
«458 Italia» Fic de Shugaresugaru
Capítulo 1: El duende
By Bill
—Tom, ¡¡Tom!! — Grité – anda vamos — estaba gritándole a mi hermano gemelo desde la puerta de su habitación en el quinto piso. ¿No pudieron darnos otra en un piso más alto? Pensé irónico.
La mañana era rematadamente perfecta, ha llovido a cantaros la noche anterior y entonces la mañana llegó bañada de un sol brillante que hace ver todo más limpio y fresco, más elegante.
Ansío salir a recorrer las calles, aunque sea solo una puñetera manzana ¿cuántas veces tienes una mañana libre en Milán siendo una estrella del rock?, es imperdonable perdérselo, aunque es más probable que regresemos en pelotas. A veces las fans exageran en su furor.
Miro a lo lejos, hacia los ascensores, donde una pareja joven está entrando, acompañados de un niño pequeño, de unos dos años, que aún se tambalea al caminar.
La pareja lo tiene bien sujeto por ambas manos y sonríen como idiotas, extasiados por ese bodoque de sonrosada carne que babea. Definitivamente yo nunca tendré hijos porque me arruinarán, aunque a decir verdad les envidio por un momento la libertad que tienen.
Es una putada el tener todo el dinero que tengo, que es mucho, y no tener ni un jodido minuto para disfrutarlo. Aunque los cuatro, Tom, Georg, Gus y yo, amamos nuestra vida de giras, conciertos y descontrol, también sabemos de sobra lo agradable que es poder ser normales alguna vez.
Salir a dar un simple paseo por la mañana, pasear al perro, ir a comprar un nuevo CD, ver una película en el Cinema o ir a zamparnos una enorme hamburguesa con queso, son lujos que rara vez nos podemos dar.
—Mierda, cuanto tardas — susurro indignado por la impuntualidad de Tom, pateo rítmicamente el marco de la puerta y me paso la mano entre el cabello liso, ni siquiera me he maquillado o peinado.
<<Da igual>> pienso con sorna <<no creo que haya algo interesante a estas horas de la mañana>>
—Y tú como fastidias — por fin mi gemelo sale del baño, enfundado en una enorme sudadera negra con un dibujo nada alentador de una calavera escupiendo trozos de huesos humanos carbonizados, enormes pantalones y una banda negra en la frente.
—¿Que tanto te haces? ¿Una paja matutina? — finjo una molestia que no siento. Adoro locamente a mi gemelo, aunque me ponga de punta a veces, bueno, a decir verdad, casi siempre.
—Oye Bill no me fastidies, si te acompaño es para que no te secuestre una puta loca y terminen prostituyéndote por ahí con esa cara de muñeco de porcelana que tienes, pero sigo pensando que es una estupidez salir a las siete de la madrugada a caminar — Tom bosteza más que habla y me mira entre molesto y divertido, con una cara de zombi digna de la secuela del despertar de los muertos.
No puedo culparlo, recién nos libramos de esa panda de acosadoras francesas con las que mi hermano resultó tan mal parado, quiero decir, es genial tener fans, pero no es genial que te acosen a cada momento e insulten a tu familia y hasta con agresiones incluidas, algunas son unas malditas locas que se tienen bien merecido la buena temporada en la cárcel en donde estaban recluidas.
Nos sonreímos con complicidad y me encamino hasta el ascensor con Tom caminando pesadamente a mis espaldas mientras hace gala de bostezos exagerados durante todo el trayecto de bajada hasta el lobby, logramos pasar desapercibidos por nuestros bobos guardaespaldas, ¿Quién los necesita?
—Tom ya basta ¿porque no dejaste que viniera Georg o Gustav si tanto te molesta? — le corto a medio bostezo, sé que, aunque mi hermano se muere por dar media vuelta y volver a su cama, nunca abandonará su instinto protector. Sonrío cuando sus palabras me lo confirman.
—Ellos merecen descansar un poco de tu agotadora presencia — dice en tono de burla, molestándome mientras avanzamos con paso relajado sobre la acera. A veces Tom es tan bobo que me entran ganas de espachurrarlo como a un osito de peluche.
Continuamos caminando, nos hacemos bromas y nos damos empujones hasta llegar donde yo quiero: el parque, tan grande que se puede apreciar desde el jodido Google Earth. He marcado la ruta desde el día anterior.
David, nuestro manager nos había dicho hace meses que ofreceríamos un concierto en Milán y me puse como loco a buscar información sobre esta ciudad; Italia siempre ha sido mi delirio, la cuna del diseño de ropa, muebles, arte, autos, joder es que es flipante.
Y ahora estoy justo donde había fantaseado, en el corazón de la capital italiana.
—Tom ¿quieres ir al museo de historia? — a ver quién es el estúpido que va al museo tan temprano, pero tengo la esperanza de que haya algunas momias apestosas a moho y con caras podridas. En realidad, quiero ver la expresión de mi gemelo, es genial ver a Tom asustado queriendo hacerse el fuerte.
Estoy a punto de señalar en la dirección del museo, que se ve bien cerrado, pero me quedo de piedra al ver la postura de mi hermano.
—Pero ¿qué mierd…? — bufa y se va caminando como poseído hacia una fuente de piedra que chorrea agua cristalina por todos lados. Mas allá del agua, la piedra y los árboles no hay un alma, parece que incluso han vaciado el parque a propósito.
Lo sigo haciendo pucheros remilgados de niño chico, con los hombros caídos y arrastrando mis pies, desde que habían presentado cargos en su contra por agredir a una fan, Tom desarrolló delirios de persecución y recela de todo el mundo, hasta de su jodida sombra; suspiro enfocando una mirada de aburrición aun sin encontrar nada y entonces lo veo al fin; una figura pequeña trepa de un salto al borde de la fuente y comienza a dar saltitos en puntas de pie, el flequillo le cubre el rostro pero se puede apreciar una sonrisa de dientes blancos jugueteando en su boca, más al ver que Tom se aproxima como toro de lidia se congela y trata de bajar fracasando completamente ya que Tom se acerca demasiado a la figura que salta y que me ha sacado una sonrisa, haciendo que se tambaleé peligrosamente sobre el delgado borde mojado.
—¿Quién coño eres? — Ladra Tom tan de mal humor que la pobre infortunada criatura se escurre hacia abajo de forma un poco torpe la verdad, pero muy trágica también.
A pesar de la caída tan bestia y el golpe que debió dolerle lo suyo, mantiene los ojos firmemente apretados, como si la luz del sol le molestara o no quisiera ver lo que se le viene encima. Es jodidamente chiquita, parece apenas una niña.
—Basta Tom — me alarmo. ¿Qué coño le importa a Tom quien es ella? —estamos en un puto parque, anormal, ¿te crees que eres el único? capullo, ya déjala tranquila — es muy chica, no tiene pinta de acosadora, más bien parece un duende fuera de lugar y seguramente sus padres andan por aquí, si nos pillan terminaremos siendo comida para perro.
Ella mantiene los ojos cerrados y sus brazos apretados en torno a una criatura pequeña pegada a su pecho; un perro, un pequeño cachorro, delgado y que además le gruñía a mi hermano, mostrando una hilerita de colmillos blancos como la nieve, diminutos, valiente a pesar de ser tan chiquito y se ve bastante molesto. Si la situación no fuera tan peliaguda me daría risa ver la expresión de odio de la pequeña criatura del tamaño de una rata.
Volteo a todos lados y no puedo ver más que árboles y al otro lado de la acera unos edificios de piedra iluminados por el sol y este se refleja cruelmente en los ventanales impidiéndome ver hacia adentro.
—Mejor nos largamos Bill— suelta Tom, ahora más fastidiado que molesto. Asiento mirándolo con paciencia, indicándole ayudar a la chica en el piso para verificar su estado y ver que se fuera, pero lo que hace me deja congelado. Sin más pasa de ella, como si no existiera aun cuando por su culpa ella se comió el suelo, azotándose de costado, ni siquiera metió las manos para protegerse ya que no soltó al jodido perro para nada y al momento justo de caer, su tobillo se había doblado
—Tom ¡¿qué demonios te pasa?! — le grito sacudiendo los brazos frente a él.
Es un bruto, un bestia, un cavernícola, está bien ser creídos, pero nunca habíamos sido crueles por que sí. Ahora si esta jodido, pues la mocosa no tiene nada que ver con nosotros, ni nos estaba siguiendo o algo y él la ha jodido, bien podemos ir a parar a una pocilga de cárcel italiana y yo lo mataré por eso, y además el muy bastardo se sonríe con los brazos cruzados.
—No seas tan dramático, ella sola se cayó.
—Porque la asustaste, idiota. Mas te vale que sus padres no anden por aquí o estaremos en líos— le suelto a Tom de mala gana.
—Ay… — un pequeño jadeo de dolor brota de los labios de la chica, y se lleva una mano al tobillo sin hacer el intento de levantarse. Su perro se revuelve inquieto en sus brazos, con los ojos clavados en Tom y los dientes filosos como tachuelas, expuestos.
— ¿Hey, estas bien? ¿Te hiciste daño? Perdona a Tom, a veces suele ser muy bestia y… — comento con voz aguda, agachándome, tendiéndole la mano, haciendo ademanes exagerados con los brazos, tratando de quitarle hierro al asunto y entonces la miro bien, no es una niña pequeña como había pensado, es una muchacha, muy joven, pero no una niña.
En el momento en que me inclino para ofrecerle la mano, porque verla tan chiquita y vulnerable ha despertado mi instinto protector, Tom me detiene por la manga de la chaqueta.
—No te muevas — susurra sorprendido y lo miro preparado para decirle nuevamente lo bruto que es, pero me quedo helado al ver un circulito rojo en su frente. Frunzo el ceño. ¿Y eso? La luz titila y se mueve. Yo he visto esas luces. De repente mi mente viaja tiempo atrás: Tom y yo estamos cómodamente sentados en el sofá de nuestra propia casa, con palomitas y chucherías tiradas a nuestro alrededor mientras miramos la película del tirador, partiéndonos el culo de la puntería de Bob Lee Swagger cuando tira a través de la nieve como a doscientos kilómetros de distancia del blanco.
Pero esto es real y en la cabeza de mi hermano hay… ¡UNA LUZ DE FRANCOTIRADOR!
Bajo la vista a mi pecho y he ahí más lucecitas rojas, tres al menos, hago un esfuerzo por controlar el pánico… ¿porque nos están apuntando? Volteo a ver a la chica que sigue en el suelo sin moverse, con una mano se sujeta el tobillo y con la otra tiene bien sujeto a su perro, pero ninguna luz roja se posa en ella, raro en verdad.
Siento un escalofrío de miedo bajar por mi espina, ¿nos habrán descubierto? ¿Son secuestradores de estrellas? ¿O la mafia? ¿Y además de nosotros se llevarán también a una chica inocente? Entonces vuelvo la mirada hacia la chica inocente y la sensación eléctrica se intensifica, una débil voz en mi cabeza me dice que es por ella por quien estamos a punto de volar en pedazos.
Tan preocupado estoy por Tom y por mí y por ella, a decir verdad, que no me doy cuenta que ya no estamos solos, de repente nos han rodeado un montón de tipos altos y corpulentos como gorilas, todos metidos en trajes negros, con gafas de sol y audífonos transparentes y están armados hasta los dientes; parecen guardaespaldas, no se tiene que pensar mucho por sus fachas, pero… ¿tantos? ¿Cuándo llegaron?
¿Como es que nosotros, Bill y Tom Kaulitz terminamos involucrados en esto?, respuesta: no lo sé. ¿Qué esto no solo pasaba en las películas del “el padrino”?
Habría sido mejor quedarnos a practicar para el concierto de esta noche, que pinta ser bastante difícil.
Gemí. No quiero morir, no aún. Soy demasiado joven, ni siquiera he follado lo suficiente, soy casi virgen.
No han pasado ni diez segundos cuando uno de aquellos gigantes, uno alto, con el pelo color arena oscura, se agacha sobre la chica y yo me congelo, pero aquel tío pasa su mano derecha con cuidado por su espalda y la ayuda a ponerse en pie.
— ¿Te encuentras bien? – le pregunta en apagado italiano con un tono respetuoso, volteo a ver a mi hermano quien tiene la misma cara de póker que yo. Al menos las clases de lenguas que mi madre insistió en que tomara de niño sirven de algo.
Ella niega con la cabeza y aleja la cara del pecho del escolta, como si éste apestara y sus rizos de cobre se agitan cubriéndole la cara y hombros.
Ella se quejó, seguramente del dolor, y desde que empezó todo aquello no nos ha dirigido ni una palabra ni una mirada.
Aun en medio de semejante situación no puedo dejar de mirarla, me ha llamado extrañamente la atención. Es una de esas chicas extrañas, misteriosa y abstracta, de las que rara vez se pueden ver, de las que salen en algún video mediterráneo o en alguna película de cine de arte. Ella tiene… mística.
Lleva puesta una chaqueta negra sencilla y pantalones a rayas negras y blancas pegados a sus piernas como una segunda piel y diminutos botines negros de gamuza con punta afilada, solo había que añadir un par de cascabeles en las puntas y listo, idéntica a Winona Ryder en su bizarra actuación de Beetlejuice.
Su piel es de un color blanco cremoso, como el marfil, salvo las mejillas que arden de color. Los cobrizos rizos caen abundantes y largos, y rebotan bajando por su espalda. Un espeso flequillo oculta sus ojos y eso me frustra. Su cara es tan diminuta como su cuerpo.
Sonrío cuando su pequeña nariz puntiaguda se arruga de una manera muy graciosa, como si hubiera algo que huele mal cerca de ella, pero después tuerce sus rosados labios en una clara mueca de dolor. Se remueve intentando llevarse la mano hasta el tobillo nuevamente…
Otro de los tipos que forman su escolta, uno alto y delgado, con ojos azules y largo cabello platinado se sitúa frente a ella y toma entre sus manos el pequeño tobillo y lo gira levemente, obteniendo como respuesta un estremecimiento de ella, acompañado por un chillido de dolor agudo y cantarín. Mierda, quiero patear a Tom.
—Esta luxado, me temo que dolerá por un tiempo — el hombre sonríe de una manera extraña mientras le dice esas palabras, su tono me hace revolverme en mi sitio, repentinamente ansioso.
En respuesta, ella aleja la mano de su tobillo y es acompañada por el rubio guardia que la había tocado, y mi mirada se pierde con ella cuando muy delicadamente, ella se mete en el interior de un auto negro con cristales negros…vaya una mierda, no me di cuenta cuando ha llegado ese auto. Por un fugaz momento, mi mirada se cruza con la de un par de ojos del color de una noche sin luna, confundidos, pero de mirada penetrante y tengo que concentrarme para volver a la realidad.
Veamos, una muchacha que aparentemente está sola, totalmente, y en un visto y no visto, hay todo un ejército de guardaespaldas pendientes de ella ¿Quién es? Mi mente ya está trabajando en el acertijo.
—Vaya, vaya ¿qué tenemos aquí? — se adelanta uno de los gorilas, sacándome de mi ensoñación, mi mirada revolotea hacia él y me clavo en sus ojos mirándolo despectivamente. Ni Tom ni yo respondemos. Estamos acostumbrados a ser un poco divos, y si no se nos da la gana, no abrimos el pico ni para decir hola.
— ¿No piensan hablar? — pregunta aparentemente divertido.
—Yo… ¿lo sentimos? — respondí en alemán y me reproché a mí mismo, había sonado patético, se escuchó como una pregunta, chasquea mi subconsciente.
—Lo sentimos, eso es todo — ladra aquel tipo con ironía y desdén, también en alemán — hum… ustedes no son de por aquí ¿cierto? Puedo ver sus feas caras extranjeras a diez metros de distancia y por su acento no tengo que adivinar que son sucios perros nazis — Comienza a pasearse frente a nosotros con una fingida actitud de pesar, mientras los otros cuatro no dejan de apuntarnos con sus armas, las que se ven bastante caras, de esas que salen en las películas del 007.
Estoy bastante asustado, pero no voy a darles el gusto de notarlo así que me cruzo de brazos, al igual que Tom – ¿acaso tienen idea de con quien se ha metido? — pregunta con el tono de un padre paciente que regaña a sus hijos.
¡Bingo! Los cinco monos aquellos eran los guardaespaldas del duende.
—Joder— suelta Tom descruzando los brazos, su voz se asemeja al gruñido de un perro furioso —no tenemos por qué estarlos soportando, nos hacen perder nuestro valiosísimo tiempo. Las cosas se salieron de control y sentimos mucho que la chica haya salido lastimada, aunque no le hemos puesto ni un dedo encima, denle recuerdos de los gemelos Kaulitz —se vuelve a mí, rabioso, y me toma por el brazo, esperando que la sola mención de nuestro apellido sea suficiente, aunque tengo la sospecha de que esos tipos ni nos conocen siquiera —vámonos al hotel.
Yo no quiero irme al hotel, pero asiento y después nos detenemos en el acto, al escuchar los clásicos sonidos metálicos provenientes de las armas siendo liberadas de los seguros, coño, estos tipos van enserio…
<<Mierda, ¿porque no trajimos al menos a nuestros guardaespaldas? Sakí sabría que hacer>>
—¿A dónde se creen que van? —Pregunta molesto el mismo hombre –quizá ustedes, par de mocosos turistas están acostumbrados a hacer lo que les venga en gana— lleva la mano a su pistola negra y suspira, pareciendo muy aburrido —pero aquí, en Italia las cosas no son así, y lo que es peor para ustedes, odiamos a los jodidos nazis— y dicho eso nos apunta quitando el seguro de su pistola y dirige el cañón directo a mi cabeza, entre los ojos. Mi vida terminaría tan rápido que yo ni siquiera me iba a dar cuenta. Al menos esperaba que le tocara una buena condena por matarme.
Siento que pierdo el color, todo el aire escapa de mi cuerpo y Tom emite un jadeo de terror.
—Ahora tendremos que matarlos— sonríe y yo tiemblo, Tom parece haberse quedado sin habla, tieso.
En este momento tengo dos revelaciones.
La primera: estos sujetos van enserio y nos van a matar… por ella.
La segunda: solo ella nos puede salvar.
Y así fue.
—Déjalos en paz, y vámonos ya… me duele el pie — se escuchó una voz tenue y musical, con un leve acento italiano, casi un murmullo, muy suave, como el ronroneo de un gatito, pero cargado de autoridad.
Traté de escudriñar hacia el interior del automóvil y me encontré nuevamente por un escaso segundo con aquel par de enormes ojos oscuros, húmedos como pétalos, ribeteados por unas pestañas negras increíblemente largas, como colitas de cometa.
Aquel hombre que me apuntaba bajó su arma y suspiró, incrédulo y en el acto las demás armas dejaron de apuntarnos.
— ¿Qué coño miras, nazi de cuarta? — su tono es de verdadero sadismo y cierra la portezuela de un violento azotón.
Todos los demás rodearon y se metieron en el auto negro cagando leches, todos salvo el más corpulento, que se acercó a nosotros, amenazador —cuídense la espalda capullos… porque yo odio a los alemanes y tú —se dirigió a Tom en particular, señalándolo groseramente —encabezas mi lista negra, niñato pijo de mierda — y tras decir eso se alejó, metiéndose en el auto y se fueron en un abrir y cerrar de ojos, dejándonos completamente confundidos.
— ¡Que pedazo de idiota! Malditos italianos de mierda, se creen la gran puta cosa — miré a mi hermano, incrédulo.
¡Joder! ¿Cómo puede decir eso?… el único idiota fue el al tratar a la chica de esa manera y por poco nos matan. Me siento enrabietado en verdad.
—Tom, eres un gilipollas.
Argg tengo ganas de golpearlo.
<<Contrólate Bill>> mi voz interna me calma mientras regreso caminando a grandes zancadas al hotel.
Continúa.