«458 Italia» Fic de Shugaresugaru

Capítulo 22: Caos

By Bill

Me había despertado con un dolor de cabeza horripilante y con el corazón pegado a la columna vertebral. No había podido dormir casi absolutamente nada pensando en que tan solo en unos días tendría que volver a Alemania y no tenía bien claro el futuro de mi incipiente y nueva relación con Dom.

Después de abandonar la habitación de Dominique cerca de las 4 de la mañana me había prácticamente arrastrado hasta mi cama y traté de dormir con las manos aferradas a un pequeño gato de peluche que Dominique me había obsequiado la noche anterior, en agradecimiento a la botella de perfume francés que yo le había regalado unos días antes.

Y ahora Dominique estaba intentando hablar conmigo. Puse mi mejor cara sonriente y me concentré en tener paciencia, mirándola desde mi asiento con los codos apoyados en la mesa de la terraza de su dormitorio, porque cuando ella empezaba a parlotear era difícil callarla.

— ¿Qué quieres hacer qué?

—Quiero escaparme de la clase de hoy… no se me da nada el cálculo, Bill no quiero tomarla.

—Cálculo— repetí como un loro.

Hice a un lado el plato con las tortitas de manzana y canela que estábamos desayunando y me dediqué a sorber de la granita (una bebida extraña, oriunda de Sicilia, parecida a un granizado, pero más suave y cristalino que uno normal) que me habían servido y que tenía un delicioso sabor a jazmín con menta.

— ¿Y entonces que quieres hacer?

—Hmm no lo sé… podríamos salir a dar un paseo— Dom se llevó el tenedor a la boca, engulló el enorme trozo de tortita que había cortado –demasiado grande para su boca- y después se relamió los labios para limpiarse la miel que se había quedado pegada. Desee poder hacer eso por ella.

—Te prometo que me sentaré contigo y haremos juntos ese examen de cálculo después de mandar a volar por un rato a tu tutora— aseguré a pesar de que el cálculo se me daba igual o peor de mal que a ella. Jamás fui bueno para la escuela y la abandoné demasiado pronto, pero no quería eso para ella, por mucho que tuviera millones que la respaldaran.

Dominique se sacudió la pesada melena sobre los hombros y me lanzo una mirada despectiva que me hizo sonreír.

—Dije que no lo haré y no lo haré— arrugó la nariz enfadada y sorbió de su bebida de jazmín.

Me pregunté qué sabor tendría el interior de su boca ahora que estaba enriquecida por los sabores a manzana, canela, miel y jazmín.

Maravilloso sin duda…

— ¿Bill?… ¡Bill! despierta— Dominique se había levantado de su asiento y ahora estaba de pie frente a mí, con el rostro a 5 escasos centímetros del mío. — ¿Te sientes bien? —tenía el ceño fruncido en una mueca de preocupación.

—Eh… si — mentí deseando que mis tortitas intactas se transformaran mágicamente en una docena de excedrinas masticables —tengo jaqueca, eso es todo— le dije mientras la sentaba en mi regazo y ella se acomodaba buscando mis labios con los suyos y yo naturalmente la devoré deleitándome con la esencia de su boca que sabía a una extraña mezcla fresca de flores con azúcar dorada.

— ¿Aun te encuentras mal? — susurró contra mis labios. Asentí. —Toma un sorbo de esto— me tendió una pequeña botellita de cristal azul.

— ¿Qué es? — la tomé examinando el líquido espeso que contenía el frasquito con una mirada cargada de suspicacia.

—Es una poción, Esperanza me la dio— torcí los labios y arrugué la nariz — es de hierbas, te curará.

Siempre le había oído decir a todo el mundo que la medicina basada en hierbas era peligrosa y nada precisa. Mas tarde tomaría mi auto y conduciría hasta el súper mercado más cercano por un frasco de tylenol… más seguro.

***

Me sentía mejor. Me había sentido mejor desde que Dominique me había obligado a beber el líquido agridulce que contenía la botellita azul y que tenía un extraño sabor a anís y ajenjo, aun sentía un poco del líquido deslizándose lentamente por la oscura caverna de mi garganta, resbalándose como pesadas gotas de almíbar, dulzonas y espesas.

Tomé un sorbo de mi segundo granizado que reposaba en el barandal de piedra de la terraza y volví la cara para ver a una furiosa y traicionada Dominique, que intentaba concentrarse en su prueba de cálculo con las mejillas rojas y abultadas en la típica mueca de una chiquilla haciendo pataleta por algún nuevo capricho.

Sonreí y me acerqué a donde estaba.

— ¿Qué tal lo llevas? — me limité a preguntar y Dom sonrió.

—Estoy tomando un descanso y le cuento a mi profesora una historia sobre los gansos que hay en el jardín.

— ¿Y qué hay con los gansos? — Inquirí alarmado al ver la expresión de shock de su profesora — ¿es porque muerden?

Un breve recuerdo, un rápido reflejo de un paseo que Dominique y yo habíamos dado en una de las muchas tardes interminables de calor me vino a la mente, unos gansos gordos y blancos descansando a la orilla de la piscina que retrocedieron en cuanto nos acercamos a ellos y a la primera oportunidad que tuvieron me lanzaron mordidas a las piernas, solo a mí.

—Casi nunca muerden Bill, se conforman con asustar. Los gansos solo son peligrosos cuando estas al borde de un acantilado, un tipo estuvo a punto de morir así.

— ¿Por unos gansos?

—Si Bill, veras, ese hombre estaba siendo perseguido por un grupo de gansos enojados que le picaban los tobillos y él no sabía que a los gansos hay que mirarlos de frente. El pánico lo dominó y se vio acorralado al borde de un acantilado muy hondo— explicó.

— ¿Y cómo es que no murió?

—Porque él tenía alas —Dominique sonrió— se alejó volando.

Suspiré pesadamente con cara de póker y miré a su profesora que tenía cara de persona paciente acostumbrada a sufrir desde hace mucho tiempo.

Deposité un beso en la frente de Dominique y sentí vibrar mi teléfono celular en el bolsillo de mis pantalones.

—Es Tom— le dije mirando la pantalla iluminada del teléfono —ahora vengo.

—Está bien— respondió y se volvió resignada a su examen de cálculo.

— ¡Hola Tom! — sonreí ampliamente al momento de llevarme el teléfono al oído. Esperanza me sonrió cuando pasé por la estancia hacia las puertas abiertas del jardín y sonreí también en respuesta.

¡Bill! ¿Cómo está mi hermanito favorito? — por el tono de su voz apostaría cualquier cosa a que estaba sonriendo igual que yo. Par de idiotas que éramos.

—Soy tu único hermano, pedazo de capullo… bueno dime ¿ya me extrañas?

Al otro lado de la línea se escuchó una carcajada.

No solo te extraño yo… lo hacemos todos ¿Cuándo vas a volver? —su voz era ahora suplicante.

Me froté la frente con una mano y suspiré.

—También los extraño mucho… volveré pronto, muy pronto— me dije más a mí mismo que a él, mientras miraba mi reflejo en las profundidades azules de la piscina.

¿Traerás a tu chica?… dice mamá que si quieres puedes traerla ¡pero que regreses ya!

—No creo que le guste que llegue con una niña a la que siguen casi cincuenta guardaespaldas y un perro— sonreí. Lo de los cincuenta guardaespaldas fue una exageración y Tom lo pescó al vuelo.

Aquí hay otro puñado de guardaespaldas… no veo que sea una gran diferencia…

— ¿Aun esta Sakí muy enojado conmigo? — interrumpí.

Mi guardaespaldas personal, Sakí, había estallado en cólera cuando se dio cuenta de mi escape furtivo, casi cuatro semanas atrás.

También te extraña… créelo… porque no tiene nada que hacer— escuché unos cuchicheos y risitas al otro lado de la línea y esperé.

— ¿Quién está ahí Tom?

Es solo Gustav… dice que te necesita para probar y ensayar las letras que has enviado, tiene arreglos nuevos… seguro que podremos lanzarlo pronto…

—Seguro que sí, dile que pronto estaré por ahí para checar los últimos detalles.

Bill…. Te juro que acaba de ponerse a dar de botes…— comentó Tom con voz recelosa y yo sonreí más.

—Dile que yo también— me carcajeé.

Georg dice que después del lanzamiento quiere un jet privado para la banda y unas cuantas exóticas niñas sicilianas— ahora Tom y los demás estaban descojonándose de la risa y debo admitir que más que enfadarme me hicieron sonreír.

—Dile a ese pedazo de subnormal que se conforme con algunas nativas simplonas y transparentes de Hamburgo— era tanta mi risa que me estaba casi ahogando y me vino un ataque de tos.

Ya enserio Bill… ¿te traerás a la chica Ferrari?

—No lo sé Tom— suspiré cansado —estoy locamente enamorado de ella, pero no es como si fuera cualquier chica… — pensé en la monumental sombra que Dominique tenía a sus espaldas y me agité frustrado, sintiéndome derrotado.

—¿No crees que sería mejor dejarlo todo por la paz…?

—¿Dejarla? Estas de coña ¿no? —casi le grité indignado. ¿Como se le podía ocurrir semejante barbaridad?

Bueno no me culpes, solo estoy tratando de entenderte y…

Estaba a punto de comenzar una perorata con mi hermano en la que iba a recriminarle que no sabía ni entendía una mierda del amor, pero un ruido de neumáticos contra el pavimento me hizo voltear hacia la entrada de autos de la casa. Un imponente auto negro, con los cristales polarizados acababa de aparcar en la entrada.

—Hey Tom, te llamo después— mi hermano protestó, pero yo cerré el celular y lo guardé en mi bolsillo. Después hablaría con él y soportaría su media hora de reclamos airados.

Me planté medio sonriendo con las piernas abiertas y los brazos cruzados mirando de frente hacia la entrada. Andy estaba por llegar así que supuse que sería él, pero cuando la portezuela se abrió el alma se me fue directo a los pies.

Gioaccino descendió del auto grácilmente y cerró de un portazo, sonriendo con suficiencia ante las caras asustadas de los guardias de la entrada, miró a su alrededor deteniéndose en mi figura inmóvil y segura.

Fabuloso, había llegado el tipo que más aborrecía en estos momentos, como si necesitara un plus, irme y dejarla con este maniático, aun me acosaba la mente aquella espantosa imagen en el hotel de Milán.

Apreté los dientes y los puños cuando Gioaccino echo a andar hacia mí despreocupadamente.

Me dirigió una amenazadora sonrisa llena de dientes y yo reprimí una mueca de desagrado.

—Vaya, vaya… así que tú eres el nuevo “guardaespaldas” señorito Kaulitz, ansiaba conocerte de veras — comentó, destilando ácido.

—Soy yo ¿no te jode? — no tenía ánimos de andarme por las ramas y lo miré de manera fulminante.

Gioaccino se quitó las oscuras gafas y por primera vez pude apreciar que tenía ojos azules, pero no era un azul tranquilo y transparente como el de los ojos de Andy, el azul de sus ojos era frío como el hielo, peligroso como una flama encendida y la flama se avivó al mirarme de frente.

—Puedes ir a contarle toda esa basura a los que has tenido engañados aquí… ya averiguaré como es que llegaste a parar a esta casa y te lo preguntaré una sola vez mocoso ¿Por qué no te has largado?

—Porque no me sale de las pelotas — le solté e involuntariamente voltee la cabeza hacia la terraza de la habitación de Dominique. Ese fue el más jodido de mis errores.

Gioaccino siguió la trayectoria de mi mirada, sonrió con incredulidad y volvió a mirarme directamente.

— Ya veo. ¿Te has enamorado de ella no? — soltó en un tonito divertido y cortante como el filo de una navaja de afeitar.

No respondí, me había atrapado con su feroz sagacidad en el peor de mis descuidos.

—Oh que bonito— presionó. Su voz era como un dulce envenenado —el súper popular pseudonazi renegado que escribe mierdas por canciones se enamoró de la heredera… que lástima que sea yo el que tenga que arruinarte el romance de cuento de hadas.

— ¿Y quién dice que vas a arruinarme nada y voy a dejarme? — estaba tan enfadado que me rechinaban los dientes de una manera muy audible.

—Lo dicen las leyes de la vida niñato.

—No me llames niñato, capullo— troné y maldije la decisión que había tomado en la mañana de haber dejado en mi habitación la navaja y la pistola… ahora podrían servirme de mucho.

Gioaccino meneó su vulpino rostro de un lado a otro con pesadez y sus ojos helados se clavaron en los míos.

— ¿De verdad piensas que tienes algún futuro con ella?

— ¿Por qué no he de tenerlo? — añadí, comenzando a ponerme nervioso pues presentía que ese tío podría echarme a perder la vida muy fácilmente.

—Creo que debo ponerte en antecedentes, ya que nadie lo ha hecho y que sea antes de que te sigas creando falsas ilusiones de cuentos de princesas en peligro y príncipes que las rescatan… ¿pero por donde comenzar…? — se paseaba de un lado a otro de la piscina frente a mí, deliberando. Yo estaba conteniendo tanto la respiración que empezaba a sentirme mareado.

— ¡Ya lo sé! Comencemos por mirar a nuestro alrededor ¿Qué es lo que vemos? — sonrió y lo miré alzando una ceja con incredulidad… — supongo que debes conocer ya la casa, a las personas que trabajan en ella y a la muchacha a la que atienden— lo miré enrabiado y al borde de perder los estribos ¿A dónde coño quería llegar?

— ¿Porque no te limitas a ir al asunto en lugar de hacerme escuchar toda esta basura?

—Es necesario— comentó sin inmutarse — porque si no lo hago cuando llegue al asunto crucial no te enterarás de nada… sigamos. Tu ya habrás notado que Piero es un jodido multimillonario que caga billetes de mil euros y naturalmente su única hija es la heredera y bla bla bla…— su tono era displicente— lo que quizá no sabes es que nuestro querido Piero solo tiene el 5% de acciones de su propia compañía ¿no es cómico?

— ¿A dónde quieres llegar…? —las manos habían comenzado a temblarme levemente.

—Precisamente ahora lo veras… resulta que el 95% restante lo tiene la compañía italiana de Fiat, los autos Fiat ¿entiendes?

Ya empezaba a comprender algo y un sudor frío me recorrió la columna vertebral hasta anidarse en mi estómago como una fría granada de nitro sin seguro.

—Sigue.

—Ahora bien, ya prestas atención, eso está bien— añadió con sarcasmo— pues resulta querido Bill, que Alain Elkann, un gran amigo de Piero y el dueño de Fiat group, al fin le ha cedido el lugar de presidente y heredero universal a su querido hijito, Philip Elkann, un apuesto y engreído principito que ahora es dueño de casi toda la compañía Ferrari…entonces es natural que se una en santísimo matrimonio con la princesita Dominique, quien tiene solo el 5% restante de este asqueroso puzzle de interés y así no se perderán los títulos familiares y todas esas porquerías que esconden los ricos debajo de sus oropeles.

Mi corazón dio un vuelco dentro de mi pecho y se retorció sobre sí mismo de una manera muy dolorosa.

—No— gemí —es mentira, eres un maldito mentiroso— acusé, pero muy dentro de mí, una vocecita me decía que no se trataba de ninguna mentira.

—Oh lamento romperte el corazón, pero no estoy mintiéndote — añadió con una maligna sonrisa capaz de paralizar el pulso —tal vez en tu mundito de música, caramelos y fama, ustedes los niñatos pueden hacer lo que les venga en gana, pero aquí la cosa es muy diferente y por los errores del anciano Enzo de haber vendido casi la totalidad de su compañía, ahora Piero debe pasar por encima de los caprichos y deseos de su propia hija para recuperarla. Esa unión está planeada quizá desde el nacimiento de ella…o antes.

— ¿Dominique lo sabe? — pregunté atragantándome con mi propia saliva.

—Hmm — suspiró pesadamente mirando hacia la terraza abierta de Dom, sonrió extrañamente amable y volvió la vista hacia mi —sí, ella lo sabe, a fin de cuentas, en cuanto se case pasará a ser de la aristocracia y ¿a qué mujer no le gusta eso?

—¿Por qué? — volví a gemir patéticamente y Gioaccino sonrió.

—Ya te lo dije niño pijo, así es la vida real…pero no te acongojes tanto — echó a andar hacia la casa hablando con una despreocupación insultante —seguramente ella lo pasó bien contigo porque eres medio famoso, pero lo superarás, tendrás algo importante que contar de tu vida y quizá una letra interesante para alguna de tus cancioncitas aburridas porque… ¿Qué otro mortal y, sin agregar que eres un apestoso nazi, puede tontear con alguien como Dominique tan despreocupadamente? Muchos te envidiarían, pero la verdad es… que no estás ni estarás nunca a su altura, así que ya sabes dónde está la salida y hasta nunca — hizo un casual movimiento con sus dedos y terminó de meterse a la casa después de dirigirme una última mirada de desprecio.

Me quede clavado ahí, de pie, inmóvil al lado de la piscina y aunque la luz del sol bañaba a chorros mi cuerpo me sentía extrañamente… helado, como si un enorme mar de glaciares gigantescos estuviera naufragando sobre mí, como el fin del universo, el fin de mi universo.

Una cortina como un velo invisible cayó entre ella y yo, una pantalla que me alejaba de ella y la agonía fue tal que me dejé caer de rodillas, hiriéndome una en el proceso pues sentía que con ella se me iba la vida.

Era tal la mezcla de emociones que bullían en mi interior que ni siquiera podía clasificarlas, me dejaron atontado, los oídos me pitaban estaba sin aliento e incluso mi sangre parecía haber dejado de bombear correctamente por mi cuerpo, espesándose, porque sentí un escozor frío y un hormigueo desagradable en la cara, pero todo era mental, todo mi dolor era interno.

La traición era lo que más dolía, estaba navegando por mi interior como un enorme cardumen de pirañas hambrientas, consumiendo y atenazando mi corazón, destrozando todo lo que sentía, y a la traición le siguieron más emociones, perdida, dolor, tristeza, agonía, soledad, decepción… y por último el coraje, una rabia ciega llegó instantes después, cegándome y bloqueando cualquier otro pensamiento.

Me sentía estúpido, burlado, engañado y mi orgullo yacía a mi lado hecho pedazos. Me había equivocado al pensar que Dominique era diferente, al haber creído ciegamente en su inocencia, de la cual no había nada, no era más que otra mocosa rica, mimada y caprichosa que había jugado conmigo de la manera más vil, haciéndome creer que estaba enamorada de mi cuando iba a casarse con un maldito aristócrata, una mierda como ella.

Si antes me había sentido helado ahora me estaba consumiendo por dentro, igual que si hubiera una marea de lenguas llameantes lamiéndome por dentro, chamuscando todo a su paso. Recordé lo que Dominique me había dicho la noche anterior, su dulce negativa de irse a Alemania conmigo y un latigazo de fuego me azotó sin piedad, ahora entendía por qué ella no quería. Solo estaba divirtiéndose conmigo mientras esperaba a su millonario príncipe azul.

Pero las cosas no se iban a quedar así, tenía que vengar lo poco que me quedaba de dignidad. Me puse de pie de un salto, impulsado por el monstruo de la venganza y el coraje. Un grave error dejarme llevar por ellos.

Alla lejos, en la distancia, Esperanza se paseaba camino a la playa con la tutora de Dominique y ese malnacido de Gioaccino, sonreí torvamente pues Dominique nunca había estado en un peligro tan grande como en estos momentos, ella estaría probablemente sola justo ahora y no desperdicié el tiempo. Entré como un rayo a la casa vacía y segundos después ya estaba precipitándome como un huracán hacia dentro de su enorme habitación vacía. No estaba por ningún lado visible y me frustré, pero entonces ella salió del baño caminando alegremente, dando saltitos incluso. Su largo y oscuro cabello estaba mojado y su piel relucía todavía húmeda. Se había duchado.

— ¡Bill! — sonrió como si hubiese visto salir el puto sol después de una tormenta. Se veía jodidamente hermosa con la carita sonrosada y brillante y los ojos enormes y húmedos como pétalos, rebosantes de confianza, tan falsa e inofensiva como una pequeña víbora.

Se acercó dos pasos hacia mí, pero al percatarse de mi expresión maniaca y asesina, retrocedió.

—Me has traicionado— bufé, enfadado.

Su expresión se tornó desconcertada y asustada, me miró temblando y yo desee que fuese de miedo, tenía grandes motivos para temerme.

— ¿Qué? — preguntó con inocencia — ¿De qué hablas? — se alejó un paso más en dirección al fondo de su habitación y yo avancé también.

—Eres una pequeña mentirosa traicionera— la acusé. Dom abrió mucho los ojos y su boca semi abierta tembló.

—No sé de qué hablas Bill, yo no te he traicionado— aseguró al borde de las lágrimas. Mi poca paciencia estaba por terminar de evaporarse.

— ¡Ya deja de fingir! —le grité y ella encogió el cuello con melancolía, mirándome ahora con verdadero terror— eres la niña más hipócrita y falsa del maldito mundo— volví a gritar acercándome un par de pasos más.

—No Bill… ¿de qué estás hablando? Me asustas— se repasó la mano por los ojos, sus intentos de no llorar fracasaron estrepitosamente al verse acorralada por mi… joder parecía tan pequeña… como una pequeña arañita blanca con los colmillos escondidos y cargados de un potente y letal veneno.

—No eres más que la misma porquería que todas las otras niñas de tu calaña, niñas pijas, ricas y caprichosas, acostumbradas a tenerlo todo a base del dinero de sus ricos papis… Aunque permíteme reconocerte el mérito princesa, me lo tragué todo por varios meses, pensé que eras distinta y hasta creí en tus embustes… pero al fin salió a relucir la porquería que eres y escondes tras esa máscara de rectitud e inocencia encantadora.

La cara de Dominique era de shock total, estaba paralizada por el miedo, o ¿la culpa? las emociones se desplegaban y bailoteaban por su rostro: angustia, miedo, confusión, pánico. Aparentaba no enterarse de nada de lo que yo le reclamaba, pero no iba a volver a engañarme, yo no iba a volver a caer ante sus encantos similares a un buen pasón de heroína, que hace que te sientas en el cielo, poderoso como un Dios y después se te cae encima toda la mierda… ya no más.

—Yo no hice nada Bill… yo… yo te amo— murmuró agachando la mirada, derrotada. Escondió sus ojos detrás del denso flequillo mientras el cuerpo le temblaba con descontrol.

En cualquier otra ocasión ese simple gesto me habría hecho ofrecerle mi vida.

Me sorprendió la rapidez con la que todo el amor que había sentido por ella se retorció sobre sí mismo, transformándose en una oscura masa negra y viscosa de odio, como una nueva y oscura variedad desconocida del cáncer.

Mi paciencia se agotó.

—Las personas como tú no saben nada del amor.

Nunca debí haber hecho lo que hice, pero en ese momento, mi cerebro estaba consumido y abrasado por la furia.

Dominique no hizo ningún intento de protegerse cuando la tomé bruscamente de los hombros, lanzándola con fuerza hacia la cama y la mala suerte estuvo de su lado, pues su cabeza impactó con fuerza contra el cabecero con un ruido sordo. Un escalofrío helado me recorrió la columna cuando escuché un leve crujido y después un gemido de dolor.

Me encaramé sobre su cuerpo inmovilizando su cadera con mi peso mientras ella se debatía frenéticamente tratando de apartarme a base de arañazos que yo no llegué a sentir.

— ¡Suéltame Bill! ¡Me haces daño! —gimió.

— ¡Cállate o entonces te haré verdadero daño! Voy a hacer que nunca te olvides de mí, para que cuando me recuerdes, sientas verdaderos deseos de morir— le dije sin haber decidido bien a bien qué hacer con ella. Miré a conciencia la herida de su frente, estaba del lado derecho, casi pegada a la sien y era lo suficientemente grande como para preocuparme y chorreaba sangre, pero las heridas en la cabeza eran siempre más aparatosas que peligrosas y lo dejé pasar. Lo más sensato hubiese sido dejarla y largarme de ahí para nunca volver, pero verla retorciéndose horrorizada y suplicando que la dejara en paz me hizo empalmarme insanamente.

— ¡NO! — gritó ella al darse cuenta de mis negras intenciones por lo duro que estaba. No me costó ningún trabajo sujetarla para bajarme los pantalones hasta los muslos y medio bajar los suyos a tirones, llevándome la ropa interior en el proceso. Era la primera vez que estaba pálida en lugar de colorada.

—Así podrás ir por ahí diciendo que te tiraste al mismismo alemán vocalista de tokio hotel …— sus ojos se habían vuelto verdaderos torrentes de lágrimas de cristal cuando me frené gracias a un rayo milagroso de luz que me hizo recapacitar, y aunque me consumía de ganas por herirla, romperla y hacerla gritar de verdadero dolor, no pude hacerlo. No podía profanar de aquella asquerosa manera las promesas que le había hecho, por mucho que creyera que se lo merecía.

Cerré los ojos y vi el rostro puro de mi hermano, que no me juzgaría, el rostro de mi madre, que me repudiaría, los rostros de mis amigos, a los cuales perdería.

Mi erección se esfumó cuando besé la herida de su frente con adoración –resultado de haberse golpeado contra el cabecero cuando la empujé sobre la cama- llevándome su sangre con mis labios y su sangre terminó manchando todo mi rostro, aunque ella volteaba la cabeza hacia los lados y agitaba los brazos, deseosa por alejarse de mí. Pude captar el casi imperceptible y sutil movimiento de su pecho al respirar casi sin fuerza debido a que mi peso la estaba aplastando.

No, yo no era un jodido animal, no era un asqueroso violador ni un maldito maltratador, por mucho que ella hubiera destrozado sin piedad mi corazón.

—¿Por qué lo hiciste? Yo te amaba… — jadeé levantándome de encima de ella, a pesar de la traición, la culpa por haberla herido me estaba machacando las neuronas y ardiendo en mi garganta. Me acomodé la ropa y me entraron ganas de llorar al verla. Sus ojos estaban repletos de pánico y dolor —…iré a por algo para limpiarte la frente— mi tono era sepulcral. Me encaminé en dirección hacia el cuarto de baño para buscar un paño húmedo con el que limpiar su frente, pero su voz me detuvo.

—Vete — demandó en apenas un murmullo roto, con la cara vuelta hacia la almohada. Su cuerpo temblaba tanto que parecía que vibraba —lárgate Bill, y nunca regreses.

Dominique encogió las piernas haciéndose un ovillo, envolviéndose en la sabana sobre su cama y los sollozos contenidos en su garganta por fin estallaron, llenando el silencio húmedo de la habitación con ellos. La herida abierta de su frente palpitaba manando oscuros y delgados hilillos sangre que se le escurría por la sien, pringándole los rizos y manchando su almohada blanca. En el piso, Jockey me enseñaba los colmillos, ciego de rabia. Me sentí totalmente asqueado conmigo mismo, con el entorno y más que nada por lo que había estado a punto de hacer, porque había destrozado sin piedad todo aquello que en su día había jurado amar y proteger… pero no había sido culpa mía. No me sentía arrepentido solo… incómodo.

Me di la vuelta y salí dando un portazo antes de que alguien pudiese entrar y matarme en ese instante sin miramientos o antes de que me arrepintiera y me arrastrara como un maldito gusano suplicando un perdón que estaba seguro jamás llegaría a pedir y menos obtener.

Abajo en la estancia, un recién llegado Andy estaba estrechando con fuerza a Esperanza, su madre y ambos sonreían y reían, felices de verse. Les dirigí una mueca de desprecio y pasé a su lado como un bólido, recordando que aún tenía restos de la sangre de Dominique manchando mi rostro. Me limpié con el dorso de la mano.

Esperanza me miró asustada y los ojos de Andy se entrecerraron con sospecha primero y terror después, su boca se abrió formando una pequeña “o” y en lugar de ir tras de mi para machacarme, echó a correr escaleras arriba como un toro furioso, adivinando que algo muy malo había pasado por la expresión de lunático que seguramente tendría mi rostro. Cuando descubriera a Dom intentaría matarme, sin duda.

Atravesé el jardín dando largas zancadas, ignorando completamente las elegantes líneas de mi precioso auto aparcado a la sombra de un enorme cedro, y me metí en uno de los imponentes automóviles negros de la guardia después de propinarle un empujón a Giovanni, y conduje en dirección al aeropuerto de Palermo, alejándome de la maldita villa blanca a más de cien kilómetros por hora para no volver jamás.

&

El ágil muchacho rubio llegó a la puerta de madera blanca concienzudamente tallada hasta darle forma de nubes rechonchas y blancas de donde emergían efímeras cabezas de ángeles de rasgos andróginos y angulosos.

Tocó impacientemente y ninguna respuesta llegó, por lo que tomó la decisión de entrar sin autorización.

Adentro de la habitación que olía a mar no pudo encontrar nada más que caos. El trío de figuras de suave cristal de lalique azul claro traídas desde Bulgaria yacían en pedazos inservibles desparramados por la alfombra, y la cabeza cercenada del unicornio parecía lamentar el haberse quedado sin su mágico cuerno.

— ¿¡Dominique!?— gritó con voz insegura, impregnada por un miedo irracional.

Las sabanas parecían haber sido arrancadas a tirones de la cama y estaban hechas jirones inservibles por toda la estancia. Una de las almohadas estaba abandonada cerca del ropero blanco y había una mancha de sangre fresca plasmada en ella.

Al muchacho rubio le entraron arcadas de puro terror y su rostro se contorsionó. La frágil criatura que amaba como a una hermana pequeña no estaba ahí. No estaba ahí y sin duda estaba herida. Nunca se había sentido tan impotente. El vestidor, el baño y la habitación estaban vacíos.

— ¡Dominique! — gritó con todas sus fuerzas y sólo el susurro de las cortinas mecidas por el viento que entraba por la terraza le respondió.

Su cuerpo se sacudió y el pánico le hizo caminar hasta la terraza abierta solo para encontrarla vacía también.

Se sostuvo la cabeza con ambas manos, concentrándose en no vomitar y su mirada se fijó en la pequeña manchita de sangre oscura y aún fresca plasmada en la piedra clara del barandal.

—No Dom… no pudiste haber hecho eso…— susurró al vacío y su corazón golpeteó arrítmicamente contra sus costillas cuando se inclinó sobre el barandal reprimiendo una arcada, mirando 3 metros hacia abajo, pero ahí tampoco estaba el cuerpo roto y deforme por el golpe que temió encontrar; sin embargo, un par de gotitas de sangre brillante relucía por las baldosas cercanas a la piscina y seguía su camino hacia el mar.

— ¡No! — gritó con todas sus fuerzas al observar con los ojos desorbitados, a la distancia, apenas visible, una valquiria de brillantes rizos de cobre que refulgían al sol, sumergirse en las profundidades de cobalto de las olas del mar.

Continúa.

por Shugaresugaru

Escritora del Fandom

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