Years of frustration lay down side by side
and it’s only you, who can tell me apart
and it’s only you, who can turn my wooden heart
Portishead ~ Only you

Fic TOLL de Aelilim
Capítulo 7: Gris II (Respirar)
De aquel día algunos hechos estaban difuminados en un remolino del que pocas cosas quedaban en claro. Después de la llamada de Gustav había quedado en la misma posición por los veinte minutos que su amigo tardó en ir por él. Había comido y dormido casi obligado, y Gustav había tenido el suficiente tacto para no atosigarlo sobre su estado catatónico hasta verlo capaz de conectar ideas y pasar alimento sin recibir una mirada amenazadora.
Habían pasado dos semanas y media, y todavía se hallaba extraño y emocionalmente aterido: Leah se había ido y Bill no lo había buscado.
Tom sacudió la cabeza, dejando de observar cómo sus dedos chocaban una y otra vez contra la superficie del escritorio en un constante tamborileo. Había estado así por más de una hora, su mente muy lejos de ahí, totalmente ajena a lo que debía hacer. Parpadeó al escuchar su nombre, y al levantar la vista se encontró con una mujer rubia con enormes gafas negras taladrándole con ojos críticos e impacientes.
—El señor Müller te espera —comunicó, y se dio media vuelta, marchándose tan sigilosa como había llegado.
Estando frente a su jefe, le fue imposible no sentir un poco de aversión hacia su gruesa figura por las fotos enmarcadas de sus hijos encima de su escritorio y los numerosos reconocimientos que tenía colgados. Ese hombre y los logros de los que se pavoneaba simbolizaban lo que se esperaba que alcanzara. Respondió con un asentimiento esporádico a cada cosa que dijo, sin importunarse por escuchar con atención hasta que ciertas palabras se abrieron camino a la fuerza y lo extrajeron de su ensoñación: “serán grandes cambios, pero sé que podrás arreglártelas”.
—¿Disculpe? —Su jefe lució confundido por una fracción de segundo antes de que una sonrisa bonachona se pintara en su boca.
—¿Estás bien, muchacho? He visto diferentes clases de reacciones cuando he promovido a alguien, pero la tuya es particular… —Como Tom seguía sin contestar, añadió—: Se lo achacaremos al shock, ¿qué te parece? Ya lo festejarás adecuadamente, por ahora puedes mover tus pertenencias a tu nueva área y empezar de una vez.
Moviendo la cabeza, pidió permiso para retirarse. Sin embargo, con un pie afuera de la oficina, la mano en la manija, Tom cayó en cuenta de que no había por qué seguir haciendo esto. Que había tenido más que suficiente con la interminable cantidad de horas que había estado ahí, odiando interpretar cifras, detestando los decimales y las malditas tablas de números. Era suficiente.
Llenando de aire sus pulmones por lo que se sentía la primera vez en años, giró. El señor Müller le contemplaba aprensivo y con una cerca enarcada.
—Agradezco la confianza que está depositando en mí, pero la verdad es que estoy cansado. Renuncio —dijo acelerado, resistiendo con gallardía el impulso de simplemente caminar directo hacia la salida del edificio gris, dándole la espalda a todo lo que representaba, y no volver la mirada ni una sola ocasión.
—No podrás disponer de tu liquidación a menos que renuncies con anticipación, ¿estás consciente de eso? —remarcó su desconcertado jefe como si fuera un asunto importante. Tom se encogió de hombros y se fue sin dejarle agregar algo más.
Frente a su escritorio, no supo qué hacer con exactitud. Ser ascendido era una de sus supuestas aspiraciones más próximas, pero no había sentido ni un ápice de orgullo o entusiasmo, y sabía que hubiera seguido igual de austero de sentimientos al recibir cada buena noticia laboral por el resto de su jodida vida si no fuera por las agallas que habían aparecido por arte de magia para renunciar en ese instante.
Agarró su maletín e hizo una revisión rápida para no olvidar nada, lo cual no le tomó demasiado; carecía de objetos personales, nunca se había molestado en hacer suyo aquel cubículo reducido y asfixiante. Después se subió al ascensor sin ningún adiós a la gente con la que había trabajado y visto prácticamente a diario por más de dos años.
En su departamento, se dejó caer sobre su cama hecha un revoltijo y cerró los ojos, estirando brazos y piernas, abarcando lo más que podía. Estaba solo, probablemente lo estaría de ahora en adelante. No era feliz ni infeliz, pero sin duda se sentía ligero… Dueño de sí mismo.
Dos horas antes había dejado el trabajo. Cuatro días antes, Leah lo había abandonado.
O no abandonado, solo dicho con ojos tristes y melancolía en la voz que necesitaba reflexionar sobre su vida, sobre él y la relación que ya no tenían; que se quedaría con sus padres y que por favor no la buscase. Tom seguía preguntándose si de verdad se le ocurriría buscarla para intentar reparar lo irreparable. Lo había visto venir, era cierto. A Leah se le quitaron las ganas de sonreírle, de abrazarle. Desde que regresó de su viaje a Praga, el ambiente entre los dos se había deteriorado fatalmente, hasta tornarlos dos desconocidos.
Los dos pilares en los que había apoyado su devenir se habían desmoronado en un lapso ridículo, menos que un cerrar y abrir de ojos.
Golpes firmes en la puerta le impidieron seguir cavilando. Consideró la posibilidad de esperar a que la persona que estuviera tocando asumiera que no había nadie y se largara, y acabó aceptándola, sin querer lidiar con nadie. En efecto, al cabo de un rato los golpes se detuvieron y estaba empezando a dormitar hasta que súbitamente escuchó un ruido cercano que le sobresaltó.
No era un buen momento, era el peor de todos.
—¿Qué… qué mierda haces? —preguntó con tono irregular. Bill se encontraba al lado de la ventana abierta, las cortinas apartadas y el sol cayendo directamente sobre su piel blanca y sus ojos marrones—. ¡No deberías entrar así! ¿Qué es lo que quieres? —exigió saber brusco, poniéndose a la altura del otro hombre en un brinco.
—Hablar contigo —Bill contestó casual, dándole una ojeada fugaz a la habitación—. Necesitas hacer una seria limpieza, Tom.
—Y tú no deberías invadir propiedad privada saltando por la ventana —murmuró—. ¿Sobre qué quieres hablar?
—Oh, nada en conciso. Solo charlar, sabes.
Tom sintió la irritación atravesándole el pecho.
Sí, Bill podía tener una fuerza de los mil demonios, ser un… hombre lobo, y todo lo que quisiera, sin embargo, su actitud, su miedo había cambiado desde esa última ocasión. Se había dicho que apenas tuviera a Bill delante le preguntaría todo lo que quería saber, hubiera réplicas claras o no, lo intentaría para saciar su curiosidad. Pero ahora que estaba ahí, quería echarlo a patadas y hundir la cabeza en su almohada. No tenía ganas.
—No es un buen momento, ni siquiera un buen día o una buena semana. Vete —exclamó. Bill parecía medio asombrado por su comportamiento, pero sonrió.
—Jamás me habías hablado de esa manera —señaló, aproximándose con celeridad y acorralándolo.
—Jamás te habías metido a donde vivo porque se te antojó hablar. —Bill se había acercado tanto y él retrocedido a pequeños pasos que no pasó mucho antes de que se topara con el filo de la cama—. Dime con sinceridad, ¿qué quieres? Dijiste que tenía opciones, ¿recuerdas? ¿Qué sucede si he decidido que no quiero tener nada contigo?
Bill puso sus ojos grandes, como si estuviera legítimamente sorprendido por la pregunta. Tom hubiera podido hallar el pasmo gracioso en otra circunstancia.
—¿Por qué elegirías eso? Soy lo mejor que tienes ahora —dijo con gravedad.
Aquella afirmación le supo a que Bill estaba al tanto de cada cosa hecha pedazos en su vida y eso no le agradó. Apartándole sin brusquedad, salió del cuarto y fue hacia la sala. Pudo oír pasos amortiguados siguiéndole y la súbita realización de que Bill estaba en su departamento, ese departamento que había compartido con Leah, le hizo sentir un nudo en la garganta.
—Renuncié a mi trabajo —declaró agrio, sentándose en el sillón y buscando entre sus bolsillos una cajetilla de cigarros que no encontró—, mi novia me dejó porque soy un imbécil y un amante que resultó ser un fenómeno no deja de acosarme.
Gruñó cuando su búsqueda de cigarrillos resultó nuevamente infructuosa. Bill se compadeció de él, tendiéndole un marlboro acompañado de un encendedor, y se sentó a su costado.
—¿Ves? Soy lo mejor que tienes ahora. —La ligera arrogancia en el tono de Bill le hizo arrugar el ceño pero tras la primera calada, el gesto desapareció—. Odiabas tu trabajo y no la querías verdaderamente. Te sientes así porque has abandonado tu zona de confort.
Las aseveraciones de Bill no podían estar más cerca a la verdad, pero la mención de Leah y del cariño insuficiente que sentía por ella le encresparon y no lo disimuló, rumiando un “ese es mi problema, no el tuyo”.
—No tienes que ser tan difícil, ¿sabes?… Saldrás bien de esto.
¿Saldré bien de esto?, se cuestionó internamente con un mohín. No era el fin del mundo. Por un lado, tenía suficientes ahorros destinados a aquella casa que nunca adquiriría y a la familia que no formaría de los que podría disponer hasta saber qué hacer. Tal vez tendría la suerte de descubrirlo antes de convertirse en un mendigo o, peor incluso, volver a la casa de sus padres. Por el otro lado…
Bill tenía la capacidad de producirle un abanico extraordinario de emociones y sensaciones. Cuando se habían conocido, no recuerda haber sentido tanta atracción hacia un hombre o mujer, ni haberse dejado dominar con tanta avidez y haberlo disfrutado. Tampoco antes se había dejado llevar por una persona tan enigmática, excitado y fascinado por la belleza y el misterio, que si bien ahora no era tan oscuro como antes, distaba mucho de estar esclarecido.
Era hasta hilarante, sino fuera porque no tenía nada de cómico: se había visto dos veces con un hombre lobo en su forma de bestia e innumerables con uno en su forma humana. O dos, si contaba al tal Georg.
Tom se había acostumbrado a repetirse la misma línea al surgir las incertidumbres sobre Bill: le preguntaré la próxima vez que lo vea. Eran tantos cuestionamientos y dudas racionales… como qué otros seres sobrenaturales existían a parte del hombre lobo, su lógica le dictaba que si esas criaturas vivían por qué no también los vampiros, las hadas o las sirenas; también tenía curiosidad de cuáles datos del folclore popular y la mitología eran ciertas y cuáles falsos, aunque dudaba mucho que Bill le revelara sin más si era cierto que las balas de plata era la única forma de matarlos.
Inclinó un poco la cabeza hacia Bill y miró sus facciones entre el humo que expulsó. Alzó ambas cejas, ya sin sentirse enojado por el allanamiento. Esta era la segunda conversación con perceptibles tintes de honestidad que sostenían, y no estaba mal tener a alguien que no le juzgara. No pronunció el “gracias” que su mente formuló, sin embargo, suavizó sus expresiones, a lo que Bill respondió con una pequeña sonrisa.
—Oye, Tom. —No siguió hasta que el mencionado gesticuló para que continuara—. No vuelvas a decir que te acoso. He tenido consideración y te he dado espacio para asimilar todo… Aunque reflexionando a fondo, creo que no debí hacerlo.
—¿Uh? —Viéndole aplastar la colilla contra un cenicero, Bill le tendió otro de sus cigarros. Tom lo aceptó—. ¿Qué quieres decir?
—A tu conducta. No sé con precisión qué proceder esperaba de ti, pero di por sentado que al menos actuarías con cuidado, temeroso de que pudiera hacerte daño. —Bill sonreía y Tom apreció lo bien que se veían así, sonriendo, su cabello negro enmarcando su rostro y con maquillaje profuso.
—No creas que no estoy receloso, pero algo me dice que solo corro auténtico peligro las noches de luna llena.
Bill no le contradijo y estuvieron unos minutos en un silencio que fue interrumpido por el teléfono repicando. El aparato estaba a su alcance, debía alargar la mano y cogerlo, pero Tom no quiso hacerlo, aplastando los restos del cigarro consumido en el cenicero y volviendo a su posición. Finalmente, la contestadora recibió la llamada y una suave voz femenina retumbó en la estancia.
—Sé que todavía debes estar trabajando, pero necesitaba… —Leah se escuchaba lejana y triste. Desde que se había ido no se había comunicado. Dubitativo, Tom se hizo del teléfono y se levantó, evitando dirigirle alguna mirada a Bill.
—Hola —saludó desabrido, caminando hacia la parte más apartada de la diminuta sala y apoyándose contra una columna. Leah dejó escapar un pequeño sonido de sorpresa.
—¿Tom? —Su tono hacía indiscutible que no quería que su llamada fuera atendida—. Es temprano, ¿no deberías estar trabajando?
Tom podía imaginarla mordiéndose el labio por hacer esa pregunta, queriendo convencerse de que no le atañía, y probándose lo contrario a cada segundo.
—Tuve un inconveniente —evadió después de barajar la posibilidad de decirle la verdad y descartarla. Si Leah no se hubiera marchado alegando que tenía que pensar, él nunca habría renunciado a su trabajo, y probablemente el ascenso hubiese sido motivo de celebración. Muchas posibilidades que no serían—. Es evidente que no quieres hablar conmigo directamente, pero aquí estoy.
—Sí… —Tom levantó la vista y la enfocó un instante en Bill que seguía en el sillón, relajado y avistándole sin interés. Devolvió la mirada con la misma indiferencia—. ¿Cómo has estado estos días?
—Extraño —dijo ambiguo—. ¿Y tú?
—No lo sé. Quería decirte que iré a recoger mi ropa y algunos libros. Los muebles que llevé allá puedes quedártelos, venderlos o como lo consideres mejor.
No respondió con prontitud, y cuando lo hizo, fue un “¿Quieres que no esté presente?” expresado con neutralidad. Era oficial y definitivo: Leah lo había dejado.
—No, preferiría hablar contigo, Tom. ¿Tú… tú quieres verme? Quisiera decir adiós —añadió Leah—. Hemos pasado juntos demasiado para simplemente desvanecerme, pero ahora será distinto.
Una vez hacía unos años habían tenido una pelea fuerte. Era la única en la que Leah había estado decidida a romper con él. El motivo de la discusión no le venía a la memoria, pero sí tenía presente las lágrimas furiosas, copiosas, la potencia con la que la chica había estrellado sus puños en su pecho. Sin embargo, incluso esa ocasión no había bastado más un abrazo al que Leah se había resistido al inicio y consolarla sin palabras hasta que sus mejillas estuvieron secas para que olvidara su ira y renunciara a su idea.
—Basta con que me tengas entre tus brazos, así como ahora, para que lo demás pierda valor —le había dicho en un susurro.
Ahora dudaba de que un abrazo, un beso o deshacerse en lamentos y disculpas podría hacerla cambiar de resolución. Y era lo mejor. Leah era maravillosa, no podía entender por qué lo había amado tanto… y se lo dijo, tal cual lo había pensando. En contestación no obtuvo más que un “Te avisaré cuando vaya. Adiós” pronunciado en volumen bajo y quebradizo.
Tom depositó el teléfono en su sitio. La cabeza le dolía y se masajeó las sienes en movimientos energéticos, cerrando los ojos.
—Ella merece ser feliz —comentó Bill despreocupadamente, violando su espacio personal y colocando su rostro a reducidos centímetros de distancia. Tom fijó la vista en él—. Tú estás demasiado dañado para brindarle lo que requiere. Te conozco.
La afirmación lo enfureció. Sin dejarse intimidar por la cercanía, por todo lo que sabía y no sabía de Bill, devolvió la mirada, iracundo.
—No es cierto —siseó, su aliento golpeando los labios de Bill, quien sonrió con dulzura, tal vez burla. Tom bufó, alejándose al fin—. No me conoces. Hemos tenido una relación basada en el sexo, no entiendo por qué siempre estás saliendo con mierda y media. Al principio involucrando al destino y luego saliendo con que eres una maldita anormalidad andante.
Aquel término hizo que una risotada aflorara desde lo más profundo de la garganta de Bill, sin lucir en lo mínimo ofendido o irritado.
—¿Algún presentimiento de a cuántas personas le he revelado lo que soy? —Era obvio que en sí no buscaba contestación, y Tom no se la brindó—. Eres el primero y probablemente el último. Estoy aquí porque quiero estar, y sigo estándolo porque tú también lo quieres.
No encontró argumentos inmediatos para desmentir a Bill. Todo sucedía a un ritmo tan acelerado, con vuelcos imposibles de figurárselos y sin darle un jodido receso para respirar… Respirar. ¿Estando con un futuro trazado había respirado? No. Ahora tampoco lo hacía, conmocionado por el cambio brusco, sin embargo, era capaz de percibir cierta libertad, y se sintió vulnerable.
—No quiero que te impongas ni que me acoses. Quiero una tregua de que no esté en mis manos qué dirección voy a tomar.
No hubo respuesta, pero sucedió algo que no había sucedido antes: se vio envuelvo con firmeza por unos brazos que no le dejaron apartase y lo refugiaron de su propia debilidad. El aroma atrayente que expedía la ropa, la piel, el cabello de Bill le relajó hasta que un murmullo en su oído provocó que rompiera el abrazo, confuso.
—¿Qué has dicho?
—Una cena en un restaurante y prometo dejarte en paz —propuso Bill con un semblante franco y sin presunción.
Tom no tenía hambre o por lo menos así lo creyó hasta que a la mención de comida su estómago protestó, haciéndose notar. Sin hallar ningún contra válido, accedió, y siguió accediendo cuando Bill le solicitó que se diera un baño y se cambiara la indumentaria de trabajo. “Esta es tu despedida de los trajes”, sonrió, viéndole quitarse prenda a prenda y anunciando entusiasta que debían apresurarse para alcanzar una mesa en el lugar al que quería ir.
Fueron en el auto de Bill, quien alegó que no Tom sabría a dónde dirigirse y que no contaba con la paciencia necesaria para guiarle. En el trayecto estuvieron callados, uno concentrado en conducir y el otro en ver las figuras en la calle que la velocidad las hacía borrosas. Recién en el aparcamiento de un restaurante discreto al otro lado de la ciudad, las luces de unos faros cayéndole directamente a Bill ocupado en lidiar con su cinturón de seguridad, Tom sintió necesidad de abrir la boca.
—¿Qué edad tienes? —inquirió, genuinamente curioso. Otra vez, Bill le había parecido joven, su fisonomía demasiado agraciada e inocente—. No aparentas más de… ¿veintitrés? Tal vez menos.
—Al llegar a cierta edad nuestras células dejan de deteriorarse tan rápido como las de ustedes. No somos seres inmortales pero nuestra vida es larga… mucho más larga. —Bill le miraba fijamente, y solo dejó de hacerlo cuando Tom subrayó que esa no había sido su pregunta—. Somos del mismo año.
De ahí en adelante no intercambiaron más que una conversación corta y superficial sobre comida italiana. Pero estaba bien para Tom, ya que con la decoración simple y elegante del lugar, y la atención rápida, no compartir una plática no resultó incómodo. Comieron dándose su tiempo y cuando la cuenta arribó, ambos hombres hicieron amago de agarrarla primero.
—Yo pago, no te preocupes —se adelantó Bill—. Después de todo, ha sido mi invitación.
—Como quieras, yo soy un desempleado ahora —asintió, levantando los hombros. Bill sonrió, tendiéndole una tarjeta de crédito al mozo.
Ese simple acto hizo que las preguntas acumuladas brotaran en la cabeza de Tom. Sabía que Bill era diferente, pero qué tan diferente, no. Una vez en el vehículo, miró de reojo cómo Bill luchaba por acomodar su bolso de grandes dimensiones en el asiento trasero, y sonrió, cautivado por un segundo por esa imagen. No era posible conjeturar toda la gama de secretos que lo envolvía si se le veía actuando tan… normal.
—Tienes una tarjeta de crédito —sacó súbito a colación. Bill elevó una ceja.
—Sí, y no solo una, tengo varias. ¿Tiene eso algo de peculiar? —Tom negó con la cabeza y Bill arrugó la nariz, encendiendo el motor —. No sé qué impresión te he dado, pero soy una persona corriente en bastantes aspectos.
—Persona corriente, está bien. ¿Pero eso significa que tienes un trabajo y una familia y esas cosas?
—Trabajo, sí. ¿Familia?… Complicado —contestó impávido, dando a entender que no diría más del asunto—. La influencia que tiene sobre nosotros la luna llena y los sentidos más desarrollados son la esencia de lo que nos hace tan distintos.
Con un “ya veo”, Tom no cuestionó más. Pronto, el edificio donde vivía se dibujó. Bill se detuvo y, sin indicaciones, peticiones o permisos, descendió con él y caminó a su lado. Prendiendo las luces y quitándose los abrigos, compartieron un cigarrillo y luego otro, y otro.
—Bill —dijo imprevistamente, dispuesto a verbalizar sus pensamientos—, ¿qué hay de cierto en esas creencias que existen sobre los hombres lobos? Ya sabes, lo de la plata y…
No pudo completar su oración, porque en un parpadeo tenía al otro a centímetros de su cara y su cuerpo aplastado contra el sillón. Había sido tan rápido que le costó saber qué había pasado.
—¿Por qué? ¿Quieres saber cómo librarte de mí? —interrogó Bill contra sus labios. Tom no hizo ninguna tentativa de lucha, y tembló cuando un cuerpo se adhirió al suyo sin dejar espacio—. Porque temo informarte que esa mierda sin fundamentos no es verdad.
Antes de que siquiera pudiera cavilar una réplica, una boca ansiosa le empezó a besar con una suavidad que le pilló en seco, debido a que después del despliegue de imposición había esperado brusquedad, mordidas. Devolvió el beso y onduló sus caderas, estimulándose y robándole un jadeo a Bill, jadeo que se transformó en un ruido de estupor al darle un empujón violento y hacerlo aterrizar en el suelo. Se levantó con lentitud y se desvistió, urgiendo con la mirada a Bill a que hiciera lo mismo.
Aunque era un día catártico, Tom había vislumbrado la posibilidad de cegarse y hacer oídos sordos por un rato a los fragmentos que no dejaban de desplomarse de su futuro destruido…
Ya los dos desnudos, se besaron nuevamente, entremezclando el sabor a nicotina con el de deseo y desesperación. Avanzaron a trompicones a la cama y Bill siguió las instrucciones dichas en murmullos roncos y dominantes, apartando las piernas y gimiendo desde lo más hondo de su ser por cada caricia, lamida y embestida de la que fue objeto.
—Te ves tan bien así —dijo Tom con los dientes apretados, manteniendo un vaivén marcado, profundo. Nadando en un mar de placer, Bill sonrió, oprimiendo sus músculos y haciéndole ver estrellas a Tom—. Mierda, mierda…
—¿Ah sí? —balbuceó, sintiéndose muy cerca al orgasmo.
—Recibiéndome. Cabemos perfecto, como si… —Dos estocadas más y estaba listo para su clímax—. Como si estuviéramos hechos el uno para el otro.
—Hechos el uno para el otro —hizo eco Bill, arreglándoselas para que Tom le besara en su momento cumbre, y no le dejó ir de su agarre ni cuando el preservativo fue descartado ni cuando se dejaron caer agotados y satisfechos en un amasijo confuso de piernas, brazos, sudor y corazones agitados.
Continúa…
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