y sé que lo hicieron fueron nuestros padres. Su amor era verdadero, por eso cuando mamá murió, papá nunca se recuperó ni volvió a ser el mismo. O al menos eso me han contado.

—Si tú murieras, yo también moriría. Eso puedo entenderlo —declaró Tom, solemne. Era un hecho, y Bill meneó la cabeza con vaguedad como si estuviera recordando. Pasó las yemas de sus dedos por el mismo sitio que le había quemado cerca a su hombro. Tom rumió pero no se retiró del toque—. ¿Qué tengo?

—Me tienes a mí —señaló Bill con gravedad—, y yo te tengo a ti —completó, guiando su mano a su cadera y haciendo que la posara ahí—. ¿No lo notas? Utiliza tus sentidos.

Tom frunció el ceño. No había algo distinto, ni un color, ni una figura, olor o textura. Bill le sonrió con dulzura, agarrándole de las mejillas y besándole con suavidad. Ante su mirada interrogatorio, al separarse, se levantó y se convirtió en un gran lobo negro después de retorcerse y oírse sus huesos reubicándose y músculos sobre músculos creciendo.

La luna ya no se hallaba en lo más alto del cielo, baja y dispuesta a ceder su trono temporal al sol, sin embargo, sus rayos pálidos fueron suficientes para que Tom pudiera ver el intrincado símbolo azul en que sobresalía en el pelaje oscuro de Bill, fulgurando como si se tratara de pintura fluorescente en una zona cerca entre su cola y su muslo izquierdo. Era como un tatuaje, uno en el que el resto de hombres lobos podrían reparar y que solo estaría completamente a la vista las noches de luna llena. Era un símbolo de ellos y que más que con sexo y entrega, habían hecho surgir a base de amor verdadero.

—Ahora lo veo —susurró, y Bill montó las patas superiores en la cama, lamiéndole la mejilla como si dijera “buen chico”.

Regalándole una sonrisa breve y una caricia entre las orejas, Tom imitó a Bill, incorporándose e iniciando la transformación para también convertirse en un lobo. El padecimiento que tuvo que atravesar fue recompensado por nuevas lamidas directas en su hocico y la admiración en el espejo del mismo signo que tenía Bill en la unión entre su pata izquierda y su cuello.

Contemplaron el amanecer echados en la alfombra de la sala, sus colas enredadas, la cabeza de Bill apoyada en sus patas y sabiendo que aquel símbolo, una forma estilizada de una “b” y una “t” combinadas y de un color luminoso, era ideal. Porque se trataba Bill y Tom, y ellos permanecerían juntos el resto de sus vidas sin interesar qué obstáculo tendrían superar, a quiénes deberían aniquilar para lograrlo o qué tanta sangre tenga que correr.

F I N

Gracias por leer, espero que les haya gustado. Besos. 🙂

por administrador

Publico con autorización del autor

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