To my surprise
with half-closed eyes
things looked even better
than when they were open
Depeche Mode ~ Waiting for the night

Fic TOLL de Aelilim
Capítulo 6: Destinado a ser II (Aguijón de realidad)
Tom despertó solo y desorientado. Su nariz estaba fría, al igual que un brazo que tenía sin cubrir y un pie que colgaba fuera de la cama, sin embargo, se encontraba bien arropado y a una temperatura agradable. Al levantarse, una corriente de aire le hizo tiritar mientras buscaba su ropa distribuida en el suelo de toda la habitación. Cuando estuvo vestido, teléfono y llaves en su bolsillo, se sentó y enterró la cara en sus manos.
El cuerpo le dolía. Sabía y sentía que tenía incontables moretones en sus caderas y muñecas por la forma en la que Bill le había sujetado con violencia contra la cama, en su abdomen y en su espalda tenía repartidas pequeñas mordidas y arañazos recibidos entre gemidos entrecortados. Había sido sexo duro, duro y feroz como nunca lo había experimentado. Durante todo el encuentro no habían intercambiado palabras, exceptuando las instrucciones de Bill y su placentero sinsentido.
Al inicio, mordiéndose el labio y resistiéndose a soltar sonido alguno, en clara muestra de que no estaba de acuerdo con lo que ocurría, Bill sonrió al darse cuenta, empujándolo contra el colchón y moviéndose rápido hasta quedar sentado de espaldas en su pecho, manteniéndolo quieto y dándole una vista privilegiada de la parte posterior su erección, sus testículos y su trasero. Luego recorriendo su lengua por su vientre y sus muslos interiores, jugueteando lenta y dolorosamente hasta que a Tom no le quedó más remedio que suplicar contacto, y cuando Bill le hizo caso, no se detuvo hasta que lo dejó hecho un manojo de espasmos y aliento irregular…
Un estremecimiento le recorrió, haciéndole liberar un suspiro tembloroso al darse cuenta de algo que no podía negar como cierto: había estado atrapado en las redes de Bill desde el principio, sometido a su voluntad; lo había concientizado las muchas veces que el control había sido perdido y su cabeza acabó siendo azotada contra la cabecera de la cama en las embestidas rítmicas y profundas, o cuando el pensamiento de huir o pelear para al menos intentarlo le había asaltado tan fugazmente como había desaparecido con la misma velocidad, consciente de su situación.
Paseó la vista por la estancia antes de centrarla en la puerta abierta, cuestionándose si Bill estaría cerca. Miró las ventanas con las cortinas corridas, la luz de un amanecer que no terminaba de concretarse colándose por ellas. Debía irse… ¿Bill le dejaría irse? Sacudió la cabeza y avanzó hacia la puerta, pero antes de que pudiera llegar a esta, una figura emergió impidiéndole el paso.
Bill no llevaba más que unos sencillos pantalones negros con el botón sin abrochar, dejando a la vista su pecho blanco y lampiño; su cabello caía como una cascada desordenada alrededor de su rostro con un maquillaje tenue. Se veía tan joven, atractivo e inocente que Tom tuvo que obligarse a evocar los sucesos de no hacía muchas horas antes, las expresiones lujuriosas, los fluidos y el sudor para no dejarse engañar.
—Tengo que irme —dijo en voz baja. Tenía la sensación de estar caminando por el borde de un abismo y que cada soplo, por más insignificante que fuera, representaba una amenaza a su precario equilibrio. No se sentía en una posición aventajada; quizá nunca lo había estado, sin embargo, ya no lo ignoraba. Era desagradable.
Bill sonrió dulcemente y se puso de costado, dejándole espacio suficiente para permitirle salir del dormitorio, lo cual aprovechó sin reflexiones de por medio.
—Necesitamos estar claros en algunos asuntos, después podrás marcharte. —Tom giró con lentitud y asintió. Por supuesto que no le dejaría irse sin más—. Sabes lo que soy.
—No voy a ir divulgándolo por ahí —interrumpió con una calma que se hallaba lejos de poseer—. Dudo que alguien me crea y que no me tomen más que por loco… Además, sospecho que uno de ustedes me matarían antes de hacer demasiada bulla, ¿o estoy equivocado?
—No, no te equivocas —admitió Bill, cruzando los brazos. Seguía sonriendo como si tuvieran una conversación cualquiera, a pesar de que al seguir hablando, en su modulación podía percibirse una infrangible seriedad—. Te mencioné unas reglas, una de ellas es que nosotros “no somos reales”. Para cualquiera un hombre lobo no es más que una fantasía, y debe seguir así. Y antes de que preguntes, no, no somos tantos, menos reunidos aquí en Berlín.
Bill parecía abierto a contestarle cualquiera de sus dudas, y sin buscarlo, eso provocó que distendiera levemente sus músculos tensos y adoloridos. Mierda, estaba tan adolorido. Hizo una mueca, deseando dormir y no despertar hasta volver a la normalidad. Bill, que seguía apoyado en su mismo sitio, se percató de su gesto y fue hacia él, tirando de un brazo hasta que lo hizo sentarse en el sillón. Se dejó, de la misma forma en la que le dio un sorbo automático al vaso de agua que le presentó y tragó la pastilla que le tendió.
—Georg… —murmuró repentinamente, sin embargo, no formuló la pregunta que había querido traer a colación.
—Georg es como yo —señaló Bill como si fuera obvio—. Cuando se abalanzó encima de ti afuera de la casa de sus padres poco después de conocernos, había sucedido algo y estaba de viaje. Georg estaba en mi búsqueda y percibió mi esencia en ti. Cuestiones de distancia y poco buen instinto natural lo llevaron tras tu pista en vez de encaminarlo hacia la dirección correcta.
No acababa de entender y Bill notó sus facciones perdidas. Se sentó a su costado y, por un instante, constatando que su torso no era el único castigado con marcas y cardenales, Tom sintió momentánea satisfacción. “Tenemos el olfato mucho más desarrollado”, fue lo que escuchó a continuación.
—¿Por estar en tu compañía quedo oliendo a ti a un punto… inequívoco e inconfundible? —inquirió con el ceño arrugado. Bill movió la cabeza de arriba abajo, aceptando la inculpación con gravedad—. Mierda, debo de ser un muestra ambulante de tu olor.
—Umh. En ese sentido me perteneces solo a mí —dijo sonriendo de lado.
Tom le hizo un examen vago a los ventanales y vio unos rayos de sol entrando. Ya había amanecido. Se sintió fatigado, y sin replicar o dignarse a dirigirle una mirada a Bill, dejó caer la cabeza en el sillón y cerró los ojos. El miedo paralizante a morir que había sentido solo hacía unas horas parecía un mal recuerdo.
Sin embargo, saber que había criaturas con súper fuerza que tenían la capacidad de rastrearte donde quiera que estuvieras, era atemorizante. En sí, la realidad de la que Bill era parte, esa que a no ser por las pruebas tangibles tildaría de locura, causaba temor. Y ahora parecía que él estaba introducido sin opción de elegir…
Abrió los ojos. Lo que estaba viviendo se sentía tan irreal.
—Quiero saber dos cosas que no terminan de cerrarse. Cuando resulté en el hospital por el encuentro con algo… como tú —se detuvo, dispuesto a corregirse, pero como Bill no pareció ofenderse, continuó—, dijiste que había sido tu culpa.
—Te dije que era porque nos habíamos acercado demasiado. No mentí, solo que es más intrincado y sigo pensando que no serviría de nada contártelo, Tom. Ya habrá una oportunidad ideal. Pero sí puedo decirte que Georg queriendo darte un susto mortal no volverá a pasar —contestó con una fina arruga entre sus cejas; estaba molesto, como si la simple evocación le irritara.
Tom no pidió que ampliara la respuesta ambigua, a pesar de la falta de pormenores. No obtendría más de lo que Bill estaba dispuesto a darle, y no estaba en condiciones de pelear una batalla que inexorablemente perdería.
—Dijiste que eran dos cosas. ¿Cuál es la otra?
Bill había hecho un movimiento imperceptible, aproximándose y dejando que el calor de su cuerpo se transmitiera a través de la tela de su ropa. De nuevo, Tom sintió una ola de extenuación de la que a duras penas consiguió librarse para abrir la boca.
—Nos conocemos hace meses. Si querías presentarte… ante mí en esa forma, revelarme tu secreto, hubieras podido hacerlo hace mucho. ¿Por qué precisamente ayer? ¿Qué pasó? —A la vez que hablaba, había estado rozando sin escrúpulos la zona de su cuello en la que Bill había raspado sus colmillos y siguió haciéndolo hasta que recibió un manotazo.
No hubo una contestación inmediata. Por el contrario, tuvo que esperar un buen rato mientras Bill abandonaba el sillón y desaparecía, retornando con un botiquín en las manos y obligándole a quitarse la camiseta. Con gentileza, pasó agua oxigenada por cada herida, a las que luego cubrió con una capa delgada de crema antiséptica. Tom se quedó inmóvil, aturdido ante la atención de la que era objeto y observando la fisonomía concentrada del hombre que tenía delante.
—La luna nos brinda un poder y un impulso que nos hace perder un poco de juicio y a los que es necesario encontrarles escape —dijo finalmente Bill, satisfecho con su trabajo y haciéndole poner su camiseta de vuelta—. Algunos se transforman y corren hacia a la lejanía hasta quedar debilitados, otros matan animales grandes en el bosque a zarpazos… La manera de lidiar con esa falta de dominio es personal y depende de cada uno.
—¿Qué pasó ayer? —repitió, el volumen de su voz a varios decibeles menos.
—Te extrañaba —declaró Bill, todas las líneas de su cara contraídas. Tom casi sintió ganas de sonreír por el contraste del “te extrañaba” con el “tienes suerte de que no te mate” expresado horas atrás—. Te extrañaba y sin maldito autocontrol, te busqué hasta encontrarte. Y ahora sabes la verdad de lo que soy.
Pasaron unos minutos en silencio hasta que un teléfono comenzó a sonar, rompiendo con la aparente imperturbabilidad, sobresaltándole y haciéndole recordar que el mundo seguía girando estuviera al tanto o no. Sintió un ligero movimiento en el sillón y vio de reojo cómo Bill levantaba y le dejaba a solas. Verificando que no hubiera llamadas perdidas o mensajes en su propio teléfono, lo guardó. Al alzar la vista, Bill estaba a su costado, ya vestido y tendiéndole una taza de café que aceptó.
—¿Qué es lo que quieres de mí? —inquirió sin agresividad, tomando un sorbo del líquido caliente.
—Quiero que sigamos teniendo la misma relación que hasta ahora. —Unas de las barreras invisibles que los separaba cayó. Tom sintió cómo caía, y cuando las manos frías de Bill acunaron sus mejillas, no le apartó—. Ahora estás al tanto de en qué estás metiéndote, y el escenario ha cambiado… y aunque sé que no lo parece, sí puedes elegir qué quieres hacer.
Bill parecía sincero, devolviéndole la mirada con sus ojos marrones sin convicción y sin gestos de mofa o superioridad. Pero lo cierto era que Tom dudaba de que el mismo Bill creyera sus palabras en toda su extensión. Seguía estando en la misma posición ganadora que tal vez nunca abandonaría, lo cual maquinalmente le dejaba a él a su merced.
—Nuestro destino es estar juntos —dijo Bill con serenidad, retirando sus manos y poniéndolas en su regazo—, por lo que te pido que no hagas nada estúpido que pueda ponerte en peligro.
Tom hurgó en su memoria y se sorprendió al constatar que era poco más de medio año desde la primera que lo había dicho y dos meses desde la última, en el intervalo no había habido ni menciones. La seguridad con la que Bill lo decía era bizarra.
—¿Por qué lo dices con tanta certeza? Me das escalofríos… —Bill sonrió y siguió sonriendo aun al anunciar que tenía que irse.
Se puso en pie, rechazando la especulación de que la conversación que acababa de tener con Bill era la más extensa y la más honesta que habían sostenido. Depositó la taza en una de las mesitas y se orientó a la puerta sin mirar atrás, por lo cual fue sorpresivo cuando sintió un agarre en su brazo obligándolo a voltear con presteza y unos labios aplastándose en los suyos en un beso breve.
—Nos vemos, Tom —se despidió Bill al separarse. Giró sin esperar una refutación—. Ten cuidado.
—Lo tendré —dijo—. Pero debiste darme ese consejo el día que te conocí —añadió entre dientes. Bill no respondió más que con un “cierra la puerta al salir”.
Las calles estaban despejadas por lo temprano y pronto estuvo frente a su departamento, buscando sus llaves e intentando entrar lo más sigiloso posible.
Un par de horas más tarde, Leah lo encontró en la mesa de la cocina contemplando con ojos perdidos un vaso de agua a la mitad. Usualmente, se hubiera acercado para darle un beso acompañado de un “buenos días”, pero ahora se remitió a preparar el desayuno y sin decirle nada, le presentó un plato de tostadas francesas y reemplazó su vaso de agua por uno de café recién pasado, el cual agradeció en voz baja.
El ambiente era pesado y melancólico.
Leah se sentó al frente y alternó entre mirarlo sin atención y tomar sorbos de su propia taza. Notando sus ojos hinchados y lo pálida que estaba, sintió que sus entrañas se retraían con culpabilidad. Las tostadas permanecieron intactas al igual que el café humeante.
—¿Pasaste toda la noche fuera? —preguntó Leah de imprevisto, sorprendiéndole. Asintió luego de una pausa, recibiendo un suspiro—. Luces como si te hubieras metido en una pelea callejera… Tom, me gustaría saber dónde estamos, pero tú no lo sabes y ahora yo tampoco.
¿Podría mentir?, quiso saber. Nunca había sido asediado para dar respuestas claras sobre qué quería… Su vida se había desarrollado en base a las suposiciones que las demás personas habían hecho, casi arrastrado por la corriente y siguiendo la dirección que el resto suponía que quería y que era lo correcto, sin molestarse en confrontarlo para ver si era verdad. Había sido fácil, jamás había tenido que formular grandes mentiras entramadas y sostener una careta.
Ahora no sabía si es que Leah le interrogaba sin rodeos qué dirección quería tomar en su relación, diría lo que ella quería escuchar.
—A partir de la próxima semana trabajaré con mi papá —dijo cansinamente, desviando el tema a sabiendas de que Tom no hablaría a menos que le presionara—. He hecho más prácticas de las necesarias, pero quiere que sepa bien del negocio así que me esclavizará los primeros meses, me lo indicó ayer y sabes que es capaz de hacerlo.
—Era lo que querías —habló al fin. Leah le dirigió una sonrisa débil—. Es decir, trabajar y…
—Sí —interrumpió la chica, levantándose y recogiendo la mesa—. Te tengo que decir algo más: viajaré a Praga por unos días a una de las casas de mis padres después de la ceremonia de graduación de mañana. Necesito comenzar fresca en el trabajo y creo que separarnos y pensar bien las cosas es lo mejor que podemos hacer ahora.
Le había comunicado su decisión dándole la espalda, aparentemente ocupada con el servicio. Tom observó su cabello suelto, la ropa casual con la que estaba vestida, y no pronunció más que un “¿Eso es lo que quieres?” No sabía con precisión qué sentir, ni siquiera qué decir. Su cabeza estaba perdida en un sitio escabroso del que no podía sacar nada en claro, y lo sucedido con Bill seguí latiendo en sus sienes. Todo era demasiado.
—Dios mío, Tom —gimió ella. Viró con ímpetu y se acercó con celeridad a la mesa, a la que golpeó con sus puños, desesperada—. ¿Sabes hace cuánto que estamos juntos?
No, no sabía; quizá si sacara la cuenta… Una expresión de furor pasó con rapidez por las expresiones de Leah.
—¿Sabes cuánto? —repitió—. Cinco años. Desde que soy una adolescente te he incluido en cada paso que he dado, pero ahora dudo que haya valido la pena. Lo de ayer me abrió los ojos ante algo que me he negado a ver desde el inicio.
Leah sonrió con una sonrisa que se asemejaba más a una mueca. Tom dejó la silla, incorporándose sin ninguna intención clara pero descartó acercarse a Leah, guardando su distancia. Quizá esto era lo que tenía que pasar. Y, en definitiva, era lo mejor que podía hacer Leah para su conveniencia.
—Sabes que te quiero —dijo con tono modulado.
—Y yo a ti te amo. ¿Aprecias la incongruencia? —murmuró—.Vas a llegar tarde a trabajar si no te apresuras —fue lo último que le dijo, abandonando la cocina y poco después escuchándose la puerta, señal de que había salido.
No tenía disposición para hacer algo más que echarse en cualquier superficie y dormir, sin embargo, la perspectiva de que Leah regresase y tener que infligirle con su presencia parecía injusta; aparte, no contaba con ninguna pastilla que le ayudara a tener un sueño reparador en vez de pesadillas sobre hombres lobos y novias desconsoladas…
Se dio una ducha con agua fría y mientras se afeitaba, examinó sin detenimiento su deplorable fisonomía y las diferentes marcas que tenía. ¿A partir de ese día tendría que soportar eso cada luna llena? Su pregunta no obtuvo una respuesta satisfactoria y, por un segundo, dejó de verse en el reflejo del espejo, rememorando las expresiones de Bill cegado por la pasión, las gotitas de sudor perlando su frente, los jadeos, el fuego en el que había ardido causado por la combustión instantánea de cada centímetro de piel. Se estremeció.
Condujo con la música puesta a mucho volumen para imposibilitarse escuchar sus propios pensamientos. Ante su computadora y hundido en su silla, ignoró el gruñido de su estómago que se quejaba por no haber recibido alimento y se maldijo no haber sido lo suficientemente listo para traerse algún cigarrillo o goma de mascar. Ignoró los murmullos condenando su aspecto lastimero y golpeado, e hizo su trabajo hasta que la hora de almuerzo llegó.
No volvió a la oficina ni comió. Se refugió en su camioneta con una cajetilla recién comprada, y en vez de hacerle caso al cansancio que le dejaba los párpados pesados y los movimientos aletargados, dejó que los recuerdos le invadieran.
Recordó cuando una chica con bellos ojos claros y una sonrisa resuelta le pidió que salieran en una cita, y Gustav, que estaba a su lado en la cafetería, le había dado un codazo. “Soy Leah”, se había presentado. Accedió, averiguando por terceros de que la muchacha en cuestión era un par de años menor, tenía sus objetivos claros y era muy dulce, tal vez demasiado dulce. De la primera cita surgió una segunda, y de la segunda una tercera, y luego innumerables. Pronto se volvieron novios, inseparables ante la mirada del resto y para disgusto del padre de ella.
Cinco años desde eso. ¿En serio había transcurrido tanto?
La noche lo atrapó en el asiento de su camioneta, agarrotado y aferrándose al manubrio como si fuera un salvavidas. La cajetilla hacía horas que estaba vaciada y los saltos abruptos entre la realidad y el sueño que había estado dando desde la tarde le habían hecho sentir más exhausto que nunca.
Fue la cuarta o quinta vibración de su teléfono lo que le despertó de su sopor. Al mirar en la pantalla la foto de un rubio con gruesos lentes negros y con una sonrisa forzada, se sacudió mentalmente, urgiéndose a portarse del modo usual. Era paradójico como la cuota de normalidad que representaba una llamada de su amigo le sentara tan bien en estos instantes, cuando en cualquier otro día solo hubiera sido parte de esa cotidianidad que lo masticaba con desgana y lo dejaba entumecido.
—Hola Gusti —dijo amigable al aceptar la llamada. Tenía la boca seca y su voz había salido pastosa, raspándole la garganta.
—Si yo no me preocupara por saber en qué vas y en mantenerme en contacto, te quedarías sin tu único amigo —rezongó sin saludarle y escuchándose llanto de bebé de fondo. Tenía razón. Tom sonrió, sin rebatirle, y cada músculo de la cara le dolió—. ¿Y cómo estás? ¿Alguna novedad importante?
Apretó el teléfono, las manos temblándole y los pensamientos sobre Leah surgiendo uno tras otro, sin el bloqueo que los había tenido apresados en el fondo de su mente desde que había zanjado los recuerdos, desesperado por las sensaciones de tristeza congelada. Pensó en lo destruida que había estado al enterarse de que no estaba embarazada, en sus ojos rojizos y en lo cariñosa y comprensiva que había sido a lo largo de los años. Y también pensó Bill, el gran lobo en el que podía convertirse y en cuyas garras, sonrisas y frases con sentido ambiguo estaba atrapado. La fascinación mórbida que había sentido por su misterio riéndose de él en su cara, al igual que de la existencia módica que acostumbraba y había llegado a su fin.
Pensó en lo jodido que estaba y en el cataclismo devastador que estaba sufriendo su vida, y musitó un “no” que Gustav no se tragó.
Continúa…
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