«458 Italia» Fic de Shugaresugaru
Capítulo 23: Diluvio de recuerdos
By Bill
—¡¡Eso fue excelente!!— alabó David para variar, después de que hubiéramos concluido una entrevista con la revista People en donde anunciábamos nuestra asistencia a los premios Comet, el evento del puto año.
Le lancé una mirada envenenada a la linda chica que nos había entrevistado, ya que no paró de ofrecérseles a Tom y Georg en los cuarenta minutos que duró la entrevista.
Zorra.
—No exageres tanto David— Tom se reía disimuladamente mientras me daba un codazo para hacerme reaccionar por mi aparente falta de entusiasmo. Lo miré enarcando una ceja y después sonreí forzadamente uniéndome a la pequeña celebración en nuestro estudio de grabación. Celebración porque el material que yo había compuesto en Italia había resultado la puta hostia y aunque les rogué para cancelarlo y escribir uno nuevo, teníamos el tiempo encima y el material se quedó.
Gustav conversaba animadamente con el productor invitado de otra banda famosa, Georg le susurraba alguna bobada a David y después ambos se carcajearon sin sentido. Ridículo, al menos para mí.
— ¿Enserio crees que sea necesario que asistamos a ese evento de los cojones? — le pregunté a mi hermano, quien estaba sentado a mi lado en uno de los sofás de cuero negro del estudio, jugueteando distraídamente con un mechón rebelde que se había escapado de mi cresta negra.
—Claro que si Bill… ¡ay! Cuidado idiota… presta atención a donde pisas, subnormal— le tronó a uno de los fotógrafos que había pasado a su lado pisándole por error la orilla de la zapatilla deportiva blanca. Me reí disimuladamente —acabamos de confirmar nuestra asistencia y estoy seguro de que ganaremos el premio, además… te vendría bien distraerte un poco.
— ¿Qué coño quieres decir? — pregunté terminante, a la defensiva y Tom tragó ruidosamente.
—No te pongas pesado, lo que quiero decir es que hemos estado muy metidos en el trabajo y un evento nos vendría bien.
Me relajé.
—Bueno… supongo que tienes razón, si no hay otra salida pues vayamos al puto evento— y le di un tirón leve a una de sus trenzas negras.
—Ah… salvaje— ambos reímos, aunque mi risa últimamente se había transformado y ahora sonaba más bien como un alarido algo histérico.
—Parecen un par de monos acicalándose mutuamente— se burló la voz de alguien que no identifiqué. Me levanté de un salto con los puños apretados y listos para destrozar algo y me topé de frente con un chico bastante alto y musculoso, de nívea piel clara, suaves ojos azules y rebelde cabello negro con una franja roja, peinado a la última moda en picos desordenados y una especie de cresta lacia y picuda que le caía por la frente. Tenía un piercing en el labio igual que Tom, los brazos tatuados y sonreía pícaramente.
—Cálmate Bill— los brazos de Tom me sujetaron sin fuerza desde detrás, por encima de los codos y su voz estaba murmurando en mi oído suaves palabras tranquilizadoras. Desde mi llegada a Alemania había cambiado y ahora solía perder los estribos y estallar con una brutalidad y rapidez aterradoras.
Aquel chico de extraña cabellera retrocedió un poco ante mí mirada helada y calculadora.
—Hey, oye lo siento, no pensé que fuera a molestarte tanto— encogió un hombro y esperó —mejor nos vemos después Tom… Bill— mi nombre salió de sus labios de manera muy forzada.
—Espera Yu, no te vayas— pidió Tom
— ¿Lo conoces? — espeté mirando sus manos significativamente y Tom aflojó su agarre, ya había perdido el interés.
—Claro que lo conozco, es el guitarrista de la banda Cinema Bizarre y se llama Yu Phoenix —explicó mi hermano y el otro chico volvió a acercarse ahora más confiado y sonriendo levemente. Recompuse mi expresión y le devolví la sonrisa.
—Es un gusto Bill— dijo extendiendo la mano, se la estreche con fuerza y me deje caer apáticamente en el sofá con expresión aburrida y mi hermano y el chico de nombre Yu me imitaron.
— ¿Así que Cinema Bizarre?… — inquirí, mirándole con la burla en los ojos— ¿Qué clase de nombre es ese?
— ¿Qué clase de nombre es Tokio Hotel? — respondió, era bastante perspicaz.
Me encogí de hombros levemente y negué con la cabeza.
—Porque Tokio es nuestra identidad, una ciudad moderna y dinámica como nosotros y hotel… los hoteles son el símbolo de éxito de una banda, viajes, presentaciones, hoteles ¿entiendes?
—Es interesante su filosofía, me gusta— comentó evaluándome con expresión astuta, igual a la mirada de un lince.
Me revolví incómodo. Tom observaba el intercambio con una sonrisa tranquilizadora, sentía su calor cerca de mi cuerpo y su corazón palpitando al ritmo exacto del mío era un relajante más potente que el valium.
— ¿Y vuestro vocalista? — pregunte con interés.
—Jack no vino hoy… y no le parece bien que haya venido yo.
—Bueno, pues ya le pueden ir dando por el culo— dije encogiéndome de hombros.
—Se podría decir que somos algo así como bandas rivales— agregó el chico sin inmutarse por el insulto hacia su colega— pero cuando conocí a tu hermano en un evento me pareció de puta madre y pues mira, somos amigos ahora… oh y por cierto felicidades, su nuevo sencillo es un jodido hit…— agregó con ojos brillantes haciéndonos sonreír a Tom y a mí con orgullo y un poquito de soberbia.
—Esperamos ganar el comet de este año— agregó Tom engreídamente y el otro muchacho sonrió.
— ¡Nuestra banda también está invitada! ¿Saben que les patearemos el culo no? — agregó Yu con cierto tono de falsedad y algo de malicia en la voz.
—Entonces nos vemos ahí— agregué en tono amenazante, casi invitándolo a pelear, pero ese chico extraño volvió a sonreír, como si nada en el mundo pudiese sorprenderlo.
—Será una pelea limpia… nos vemos en dos meses entonces…— se levantó con garbo, estrechándome la mano y chocando su puño cerrado contra el puño que había extendido Tom.
—Hasta pronto— murmuré siguiendo sus pasos con la mirada. Tenía un modo de caminar que destilaba seguridad en sí mismo, con los hombros echados hacia atrás y la cabeza erguida y observándolo recordé que antes me parecía mucho a él, seguro, agradable, elegante…
Pero ella lo había destruido todo…
Me levanté como impulsado por resortes y salí del estudio por la puerta del aparcamiento privado de atrás. Una vez afuera pateé con fuerza uno de los botes de basura de plástico haciendo que volara por los aires, desparramando sobre el asfalto negro y mojado toda la basura mal oliente de la semana que estaba terminando.
Me apreté con fuerza las sienes y lance profundos gemidos ahogados hacia la nada.
La tarde en Hamburgo era fría y lluviosa y las nubecillas de vapor escapaban de mi nariz y boca cuando suspiraba, dificultándome la visión.
— ¿Bill…? — Sentí la mano de Tom en mi espalda y me la sacudí — ¿estas…? —calló, pues sabía que yo estaba lejos de encontrarme bien— lo siento… odio verte así— se lamentó. Mi hermano era el único que sabía absolutamente todo lo que había pasado y se había esforzado por entenderme… sin lograrlo.
Nunca me juzgó por el acto atroz que casi cometí, el de por poco haber abusado de ella, y eso me hacía sentir más miserable si cabía. Un par de buenos puños me habrían sentado bien.
—Regresa a la fiesta Tom, no te preocupes por mí. Quiero estar solo.
Tom me dirigió una última mirada suspicaz y regresó caminando sobre sus pasos, dejándome solo.
Me senté sobre el asfalto negro sin importarme que estuviera mojado, la lluvia había arreciado e ignoré como poco a poco me mojaba el cabello. Me deba igual todo. Desde mi posición podía ver perfectamente a través de la puerta de cristal como Tom platicaba animadamente con Gus y Georg. <<Bueno, ahora sé que estoy totalmente solo>> pensé con amargura. Ya nada tenía sentido para mí, no creía en nadie excepto en mi hermano, pero él tarde o temprano haría su vida y me dejaría a mí con la mía, que ya estaba rota y sin posibilidad de arreglo. <<Lo superaras Bill, algún día lo harás>> había dicho Tom, pero yo no sentía que fuese a superarlo jamás, había sido algo más, porque no había sido cómo perder a alguien a quien se puede olvidar y reemplazar con otro alguien, yo estaba seguro de haber perdido al amor de mi vida.
La lluvia caía ahora de manera torrencial azotando el viento sin piedad, mojándome totalmente y hacía frío, tanto que mi cuerpo comenzó a dolerme con un dolor sordo que llegaba hasta el hueso.
—Vámonos Bill, estás llamando la atención — La potente mano de Sakí me tomo sin ceremonia alguna del antebrazo levantándome del suelo de un tirón y en cuanto llegué a la sequedad de la camioneta me abandoné quedándome completamente dormido, así con suerte los recuerdos se apagarían por un rato.
&
— ¿Qué quieres Gustav? — pregunté sin despegar la vista si quiera de la revista que estaba leyendo en la cual estábamos en la portada. No había necesitado voltear para percatarme de que Gustav había llegado, simplemente comencé a sentirme observado y de algún modo lo supe. Él era el único que respiraba con jadeos húmedos cuando estaba nervioso.
—David llamó…
— ¿Y qué quiere ahora?
—Informarnos que la gira comenzará en cuatro meses y…
— ¿Y qué? — presioné.
—La primera fecha es en Italia.
—Ni soñarlo. A la mierda con eso— me levanté después de arrojar la revista contra el muro para encararme con Gustav, quien no tenía la culpa de mi mal genio, pero tenía la mala suerte de haberme traído esa noticia.
—No podemos rechazar los conciertos Bill… lo sabes…— Gus torció los pies por el piso viéndose terriblemente nervioso.
—Me paso lo que sé por el forro. Yo no canto en Italia. — le di la espalda y tomando las llaves de mi camioneta negra me largué del estudio dando un portazo.
David estaba de coña pensando en que aceptaría.
Aplasté furiosamente el acelerador de la camioneta. Un silencioso ronroneo respondió y la camioneta avanzó suavemente. Aun extrañaba los furiosos rugidos y la inmediata respuesta de mi precioso deportivo que había abandonado junto a la hermosa y traidora muchacha que había amado.
Nadie más que Tom sabía nada de lo ocurrido, pero los otros intuían algo, dado a que hacía casi dos meses yo había llegado intempestivamente, enfermo y enojado, muy enojado, lamiéndome las heridas que a la fecha no habían cicatrizado.
Desde entonces nadie había mencionado siquiera la palabra Italia frente a mí. Tom había abandonado su plomizo Ferrari en el garaje donde ahora una gruesa capa de polvo ocultaba sus elegantes líneas. Georg y Gus tampoco utilizaban para nada los suyos y les agradecía eso en el alma.
Por otro lado, tampoco había recibido ni la más mínima señal de aquel grupo de traidores mafiosos italianos, ni un mensaje, ni una llamada, ni una visita.
Durante la primera semana de mi regreso mantuve a Sakí pegado a mí como una maldita garrapata pues temía que en cualquier momento un furibundo Andy apareciera para llenarme la cabeza de plomo y hacerme pagar por la infamia cometida en contra de ella. Pero nada pasó, nadie llamó y nadie llegó y estaba seguro de que nadie llegaría nunca por mí.
A veces no podía reprimir no pensar en ella, en la suavidad de su piel o en el brillo de sus ojos, pero mis recuerdos se veían siempre, sin excepción enturbiados por una sombra borrosa, una elegante sombra que no era la mía y esa sombra sostenía en brazos a Dominique… y lo más doloroso era que ella correspondía a sus abrazos y entonces algo dentro de mi estallaba, mi mente se colapsaba y mi cuerpo actuaba impulsado por la rabia que me producían esas visiones.
El fuego de mi odio se avivó a medida que pasaban las semanas, hasta llegar al punto en el que, estando ebrio, había destrozado con mis puños y piernas todo el costado de un bonito auto Fiat Punto, obteniendo como resultado, múltiples cortadas en las manos y un nudillo fisurado. Se necesitó la ayuda de Tom, de Georg y de Saki para poderme llevar lejos del auto semi destrozado antes de que pudiese hacerme más daño y mientras me atendían en la sala de urgencias, Tom me había dado un sermón del quince que yo había ignorado con suma facilidad mientras que Georg y Gus se hacían cargo de la prensa.
Lo más mierda de todo aquello es que ahora cada vez que dormía tenía el mismo sueño, donde los hombres que había asesinado aquella noche en la playa, llegaban hasta mi con los rostros ensangrentados y sonrisas macabras de dientes podridos, -iguales a las sonrisas de los cadáveres de las catacumbas italianas a las que había ido con Dom- llevando entre las manos algo irreconocible hecho jirones que chorreaban espesa sangre oscura, casi negra y del que solo se veían restos apelmazados y enredados de rizos broncíneos, entonces me despertaba en ese momento con la respiración jadeante, la frente perlada de sudor y constantes temblores en las manos y piernas y me era imposible volver a dormir.
<<Estas hecho un lío Bill. >> había dicho Georg una tarde en la que no me concentraba ni un ápice para grabar y solo me dedicaba a devorar una excedrina tras otra <<estas hecho un puto lío, así de sencillo…>>
Pensaba en la ironía de nuestro éxito, pues el nuevo sencillo era una canción que había compuesto en una de las interminables tardes que pasé observando el mar en Italia y me producía náuseas cantarla, pero alguien lo tenía que hacer… Tom daba gas a su guitarra y entonces no me quedaba otra salida más que hacerlo, así que lo hacíamos rápido y de un modo golpeado que a todos parecía encantar.
Detuve mi camioneta a las afueras de un parque. Sakí detuvo su auto justo detrás y suspiré. A veces resultaba jodidamente molesto, pero no le di importancia. La tarde era soleada y apenas soplaba brisa de aire, así que decidí dar un paseo para distraerme un poco o terminaría volviéndome más loco aún. Ojalá que nadie me reconociera.
Caminé con las manos metidas en los bolsillos de mi chaqueta y un cigarro consumiéndose en mis labios, sin duda Sakí vendría detrás de mí, pero no me di la vuelta para confirmarlo.
Me detuve en el área de juegos infantiles, no encontré motivo alguno para hacerlo, pero aun así lo hice. Los juegos estaban hasta el tope de chiquillos ruidosos que jugaban, peleaban y se divertían, ajenos a la porquería de mundo en el que vivían.
Los observé en silencio jugar por un rato hasta que una pelota de plástico morada estampó en la punta negra de mi bota y me agaché un poco para levantarla y tratar de devolverá a su dueña, ya que por el color era seguro que le pertenecía a alguna niña y tuve razón. Una chiquilla de no más de seis años se acercó dando saltitos y extendió las manos en dirección a la pelota.
La contemplé en silencio por algunos segundos. El parecido era impresionante. La niña tenía un rostro pequeño y algo ovalado, los ojos oscuros resplandecían inocentes y una sonrisa repleta de blancos dientes de leche adornaba su rostro.
Parpadeé e incluso me froté los ojos pensando que quizá ya estaba completamente chiflado y hasta viendo alucinaciones, pero no. La pequeña estiró las manos más hacia mí y una leve corriente de aire le alborotó los rizos castaños sobre el rostro. El parecido era chocante.
— ¿Me das mi pelota?… ¿por favor?
—Seguro—se la extendí y ella la tomó.
—Gracias— sonrió y su pequeño rostro se iluminó.
— ¿Cómo te llamas? — pregunté sin contenerme. Mi curiosidad era gigantesca.
—Phillis ¿y tú? — un nombre extraño y hermoso… único.
—Me llamo Bill— añadí repentinamente ansioso.
— ¡Phillis! — gritó una voz de mujer. La pequeña se encogió por el sonido y yo levanté la vista a regañadientes. Una mujer adulta y con cara de miedo se acercó corriendo hacia nosotros. Sin duda seria la madre de la pequeña, se parecían en la forma del rostro — Phillis, no vuelvas a irte de esa manera, me diste un susto de muerte— agregó la mujer y en efecto, se veía al borde del pánico.
—Lo siento mami— dijo la pequeña con voz delgada, dándole la mano a su madre —mi pelota escapó y Bill la encontró— dijo señalándome con su blanca manita.
—Oh muchas gracias, espero que mi niña no le haya dado problemas— se disculpó.
— ¿Qué…? Oh no para nada— me levanté y sonreí —es una niña adorable.
—Gracias, ella es lo más importante en mi vida… despídete de tu amigo Phillis, papá nos está esperando.
—Adiós Bill— su voz era extrañamente clara y segura para ser de una niña tan joven y un halo de fantasía titilaba a su alrededor.
—Hasta pronto Phillis — respondí agachándome y la pequeña sin miedo alguno plantó un beso en mi mejilla.
Las observé alejarse en silencio. La mujer ahora llevaba en brazos a la niña quien iba sonriendo feliz con la mejilla apoyada en su hombro.
Agité la cabeza, desesperado por quitarme a Dominique de la mente, no me podía permitir sentir pena por ella, ni pena ni nada, ella estaba muerta para mí o eso me esforzaba yo en pensar. Pero esta visión se aferraba a mi mente de una manera tan fuerte como una sanguijuela, succionando mi poco sentido común.
En mi mente vagaba la imagen de una pequeña niña abandonada, triste y sola, sin una persona que pudiera sostenerla en sus brazos para permitirle descansar tranquila, sintiéndose amada.
Quizá era por eso que, en los ojos de Dominique, por más feliz que pudiera estar, siempre estaban teñidos por una melancolía extraña, velados por una membrana de dolor empapada en una soledad tan helada que congelaba los nervios solo de imaginarla.
Llegué a mi camioneta en un tiempo récord, jadeando para recuperar el aliento que había perdido al correr por los senderos del parque y en pocos minutos ya estaba circulando por la calzada que llevaba hasta mi casa, necesitaba encontrar algo, hacer algo, incluso esnifar algo que le permitiera a mi mente descansar de las visiones que todo el tiempo tenía. Sakí venia justo detrás de mí a toda pastilla, pero mi camioneta era mucho más rápida y ya estaba dentro del recibidor cuando él ni siquiera había terminado de doblar la esquina.
— ¿Bill, eres tú? — preguntó la voz de mi madre.
Caminé ya más tranquilo por el pasillo y me los encontré ahí sentados en los sofás, platicando tranquilamente entre ellos. Gordon de vez en cuando miraba un libro grueso. Tom y mi madre conversaban y reían. El televisor de pantalla plana zumbaba silenciosamente. Nadie le ponía atención.
—Hola— saludé. Tres pares de ojos se enfocaron en mí. Mi madre sonrió de manera maternal, Gordon con camaradería y Tom no sonrió, más bien me observó detenidamente, tanteándose el piercing del labio y yo ya conocía esa mirada. Seguramente en cuanto pusiera un pie en mi habitación subiría para darme un sermón de hermano mayor como los que acostumbraba dar, aunque fuesen ignorados.
Me senté en el sillón individual, el que estaba más próximo al televisor y relajé los hombros.
— ¿En dónde estabas cielo? — Preguntó mi madre aun sonriendo —Tom llegó a casa hace mucho. ¿No estaban juntos?
—Si, pero yo tenía que revisar algunas cosas antes. Además, me pasé por un parque.
Mi madre me miró con sospecha.
— ¿Un parque? — asentí.
— ¿Encontraste algo interesante? — añadió Tom.
—Conocí a una niña con un nombre muy extraño— les dije sin disimular aun mi asombro.
— ¿Cuál era su nombre? — preguntó Gordon repentinamente curioso, e inclinándose hacia mí, me animó a seguir con su mirada. Tom en cambio perdió el interés y comenzó a teclear rápidamente en su teléfono móvil.
—Phillis. No se los apellidos.
Mi madre levantó las cejas sorprendida y encogiéndose de hombros mencionó:
—Si que es extraño, jamás en mi vida lo había escuchado.
—Es un nombre muy poco común. Probablemente será la única Phillis que conocerás en tu vida Bill.
—Quizá, pero su nombre me gustó mucho.
—Fue más popular en el siglo XVI, una princesa griega tenía ese nombre.
— ¿Una princesa? — pregunté.
—Si. Como verás ese nombre está cargado de poder, de un poder bueno.
A Gordon le gustaba pasar su tiempo libre leyendo e investigando sobre la mitología griega y siempre comentaba cosas encantadoras y mágicas, del tipo de cosas que te hacen creer que existen las hadas y los ángeles y que incluso están entre nosotros, aleteando sin quehacer alguno.
Yo había conocido a un ángel puro y casto y a un demonio peligroso y letal que coexistían bizarramente en el mismo cuerpo…
—Gracias por el dato Gordon, ha sido interesante.
—Cuando quieras chico— respondió volviendo al libro que descansaba en su regazo.
Me volví hacia el televisor. Tom estaba haciendo zapping en él y mi madre lo reñía con el pretexto de que cambiaba tan deprisa los canales que era imposible ver nada, hasta que, en un pequeño arrebato dejó fijo un canal. El canal de la televisión española.
La voz de la linda comentarista zumbaba perezosamente por las bocinas laterales, anunciando un reportaje especial y mi madre en un rápido movimiento le arrebató el mando de las manos. Tom soltó un bufido.
Los ignoré con la vista fija en la pantalla, ahora se escuchaba la voz de un hombre que informaba:
…Y hoy es un buen día para las carreras. Transmitiendo en vivo desde el hipódromo de la Zarzuela en Madrid, el favorito para ganar el gran premio el día de hoy es el magnífico purasangre “Chiswick”.
Tiene grandes apuestas a su favor siendo la más importante la del empresario Italiano Piero Ferrari.
Oh no…
Tragué saliva ruidosamente y Tom me miró con verdadero pánico reflejado en sus claros ojos, un reflejo exacto de los míos.
Mis ojos se desorbitaron mirando la pantalla y el hueso de mi garganta subió y bajó trabajosamente mientras yo intentaba tragar el nudo que se había formado ahí.
—Bill cielo, ¿estás bien? — preguntó mi madre. La ignoré.
Es un gran honor tener a semejante personaje de visita en el hipódromo. Otro comentarista. Era un puto equipo de comentaristas cotillas buenos para nada, pero que se deleitaban con el cotilleo.
—El empresario viene acompañado por un impresionante equipo de seguridad. ¿Los contaste? Son al menos cincuenta.
— Tal vez toda la protección se deba a que no está solo.
—Así es. Son raras las ocasiones en las que se deja ver acompañado por su joven hija adolescente.
—Ni siquiera sabía que tuviese una hija.
—Pero nada entusiasta, por lo visto a la muchacha no le molan las carreras de caballos…
No hice caso de los comentarios que siguieron, porque en ese momento las cámaras de la televisora enfocaban exactamente el palco donde se encontraba ella. La imagen no era buena y se apreciaba poco.
Reconocí a Andy en primera fila delante de ella, con el cabello rubio revoloteando en todas las direcciones y el rostro endurecido y enfadado, lucía extraño, estaba justo al lado del mierda de Gioaccino y un paso por delante de Giovanni. Había casi una veintena de guardaespaldas más, diseminados por todo el lugar, algunos cuidando la posición del viejo, pero la mayoría en torno a ella.
En cuanto una de las cámaras la enfocó de lleno, quise morir. Un vaporoso vestido blanco la distinguía de la muchedumbre de cuervos con traje negro, parecía fuera de lugar, como un rayo de sol extraído por la fuerza de su lugar natural. Estaba sentada de una manera muy apática sobre una silla blanca y alta, parecida a un trono y mantenía la cabeza agachada. Llevaba el rostro totalmente oculto detrás del largo flequillo, mucho más largo de lo que yo recordaba y sus brazos estaban cubiertos por un par de satinados guantes color blanco que le llegaban hasta arriba del codo. Ese detalle me chocó y supe inmediatamente que ella no habría elegido algo así, pues para Dom todo era mejor mientras menos accesorios llevara puesto encima y yo adoraba eso de ella.
Flash Back
—Dominique, ponte los zapatos.
—No.
La lluvia caía a cantaros y azotaba sin piedad los cristales del ventanal de la sala del piso superior y el clima era frío. Yo estaba de pie mirándola, bien metido en unos pantalones de cuero negro, una chaqueta con la cremallera subida hasta la barbilla y unas botas negras bien puestas. En cambio, Dominique bailoteaba descalza por toda la sala con un vestido de seda amarillo claro, sin mangas y que le llegaba por encima de la rodilla.
—Ponte los zapatos, y de paso cámbiate mejor por algo más abrigado ¿es que no tienes frío?
—No y no— una risita espectral.
—Que te pongas los zapatos
—Que no.
—No me obligues a ir a por ti niña, te los pones por las buenas o por las malas.
—Por ninguna de las dos. Estoy aburrida, quiero ir al mar.
Traté de mirar a través de la cortina de agua que resbalaba por el cristal, las olas encrespadas y enormes chocaban rabiosas contra las rocas de la playa y las palmeras se movían de manera espeluznante, como si tuviesen vida propia y quisieran huir despavoridas de la furiosa tormenta tropical.
—No iremos al mar. Quizá mañana pero hoy definitivamente no. Sácate eso de la mente. — Dom hizo un puchero rebelde, en verdad quería ir al mar. Las olas se la tragarían apenas pusiera un pie en el agua. Además, había encontrado el gancho perfecto para chantajearla.
—Pero yo quiero ir…
—Claro… como estar conmigo te pone aburrida…— agregué en un tono desconsolado. Se quedó sin aliento.
—No Bill Por Dios— gimió al darse cuenta de su pequeño desliz —no quería decir eso… es solo que…
—Da igual— interrumpí sonriendo internamente—sé que soy muy aburrido… — le dije y acongojado me senté en un taburete blanco brillante agachando la cabeza con desconsuelo. Se me daba tan bien eso del chantaje emocional, que si no hubiese sido cantante mínimo me hacía actor.
—No Billy —solo ella podía llamarme así sin que me molestara, viniendo de sus labios sonaba incluso agradable — ¿Qué puedo hacer para que me perdones? — su voz se había hecho chiquita y lucía más adorable que nunca. Se acercó hasta quedar arrodillada entre mis piernas, frente a mí. Tomé su mentón y la besé.
—Te podría perdonar siempre y cuando te pongas los zapatos, algo más de ropa y te olvides de la idea de ir al mar hoy, iremos mañana.
Y así fue que pasamos la tarde recostados perezosamente en uno de los sofás dorados de la salita, viendo televisión y comiendo cuanta golosina pedía Dominique, quien se había cambiado a un sexy atuendo negro deportivo que hacía resaltar más que nada lo estrecho de su cintura y la redondez de su trasero. Besé su frente agradecido y tras unas cuantas horas se quedó dormida entre mis brazos, como siempre hacía.
Fin Flash Back
Mi estómago se convulsionó y me inundé de deseo. De deseo por estar ahí con ella, de hacer a un lado su espeso flequillo para besar su frente, disfrutar de sus sonrisas y saborear el interior de su boca. De borrar de su memoria aquella espantosa última tarde juntos.
Miré ansioso la pantalla, las cámaras seguían enfocadas en ella y en su convoy de guardaespaldas y entonces deseé una vez más saber de ella, saber todo de ella… ¿Qué hacía en España? ¿Cuándo había salido de Italia? ¿Por qué? ¿Dónde estaba Jockey? ¿Solo había salido por una estúpida carrera de caballos? ¿Y por qué demonios tenía puestos esos ridículos guantes que la hacían ver más mayor? Yo se los sacaría de un tirón para botarlos al inodoro.
Un letrero en la pantalla indicaba que la transmisión era en vivo, así que mientras yo estaba solo, patético, con el rostro a cinco centímetros de la pantalla iluminada de mi casa con mi familia conteniendo el aliento al mirar mi bizarra acción, ella estaba en el jodido hipódromo dándose la vida de aristócrata refinada, de princesa caprichosa y frustrada. Los sentimientos volvieron a atacar mi cerebro, el dolor y la ira nuevamente hicieron mella en mí.
¡No¡— grité hacia la pantalla, lanzándola de un tirón de la mesita donde reposaba y el resultado fue que la membrana de cristal líquido de cincuenta pulgadas estalló en mil trozos que volaron por todo el cuarto.
— ¡Bill! — el grito histérico de mi madre crispó más mis nervios, pero antes de poder voltearme, los brazos de Tom me rodearon como boas constrictoras desde atrás. Entre jalones y empujones de su parte e inútiles intentos de resistencia por la mía, me llevo a través de las escaleras hasta mi habitación donde me lanzó con furia a mi cama. Lo fulminé con la mirada.
—Ya basta Bill, ya me cansaste. Han pasado casi dos puñeteros meses. ¿Cuándo vas a superarlo?
Quise poder responderle, pero no pude. ¿Qué rayos iba a decirle? “Si Tom, no te preocupes, solo necesito un par de semanas más”. Eso habría sido más patético aun, así que seguí asesinándolo con mi retina.
—Es solo una chica más, hay millones de chicas en el mundo y mejores que ella. Necesitas centrarte ya. Los medios hablan de tu falta de entusiasmo la cual le contagias al grupo y no creo que quieras que Tokio Hotel se vaya a la mierda ¿no? — bufó molesto— Olvídate de esa chica traidora y presta atención a donde se necesita, te necesitamos Bill— Tom se paseaba frente a mi igual que un león enjaulado y yo me limitaba a mirarlo tratando de entrar en razón.
—No, no quiero eso, no quiero que el grupo se pudra en el olvido— respondí al fin.
Quise patearme a mí mismo en cuanto mi hermano pronunció esas palabras y patearle el trasero de paso. Estaba dejando de lado mi vida (porque Tokio Hotel era mi vida, y no solo la mía, la de Tom, Geo y Gus también) por un estúpido recuerdo que ni siquiera valía la pena. Dominique seguramente ya me habría olvidado, y yo haría lo mismo con ella.
—Has de tomar el control Bill. Logra lo mejor de ti mismo, y no necesitas a nadie para hacerlo. Vamos a sacar a nuestra banda adelante.
—Lo haremos Tom— sonreí muriéndome por dentro —y ahora vete. Quiero estar solo.
—Te espero abajo, hay que volver al estudio… y comprarle a mamá una pantalla nueva.
En cuanto me quedé solo, las palabras de Tom surtieron efecto. Me olvidaría de ella, para siempre, y no permitiría que siguiera atormentándome siempre con sus recuerdos. Saldría adelante con mi gemelo, era todo lo que necesitaba y él nunca me abandonaría o traicionaría.
Me saqué la camiseta mientras me miraba al espejo de cuerpo completo de mi habitación que colgaba de la puerta. Lucía bastante bien, tal vez tenía algo de ojeras y la mirada un poco opaca, pero por lo demás estaba igual. La blanquecina cicatriz de mi hombro no desaparecía y no iba a desaparecer jamás, pero no le di tanta importancia. Era una cicatriz interesante que ya me había ayudado a conquistar a un par de chicas, aunque nadie nunca sabría su procedencia. Jamás.
Continúa.