«458 Italia» Fic de Shugaresugaru
Capítulo 18: Rosalía
By Bill
Curiosidad. Curiosidad era lo que más sentía desde el momento en el que desperté. El día de hoy Dominique me llevaría a conocer a la famosa Rosalía y aun no sabía de quien se trataba, tal vez sería una amiga, pariente, familia, conocida, profesora ¿o quién?
Estaba en mi auto, con mi duende al lado, mirando distraídamente a veces por la ventanilla y a veces hacia mí, pero me miraba más seguido a mí y yo tenía que recordarme a mí mismo mirar la carretera o terminaríamos convertidos en puré. Iba siguiendo las claras instrucciones de Dominique, que me llevaba a conocer a la tal Rosalía, mi curiosidad chispeaba a cada segundo, ya que la voz de Dom cuando hablaba de ella se volvía melodiosa y con un leve rastro de adoración.
Me adentré perezosamente en el laberinto de calles ennegrecidas y barrocas del centro de Palermo, tenía un aspecto tan mordaz y miserable que de repente me sentí nervioso.
— ¿Qué paso aquí Dom? — Le pregunté mirando receloso hacia todos lados.
—Son las cicatrices del daño que ocasionaron los bombardeos, cuando intentaron terminar de una vez por todas con el crimen organizado— respondió ella tranquilamente.
— ¿La… mafia?
—Así es. Aquí no les gusta hablar con extraños sobre la mafia Bill, por favor nunca le preguntes a nadie— pidió ella ansiosa.
— ¿Qué? ¿Porque no?
—Es un problema familiar muy vergonzoso, veras, en cada familia hay un miembro que es de la mafia, y además no nos concierne si no somos parte de ello, es una tragedia privada— expresó ella sabiamente.
—La mafia es algo repelente, ¿porque el gobierno no ha hecho nada para detenerla? — así que el asunto era más familiar que nada, que cómico.
Doblé en una esquina de paredes derruidas, deseando de repente tener un escudo de invisibilidad para mi llamativo auto.
—El gobierno no puede con la mafia cariño, inclusive los necesitan para tener a salvo las inversiones, aquí en Sicilia la sangre ha cobrado sangre por generaciones.
—Que culebrón— le respondí agudamente, el tema del crimen organizado en Italia era una maraña de situaciones espeluznantes y nada agradables en un tema de conversación.
—Ya te digo— comentó, haciéndome sonreír por su tono animado a pesar del ambiente bello y desbaratado que nos rodeaba. Palermo era una ciudad hermosa y trágica, un lugar dolido y cerrado sobre sí mismo.
—Es aquí Bill— dijo Dominique indicándome que me detuviera. Estacioné frente a un discreto edificio blanco, ubicado en una tranquila plaza, al lado de un cementerio.
—¿Aquí vamos a ver a Rosalía? — pregunte incrédulo, mirando el lugar detenidamente.
—Así es— dijo ella sonriendo.
Salí del auto rodeándolo para abrirle la puerta y ayudarla a bajar a lo que ella sonrió en agradecimiento.
Se había puesto un conjunto negro que dejaba sus apetecibles hombros al descubierto, y cuando la luz del sol golpeaba su piel, a mi se me nublaban los sentidos. Tenía que hacer cada cinco minutos, esfuerzos por concentrarme en respirar y seguir moviéndome para no comenzar a salivar.
Caminamos directamente a la entrada de aquella barroca construcción que Dom indicó, afuera de la entrada estaban dos vendedores ambulantes de tarjetas postales y guías, me habría detenido a admirar algunas pero Dominique me tomó de la mano y me guio hacia adentro del lugar.
—Es por aquí, no te pongas nervioso— dijo ella sonriendo dulcemente, pero ni siquiera su hermosa sonrisa pudo calmarme los nervios repentinos que me entraron.
Adentro, un fraile de bastante edad que leía un periódico tranquilamente, levanto la vista y saludó efusivamente a Dominique desde detrás de la mesa en donde estaba sentado ofreciendo boletos y recuerdos.
—¡¡Niqqe, mi pequeña, que alegría verte!! ¿Por qué no habías venido a ver a este pobre viejo? —le dijo aquel fraile en español, deshaciéndose en sonrisas mientras abría los brazos, Dom se soltó de mi agarre y rodeó la mesa para abrazarlo con cariño.
—Oh Qinno perdona, no había podido venir— dijo ella a modo de disculpa y hablando el mismo idioma. Yo observaba todo con una sonrisa, sin perderme ni un solo detalle.
— ¿Problemas de salud otra vez? Ay mi niña ¿Te sientes bien hoy? — le dijo poniéndole una mano en la frente, las mejillas de Dom ahora eran de un vívido color carmesí.
—Estoy muy bien Qinno, muy bien —replicó, alejándose un poco avergonzada.
—Se te ve muy bien, ¿y a que se debe el honor, vienes a ver a Rosalía verdad? ¿Y este joven tan apuesto? ¿Nuevo guardaespaldas?
—Ahh ¿se puede o hay alguien? — respondió, evadiendo la pregunta de aquel fraile raro.
—No hay nadie, y hasta que subas, nadie entrará.
—Oh muchas gracias… y mira, te presento a Bill, él es… bueno es…no es propiamente mi guardaespaldas… es… es—Dom empezó a balbucear toda nerviosa, con la mente en blanco, buscando algún término que darle al fraile así que decidí ayudarle un poco.
—Soy Bill Kaulitz, el novio de Dominique— dije sonriendo y estrechando la mano que el atónito fraile había estirado hacia mí, pensé en decir “prometido” pero la palabra ya habría sonado demasiado formal.
— ¡No puede ser! ¡Ya tienes tu primer novio! Y que, apuesto, seguro que es muy agradable— dijo el hombre sonriendo de oreja a oreja con picardía y sacudiendo mi mano en un firme apretón. —parece que fue ayer cuando eras solo él bebe que bauticé.
Dominique asintió avergonzada y me miró con intensidad articulando la palabra “gracias” sin decir sonido alguno.
—Bueno Bill parece que eres el ganador del tesoro…
— ¡Qinno! — chilló Dominique.
—Lo sé, lo sé muy bien— le dije mientras tomaba nuevamente la mano de Dom entre la mía.
—Vamos a bajar, Bill va a conocer a Rosalía. — le cortó mi duende caminando hacia el centro de la enorme iglesia.
—Adelante, espero que estés preparado Bill, conocer a Rosalía es un verdadero honor y no a cualquiera se le concede, aunque… bueno nada, adelante — dijo el fraile mientras volvía a instalarse en su destartalada silla y tomaba su periódico.
Así que era un honor… se me empezaba a antojar la idea de darme la media vuelta y salir pitando de ahí.
Seguí muy de cerca a Dominique, la iglesia era sorprendentemente enorme, con altos techos abovedados y corredores largos y anchos que se abrían en ángulos rectos. Había gente pululando por ahí, tomando fotos y admirando los elegantes acabados, pero nadie reparó en nosotros.
Mi mirada se detuvo en una imponente estatua de madera.
—Es nuestra señora de los Dolores— susurró Dominique mirando a la estatua.
—Es enorme— le respondí y tras unos segundos reanudamos el camino, en verdad que me parecía aún más extraña la situación, ¿es que Rosalía era una monja o algo por el estilo?
Caminamos directamente hacia el altar, y ante mis ojos el piso comenzó a abrirse electrónicamente, lo miré con ojos desorbitados y después busqué respuestas en los ojos de Dominique quien me señalo un pequeño botón oculto incrustado en la pared.
— ¿007 Bill? — comentó haciendo esfuerzos por no reírse de mi expresión.
— ¿Hay que bajar? — pregunté con la voz más aguda de lo normal a causa de la tensión.
—Claro, hay que caminar todavía un poco más para llegar — dijo y comenzó a bajar animadamente, arrastrándome con ella mientras yo comenzaba a arrepentirme cada vez mas de haber aceptado conocer a la tal Rosalía. En cuanto llegamos al final de la empinada escalerilla, el aire me golpeó el rostro con un grueso suspiro que olía a polvo ácido y picante y a ropas podridas, había unos raquíticos ventanales en la parte más alta del techo, los cristales estaban cubiertos de polvo y convertían la tenue luz del sol en un pálido resplandor, algunos cuantos focos encendidos añadían a toda la escena un brillo anémico, como el de una morgue. En cuanto me acostumbré a la escasa luz del sitio, me quedé totalmente helado.
Colgando de las paredes, algunos apoyados en bancas, otros descansando en decrépitas cajas, había tantos muertos que no los pude contar, algunos estaban vestidos con ropas elegantes, otros con uniformes, pero aparte de los muertos no había nadie más abajo. Me dieron arcadas, estar ahí era algo espeluznante y me quedé sin voz, y podría augurar que también sin color, a menos que me hubiese puesto verde por la impresión.
Dominique se percató de mi vacilación y me puso su cálida mano en la mejilla, volviéndome a la realidad, pero antes de que pudiera decir nada me arrastro por los pasillos repletos de cadáveres en descomposición. La seguí muy de cerca, con la extraña sensación de que en realidad no sabía lo que sentía.
Nos detuvimos en la siguiente capilla, donde Dominique se paseó delante del cadáver de lo que en su día fue un sacerdote, a juzgar por el modo en que estaba vestido.
— ¿Momias…? — pregunté con voz apagada.
—Si, la desecación y conservación de cadáveres es un asunto particularmente siciliano Bill, estas momias tienen mística… ¿tienes mucho miedo, quieres volver? — preguntó ella mirándome fijamente. Le devolví la mirada hundiéndome en sus negros ojos y sonreí más tranquilo.
—No… es solo que… bueno en Alemania no se solemos ver cuerpos muertos…
—Ya se, para mí esto es algo tan extraño como familiar, pero terminas por acostumbrarte…— dijo y se encogió de hombros — además, este es uno de los mas grandes atractivos turísticos, aunque en realidad muy pocas personas han podido bajar aquí.
Escuchándola, mi miedo se había esfumado para dar paso al interés, entramos en otra capilla amplia, con varios cadáveres recostados en sus cajas. Los examiné con un interés mórbido, con una curiosidad que los vivos nunca tolerarían. Me habría encantado que Tom pudiera ver esto, era lo que habíamos deseado desde el día en que pisamos Italia por primera vez.
Las quijadas de las momias colgaban en un silencioso grito, los dientes podridos sonreían amenazadoramente y las cuencas vacías de los ojos miraban sin esperanza.
Los corredores estaban divididos en religiosos, profesionales, militares, mujeres, vírgenes y… niños, algo especialmente duro y cruel.
Seguí a Dominique a la pequeña capilla dedicada a los infantes, los esqueletos podridos de los niños estaban vestidos con ropas de fiesta, arreglados como muñecos muertos vivientes. Terrorífico y fascinante.
Dentro de la capilla había otra capilla más pequeña, de las paredes colgaban oleos de escenas santas, la mayoría de pequeños niños con animales en paisajes coloridos, el techo estaba repleto por pinturas de querubines regordetes de sonrisas puras y alas de color azul celeste que jugueteaban inocentemente entre nubes blancas y esponjadas. Lo único que había dentro de aquella capilla era un pedestal de mármol al centro de la habitación. Sobre el pedestal estaba una pequeña caja alargada cubierta por un cristal.
Dentro del pequeño ataúd, una niña bebé parecía estar durmiendo debajo de una sábana café. A diferencia de todas las demás momias enjutas y secas, la pequeña tenía su propio cabello, atado con un gran moño amarillo, que caía formando suaves rizos rubios de muñeca sobre la pálida frente, tenía los ojos cerrados y las platinadas pestañas perfectamente conservadas. Estaba totalmente muerta, sin duda alguna, pero de no estar en lo más profundo de las catacumbas sicilianas, podría ser solo una pequeña niña que duerme tranquilamente una siesta. Quedé cautivado, su naturalismo y belleza eran perturbadores y dramáticos, era imposible apartar la vista, la situación era espeluznante, pero a la vez risible e insoportablemente lamentable. La muerte nunca había parecido tan llena de vida.
—Ella es Rosalía— dijo Dominique con los ojos clavados en mi rostro.
Así que por fin tenía ante mis ojos a la famosa Rosalía.
—¿Qué fue lo que le sucedió? — pregunté mirándola y tratando de tragar el nudo que se me había formado en la garganta.
—Rosalía tenía dos años cuando contrajo neumonía y murió en 1920, cuando fue la epidemia, su padre el general Lombardo, enloquecido de dolor, le pidió al más famoso embalsamador de la conservara y aquí la tienes.
El efecto de verla era terrible, trágicamente vital y la pena parecía pender de su cabecita rubia.
—Aquí en Palermo, Rosalía es como una semi deidad.
—Es un ángel mágico— respondí debido a la placidez que mostraba su incorrupto rostro, no me sorprendía que la niña fuese considerada una semi deidad, sin duda había algo con ella, ya que después de más de noventa años seguía perfectamente conservada, sin rastro alguno de amargura en su rostro, la amargura de una infancia robada.
Por un momento me imaginé en los años 20’s. Un poderoso y valiente general renombrado, bendecido por la vida al recibir una pequeña hija, sin duda su felicidad seria inmensa.
Después la bendición se vería maldecida al verla sucumbir día a día a manos de una enfermedad horrible que rara vez perdona, la neumonía. Presa de una impotente rabia ciega y posteriormente a una negación sin precedentes el general enloquece, jamás resignado a perder a su hija. Un escalofrió me recorrió de los pies a la cabeza.
—Cuando tengas un gran problema, o un enorme dolor, díselo a Rosalía, ella de algún modo te ayudará — dijo Dominique, rozando con la punta de los dedos el cristal del ataúd, a la altura de la respingada nariz de la niña.
—Lo tendré presente— respondí mirando a Dominique, quien con sus rizos juguetones y los ojos brillantes parecía un símbolo de pureza entre toda la podredumbre del lugar.
—Vámonos ya Bill— dijo y me tomó la mano entrelazando sus dedos con los míos.
Asentí y tras dirigirle una última mirada al solitario cadáver de la pequeña Rosalía, nos fuimos de ahí.
***
Después del agotador recorrido de regreso por las catacumbas y despedirnos del amistoso fraile, estábamos bastante cansados y llegando, Dominique me hizo entrar directamente en su habitación y ahora se encontraba recostada a mi lado, con la cabeza apoyada en mi pecho.
Había sido el día libre del servicio y solo estaba el cuarteto de guardaespaldas que vigilaban los dos accesos a la casa blanca, nadie más.
— ¿Así que…Niqe? — le pregunté con una ceja levantada ya esperando que se ruborizara, pero, al contrario, Dominique levanto la vista y palideció —lo siento Dom… si dije algo malo— corregí nervioso, pero ella se relajó y trato de sonreír.
—No Bill no es eso… son solo recuerdos… hay una historia detrás de eso…— dijo pausadamente.
—Bueno pues resulta que hoy tengo tiempo…— le dije para animarla, quería saber todo, absolutamente todo acerca de ella — ¿hace cuánto que estas en Palermo?
Dominique deliberó por un momento y se recostó a mi lado, descansando su cabeza sobre la almohada.
Me apoyé sobre mi costado para mirarla directamente a los ojos.
—Hace ya un poco más de dos años que vine a vivir aquí… pero… verás, yo nací en Palermo— dijo en voz muy baja, tomándome desprevenido por completo— Qinno conoció a mi madre, yo ya vivía en su interior y ella me llevaba casi a diario al monasterio y platicaba con los frailes, pero sobre todo con Qinno, ya que mi padre siempre estaba metido en sus negocios —Dominique miraba al vacío y yo la miraba sin pestañear —Qinno dice que ella deseaba conocerme sobre cualquier otra cosa, y mientras se acariciaba la barriga me llamaba Niqque… pero su deseo nunca se cumplió, nunca pudo conocerme porque murió la misma noche en que nací— Dom suspiró pausadamente, haciendo esfuerzos por contener las lágrimas. Entrelace mis dedos con los suyos y sonreí para darle ánimo. Gracias a Andy yo ya sabía eso, pero me hice el sorprendido— Qinno me bautizó en el monasterio, me enseñó religión y me cuidó todas las veces en las que aparecí por ahí, después recuerdo muy bien cuando conocí a mi padre, el vino por mi aquí, cuando yo tenía nueve años—la voz de Dom se tornó amarga y yo me perdí por un momento.
— ¿Cuándo tenías nueve años? — pregunté horrorizado.
—Si Bill, no sé porque él me abandono cuando nací, quizá me guardaba rencor por haber asesinado a mamá… y durante esos años me crie modestamente con la familia de Gioaccino.
—Tú no asesinaste a nadie Dominique, fue un accidente— dije con furia — ¿y qué es eso de que viviste modestamente? Eres la única hija de uno de los hombres más ricos que hay, por el amor de Dios — y encima con ese infeliz guardaespaldas que tanto la asustaba.
Así que Dominique no siempre había sido la princesita mimada que yo había pensado. Su historia se parecía al menos en eso, a la mía.
—Sí, y siempre estuve a salvo porque nadie sabía mis… orígenes aristocráticos si así quieres llamarle, ni siquiera lo sabía yo. No nací en una cuna de oro como todos creen Bill y nadie sabe esto más que unos cuantos, es demasiado vergonzoso, la familia de Gioaccino nunca me aceptó por completo, y su madre se quejaba porque yo siempre me enfermaba de todo, nadie sabía de dónde provenía yo, Gioaccino nunca dijo nada—Dom se rio sin rastro de alegría— pensó que Gioaccino me había recogido de la calle o de alguna mujerzuela, o que se yo…y hubieras visto su cara Bill, su expresión no tuvo precio cuando llegó mi…padre — ella deformó la palabra al mencionarlo— llorando arrepentido por haberme abandonado y rodeándome de los máximos lujos que puede haber, pensando que así todo se solucionaría…
Pero en lugar de eso, todo empeoró. No sabes cómo me alegra no parecerme en nada a él, su familia y su fortuna no me interesan en absoluto y además creo que él me tiene un poco de miedo, todos los que conocieron a mi madre dicen que su estampa reencarnó en mi— y tras decir eso, sonrió orgullosa.
Quise sonreír también, pero en esos momentos no sabía si sentía sorpresa, coraje, rabia, impotencia, dolor o una mezcla de todo a la vez, siempre me había quejado de que mi infancia había sido una mierda, solo por el hecho de ser acosado en el colegio y no tener plata para nada, pero nunca vi más allá.
Situaciones como las de Dominique eran cosa aparte, y de repente me sentí asqueado con todo el mundo, a excepción de ella claro, me entraron ganas de llevármela y meterla en un cuarto donde nadie pudiera tocarla, vamos ni siquiera mirarla.
—Ay Dom, no puedo intentar imaginarme por todo lo que has tenido que pasar, tu mama estaría muy orgullosa y perdona que te lo diga, pero tu padre fue un hijo de puta— le dije, tanteándome el cuello para quitarme el collar de oro y regresárselo. Se quedó muy quieta mientras se lo ajustaba al cuello y después sonrió.
—Veo que entendiste muy bien por qué te lo envié, aunque no pensé que fueras a venir… no me habría importado que quisieras conservarlo, pero te necesitaba mucho…—dijo avergonzada haciéndome estremecer.
—Y yo a ti Dom, me pareció una eternidad el tiempo que estuvimos separados porque tu… tu viste dentro de mí con esos ojos tuyos y desde aquel día no he podido sacarte de mi mente, quiero pasar toda mi vida junto a ti y nunca jamás dejarte ir.
Ya estaba, me había confesado completamente y no me arrepentí, quería estar con ella, hacerla feliz y sanar tantos años de dolor y soledad, los ojos de Dom destellaron.
Inmediatamente reclamé sus labios con los míos y ella abrió la boca para dejar que mi lengua penetrara en ella y muy lentamente comenzó a responderme con suaves y húmedos movimientos, escurriéndose dentro de mi boca y rozando suavemente su lengua con la mía.
Se sentía tan bien poder volver a besar sus labios, el sabor era mejor de lo que recordaba y profundicé mi beso, arrancando un suspiro apagado de sus labios. Muy lentamente me recosté sobre ella, sintiendo mi cuerpo amoldarse perfectamente a todas sus suaves curvas. La miré, mordisqueándome un labio mientras debajo de mis pantalones, una situación comenzaba a ponerse tensa.
—Oh Bill….— suspiró cuando acaricié la suave piel que se combaba debajo de sus costillas y bajé mis labios por su cuello blanco resiguiendo con la punta de mi lengua la línea de su clavícula, dejando un rastro húmedo por su piel de mármol pulido, pero me detuve al llegar a la punta de su hombro, una maraña de cicatrices rugosas y unos tonos más blancas que su piel lucían abultadas, parecían palpitar con un recuerdo doloroso grabado en cada una de las puntas que se extendían como una telaraña, eran las marcas del disparo que había recibido ella en su fiesta de cumpleaños… mi vacilación duró menos de un segundo y Dominique ni lo notó.
—Eres tan hermosa… te quiero tanto…— le dije alternando besos y mordidas cariñosas en sus labios enrojecidos a lo que ella respondía sonriendo, besando y suspirando, pero en cuanto toqué el borde de su pantalón, tanteando el botón para soltarlo, Dominique se petrificó y en menos de un segundo se escurrió de debajo de mi cuerpo y se alejó de mi levantándose de la cama y pegando la espalda al muro tapizado en colores claros.
—Perdón Bill… lo siento… yo no puedo… no aún — jadeó y se llevó las manos al rostro agachando la cabeza y escondiéndose en la cortina pesada de su cabello.
Lejos de sentirme mal, le sonreí dulcemente y me acerqué a ella para abrazarla, ya sabía muy bien lo que tenía: era miedo.
— ¿Estas asustada? — pregunté suavemente y ella asintió con vigor.
—Hasta que te sientas preparada entonces— le dije buscando nuevamente sus labios mientras mis dedos recorrían su suave pómulo
—Gracias— respondió y me devolvió un casto beso cargado de inocencia, lo que empeoró un poco las cosas para ella.
Hasta que estuviera preparada… era una lástima que yo tuviera tan poca paciencia, tendría que presionar las cosas un poco.
Me estaba consumiendo de deseos por poseerla y no iba a aguantar por mucho tiempo, ella iba a ser mía, de eso no había ninguna duda.
Continúa.