«458 Italia» Fic de Shugaresugaru
Capítulo 17: El reencuentro
By Bill
Me giré hacia el lugar de donde había provenido el musical murmullo de su voz y la encontré de pie frente a mí, mirándome fijamente desde las lagunas negras de sus ojos, inundados de soledad.
—Hola Dom— respondí, preguntándome si notaría como había envuelto su nombre en la más suave de las caricias.
En cuanto sonreí, un sinfín de emociones se desplegaron por su rostro, que era más perfecto de lo que mi mente podía recordar, sus ojos cálidos estaban clavados en mí, en la comisura de sus labios jugueteaba una tímida sonrisa y mi corazón retumbaba en mi pecho con cada latido provocándome un dolor placentero, estaba con los nervios a flor de piel pero al mismo tiempo una sensación de tranquilidad me nubló la mente, como si fuera un viajero que después de mucho tiempo y muchas dificultades regresa por fin a casa.
—Oh Bill… ¿Cómo?… ¿Cuándo?… ¿Por qué?
Al parecer no era el único que no podía salir del asombro y eso me hizo sentir bastante mejor. Dominique lucia bastante más nerviosa que yo y sus pálidas mejillas empezaban a colorearse con un hermoso tono rosado, llevaba encima un sencillo vestido blanco que dejaba sus delgados hombros al descubierto y le llegaba hasta las rodillas, no llevaba calzado alguno y no era la primera vez que la veía así, al parecer le gustaba ir descalza… tenía las manos juntas al frente y se estrujaba los blancos dedos de vez en cuando. Respiré profundo cuando la cálida corriente de aire trajo hasta mí el ya familiar dulce aroma a vainilla de su esencia, y me reí un poco cuando le alborotó los cabellos sobre el rostro, parecía una niña, tan solo una niña muy pequeña y muy sola.
—Dom yo… es sólo que quería verte… — le dije sin tratar de sonar como un loco acosador perturbado.
Ella bajo la vista pareciendo avergonzada y me tensé al instante… ¿y si ella no quería que yo estuviera ahí?
—Bill… es muy peligroso entrar aquí… si te hubiese ocurrido algo yo… yo no… — no pudo terminar ya que un leve tartamudeo le ahogó la voz.
De una zancada acorté la distancia entre nosotros e inclinándome hacia ella puse delicadamente mis dedos bajo su mentón para levantarle el rostro, aunque sus ojos siguieron sin mirarme.
—No pienses en eso Dom, estoy bien advertido y preparado, Andy me ayudó ¿sabes? Además fue muy divertido, no se parece a nada que haya hecho antes — le dije tratando de quitarle hierro al asunto.
—No me puedo creer que estés aquí… pensé que nunca más te volvería a ver…
Dejó la frase inacabada y casi inmediatamente se puso en puntas de pie y sus brazos rodearon mi cuello en un firme apretón y en el acto mis brazos rodearon su angosta cintura como respuesta.
—Te eché mucho de menos Bill…
En ese momento no hacían falta más palabras, la abracé con fuerza y cuidado, sus diminutos pies se balancearon despegados del suelo en cuanto me erguí, el contacto de su cálido y frágil cuerpo me recordó que ella era real, y no una especie de criatura etérea y mágica que mi pobre mente estresada había creado solo para mí, ella era real y quizá sus sentimientos hacia mi eran tan fuertes como los míos hacia ella, lo cual hacia todo mejor aún.
Yo había tenido razón desde el principio, la locura de aquel viaje, los peligros, el hambre, el sueño, la mafia, todo había valido la pena por la recompensa que ahora tenía entre mis brazos.
Sin dejar de estrechar a Dom, me acerqué hasta uno de los sofás de su enorme habitación y la solté de pie él, ella me miro sonriendo, se dejó caer suavemente sobre el asiento y yo me acomodé al lado de ella.
Su habitación era muy diferente a lo que he visto del resto de la casa, era completamente de estilo barroco, su gigantesca cama estaba al fondo en una especie de desnivel más alto y un diminuto barandal impedía el acceso a menos que se abriera, tenía una especie de dosel en forma de corona desde donde descendían las telas que le daban a la cama un toque elegante y refinado, todo era en tonos dorados y blancos, tenía también una pequeña sala que era donde nos encontrábamos, lejos, en la terraza había una mesa de cristal con cuatro sillas que adiviné ofrecerían una espectacular vista al mar. Sobre toda aquella elegancia algunos detalles llamaron mi atención, no había ninguna pantalla de televisión, solo había un ropero de época, un enorme librero cargado de muchos volúmenes, y al lado, sobre un pequeño escritorio blanco había una computadora portátil que estaba encendida y me sentí orgulloso al reconocer una de las fotografías que nos habían hecho en Italia, en la presentación del auto en el hotel, como el papel tapiz de la pantalla. Ahí estábamos Tom y yo, tanto como Gustav y Goerg, sonriendo y saludando a la cámara, rodeando un hermoso 458 Italia rojo encendido. En conjunto toda la recamara estaba decorada como lo habría estado la habitación de la princesa heredera del rey Luis XV.
— ¿Así que Andy te ayudó? — dijo ella sonriendo, mientras tomaba entre sus brazos al pequeño Jockey quien había estado observando todo tranquilamente desde el sofá.
—Si, me ayudó demasiado, aunque al principio no quería — le contesté sonriendo también y haciéndole un cariño al diminuto perrito que me movió la colita, sin duda me había reconocido.
—No sé cómo lo pudiste convencer, me parece imposible que Andy haya hecho eso… pero se lo agradezco— dijo con las mejillas encendidas.
—Luces tan adorable…— susurré.
— ¿Qué?
—Que Andy se sintió culpable— corregí rápidamente y ella me miro sonriendo cómplice, me había cachado perfectamente.
— ¿Así que ahora eres mi nuevo guardaespaldas Bill? ¿Me vas a cuidar? — preguntó ella con voz tímida.
—Nunca he cuidado ni de mí mismo, pero te cuidaré con mi vida si es necesario — contesté serio, y es que ella era tan frágil que era claro que necesitaba vigilancia todo el tiempo.
—Oh Bill…
Ella se ruborizó aún más y yo quería volver a tomarla entre mis brazos, se me estaba volviendo una adicción, tenía que despejarme la mente.
—Tom te envía sus saludos— dije, recordando de pronto que tenía un hermano gemelo.
— ¿Tu… tu hermano?
—Si, él está muy arrepentido por cómo te trató— le dije, y si Tom no lo estaba, yo iba a hacer que lo estuviera a hostias si era necesario.
—No importa… dime ¿les gustaron los autos? No sabía cómo lo tomarían… dime ¿fue un atrevimiento?
—Nos fascinaron Dom, yo no dejo el mío por nada, ahora mismo está aparcado cerca de la piscina de tu casa.
—Me alegro tanto, quería agradecerles de algún modo el que hayan aceptado llevarme a su concierto, me divertí tanto.
—Creo que está algo exagerado el agradecimiento Dom, Georg y Gustav no podían creer lo que veían, creían haberse vuelto locos, me pidieron agradecerte en su nombre.
—No hay nada que agradecer, estoy feliz porque les hayan gustado— dijo desviando la mirada y poniendo a su cachorro en el piso — ¿Cómo fue que pudiste llegar hasta aquí Bill?
—No fue nada fácil— sonreí — Andy le puso pegatinas a mi coche y un montón de cosas más y hasta me dio armas— le dije sacando la navaja y poniéndola sobre la mesita que tenía al lado, junto con la enorme pistola que saqué de mi espalda pues me estaba empezando a molestar y marcar la piel, los ojos de Dominique se desorbitaron y se puso pálida.
—No me gustan las armas, me dan miedo — dijo alejándose hasta el otro extremo del sofá y se rodeó las rodillas con los brazos. Recordé todo lo que Andy me había contado, las innumerables veces que Dominique se había visto expuesta a las armas y que hasta había resultado herida a causa de una y me di cuenta de mi error, tomé uno de los almohadones del sofá y lo puse sobre la mesa sobre la que descansaban mis armas ocultándolas por completo.
—Perdóname Dom, no quise asustarte— le dije golpeándome mentalmente.
—No me gustan… no me gustan— repetía con la preocupación destellando en el rostro y la respiración agitada. Me acerqué hasta donde estaba ella y la abracé levantándola y acomodándola en mi regazo, ella automáticamente clavó su rostro escondiéndolo entre los pliegues de mi chaqueta y descansó sus manos en sobre mi pecho.
—Lo siento, en verdad lo siento— le dije mientras acariciaba su espalda y sus rizos se enroscaban en mis dedos como si tuviesen vida propia.
Joder. Me había metido en líos. ¿Cómo había llegado a todo esto?
No sé muy bien cuanto tiempo estuve sosteniéndola, esperando que le pasara el arrebato y pensando en que necesitaba terapia de modo urgente para poder superar ese terror que la embargaba cuando veía armas. Me entretuve un buen rato, supuse que fue mucho porque desde el sofá donde estaba sentado, podía ver por la ventana abierta de la terraza como el sol se iba a ocultar lentamente detrás del mar, pintando en tonos rojizos cada cosa de la habitación, pero sobre todo los pesados rizos de bronce de Dominique, quien finalmente había relajado su respiración, ahora era profunda y acompasada así que adiviné que se había quedado dormida y la apreté contra mi pecho firmemente. Ella parecía estar exhausta.
Definitivamente tenía que ser muy cuidadoso, extremadamente cuidadoso, estar con ella era como caminar con los ojos cerrados por un campo minado, cualquier cosa por simple que me pudiera parecer a mí, podía desatar en ella arrebatos de miedo y angustia y yo no quería que estuviera asustada todo el tiempo. Maldito mundo en el que le había tocado vivir.
Me propuse averiguar mas cosas de su pasado como para saber porque una chica que en realidad lo tiene todo excepto libertad, podría ser como era ella.
Con esos pensamientos rondándome la cabeza, pasé uno de mis brazos por debajo de sus rodillas y me levanté despacio con ella en brazos, caminé muy lento hacia su cama y pasé por encima del barandal que la separaba del resto de la habitación, no me costó ningún trabajo porque Dominique no pesaba casi absolutamente nada. El hecho resultaba un poco perturbador, ya que cuando estaba en casa, en Alemania, me suponía más esfuerzo levantar a Scotty, el perro de Tom.
La recosté sobre su cama con cuidado y me senté a su lado observando su rostro en calma, dormido y tranquilo, mis dedos acariciaron la pálida piel de su pómulo, que se sentía suave y caliente a la vez y ella se removió en su sueño, suspiré suavemente y sonrió mientras yo la miraba con la mandíbula medio colgando.
Posé mis labios muy suavemente sobre su frente, después de hacer hacia un lado su espeso flequillo. Ahora que estaba con ella me la ganaría y por nada del mundo la dejaría ir, no me importaba si tenía que pasar por encima de todos los guardaespaldas del mundo, por ella lo haría.
Me alejé de ella y me levanté para dirigirme hacia la terraza, si seguía ahí terminaría haciendo cosas de las que después me podría arrepentir, Atravesé la pequeña sala y cogí a Jockey quien se revolvió contento en mis brazos. Afuera, el aire era más fresco por el comienzo del anochecer, me apoyé en el barandal de piedra que daba hacia el jardín, desde la terraza podía observar perfectamente la piscina en forma de rectángulo que ahora estaba iluminada, había pequeños farolitos en el jardín y las palmeras eran alumbradas por reflectores verdes que las hacían ver hermosas y fantasmagóricas al mismo tiempo, creando sombras que parecían rostros taciturnos y vigilantes.
Suspiré y levanté a Jockey a la altura de mi cara.
— ¿Qué voy a hacer pequeño? —le pregunté y el perro en respuesta intento alcanzar mi nariz con su lengua — me estoy enamorando de tu dueña y no es como si me enamoro de una chica cualquiera.
Le dije sintiéndome bastante decaído. No era por ser presuntuoso, pero estaba casi seguro que Dominique me correspondería, pero de ser así ¿Qué haríamos? Sabía por descontado que su padre jamás lo aprobaría, el odiaba a los alemanes y cada fibra de mi cuerpo era alemana, demasiado alemana para su hija italiana.
Por otro lado, yo tenía grandes responsabilidades con mi banda, en poco tendría que volver para terminar nuestro nuevo material y empezar con las giras…. ¿y Dominique? ¿Aceptaría ella acompañarme? No estaba dispuesto a dejarla aquí, tan lejos de mí, definitivamente tendría que idear algo para llevármela conmigo, de cualquier forma, lo haría, pero ¿y las fans? Mi fandom era terriblemente tóxico, me preocupaba como fuera a tomarlo ella, recibiría ataques de odio solo por haberme yo fijado en ella, quizá no lo soportaría…
Un ladrido, Jockey reclamaba mi atención y hasta parecía sonreír mientras pegaba las orejitas a la cabeza.
—Claro que tú también vendrías pequeñito— le dije sonriendo. Ya había algo grave en mí como para considerar llevarme a la chica con todo y mascota incluida.
Estaba pensando en ir a mi coche y sacar mi pequeña maleta cuando unos golpes suaves sonaron en la habitación de Dominique, entré casi derrapándome y abrí suavemente para toparme con la cara sorprendida de Esperanza, el ama de llaves.
—¿Joven Bill? ¿Qué haces aquí? — pregunto seriamente.
Mierda, ¿qué iba a decirle? quizá ya empezaban mis problemas. Yo no estaba para nada acostumbrado a dar explicaciones y casi que sufrí un arrebato de esos tan míos que haría encogerse de miedo a la pobre señora, pero milagrosamente recordé que aquí, aun siendo quien era, tenía que fingir. Pensé en la ironía del asunto.
—Yo le dije que viniera Esperanza— contestó Dominique por mí, giré la cabeza y me la encontré sentada sobre su cama, con la expresión aun somnolienta —quería ver a mi nuevo guardaespaldas. Esperanza no se lo tragó, pero igual lo dejó pasar.
—Ah, muy bien, disculpa joven Bill— dijo ella y entró empujando un lujoso carrito de exteriores que contenía varias charolas tapadas —te traje la cena cariño, espero que hoy si comas algo— la reprendió cariñosamente y yo miré a Dom con una ceja levantada, por lo que decía la mujer, Dominique no había estado comiendo muy bien, aunque no se la veía mal, al menos para mí se veía radiante, con el cabello un poco alborotado y las mejillas sonrosadas.
—Ayer no tenía mucha hambre— contestó ella en voz baja, claramente avergonzada.
—Bill, puedes bajar a la cocina, ahí las muchachas te servirán la cena— dijo la mujer mirándome.
Estuve a punto de ponerme a gritar y refunfuñar por esa falta de respeto cuando recordé que, para ella, yo solo era otro empleado, un guardaespaldas más y no el famoso vocalista de la banda más popular del momento, popular en Alemania claro está, porque aquí nadie parecía reparar en quien jodidos era yo.
—No Esperanza— Dominique se reforzó y la miró directamente a la cara, sus ojos que casi siempre brillaban inocentes, solitarios y asustados, se volvieron duros como obsidianas —Bill va a cenar conmigo hoy— dijo de manera tan contundente que el ama de llaves no se atrevió a replicar.
—Está bien cariño, quizá así comas más— y se volvió para sonreírme amablemente —en un momento pido entonces lo tuyo Bill.
—Si, gracias— le dije sonriéndole a mi caprichosa obsesión.
Con tanto tema de la cena mi estómago comenzó a gruñir, mi última comida decente había sido hace más de un día y noté que estaba casi muerto de hambre sin tener en cuenta el hecho de que lo que estuviera bajo esas charolas olía exquisitamente.
Observé a Dominique calzarse unos converse negros y acomodarse distraídamente el cabello mientras que Esperanza y dos muchachas acomodaban todo en la mesa de cristal de la terraza y posteriormente desaparecieron sin hacer ruido alguno.
Dominique sonrió y salió dando saltitos hasta la terraza, donde se sentó en una de las sillas acojinadas. La seguí entre carcajadas discretas que ella disfrutaba y me senté en una silla a su lado sonriéndole de oreja a oreja. Ella sonrió también.
—Bill, ¿alguna vez probaste la comida siciliana? —me preguntó curiosa.
—No, comí algunas cosas italianas en Milán, pero comida siciliana no ¿es que hay muchas variantes? — le respondí y fijé mi vista en la mesa, donde había varios platillos diferentes. — ¿Y se supone que debes comer tu sola todo esto? — pregunté mirando las enormes raciones servidas y humeantes frente a nosotros.
—Si, pero es que a mí no me da mucha hambre— me respondió y tomó una pequeña pelotita dorada y crujiente, la olisqueó arrugando la nariz y después la mordió.
— ¿Qué es eso? — pregunté tomando una igual, estaba muy caliente pero no lo suficiente como para quemarme los dedos.
—Es un arancini, me encantan, es pasta de arroz con azafrán relleno de mozzarella y jamón.
Debía admitir que sonaba bien y decidido me la comí de un solo bocado ante la sonrisa complacida de Dominique. En efecto, estaba delicioso y el relleno de queso derretido me inundó la boca de sabor, mi dolorido estómago vacío pareció cantar de alegría.
— ¿Te gusta? — preguntó ella mordisqueando otra bolita dorada.
—Esta delicioso… hmm ¿esto que es? — pregunté mirando un platillo extraño pero que olía bastante bien.
—Oh, eso es Parmigiana, no me gusta mucho, tiene muchas especias, mucho queso y escalopes de berenjena, no son mis favoritos.
Decidí probar el dichoso platillo y me sorprendió lo rico que era, quizá un poco fuerte, pero en conjunto era delicioso o quizá era que yo tenía tanta hambre que bien me podría haber comido cualquier cosa.
Después de casi una hora las cinco pelotitas doradas de arancini del plato de Dominique ya habían desaparecido y yo había devorado las mías, la famosa Parmigiana y otros dos platillos de sabor igual de fuerte y rico.
No habíamos tocado un espagueti con sardinas, ya que a ninguno de los dos nos gustaban.
—Ha estado delicioso— le dije, recargándome en la cómoda silla.
—Me alegra que te haya gustado Bill. Se que estás acostumbrado a que te atiendan y a hacer lo que te da la gana — agregó entre risas — ojalá no te aburras mucho estando en la villa.
—Me gusta mucho mas estar contigo haciendo lo que sea— dije y ella se sonrojó, pero lo que decía era verdad, nunca me había sentido así de a gusto con nadie, a excepción de Tom, ya que él y yo podíamos estar tres días enteros sentados uno junto al otro sin decir nada, y todo iba genial.
Miré a Dom, quien por haber dormido la siesta estaba bastante activa, todo lo contrario a mí, ya que el cansancio y el estrés empezaban a pasarme la factura. Ella tenía los enormes ojos abiertos y brillantes y sonreía dulcemente.
—Pareces muy cansado Bill ¿porque no te retiras a descansar?
— ¿Ya quieres que me vaya? — le pregunté, dolido.
— ¡No! — chilló ella haciéndome sonreír—me refiero a que te vayas a descansar, a dormir, de verdad Bill, luces demasiado cansado.
—Creo que estoy algo apaleado… está bien, seguiré tu consejo— le dije, aunque no tenía ni el más mínimo deseo de alejarme de ella.
— ¿Seguirás aquí por la mañana? — preguntó tratando de disimular la ansiedad de su voz.
Al parecer no era el único que no quería alejarse…
—Siempre que tú quieras, tengo algún tiempo libre — le respondí. Durante la cena inconscientemente nos habíamos ido acercando poco a poco, me incliné un poco más con la mirada fija en sus labios entreabiertos, pero en ese momento llamaron a la puerta de la terraza y me retiré hacia atrás un poco frustrado y fue casi imposible no reírme del puchero resignado que hizo Dominique.
—Pasa— dijo Dom con voz cansada.
—Vaya Bill, parece que has hecho comer a la niña— farfulló Esperanza mientras entraba revoloteando en la terraza y ponía todos los platos de nuevo en el carrito.
—Todo estuvo delicioso— agradecí y me levanté —será mejor que me retire ahora.
Dominique me miró y las comisuras de sus labios se inclinaron hacia abajo, parecía un gatito desconsolado y tuve que reprimir el impulso de abrazarla con fuerza prometiéndole que todo iba a estar bien.
—Descansa Bill, afuera esta Lucy, ella te indicará cuál es tu habitación.
—Muchas gracias— dije mirando al ama de llaves y después me volví hacia Dom —buenas noches Dominique.
—Buenas noches Bill…—me sonrió y después se volvió pacientemente hacia Esperanza quien no dejaba de parlotear.
Afuera, de pie en la estancia me esperaba una muchacha alta, de cabello rubio oscuro y largo, no era fea, pero era más del tipo de Tom que del mío, considerando que yo tenía un concepto ya muy marcado en cuanto a gracia y belleza femenina.
— ¡Válgame Dios! Así que tú eres Bill— dijo ella sonriendo de una manera muy sugerente — eres increíblemente bien parecido.
—Gracias— contesté escuetamente, ya había adivinado por donde iba la chica —te sigo.
Caminé pesadamente detrás de ella, desviando la mirada hacia los hermosos oleos que cubrían las paredes y la decoración elegante de las estancias de aquella mansión, me sorprendí de lo fácil que me estaba resultando ignorar los cadenciosos pasos de la muchacha que me guiaba, movía el culo exageradamente a cada paso y lo único que estaba consiguiendo era revolver en mis tripas los restos de la deliciosa cena que había compartido con mi duende.
—Aquí es— dijo ella abriendo una puerta en el extremo del pasillo más largo, el que llevaba a la estancia amarilla.
—Gracias nuevamente— le dije, mientras me encogía esquivándola para pasar a su lado. La habitación tenía un decorado sobrio y elegante, alfombrada, una cama doble que lucía bastante cómoda, un escritorio, un ropero y una pantalla de varias pulgadas conectada a un receptor de televisión por cable satelital. Mi mirada se clavó inmediatamente en la puerta que llevaba al cuarto de baño porque mi cuerpo pedía a gritos una ducha.
—Y bien Bill, ¿quieres compañía esta noche? — preguntó la sonriente chica abrazándome por la espalda, me tensó un momento y gentilmente me solté de su agarre.
—Lo siento, pero soy gay, buenas noches linda y gracias— le dije a la atontada chica para quitármela de encima, la tomé del brazo llevándola hasta la puerta, ella me dirigió una mirada de lástima, igual a la de quien ve un platillo delicioso desperdiciare y después se retiró.
—Qué barbaridad— murmuré y noté que sobre mi cama estaba ya la pequeña maleta que recordaba haber dejado en el auto —al parecer aquí nadie respeta la privacidad— me quejé y me metí al baño cerrando la puerta con fuerza.
***
Di una vuelta sobre la cama, otra más, las sábanas estaban enredadas a mi cuerpo y hacía tanto calor que me era imposible conciliar el sueño. Me estiré en la oscuridad, palpando con mi mano hasta encontrar mi móvil y entrecerré los ojos en cuanto la brillante luz de la pantalla me deslumbró, eran las 3:40 de la madrugada y yo seguía despierto a pesar de que me moría de sueño.
—Esto es inútil— me quejé mentalmente y apartando las sábanas blancas de mi cuerpo me levanté y me estiré, hacia un calor de los mil demonios. Salí de mi habitación sin molestarme en colocarme la camiseta, iba solo en bóxer ya que sentía demasiado calor, estaba comenzando a sudar por el canal de la columna. Me pase las manos por el cabello húmedo acomodando mi cresta hacia atrás.
Afuera en los pasillos todo estaba oscuro, fresco y silencioso, seguramente habría algunas ventanas o puertas abiertas ya que las corrientes de aire mecían las cortinas de los ventanales creado sombras blancas y juguetonas hechas de luz de luna.
—Regresa a tu habitación y duérmete Bill— se debatía mi voz interna mientras mis pies me acercaban paso a paso a la ornamentada puerta blanca donde seguramente la magia estaría dormida.
Abrí la puerta sin hacer el menor ruido y después de entrar la cerré colocando el pestillo, la habitación de Dominique estaba más fresca que los pasillos porque las puertas de cristal que daban a la terraza estaban abiertas de par en par, caminé sobre la alfombra hasta llegar al pie de su lecho, el pequeño Jockey despertó y asomó la punta de la nariz de entre las sabanas, me miró con ojos alertas, pero tras reconocerme los volvió a cerrar.
Mi mirada se perdió en ella, suspirando mientras dormía, pero sin embargo no parecía pacífica, tenía una arruga entre las cejas y respiraba desacompasadamente mientras yo admiraba embobado su belleza, ahí recostada sin percatarse de su vulnerabilidad, con la diminuta y puntiaguda nariz clavada delicadamente hacia abajo y los perfectos tirabuzones oscuros reptando perezosos por la almohada, me robó el aliento.
Un tirante de su camiseta blanca se había deslizado por su hombro y seguramente por el movimiento al dormir, los bordes inferiores de su corto pantalón se habían enrollado hacia arriba y descansaban a la altura de sus rodillas.
Me arrodillé a su lado y presioné muy suavemente mi pulgar sobre sus labios entreabiertos y calientes. Sabía que estaba cometiendo una estupidez, pero era una necesidad enorme la que sentía, estar cerca de ella me tranquilizaba y al mismo tiempo me alteraba.
Dominique se removió, entreabrió los ojos y los enfocó en mí.
— ¿Bill…?
Me congelé ¿Qué pensaría ella de mí? ¿Se pondría a gritar y me echaría de ahí entre alaridos? Bien, si lo hacía lo tendría bien merecido.
Nos miramos en shock, sin respirar, con la mente en blanco, ella por la sorpresa y yo por haber sido pillado en el peor de los actos posibles, acosando a una chica durmiente, pero para mi enorme sorpresa, ella se movió hacia un lado, dejándome suficiente espacio en su lecho blanco, vacilé por medio segundo y después me recosté a su lado abriendo los brazos y ella inmediatamente se acurrucó entre ellos, encajó su cabeza perfectamente en el hueco de mi cuello y suspiró, su aliento me rozaba el borde de la mandíbula y me acariciaba el cuello con la punta de su nariz. Mi corazón latía tan acelerado que parecía un tambor militar anunciando la batalla. Rodeé su frágil cintura acariciándole la piel por debajo de la delgada blusa, era condenadamente suave, como la seda más fina, como el pétalo de una rosa. No hice ningún intento por besarla o tocarla, no hoy, no esta noche, me bastaba con tenerla segura entre mis brazos, no hacía falta ningún tipo de contacto sexual para sentir que era completamente mía, eso ya vendría después…
—Bill…— dijo entre suspiros, estaba volviendo a sucumbir al sueño.
—¿Sí? — respondí sonriendo en un susurro
— ¿Conoces ya a Rosalía? — dijo en voz muy baja pero cargada de… ¿emoción?
La pregunta me sorprendió y fruncí el ceño en la oscuridad.
— ¿Rosalía? No conozco a ninguna Rosalía… ¿es tu amiga o algo así?
—mmmhh se podría decir que si— dijo ella ya más dormida que despierta, me pregunté si no estaría incluso ya soñando —mañana te llevaré a conocerla.
—De acuerdo, pero ahora duérmete ya— y besé su frente pensando en quien sería la famosa Rosalía.
Ella se relajó aún más y en menos de un minuto su respiración se volvió constante y profunda.
Mis fosas nasales ya estaban inundadas de su dulzón aroma avainallado y como si fuese un somnífero me hizo cerrar los ojos y apoyando mi mejilla sobre su cabello, me abandoné finalmente al sueño.
Continúa.