As you look around this room tonight
settle in your seat and dim the lights
Do you want my blood, do you want my tears?
what do you want?
what do you want from me?

Pink Floyd ~ What do you want from me?

Fic TOLL de Aelilim 

Capítulo 9: Peligro II (Dis-torsiones: Autodominio)

Habían pasado unos minutos desde la medianoche, estaba desnudo bocabajo y en diagonal en una cama desordenada y respirando pausadamente. El “te amo” se escuchó con voz baja, antecediendo el sonido del roce de pies descalzos contra el piso. Tom apenas lo escuchó, tiritando por el frío y alarmado por el comportamiento volátil que había estado teniendo Bill. No podía saber con certeza qué pasaría; hasta ese momento, todos sus intentos de adivinar habían resultado infructuosos: no había habido sexo violento, sino besos en cada centímetro de su piel con una delicadeza que le había hecho estremecerse y a los que ni se les ocurrió negarse. Tampoco había vuelto a recibir la pregunta “¿no estás enamorado de mí?” ni golpes u órdenes.

—Deberías irte —balbuceó Bill repentinamente, sobresaltándole. Estaba a su costado, inclinado hacia él y, contrario a lo que acababa de decir, cuando se removió ligeramente en una tentativa de levantarse lo sujetó con una mano apoyada en su espalda.

—Debería —repitió Tom, dejándose caer y trémulo por los dedos gélidos haciendo círculos pequeños en su nuca y espalda—, pero no me dejarás, ¿verdad?

No hubo más respuesta que una respiración cálida en su oído y el leve cosquilleo de las rastas de Bill cayéndole encima como una cortina oscura. El colchón se hundió bajo un nuevo peso y no sintió los besos y caricias que creyó que seguirían, porque en cuestión de segundos había sido cambiado de posición, quedando frente a frente con unas facciones contorsionadas por una conmoción imposible de determinar cuál era.

—¿Qué quieres de mí?

—¿Qué quiero de ti? —Bill parecía hasta incrédulo de escuchar semejante cuestionamiento a esas alturas—. Lo quiero todo… Si solo estuvieras dispuesto. ¿Por qué, Tom? ¿Por qué no quieres?

Tom quiso articular algo, cualquier cosa, pero no pudo. A cada sílaba que había ido pronunciando, el furor de Bill había estado incrementando, manifestándose esa alteración de ánimo también en su cuerpo, sus caninos alargándose y los músculos de su cara tensándose. Venciendo por un instante la subyugación que sabía que era más que física y abarcaba más niveles de los que estaba dispuesto a consentir, Tom le dio un empujón a Bill, haciéndolo caer en el suelo y se incorporó con celeridad.

Estaba al tanto de que no llegaría lejos, de la futilidad de siquiera pensar en irse de esa situación, sin embargo, la última y diminuta fibra de instinto de conservación que todavía tenía le movió a coger su ropa y empezar a vestirse mientras Bill se enderezaba y con aterradora pesadez avanzaba hacia él.

—¿Vas a matarme? —logró decir, subiéndose el jean antes de ser detenido por dos manos que se cerraron como tenazas en sus brazos.

Recibió una negativa rotunda e, imprevistamente y bajo la luz de la luna que se colaba por las ventanas corridas, vio con horror cómo Bill daba un salto hacia atrás, doblándose en dos, su desnudez siendo cubierta por una capa cada vez más densa de pelos y sus músculos y huesos cambiando de lugar entre sonidos de crujidos y los jadeos que de a pocos se volvieron aullidos bajos. Tom quedó petrificado, contemplando la transformación y cuando esta se completó, la vaga sensación de peligro que había sentido desde tantas horas atrás, cobró dimensiones monstruosas.

La previa ocasión en la que había estado en presencia del animal, sin saber que era Bill, había tenido miedo; ahora que sabía a quién tenía delante, por algún motivo, ese miedo había crecido exponencialmente, y su cerebro no dejaba de atormentarlo haciendo una comparación del Bill que conocía y de este convertido en una bestia…

El lobo le miró, mostrando sus fauces abiertas y las fosas de su nariz amplias, filtrando grandes cantidades de aire y recuperándose de la transición que había sufrido. Sin saber cómo, Tom principió su huida, corriendo a ciegas por el piso mal iluminado. Cuando vio próxima la puerta, tropezó aparatosamente con sus propios pies y cayó, rasmillándose los codos y rodillas. Se recuperó inmediatamente, sintiendo apenas el dolor en las partes lastimadas por la adrenalina, pero no pudo reiniciar su huída debido a que el animal se plantó delante, interponiéndose entre la salida y él.

—Bill —murmuró—. Bill, escúchame.

Era inútil. Los ojos pardos de Bill estaban nublados, furibundos. No había escapatoria, nunca había tenido una, sin embargo, cuando el animal se le lanzó encima con sus mandíbulas abiertas, preparado para atacarle, buscó esquivarlo y cayó estrepitosamente en la alfombra.

Tom no oía nada más que los latidos impetuosos de su corazón pulsando en sus orejas y después de que una pata pesada y garras rasgándole la piel de su brazo izquierdo frenaron su intento de alzarse, se quedó tumbado, y solo se movió de nuevo, dando golpes con los puños cerrados a cualquier parte blanda al sentir unos colmillos hundiéndose en la carne de la unión entre su hombro y cuello.

Un grito largo y desgarrador profanó el silencio de la noche, y no fue capaz de darse cuenta de que era suyo hasta que la garganta le ardió y se le cerró, dejándolo afónico. Dejó de dar golpes inservibles y se quedó quieto. Sus mejillas estaban húmedas por las lágrimas que tampoco podía reconocer como suyas, y la sangre manaba a grandes borbotones, drenándole la escasa conexión con la realidad que aún poseía. Bill debía terminar lo que había empezado, fue su última reflexión coherente viéndose arrastrado por el dolor agudo que sentía.

La sangre siguió saliendo de la herida cuando fue liberado, imparable y caliente, al igual que los pasmos y el dolor siguieron persistentes y penetrantes hasta que, de un instante a otro, fue absorbido por una inconsciencia negra a la que no pudo combatir…

El alba despuntaba y los rayos tibios del sol cayendo directamente sobre sus ojos fue lo que le despertó. Estaba acostado en una cama, desnudo a excepción de una venda que envolvía su hombro y parte de su pecho y otra que tenía en su brazo izquierdo. Su boca estaba seca y cada músculo, cada tejido dolió ante los más insignificantes movimientos que intentó realizar antes de advertir una figura observándole en pie y apoyada contra una de las paredes. Bill estaba con el rostro demacrado, el maquillaje corrido dibujando líneas negras en sus mejillas y vistiendo no más que ropa interior.

La noche había terminado, pero sabía que el mal sueño no; todo había sido real, la mordida, la sangre y todas aquellas sensaciones acuciantes. Tom cerró los ojos un segundo, sintiéndose débil.

—¿Y ahora qué? —preguntó con voz vacía, lejana.

Pudo percibir algo distinto en Bill, algo casi imperceptible y abrió los ojos, sin poder evitar reparar más escrupulosamente en lo pálido y el talante desmejorado que portaba Bill, en sus profundas ojeras y las manchas de sangre seca distribuidas en sus piernas, torso y brazos. Su sangre, adivinaba.

—No eres el mismo de antes y nunca volverás a serlo, Tom. Este mes experimentarás cambios: tu percepción será diferente por tus sentidos más desarrollados y tendrás cambios violentos de humor. Y, finalmente, a la próxima luna llena te convertirás en un lobo.

—¿Soy como tú porque me mordiste? —Bill asintió.

—Existe un patógeno en mi sangre que solo puedo trasmitir cuando estoy transformado. Esa particularidad es la que me brinda las habilidades sobrehumanas y es por eso mismo que, excluyendo el que dice que se puede transmitir por una mordida, los mitos que existen sobre los hombres lobos no son más que fantasías. No hay intervención de magia, es más bien…

—Como una puta enfermedad, ¿no? —A Bill no le gustaba ese apelativo, fue irrebatible por cómo se removió de su posición, pero no le refutó. Tom sonrió agriamente, sus labios resecos partiéndose y la sed que tenía aumentando—. No… no tenías ningún derecho de volverme… esto. Dijiste que tenías control sobre ti mismo, ¿acaso lo hiciste a propósito?

—No, por supuesto que no —dijo Bill, tajante. Tom recordaba la mirada nublada por la rabia. Era verdad: Bill no había sido él mismo—. Sabía que mis impulsos y las emociones guardadas saldrían en algún momento, lo que no pensé que sería capaz de morderte al… explotar.

Esa no era la respuesta completa, y ambos lo sabían. Pero no hubo ni insinuación de una explanación, porque súbitamente el ambiente se modificó y en simultáneo tanto Bill como él supieron que no pasaría demasiado para que una tercera persona irrumpiera en la habitación.

—¡Bill! —El rugido se escuchó en paralelo a la aparición de un hombre con el rostro contraído en una mueca iracunda, irradiando olas de disgusto y luciendo más que dispuesto a acometer contra ellos.

—Serénate, Georg —fue lo que Bill contestó, contundente y sin dejar espacio a réplicas. Tom dejó de darle valor a la incomodidad que sentía por estar desnudo debajo de la delgada manta que le cubría, a la sed, al dolor, y miró con atención—. Ya está hecho, es irreversible, y lo sabes. No armes un escándalo.

La agresividad de Georg pareció disminuir notablemente. Tom seguía contemplando la escena con curiosidad: era evidente que Bill, aún con la apariencia más frágil y desmejorada que portaba, emana más poder; incluso, en el aire podía olisquearse esa exudación de dominancia que le provocaba cierto recelo y que los vellos de su nuca se erizaran… Esta era una microscópica muestra del nuevo universo con reglas diferentes y al que había ingresado.

—Cruzaste límites que te estaban explícitamente prohibidos. —Georg le hizo gesto despectivo, como si quisiera intimidarlo. Tom no se sintió amenazado y se quedó calmo, mientras Bill avanzaba hacia él portando una sonrisa exangüe—.Tendrás que lidiar con las consecuencias.

—Lo sé. —La sonrisa dejó de relucir en los labios sin color de Bill. Georg maldijo entre dientes acompañado por un “espero que valga la pena” y salió del dormitorio a pasos agigantados.

Tom esperó a que la presencia de Georg se desvaneciera para hablar:

—¿Por qué te tiene tanto —dudó en la elección del término— respeto?

—Soy más fuerte y su instinto de preservación le indica que perdería contra mí —explicó Bill con sencillez, pasándose las manos llenas de sangre coagulada por sus ojos y cuello—. Necesito ducharme…

—Tengo sed —interrumpió. Sin pronunciar palabra, Bill salió del cuarto y regresó con un vaso de agua del que Tom bebió la mitad luego de hacer esfuerzos para alinear la cabeza—. Gracias.

—Quizá quieras dormir más y recuperar algo de energía.

Tom tuvo el perecedero pensamiento de detenerle y exigir la aclaración de las cosas que todavía colgaban en el aire. Sin embargo, su lengua quedó pegada a su paladar, y después de que Bill se marchara, sin buscarlo, cayó sumergido en un estado vago, con un pie en la realidad y el otro en el mundo de los sueños, siendo capaz de oír los ruidos de la calle y, al mismo tiempo, de ver imágenes de él mismo corriendo por un pasaje oscuro y sin fin.

El aroma a fresco fue lo que le despertó, anclándolo. Parpadeó confuso, escuchando un lejano y a la vez claro “necesitas comer y sería recomendable que te revisara la herida”.

La tez de Bill estaba completamente limpia, libre de maquillaje y, menos de lo que dura un pestañeo, algo que no acabó de descifrar le perturbó y llevó su corazón a su garganta. Pero no duró mucho porque una toalla cayó en el suelo y un cuerpo blanco, bien constituido saltó a la vista con descaro. Miró a Bill ponerse una camiseta y jeans sencillos, y aplicarse delineador con rapidez.

—Quiero un baño —dijo, despertando de la ensoñación a la que se había dejado llevar, incorporándose y cayéndose a continuación contra el colchón.

Estaba débil y requeriría ayuda. No tuvo que verbalizar su petición, ya que Bill se adelantó y le hizo sentarse, sacándole con cuidado las vendas y ayudándolo a ir hacia el baño en donde sin importar si es que se mojaba, se las arregló para temperar el agua y servirle de apoyo mientras lo auxiliaba a que se jabonara con gentileza y evitara empaparse el cabello.

—¿Por qué la herida de aquí está casi cerrada? —preguntó mientras veía a Bill secarle con delicadeza la zona injuriada entre su cuello y hombro. Su brazo ya estaba vendado, los rastros de las garras visibles y abiertos—. Pensé que había sido profunda por la cantidad de sangre que salió.

—No te desgarré la carne. Se curará pronto pero quedará una cicatriz —señaló Bill con tono suave, tomando una venda nueva.

Se dejó poner un bóxer limpio una vez que estuvo vendado y un pijama. De ahí caminó hacia la cocina y se sentó en una silla, siempre socorrido por Bill que lucía apagado y lejos de tener aquella actitud que tantas ocasiones lo había amilanado. Siguieron sin pronunciar vocablo alguno hasta que tuvo delante un plato de sopa con un aspecto no tan apetecible.

—Tiene un mejor sabor de lo que parece —dijo Bill, mordiéndose el labio y tendiéndole una cuchara.

—Dijiste que lo quieres todo de mí, ¿es cierto? —Bill asintió después de un titubeo, aún insistiéndole a que cogiera la cuchara. Tom lo hizo—. ¿Desde cuándo es así?

—Desde que nos conocimos.

—Estamos destinados a ser —intervino con el enunciado que tantas veces Bill había dicho, y prácticamente sintió ganas de reír con sarcasmo—. Más que en el destino, me inclino a pensar que eres tú quien ha movido los hilos. Te trazaste la meta de inmiscuirte en mi vida sin importar cómo, y lo has logrado.

Bill negó con la cabeza, quitándole la cuchara que seguía en mano de Tom, inmóvil y sumergiéndola en el plato de sopa antes de llevársela a la boca.

—Es algo más, algo superior a una simple obsesión o meta… Lo que nos une es más importante, un lazo que no podrías romper aunque quisieras. —Tom seguía sin recibir la sopa y Bill se lo pidió con los ojos.

—¿Qué, Bill? ¿Fue por eso que me mordiste? —interrogó después de aceptar la cuchara. Bill tenía razón, el sabor no estaba tan mal, y repentinamente, su apetito se abrió e instó con un gesto que le siguiera dando, a lo que Bill sonrió por un segundo.

—No. Nunca había estado tan fuera de mí.

Había estado hablando rudamente, arrinconando para obtener respuestas, y una ira que no se concretaba formándose en la boca de su estómago. Pero Tom no presionó más, comiendo en silencio. Había un muro invisible que le frenaba a molestarse con Bill del todo… Un muro al que no le quería poner nombre. Cuando el plato de sopa se acabó, regresaron a la habitación, no sin pasar por la sala y viera las manchas rojizas distribuidas.

—Lo estás asimilando con tranquilidad —comentó Bill, ayudándole a acomodarse. Tom pensó con calma su respuesta.

—Supongo que es debido a que todavía no proceso la verdadera extensión de lo que ha sucedido y sucederá, ¿sabes?… Hace un mes tenía a una mujer que me amaba y un trabajo de oficina, y el futuro es completamente incierto. —Sonrió débilmente—. Y no digas que cuento contigo.

—Pero es cierto.

Bill estaba a un lado de la cama, y Tom le invitó a echarse a su costado. Guardaron su distancia, como si inesperadamente ese nexo que los había unido invariable y superficialmente desde que se conocieron, hubiera cobrado otra extensión a la que debían acostumbrarse.

—¿Qué tal si decido que no quiero vivir como un monstruo y me mato? —Bill le miró con ojos tan grandes y un desconcierto casi tangible que no pudo más que soltar una carcajada fugaz y muerta—. Bromeo.

—No me provoca risa. En lo mínimo. —Como la aparente sonrisa en los labios de Tom persistía, aligerando el ambiente, pronto consiguió que fuera correspondida. Bill suspiró—. Sé que ya lo sabes, pero es irrevocable. No hay cura para lo que te he…

—Contagiado. —Encima de ellos pendió un silencio pesado hasta que Tom viró hacia Bill, descansando la cabeza encima de un brazo doblado, ignorando el dolor en su hombro y estudiando el perfil del otro hombre—. ¿Está bien utilizar designaciones como licántropo?

—Licántropo, hombre lobo, loup-garou, volkodlak, da lo mismo. Cuestión de semántica. Tom, quiero pedirte algo… Como te he dicho, vas a pasar por una serie de cambios y sería mejor que tuvieras a tu lado a alguien que pueda comprenderte y contenerte si es preciso. Múdate conmigo.

—¿Ya habías mordido a otra persona? —dijo Tom en un murmullo, súbitamente curioso e ignorando la petición. Bill meneó la cabeza, girando e imitando su posición—. ¿Yo perderé la razón y morderé a un pobre imbécil que no sabe nada?

—No, no lo harás. Eso corre por mi cuenta —contestó Bill en el mismo volumen de voz, alargando una mano indecisa hacia la mejilla de Tom, quien no rechazó el gesto, y acariciándola con el pulgar—. Lo siento tanto…

A pesar de que no hubo lágrimas en los ojos marrones, Tom pudo apreciar en ellos un arrepentimiento absoluto y dolor sordo. Y como si dejara de tapar el sol con un dedo, reconoció el vínculo que se había constituido paulatinamente entre Bill y él. Porque su existencia había sido trastocada y ya no era un muerto en vida, porque por fin contaba con alguien con quien no tenía que fingir que pertenecía al rebaño.

Haló de Bill, pegando sus caras y respirando el mismo aliento.

—No sé qué consecuencias mencionó Georg, pero sé que tendrás que lidiar conmigo. Creo que ese será tu castigo. —Bill le miró neutro, esperando a que completara la idea—. No quiero hacerle daño a nadie, y si ahora soy… lo que soy, no pienso ser tan inmaduro como para entrar en negación, odiarte y pensar que no fue más que una pesadilla.

—¿No me odiarás? —Sin esperar réplica, Bill cerró los centímetros que los separaban y lo besó.

Mientras se besaban con lentitud, con languidez, Tom supo con certeza que no podría odiar a Bill aunque quisiera, y lo que había dicho Gustav la noche anterior le invadió ferozmente. ¿Estaba enamorado? Amor…

Al siguiente segundo, lo que asaltó su cabeza fue distinto pero siguiendo la misma línea de pensamiento: ¿había escuchado un “te amo” o había sido producto de su imaginación? Recordó la rotunda negativa que había dado cuando su amigo le había preguntado si había sentimientos implicados y la primera reacción de Bill a su insinuación de si sentía algo por él, y supo que más que impulsos o emociones suprimidas, eran los sentimientos los que habían orillado a Bill a perder su precario dominio.

Cuando el beso llegó a su fin, Tom musitó un “dime por qué” que osciló como un suspiro frágil antes de que Bill cerrara los ojos y uniera sus labios una vez más en un beso breve y seco.

—Dime por qué lo hiciste —repitió. Bill se quitó un mechón de cabello que caía en su mejilla, poniéndolo detrás de su oreja. Luego, se sentó, encogiendo las rodillas y posando la cabeza en ellas sin romper el contacto visual—. Por qué…

—Que afirmaras con tanta seguridad que no estabas enamorado de mí, fue involucionando progresivamente en mi mente, y entonces no solo no sentías nada por mí, sino que no significaba más que un tipo de esos con los que has tenido encuentros al azar. Me hirió, y en ese estado, la única manera de que hallé de manifestar esa pena fue la violencia.

—Bill, ¿me quieres?

—Sí. —Con la cabeza aún refugiada entre sus rodillas, Bill sonrió dulcemente, haciendo olvidar a Tom con ese gesto por un segundo el mundo entero, que el vuelco que había sufrido su vida había pasado de ser de 180º a 270º en unas horas—. ¿Te mudarás conmigo?

Meditando realmente la idea por primera vez, Tom asintió con parsimonia. Tenía a Bill y no tenía problemas en admitir que le gustaba tener a Bill, sus manos entre las suyas frente al universo nuevo y misterioso en el que había sido metido sin su permiso.

—Solo una condición… adiós a la decoración blanca y perturbadora. —Bill lució desconcertado—. No sé cuando me dijiste que era como tu infierno personal, pero ahora lo compartirás. ¿Tenemos un trato?

Continúa…

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por administrador

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