Administración: La autora Aelilim no publicó con nosotros, pero estaba emocionada de que existiera un sitio como la caída thf, dedicada exclusivamente a los fics de Tokio Hotel, por esa razón y por la petición de varios lectores, hemos rescatado esta obra. Ahora a disfrutar y no olviden dejar su amor en los comentarios 🙂
I wear this crown of shit
Upon my liar’s chair
Full of broken thoughts
I cannot repair
Beneath the stains of time
The feelings disappear
You are someone else
Nine Inch Nails Nails ~ Hurt

Fic TOLL de Aelilim
Capítulo 1: Destinado a ser I (Encuentro)
El bar estaba abarrotado de gente y había mucho ruido; el ambiente no le era desconocido a Gustav, así como tampoco lo era ver a uno de sus amigos más cercanos sonriéndole sugestivamente a un chico alto, con largo cabello negro y maquillaje. No era historia nueva: habían repetido lo mismo en incontables los bares y con los hombres, pero al final de cuentas era lo mismo. Por un intervalo fugaz, un rostro femenino se apareció en la mente de Gustav, sin embargo, la descartó de inmediato. Tom era su amigo, sobre todo y por encima de cualquier bajeza que estuviera dispuesto a encubrirle.
Apartó la vista, cavilando si comprarse una cerveza, y cuando la retornó después de decidir que era mejor ir a casa, no vio ni rastros de Tom. Suspiró, rechazando la idea de llamarle; sabía que era inútil, porque así como había habido otros bares y otros hombres, también había habido ocasiones en las que Tom se desaparecía y al día siguiente le contaba sin detalles dónde o en qué situación había acabado. Cogiendo su chaqueta, salió del lugar.
Tom no se hallaba muy lejos, en el asiento de copiloto de un BMW blanco, manoteando sus bolsillos en búsqueda de un cigarrillo. A su lado conducía un hombre, mirada fija en la carretera. Cuando dio la primera calada, giró un poco el rostro, fijándose descaradamente en el perfil casi femenino del otro y devolvió la sonrisa al ver las comisuras de unos labios curveándose de forma insinuadora. No sabía a dónde estaban yendo. Había tomado lo suficiente para no preocuparse de solo estar al tanto de la belleza y el nombre de su acompañante: Bill.
Había llegado al bar sin ninguna intención, pero al ver entrar Bill, solo y con un rostro tan cautivador, no había podido más que darle una palmada en el brazo a Gustav y aproximarse a él. La charla, forzada en sus inicios, pronto se volvió agradable y fluida; y había marchado bien hasta que Bill había insistido en que debía irse a casa. Tom no había dudado en presionar para acompañarlo, encantador y sin cubrir su verdadero propósito.
—Está bien, vamos —había accedido Bill, borrando el sentimiento de victoria que sentía con una sonrisa que evidenciaba que no era el único ansioso—. ¿No sería bueno que le avisaras a tu amigo?
Tom había parpadeado lentamente, intentando procesar la información y acordarse a qué amigo se refería. Bill rió ante su confusión y no replicó nada al verle encoger los hombros y decir: “No pasa nada, Gustav es un chico grande”.
El auto se detuvo frente a un edificio. Tom botó la colilla en el pavimento y resguardó sus manos del frío, siguiendo silenciosamente a Bill hacia el interior y luego subiendo las escaleras. Apenas ingresaron al departamento, Tom hizo una expresión extrañeza; el sitio era inmenso, quizá sus dimensiones reales percibiéndose todavía más gigantescas por los pocos muebles que había y, más sobresaliente aún, lo blanco que era. Obsesivamente blanco en cada esquina, en cada rincón.
Si tenía alguna pregunta o comentario, nunca logró formularlo, debido a que la boca de Bill se pegó a la suya con violencia. Aunque había sido tomado por sorpresa, no lo demostró, devolviendo el beso con la misma demandante intensidad. Los labios de Bill sabían a cereza, supuso que por el brillo, y se relamió al apartarse. Se dejaron caer en la alfombra mullida y limpia, Tom debajo, recibiendo caricias en su torso y besos cortos en su cuello.
—¿No tienes miedo de que ensuciemos?… Todo es tan blanco —jadeó con ahogo, la mano de Bill presionando contra su erección.
No hubo respuesta, y realmente no interesó, su piel haciendo contacto con la alfombra y siendo objeto de una pasión que pocas veces había experimentado. Quedó desnudo, estremeciéndose visiblemente hasta por el más ridículo roce. No estaba acostumbrado a no hacer nada, a limitarse a sentir, sin embargo, la lengua de Bill formando círculos húmedos en su estómago, no hacía más que reducirlo a un individuo sin voluntad y solo con ganas de dejarse llevar.
Pero entonces, no hubo más movimiento por eternos segundo. Bill se quedó tieso, sus dedos crispados e incrustándole sus largas uñas en el muslo. Tom jadeó por el dolor, atrayendo la atención de Bill, quien se levantó aceleradamente y se separó unos metros.
—Vístete. Necesitas irte ahora mismo —indicó con frialdad, acomodándose el cabello que le caía encima del rostro.
De un minuto a otro, la situación había cambiado bruscamente, y Tom no entendía nada, pero en el instante en el que su mirada chocó con la de Bill, notando sus ojos entreabiertos, decididos y gritándole silenciosamente que se largase, le hizo caso. El alcohol se había ido evaporando de sus venas y algo en la situación, aparte de lo evidente, no cuadraba y le provocaba nervios. A punto de salir del piso, miró a Bill sentado en un sillón, cruzado de piernas y tenso, un aura de advertencia a su alrededor vociferada por su lenguaje corporal.
Cuando salió del edificio, un aullido potente retumbó por toda la calle, sobresaltándole. Probablemente un perro callejero, dictaminó. Unos cuantos metros más allá, tuvo la suerte de que pasara un taxi, al que subió de un salto. Fue recién en su departamento, sentado a oscuras en la sala que encendió un cigarrillo e intentó analizar lo que acababa de suceder. No logró su cometido y no le dio más vueltas; Bill había cambiado de parecer, era evidente. ¿El motivo? Quién sabía. Y no le concernía. Porque no sería la primera vez que se topaba con alguien que hacía eso, arrepintiéndose prácticamente en el momento cumbre.
Cabeceó, sus párpados pesando. Pensó en arrastrarse a su cama y, de imprevisto, el sueño fue ahuyentado a la vez que recordaba que Leah había dicho que esa noche dormiría con él ya que había discutido con dos de sus compañeras de casa. Tom se imaginó a su novia acurrucada, abrazando su almohada y con el sueño tan profundo como siempre, y sonrió amargamente.
No era que no la quisiera. Leah había sido su novia desde la secundaria y habían atravesado juntos muchas dificultades. Era más que eso… Era que no le gustaba su vida. Que no soportaba su trabajo de oficina encerrado en un cubículo y donde todos lo juzgaban por tener rastas e ir con ropa casual más seguido de lo permitido. Sucedía que se sentía encerrado entre las paredes del cubículo, entre las paredes de su departamento, en su propia vida; un prisionero de su propia vida, sonaba hasta gracioso.
Tom ni siquiera sabía cuándo todo se había vuelto una tragicomedia barata de mierda. Pero sí sabía que no contaba con el carácter suficiente para renunciar a todo, a su madre siempre lanzando preguntas no tan sutiles de, ¿y ya están viendo fechas para la boda?; de Leah y su mirada avellanada sonriéndole y diciéndole te amo. Y de él mismo alzando los hombros ante la pregunta de su madre y de responder con un “yo también” a Leah sin hacerse problemas.
Presintiendo que iba a vomitar, se hizo un ovillo en el sillón, sin sacarse los zapatos ni hacerle caso al frío. Antes de que pudiera conciliar el sueño, escuchó un aullido lejano y, sin querer, le dirigió su último pensamiento a Bill.
Al abrir los ojos, lo primero de lo que se percató fue que tenía una manta encima. Desde la cocina se oía el ruido de trastes siendo removidos. Suspiró, haciendo una mueca ante el dolor de cuerpo por la mala posición en la que había dormido. Sabiendo que tenía todo el olor de alcohol y cigarros en la ropa, en la piel, se dio una ducha rápida. Vio que pasaba del mediodía y agradeció entre dientes que fuera domingo y no tuviera que ir a trabajar. En la cocina, saludó a Leah.
—Buenos días. —Ella soltó una risita, repasando ligeramente con las yemas de sus dedos su mejilla—. Luces cansado, cariño. Debe ser porque dormiste todo incómodo en el sillón. ¿Por qué no fuiste al dormitorio al llegar? —preguntó.
—Estaba tomado y no quise molestarte.
Agradeció la taza de café cargado que le puso delante y rechazó algo para comer. Mientras hablaba y hablaba, contándole de qué había sido la pelea con sus compañeras de casa y que a veces creía que debía mudarse a vivir con él de una vez, no dijo nada, dando sorbos a su café.
Al terminar los cursos que lo capacitaban para el aburrido trabajo de oficina que había conseguido, se mudó de las casas de sus padres a un departamento, Leah había sugerido vivir juntos. No se había negado, por supuesto que no, así como no se negaba a nada; pero no porque la amase tanto que sus deseos eran órdenes, sino porque le daba igual. Por eso mismo la mayoría de sus muebles eran de caoba y tenía colgados en sus paredes imitaciones de cuadros hechos por pintores famosos de los que recordaba el nombre.
Tom no se había negado, sin embargo, completamente distinta había sido la reacción de los padres de Leah, en especial de su padre que lo creía muy poca cosa para su preciosa hija. Había ocasiones en las que estaba de acuerdo con él. Una amenaza de quitarla de la cuantiosa herencia y la batuta de la exitosa empresa de publicidad que pasaría a ella, había sido suficiente para que Leah, a pesar de pataleos de niña rica consentida que no se le daban muy bien, aceptase. Después de todo, su misma profesión y sus miras las había tenido en el negocio familiar desde pequeña.
Claro que nada evitaba que se quedase con él uno que otro día y que fuese la encargada de todas las labores domésticas de departamento. Al llegar a ese punto de su reflexión, Tom se repitió que no era que no la quisiera. Pero no era suficiente.
Sin realmente darse cuenta, la tarde había llegado y estaban dirigiéndose a la cena familiar planificada una vez cada dos semanas en la casa de sus padres. Simone y Gordon no era realmente sus padres; se había enterado cuando bordeaba los trece años gracias a la indiscreción de un tío.
La notica le había sorprendido, sin embargo, nunca se había interesado por ubicar a aquellas personas que lo habían engendrado solo para regalarlo. Para él, esa mujer amable y que había estado con él toda su vida era su madre; y Gordon, quien le había enseñado a montar bicicleta y le había dado “la” conversación al llegar a la adolescencia, era su padre.
La casa en la que había crecido estaba en una zona alejada de la ciudad, un lugar aislado y rodeado de altos árboles. Aparcó su camioneta y le pidió a Leah que se adelantara. Quería fumar un poco, y después de que Gordon hubiera decidido dejar el cigarro por una advertencia médica, su madre había prohibido terminante la nicotina.
—Está bien, pero no te tardes mucho. Le diré a tu mamá que estás atendiendo una llamada. —Tom asintió—. Nos vemos adentro.
No fueron más de dos caladas que le dio al cigarro antes de apagarlo, y aspiró grandes cantidades de aire, preparándose a sí mismo para las evasiones de rigor sobre temas como “boda”, “luna de miel” y “nietos”. Bajó del vehículo, sin embargo, no logró avanzar ni un paso, porque en menos de un pestañeo, un hombre salido de la nada le derribó con violencia, apresando sus manos y aplastándolo con su peso.
—¿Qué mierda? —exclamó; su corazón latía impetuosamente en sus orejas y su cabeza dolía por el súbito golpe contra el suelo—. Suéltame, cabrón.
El sol había empezado a ocultarse, aunque igual había suficiente luz para que pudiera ver las facciones del extraño. Unos ojos verdes intensos, su mandíbula fuerte, su nariz respingada. A pesar de que Tom intentó liberarse repetidas veces, fue un intento fútil; el maldito imbécil era mucho más fuerte que él.
—¿Dónde está Kaulitz? —le escuchó gruñir con voz profunda. Su cuello fue olisqueado, igual que su cabello—. Lo tienes impregnado en todas partes.
—¿Quién eres tú? ¡No sé de quién hablas! —El hombre entrecerró los ojos, al parecer evaluando sus palabras—. ¡Déjame! —añadió en un grito. El agarre que lo mantenía sujeto, desapareció y se puso en pie lo más ágil que pudo, dispuesto a batirse a golpes.
—Te tendré vigilado —fue lo que sentenció el desconocido, mirándole con intensidad, estudiándole.
Era una amenaza, una condenada amenaza, y Tom no entendía qué mierda estaba pasando. Estaba a punto de abrir la boca para soltar toda la letanía de vulgaridades que sabía, pero de su garganta solo brotó silencio, registrando cómo el tipo daba un salto sobrehumano hacia uno de los árboles y desaparecía entre el ramaje. Se quedó paralizado, intentado encontrarle alguna lógica a lo que había sucedido, y repasó todos los apellidos de sus conocidos. Ninguno era Kaulitz.
Ya había anochecido. Nadie había salido a ver qué era lo que le retenía, y era evidente que sus exclamaciones no habían sido escuchadas. Era para lo mejor, odiaría ser presa de un interrogatorio en el que no pudiera decir más que “no tengo puta idea”. Se sacudió la tierra, borrando toda evidencia del incidente y subiendo las escaleras del porche, entró a la casa.
La cena ya estaba siendo servida. Saludó a sus padres con un medio abrazo y puso la mesa. Cuando ya estaban todos sentados, eludió el cuestionamiento de por qué había demorado tanto, al igual que los lamentos de su madre sobre lo sola que se sentía y que unos niños alegrarían su vida.
—Mamá, déjalo, ¿quieres? —se quejó antes de tomar un bocado de su comida, sin un ápice de hambre. Leah sonreía tras el vaso de agua que estaba tomando.
—¿Así que te sientas sola, mujer? —comentó Gordon, utilizando las propias palabras utilizadas por su esposa en su contra portando sonrisa bonachona—. Ni que yo estuviera pintado.
—A veces sí —suspiró dramáticamente—, en especial con tu proyecto nuevo. ¿Pueden creer que se ha empecinado con cultivar el patio trasero? ¡Cultivar! Dios.
Sin poderlo evitar, Tom soltó una carcajada ante el tono utilizado por su Simone, ese que tantas veces había escuchado años atrás, cuando todavía quería ser alguien en la vida, cuando quería estudiar veterinaria y se empecinaba en acoger animales perdidos o heridos, en perderse por los bosques adyacentes para buscar aves raras o dibujar alguna ardilla que se quedara quieta el tiempo suficiente…
El resto de la cena fue tranquila y con una despedida breve y una promesa que nunca cumplía de llamar, Leah y él emprendieron el camino de vuelta a la ciudad. Entre música a bajo volumen de una radioemisora local y una conversación trivial, el recorrido a la casa de su novia se hizo rápido.
—No olvides que mañana almorzamos juntos a la hora de tu receso, ¿está bien? —Tom dijo que no lo olvidaría y se inclinó para besarla—. A enfrentarme a las hienas —bromeó con humor al romper el beso. Bajó de la camioneta y le hizo adiós con la mano.
Al llegar y arrojar las llaves en una mesita, sintió su departamento lúgubre y frío; y la sensación incrementó al encontrar el camisón de dormir de Leah en su cama. De forma mecánica se pone pijama, se lava los dientes y se acuesta. Sin sueño y mirando las sombras proyectadas en el techo, meditó sobre el encuentro a afueras de la casa de sus padres, en aquel hombre de largo cabello castaño sujetado en una cola baja que lo había inmovilizado con extrema facilidad…
Su vida parecía estar orillada a la mediocridad y aburrimiento: era casi un hecho que se casaría con Leah, vivirían juntos y le darían a Simone los nietos que tanto ansiaba. Seguiría trabajando día a día en ese cubículo; luego de unos años, tendría un ascenso y sería trasladado a un cubículo un poco más espacioso y con una computadora decente. Tendría preocupaciones típicas, cómo quién recogería a los niños de la escuela y quién los llevaría a las clases de arte. O, tal vez, tendría que hacerse polvo el cerebro buscando un modo de mejorar su rendimiento para demostrarle a su jefe que merecía ese mísero aumento de sueldo que le vendría bien para dejar de atrasarse con los pagos de la casa.
Una sonrisa se pegó con adhesivo a su boca y no pudo sacarla de ahí… No buscó hacerlo.
Porque delirios sobre cómo su futuro cambiaba radicalmente le invadieron. Todo debido a que la noche previa estuvo a punto de acostarse con un extraño, un bello extraño que lo había echado antes de llegar a algo en concreto; y porque un tipo con apariencia amenazadora y hablando incoherencias se había materializado de la nada y luego había dado un salto de esos que solo se ven en películas de acción.
Sin querer hacerle caso a la especulación de que estos dos hechos tal vez tuvieran relación, quedó dormido.
La alarma le despertó de golpe, le tomó un par de segundos darse cuenta de dónde estaba y que tenía el tiempo justo para bañarse, cambiarse y tomar algo ligero de desayuno sino quería llegar tarde al trabajo.
A diferencia de la noche, esa mañana no pensó en hombres extraños ni en que su vida cambiaría. Condujo con la mente en blanco. Una vez en el trabajo, contestó los pocos saludos que recibió, se sentó frente a su computador y empezó a procesar los datos como un autómata.
Cuando casi era hora del almuerzo, recibió un mensaje de Leah: “He tenido una complicación con una clase, lo siento. Ya te contaré en la noche. Te amo”.
Tom evaluó la posibilidad de quedarse de largo o llamar a Gustav, sin embargo, descartó ambas opciones sin considerarlas mucho: Gus era bueno para una noche de tragos, pero su compañía podía llegar a ser muy latosa, y ahora más que siempre que iba a tener un hijo. ¡Un hijo a los veinticuatro!, e incluso sentirse orgulloso y ansioso; aunque no lo había verbalizado, lo veía casi admirable.
El gran sol brillante le dejó ciego por unos instantes al salir del edificio.
No le gustaba mucho la luz, el día. Antes había sido distinto, cuando solía aventurarse en busca de animalitos y amaba sentir los rayos cálidos contra su piel. Ahora era una persona más nocturna: la oscuridad podía tragarse tantas cosas indeseables, y eran las noches las que le abrían sus brazos para recibirlo ebrio y después de haber tenido un encuentro sexual mediamente satisfactorio.
Cruzó la avenida y ocupó una de las mesas del fondo del pequeño restaurante al que a veces iba. No tenía ganas de comer, solo quería fumar uno o dos cigarros, tomar alguna bebida fría, y listo, pero cuando la camarera se acercó a pedir su orden, señaló el especial del día sin preguntar en qué consistía. Si tenía algo de suerte, quizá era algo que le abriría el apetito. Suspirando, sacó un cigarro y lo encendió, centrando la mirada en el tránsito de esas horas que se apreciaba por la ventana.
—Hola.
Ante el saludo, giró por reflejo y juntó las cejas al ver quién era. Hizo un gesto de reconocimiento, pero no dijo nada. Sentado en la silla opuesta a la de él se hallaba Bill, podía reconocerlo a pesar de que el día que lo había conocido había estado embriagado. En realidad, no era tan extraordinario. Unas facciones tan delicadas y bonitas no eran cosa frecuente.
—Tom. —Ante su nombre, asintió, pero tampoco dijo nada. Se sentía curioso, ¿cómo Bill había sabido que estaría en ese sitio?… ¿Y por qué estaba ahí, en primer lugar?—. Debe parecerte extraño que esté aquí, pero quería disculparme. Nunca suele suceder… —Meneó la cabeza y quedó en silencio, sumergido en sus propios pensamientos por momentos contados.
—Estás hablando en clave —dijo con seriedad—, y no estoy seguro de si me interesa. ¿Por qué quieres disculparte? ¿Por haberme botado imprevistamente?
—No, me refiero al… ataque que tuviste afuera de la casa de tus padres —aclaró Bill, después de sacar sus propios cigarros y prender uno.
Su rostro había cambiado de uno dubitativo y que parecía no saber exactamente qué hacía a uno decidido y enigmático. Bill era muy guapo y el instinto le indicaba que hubiera sido su mejor amante de una noche, sin embargo, no era ni de cerca suficiente para tolerar ese comportamiento raro.
Las dudas bulleron en la punta de su lengua, una tras otra que ni supo cuál escoger para expresar en voz alta, pero al final no cuestionó nada. En ese instante, no necesitó esclarecer el misterio que tenía la capacidad de ponerle una mueca alegre e invisible en la cara. Observó con serenidad cómo Bill botó el humo y se levantó, invitándole a hacer lo mismo.
—Tengo que volver al trabajo —dijo, sacando de su billetera dinero para pagar lo que no había consumido. Era verdad a medias, todavía tenía unos largos quince minutos.
—Lo de Georg no volverá a pasar, te lo aseguro. —Estaban caminando lado a lado. Tom no contestó—. Tampoco volveré a echarte de mi casa, al menos no tan descortésmente. Eso lo prometo.
Era una clara invitación. Tom sonrió, viendo de reojo cómo Bill se acomodaba el cabello despeinado por un ventarrón. ¿Cómo puede ser tan atractivo?, pensó sintiendo un cosquilleo agradable en su vientre. Llegaron al edificio donde trabajaba y Bill le detuvo, poniendo la mano en su brazo.
—¿No me harás ninguna pregunta? —Tom negó y Bill sonrió—. ¿Sabes algo? Tengo un presentimiento: tú y yo estamos destinados a estar juntos.
Al escuchar la declaración, Tom no pudo evitar reír y no dejó de hacerlo aún cuando notó que Bill había desaparecido en un abrir y cerrar de ojos, y que atraía miradas de los transeúntes. ¿Destinados a estar juntos? Claro.
Continúa…
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