«458 Italia» Fic de Shugaresugaru
Capítulo 20: Twin Heart
By Bill.
—Bill… — mi nombre salió de sus labios en un murmullo bajito.
—Ven aquí—dije en la oscuridad estirando la mano. Estaba jodidamente oscuro, como boca de lobo y no escuché que Dom se hubiese movido, pero cuando un relámpago más llenó momentáneamente de luz el lugar, la vi de pie al lado de la cama, a unos diez centímetros de mi mano extendida.
Dominique se deslizó sin ruido alguno bajo mis sabanas calientes y se recostó a mi lado sobre su costado.
—Oh…— la escuché murmurar cuando mis brazos se tensaron a su alrededor, yo sonreí y besé su frente, sus párpados cerrados y por último me perdí en sus labios besándola lentamente, saboreando y explorando con mi lengua cada rincón de su boca, su lengua se enroscaba siguiéndole el juego a la mía y la saliva dulzona y caliente se escurría en hilillos por las comisuras desde su boca entreabierta hasta la mía.
Mi mente estaba tan embotada por el hecho de tenerla conmigo, que por un momento olvidé los horrores sucedidos en la tarde. Tras una última lamida al piercing de mi lengua, Dom alejó su cara de la mía y suspiró en la oscuridad.
—Bill, yo no podía dormir por la… esto… la tormenta y creo que tú tampoco—murmuró.
—¿Hace cuánto que estabas aquí…? — pregunté con una curiosidad un poquito insana y sonriendo porque no me había equivocado al pensar que a ella le asustaban los relámpagos.
—Habías dado tres vueltas sobre las sábanas…— respondió tímidamente y yo sin poder evitarlo me reí.
—…pero que niña tan traviesa eres— y antes de que tuviera tiempo de replicar volví a reclamar su boca y el que hiciera con ella ruiditos extraños y gemidos lastimeros me hicieron sujetarla con más fuerza y penetrar con ganas en esa pequeña y cálida cavidad, la acerqué más a mí cuerpo, tomándola de la cintura y arrugando de paso el ligero vestido que parecía ser de seda con el que cubría su desnudez.
En algún momento había dejado de llover o quizá las nubes se habían evaporado, porque unos tenues rayos de luz de luna penetraron por la ventana permitiéndome así poder apreciar a la delgada chica que estaba tendida en mi cama, casi debajo de mi cuerpo y cuya respiración agitada se notaba en el subir y bajar de las costillas, las mejillas estaban ruborizadas y los ojos reluciendo como obsidianas, mirando con una expresión totalmente confiada y por un instante me robó el aliento.
—Por cierto, Bill… gracias por salvar mi vida hoy —dijo, curvando sus labios en una tenue sonrisa y ruborizándose más si cabía. Seguro que ella había pensado que yo era un pobre idiota mimado que no sabría ni como quitarle el seguro a una pistola automática. Y era la verdad, pero me había visto arrastrado a hacer cosas que nunca había ni soñado hacer antaño solo por el placer de compartir su compañía.
—… ¿Qué? — parpadeé deslumbrado cuando bajó la mirada, ¿Porque siempre conseguía hechizarme con su belleza hasta tal punto de colapsarme la mente? —ahh eso…no fue nada cielo— le dije sonriendo y rogándole a toda la corte celestial que Dominique no tuviera otro arranque de tristeza, pero ella sólo me miró intensamente con un cúmulo de emociones plasmadas en su mirada y pude leer algunas: agradecimiento, confianza, amor… y sus brazos se cerraron en torno a mi cuello mientras entreabría su boca esperando que volviera a devorarla, y yo por supuesto que lo hice con gusto.
Me había olvidado por completo de todo, la herida ni siquiera me molestaba, de hecho, la sentí muy fresca y entonces me percaté de que en algún momento Dominique había colocado sobre mi hombro ardiente una bolsa especial que contenía hielo.
La miré y ella arrugó su frente, con una carita de pena encantadora.
— ¿Y esto? — Dom bajó la mirada, fijándola en un punto que aparecía ser muy interesante de la sábana lisa y blanca.
—De la nevera— respondió con la voz contenida.
—A ver pequeña traviesa… ¿estas tratando de decirme que te levantaste de madrugada y te colaste hasta la cocina para poder traerme una bolsa con hielo? — no me lo podía creer, en mi interior mi corazón había crecido tanto que me extrañaba que no empezara a chorrear por cada uno de mis poros.
Asintió efusivamente con los ojos cerrados y su flequillo bailoteo en por su frente.
—Yo… estoy muy apenada… lo último que quería es que te hirieran por mi culpa, odio que siempre tenga que pasarle algo así a las personas que mas me importan, es como una maldición — su voz se volvió apenas un murmullo tan bajo que casi que tuve que pegar mi oído a su boca, y entonces un gran sollozo contenido se escapó de entre sus labios y un torrente de lágrimas transparentes resbalaron por sus mejillas. Ahí estaba la crisis que me había estado temiendo, Dominique lloraba de una manera desconsolada, cubriéndose el rostro con las manos. Era lo más normal, ya lo había reprimido mucho. Lo sucedido hoy estaba cayendo sobre ella con fuerza, y le agradecí a los cielos que al menos, yo había tenido el tino de tener su compañía para tratar de contenerla.
Pero el sonido de su llanto me dejo en shock y con la mente en blanco, negué con la cabeza y la abracé pegando cada milímetro de mi cuerpo al de ella.
—Oh no, por favor no llores, —supliqué acunando en mis manos aquella carita compungida y llorosa— ¿es que no recuerdas lo que te dije el mismo día que llegué?
—Lo recuerdo todo— respondió entre sollozos.
—Dije que iba a cuidarte aunque ni de cuidar de mi mismo sé, pero eso hago así que te prohíbo que te sientas culpable… ¿o es que hubieras preferido que esas alimañas te hicieran daño con tal de que no me pelease con ellos? — sabía que estaba siendo rudo, pero necesitaba encontrar una manera de tranquilizarla, cada uno de sus sollozos me hacía palpitar las sienes de dolor.
—No… eso no, pero…— hipó, rodando los ojos. Ya me había cansado de verla llorar por un sinsentido. Yo estaba completamente bien y ella, quien era la que más importaba, también, así que sin darle más vueltas al asunto silencié sus sollozos con mis labios, su mentón temblequeó, sin duda por la sorpresa y su lengua resbalosa no estaba por la labor, pero yo presioné, persiguiéndola por el interior de esa boca dulce y a la vez salada por las lágrimas que se habían colado dentro, y tras unos segundos por fin se rindió, ladeando su cabeza para aumentar la profundidad y devolviéndome el beso con ansia.
Aún con mi boca unida a la suya, apoyé mis rodillas a los costados de su cuerpo y las manos a ambos lados de su cabeza, bueno en realidad apoyé solo la mano derecha, ya que mi brazo izquierdo, por tener desgarrados los músculos que le daban soporte desde el hombro, no servía para dar apoyo, así que con esa mano libre me dedique a recorrer los marmóreos contornos de su cuello tirando hacia abajo suavemente de los delgados tirantes de su delicado vestido. Dom gimoteó en cuando dejé libre su boca y mis labios comenzaron a recorrer la marcada línea blanca que surcaba su cuello de arriba abajo dejando un caminito de besos y mordidas plasmadas sobre su blanca piel, probé y descendí un poco más, pero en el acto dos pequeñas y blancas manos me detuvieron.
Uff, algo ya clamaba atención por lo apretado que estaba en mis pantalones aun siendo de pijama, pero haciendo un monumental esfuerzo, me detuve.
—Lo lamento muñeca — murmuré — me resulta tremendamente difícil resistirme a tu belleza —dije mirando directamente sus brillantes ojos.
— ¿En verdad? — se había quedado inmóvil y sin saber que hacer.
—Sip — jadeé viendo estrellas de colores por lo excitado que estaba, como un sucio pervertido, que ella reconoció en el acto.
Dom abrió desmesuradamente los ojos y se puso más blanca que la luna. Habíamos hablado muy poco sobre el sexo y ella insistía una y otra vez en que debía ser especial y yo no tenía problema alguno con eso, hasta ahora me habían bastado sus besos y alguna que otra caricia íntima, a fin de cuentas, mi primer beso lúbrico lo había dado a los nueve años, y para los trece mi virginidad se había ido, pero esta chica que se estremecía bajo mi cuerpo era la representación de la pureza misma y yo debía esperar, aunque me costara los dos huevos que estaban a punto a reventar de dolor.
—¿Y tú quieres…? — tartamudeó y retrocedió un poco, su voz se tornó insegura, parecía aterrada y la confianza se había esfumado de los ópalos de sus ojos.
—En realidad no importa lo que yo quiera, lo que importa es que tú también lo desees — murmuré mirándola de manera penetrante, tratando de ser caballeroso, pero haciendo un poco de trampa y usando esa mirada que yo sabía que me volvía algo así como irresistible, Ella negó cerrando los ojos, comenzando a sentirse derrotada. Estaba siendo un poco cabrón, lo sabía, pero simplemente quería que no se sintiera forzada. Jamás la forzaría a nada.
—Si… lo deseo, pero…— dijo y después suspiró— no lo entenderías.
— ¿Qué no entendería?
—Que… va a dolerme…— susurró haciendo un pucherito encantador y su carita inocente se arrugó.
Me reí por lo bajo relajándome un poco.
—¿Y si te prometo que seré muy cuidadoso? — y vaya que lo sería, sería la persona más rematadamente cuidadosa del puto planeta.
Ella negó con la cabeza débilmente. Su resolución se perdía más y más con cada parpadeo que yo le daba.
—¿Muy pero muy cuidadoso? — cuestionó, conteniendo una sonrisita traviesa.
—Si no te gusta podemos parar— prometí bastante inseguro de poder acceder a eso, a decir verdad, y el rostro de Dom se contrajo aún más cuando hizo una mueca.
—También lo quiero intentar Bill, pero…
—No te preocupes, mi pequeño duende, será entonces cuando tú lo desees…— suspiré dejando que el cebo actuara mientras llevaba mi mano a su frente, ahí donde se concentraba el amasijo de arrugas blancas y las alisé.
Me dejé caer de nuevo sobre la cama, exhausto, excitado y adolorido como nunca, pero sería un caballero. Le di un casto beso en la frente para que se sintiera segura de nuevo.
Dominique suspiró y entrecerró los ojos, deliberando su decisión.
—Está bien…— accedió en voz baja. Sonreí como gilipollas en la oscuridad — pero tienes que ser cuidadoso, muy cuidadoso— sentenció haciéndome sonreír más efusivamente.
—Te lo prometo — susurré inclinándome lentamente en su oído, lamiendo su lóbulo en el proceso y en respuesta toda ella se estremeció.
Volví a reclamar la pertenencia de sus labios profundizando en su boca con mi lengua y ella me respondió vacilante al principio y decidida después, enroscó ambos brazos alrededor de mi cuello, pero al sentir el respingo de dolor de mi parte descendió suavemente y se aferró con fuerza a mi torso, por debajo de los brazos y suspiré en sus labios al sentir como sus manos se colaban tímidamente por debajo de mi camiseta y tiraban de esta hacia arriba. Quedé desnudo del pecho y los ojos de Dom me recorrieron hasta perderse en las puntas de la estrella tatuada en mi vientre, que sobresalía levemente del borde de mis bóxers.
Tanteé con mis manos recorriendo su estrecha cadera por encima del bonito vestido que no la cubriría por mucho tiempo, volví a pegar mis labios a su cuello succionando y besando aquí y allá en el momento justo en el que, muy suavemente me deshice de su única y delicada prenda, y lo mejor de todo: ella en ningún momento me detuvo, pero su cuerpo se encontraba tenso.
—Relájate Dom…— le pedí suavemente y ella solo atinó a mirarme abochornada y avergonzada.
—Me da vergüenza— la miré y sonreí.
Acaricié sus brazos y la miré directamente a los ojos, prefería no bajar la vista por ahora ya que con solo ver su carita sonrojada todo mi cuerpo se contraía enviando pinchazos de pura excitación a mi entrepierna.
Negué con la cabeza, medio sonriendo sin despegar los ojos de su rosada boca entreabierta. Me incliné para besarla y respondió con entusiasmo, casi deshaciéndose en temblores que hacían vibrar toda la cama, podían ser de nervios o excitación ya que frío no hacía. El ambiente de la habitación saturado por las endorfinas de su aroma estaba cargado y mi cuello comenzó a humedecerse de gotitas de sudor.
—No tienes nada por qué avergonzarte…— susurré contra sus labios temblorosos y ella me dio por respuesta una oleada de soniditos incoherentes.
Les eché una ojeada a sus caderas, en especial a la diminuta prenda blanca con bordes dorados que escondía aquello a lo que yo quería llegar, y acariciando su piel hacia abajo logré enganchar mis dedos del elástico dorado. Volví a mirar a Dom buscando aprobación en sus negras pupilas y en respuesta gimoteó cubriéndose el rostro con ambas manos y aflojando las piernas, permitiéndome así deslizar sus diminutas y femeninas braguitas hacia abajo. Las dejé caer al lado de la cama, sobre el vestido de seda arrugada que yacía abandonado.
Me erguí sobre las rodillas para obtener así mejores vistas del pálido y andrógino cuerpo de Dominique. ¿En verdad había pensado que era perfecta con solo mirar su rostro?
Bueno pues me había equivocado. De hecho, siempre me había equivocado en la vida y eso era lo más genial de todo, ya que nunca me gustaron las chicas del común que enloquecían a Tom y a los chicos. Solo necesitaba encontrar lo que era ideal para mí, como la chica que esperaba debajo de mí.
Su cuerpo era delgado y estrecho, tal vez demasiado, pero me enloqueció como nunca nada antes. Su piel estaba tan blanca y cubierta de sudor que más bien parecía un pétalo salpicado de gotitas de rocío como la primavera. La parte superior de su tórax se dividía en dos casi imperceptibles montículos blancos de carne que parecían ser de porcelana pulida, con diminutos y erizados pezones rosados, y mirándolos me pregunté qué sabor me impregnaría la lengua si la pasaba por encima de uno de esos cremosos picos de fresa que subían y bajaban rápidamente por la agitación de sus pulmones. Bajé la mirada hacia sus costillas que resaltaban muy suavemente en su piel de marfil, el ombligo era una corta línea alargada y hundida en su abdomen y los huesos de su cadera sobresalían de una manera muy sexy, no muy notoriamente, pero lo suficiente como para tentarme a morderlos, besarlos y hacer guarrada y media con ellos, y por último perdí mi mirada en la parte más baja de su pelvis, sobre todo en el diminuto pliegue de su sexo apenas cubierto por una fina pelusilla castaña.
Dominique era prácticamente imberbe y yo ya lo había notado antes al no encontrarme nada más que finos pelitos rubios en sus brazos, piernas y abdomen, suaves al tacto.
—Dom— pronuncié su nombre en un halito de éxtasis, mirándola encogerse sobre misma—eres hermosa.
Ante semejante visión (una chica recostada sobre la cama, completamente desnuda y retorciéndose de vergüenza sobre sí misma, con la cara enrojecida y los rizos oscuros desparramados por la almohada) mi hombría crecía y crecía a pasos agigantados y ya la sentía sumamente dolorida dentro de los bóxers negros.
El cuerpo de Dom temblequeó e hizo amago de cerrar las piernas a punto de arrepentirse y echarse para atrás, pero yo no estaba dispuesto a permitírselo llegados a aquel punto pese a que se lo había prometido, si, era un jodido cerdo, lo tenía bien asumido, y antes de que pudiera volver a flexionarlas me posicioné sobre ella, volviendo a abrirlas de un tirón suave con las mías y colocándome en medio de ellas.
—Basta…— el tono medio ahogado de su voz me sorprendió un poco, pero ella no se movió ni hizo el intento de alejarme. Me quede estático por un momento, esperando.
—Dom…— grazné — si quieres que pare solo dímelo, pero dilo claro y fuerte — me acerqué un poco más hacia ella recorriendo con la punta de mis dedos el canal blanquecino desde su ombligo hasta sus pechos.
—No…— se removió bajo mi cuerpo intentando apartar con sus manos el camino de mis dedos, pero la esquivé con habilidad y continúe mi recorrido por los blancos de su piel. Fue sorprendentemente fácil aguantar el dolor del hombro y los músculos desgarrados me respondieron sin problema gracias a la adrenalina y las endorfinas liberadas.
— ¿Qué haces?… detente, no… ahh…—gimió y apretó los dientes cuando pellizqué suavemente uno de sus pezones rosados, delineando el contorno con los dedos, se endureció de inmediato.
— ¿Quieres que pare? — pregunté sonriendo y curvando la mano sobre sus pechos de alabastro.
—Uuhhmhgg— gimoteó y ninguna palabra coherente salió de su boca.
—Parece que no— añadí, sin dejar de acariciar sus pezones rosados, que se le habían puesto duros y erguidos de puro gusto por mis caricias insistentes, y como consecuencia ella gimoteaba y se revolvía mordisqueándose el labio inferior. Estaba más que claro que nadie nunca la había tocado de ese modo y eso me hizo sentir jodidamente orgulloso y bien.
En ningún momento me detuvo.
—No vayas a desmayarte— le dije entre risas suaves y bajé lentamente por su abdomen, regando besos aquí y allá, deteniéndome en su diminuto ombligo y después un poco más, tanteando minuciosamente la zona que tanto deseaba, el centro mismo de su cuerpo.
—Uggghh… Bill…— suspiró suavemente y sus mejillas se encendieron un poco más.
Observé de reojo sus reacciones mientras me abría paso con los dedos por aquella pequeña abertura, (demasiado pequeña, a decir verdad), que estaba caliente y comenzaba a humedecerse, deslicé mis manos por toda ella, tocando todo a mi alcance y haciendo a Dominique agitarse y deshacerse en suspiros ahogados, con expresiones vacilantes entre miedo y satisfacción. Joder, cuanto había deseado este momento, y sin perder ni medio segundo, llevé mi boca inquieta y húmeda al punto de calor intenso incrustado entre sus piernas, y vaya que lamí a conciencia, alegre y achispado como un chiquillo con una piruleta.
Toqueteé más a conciencia buscando entre la suave y resbaladiza carne, un punto que jamás me había molestado en buscar con las chicas con las que ya había estado antes y que presentía, sería el punto débil de mi duende.
Un gemido agudo escapó de sus labios y arqueó la espalda, poniéndome a tiro sus blancos pechos, indicándome que por fin lo había encontrado y con decisión lo aplasté y jugueteé con él usando mi lengua caliente y ansiosa, sin darle descanso alguno. El sabor era maravilloso, almizclado y dulce, con un toque salado al final, y mientras, mis manos jugueteaban con sus deliciosos y pequeños pezones que estaba seguro, sabrían más deliciosos que cualquier postre que hubiera probado antes.
—Te pillé— le dije socarronamente con la boca pegada a su piel, para luego, llevar mi lengua a traspasar esa membrana exterior que parecía ser una rosa a punto de abrirse. Antes de penetrarla iba a follarla bien con la lengua hasta que se volviera loca.
Dom abrió la boca desmesuradamente y no parecía capaz de decir algo coherente, solo balbuceaba y gemía casi desesperada.
— ¿Qué estás haciendo? — gimoteó y sus piernas temblaron como una hoja cuando bajé una mano y traté de abrirme paso en su interior con un dedo lubricado por sus propios fluidos.
—Tienes la cadera demasiado estrecha Dom— le respondí al sentir la tremenda presión que hacia su pequeño agujero aun cerrado.
—No… no lo hagas— se revolvió, pero sin estar muy convencida de no quererlo. Sus manos se enterraron en mi cabello y tiró de él, excitándome aún más si cabía —…duele —
—Solo trata de relajarte— la animé temiendo que empezara a chillar y patalear, ella no respondió, pero cerró los ojos y trató de tranquilizarse, aunque los temblores de sus piernas no cesaron. Volví a la sesión de jugueteos en los que involucré boca, labios, lengua y mis largos dedos, y a juzgar por los sonidos que estaban arriba de mí, ella lo estaba gozando al máximo, y eso era lo importante. Aumenté la velocidad de movimientos, sintiendo una extraña tensión en el bajo de vientre de Dom, y tras unos momentos más de placer, ella gimió con fuerza, y de repente, mi boca se inundó de sabor y yo me aseguré de que todo estuviera en mi boca. Me tragué como un maniaco su primer orgasmo, que sería para siempre mío.
Nunca había estado con una chica que fuera virgen y era más que obvio que Dominique lo era y por lo que yo sabía, a las primerizas siempre les dolía, así que intentaría dilatar ese cálido agujero que en breves segundos sería profanado por primera vez para facilitarle un poco las cosas.
Me recosté al lado de ella y acaricié sus hombros hacia arriba con la mano que tenía libre, tocando la suave piel de sus mejillas y presionando mi pulgar en sus labios rojos y abultados a causa de los besos y cuando me convencí de que estaba más tranquila, añadí un segundo dedo en su interior, retorciéndolos con movimientos circulares, comenzando a dilatar un poco su entrada para que no fuera a causarle demasiado dolor cuando la penetrara.
—Me duele un poco — lloriqueó Dom y sus ojos volvieron a anegarse de lágrimas contenidas, un par se resbalaron de ellos y se mordió el labio con más fuerza, parecía enfrentarse a un dilema interno porque sus expresiones cambiaban rápido, variando entre placer y dolor.
—El dolor se irá pronto— prometí besando su cuello, apartando de él un mechón rebelde de rizos oscuros y pegajosos que se habían adherido ahí por el sudor, hice lo mismo con el mojado flequillo quitándoselo de la frente y sonreí cuando las caderas de Dom comenzaron a moverse casi involuntariamente, buscando más contacto con mi mano y una sonrisita placentera apareció en sus labios.
Saqué los dedos suavemente, que estaban empapados de un líquido transparente, el mismo que estaba en su interior y me incliné para morder su hombro y restregarme contra su cadera. La mirada de Dom revoloteo hacia mí, adivinando y anticipando lo que vendría a continuación y se paralizó por completo.
Me llevé las manos a mis propios bóxers y los bajé sin preámbulos, dejando al aire mi miembro que ya estaba jodidamente duro, tanto que en verdad era una maldita agonía.
Los ojos de Dom me miraron con verdadero pánico, aterrorizada, pero antes de que pudiese asimilar cualquier cosa le abrí las piernas con suavidad y me posicioné entre ellas, casi aplastándola con todo mi peso y friccionándome contra su entrada en un vaivén que casi me volvió loco y arrancó de sus labios una volea de gemidos sin control.
Acomodé con cuidado la punta de mi miembro en su entrada y poco a poco comencé a introducirme en su interior, empujando con suavidad, susurrándole al oído que se dejara llevar.
Dominique comenzó a lloriquear nuevamente y sus pestañas húmedas se humedecieron más.
—Detente… detente — suplicó sollozando y empujando mi pecho con sus manos que parecían haberse quedado sin fuerzas —me duele…duele mucho.
Negué con la cabeza deseando detenerme, Dios supo que intente hacerlo, aunque no lo hubiera querido, pero el dolor de mi ingle era tan insoportable que ya no podía echarme para atrás así que en cambio continúe entrando, besando su cuello, su frente, sus mejillas y todo lo que tenía a mi alcance.
—Ohm…Dom— gemí cuando conseguí encajarme por completo, mi vientre se deshacía en calambrazos de excitación casi haciéndome llegar a un orgasmo que aguanté a lo bestia, el interior de Dom era cálido y demasiado estrecho y me envolvió el pene con una fuerza demoledora, haciendo que me doliera un poco también. Me quedé quieto unos momentos para permitirle a Dominique acostumbrarse a la intromisión.
Ella también se había quedado estática haciendo intentos por regular su respiración y su cara se arrugó en una mueca de dolor cuando intentó moverse, por lo que abandonó la idea.
Reforcé mis manos en torno a su cintura, dándole a entender que iba a empezar a moverme y ella se cubrió el sonrosado rostro con las manos, rindiéndose.
—Relájate— volví a suplicarle y salí lentamente de su interior experimentando tremendos escalofríos de placer. Dom se mordió el labio para acallar un gemido.
Su cadera se había relajado un poco más y acomodé sus piernas en mis hombros, ignorando completamente el que tenía herido y flexionándome hacia adelante, volví a introducirme en ella, notando que de ese modo parecía no dolerle tanto, porque su cara se transformó y se repasó la rosada lengua por los labios.
—Ahh… Bill— lloró, lloraba y gemía y se moría de placer a la vez y eso solo conseguía ponerme más malo.
— ¿Te gusta? — pregunté satisfecho y comencé a embestir ese paraíso de terciopelo sin molestarme más en ser cuidadoso. Su cuerpo, hecho para esto, se adaptó rápidamente, dejándola disfrutar por fin.
—Ooohhmmm… si— suspiró sonriendo y tapándose su preciosa cara de vez en cuando y moviendo las caderas al ritmo de las estocadas.
Acomodé sus piernas a mis lados y saqué mi miembro de su interior por dos segundos y después se lo clavé hasta el fondo de una sola vez poniendo los ojos en blanco por la sensación de estrechez y calor, mientras me sentía el hombre más orgulloso de la tierra. La más mística de las creaciones de la naturaleza estaba debajo de mí, con mi miembro metido hasta el fondo de sus entrañas, la sensación era maravillosa. Ahora ella era totalmente mía.
—¡¡¡Ahh!!! — aulló con sorpresa y un hilillo de saliva se deslizó por su barbilla, se revolvía de puro goce bajo mi cuerpo y yo lo disfrutaba más que a cualquier otra cosa.
Mis embestidas eran rápidas y profundas y mi sexo crecía con cada una, comenzaba a sentirme inestable, estaba claro que no aguantaría por mucho y a juzgar por los gemidos agudos que brotaban de su boca y los movimientos frenéticos con los que me seguía, ella tampoco. Por segunda vez.
Las suaves manos de Dom me acariciaban la curvatura de la espalda de arriba abajo, apretándomela con fuerza cuando los espasmos de placer la dominaban y aferrándose a mi cadera cuando los movimientos eran demasiado rápidos.
Me incliné sobre sus labios atrapando el inferior, tirando suavemente de él y Dom sacó la lengua que se entrelazó inmediatamente con la mía en un juego desesperado, peleando por entrar en la boca del otro y terminé ganando yo, mi saliva se escurría por mi boca mezclándose con la de ella, que resbalaba por su barbilla como si fuese agua, plasmando manchas oscuras sobre la funda blanca de la almohada. Era tremendamente excitante la cantidad de fluidos transparentes que nos acompañaban en nuestra primera vez juntos.
Dominique lloriqueaba y gemía cada vez que golpeaba su cadera con la mía más rápido, profundo, húmedo, su interior era tan estrecho que sentía que me correría con cada penetración. En la habitación no se escuchaba otra cosa que los gimoteos agudos de Dom, mis gemidos roncos y por sobre todo sonaba algo como un choque entre dos cosas mojadas, muy mojadas.
Yo ya no iba a aguantar casi nada y Dom menos, así que, a pesar de los frenéticos movimientos, me las arreglé para recorrer las curvas pronunciadas de su cintura, bajando, bajando… y volví a presionar ese diminuto puntito escondido entre los pliegues de su carne y que la hacía revolcarse de placer, ella debía disfrutarlo al máximo, mucho más que yo
—Ohm Biiill…. —se retorció y lloriqueó aún más. Ella estaba a punto, a punto. No sabía que me gustaba más, si mi placer o el de ella o quizá los dos mezclados como si fuera una colorida cadena de ADN.
Por supuesto que yo no pensaba correrme dentro de ella, porque por muy infantil que pudiera parecer, tenía sus buenos diecisiete años cumplidos y su cuerpo bien podría cambiar y alojar a alguien no deseado.
—!Ahhh… ahhh ¡— gritó sin poder contenerse, mis dedos apretaban y masajeaban suave pero rápido su pequeño y resbaladizo clítoris, y ella se moría de gusto, arqueando la espalda, obteniendo como resultado penetrarse más a sí misma y clavándome las uñas en la espalda por debajo de la primera capa de piel, rasgó hacia abajo, llegando a su segundo orgasmo, casi ahogándose en él.
Siseé por lo bajo disfrutando del ardor placentero de los rasguños que ahora palpitaban abiertos en mi espalda.
El interior de Dom se tensó demasiado y palpitó con fuerza, como un segundo corazón, cuando ella alcanzó aquel éxtasis, presionándome el pene por cada centímetro de carne.
Me tomó totalmente desprevenido.
— ¡Ohhhhmm… ahhhhh joder! — gemí cuando el primer chorro de semen brotó como una cascada, obligándome a arquear la espalda, clavándome en ella más profundamente ¡y yo seguía dentro de ella!
—Ohhh…—suspiró apretándome más y yo me apoyé sobre las manos, a los lados de su cuerpo, respirando entrecortadamente, temblando, terminando de eyacular dentro de su delicado cuerpo en cantidad exagerada y un escalofrío para nada placentero me recorrió desde la nuca hasta las puntas de los pies.
—Ahhh — su respiración se estaba comenzando a regular y la presión que me atrapaba la entrepierna desapareció poco a poco, y salí de su interior.
Me apoyé en la cama sobre el costado, medio jadeando y la miré. Había cerrado los ojos y sonreía débilmente, respirando de forma entrecortada y apoyando su cabeza contra el brazo que tenía extendido. Su cuerpo estaba reluciente, completamente mojado en sudor. Le eché una ojeada a la parte inferior de nuestros cuerpos y reprimí una mueca de disgusto.
Una hebra de un color blanco perlado estaba escapando de sus entrañas deslizándose lentamente, bajando por su muslo, teñida por un chocante color carmesí.
Miré directamente a mi cadera, mi miembro había caído flácido y empapado en mi semen y en su sangre… mierda.
— ¿Dom? — murmuré y ella se revolvió suspirando hasta que consiguió enfocar los ojos en los míos —lo siento, ¿te lastimé? — murmuré bajando la vista hacía las manchas de sangre fresca incrustadas en las sabanas.
—No, para nada…—enrojeció inmediatamente—…fue mi primera vez… supongo que es normal…— dijo algo insegura y se encogió rodeándose las rodillas con los brazos.
—Ven aquí— la envolví con mis propios brazos y ella hundió la cara entre mi hombro y cuello, del lado que tenía sano.
—Te amo Bill, nada más importa, solo tú— soltó de pronto y mi corazón se detuvo por dos segundos para reanudar su marcha a toda velocidad, era la primera vez que me lo decía y mi cuerpo se consumió de felicidad.
—Y yo a ti, ojalá pudiera detener este momento para siempre— respondí con la voz ronca por la emoción, me estremecí cuando el aliento de su suspiro se estampó en mi cuello— y no te voy a dejar nunca.
— ¿Bill? — murmuró, su voz se apagaba a cada segundo, estaba muerta de sueño —puedo ver el verdadero color de tu cabello en las raíces… es rubio dorado…
—He de volver a teñírmelo, a mi madre le gusta negro, siempre me decía que parecía una niña india… — conteste distraídamente, pasándome la mano por el cabello y ella no respondió más. Cuando enfoqué la retina en su rostro pude ver que se había quedado dormida y no habían pasado ni cinco minutos.
Apreté más mis brazos a su alrededor y apoyé la mejilla sobre su melena con pensamientos obsesivos de propiedad y de deseos.
“Mía” mis pensamientos fluían con pereza somnolienta “ella es mía, más de lo que cualquier cosa haya sido mía en el pasado, tengo un hermano gemelo, nuestras almas están conectadas en una sola… pero ella está latiendo ahora mi corazón.
Deje caer la sábana blanca sobre nuestros cuerpos y mi mirada se clavó sin saber por qué, en la estampa que continuaba inmóvil sobre el buró y que había estado observándolo todo.
La pequeña Rosalía parecía terriblemente entristecida y hasta me pareció que negaba con la cabeza imperceptiblemente, suplicándome algo en silencio, su pequeña figura dormida no me había parecido tan cargada de pena y dolor como hasta ahora, y nervioso aparte la vista de golpe y pegando mis labios a la frente de Dominique por fin me quedé dormido.
Continúa.