Bésame
en mis húmedos labios
bésame
también cuando sepan amargos
bésame Rammstein ~ Küss Mich (Fellfrosch)

Fic TOLL de Aelilim
Capítulo 8: Gris III (Irascible)
La sensación era tan agradable que deseó que se prolongara, pero ni bien la conciencia le golpeó, se dio cuenta de que el placer que sentía provenía de una fuente real. Una fina capa de sudor cubría su frente y su torso, y su corazón latía acelerado mientras una lengua serpenteaba contra su piel desnuda. Abrió los ojos, centrándolos en el espectáculo que tenía lugar a los pies de su cama y soltó un jadeo. Bill estaba arrodillado a un lado, acariciándole con la yema de los dedos.
—Buenos días —saludó Bill con una sonrisa inocente.
Los reclamos de Tom murieron en su boca sin pronunciarlos ya que, sin advertencia y de lleno, sintió humedad y calidez en sus muslos interiores, muy cerca de su intimidad. Era la segunda vez sucedía eso, y al igual que la ocasión anterior, se dejó hacer… Bill era hábil, sabía lo que hacía, presionando los puntos que le hacían perder la razón y profundizando mucho. Al recuperarse de su orgasmo, no se molestó en cubrirse ni en mirar a Bill relamerse los labios, sino que le echó un vistazo de soslayo al reloj de su velador y resopló. Pasaba del mediodía, debía apurarse si quería llegar a la hora. Se levantó, ignorando sus rodillas débiles y anunciando que tenía obligaciones que cumplir.
—Venía a ver si querías hacer algo —dijo Bill, imitando sus movimientos y con el ceño fruncido.
No contestó al instante, ocupado en buscar toallas limpias y sujetarse el cabello en lo más alto de su cabeza para evitar mojárselas.
—No, ya quedé con mis padres —negó, al fin encontrando una toalla y pensando que debía dejar de postergar hacer las labores domésticas—. Por cierto, me gusta cómo luces —añadió con una sonrisa.
Bill tenía rastas en la parte inferior de su cabello. Largas rastas peinadas hacia atrás y con algunas teñidas de blanco. Le sentaba perfectamente, dándole una apariencia delicada. Bill era demasiado guapo, lo comprobaba por millonésima vez, y no se sorprendía del cambio de look: los meses que se conocían, lo había visto con varios estilos.
—Quería algo diferente —dijo sin corresponder su sonrisa y siguiéndole hacia el cuarto de baño—. Así que con tus padres…
Tom asintió, metiéndose bajo el chorro de agua temperada. La noche anterior había llamado a sus papás y cambiado la usual cena por un almuerzo. Había estado prolongando lo más que podía anunciarles que Leah y él eran historia, pero ya no podía hacerlo más; no era justo con Simone. Sin embargo, participarles que ya no tenía trabajo era un asunto que evitaría contarles hasta saber con exactitud a qué dedicarse.
—Si no hay problemas contigo, podría acompañarte —ofreció Bill, contemplándole con indiferencia y con un tono que Tom no pudo identificar como serio o de chanza.
—¿Quieres conocer a mi familia? —Para su desconcierto, Bill solo encogió un hombro. Era una idea descartada, además que el almuerzo sería tenso con las malas nuevas, o lo que fuera—. No puede ser. Son personas decentes y buenas, demasiado buenas…
—¿Insinúas que yo no soy decente y bueno? —Tom rió, sin rebatir. Bill enarcó una ceja, dándose media vuelta y dejándolo solo.
Al salir de la ducha, se secó con rapidez y regresó a su habitación. No había rastros de Bill, pero en la cama estaban dispuestos un jean, una camiseta y ropa interior. Le dio un examen fugaz a las prendas y empezó a vestirse al darles un visto bueno.
Era imposible no asombrarse por cómo Bill se las había ingeniado para ser un constante en su vida desde que esta había dado un giro de 180º. Aparecía o llamaba cuando menos lo esperaba, hacía planes a los que no le permitía negarse y dormían juntos. Había oportunidades en las que parecían dos viejos amigos y otras en las que volvían a ser esos amantes esporádicos que se deseaban sin atañer nada más. En la semana y media que había pasado desde que había renunciado a su trabajo, Bill había cumplido con su promesa, brindándole paz. Paradójicamente, no había sido del modo en el que había esperado.
Arreglándose sus rastas frente el espejo, salió del dormitorio. Bill estaba en la sala, con un cigarrillo entre los labios y mirando a través de la ventana.
—¿Qué es lo que te tiene con esa cara? —cuestionó sin girarse a mirarle. Tom se puso a su lado, quitándole el cigarro y dándole una pitada.
—Mis papás. —Bill no mostró ninguna expresión—. Creo que la única manera de verdaderamente contentarlos es asentándome, casarme, darles nietos, todo eso.
—Pero es engañarte a ti mismo —señaló con suavidad—. No es lo que querías, y quizá nunca lo quieras. Nunca podrías encajar esa imagen de perfección que tienen, porque no es real, no eres tú.
—Actuar como los otros quieren y esperan de ti no es algo inusitado. La mayoría de personas vivimos para alcanzar las metas que la sociedad aprueba. —Quedó mudo un momento antes de continuar—. Cuando Leah se marchó, se llevó con ella mi entumecimiento, y ahora que tengo la libertad de hacer lo que quiero, es hasta gracioso que tome en consideración a mis padres.
—Es triste no luchar por lo que quieres —apuntó Bill, quitándole su cigarro e inhalando profundamente.
Lo complicado para Tom era que no sabía por qué luchar, pero evitó comentarlo. De imprevisto, fue asaltado por unos labios con sabor a nicotina que le besaron con serenidad. No se resistió. Había aprendido a no resistirse a los besos de Bill ni a sus caricias. Con el pasar de las semanas solo había comprobado lo que sospechaba: no tenía verdadera opción.
—Hoy hay luna llena —declaró Bill con voz baja y ronca al apartarse. Tom contrajo sus facciones—. Quiero pedirte que estés conmigo.
Miles de pensamientos pasaron por la mente de Tom. Sabía lo que sucedía con Bill en las noches de luna llena, y eso le hacía sentir temor. Era como jugar a hacerse mimos con un gran animal cuyas fauces podría destrozarlo si así lo quisiera. Sin embargo, cualquier negación que hubiera podido estar en la punta de su lengua, se esfumó al centrar los ojos en Bill. Su rostro no se mostraba inseguro, pero tampoco pedante ni como si supiera de antemano su respuesta y hacer la petición solo fuera una mera formalidad inútil.
El silencio siguió alargándose y admirado vio cómo la mirada de Bill mostraba cierta frágil ansiedad que no se traslucía en su actitud ni en sus expresiones.
—Está bien —finalmente accedió. Bill le sonrió, besándole nuevamente.
Después de despedirse y asegurar que se pondría en contacto apenas pudiera, Tom condujo a velocidad normal y sintió que menos de un pestañeo había llegado a la casa de sus padres. Sin hacerle caso al hambre que tenía por no comer desde la tarde anterior, salió de su camioneta con calma y se apoyó contra ella, encendiendo un cigarrillo.
Se llevaba bien con sus papás y los quería mucho a los dos. Pero no tenía nada en común con ellos, gente sencilla y amorosa, y cada una de las actitudes que mostró desde que era un pequeño niño, esa curiosidad por la naturaleza y un sentimiento incomprensible de anhelo hacia lo desconocido no hicieron más que crear un abismo que nunca fue superado y que solo se ahondó al enterarse de que no era su hijo biológico. Sin embargo, ese distanciamiento no quitaba que quisiera brindarles alguna alegría, y era muy a menudo que se encontraba con la realidad de que no podría hacerlo; al menos no cómo hubieran querido.
De adolescente había pasado largas tardes cavilando sobre sus verdaderos padres, preguntándose qué tan distinta sería su vida con ellos, pero nunca había hecho averiguaciones por su cuenta ni intentado ubicarlos, ¿por qué hacerlo? Había sido dado en adopción, no lo habían querido, y no había motivos ni circunstancias válidas.
Aspirando aire profundamente, entró a la casa. La bienvenida fue como siempre, pero notaba flotando en el ambiente la ansiedad por saber qué ocurría. Esperó a que la comida estuviera servida hasta contar la noticia. Simone mostró un rostro como si a quien hubieran abandonado fuera a ella. Tom casi podía ver sus sueños de boda y nietos reducidos a trizas, y cuando sus ojos se humedecieron, no pudo más que excusarse de la mesa y subir al segundo piso, buscando refugio en su antigua habitación que seguí igual a como la había dejado.
Recordó la tarde que había presentado a Leah a su familia. Llevaban casi medio año saliendo, y tanto su madre como su novia habían pedido numerosas veces conocerse. El gusto mutuo había sido instantáneo e irremediable, la cháchara entre las dos mujeres incansable y que con el pasar de las visitas no hizo más que tornarse en una relación casi de madre-hija.
Se escuchó un suave toque en la puerta y una figura ingresó a la alcoba, tomando asiento a su lado en la cama.
—Tu madre lo superará… eventualmente. —Era Gordon. Su papá tenía una sonrisa dubitativa y le puso una mano encima del hombro en mudo apoyo—. ¿Cómo estás tú?
—Lo más probable es que mejor de lo que mamá quisiera —contestó con sinceridad—. He retrasado mucho el visitarlos para eludir decirles lo que había pasado.
—Hijo, aunque sabes que Leah se ha ganado a pulso un lugar en nuestro hogar, también debes saber que siempre nos tendrás, a tu madre y a mí, apoyándote en cualquier decisión que tomes. No lo olvides nunca. Siempre vas a hacer sentirnos orgullosos.
La decisión la había tomado Leah, pero Tom asintió, comprendiendo a qué se refería Gordon. Cuando estuvo a solas de nuevo, rebuscó entre sus viejas cajas la que contenía los dibujos que había hecho de niño y los inspeccionó. Bill tenía razón, no quería hijos ni una existencia estable, mediocre, y era muy probable que no los quisiera jamás. Fue en ese instante que sintió algo que no había sentido antes, y murmuró al viento un agradecimiento a su ex-novia por romper el estereotipo en el que habían estado vegetando.
Leah había ido a recoger sus cosas unos días antes.
El encuentro se había sentido raro, triste; habían actuado como dos desconocidos sin nada que compartir y como si ni siquiera se debieran una despedida. La había seguido con la vista mientras empacaba hasta que la había abrazado sin premeditación, dejándola estática y haciendo que un par de lágrimas corrieran por sus mejillas. Ese abrazo había representado su adiós y, antes de separarse, había susurrado que esperaba que fuera feliz.
—Yo también espero que seas feliz, Tom —había respondido ella con un hilo de voz, para luego separarse, acabar de guardar sus pertenencias e irse sin mirar atrás.
Al bajar, encontró a su mamá tranquila y tomándose un té en el porche. Se acercó a ella renuente. No quería reclamos ni una interrogación, tampoco diría razones. Para su alivio, no hubo más que un beso en su frente acompañado por un “solo quiero lo mejor para ti”. Se despidió al cabo de una conversación corta intentando convencer a su madre que estaría bien y que no necesitaba mudarse de vuelta a la casa, pero acordó visitar más seguido.
—¿Qué llevas ahí, hijo? —inquirió Gordon, uniéndose a ellos en el porche y haciendo un gesto hacia la caja entre sus brazos.
—Papeles —contestó Tom, como si no fuera la gran cosa. Su papá sonrió, dándole una palmada en la espalda y reiterándole que si tenía alguna dificultad o simplemente quería charlar, podía contar con ellos.
Al llegar a la ciudad, eran las cuatro de la tarde. Era poco menos de un mes que estaba libre de obligaciones; aunque al principio se había sentido extraño al no tener que seguir un horario estricto, pronto se había acostumbrado, pero sabía que no podía seguir así por toda la eternidad. En una luz roja, sacó su teléfono y marcó un número.
—Oye, Bill, ¿en qué trabajas? —fue lo que cuestionó apenas la otra persona contestó. Hubo un silencio breve.
—En la casa de subastas de mi padre —dijo lacónico.
—Eso no me sirve —observó. Bill no dijo nada, evidenciando que no le incumbía—. Intento descubrir qué hacer conmigo mismo y las opciones que he considerado no me atraen… Umh. ¿Quieres que nos veamos ahora? No tengo nada que hacer.
—Me haces sentir que solo te sirvo para entretenimiento —ironizó Bill con ligereza, con indicios de buen humor—. ¿Dentro de unos minutos en el bar el que nos conocimos? Es céntrico y apuesto que está abierto.
No recordaba cuál bar era ese y preguntó la dirección. Llegó rápido y Bill no tardó en aparecer en la puerta. Los pocos hombres que estaban viraron a mirarlo de reojo, y Tom se debatió si haría lo mismo que ellos… Probablemente sí, y por segunda vez en el día, corroboró lo atractivo que era Bill, las rastas nuevas que encuadraban sus bellas facciones en combinación con la ropa de diseñador provocaba que sobresaliera en cualquier lugar, y más aún en un bar.
—¿Hipnotizado por mi belleza? —se burló, sus labios curvados en una ligera sonrisa. Tom no refutó, sin quitarle los ojos de encima—. Bromeaba, pero creo que acerté.
—¿Cuándo comenzaste con el maquillaje… tu cabello, la ropa? —preguntó cuando Bill había ordenado una cerveza y dado una calada al cigarro que le pidió.
—Desde los doce. —Ante la expresión de Tom de curiosidad, siguió—: Siempre he tenido la libertad de hacer lo que me ha apetecido, no he tenido grandes trabas de mi familia ni de la gente que me ha rodeado, y cuando tenía doce conseguí un delineador, creyendo que se me sentaría bien. No me equivoqué, y fue entonces que comencé a experimentar con mi apariencia. Hasta ahora lo sigo haciendo —añadió, moviendo un poco la cabeza y provocando que las rastas se sacudiesen levemente.
Tom no vocalizó el comentario que pensó por sentir que su teléfono vibraba en su bolsillo. Al ver el identificador de llamadas, por un instante dudó en aceptar la llamada.
—Maldito ingrato, ¿qué es de ti? —escuchó en tono socarrón al contestar—. Estás como desaparecido desde que eres una lacra de la sociedad.
—Hola Gusti —saludó, sonriendo y sin desmentir a su amigo. Bill tomaba sorbos de su cerveza, luciendo educadamente entretenido en estudiarse las uñas y no en escuchar una conversación ajena—. ¿Cómo estás?
—Bien, bien. Espero que tú también estés bien. —Gustav sabía los cambios que habían acontecido con Tom, y sin sofocarlo, lo tenía bajo una estricta y discreta vigilancia—. Quiero invitarte a una fiesta organizada para Tobbie que cumple seis meses.
Gustav era su mejor amigo, pero ir obligado a una fiesta de un niño, especialmente de uno que no sabe qué sucede a su alrededor y lo único que hace de interesante es babear el hombro de su madre, distaba mucho de ser atrayente. Explicó todo eso sin tacto, y luego de lanzar una risotada, Gustav dijo que aunque estaba totalmente de acuerdo, no había podido persuadir a su suegra y su esposa.
—Ven por la amistad que tenemos… y porque han pasado unos buenos días desde que te visité —agregó. Tom no quería ir, pero Gus tenía un buen punto. Con la mirada preguntó a Bill, que encogió un hombro pero moduló un “irás conmigo” que le hizo vacilar más.
—Está bien, Gusti, tú ganas —convino al pasar cierto silencio pesado y ahogando un suspiro—. Si no hay algún inconveniente, iré acompañado
Bill también había ganado.
Evadiendo los cuestionamientos que la palabra “acompañado” acarreó, Tom constató que la reunión era en la casa de su amigo y colgó, clavando los ojos en Bill con intensidad. ¿Cómo decirle las incertidumbres que tenía sobre su comportamiento? Era luna llena, después de todo, y si algo le sucedía a Gustav o a su familia, la culpabilidad le perseguiría por el resto de su jodida existencia.
—Puedo controlarme —dijo Bill, adelantándose y adivinando el recelo de Tom, quien siguió con la misma mirada—. No seas dramático, prácticamente puedo ver las escenas cruentas y violentas que estás imaginándote. Te repito que no habrá problemas, aunque después de cierta hora es mejor prevenir que lamentar.
—¿Por qué quieres ir conmigo? —indagó, pagando la cuenta y saliendo a la calle. Estaba oscureciendo y la luna ya se dibujaba en el cielo.
“Capricho”, pronunció Bill con una voz que sonó como una caricia y que le causó estremecimientos. Ya en su camioneta y a mitad de camino, se sintió intranquilo, pero no por la seguridad de Gustav; era como si recién concientizara que esa noche no sería como el resto, y que al acceder a estar con un hombre lobo en aquellas horas en las que no era dueño de sí mismo en su totalidad hubiera firmado una sentencia de muerte.
—¿Qué es esto? —Saliendo de su embotamiento, Tom se fijó que Bill señalaba la caja que había en el asiento trasero y le hizo un ademán, dándole a entender que no se detuviera si quería examinarla.
Sacándose el cinturón de seguridad, Bill hizo lo necesario para poner la caja a sus piernas y ver el contenido. Unos cuantos minutos y muchos kilómetros luego, Bill volvió a hablar:
—No sé de arte o dibujo, pero tengo buen gusto y este en particular… —Tom aprovechó una luz roja para ver fugazmente el boceto de una fracción de bosque desolado que Bill tenía entre sus manos—. Tantos detalles hechos con pulcritud. Casi se siente que puedes sentir el viento que mueve las hojas. ¿Cuántos años tenías cuando lo hiciste?
—Trece —respondió con apatía, doblando una esquina. Aparcó frente a una casa blanca y apagó el motor—. Ya llegamos. Compórtate. —Bill torció los ojos.
El ambiente que les recibió era cálido y agradable, y entre las habilidades sociales que no sabía que Bill poseía para entablar charlas y ser encantador, y que el hijo de Gustav estuviera tomando una siesta, ausente en su propia fiesta, la sensación de inquietud de Tom disminuyó notablemente. Había una cantidad reducida de gente y todavía menos niños, por lo que no pasó demasiado para que Gustav y él estuvieran acomodados en uno de los sillones mientras Bill dirigía con destreza la conversación de un pequeño grupo.
—Me había llamado la atención que me avisaras que vendrías con alguien, pero admito que no esperé esto. Bill parece especial, ¿estás con él? —dijo Gustav, cuidando de no ser oído e ignorando la mueca de Tom—. Ya sabes, más serio que el amorío que han estado teniendo estos meses, porque hacerte terminar con Leah…
—Leah fue la que me dejó —interrumpió con tanta acidez que sobresaltó a Gustav. Era cierto que Leah lo había dejado, sin embargo, no le hacía caso a la vocecilla en su interior que le indicaba la había alejado con su conducta—. Y no, no estoy con Bill. Lo que tenemos es… complejo.
Decirle la verdad en todas sus dimensiones a su amigo estaba descontado. Seguramente pensaría que había perdido la cabeza, y si Bill no estuviera ahí como un indicador constante de que era real, era posible que también se tildara de loco. Esa misma noche había grandes posibilidades de ver en vivo y en directo a un gran animal que la mayoría de personas solo atribuían a cuentos de hadas como la caperucita roja.
—Oye, Tom, sé honesto contigo y conmigo: ¿estás enamorado?
La primera reacción que tuvo fue reírse, y lo hizo, grandes carcajadas que provocaron que un par de personas levantara la vista hacia ellos. Gustav puso los ojos en blanco, gesto que indicaba que no necesitaba otra contestación. Pero cuando la risa murió, y de pronto Bill se excusó y se sentó a su costado, diciéndole a Gustav que su esposa requería de su presencia y este los dejó solos, la pregunta hizo eco en su mente. ¿Enamorado? No, no lo estaba y maldijo a su amigo por infectarle con ideas estúpidas.
—¿Qué tienes? —interrogó, dándole un vistazo al reloj de su teléfono. No eran más de las siete pero Bill no dejaba de removerse en su asiento, tenso—. ¿Quieres irte?
—¿Así que no estás enamorado de mí? —Bill estaba serio, sus largas uñas incrustadas en el brazo del sillón.
Al principio, Tom no pudo entender a qué venía la pregunta, pero no pasó ni unos segundos para caer en cuenta de lo que había sucedido: Bill los había escuchado. Y la intranquilidad que sentía se mezcló con disgusto.
—Escuchar conversaciones ajenas es signo de mala educación —amonestó sin humor, evadiendo la mirada afilada que estaba recibiendo—. Pero no, ni se me ocurriría. ¿Tú sí estás enamorado, acaso?
—Qué imbécil eres —gruñó Bill, mostrando los dientes, mostrándole a Tom que estaba atónito cómo sus caninos crecían unos centímetros y sus ojos normalmente marrones cobraban visos amarillentos—. Nos vamos ahora o…
No hubo necesidad de que la oración fuera completada. Se despidieron de forma escueta y apresurada, y la noche les recibió con sus brazos fríos. Bill se subió a la camioneta, hundiéndose en el asiento y con la respiración irregular; no dijo nada, y siguió sin hacerlo aún cuando Tom preguntó en un murmullo a dónde ir. Al no recibir respuesta, encendió el vehículo y emprendió el trayecto hacia el piso de Bill.
Su corazón latía fuerte y en la base de su estómago, la ansiedad y el miedo habían anidado, dejándolo con la sensación de estar al borde de un precipicio. Vio de soslayo cómo el hombre a su lado tenía la cabeza enterrada en sus manos, al parecer luchando consigo mismo y tembló. ¿Bill se había enamorado de él y ahora estaba furioso porque no correspondía esos sentimientos? Tenía cierta lógica y justificaba esa obsesión, esa imposición para ser parte de su vida, pero Tom no se atrevió a abrir la boca y tales pensamientos no llegaron a sus finas raíces.
“Ven conmigo”. El susurro fue dicho al llegar al edificio en el que Bill vivía. Aunque no dio señales de haberle oído, sus pies se movieron solos, siguiendo el camino que Bill recorrió y saltando al escuchar la puerta ser cerrada con ímpetu tras sus espaldas.
—Bésame. —Tom se quedó quieto, el temor paralizándolo y con la garganta cerrada—. Bésame —repitió Bill con suavidad, avanzando hacia él a largos trancos, tomándolo de las solapas y pegando sus labios a los suyos.
El beso fue dulce y gentil, sin embargo, al pasar los minutos y hacer una ligera señal de querer separarse, fue Bill quien se apartó y lo estrelló contra una pared con tanta fuerza que su cabeza rebotó y soltó un gemido de dolor. Y, nuevamente, fue besado, el aire siendo arrebatado de sus pulmones por el frenesí y la pasión desbocada, y el vasto y ajeno mundo al que Bill le había introducido haciéndole sentir toda su abrumadora realidad.
Continúa…
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