Disconnect and self destruct one bullet at a time
what’s your rush now,
everyone will have his day to die
A Perfect Circle ~ The outsider

Fic TOLL de Aelilim
Capítulo 5: Luna llena II (Biconvexo)
—¿Entonces Leah ya va a recibir su título? —preguntó Simone con una sonrisa de genuina alegría—. Sus papás deben estar tan orgullosos de ella.
—Sí. El martes es la graduación y todo eso —respondió Tom—. Papá, ¿así que tú cultivaste esto? —desvió la conversación, provocando que su madre arrugara sus labios hasta volverlos una fina línea. Gordon asintió y empezó a relatar sus actividades en su preciada huerta.
La ausencia de Leah en la cena familiar se hacía sentir, en especial para Tom, ya que sin la elocuencia de la muchacha, sus padres y la conversación se centraban en torno a él, a sus novedades y planes a futuro. Masticó con lentitud algo de ensalada, escuchando a Gordon hablar con satisfacción sobre su pequeña huerta.
—Sí, cielo, tus tomates son grandes, rojos y maravillosos y lo que quieras —interrumpió Simone, tornando los ojos. Gordon se inclinó hacia Tom y le dijo algo entre dientes, haciendo que este sonriera y su esposa frunciera el ceño—. Te escuché perfectamente, Trümper, y para que sepas, no estoy menopáusica, todavía me encuentro en la flor de la juventud y puedo demostrártelo cuando quieras.
—Mamá… —se quejó Tom. Simone sacudió una mano en el aire.
—Pasando a otros temas, ¿por qué dices que no podíamos reunirnos con Leah y sus padres? Gordon y yo hubiéramos podido ir a la ciudad y pasar un momento agradable en familia en algún restaurante. Es decir, obviamente nosotros ya lo somos en vista de…
Tom esperó a que su madre terminara su perorata con la mirada fija en su plato y contestó de forma tan tajante y malhumorada que ni siquiera Simone se atrevió a presionar más.
Usualmente soportaría las indirectas no tan sutiles encogiendo los hombros o diciendo evasivas. Pero ese día no estaba con ánimo. Había sido un domingo soporífero y pesado con trabajo acumulado por la semana que había estado de permiso por su estadía en el hospital y los cuidados posteriores, trabajo del cual, a pesar del tiempo transcurrido, no podía librarse; y más con la alza de actividad en la compañía y su negativa a contratar más personal, lo cual se traducía en obligatorias horas extras fuera y dentro del cubículo. El día había sido rematado al Leah avisarse que debía saltarse la cena con Simone y Gordon porque sus padres querían verla.
La charla pronto volvió a su cauce, siendo Simone cuidadosa de no volver a mencionar palabras como casamiento o hijos. La comida finalizó y ayudó a fregar el servicio. Cuando se quedó a solas con su mamá por un instante antes de despedirse, ella le abrazó, diciéndole que solo quería lo mejor para él, que quería fuera feliz. Tom pensó manifestar su pensamiento de cómo podría tener idea si Leah significaría su felicidad, pero calló. No había caso.
Salió de la casa al anochecer, una imponente luna llena en lo más alto del cielo sin estrellas y un frío que le caló hasta los huesos. Condujo con calma. Sabía que Leah le estaría esperando. Esa mañana, luego de comunicarle que no le acompañaría, le había dicho que tenían que hablar de algo importante. Aunque su tono misterioso, ligeramente preocupado y su boca mostrando una sonrisa nerviosa despertaron su interés, no pidió detalles ni insistió en saber. Sacando sus llaves para abrir la puerta de su departamento, dio una gran bocanada de aire.
Apenas vio a Leah, ella se lanzó a sus brazos con exaltación. Aún llevaba el vestido negro ceñido que había utilizado para ir a encontrarse con sus padres pero su cabello ya no tenía las suaves ondas que se había hecho. Sin decir nada, lo obligó a sentarse y se puso a su lado, girando hacia a él y mordiéndose el labio inferior. Tom pudo notar el mismo nerviosismo de la mañana.
—¿Qué ha pasado? —interrogó.
—Sé que quedamos en que lo primero sería casarnos, comprar una casa. Que yo debía concluir mis estudios y tener un trabajo estable… pero… —Tom sabía perfectamente adónde iba, sin embargo, no podría reaccionar hasta que oyera la precisa oración—. Creo que estoy embarazada.
A pesar de que se lo esperaba, la noticia verbalizada se sintió como una montaña desplomándose encima de su cabeza, sepultándolo y dejándole sin respiración. Su novia le contempló ansiosa, y por su pasmo e incapacidad momentánea de brindar algún gesto, continuó hablando:
—No estoy segura, pero tengo retraso y siempre soy regular. He estado esperándote para hacerme una prueba… —Tom seguía estático. Era cierto que Leah no había esperado que saltara en un pie por la felicidad y emoción, pero aquello le hacía sentirse atormentada—. ¡Tom, por favor! Dime algo —imploró con los ojos acuosos.
Unas largas uñas de la mano izquierda de Leah clavándose en su carne, no adrede sino por la tensión, le hicieron volver la realidad y con un tono más grave de lo usual le pidió que por favor se hiciera la prueba.
Su descontento se traslucía y casi se podía palpar, y hería a Leah, pero no podía hacer nada para evitarlo. Cogiendo un paquete de su bolso depositado en la mesa de centro, la chica desapareció en dirección al baño con celeridad. Un hijo estaba en sus planes a largo plazo, a tan largo plazo que nunca se había detenido a meditarlo a mucha conciencia, y ahora, en cuestión de segundos, imágenes de cotidianeidad aplastante le habían impresionado. Necesitaba tiempo para asimilar el futuro abrumador que amenazaba con volverse realidad.
—Tenemos que esperar dos minutos —susurró Leah al volver—. Pareces aborrecer tanto la idea que me da miedo el resultado. Hemos discutido esta posibilidad, no comprendo porque luces como si te hubieran anunciado que se acerca el fin del mundo.
—Solo necesito tiempo —expresó en voz alta la conclusión a la que había llegado.
—A veces… a veces siento que ya no me quieres, Tom, y el rechazo a una personita que podría estar creciendo en mi vientre… —Leah se detuvo, agarrando la prueba y esperando a ver el resultado. Un par de lágrimas rodaron por su mejilla—. Es negativo. Supongo que deberíamos estar felices, ¿verdad?
Leah se levantó y fue al baño, en donde se botó la prueba y se dio una ducha rápida. Al salir envuelta en una toalla y notar que seguía en el sillón como un objeto inanimado, ocupó el mismo sitio en el que había estado sentada antes e hizo que la mirara. Sus ojos avellana estaban sanguinolentos y portaba un rictus tan impávido que hizo que las entrañas de Tom se retorcieran.
—¿Por qué no sales a celebrar en algún lugar? —dijo ella con delicadeza. Tom se cuestionó si tomaría una actitud pasivo-agresiva—. Esta noche lo mejor para mí es no verte.
Tom no objetó ni la detuvo. Leah se incorporó y le dio la espalda, encerrándose en su habitación.
Ni cinco segundos después, arrancaba su camioneta y huía a toda velocidad. Era un perfecto hijo de puta y Leah podía conseguirse a alguien mejor. Y ese pensamiento al que llegaba con sensatez no era solamente por el cariño que tenía hacia ella y le gritaba que lo mejor para ambos sería dejarla, y ni siquiera era por la escena que había acontecido y su temor racional a ser padre; sino era debido a que sabía que podía contagiarle a Leah el sabor amargo que le dejaba la vida. No podía concebir algo peor.
Llegó a un sitio desolado y apenas iluminado desde el que podía verse gran parte de la ciudad, todo vuelto puntos de luces amarillas y azules a la lejanía. Había descubierto ese mirador por casualidad hacía unos años atrás y tenía la costumbre de ir cuando quería sentirse solo.
Incluso sin tener algo con que resguardarse del frío, alargó la mano a la manija para abrir la puerta y aligerar el ambiente cargado de humo de cigarro. Pero se congeló al sentir que el vehículo se remecía violentamente, como si algo muy pesado hubiera caído encima. Salió de la camioneta para ver qué había sido y lo que le devolvió la mirada le transportó a dos meses antes, frente a unos ojos que irradiaban furia y a una mandíbula cerrada pero que mostraba una hilera de colmillos afilados. El mismo aullido también se dejó escuchar.
Estaba sucediendo igual que la vez pasada. Esa ocasión había sufrido un golpe que le había mandado el hospital sin consecuencias graves a parte de dolores de cabeza aniquiladores, pero ahora… Se preguntó si correría la misma suerte, y con toda la adrenalina del miedo, pensó en Bill. El bello rostro del misterioso hombre del que no había vuelto a tener noticias apareció en su mente y, sin poderlo premeditar, un “Bill” se escapó de su boca como un aliento. El animal aulló nuevamente, al parecer en respuesta al nombre.
Tom no consideraba la posibilidad de retroceder con lentitud, como antes, ni mucho correr como loco en una huída que sabía que no concretaría, así que se obligó a mantenerse sereno, forzando a su cerebro a funcionar a su capacidad normal y a formar los nexos necesarios. Bill se había echado la culpa de que acabase en una cama de hospital, ese era un buen comienzo.
Con voz trémula y lo suficientemente alta para que él mismo se escuchara, volvió a decir “Bill”, obteniendo igual réplica del lobo: un aullido atronador y que dejaba a la vista unos caninos puntiagudos que lucían con el poder de desgarrar y despedazar con suma facilidad. No tuvo oportunidad de más cavilaciones porque el animal dio un salto pequeño y ágil, pero no aterrizó en su pecho, sino a unos centímetros delante.
El animal estaba muy cerca, oliéndolo. Era tan grande que en cuatro patas tenía la cabeza a la altura de su cuello. Olía a una mezcla rara de perro mojado y perfume caro. Nunca había estado en situaciones de peligro a excepción de un robo a mano armada del que había salido ileso y del previo encuentro con esta bestia…
—Bill —farfulló por tercera vez. El lobo apartó su fría y húmeda nariz de su cuello, y le clavó los ojos por unos instantes que se le hicieron milenios, antes de dar un salto hacia el lado derecho y de ahí desaparecer en la oscuridad.
Tuvo que pasar un rato para que la respiración de Tom volviera a la normalidad y su corazón dejara de saltar en su pecho a un ritmo impetuoso. Estaba vivo y sin ningún rasguño. ¿Por qué no regresaba a casa? Se metería en su cama y abrazaría a Leah, que sin importar todo lo molesta y dolida que pudiera estar, no le apartaría. Pero mientras repasaba obsesivamente lo que había sucedido, se percató de algo. El lobo del encuentro anterior había sido un ejemplar con el pelaje plomizo y los ojos dorados, y este era completamente negro y con los ojos pardos. Habían sido animales distintos.
Necesitaba una jodida respuesta a por qué estos eventos que parecían cargar un pesado tinte sobrenatural le sucedían precisamente a él. Había ignorado los cuestionamientos que le habían inquietado, empujándolos a lo más profundo de su mente; había aceptado el adiós sin explicaciones de Bill, sus extrañas palabras y su comportamiento singular, exigiéndose a no dedicarle más que contados pensamientos desde que la última vez que se habían visto.
Pero era demasiado, se había hartado de las incógnitas de las que no tenía ni indicios de cómo disipar.
Tal vez su vida peligraba, era consciente de eso, sin embargo, ¿cuándo realmente había valorado cada aliento, cada sueño roto, cada orgasmo, cada momento ínfimo de dicha? Sintiendo algo muy parecido a la excitación, fue hacia el único lugar en el que podía conseguir alguna pista. El piso de Bill, desde afuera, seguía indistinto. Salvó los escalones de dos en dos. Tocó con firmeza y esperó. Encendió un cigarro con los dedos temblorosos y dio unas cuantas caladas largas y profundas antes de volver a insistir. Sorprendentemente, la puerta cedió a sus golpes.
El piso estaba a oscuras y no tan disímil a cómo lo recordaba. Lo recorrió a largas y raudas zancadas solo para comprobar que estaba vacío. Podía quedarse y esperar a que Bill llegara, pensó. Técnicamente, sería invasión a propiedad privada o lo que fuera, pero no le importaba. No se iría sin tener un diálogo esclarecedor. Se sentó, aún sin encender las luces, y buscó entre sus bolsillos otro de sus cigarros para prenderlo.
—Nadie puede decir que no soy un maldito considerado —murmuró entre dientes, al advertir que no había algún cenicero cerca. Se levantó para buscar uno y no llenar el piso impecable con cenizas. O mancharlo más, debido a que en su búsqueda había ensuciado un poco.
Tenía la cabeza sobrecargada. Lobos inexplicablemente gigantescos; Bill que estaba rodeado de enigmas, preguntas y dudas; Leah y sus expresiones, el bebé que era probable jamás tendría si hacía lo correcto; toda una serie agotadora de conclusiones.
Ubicando un cenicero, regresó sobre sus pasos, pero se detuvo al escuchar un ruido apaciguado detrás de él. Virando en seguida, quedó cara a cara con el mismo animal de hacía una hora atrás. Aquello no era lo que había estado buscando con exactitud y otra vez el temor le invadió, su pulso precipitado y las sientes latiéndole. El lobo hociqueó su cuello, así como lo había hecho antes y sintiendo unos colmillos rozando su piel, liberó un jadeo aterrorizado…
Quizá había llegado su fin.
Grande fue su asombro cuando en vez de que los colmillos se hundieran en su cuello para despedazarlo, una lengua mojada y suave le lamió, dejando un rastro caliente que le causó escalofríos al contacto con el ambiente. ¿En serio estaba ocurriendo eso? Un segundo lengüetazo en su mejilla se lo ratificó. Se quedó paralizado. Tal vez el lobo no lo había matado pero todavía podía hacerlo en un parpadeo, estaba al tanto. Cuando el animal pareció satisfecho de darle lamidas en el rostro, volvió a su cuello y se entretuvo un rato raspando sus colmillos, dejando la piel levemente herida hasta que se separó y empezó a alejarse.
—Bill —siseó, llevándose la mano al cuello y haciendo un gesto de dolor. El lobo giró la cabeza al oírle, esta ocasión sin aullar. Luego, con grandes trancos desapareció hacia la habitación principal.
Tom no sabía si seguirle o correr como alma que lleva el diablo en dirección contraria. Sin estar claro, su cuerpo decidió por él e hizo el mismo recorrido que el animal. No lo halló en el dormitorio, ni siquiera entrevió señales de dónde había podido meterse y como las ventanas estaban cerradas, parecía mínima la posibilidad de haber saltado los cuatro pisos. Las luces de la calle solo iluminaban tenuemente a Bill. Bill desnudo, casi doblado en dos en medio de la cama y aspirando grandes cantidades de aire.
—¿Bill? ¿Dónde… dónde está? —preguntó en un balbuceo sin cruzar el umbral de la puerta.
El dormitorio no había sido la excepción cuando comprobó que el piso estaba vacío. Bill no había podido simplemente materializarse, y menos luciendo tan desencajado y presentando diversas y diminutas heridas en varias partes de su torso y piernas.
—¿Dónde está qué? —masculló Bill, controlando por fin su respiración y una pequeña sonrisa surgiendo en sus labios—. Solo estoy yo, Tom. Siempre he estado yo.
Aquella sonrisa fue como un golpe fuerte y certero que le hizo poner pieza tras pieza de la manera correcta. Tom tenía la garganta seca y se veía incapaz de formar las frases adecuadas. Retrocedió unos centímetros, contemplando a Bill levantarse y cubrir su desnudez con una bata dejada sin cuidado en uno de los taburetes al pie de la cama.
—Luna llena —señaló Tom, trémulo. Bill se acomodaba su largo cabello— y lobos… Apareciste y… Dios mío…
Bill le miró casi desafiante, en sus ojos leyéndose un “dilo, dilo en voz alta”. Tom no estaba seguro de poder hacerlo. Era ilógico, porque así como no existían los malditos finales felices en los cuentos de hadas, tampoco existían sus antagonistas, y más si eran seres inventados dotados de capacidades monstruosas. Eran para los mitos e historias ficticias aquellos seres inventados, tal como los duendes, brujas, vampiros y… hombres lobos.
Un quejido insonoro se le escapó de la garganta.
Su mente lógica en contacto violento con lo que estaba sucediendo, una realidad más allá de sus sentidos y de su inmediata comprensión, y las pistas innegables que abundaban, fue excesivo para aceptar de un instante a otro.
Antes de que pudiera darse verdadera cuenta, estaba corriendo lo más rápido que las piernas se lo permitían. Había estado jugando con fuego y ahora se quemaría: sabía el secreto de Bill. La conmoción era tanta que numerosas veces bajando las escaleras trastabilló con sus propios pies y tuvo que recurrir al pasamanos para no caer. Pero justo cuando llegaba su camioneta y buscaba sus llaves en sus pantalones, unos brazos delgados y vigorosos como dos tenazas de fierro le sujetaron y le impidieron continuar su huída.
“Sabes que no puedes irte”. Después de sentir el aliento cálido en su oído, se vio arrastrado de vuelta al piso por Bill, quien no le prestó importarle a estar con la bata abierta por el forcejeo del que salió victorioso sin mucho esfuerzo.
Tom no pudo evitar pensar que lo mataría. Y tuvo miedo. No era feliz con su vida pero que esta le fuera arrebataba de una manera tan imprevista, hacía que el pánico pugnara por brotar a borbotones. Fue arrojado a un sillón y se quedó quieto, sintiendo que su corazón quería salírsele por la boca y las orejas. Bill era rápido y fuerte, no tenía oportunidad.
Miró a Bill cerrarse la bata y se sentarse al frente de él, cruzando las piernas y alargando la mano para alcanzar una cajetilla y un encendedor dispuestos en una mesita. Probablemente se tomaría su tiempo.
—¿Quieres uno? —ofreció con cortesía.
Tom asintió luego de un segundo, sin ver razón alguna por el cual rechazar la oferta. Sus manos temblorosas le hicieron el trabajo difícil, pero al botar el humo de la primera pitada, sintió una ola de serenidad invadirle sin tregua. Tenía miedo de morir, pero lo cierto era que no se arrodillaría a besarle los pies a Bill y rogarle que no le asesinara. No se humillaría, solo esperaría a que tuviera la misericordia de romperle el cuello sin torturarlo.
—Deja de mirarme como si esperaras a que de un momento a otro te matara —pidió Bill, prendiendo una lámpara y dirigiendo ojos críticos a la ceniza que caía sobre su alfombra. Tom no contestó—. No lo haré, aunque tal vez debería… Supongo que tienes suerte de que no soy bueno para seguir las reglas.
No replicó, una vez más. Esa noche saldría vivo pero podía pisar en falso y hacerle cambiar de parecer a Bill.
—¿Reglas? —pudo decir, aun cuando el silencio había sido dueño del lugar por largo rato.
—Sí, incluso nosotros las tenemos. Son pocas y concisas, y si no las sigues, debes de temer por tu integridad. —Bill se rió bajo, como si encontrara algo muy gracioso en lo que acababa de decir.
—Si… si no piensas deshacerte de mí, ¿qué vas a hacer conmigo?
—Es luna llena —indicó Bill por toda explicación. En un santiamén, Tom lo tenía encima de su regazo y a solo milímetros de su cara—. Tú estuviste conmigo una noche de luna llena hace meses, ¿te acuerdas? Sabes lo que ocurrirá.
Tom estaba incrédulo. Recordaba a qué se estaba refiriendo, era imposible olvidarlo. En los siguientes encuentros que habían tenido, Bill no había vuelto a mostrar esas ganas tan salvajes y desbocadas de querer someterlo. Se estremeció y abrió la boca para soltar un jadeo cuando su labio inferior fue mordido con crudeza, y Bill aprovechó para introducir su lengua mientras comenzaba a mecer sus caderas. Estaba excitado, lo podía sentir contra su estómago.
Y no tenía más opción que dejarse llevar. Bill podía hacer con él lo que quisiera, por el modo tranquilo o forzándolo, lo supo incluso antes de escuchar el susurro cerca a su cuello o de toparse con unos ojos intensos y seductores taladrándole.
Continúa…
Este es uno de mis caps. preferidos.