«458 Italia» Fic de Shugaresugaru

Capítulo 16: La llegada

By Bill

Abrí el mapa por centésima vez apoyándolo sobre el volante y lo estudié alternando miradas entre los letreros que divisaba sobre la autopista a través del cristal de parabrisas y la ruta marcada. Me había detenido en una estación de gasolina de un lugar llamado Rivo a las afueras de Roma. Había estado conduciendo sin detenerme por casi doce horas hasta que el combustible se agotó y no podía más con el hambre y las ganas de mear.

Después de llenar el depósito completamente y responder las estúpidas preguntas de asombro del despachador sobre las prestaciones de mi auto, lo aparqué entre dos camiones enormes con caja tráiler frente a la entrada de una cafetería bastante mugrienta y que parecía ser de mala muerte. Tras una última checada al mapa decidí que había llegado la hora de ver que cojones había en el portafolio que me había entregado Andy, después iría a por algo de comer.

Apoye el maletín en mis piernas y lo abrí sin detenerme a pensar que habría adentro. En cuanto vi su contenido solté un aullido agudo y lo cerré de golpe sintiéndome completamente nervioso y mirando hacia todos lados igual que haría un ladrón que acaba de escapar de prisión.

Decidido, tome mi móvil y marqué rápidamente el número que Andy había garabateado en la hoja de papel y me equivoqué con el teclado, colgué y marqué de nuevo más despacio y con la mandíbula apretada me lleve el móvil al oído.

— ¿Hola? — contestó la voz cantarina de Andy.

—Soy yo, Andy— contesté secamente.

¡¡Bill!! Estaba empezando a preocuparme por ti ¿ya viste mi regalito? ¿En dónde estás?

—Si joder y es por eso que te hablo, estoy en Rivo— le espeté y pude escuchar su familiar suspiro resignado — ni hagas ruiditos raros Andy ¿¡Como coño se te ocurrió colarme en el auto un maletín con una pistola y una navaja?! Que digo pistola, es un pistoleton ¿en qué mierda piensas? — le grité.

Ay Bill no empieces ¿no te dije que lo consideraras un seguro?

— ¿Un seguro para qué? No la necesito ¿quieres que me metan preso por estar llevando algo así?

Cálmate ¿quieres? Nadie te va a meter preso por llevar un arma, y menos aquí y si la necesitas Bill, si te vez en la necesidad de usarla, úsala y no lo pienses.

—Tu estas más loco que una cabra— bufé mientras volvía a abrir el maletín que contenía aquellos obscenos instrumentos.

Lo estoy, para sobrevivir en Italia es necesario estar loco, así que yo te proporcioné un poco de mi locura, ahora deja de hacer pataletas como un niñito y dime que sabes manejar armas— pidió con voz suplicante.

—Bueno si, si se un poco— y si sabía, había aprendido a usar armas durante tantas escapadas a jugar al gotcha con mi hermano y los G’s. Suponía que no habría mucha diferencia ¿o si?

Entonces bien, tu arma es fácil de usar, ya está calibrada y cargada, para disparar solo has de soltar el seguro, apuntar y tirar, llevas 6 cartuchos de repuesto y la navaja, pues es una navaja, la clavas y ya está, ¿dudas?

—Solo una, ¿después de llenar de tiros o navajazos a alguien, que hago con el cadáver? — pregunté educadamente con un leve tono de sarcasmo y culpabilidad.

Cuando tienes que matar para vivir, la culpa no tiene lugar, espero que no lo descubras nunca, y Bill por favor ten siempre esas armas contigo, tu navaja tiene un arnés que se ajusta al tobillo y la pistola la puedes acomodar detrás, en tu espalda, es más fácil utilizarla así.

Sabía que era inútil discutir con Andy, además me estaba empezando a preocupar lo que fuese que hubiera en Palermo como para ir armado con algo así.

—Vale Andy, las usaré. — Contesté sin más — y ya te dejo porque me muero de hambre.

Claro Bill, ten cuidado porque Rivo no es un lugar muy seguro eh…bueno como sea, llámame cuando estés en Palermo…esto, bueno adiós— y colgó.

Cerré mi teléfono con fastidio y lo boté al tablero. Me concentré en retirar cuidadosamente mi nueva pistola de su caja y la admiré, no se lo diría a Andy pero era preciosa, enorme y pesada, el cañón y la corredera eran cromados totalmente, incluso podía ver mi reflejo en él, la culata y el disparador eran color negro mate, daba repelús tenerla cerca, pase mis dedos cuidadosamente por la culata y la encontré rugosa a causa de un extraño filigrana negro de letras enredadas y al que no le di importancia, empezaba a cabrearme por esa manía italiana de marcar todas las cosas. Dejé el arma en su lecho y tomé la pequeña navaja entre mis dedos, me sorprendió lo pesada que era y apretando un simple botón en la base, la cuchilla se irguió dejando ver un grabado más, tenía escrito en letras góticas la palabra “Cosa Nostra” de un lado y del otro era completamente lisa, maldije por lo bajo y la cerré. Vaya costumbres tan idiotas.

Me estiré dentro de mi auto y me demoré casi cinco minutos, maldiciendo mientras trataba de acomodar la navaja en su respectivo arnés a mi tobillo por debajo del pantalón y la pistola cargada en mi espalda, atorada en el borde de mis pantalones. Ojalá que no se me escapara un tiro que me dejase sin culo.

Cuando por fin conseguí hacerlo, sonreí, me puse las gafas y salí de mi auto dirigiéndome al pequeño restaurante.

El aroma del lugar fue lo primero que me dio en cara al abrir la puerta, olía a café cargado, azúcar derretida, grasa, y tomate con albahaca, y en respuesta mi estomago gruño provocándome un espasmo de dolor, estaba tan muerto de hambre que podría comerme los restos del cenicero que estaba sobre la barra.

Ignoré las miradas desconfiadas dirigidas a mi persona y me senté en una mesa en un rincón tranquilo y bastante alejado del bullicio de la entrada y observé a mi alrededor mientras esperaba mi comida, la cual había ordenado en la barra, justo después de entrar, las personas que estaban en el pequeño lugar eran en su mayoría camioneros con camisetas sucias y gordos traseros, acompañados por mujeres de piel blanca, grandes pechos casi totalmente al aire y prominentes labios pintados de carmín.

Era claro que el extraño, el bicho raro en ese lugar era yo, pero estaba tan hambriento que ni siquiera los miré en cuanto pusieron frente a mí la pizza que había ordenado, olía maravillosamente bien, el queso y el salami estaban casi ahogados en la grasa amarillenta del queso derretido y sin pensarlo un segundo corté un trozo grande y le clavé los dientes, me sentí a la mismísima gloria.

Terminé de comer en cuestión de minutos y me levanté dejando varios billetes que cubrían el importe de lo consumido y una generosa propina sobre la mesa y salí del restaurante repentinamente ansioso por volver a ponerme en marcha, pero antes de llegar a mi auto, que estaba detrás de un enorme camión me topé con un par de hombres corpulentos y sudados. Me planté de frente y ellos hicieron lo mismo.

— ¿Te vas tan pronto lindura? — preguntó uno de ellos y le dirigí una mirada incrédula y envenenada.

— ¿Qué has dicho cerdo? — le solté con voz rabiosa y el otro tipo estallo en carcajadas.

—Te lo dije Alonso, que este flaco tiene agallas— soltó el otro.

—He dicho que te arrancare esa cresta tan bonita que tienes, cabello por cabello, te sacare los órganos y lo venderé todo en el mercado negro si no me das en este momento todo lo que tengas— y levantando su mano me mostró una navaja negruzca y oxidada que seguramente me haría necesitar una buena vacuna antitetánica si llegaba a perforarme la piel, solté un resoplido de divertida incredulidad, extrañamente me sentía más divertido que asustado, aunque admito que estaba asustado, no quería pelearme… ¿qué pensarían en cuanto les apuntara con esa preciosa pistola que descansaba en mi espalda y a la que empezaba a adorar?

—Déjate de estupideces, marrano idiota— murmuré con helada seguridad, y me sentí aliviado al escuchar mi voz firme y dura, sin rastro del nerviosismo que sentía—llevo mucha prisa— y sacándoles la vuelta me acerque a mi auto.

—Esto te costara la vida, niñato— tronó aquel hombre, me siguió y me volví con la mano derecha revoloteando hacia mi espalda, listo a sacar mi arma, pero aquellos dos tipos se quedaron petrificados y con caras de espanto, los miré levantando una ceja y me crucé de brazos.

—Señor… disculpe… nos sabíamos…— empezó a balbucear aquel que me había amenazado y que ya no me miraba, había bajado la vista como un perro ante la mirada dura de su dueño y en ese momento recordé lo que tenía mi auto pegado en el parachoques. Al parecer la puta mafia era conocida en toda Italia, y para salvar mi vida me aproveché de la situación y hasta sobreactué un poquito.

—No, no te disculpo— le dije con voz amarga, un tanto aburrida y en medio segundo saque mi pistola dirigiéndola hacia su frente, claro que no iba a dispararle, solo quería que se arrepintiera por haberme molestado.

—Por favor…— suplicaba totalmente blanco y empezando a sudar a chorros empapándose las sienes y la barba regordeta, soltó un sollozo quebrado en cuanto quité el seguro de la pistola, su amigo ni abrió la boca —por…favor…no…nos mate.

La cara de los hombres era tan graciosa que empecé a descojonarme de risa, una risita lunática que los asustó aún más

— Ah vamos, no valen mi tiempo, pero les aseguro que esto no se quedara así ¡Ahora fuera! — grité y entre reverencias torpes y forzadas por el miedo desaparecieron entre los camiones aparcados.

Aun riéndome me subí al auto, lo encendí de un manotazo y salí volando de ahí pisando el acelerador a fondo aun entre carcajadas, sim saberlo Andy había salvado mi vida, tendría que agradecérselo.

***

—Camarote 206 señor— dijo cortésmente un chico bastante joven vestido con un uniforme azul oscuro de marino, para mi estancia en aquel barco había decidido pagar en efectivo a usar mis tarjetas de crédito, quería pasar lo más desapercibido posible.

—Gracias— respondí tomando la tarjeta plástica que me ofrecía y me dispuse a encontrar mi camarote en aquel monstruo de barco. Había dejado guardado mi precioso auto en el área de carga, sonriendo petulante mientras los nerviosos cargadores se aseguraban de dejarlo resguardado completamente y a salvo, tenía que admitir que esto de la mafia tenía sus ventajas.

—Disculpa, ¿sabes dónde está el camarote 206? — le pregunté ya fastidiado a otro chico de la tripulación que estaba dando indicaciones, había estado buscando el puto camarote casi por veinte minutos y solo me topaba con puertas que tenían letras en lugar de números, además estaba de mal humor después de haber estado conduciendo casi por un día y medio, ya que me perdí y tomé mal la entrada a Nápoles. Necesitaba urgentemente dormir y dormir mucho. Aquel amable muchacho me miró con la ceja levantada y sonrió.

—Está usted algo perdido, sígame, lo llevaré.

No respondí absolutamente nada y lo seguí dócilmente, tomamos el ascensor del elegante ferri y subimos lo que conté como seis pisos, aunque no estoy muy seguro, la falta de sueño me hacía marearme, o sería la sensación del barco, no le di importancia. Salimos del ascensor y me guió por un laberinto de pasillos amplios y alfombrados, demasiado elegantes en comparación por donde había estado vagando, las ventanas que pasaba dejaban ver el mar en calma, alumbrado por el sol de medio día.

— ¿Falta mucho? — pregunté molesto y cansado.

—Disculpe, ya hemos llegado, es aquí— señalo una sencilla puerta blanca, hice una inclinación de cabeza a modo de agradecimiento, deslice la tarjeta por el lector y se escuchó un clic indicando que estaba ya abierta.

— ¿Se le ofrece algo más?

—Si, que nadie me moleste por favor.

—Como ordene, disfrute el viaje— respondió y se alejó caminando enérgico lo cual me hizo sentirme más cansado aún. Me adentré en la habitación y parpadeé varias veces, no parecía un camarote de barco, parecía una jodida suite, era casi tan elegante que la habitación que había tenido en el hotel de Milán. Estaba completamente alfombrada en tonos claros, de distintos colores desde el blanco hasta el café claro, la pared del fondo era completamente de cristal y ofrecía una fabulosa vista al mar, había una pantalla gigante de plasma al lado izquierdo, dos sofás blancos, una nevera, una pequeña mesa y bendita sea, una cama gigante que estaba enfrente de la gran pantalla, un poco alejada había otra pequeña puerta de lo que deduje, sería el cuarto de baño.

Dejé caer mi pequeña maleta sobre la cama y me quité a jalones la ropa de viaje, me sentía asqueado ya que la había llevado por casi dos días y además estaba haciendo mucho calor, abrí las puertas corredizas del ventanal de piso a techo que daba hacia el mar y sonreí cuando la brisa fresca y salada recorrió mi cara.

Después de darme una relajante ducha en el jacuzzi, lavarme los dientes y ponerme ropa más cómoda me dejé caer sobre la gran cama, arrastrándome hasta que mi cabeza se apoyó en las grandes almohadas. Sonreí complacido, escuché a lo lejos el silbato que indicaba la salida y gracias al constante arrullo del sonido de las olas del mar golpeteando contra la cresta del barco, cerré los ojos y me dejé ir.

***

—Disculpe… ¿Qué auto es?

—Por cuarta y última vez, el Ferrari 458 negro— repetí fulminando al tipo con la mirada. Hacía más de una hora que había llegado a Palermo y enseguida fui a reclamar mi auto, pero lo habían acomodado tan bien que tuve que esperar a que descargaran tres autos más y una camioneta hasta que apareció mi elegante Ferrari con su pintura negra reluciendo al sol del atardecer.

—Disculpe señor por la tardanza— dijo bastante asustado el pobre empleado.

Mi educación me decía que debía responderle algo, pero estaba siguiendo los consejos de Andy, así que le dediqué una mirada envenenada y me subí a mi auto en un santiamén. Había tanta tensión estática que hasta podía sentirla en las puntas erizadas de mi cabello

Mientras bajaba del barco, y recogía mi auto, conté al menos a cuarenta tipos vestidos tan elegantemente como yo, de miradas duras y frías, vigilando todo lo que salía del barco desde diferentes posiciones y el Ferrari fue la principal atracción, más en cuanto enfocaban la vista de cerca, la desviaban, algunos hasta pareciendo avergonzados y pude salir de Acquasanta sin problemas.

—Muy bien—me felicité, mis manos temblequeaban levemente por momentos —hora de llamar a Andy.

Saqué mi móvil y presione el botón de llamada rápida.

¿Bill? — Dijo Andy, quien contestó antes de terminar el primer tono de llamada — ¿Estas bien? — parecía asustado.

—Hey Andy relájate — me reí —claro que estoy bien, me dijiste que te llamara al llegar y eso hago, ¿Por qué tanto nervio?

Uy Bill, desde hace veinte minutos me he cagado de la preocupación, ya se dispersaron casi 60 alertas de que un Ferrari muy llamativo recién arribó y nadie tiene por ahí un auto como el tuyo.

—Vaya, vi a muchos tipos raros en el muelle…

Son los Cosa Nostra, ya están enterados de que llegaste, pero todo está tranquilo, ya sabes sólo eran los nervios, no quiero cargar en mi conciencia la muerte de un niño— dijo haciéndose el simpático.

—Ja Ja estúpido, mejor dime a donde coño voy, porque a tu mapita no le entiendo una mierda.

Respeta a tus mayores Bill… ¿Dónde estás exactamente, dime si hay algo, una calle, un monumento o algo?

—Hmm pues estoy, un poco al este, sobre la carretera de Vergine…— le dije estirando el cuello a través de la ventanilla para ver los carteles de avisos de ubicación.

Entonces estas bien, sigue esa carretera, vas a pasar la torre del Rotolo, es grande, blanca y tiene un faro, después llegarás a un pequeño lugarcito llamado Addaura, son como 20 minutos al volante, reconocerás el lugar porque tiene pocas casas grandes y todas son blancas, al llegar, sobre esa misma vía principal veras una pequeña calle en diagonal llamada Via Timoleonte, buscas el número 17 y te metes ahí, ya arreglé todo y no van a preguntarte nada y después… bueno ya es tu trabajo presentarte ante ella para “darle las gracias”— Andy remarcó eso último de manera sugerente, pero no le presté atención, mi mente solo podía procesar la noticia de que en menos de media hora la tendría nuevamente frente a mi…

—Chúpamela rubio, te llamo otro día y gracias— le dije eufórico y corté la comunicación. Hundí mi pie en el acelerador sin perder de vista los detalles, identifiqué sin problemas la famosa torre del Rotolo con su enorme faro, aceleré aún más dejando tras de mí una nube de polvo amarillo, sonreí ampliamente al ver un simple indicador blanco con letras negras que decía Addaura y mis manos comenzaron a sudar en cuanto doblé en la calle de Timoleonte, mi corazón parecía retumbar, latiendo furiosamente en mi garganta, me pitaban los oídos y me sudaban las manos más copiosamente, estaba hecho un desastre, así que detuve mi auto unos metros detrás de la villa con el número 17, respiré profundamente, traté de hacer yoga, me miré en el espejo del auto acomodándome el cabello y me puse las gafas que Andy me había entregado junto con el broche dorado que relucía en la solapa izquierda de mi chaqueta.

Pasó casi un cuarto de hora para que me sintiera lo suficientemente tranquilo, puse en marcha mi auto y muy lentamente clavé el frente en el portón blanco y abierto de la casa. Inmediatamente sentí unos golpecitos en la ventanilla, así que bajé el cristal para enfrentarme con un tipo alto y musculoso, con un arma colgando en la espalda, me miró de cerca y sin decir nada asintió dejándome pasar.

¡Benvenuto! si prega di parcheggiare l’auto proprio accanto alla piscina—dijo educadamente, vaya una mierda, no hablo italiano en casi nada, pero sin inmutarme asentí.

Por lo que pude comprender, decía algo sobre mi auto y la piscina, así que seguí avanzando hasta darle la vuelta a la villa, la cual era enorme y blanca, con techos de teja rojiza y al menos conté casi 20 ventanas sumando las de los dos pisos que tenía.

Me encontré con la famosa piscina y vi algunos autos aparcados cerca de ahí así que deje el mío entre dos deportivos grises a la sombra de un grupito de palmeras mientras un dolor desagradable se instalaba en mi estómago, daría casi todo porque mi hermano estuviera a mi lado, burlándose de mi debilidad y esperando en el auto por si algo salía mal, pero no, estaba completamente solo en un lugar alejado, desconocido y dominado por la mafia y a punto de volver a ver a una chica que hacía que todo eso me importara un nabo.

—Allá voy— suspiré y salí de mi deportivo, miré mi reloj de pulsera que marcaba las 16:15 —vaya, si solo han pasado tres días desde que dejé mi vida de glamour olvidada —me dije irónico con una sonrisita estúpida en mi cara.

Me acerqué con paso firme hasta la entrada que parecía ser la trasera, unas puertas de cristal y madera estaban abiertas de par en par y las cortinas eran mecidas suavemente por la brisa que llegaba desde el mar. ¿Qué se supone que debía hacer? ¿Entrar? ¿Llamar? No iba a quedarme como un idiota parado como poste, así que tome la decisión de entrar justo en el momento en que apareció una mujer bajita y madura, de piel blanca, cabello rubio y ojos verdes, me miró de arriba bajo sin malicia, al contrario, tenía una enorme sonrisa.

—¡Oh! pero tú debes ser el nuevo chico— dijo. Al menos hablaba mi idioma y le sonreí.

—…Si soy yo— le respondí sin tener idea de a que se refería —me llamo Bill.

—Mucho gusto Bill, yo soy Esperanza, el ama de llaves y encargada de la casa, pero no te quedes ahí niño, pasa, Andy me dijo que vendrías, y que eres alemán — me dijo y casi me arrastró al interior de la casa, me tropecé con los tres escalones de la entrada y terminé de pie en una sala enorme, de paredes blancas, pisos de madera oscura pulida y muebles elegantes de madera, a ambos lados había sofás blancos, mesas de cristal, alfombras mullidas, pequeñas lámparas de cristal y madera, todo estaba limpio y en orden y el cálido recibimiento del ama de llaves me había hecho sentir bastante seguro.

—Oh que bueno que Andy te envió, esto se siente muy solo sin él— decía Esperanza mientras caminaba de aquí para allá —después conocerás a los demás— así que había más, mi cabeza empezaba a pitar, le sonreí amablemente y me froté dos dedos en la sien.

—Claro, los demás si, ¿podría pasar al baño?

— ¡Oh! Por supuesto, disculpa, Andy me dijo que venias desde Maranello conduciendo, estarás muy cansado, subiendo la escalera tu habitación es la tercera puerta del lado izquierdo, adelante siéntete como en casa— y tras una última sonrisa se alejó despareciendo tras una puerta de la que parecían salir sonidos metálicos de utensilios de cocina y me dejó completamente solo.

No perdí ni cinco segundos, casi volé al pie de la escalera, la subí de dos en dos y me encontré con un pasillo largo, alfombrado y elegante, había pequeñas lámparas adornando cada lado de las puertas, que eran muchas. Pasé dos bloques de tres habitaciones por lado, ignorando completamente la que me habían indicado como mía y llegué a un descansillo iluminado y muy amplio, los muros eran de un suave tono amarillo, tenía enormes ventanales, más sofás, una chimenea y una pantalla grande, la atravesé silenciosamente hasta llegar al extremo más alejado, donde me topé con una enorme puerta doble, con forma de arco, estaba pintada de color blanco y tenía pequeños ángeles tallados en relieve en la parte superior, sin lugar a dudas esa era la habitación de Dominique.

Giré uno de los pomos dorados y la puerta se abrió sin emitir ningún ruido y la cerré detrás de mi silenciosamente. Caminé unos cuantos pasos sobre una suave alfombra clara admirando la majestuosidad de la enorme habitación y dos segundos después me congelé.

—¿Bill…?

Continúa.

por Shugaresugaru

Escritora del Fandom

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