«458 Italia» Fic de Shugaresugaru
Capítulo 2: La invitación
By Bill
Regresamos al hotel en silencio, caminando rápido, sin hablar, cada quien sumido en sus pensamientos hasta que al llegar a los escalones Tom habla girándose hacia mí.
—Ni una palabra de esto a los G’s Bill, no tiene caso preocuparlos, además ya paso — sonríe — ¿qué dices? — me encojo de hombros.
—Supongo que sí, aunque no sería mala idea advertirlos de que hay muchos locos armados — me rio fingiendo totalmente, quizá a Tom le da igual, pero a mí no, tengo demasiadas preguntas en la cabeza.
Dicho esto, Tom entró casi volando y se dirigió al restaurante, como si nada hubiese sucedido.
Lo sigo con la mirada y es mejor, porque yo necesito pensar. Afortunadamente Sakí dispersó a la muchedumbre de fans que se empezaron a apelotonar al vernos aparecer de la jodida nada.
¿Quién es ella? Me pregunto mientras camino. Alguien importante, muy importante para ir cargada de semejantes guardias tan agresivos y sanguinarios, en especial el más alto. Quizá la hija de algún empresario italiano, o de algún funcionario de gobierno, o la heredera de una enorme fortuna o la elegida de algún mafioso italiano.
Entro al hotel arrastrando los pies.
¿Cuál es su nombre? Apenas si he podido mirar sus ojos por un segundo y ya quiero verlos otra vez. Me han parecido sumamente confundidos y tristes, pero alegres a la vez, con una chispa extraña, como de melancolía. Y entonces, ahora me apremia la idea de saber su nombre, como si saber eso me ayudara a comprender aquella extraña mirada.
Calculo mentalmente la edad que podría tener ella… quizá dieciséis o diecisiete, no más.
¿Por qué tanto guardaespaldas? De acuerdo que la protección es necesaria en estos tiempos, pero aquello es una exageración.
Joder, yo tengo tres guardaespaldas exclusivamente míos, y me vuelven loco, pero es que, si no, las fans me comerían vivo. Pero ¿ella? Por más dinero que pueda tener, ¿Quién querría hacerle daño? Aparte de Tom, claro.
¿Qué rayos estaba haciendo sola en ese parque y tan temprano? Había pensado que Tom y yo íbamos a ser los únicos idiotas que habría por ahí, por eso elegí una hora tan temprana, pero no, ella estaba ahí y aparentemente disfrutando, pues se le veía tranquila, hasta que Tom la había tratado tan bestialmente. Me entraron de nuevo ganas de golpearlo con fuerza en la cabezota.
Y la más apremiante de las preguntas. ¿Cuándo volvería a verla? Tengo bien asumido que, verla de nuevo no sería lo más sensato del mundo, además de ser casi imposible. Por el modo en que nos había amenazado aquel tipo, que además nos había odiado de entrada sólo por ser alemanes, lo mejor era no tratar de indagar más acerca de ella, pero es que yo quiero saber más sobre ella.
Tiene algo especial, muy diferente a todas las chicas que yo he conocido, y conozco a muchas. Me molesta un poco que todas las mujeres se me fueran encima sólo por ser quien soy, se deslumbraban por mi fama y popularidad, apuesto a que, si siguiera en Alemania, sin haber fundado nunca la banda, las cosas serian diferentes.
Aunque también me gusta la fama y ser el centro de atención de todos, lo admito, quizá por eso esta chica extraña ha llamado mi atención. En lugar de irse sobre nosotros, había huido como un conejito asustado, hiriendo mi famoso inflado orgullo en ese proceso. Quizá incluso ni siquiera sabe quiénes somos.
Caminé distraído por los pisos pulidos del hotel y me topé casi de frente con el elegante restaurante y entonces me di cuenta de que estoy muerto de hambre, suspiro y decido que lo del duende puede esperar para después de que me llene la tripa con comida y café.
Sonrío y camino lento entre las mesas del lugar, tan limpio y grande como el hotel mismo, el cual es enorme y uno de los más lujosos en los que hemos estado, las paredes son de mármol pulido a conciencia, los pisos son de alfombra por aquí y mármol por allá, los muebles de época, todos en tonos claros y dorados, simulando oro y la mayoría de los adornos son de cristal cortado y brillante, parece un jodido palacio y está decorado igual.
Ser una de las bandas más famosas del momento tiene sus recompensas o eso pienso al mirar el lujoso restaurante, donde solo se puede ver gente pija comiendo, hombres, mujeres y hasta niños pijos, como una plaga.
Le doy una escaneada al lugar, buscando con la mirada a los demás, y los encuentro afuera en un apartado del restaurante al aire libre. Es lo mejor porque después de un buen desayuno nos ponemos a fumar como unas jodidas chimeneas y en muchos lugares eso está ya prohibido, me rio al recordar las maldiciones de Tom cuando ve el clásico letrero que prohíbe fumar.
Los alcanzo y después de propinarle una patada a la silla del idiota de Tom, me siento con ellos, sonriendo.
—Hola Gus, Geo — ambos sonríen con las bocas llenas.
— ¿Dónde se metieron? Los subimos a buscar— Georg enarca una ceja, remarcando su ojo verde.
—Bill quiso dar un paseíto— responde Tom irónico, con medio wafle en la boca.
Todos estallamos a carcajadas, incluso Tom, quien se atraganta con la miel y tose, enviando un diluvio de miguitas de pan hacia la cara de Gustav, que se aleja, asqueado. Me rio aún más.
—Uy que hambre tengo— hablo bien fuerte, atrayendo a un mesero quien me entrega una carta.
La observo sin entender ni una sola palabra del menú, todo parece pasta y pizza y otras cosas parecidas, gracias a Dios vienen con fotos así que me decido por un pastel que se ve delicioso, huevos con bacon, waffles como Tom, café y zumo de naranja.
Los otros ya han devorado su desayuno y no sé qué ha sido, pues en aquellos momentos se están tragando dos enormes bolas de helado con galletas.
—Yo viviría en Italia solo por sus postres—Georg no se lo cree, está babeando literalmente— esto sabe buenísimo.
—Eso es porque tú te tragas cualquier cosa— le respondo, aunque su helado luce en verdad bueno.
En un tiempo increíblemente rápido tengo ya mi desayuno listo ante mis ojos y sin pensarlo lo ataco con el tenedor haciendo ruiditos de placer.
—Joder Bill, comes como un cerdo— se queja Tom mientras yo me zampo de un trago el zumo de naranja.
—Tú no te quedas atrás, idiota.
—Pero tú, con esa cara de diva que tienes, no pareciera que te tragas así la comida.
—Cállate, capullo y déjame comer en paz.
Tom tiene razón, realmente yo como como un cerdo desbocado, pero así me han criado, o malcriado ¿que se le va a hacer? Además, esta delicioso, los waffles me los trago en escasos cinco minutos y Gustav me mira enarcando una ceja cuando comienzo con el pastel, a saber, cómo coño este hecho, pero sabe a gloria y sonrío lengüeteando el tenedor sugerentemente, para irritar a Gus.
Tiene al menos cuatro clases distintas de chocolate, sus capas frías se me derriten en la boca y esta levemente envinado, muy dulce, pero sin llegar a ser empalagoso. Mierda que solo los italianos saben preparar un tiramisú como ese.
— ¿Sabe bueno eso Bill? — ah Gustav, siempre tan críptico.
—Es como estar en el paraíso del chocolate helado— Me mira levantando ahora las dos cejas y tras dos segundos, ya ha ordenado uno.
Después de rematar con toda la comida me dedico a beber despacio mi café cuando un grito que conocíamos muy bien nos hace voltear al mismo tiempo, sobresaltados.
—¡¡Chicos!!— Es nuestro manager, David Jost, siempre tan agitado —chicos supuse que estaban aquí— sonríe de oreja a oreja y se apoya en el hombro de Tom, mientras recupera el aliento.
—David, ¿corriste un maratón?
— ¿Qué dices? Estuve consiguiéndoles algo genial— comenta y lo miramos intrigados —antes les digo que se agotaron todas las entradas para el concierto de hoy y me suplicaron por una fecha más así que en dos días tienen otro concierto — sonríe eufórico.
Nos miramos con la boca abierta y sonreímos.
—Eso es perfecto — le alabo —oye por cierto ¿no habría modo de que nos cambiaran a una suite? Mi cuarto es muy pequeño y apuesto que las suites tienen hidromasaje, para mi pobre estresado cuerpo, además siempre nos quedamos en suites, ¿qué pasa aquí?
—Lo siento Bill, traté de reservar suites, pero están todas ocupadas, y no se desocuparán hasta pasado mañana, así que tendrás que aguantar una noche más, tú y tu estresado cuerpo —habla mientras rebuscaba en sus papeles —ahora la segunda buena noticia para todos —acerca una silla y nos mira con los ojos brillantes, especialmente a Tom.
— ¿Que te traes David? — el recelo de mi hermano nunca lo abandonaba, ni aunque se tratase de nuestro manager.
—Tom, ¿sigues colado por los Ferrari? —sonríe tentándolo.
—¡¡Mierda, pues claro que sí!! — exclama Tom, entusiasmado — ¿por qué lo preguntas? — tanto Gustav, como Georg y yo los miramos intrigados y expectantes, hablar de Ferrari, es hablar de cosas mayores.
David saca cinco boletos brillosos, en tonalidades azules y rojas y nos entrega uno a cada uno, son pases y hasta con nombres incluidos. Miro atónito el mío.
Estoy por preguntar cuando Tom deja escapar un aullido de triunfo atrayendo prácticamente todas las miradas.
—Joder, joder, JODER —grita— ¿tenemos pases para la presentación exclusiva del nuevo 458 Italia?!!! ¿el nuevo súper auto de Ferrari?
Tom casi brinca de gusto, y yo sonrío sin podérmelo creer. Georg y Gustav miran casi babeando los boletos, a todos nos fascinan los autos Ferrari bueno, ¿a quién no?
—Así es chicos, mañana en la noche es la presentación exclusiva de Ferrari, ¿Qué suerte de coincidir no? estarán ahí los presidentes y hasta el director general, toda la pompa — David habla casi con devoción — bueno muchachos vayan a prepararse, en pocas horas tendrán el concierto— se levanta colocándose las gafas de sol.
—Espera David —el aludido voltea a verme — ¿qué tiene que ver lo de las suites con la presentación de Ferrari? Has relacionado ambas cosas. No me dirás que son ellos los que se hospedaron aquí— él sonríe.
—Siempre me sorprendes Bill, efectivamente los de Ferrari tienen ocupadas todas las suites y el pent house, este hotel es el más exclusivo de Milán, es obvio, por cierto, quizá les den una concesión y puedan comprarse alguno eh, no cualquiera puede comprar un Ferrari aun teniendo mucho dinero —se termina de levantar y se va sonriendo, atrayendo todas las miradas de las cuarentonas estiradas que están tragando en el restaurante.
Interesante, quizá podría subir distraídamente y ver de cerca los lujos con los que viven los ejecutivos, que deben ser mucho más imponentes que los nuestros.
—¿Que les parece? — comenta Gustav guardando su boleto dentro de su chaqueta y sacándome de mi ensoñación —vamos a ver de cerca a los ejecutivos de Ferrari, tenemos que portarnos bien, nada de visiones— se levanta aguantándose la risa y todos lo imitamos.
Miro a Tom quien se acomoda las trenzas dentro de la capucha y sonríe, una chiquilla de unos ocho años da un chillido y lo señala, lo ha reconocido. La ignoro.
—Tom, ya sé lo que estás pensando— le espeto, señalándolo con mi acusador dedo índice —estás pensando en la cantidad de chicas que habrá ¿no es así? —Tom sabe cómo odio que en eventos donde se supone debemos presentar una imagen unida, se fuera por ahí con cuanta chica se le cruzara como un perro en celo.
—Claro— respondió tan pancho —sin eso no hay diversión Bill —me guiña el ojo, sonriendo con malicia.
— ¡Capullo! ¿Es que no puedes pensar con la cabeza de arriba? Se supone que somos una banda que debe estar unida. Te pescarás una enfermedad venérea por ser tan prostituto — le gruño.
—Vamos Bill, no fastidies, ni que fuera la hostia ese evento pijo, me da lo mismo, desde esta mañana, los italianos me dan grima, solo quiero ver los autos y follar un poco ¿tan malo es? — agrega y entonces se aleja caminando con chulería.
<< ¿Como puede ser tan cínico? >> pienso mientras lo fulmino con la mirada. Ahora que lo ha mencionado me lo pienso, también me daban algo de repelús los italianos ¿serían todos tan… así?
Guardo mi móvil en mi chaqueta y salgo del restaurante con paso ligero, mientras veo de reojo al mesero levantar nuestra mesa y guardarse la generosa propina que le dejamos.
El pasillo que lleva a los ascensores está lleno de gente, en exceso.
<<Humm, ¿Por qué será?>> me lo pienso y entonces miro hacia la tienda del hotel, que está casi al lado de los ascensores.
Los escaparates están iluminados elegantemente y un sinfín de artículos relucen a la venta, aunque predomina por todos lados el logo de Ferrari. Me entretengo mirando todo lo que se vende para hacer tiempo y que la gente que terminó de desayunar se disperse.
Miles de artículos de Ferrari, joder que la marca es rentable.
Hay de todo, zapatillas deportivas, gorras, gafas de sol, llaveros, cinturones, corbatas, perfumes, guantes, bufandas, bolsas de viaje, maletines, billeteras, mochilas y hasta fundas para el iPad.
Me detengo a admirar unas gafas de sol que han llamado especialmente mi atención por la elegancia del diseño, definitivamente tienen que ser mías.
Después de pagar los cuatrocientos euros de las gafas, las miro con ojo crítico dentro del ascensor, el diseño es exquisito, en color negro y rojo, muy deportivo.
—Mola la marca ¿no?
Miré al encargado del ascensor, un chaval alto y delgado con un fino traje que lo tenía hasta los huevos, podría jurarlo.
—Así es mequetrefe— le respondí en un perfecto alemán igualito a un ladrido de perro, y después de mirarme con la ceja alzada, se quedó callado como un muerto.
Guardo mis preciosas gafas en su estuche y por fin llego al quinto piso. El olor a desinfectante y aromatizante me azota la nariz en cuanto pongo un pie fuera del ascensor, huele a limpio, quizá demasiado limpio. Camino hacia mi habitación pensando en bañarme y arreglarme para esperar a la maquillista la cual no me agrada en nada, me parece demasiado promiscua y ofrecida, siempre queriéndonos tentar con esos escotes suyos tan pronunciados, a los demás les agrada, sobre todo a Tom, quien la utiliza en las noches de desesperación total para revolcarse con ella, en cambio a mí me repugna.
Estoy por llegar a mi habitación pensando en las cómodas suites del último piso cuando el pensamiento que he reprimido toda la mañana vuelve a impactar en mi mente: ¿que estará haciendo el duende?
Son exactamente las 7 de la tarde, en dos horas más comienza nuestro concierto y la maquillista sigue babeándose con Tom, y éste como siempre, no hace otra cosa que darle alas, me enfurezco y les grito.
—Demonios ¿es que no te puedes apurar Alexandra? — estoy empezando a hiperventilar — y tu Tom ya deja de hacerte el gracioso — agito los brazos
—Ya hermanito no te pongas histérico — se levanta de la silla en la que esta y sale no sin antes guiñarle un ojo a la maquillista que sonríe tontamente. Suspiro, si no fuera tan buena en su trabajo la habría echado hace mucho.
—Siéntate Bill cariño — ignoro su comentario empalagoso y me siento en la silla que esta frente al tocador cerrando los ojos automáticamente, ella sabe que conmigo no le funcionan los trucos sucios así que se dedica a maquillarme rápido y eficiente, base, sombras, delineador, mascara, brillo y laca, guarda sus cosas y se retira.
Termino de prepararme en una agradable soledad, reviso una última vez mi cresta negra de cabellos espesos y salgo de la habitación rumbo a la camioneta que nos espera
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Estamos esperando a que la plataforma comience a bajar para dar inicio a nuestro maravilloso concierto, afuera se pueden escuchar como los aullidos de las fans llenan el lugar. Suspiro. Los conciertos siempre me ponen nervioso.
Tom está a mi lado sujetando su guitarra y se le nota claramente concentrado, sus pómulos resaltan, señal de que tiene muy apretada la mandíbula, al igual que a Georg, quien está a mi otro costado aferrado a su amado bajo, y hasta puedo adivinar que Gustav golpetea impaciente los pies en los pedales de la batería, esperando. Yo estoy de pie frente al micrófono, pero me siento ausente y desconcentrado, mi cuerpo está aquí pero mi mente se encuentra divagando lejos, bastante lejos, exactamente dentro de un auto negro con cristales tintados…
La plataforma cruje sacándome abruptamente de mis pensamientos, comenzamos a bajar y al instante estamos cegados por miles de flashes y los aullidos de las fans se vuelven ensordecedores.
—A trabajar— es todo lo que les digo, Tom sonríe y rasga su guitarra comenzando la primera canción, y con las primeras notas saco de mi mente cualquier pensamiento y comenzamos el show.
Continúa.