«458 Italia» Fic de Shugaresugaru
Capítulo 21: Incertidumbre
By Bill
Mañana.
Había amanecido y yo había tenido el sueño más lindo del mundo, un sueño en donde mi razón para existir, porque eso era Dominique para mí, había venido para pasar la noche conmigo y se me había entregado en todas las formas posibles y entonces ahora ambos nos pertenecíamos de una manera tan intensa y tangible que nada podría separarnos, ni siquiera los mundos tan diferentes en los que habíamos crecido, ni su presumido padre o los poderosos guardaespaldas que la cuidaban, o mi mundo lleno de música, eventos y estrés. En algún momento el destino nos había juntado, quizá caprichosamente ¿Cómo saber? Pero ya estaba hecho y no había marcha atrás.
—Solo ha sido un sueño ¿o no? — susurré con los ojos cerrados, tanteando en la cama en busca de una figura temblorosa y caliente a mi lado, pero solo estaban las sábanas arrugadas y frías y me envolví con ellas percatándome entonces de mi desnudez. Abrí los ojos de golpe, incorporándome de un tirón. La luz matinal bañaba a chorros la alfombra de la habitación y la punta de la cama, si había sido un sueño ¿Por qué sentía la piel tan pegajosa, como si hubiese estado sudando toda la noche?
Miré el nido de sabanas en las que estaba recostado, estaban totalmente revueltas y entonces conté, uno, dos, tres… seis, seis círculos pequeños de sangre en ellas, sangre oscura que ya tenía varias horas de haberse coagulado y entonces pude recordar el final del sueño: un cuerpo muy pequeño y muy húmedo pegarse al mío, un cuerpo que chorreaba sangre que parecía ser muy roja bajando perezosamente por unos muslos que parecían ser muy blancos… ay mierda.
—No, no ha sido un sueño— me corregí en voz alta, todo en verdad había pasado y la sangre se me heló en las venas.
Había sido real, Dom me lo había entregado todo, incluso su inmaculada pureza, que para ella era tan importante, todo, todo se lo había arrebatado yo y aunque ella lo había disfrutado no podía dejar de sentirme como un jodido animal dominado por sus más bajos instintos.
Recordé que, contra mis intenciones, no me había sido posible no eyacular dentro de ella. Mi única puñetera condición y como si fuera un jodido primerizo no había sido capaz ni de controlarme… ¿y cómo arreglarlo ahora…? bueno en algo tendría que pensar. Lo último que deseaba en la vida, es que, gracias a mí, ahora hubiera algo creciendo dentro de ella.
Me levanté pesadamente y me coloqué los bóxers que estaban al pie de la cama junto con una camiseta blanca. Su vestido y ropa interior no estaban, seguramente ella había despertado mucho antes y salió de ahí, temiendo que nos descubrieran, eso hubiese sido vergonzoso y difícil de explicar.
Aun negando con la cabeza salí de la habitación y me encontré de frente a Esperanza, quien venía de la habitación de Dom y al verme su semblante tranquilo cambió a uno de preocupación.
— ¡Ay Bill por Dios! — se lamentó y la miré en blanco, estaba seguro de que nos había descubierto, pero ella se fijó en mi hombro— pero ¿qué te has hecho? — parecía más preocupada que antes, seguí su mirada y la fijé en mi hombro.
Hice una mueca.
El esparadrapo que me protegía la herida estaba despegado de los bordes colgando precariamente, la gasa estaba cubierta de sangre y más sangre me manchaba el hombro, casi llegando al pectoral izquierdo… y yo ni lo había sentido.
—Oh mierda— atiné a decir mirándome asqueado el hombro rígido.
— ¿Cómo te lo hiciste? — preguntó esperanza, medio sonriendo y yo sonreí también aliviado.
—Tenía picazón y no me di cuenta— le dije y regresé sobre mis pasos a la habitación, con ella detrás. Me arrepentí nada más al entrar. La cama blanca estaba tachonada por pequeñas manchas de sangre y no me había cuidado de taparlas.
—Sangraste mucho Bill, hasta manchaste tus sábanas— comentó ella preocupada, comenzando a quitarlas sin sospechar que esa sangre ni por asomo era mía.
—Si, creo que si…— dije inseguro y ella nada más sonrió.
—Le daré esto a Lucy para que lo lleve a lavar y volveré para revisarte la herida… ojalá los puntos no se hayan abierto porque si se abrieron… me temo que te dolerá.
Bueno, sin duda me lo merecía.
—No importa— le dije encogiéndome de hombros, viendo como hacia una bola con mis sabanas y se la acomodaba bajo el brazo.
—Como te voy a volver a curar puedes darte una ducha porque hace mucho calor y tendrás que salir.
— ¿Qué? — le dije sin pensar— ¿salir?
—Es domingo, Dominique quiere salir de paseo— dijo caminando a la puerta— dúchate, enseguida vuelvo— y salió.
Sonreí pensando en mi duende y a donde querría ella ir, las salidas siempre terminaban en aventura, no hacía falta ni mencionar la última.
La tina de la bañera se estaba ya llenando. Me arranqué la gasa de un tirón y reprimí un siseo, un manojo de fibras tiesas se habían pegado a la piel y al arrancarse me hicieron brotar un hilo de sangre. Miré la herida a conciencia, con las manos apoyadas en el lavabo y no se veía tan mal, solo estaba algo mallugada pero los puntos no se habían abierto, menos mal.
Cuarenta minutos después estaba sentado en mi cama ya arreglada con un nuevo juego de sabanas limpias y Esperanza me daba pequeños toquecitos en la herida con un algodón, empapado en lo que me dijo ella que era desinfectante. No me dolía en absoluto, solo me aburría, ya quería que terminara para ir corriendo a la habitación de Dominique, necesitaba verla tanto como necesitaba respirar.
—Tienes una cicatrización sorprendente Bill— dijo ella acomodando una nueva gasa y más esparadrapo—ya está lista, si sigue así en una semana no tendrás más que una interesante cicatriz.
—Muchas gracias— le dije sonriendo. Ella terminó de guardar todo y tras un sencillo “no es nada” se retiró dándome privacidad.
Me acomodé rápidamente la playera que ya había elegido, la última que tenía limpia pues la mayoría se habían quedado en Alemania, en la salida de hoy compraría algunas prendas que necesitaba.
Terminé de darle los últimos detalles a mi cabello y a mi rostro, pensando con emoción en la salida que quería Dominique, era delicioso pasear con ella y disfrutar de sus sonrisas y compañía.
Afuera en el pasillo me topé con Lucy, quien parecía dirigirse a la habitación de Dom, me examinó de pies a cabeza con una mirada anhelante a pesar de haber sido rechazada por mí en varias ocasiones.
—Buen día Bill, luces muy guapo hoy.
—Gracias— carraspeé incomodo— ¿a dónde vas?
—A avisarle a la niña que ya puede bajar a tomar el desayuno y a ti también.
Todos en la maldita casa le llamaban niña, como si quisieran darme más motivos para odiarme a mí mismo por ser un maldito aprovechado, pero a Dom no le molestaba que le dijeran así, de hecho, le gustaba.
—Wow… ya ¿tan tarde? — miré mi reloj de pulsera, eran casi las once de la mañana.
—Pablo se demoró un poco hoy, porque el desayuno también se demoró— dijo con una sonrisa que pretendía ser amigable.
El trabajo de Pablo consistía simplemente en revisar cada gramo de comida que Dominique ingería, incluso los dulces, caramelos y hasta el agua eran probados previamente por él, trabajo que a mí me parecía estúpido y ridículo, pero era una orden directa del pobre paranoico de Piero y había que acatarla.
—Yo le avisaré ¿vale? — le dije a Lucy y sin esperar su respuesta di la media vuelta y me alejé.
La habitación de Dom estaba fresca y olía a limpio, a su esencia de vainilla y madera fina.
A ella no se la veía por ningún lado, pero la escuché pedirme cinco minutos desde el baño cerrado. Sonreí nervioso, con el corazón a cien y un “de acuerdo” fue todo lo que respondí.
Mientras la esperaba me paseé por su amplia habitación, Dominique era una niña muy mimada y consentida y ella adoraba eso, aunque no viniera de la única persona con la que tenía un vínculo de sangre.
Un pequeño adorno que bastaba de diecisiete mariposas de plata estaba acomodado en una de las paredes. En otra había dos enormes oleos de paisajes originales de Monet, ni siquiera pensé en la barbaridad que costarían. En la mesa de centro de la salita estaban tres figuras de cristal búlgaro, un unicornio, un hada y un sol.
En su ropero estaban pegadas una serie de fotos sin pies ni cabeza, eran todas de ella, generalmente ella y Jockey únicamente, pero a veces se unía alguien más, sobre todo Andy o Esperanza, algunas más con Giovanni y solo una con su padre, la estudié de cerca.
Piero parecía tan orgulloso como un maldito pavorreal con la cola erguida, rodeando con su delgado brazo los huesudos hombros de su hija, quien no sonreía sino todo lo contrario, se la podía apreciar bastante incomoda, fastidiada y aburrida. Dejé de mirar y continué caminando hasta su tocador blanco, mirando su laptop apagada y cerrada, algunos frascos de perfume, el que más me gustaba estaba casi completamente vacío… hmm… eso no estaba bien.
Una pequeña caja de madera tallada llamó mi atención, parecía muy fina y era bastante grande, casi del tamaño de la laptop y bastante profunda, unos quince centímetros como mínimo y aunque estaba cerrada no lo estaba bien, la tapa estaba medio levantada y algo brillante y dorado sobresalía, tomé la tapa y la levanté. Adentro había demasiadas monedas doradas y por el color estaba seguro que eran de oro puro.
—Son regalos de mi padre— me di la vuelta en el acto, dejando caer la tapa de la caja con un ruido seco.
Dominique había salido sin hacer ni un ruido y ambos nos devoramos con la mirada y yo no pude evitar casi babear, estaba preciosa. Una pequeña falda blanca con tablas le cubría la cadera, una camiseta polo blanca el torso y unas zapatillas de deporte blancas con adornos verdes los pies, pero lo más impactante era el rostro, diminuto y perfecto, una fina capa de gloss brillante en los labios, las mejillas ardiendo como dos pétalos de color rosa, los ojos demasiado brillantes y los rizos rebotando húmedos por su espalda, decorados con un par de horquillas blancas.
—Dom— susurré repentinamente nervioso, recordando lo sucedido la noche anterior, me acerqué a ella con paso muy lento, sin saber bien que decir. Siempre conseguía ponerme rematadamente nervioso.
Ella entorno los ojos y sonrió pasándome los brazos por la cintura y los míos rodearon su cadera al instante.
—Te eche de menos— susurró y la levanté para poder devorarme a gusto esos labios rosados que sabían a chocolate, sus piernas se enroscaron con fuerza alrededor de mi cintura y nuestras caderas se tocaron en cuanto la levanté.
Un fogonazo de excitación me recorrió como una descarga eléctrica y ella lo notó porque se pegó más a mí, se pegó como una lapa y mis manos ya estaban recorriendo la parte baja de sus muslos por debajo de su falda y un gemido suave, como el de un gatito, brotó de entre sus labios.
—Bill— suspiró aferrándose aún más a mí, sin duda necesitaría otra curación y pronto, pero no me importaba— Bill eres mi vida… te amo— dijo en un tonito meloso, me gustaba todavía más cuando se ponía en ese plan mimoso, igual que un gatito consentido.
—Mi duende… ya descubrí tu juego…— añadí y ella frunció el ceño, confundida.
— ¿Mi juego…?
—Tu juego es darme vida, sabes que por ti me muero— y un segundo después volví a besarla, saboreando cada partícula de su boca, cargada de su esencia— hueles maravillosamente… como a madera y vainilla con azúcar.
—Si yo huelo maravillosamente, tú sabes maravillosamente— y mordió mi labio con sus puntiagudos dientes provocándome un respingo, me acaloré.
—Mas vale que te baje para que desayunes o te voy a desayunar yo…— dije haciéndole sentir lo que se estaba despertando en mí.
De un salto ágil se despegó de mi cuerpo y aterrizó frente a mí sin hacer ruido.
—No me desagrada tu idea en nada, pero tengo hambre y… estoy algo dolorida— se sonrojó y sus ojos brillaron— pero por la noche ya no tendré dolor… — añadió sonriendo de una manera muy pícara y traviesa—vamos Jocky.
La miré como un idiota rematado caminar hacia la puerta y echar a correr por el pasillo como una gacela, con su pequeño cachorro brincando detrás de ella, la seguí sonriendo y moviendo la cabeza de un lado a otro, con el corazón bombeando tan rápido que un pitido agudo me atacó momentáneamente el oído izquierdo.
Dominique me tenía completamente en sus manos, sin escapatoria… tendría que pensar en algún modo de llevármela conmigo, ese era un asunto primordial.
***
La tarde moribunda del domingo era calurosa pero agradable, ya que el viento fresco que soplaba desde el mar mitigaba el calor evitando que la piel se pusiera pegajosa.
La angosta calle del paseo marítimo estaba atestada de gente que lengüeteaba barquillos de helado y piruletas frías y se podía escuchar claramente que el rugido de las olas del mar iba en aumento conforme se empezaba a ocultar el sol.
Estaba de pie con los brazos cruzados y la mirada fija en Dominique, quien se encontraba unos pasos más lejos, Giovanni estaba a mi lado en la misma posición, haciendo exactamente lo mismo que yo aunque él no podía ver que detrás de mis gafas oscuras yo estaba mirando totalmente embobado como ella sonreía y respondía alegremente a las preguntas que le hacían las personas sobre su pequeño y lindo cachorro que era una monada de su especie, como todo lo que ella tenía, bonito y único.
—Hey Bill— llamó Giovanni sin que su boca pareciera moverse —a mis tres en punto.
No me había costado casi nada acostumbrarme al lenguaje que usaban ellos para advertir un posible riesgo. Desde la posición de Giovanni, justo del lado derecho en línea recta estaba un grupo de tres chicos jóvenes, de veinte años al menos y los tres tenían los ojos clavados en la figura de Dom y uno de ellos sonreía como imbécil.
—Lo tengo— respondí rápidamente sin despegar apenas los labios.
Por mucho que yo quisiera que Dominique fuese invisible, no lo era, llamaba demasiado la atención con su largo cabello revoloteando al viento, destellando extraños matices de brillo de un color rosa metálico y la piel blanca cremosa con las mejillas tenuemente coloreadas le daban un aspecto casi irreal.
Me acerqué a ella con paso seguro mirando por el rabillo del ojo las expresiones frustradas del trío de idiotas que estaban casi saltando por ir a preguntarle alguna estupidez, pero yo no tenía ganas de permitirlo, ya tenía una herida en proceso de cicatrización y no quería otra, y aunque estos chicos lucieran más imbéciles que peligrosos, no me iba a arriesgar.
—Vamos Dom— le acaricié el pómulo con la punta de mi dedo índice —es hora de irnos.
Ella me miró y sonrió de manera deslumbrante.
—Este bien— se volvió para despedirse de un par de chiquillas gemelas que sonrieron y se dieron codazos entre ellas al verme, Dom se abrazó a su cachorro y caminó un paso delante de mí y yo la seguí dirigiéndole a las expresiones desoladas de los pobres niñatos una sonrisita de suficiencia.
Habíamos pasado un domingo muy agradable y tranquilo, mi duende se había divertido mucho a mi lado, aunque tuve que actuar como su novio y guardaespaldas al mismo tiempo. Pudimos pasear, jugar, comer y comprar cosas que nos hacían falta a los dos. Giovanni no hizo ninguna pregunta y parecía no molestarle en absoluto, el sólo hacía su trabajo y se alegraba de ver a Dom tan contenta y sonriendo casi todo el tiempo.
***
—Bill… no extrañas tu… —parecía no encontrar las palabras adecuadas—… quiero decir, la vida que llevabas antes…
Claro que la extrañaba, empezaba a sentirme como si flotara a la deriva y no me gustaba la sensación de sentirme perdido.
Me estiré sobre los almohadones desparramados por la alfombra de su habitación y la miré de rodillas en la alfombra, jugar con Jockey.
—Si la extraño Dom, extraño mucho a mi hermano y a mis amigos y a mi familia… pero contigo lo estoy pasando tan bien.
—No quiero que te vayas nunca— anunció haciendo un puchero.
Mierda, sabía que alguna vez llegaría este momento y no estaba preparado, después de tres jodidas semanas no estaba preparado para responderle.
—Ya, cariño… bueno yo tampoco quisiera alejarme nunca de ti, pero…
—Tienes que volver a Alemania…
—Si, he de volver… sabes que mientras tú tomas tus lecciones, yo estoy en llamadas con mi hermano y los chicos y tenemos muy adelantado el material, así que en poco tiempo tendremos que comenzar con los ensayos y todo eso.
—Si ya, entiendo— dijo con voz muy baja, abrazando con fuerza a su perro —como quisiera que las cosas fueran diferentes…
—Ven conmigo, vámonos a Alemania— le dije sin pensar.
Dominique sonrió con la más dulce de las sonrisas y negó.
—Sabes que me encontraría… y me arrastraría de vuelta aquí— se refería a su orate padre sin duda.
—Pero porque… ¿qué quiere para ti?, no te deja hacer nada y te mantiene encerrada como si estuviese escondiéndote o, no se…algún día tendrás que hacer tu vida ¿o no?
Dom se encogió de hombros y acarició la pequeña cabeza de Jockey quien ahora se revolcaba en la alfombra, disfrutando de las atenciones de su dueña.
—Nunca se lo he preguntado Bill porque me da pánico, si tú estás conmigo es porque le agradas a Andy… nadie nunca se había podido acercar así a mí. Pero en cuanto tenga dieciocho, podre hacer lo que me plazca.
—Todavía no entiendo, pero, aunque Andy no me hubiese ayudado habría encontrado la forma… niña tú lo eres todo para mí.
—Oh Bill —revoloteó hasta quedar recostada sobre mi pecho desnudo, con sus enormes ojos a la altura de los míos — aunque te marches, nunca habrá otra persona que te ame más que yo — añadió sin vergüenza y el arrebol llegó a sus mejillas, acentuando la belleza irreal de su rostro.
Mi corazón palpitó inquieto y mi razón se negó a profundizar en eso, así que la besé sin necesidad de añadir más, no había palabras para describir el amor tan grande con el que la estaba amando.
Dominique parpadeó sorprendida por lo repentino del momento, pero respondió casi inmediatamente, con un suave quejido en el fondo de su garganta.
Desde la última vez que habíamos estado juntos (la primera y única) Dom no me había dejado ponerle una mano encima, habían pasado tres días y cada negativa de ella me ponía más ansioso, quizá si la había lastimado mucho…
—No… Bill espera— detuvo el camino de mi mano por su espalda baja.
— ¿Qué pasa Dom, estas bien? — la miré directo a los ojos y ella se hundió en los almohadones, estaba casi enterrada en ellos. Se sonrojó levemente y sonrió abochornada.
—Si… estoy bien, pero… ahora no— sonrió más aun, bobamente incluso.
— ¿Por qué no? — insistí, no encontraba razón en sus negativas — si te hice mucho daño ¿no?
—Nada de eso. Es que yo…— su cara ahora era color granate y las oleadas de calor emanaban a raudales de ella— es que tengo esto…tú sabes ¿sí?… no… bueno, el periodo… es mi último día— rodó sobre la mullida alfombra y avergonzada, hundió el rostro en una almohada color oro.
Suspiré jodidamente aliviado sentándome sobre la alfombra, de haberlo sabido habría tenido más tacto y me golpeé mentalmente por todas las teorías estúpidas en las que había pensado.
Pasé mis brazos por su estrecha cintura y tiré de ella levantándola sin el más mínimo esfuerzo.
— ¿Por qué no me lo dijiste antes? ¿Estás segura…? — no había dejado de darle vueltas al asunto de haber regado mi semilla dentro de su cuerpo, y me preocupaba bastante el hecho de germinar algo ahí, pero si tenía el periodo entonces era imposible, o eso me habían dicho en la escuela.
Ella parpadeó confusa.
—Porque son cosas intimas Bill— dijo con voz chiquita—estoy muy segura… conozco mi cuerpo… ya no te preocupes—sonrió sentándose en el hueco de mis piernas y apoyando su cabeza en mi pecho. Mis brazos la rodearon de inmediato—tus latidos…— su voz se cortó y suspiró.
— ¿Mis latidos…? — sonreí ante su tonito cansado. Estaba por quedarse frita, la conocía demasiado bien. Mire el reloj que colgaba de la pared, era muy tarde ya.
—Me arrullan…—volvió a suspirar y sentí su cuerpo un poco más pesado. Su cabeza se acomodó a la perfección en la curva de mi cuello y la sostuve así, para disfrutar del olor a vainilla de su melena que me tenía casi dopado. Las almohadas bien pudieron haber sido esponjosas nubes blancas.
—Te amo pequeña… más de lo que pensé que podría ser real…— dije con el corazón batiendo deprisa.
—Te amo Bill… también te amo… eres mi vida— su voz en cambio fluía con la perezosa lentitud de la nata batida y se perdió hasta convertirse en rítmicos suspiros. Estaba dormida.
Sonreí negando con la cabeza ante la cualidad que tenía de dormirse en dos minutos y me levanté con ella en brazos, su cuerpo seguía sin pesar lo debido ni de cerca, pero se le veía saludable y feliz.
Llegué hasta su cama esquivando las almohadas, cuadernillos y demás cosas regadas en total desorden por el piso, ella misma las había botado por los aires después de hacerle una furiosa rabieta a su profesora que intentaba aplicarle un examen de cálculo, provocándole un arcoíris de colores sulfurados por el rostro y haciendo que tanto mi hermano, los chicos y yo, que sosteníamos una video conferencia estalláramos en sonoras carcajadas, dando por terminada la lección del día.
La acomodé por debajo de las sabanas frescas de su cama y desenganché sus dedos de mi cuello cuidando de no despertarla.
Apagué las tres lámparas que estaban encendidas por todo el cuarto y regresé a su lado, ahora solo la luz de la luna iluminaba su pálido cuerpo.
La observé dormir en la oscuridad por un rato, contemplando la mancha oscura de sus pestañas que reposaban sobre la palidez de su piel y los labios rosados y entreabiertos en el sueño, aspiré el delicado perfume avainallado y dulzón que emanaba de ellos y aparté un desordenado mechón de cabello de su frente.
Ella tenía un rostro hermoso y lleno de pureza infantil hasta lo imposible, era el rostro más bonito que hubiese visto jamás. Como el de una muñequita de porcelana.
Desvié la mirada hacia la luna que brillaba a través de las puertas abiertas de la terraza buscando en su gélida blancura alguna respuesta… ¿Qué había tan especial con esta pequeña niña? Porque era tan solo eso, una niña.
Había magia en ella, en su cabello y piel y hasta en su forma de mirar, y no cualquier tipo de magia, si no una que merece ser conservada de ser posible, por siempre.
Volví a contemplar su tranquilo rostro dormido, con el flequillo oscuro sobre los ojos cerrados mientras que por mis venas la sangre corría furiosa golpeando por todos los rincones, cantando problemas.
Extendí una mano vacilante y acaricié los labios de Dom con la punta de mi dedo y ella sonrió en sueños.
Continúa.