«458 Italia» Fic de Shugaresugaru

Capítulo 19: Relámpagos

By Bill

— ¡Dominique! — chillé furioso, lo que pareció incrementar sus carcajadas. Últimamente se reía todo el tiempo, provocando así en mí, extrañas e irregulares palpitaciones, jadeos emocionados y miradas embobadas.

Ya habían transcurrido casi dos semanas desde que estuvimos en el monasterio y conocí a Rosalía, los días siguientes habían sido muy tranquilos, como si una gran paz se instalara en la casa, sobre todo en ella y en mí. A los ojos del servicio, yo era más, mucho más que un simple guardaespaldas, sabían que entre Dominique y yo había algo más, pero por respeto, miedo, discreción o lo que fuese, nadie preguntaba.

— ¡Biiilll! ¡Bill eres lento! —se burlaba ella sin parar.

— ¿Qué soy lento? — susurré—pequeño duende endemoniado ¡te pillaré! —dije alzando la voz, pero sin poder llegar a enfadarme.

El día era tan caluroso y agradable que habíamos decidido pasarlo en la playa desierta que se encontraba cerca de la casa, pero Dominique corría como una joven gacela, alejándose cada vez más, y yo, que nunca había sido de muy buena condición, empezaba a cansarme, además que antes de salir de casa ya estaba agitado por culpa de la preciosa muchachita que no se dejaba pillar.

Dominique se había ataviado con una ajustada camiseta roja que se pegaba a cada una de las curvas de su grácil anatomía, tenía puestos unos vaqueros azules cortos, demasiado cortos, que dejaban bien a la vista sus blancas piernas, y por último se había sujetado los perennes rizos de bronce en una coleta, atándolos con un lazo rojo que revoloteaba al viento, obteniendo así un aspecto tan aniñado e infantil que de solo verla me ponía malo.

Subí una pequeña y empinada pendiente de arena blanca y me la encontré mirando distraídamente hacia el mar, sin percatarse de que ya estaba cerca de ella así que aproveché y la sujeté entre mis brazos, ella se sorprendió y trató de zafarse, pero sus propias carcajadas la traicionaron y sus piernas se doblaron haciéndonos caer a ambos de espaldas sobre la arena.

—Te atrapé muy fácil— le dije para molestarla, pero ella solo sonrió y apoyo su cabeza sobre mi hombro.

—Me dejé atrapar por ti— respondió, rodeando mi cuello con sus brazos y juntando por un instante sus labios con mis labios.

Sonreí y pasé una de mis manos por su cintura, acariciando la angosta porción de piel que se asomaba entre el borde de la camiseta y la cinturilla de sus vaqueros haciéndola suspirar suavemente y cerrar los ojos, separando su pequeña boca de la mía.

—Pareces cansada Dom— le dije acariciando las casi imperceptibles sombras color lila de sus parpados.

—No es nada— respondió sin abrir los ojos.

—Necesitas aprender a mentir mejor— le dije, cerrando los ojos también y sonreí al escuchar su suspiro indignado.

—Me cansa la profesora— admitió al fin.

—Es demasiado exigente, ¿Por qué no llevan un ritmo más relajado? — me quejé.

—En unos cuantos meses tendré que presentar mis exámenes finales y necesito un buen promedio Bill.

Yo había visto algunas de las lecciones que Dom recibía, ya que no iba al colegio como todas las demás niñas porque entre tanto viaje que se veía obligada a hacer al año, nunca habría terminado un curso completo, así que tenía una profesora privada que la preparaba para presentar los finales del bachillerato y tal vez, como había dicho su padre, tal vez podría ingresar en alguna universidad y eso la llenaba de emoción y aunque también me emocionaba verla así, no podía evitar una cierta sensación de inseguridad y algo de miedo.

Ya podía imaginarme lo que pasaría en cuanto ella pusiera un pie en algún campus universitario: una jauría de perros rabiosos estarían constantemente sobre ella, molestando y fastidiando todo el tiempo y yo no podría estar siempre cerca para ahuyentarlos, ya que en poco tiempo yo tendría que regresar a Alemania y seguir con mi vida de rockstar, con las giras, presentaciones, entrevistas, sesiones de fotos y un largo etcétera, y no estaba seguro si Dominique querría seguir conmigo ese ritmo de vida tan agotador. Además, extrañaba profundamente a Tom, me moría de ganas por verlo y espachurrarlo todo.

— ¿Estás segura que quieres ingresar en la universidad? ¿Al menos ya decidiste cuál? — que tal la de Hamburgo, por mencionar una…

Lo pensó por un momento antes de responder.

—Todavía no se en cual, ni en donde, pero si quiero ir… ¿tú a cuál asistes?

—Yo estaba en la universidad de Hamburgo junto con Tom, pero lo dejamos todo por la banda, además eso de ser esclavos de alguna profesión no es particularmente lo nuestro… vamos allá donde nos lleva el mundo…y además Tom y yo tenemos un serio problema con la autoridad— terminé en voz baja y abrí los ojos un poco cuando Dominique se separó de mí. — ¿Dom?

—Lo dices de un modo tan seguro que… me hace pensar. Tampoco me gusta estudiar Bill, la profesora me echa la bronca porque me distraigo muy fácilmente, pero…

— ¿Pero…? — la animé a seguir.

—Quiero que mi padre se sienta orgulloso de mi…aunque me deje sola todo el tiempo— dijo con una voz tan compungida que parecía a punto de echarse a llorar.

¿Qué podía decirle a eso? No estaba de humor como para comenzar a insultar a su insensible padre, siempre que salía a colación ese tema parecía como si una nube gris y densa se instalara sobre ella, entristeciéndola palpablemente.

Dominique se percató de mi vacilación y se giró para quedar sentada de frente al mar. El viento salado le azotaba el rostro, jugueteaba con su flequillo y los brillantes rizos de su coleta se enroscaban obstinadamente entre sí, una cristalina gotita de sudor estaba comenzando a descender por uno de los laterales de su cuello dejando un rastro húmedo a su paso. Me incorporé apoyando las palmas de mis manos sobre la arena y pegué mis labios a su cuello, limpiando con mi lengua aquella gota brillante y salada. Dominique se estremeció inmediatamente pero no se alejó de mí, sino que ladeó su cabeza dejándome su cuello blanco a mi antojo así que lo bese aprovechando del breve tiempo que tenía antes de que Dom se apartara de mí de manera dulce pero firme… aunque últimamente se iba soltando un poco.

Se volteó hacia mí y yo aproveché para capturar su boca entreabierta y mojada, que era mi tentación particular, con la mía. Le di un muy leve empujón, tumbándola sobre la arena y me dejé caer sobre ella, pero sin llegar a aplastarla, volví a atrapar su boca que se abría cada vez más para recibirme y jugué con su lengua suave que se friccionaba insistentemente contra el piercing de la mía. Me dejé caer más sobre su delgado cuerpo y reseguí las líneas de sus costillas con la punta de mis dedos, me detuve en su ombligo para juguetear y distraerla después de unos cuantos segundos más todo su cuerpo pareció volverse de hierro y se tensó.

—Bill… no… espera…— dijo en voz baja y tuvo que guardar silencio en cuanto puse mi lengua nuevamente dentro de su boca, pero la suya comenzó a dejar de colaborar. Puso sus pequeñas manos sobre mi pecho y se revolvió angustiada debajo de mí, deseosa por escapar como siempre lo hacía, pero mi paciencia estaba ya casi en la reserva y solo consiguió que la sujetara con más fuerza y mordiera suavemente su labio inferior, no fue hasta que me miró con cara tristona y preocupada y después bajó la mirada haciendo que sus pestañas proyectaran sombras imposiblemente largas sobre sus pómulos, que me di cuenta de lo que estaba haciendo y de un salto me levanté mirándola nervioso y asustado.

Ella parecía más relajada ahora que no me tenía tan cerca y se incorporó rápidamente sacudiéndose la arena de la ropa.

—Lo siento— dije compungido.

—No importa Bill— dijo ella entre sonrisitas. La evalué con ojo crítico, pero solo parecía…acalorada, no había rasgo de reproche en sus finas facciones y me sentí aliviado, no quería que el ambiente se volviera a tensar.

—Dom… ¿Por qué Andy esta con tu padre? — le pregunté mientras caminábamos por la orilla del mar rumbo a la casa, bueno en realidad el único que caminaba era yo porque ella iba brincoteando de un lado a otro sobre la arena húmeda y chapoteando cuando le llegaban las olas a bailar entre los tobillos.

— ¿No te lo dijo él? — respondió sin mirarme, estaba demasiado ocupada plasmando con fuerza sus huellas sobre la arena mojada.

—No, solo me dijo que estaba cubriendo a otro de los guarros de tu papá.

Ella se rio y el sonido repiqueteó en mi cerebro, haciéndome caer más.

—Está cubriendo a Gioaccino, pero pronto volverá acá, Esperanza lo echa mucho en falta.

— ¿Esperanza? ¿Son parientes? — dije con el ceño fruncido e ignorando deliberadamente la mención del principal guardaespaldas, le guardaba bastante rencor.

—Es su madre, ¿no notaste el parecido? —dijo ella pegando saltitos cuando el agua salada le cubrió hasta los tobillos. Me reí suavemente.

— ¿Huh? Wow ¿su madre? Vaya, pues no lo había notado… ¿está muy fría? — pregunté mirando receloso el agua espumosa que revoloteaba entre sus pies.

—No, fría no, esta fresca… ¿porque no vienes? — Dominique camino un par de pasos más en el agua que ahora le llegaba a las rodillas.

—No estoy vestido propiamente para eso, cariño— respondí mirándome los ajustados pantalones negros de pitillo, la camiseta blanca sin mangas y la ligera chaqueta negra de algodón.

—Y yo tampoco…oh vamos Bill— suplicó, haciendo un adorable y tristón puchero mientras saltaba chapoteando contra el agua.

—No pequeña, ni hablar— le dije sonriendo y estallé a carcajadas cuando la enorme ola que no vio venir le dio de lleno en la espalda, cubriéndola por completo, sabía que no tomaría muy bien que me hubiese burlado, pero fue demasiado cómico.

Dom se levantó casi en el acto y me lanzó una mirada feroz, estaba empapada de los pies a la cabeza y luciendo el mismo aspecto que tendría un gatito recién bañado.

Hubiera continuado riéndome, de no ser porque empezaba a preocuparme por su salud, tenía clarísimo que ella era jodidamente delicada y aunque el día era caluroso, el sol comenzaba a descender, el viento se volvía más fresco y estando ella completamente empapada y sin alguna toalla o albornoz cerca era seguro que enfermaría, y nadie quería eso.

Me adentré en el agua rumbo a Dom, ya me importaba una mierda que mis pantalones se estuvieran mojando. Seguramente al llegar a la casa estarían secos. Ella me miró mientras me acercaba y se sacudió el cabello que aun estando atado conservaba su forma ondulada y definida.

—Vámonos Dom, pronto va a anochecer y estas completamente mojada.

—No tengo frío— replicó, pero su piel se erizó y tiritó, así que la tomé de las manos y prácticamente la arrastré hacia la orilla, al llegar me quité la chaqueta y se la acomodé sobre los finos hombros, afortunadamente aun no caía la noche por completo.

Caminamos unos cuantos metros sumidos en completo silencio, divertido por mi parte y molesto por la suya. Estaba a punto de preguntarle cómo se encontraba, pero un ruido seco de pisadas a nuestras espaldas me crispó los nervios.

—Creo que alguien nos sigue Bill— dijo ella con aprehensión, yo ya lo había notado, apreté mis brazos a su alrededor y maldije mentalmente, la casa aún quedaba bastante lejos y en ella estaban los trajeados guardaespaldas a los que habíamos burlado horas antes.

El sonido se volvió más audible y me volví en el acto para toparme con un par de sujetos, bastante desaliñados que no me inspiraron ni una pizca de confianza. Estaban a unos cinco metros y se acercaban con paso lento y cauteloso ahora que habían sido descubiertos. Sentí a Dom tensar el cuerpo de inmediato y la empuje para esconderla a mis espaldas.

Nadie emitió sonido alguno, pero aquel par se movió un poco más hacia nosotros y mis ojos siguieron sus movimientos como los ojos de un tigre siguen a su presa, aquellas dos alimañas se sonrieron con malicia y se acercaron un poco más, seguramente pensando en que Dom y yo éramos una boba pareja cualquiera que sale a dar una vuelta por la playa, pobres ilusos… no tenían ni pajolera idea de quien era yo. Preguntar que querían hubiese sido estúpido y sin sentido, estaba clarísimo que eran rufianes y venían a lastimar.

—Es mejor por las buenas, niño bonito.

—Mueve tu culo y lárgate, y llévate a ese saco de porquería contigo— señalé al otro, que sonrió torvamente.

—Chico, si eres bueno te perdonaremos la vida, claro, después de habernos entretenido un rato con tu preciosa amiguita.

Vaya, como si necesitara enojarme aún más.

El cuerpo tembloroso de Dominique emanaba tensión y yo hubiera hecho de todo porque ella no se hubiera encontrado presente para no ver lo que pasaría a continuación. Aquellos dos empezaron a cabrearme seriamente y debo admitir que estaba asustándome también, no por lo que pudieran hacerme a mi o a Dominique, ya que a ella no la tocarían sin antes matarme a mí y a juzgar por los picahielos con los que iban armados eso iba a estar muy difícil. Mi miedo radicaba en que lo que era capaz de hacerles yo, no quería herirlos o algo peor, pero contra todo pronóstico la temida crisis llegó, comenzaron a fintar a nuestro alrededor casi saboreando las oleadas de miedo provenientes del cuerpo de ella.

—No mires Dom — le pedí y ella, obediente, se alejó unos cuantos pasos y se cubrió el rostro con ambas manos.

Uno de ellos, el que me había llamado “niño bonito” arremetió corriendo como rinoceronte directamente hacia mí empuñando precariamente el arma puntiaguda que sostenía con dirección a mi garganta. Moví la cabeza en el momento exacto y la punta afilada penetró bien hondo en la curvatura que había entre mi cuello y mi hombro, desgarrándome los músculos, pero dejándome intacta la vena carótida, solté un siseo por el fogonazo de ardor pero no me desconcentré y aproveché la cercanía que tenía con el tipo para clavarle la navaja en la sien, la hundí en su cabeza hasta la empuñadura, diez centímetros de acero dentro de su cráneo, la cual había sacado en un segundo del arnés que ahora llevaba siempre ajustado en el antebrazo. Cayó en el acto, ahogándose con su propia sangre, levantando una nube de arena a su alrededor y haciendo que su compañero frenara su carrera recién empezada. Al verlo, soltó aquel estúpido instrumento de cocina y cayó de rodillas ante mí. De no haber estado Dominique a mis espaldas habría liberado toda mi tensión torturándole muy lentamente pero claro, lo último que quería ahora era asustarla aún más.

— ¿Qué mierdas es lo que pensaban, pedazo de subnormal? — le dije enrabiado al sujeto arrodillado a unos cuantos pasos, la sangre caliente y espesa de mi cuello me estaba dejando perdida la camiseta blanca.

No respondió. El sonido de un disparo reverberó en el aire, seguido de un gemido de dolor y Dom pegó un salto.

Ni siquiera se había percatado del momento en el que había sacado la pesada pistola de mi espalda.

—Respóndeme ahora o te meto otro tiro en la única rodilla buena que te queda— amenacé.

— ¡La chica, la chica! — respondió entre dolorosos jadeos ahogados señalando frenéticamente hacia la pequeña figura medio escondida a mis espaldas.

— ¿La querían a ella? —le pregunté incrédulo, inclinándome un poco hacia él.

—El— señaló el cadáver de su amigo y yo pillé en el aire su movimiento egoísta, trataba de salvarse a sí mismo… uff que cobarde y patético— la estaba mirando desde que estaba en el agua… quería divertirse con ella y tú le estorbabas… mierda chaval me has destrozado la rótula— dijo sin saber que serían sus últimas palabras.

—Descuida, no te dolerá por mucho tiempo.

Realmente no era mi intención asesinarlo porque yo no era un asesino, y ni en mis más locos desvaríos habría pensado en ser uno, pero en cuanto pronunció aquellas blasfemias, le incrusté una bala en la garganta sin sentir el más mínimo indicio de culpa o arrepentimiento porque mi mente ni siquiera podía procesar esa información: alguien haciéndole daño a ella.

Su sangre caliente y pegajosa me pringó de gotitas el cuello, el pecho y los brazos, haciéndome saltar un poco hacia atrás con una mueca de asco, le dirigí una última desdeñosa mirada y guardando la pistola me volví hacia Dom, quien estaba inclinada unos pasos más allá, presa de temblores incontrolables, ni siquiera parecía capaz de sostenerse en pie, sino todo lo contrario, estaba a punto de caerse a pedazos.

—Lo siento mucho— era la puñetera verdad más sincera que había dicho aquel día.

—Sácame de aquí— pidió en un murmullo ahogado estirando hacia mí su blanca mano.

Negué con la cabeza y la levanté apoyando la mayoría de su peso en mi brazo derecho ya que el dolor y la hemorragia me medio inutilizaron el izquierdo… ¡mierda! Estaba helada y su ligero flácido cuerpo se amoldó perfectamente al mío y me rodeó el cuello, pero se cuidó de no rozarme la herida, pegue mis labios a su frente sudorosa y la sentí ardiente, los temblores aumentaron y mis ansias con ellos, encorve un poco la espalda para protegerla del viento húmedo que estaba aumentando y ella se hundió en la semi inconsciencia durante los breves minutos que me llevó el recorrido hasta la casa.

***

— ¡Santo cielo! — gritó Esperanza al vernos entrar. Dejó la servilleta blanca que estaba bordando a un lado y se acercó rápidamente a nosotros.

Hice una mueca al percatarme del aspecto que teníamos: Dominique temblando, empapada y aferrada como un koala a mi cuerpo sudoroso y ensangrentado.

— ¡Oh por Dios Bill! ¿Están bien? — Preguntó con los ojos clavados en Dom quien se había manchado de la sangre que manaba de mi hombro— ¿Qué sucedió?

La histeria comenzaba a apoderarse de ella y por sus gritos el personal se comenzó a apelotonar en la sala principal.

—Esperanza— dije con voz tranquila— Dominique necesita una ducha muy caliente… estuvimos un poco en el mar y hace frío… por lo demás está muy bien— apenas terminé de pronunciarlo y Dom ya estaba siendo llevada hacia las escaleras por dos de las muchachas que ahí trabajaban, seguí su expresión ausente con una mirada ansiosa, pero ella en ningún momento me miró.

Esperanza revoloteó detrás de ellas y después de susurrarles unas cuantas órdenes y asegurarse de haber sido entendida, regreso a mi lado.

¡Fabuloso! Me reproché con fastidio y sin hacer el menor intento por seguirlas, sabía por descontado que Dominique no querría saber nada de mí y eso me hería profundamente.

— ¡Ay Bill! — Gimió el ama de llaves y yo pegué un bote— ahora sí que estas herido— afirmó mirándome detenidamente y con cara de espanto.

—Oh ¿esto? —Me reí y encogí los hombros arrepintiéndome en el acto al sentir un agudo pinchazo de dolor— no es nada, ya se pasará — le dije mirándome en el espejo más cercano, el que estaba sobre una mesita. Mi aspecto era aterrador: mi cuello, los brazos y el pecho medio desnudo estaban totalmente cubiertos de sangre color carmín, sobre todo el pecho ya que mi sangre se mezcló con la de los tipos que había eliminado y en el rostro que reconocí como mío, los profundos ojos color avellana ribeteados de negro miraban intensamente, con furia y dolor, pero sin remordimiento.

Aparté la vista.

— ¿Qué sucedió? — Preguntó la mujer mientras se sentaba de nuevo en el sofá y recibía de manos de una de las muchachas una pequeña caja blanca con una cruz roja estampada al centro, mi escasa audiencia guardó silencio —acércate Bill.

—Pasamos una tarde agradable allá en la playa que esta al este, pero al regresar nos siguieron dos tipos, eran rufianes sin duda… lo supe por sus fachas, querían atacarnos y no les di oportunidad—me acerqué arrastrando los pies y el silencio se profundizó—… así que los asesiné— dije con voz fría y carente de emoción. Esperanza se atragantó, pero trató de disimular.

—Cuanto lo siento Bill — gimió —ahora arrodíllate, voy a revisarte esa herida— dijo sin inmutarse por el hecho de que le acababa de confesar un homicidio doble, y en cambio me sonrió de manera maternal, suspiré y me dejé caer de rodillas a su lado, mirándola entristecido cortar mi camiseta y cayendo ésta al piso en sucios jirones inservibles.

— ¿Con que te la han hecho? — preguntó empapando un algodón con un líquido de olor ácido.

—Con un cochino picahielos— respondí y apreté los dientes y ojos cuando paso el algodón sobre la carne desgarrada de mi cuello. Los tres guardias que estaban ahí se miraron nerviosos.

—Lo siento, pero si no la limpio se te infectará… tranquilo pronto dejará de sangrar…pero creo que va a necesitar puntos, espero que tengas la vacuna antitetánica — comentó, y cerré los ojos con resignación cuando la vi sacar de la cajita una aguja curveada y un hilo de nylon transparente, al parecer era enfermera o se sucedían tantas puñeteras lesiones en esa casa que se había visto obligada a aprenderlas a curar.

—Si, tengo todas las vacunas— murmuré.

Después de treinta agónicos minutos y catorce piquetes alrededor de mi herida (dos por cada uno de los siete puntos) Esperanza limpió y guardó todo y yo miré de reojo mi cuello cubierto por una pequeña gasa bien sujeta por esparadrapo.

—Muchas gracias— le dije medio sonriendo.

—Oh no fue nada querido, será mejor que vayas a descansar y si te vas a duchar trata de no mojarla— dijo y se alejó en dirección a la cocina.

—Buen trabajo Bill— me felicitó uno de los guardaespaldas dándome una palmadita en la espalda, del lado que no tenía herido, si la memoria no me fallaba, se llamaba Giovanni.

—Gracias— farfulle con amargura y me crucé de brazos con lentitud.

—Fuiste valiente, esa es una herida muy fea y sin anestesia local…

—No fue nada— dije aburrido y aunque la herida me empezaba a arder bastante, lo ignoré.

Giovanni era un buen tipo, alto, musculoso y de cálidos ojos color verde agua. Habíamos charlado en varias ocasiones y me sorprendí al descubrir en él una plática agradable e inteligente, aunque se le daba tan mal el alemán como a mí el italiano. Tenía 24 años, su madre aún vivía, su padre no y con el generoso sueldo que recibía podía mantener holgadamente a su anciana madre y a sus dos pequeñas hermanas. Había sido reclutado por Gioaccino siete años atrás y gustoso había accedido a cuidar con su vida la vida de Dominique tras cinco minutos después de haberla conocido.

—Las primeras veces son las peores— comentó mirando atentamente hacia afuera y crispando más mis nervios.

— ¿Tu ya has…? Quiero decir… ¿has matado antes?

—En varias ocasiones… sobre todo a ladrones y asaltantes iguales a los que asesinaste tú… son una maldita plaga— respondió como si de pisar cucarachas se tratase.

—Supongo que ahora vendrán y me meterán preso — dije con tristeza, pensando en la decepción que se llevarían mi madre y mi gemelo, pero para mí enorme sorpresa Giovanni empezó a descojonarse de risa en mi cara y yo lo miré con muy mala hostia— ¿se puede saber de qué te ríes? — bufé.

—Nadie vendrá a arrestarte Bill— hipó— eres un guardaespaldas y asesinar para proteger es tu trabajo, además si la policía llega a venir aquí será para agradecerte por haber limpiado un poco la playa de toda esa basura.

Lo miré boquiabierto y sin saber que decir, así que no dije nada.

—Esperanza tiene razón— dijo mirándome atento— ve a ducharte y a dormir porque en poco tiempo la adrenalina te bajará y puede que hasta caigas en shock y es mejor que sea en tu cama— seguí sus pasos con la mirada— se lo que sientes ahora, pero créelo… ella es algo que vale la pena salvar.

Me miró una última vez y salió por la puerta abierta de la terraza. Quizá tenía razón porque mis piernas estaban comenzando a temblequear un poco y además me sentía completamente asqueado por la sangre que estaba pegada a mi cuerpo sin mencionar que la herida recién curada me jodía de veras. Me daría una larga ducha relajante antes de dormir.

Subí cada escalón arrastrando pesadamente los pies y pensando en cómo había terminado el día que había comenzado tan bien. Cuando llegué al pasillo principal miré por un momento el oscuro camino que llevaría a los aposentos de Dom y aunque hervía en deseos de verla para saber cómo estaba, decidí que lo mejor sería no presionarla en estos momentos, así que sin mirar atrás me adentré en mi propia habitación cerrando la puerta sin hacer sonido alguno.

***

¿Cómo fue que llegue a esto? Me pregunté a mí mismo y di otra vuelta en la cama. Estaba ya bien entrada la noche, serían las tantas de la madrugada y para cerrar el día con todos los honores, se había desatado una furiosa tormenta con relámpagos, truenos y enormes gotas que tamborileaban en el techo, dificultándome el sueño más aún.

Me giré con pesadez, dándole la espalda al ventanal. Me estremecí fastidiado cuando un brillante relámpago silencioso encendió momentáneamente mi habitación y mi retina se clavó en la estampita que había dejado sobre el buró antes de acostarme.

Era una sencilla tarjeta de cartón plastificado que había comprado en el monasterio de Palermo, tenía una breve oración en italiano en honor a los que fallecieron jóvenes y al otro lado tenía la foto de la pequeña bella durmiente, Rosalía. Moví la cabeza con pesar y continúe con mi dilema interno.

No sabía exactamente en qué momento exacto de la línea de mi vida me había dejado de ser un famoso rockero compositor de música metal-gótica-indie amante de romper las reglas y patear traseros, para convertirme en un asesino a sangre fría que arrebataba vidas como si se tratase de un macabro juego.

Me revolví nervioso con el ensordecedor sonido explosivo de otro trueno, seguramente Dom estaría asustada y yo aquí pensando en las musarañas.

Era la octava vez que había estado a punto de levantarme para ir a buscarla, no podía ni intentar dormir y sentía la herida como una brasa de carbón ardiente entre el cuello y hombro.

Me volví para mirar la ventana y pensé en las dos personas a las que les había quitado la vida horas atrás… porque por muy rufianes que eran, no dejaban de ser personas. Ahora estarían medio enterrados en el lecho arenoso de la playa o quizá ya se los había llevado el mar ya que las olas tronaban furiosas con cada sacudida del aire.

Casi llegue a sentir lástima por ellos, casi… pensé después en el oscuro propósito con el que se nos habían acercado, acechando como un par de ratas de cloaca y la sangre me hirvió con tanta furia que, si los pudiese volver a matar, lo haría sin pensarlo.

Recordé brevemente las palabras de Giovanni de esta misma noche… “ella es algo que vale la pena salvar”

Y tenía toda la razón del mundo, valía la pena matar para salvarla porque estaba claro que ella sola no sobreviviría y como consecuencia las personas que la rodeábamos tampoco lo haríamos.

Me reí por lo bajo al pensarlo, es que era tan fácil quererla, no suponía esfuerzo alguno, era como la gravedad, tan sencillo como dejarse caer y disfrutarlo.

Mi mente recreó con lujo de detalle la escena en la playa: Dom completamente mojada, su piel brillando en miles de gotitas de luz anaranjada y rubí por los rayos del sol y la ropa adhiriéndose a su cuerpo como una segunda piel…

Traté de calmar mi respiración pensando en qué estaría haciendo si estuviese en Alemania, seguramente viendo pornografía con los chicos, o fumando, o bebiendo, o jugando al Mario kart durante toda la noche.

Otro relámpago aún más brillante que el anterior inundó de luz blanca la recámara, alumbrándolo todo nuevamente. Me incorporé como impulsado por resortes cuando la fugaz luz iluminó una pequeña silueta más blanca a los pies de la cama, hubiese reconocido esa figura en cualquier parte del mundo, una maraña de brillantes rizos oscuros, piel casi translúcida y profundos ojos negros. Un cálido flujo empezó a correrme por las venas cuando el familiar y sutil aroma dulzón a vainilla saturó cada partícula del aire caliente de mi habitación, era tan denso que lo sentí cosquillear y hasta danzar en la punta de mi lengua.

No me importaba si estaba dormido, despierto e inclusive alucinando porque esa noche seria especial, mi duende la pasaría conmigo.

Continúa.

por Shugaresugaru

Escritora del Fandom

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