«458 Italia» Fic de Shugaresugaru

Capítulo 25: Revelación

By Bill

Flipado. Esa es la palabra, estaba flipado completamente. ¿Es que en verdad acabábamos de recoger un precioso, exclusivo, brillante y alucinante premio comet? Si, era verdad. Sonreí como imbécil a las miles de cámaras que nos fotografiaban.

Habíamos aplastado como si fuesen hormigas a varios de los grandes, incluida la bandita de subnormales de Cinema Bizarre. El líder, un tal Jack Strify nos había mirado como si fuésemos insectos ponzoñosos, de esos que ni te piensas para matar de un certero pisotón, pero fue tal nuestra emoción que ni siquiera lo notamos. El guitarrista en cambio, el tal Yu, fue lo opuesto. No borró la estúpida sonrisa de gilipollas rematado durante toda la premiación, pero aquella sonrisa era de alegría autentica, sin rastro de envidia. Me agradó enormemente.

Nuestro premio era, en pocas palabras, un símbolo a nuestra entrega, trabajo y dedicación. Nos había costado lo nuestro en cuanto a desveladas, arreglos miles y mi periodo de locura paranoide, lo que retrasó en gran medida la grabación, estreno y lanzamiento.

El éxito había sido tal, que de repente nos habíamos convertido en una de las bandas más populares a nivel mundial. Habíamos pasado de ganar miles a ganar millones. Las invitaciones, entrevistas, sesiones de fotos, conferencias, presentaciones y peticiones privadas de todo tipo habían comenzado a llegar de manera alucinante, y claro que las habíamos aceptado todas. Nuestros días habían pasado de ser de 24 horas a 28 como mínimo. Estaba claro que necesitábamos al menos un descanso antes del comienzo de la gira, la cual comenzaría en dos meses más y cuya primera fecha era en Italia.

Estaba tratando de no pensar en la ironía del asunto. Habíamos ganado por nuestro último álbum, y el sencillo arrasador, fue aquella canción escrita hace ya cuatro meses en las costas de Palermo, una canción con una letra tan romántica como oscura, tan misteriosa como autentica, la cual describía la personalidad etérea de cierta criatura casi mitológica, tan mitológica que estaba a punto de casarse…y las hazañas de todo un personaje varonil y fiero, que se juega hasta la vida con tal de salvarle…

Menuda idiotez.

Había aprendido a recordar lo bueno de aquella experiencia y podía pensar en el asunto con mucha más tranquilidad, aunque casi siempre terminaba maldiciendo el nacimiento de aquella preciosa señorita.

Los recuerdos me hacían mal, pero, aun así, los destapaba y destilaba, quedándome con el eco de sus besos y la melodía de sus “te quieros”. Era un masoca perdido, lo tenía más que asumido. Y aunque aquello me pudriera el corazón, lo seguiría haciendo.

—Bill, esto ya me está aburriendo— como siempre Tom, arruinando la armonía de mis destructivos pensamientos.

—La verdad es que a mí también— concordé — ¿Donde esta Georg, y Gustav? — entrecerré los ojos, buscándolos entre todo aquel gentío. No tuve éxito.

—Fueron a ver si había algo decente para beber. Este vodka es para niñas— comentó Tom haciendo un puchero de desprecio ante la bebida transparente y levemente aceitosa de su vaso de plástico ¡de puto plástico!

—Por eso yo no tomo de esa mierda.

Tom bufó.

—Entonces dime ¿Cuáles son las mierdas que te metes, hermanito?

Aquella era una clara intención de picarme a una disputa verbal. Tom estaba tan aburrido y enfadado que prefería meterse conmigo a un duelo de palabras, sabiendo de ante mano que lo tenía perdido.

—Vale ya Tom, hoy no te cargues la noche. Ya tenemos el puto premio ¿no? sonríe entonces —Miré la hilera de vasos colocados sobre la barra. Joder, ni siquiera olían a alcohol. Malditas sean las mocosas cursis del Disney Channel que estaban pululando por todo el recinto, como partículas de un virus destructivo que nos jodía las narices a todos— vámonos mejor a otro sitio, buscamos a Georg y a Gustav y sacamos nuestros alemanes culos de aquí.

Tom volteó a verme directamente, una sonrisa traviesa se dibujó en sus comisuras y se la devolví.

—Vale, yo iré a por ese par de retrasados y nos piramos de esta mierda— Tom sonrió, casi eufórico diría yo — ¿has guardado el premio?

—Hace rato que David se lo llevó— comente dándole un sorbo a mi bebida, una simple soda medio tibia y dulzona que se embarró en mi paladar.

—Joder, bueno, espero verlo en el estudio el lunes— Tom se levantó de un salto de su banco y dándole la cara a los periodistas apiñados tras los lazos de terciopelo de la zona VIP donde nos encontrábamos, salió disparado en busca de los G’s.

Lo seguí con la mirada medio sonriendo y negando con la cabeza. Pero al sentir vibrar mi móvil dentro del bolsillo, deje de mirar a mi hermano y saque mi móvil, lo miré, haciendo un puchero resignado al nombre que se iluminaba en mi pantalla.

Kim.

Mi nuevo rollo, mi nueva chica, mi nuevo entretenimiento. Lo más “formal” que había tenido desde mi regreso del país de las pizzas, las momias y los duendes. Las demás habían sido encuentros furtivos de dos personas desesperadas por una buena dosis de sexo puro y duro.

Mi nueva chica era toda una preciosidad austriaca de piernas largas, bronceado perfecto, alegres ojos verde claro y cabello rubio dorado, tan liso como la baba de un caballo. Había tenido especial cuidado en elegir, una modelo preciosa y sin cerebro, caprichosa, voluble, mimada y superficial. Todos aquellos defectos que le había echado en cara, de una manera jodidamente cruel y despiadada a mi perfecta muñeca italiana. Se podría decir que se me cruzaron los cables, pero estaba comprobado que las niñas con inocentes caritas de ángel y cerebros poderosos y maduros eran potencialmente destructivas.

Me sentí un poco cabrón, pero ésta nueva chica, a pesar de su escasa posesión de materia gris, me divertía a veces. Era lo que se suponía debe tener alguien como yo.

No pude evitar hacer la comparación en cuanto la conocí. Comenzando por el nombre, un nombre genérico y normal: Kimberley. Kim para los amigos.

Aquel nombre tan normal no me provocaba un suave cosquilleo en el bajo vientre tan solo de pensarlo. No era extraño, ni con mística. Su cuerpo no era andrógino, blanco y suave como el marfil pulido, ni con un rostro perfecto de alabastro blanco. Los verdes ojos no eran ni la mitad de expresivos ni tenían la misma chispa de oscura inteligencia e ingenua y adorable inocencia. Los cabellos rubios no poseían el mismo brillo alucinante de extraños matices terracota, ni se enroscaba caprichosamente en suaves rizos de bronce. Su aliento no tenía ese embriagador aroma a vainilla… vainilla… joder quiero vaini…

— ¡Hola Kim! — saludé medio histérico, quizá más de la cuenta, gritándole con todo el pulmón a la bocinilla del móvil.

Billy— ugg su tonito era más meloso — ¿cómo estás osito?

Suspiré, a Kim no se le podía grabar en la mente el que odiaba que me dijera así. Ni siquiera se lo toleraba a mi madre… bueno, solo una persona en todo el mundo hubiera podido llamarme así.

—No soy osito Kim. Nos fue muy bien, hemos ganado el premio.

Vale, ¿qué vais a hacer ahora?

¿Vale? ¿Solo eso? ¿Vale? Joder. Ya se podría ir interesando en otra cosa que no fuera ella. No, me retracto, así está mejor.

—No se Kim. Ahora Tom fue a buscar a los otros y no sé si iremos a algún otro lugar o a descansar y ya. ¿Dónde estás tú?

Estoy la fiesta de mi amigo Cameron…bla bla bla— fue todo lo que mi cerebro registró

—Vale— respondí, mientras caía en la cuenta que no tenía ni zorra idea de lo que ella me acababa de decir.

Vale Bill entonces nos vemos mañana— contestó con un tonito muy animado— recibe besitos sabor a chiclito mi Billy. Adiós

—Vale adiós—corté la llamada. Vaya que era insoportable.

Joder, no sé a quién queríamos engañar, no nos interesábamos el uno por el otro ni por asomo… tendría que terminar con aquello, pero después.

—Hecho Bill— la atronadora voz de Tom me tranquilizó— vámonos ya— suplicó.

—Vale… ¿A dónde vamos? — miré mi reloj de pulsera. Eran las diez menos cuarto de la noche. Gus y Geo se miraron como lo harían un par de macacos emporrados y luego rompieron a reír, al parecer el vodka de niñas si pegaba después de un rato.

—Ahora que fui a buscar a estos retardados escuché que hay una exhibición de mercedes en el museo, ahí en uno de los barrios pijos— puse los ojos en blanco mientras nos dirigíamos a la salida, que era despejada por nuestro equipo de guardias.

—Joder Tom, ¿quieres ir a ver autos? —Lo fulminé con la mirada. Mi cuerpo pedía fiesta, no autos — para eso mejor nos quedamos aquí.

—No seas estúpido Bill, yo no me quedo aquí ni aunque me pagues. Además, ya me aburrí del Audi y con eso de que mi Ferra…— uy, Tom se dio cuenta a tiempo de la metedura de pata que iba a efectuar y reculó, aunque en su expresión se quedó grabada la frustración, mi hermano adoraba su puñetero deportivo color plomo— quiero un auto nuevo y que sea Mercedes. ¿Tan difícil es de entender?

—No se Tom, si quieres ir pues vale, yo mejor me voy a mi cama, estoy molido— y en verdad lo estaba. Me dolía horrores la cabeza, el maquillaje me picaba los ojos y los pies los sentía como si los tuviese clavados a una cruz.

—No seas nena —suplicó con una mueca adorable— además podrías mirar algo para deshacerte de esa jodida camioneta de súper mamá que te mola tanto.

Eso era pasarse.

—No te metas con mi camioneta, capullo de mierda— le grité colérico. Los G’s nos miraron con hastío. Ya conocían de sobra el cómo nos llevábamos Tom y yo —Iré un rato, uno pequeñito y después me iré a dormir tanto si te parece o no, aunque te arrastres por el piso como un gusano machacado y bañado en limón— advertí finalmente.

—Vale.

Hostias, era tan fácil hacer feliz a Tom.

Nos embutimos los cuatro en el micro Audi blanco de Tom. Conseguí acomodar a Gus y Geo en la estrecha parte trasera, se miraban tan graciosos, Tom se acomodó al volante y a mí no me quedo más remedio que el asiento del pasajero, demasiado pequeño para mis largas piernas y las encogí en una posición bastante incómoda. Y el imbécil de mi hermano se quejaba de mi camioneta…al menos en ella podía estirarme a mis anchas como el puto rey.

—Tom, ya puedes decirnos a dónde iremos, de verdad…— soltó Gus de pronto.

Ah, ¿es que no íbamos a una puñetera exhibición de autos?

—Estamos en Stuttgart e iremos a la sede de los putos Mercedes para ver si alguno me agrada — tronó enfadado Tom.

— ¿Y qué tal mejor un Cadillac? Uno enorme, todo terreno —tentó Georg.

—He dicho que no ¿es que no entienden que quiero un putisimo mercedes?

Yo opté por no hablar mejor, no tenía ganas de discutir sobre semejantes ñoñerías. No era tan flipante un auto nuevo, aunque si he de sincerarme, yo también extrañaba horrores mi sexy Ferrari negro.

—Oye Tom, pero ya sabemos de sobra que es jodidamente difícil entrar en un evento así— la reflexión de Gus me hizo voltear y mirarlo directamente, con los ojos ardiendo —perdón si te molesta Bill, pero espero que recuerden que la última vez que asistimos a un evento así, nos cachearon hasta las bolas para dejarnos entrar.

Mierda, Gus tenía razón. Se refería sin duda a la presentación de los Ferrari, a la que habíamos asistido en Milán hacía ya medio año.

El silencio que siguió fue bastante incómodo para los cuatro, en especial para mí.

—Por mis pelotas que nos dejan entrar— fue toda la respuesta de Tom, después de un buen rato callados como cadáveres.

Y joder que tenía razón el pringado, en cuanto llegamos a la sede, en uno de los barrios pijos de Stuttgart fuimos el foco de la atención. Mierda si nos habíamos hecho famosos.

El lugar del evento era nada más y nada menos que el museo de Mercedes Benz, un edificio moderno y vanguardista, al puro estilo minimalista, donde colocas una figura sin chiste, que no hace juego con el demás mobiliario y que a todos los gilipollas modernos tanto les molaba. Una alfombra roja exageradamente larga indicaba la entrada, donde un equipo de seguridad bien grande controlaba las entradas.

Hum a que me recordaba aquello… preferí no profundizar en mis memorias o terminaría con un humor de perros y gritando que me dejaran solo.

En cuanto pusimos los pies sobre aquella jodida alfombra, una lluvia de flashes nos cegó, nunca mejor dicho. Asesiné a Tom con la mirada mientras él sonreía bobamente a las cámaras. Quise dar media vuelta y aventarme de cabeza al coche, pero ¡wow! Ya no estaba, se lo habían llevado a estacionar.

Tom nos iba a hacer pasar un puto ridículo épico y yo lo mataría por ello, pero sin darme cuenta, en menos de cinco minutos ya estábamos dentro del elegante recinto, siendo el blanco de más cámaras, fans y miradas, el cual fue dispersado sin miramientos por nuestro equipo de seguridad, que había crecido igual que nuestro éxito.

Saki se situó delante de nosotros, como lo haría un fiel perro guardián y así pudimos avanzar sin tropezar con las bobas caritas ingenuas de un sinfín de muchachitas pijas, hijas de padres pijos, seguramente ejecutivos importantes, invitados o a saber de quién puñetas.

—Ya lo vez querido Billy— la mueca burlona de Tom me provocó unas ganas enormes de meterle una buena hostia — ¿decías algo? Te dije que somos influyentes.

Y todo aquel éxito se lo debía a aquella chiquilla italiana, por haber sido mi inspiración. Suspiré cansado mientras intentaba desterrar de mi mente aquellos recuerdos.

—Ve a mirar por ahí y si encuentras algo digno de ver, me llamas vale, estaré en la barra— quería ahogarme en licor, en un licor fuerte que me ayudara un poco.

—Cuando encuentre mi futuro auto se te va a deslavar el pelo de la emoción y hasta el pedo se te bajará — comentó Tom mientras se perdía entre la gente y los brillos de aquellos autos tan pijos.

Me entretuve mirando la cola de uno de aquellos autos, ladeando la cabeza constantemente para apreciar mejor. Su color era extraño, parecido al rojo, pero más oscuro, aunque sin llegar siquiera a ser tinto. Después de un rato de reflexión decidí que el tono era color sangre. ¿Quién coño pintaba un auto de ese color? Muy alentador para despedazarlo contra un árbol, así no se vería tan macarra la escena.

Fruncí el ceño mirando aquella máquina, no era de cerca tan fina como lo pensé, las líneas eran un poco forzadas, no se fundían suavemente entre sí, ni el color era tan rojo como en mis sueños.

No Bill, no es un Ferrari.

Mierda con mi conciencia.

Exasperado, me aparté y mi dirigí en línea recta hacia la barra, siempre había lugares disponibles en la barra para un ente solitario como yo, por muy famoso que pudiera llegar a ser.

— ¡Hey tú! — le hablé al camarero, que limpiaba copas con una expresión de terrible aburrimiento— dame algo de beber, lo más fuerte que tengas.

— ¿Lo más fuerte? ¿Estás seguro? — es que era retrasado o que.

—Si los más fuerte ¿eres sordo? — de acuerdo, me estaba portando un poco borde, pero ¿a mí que me importaba? — vodka, ginebra, lo que sea.

—No Kaulitz— vaya, si el idiota me conocía —esas bebidas son para niñas, te daré algo verdaderamente fuerte. Con tres dosis estarás para el arrastre.

—Dámelo entonces, pero ya— me había picado la curiosidad, ¿es que iba a servirme absenta? Eso estaría más que bien, necesitaba una buena dosis de licor y, ¿qué mejor que uno que provocara visiones?

—Bueno, aquí tienes— delante de mí había puesto una fina copa de cristal transparente, tan suave como el pétalo de una rosa. Estaba rebosante de un líquido color verde muy intenso, verde peligroso, parecido a los fluidos estomacales de algún alíen.

Pensé en preguntar que era, pero decidí que era mejor no saberlo y encogiéndome de hombros, tomé el primer sorbo.

El chorro de aquel líquido bajó por mi garganta dejando un reguero de agonía verde, golpeé la barra con una mano y me llevé la otra a la garganta, tosí y me atraganté ante la sonrisa petulante del camarero aquel que parecía incapaz de aguantarse la risa.

— ¿Qué mierda es esto? — bufé aun atragantado, tratando de jalar aire hacia mis pulmones, me había dejado la garganta y hasta el esófago en carne viva.

—Fuerte ¿no? — Comentó aquel chico muy pagado de sí mismo —es una bebida francesa, se llama chartreuse. Si bebes una cantidad suficiente de él, tus ojos se volverán de un verde fosforescente.

— ¿Y de que mierda está hecha? — pregunté mientras trataba de clasificar los sabores con mi lengua. Había yerbas, sin duda y tal vez alcohol puro, sin destilar siquiera.

—Está hecho de altares… y es tan potente que bien podrías utilizarlo para embalsamar cadáveres, si pillas una borrachera con esto, vomitarás hasta los intestinos por tres días seguidos.

—Bueno, pero sabe bien, creo que solo tomaré uno— comenté dando por terminada su cháchara y acariciando el filo de la copa con mi dedo índice, estaba indeciso si tomar otro sorbo o no.

En verdad era intenso, sentí que podría empezar a escupir fuego verde en cualquier momento, como un jodido dragón.

—Vale, si necesitas algo más, una segunda copa, unas cuantas líneas de coca, que te apachurre la barriga para vomitar o algo así, estoy a tus órdenes Kaulitz— dijo petulante y se alejó a atender a las personas que se habían ido acumulando en la barra. Vi de reojo como guardaba aquella botella con ese veneno verde tan poderoso en un cajón medio oculto y cerraba con una llave que se guardó en el bolsillo.

Sería petardo, me había dado esa corrosiva bebida por picarme y divertirse a mis costillas.

Daba igual, era lo que había pedido.

Me giré sobre mi banco, pegando la espalda al filo de la barra y apoyando en ella los codos. Pude vislumbrar a lo lejos a Gustav y a Georg, mirando detenidamente un bonito deportivo plateado, a Georg le brillaban los ojos y Gustav miraba cansado. Bien sabía yo que Gustav seguía coladito por su Ferrari, el cual utilizaba en sus días libres y a mis espaldas, nunca le dije nada. A fin de cuentas, era su regalo.

Tom ya estaba acompañado por dos rubias despampanantes de tetas enormes y bobas sonrisas de labios inflados. Era inútil, Tom no iba a cambiar, me pregunté si algún día se llegaría a enamorar de una sola chica y seria fiel, formaría una familia, tendría hijos o algo así por el estilo. No podía ni imaginarlo así que deje de mirarlo, apesadumbrado.

—Hey, ponme otra caña de esas— le dije al camarero sin mirarlo. Para mi sorpresa, rellenó mi copa con aquella poción de hierbas del demonio y se retiró, lo agradecí ya que no tenía ánimos de escuchar más gilipolleces.

En cuanto me di la vuelta para tomar la copa, me di cuenta de que aquel camarero no me había hablado porque había un revuelo en la entrada, al cual todos prestaban atención. Seguramente alguien importante acababa de llegar, pero no le di importancia. Que les dieran por culo a todos. Ya empezaba a sentirme medio mareado y alegre y podría jurar que, por mis venas, en lugar de sangre, circulaba aquella marea verde, chamuscando mis glóbulos rojos, me pregunté cuánto tiempo tardaría en volverme todo verde, como Hulk.

Dios Bill, ¿cómo te las arreglas para pensar en semejantes estupideces?

Me reí de mí mismo por pensar aquello, suerte que la bebida verde me había puesto de buenas y hasta me había espabilado.

Saki, mi guardaespaldas, se mantenía serio y callado, sentado a varios metros de mí, pero sin quitarme el ojo de encima, y gracias al alcohol verde, aquello no me molestó como solía hacerlo.

A mi lado, uno de los bancos fue deslizado fuera de su sitio de manera muy ruidosa, y vi de soslayo como una silueta un tanto gruesa se sentó pesadamente.

Ni siquiera me molesté en voltear, estaba demasiado concentrado en la expresión de idiota de Tom, que ya estaba sobando disimuladamente a una de aquellas rubias bobaliconas, estaba seguro de que habría fiesta en la habitación de Tom esta noche.

—Que tal Bill…—aquel simple llamado me hizo pegar un bote sobre mi banco.

La sangre se me heló en las venas. La figura que se había situado a mi lado habló despreocupadamente, mencionando mí nombre como si nos conociéramos de toda la vida. La profunda voz hizo que todos los vellos de mi cuerpo se erizaran hasta incluso provocarme dolor, conocía de algo aquella voz, tan masculina y con ese acento tan… italiano.

Me di la vuelta fotograma a fotograma, la copa tembló levemente entre mis manos, agitando aquel acido verde, (deseé poder ahogarme con él, dentro de la copa), y me encontré de frente con todo un personaje.

El cabello entrecano, la piel tostada y endurecida por el sol, y aquellos ojos tan azules.

Tenía frente a mí al dueño de toda la escudería, al creador de máquinas tan potentes como un rayo, al padre de la chica que había trastocado completamente todo mi mundo. Tenía frente a mí a Piero Ferrari. Me quede sin voz, y volteé como un rayo hacia atrás, por si por alguna conjura del infierno, el tal Piero hubiese venido acompañado.

— ¿Eres Bill Kaulitz o no? Estoy seguro que lo eres, nos conocimos en Milán ¿recuerdas?

—Si — contesté con la voz adelgazada y me eché hacia atrás automáticamente.

Mierda, mierda, mierda, y más mierda. Estaba seguro de que ya se había enterado de todo lo ocurrido en Palermo cuatro meses atrás y ahora venía a asesinarme con sus propias manos. Normal, lo tenía bien merecido por ser un total hijo de puta, pero no por eso dejé de sentirme acojonado.

—Oye ¿te encuentras bien? Te pusiste pálido chico— comentó con amabilidad.

¿Y eso a que venía? ¿Es que no iba a estrangularme y colgarme de una de las vigas del techo delante de todos?

Lo miré frunciendo el ceño. Piero no se veía agresivo ni por asomo, me miraba y parecía como si no lo hiciera, sus ojos estaban teñidos por la neblina de la preocupación, y aprovechándome de eso recuperé mi valor y me enderecé.

—Todo va bien… esto… es solo ésta bebida que está muy fuerte— contesté haciendo esfuerzos por sonar despreocupado. Aun me carcomían los nervios.

— ¿Qué es lo que estas bebiendo? — preguntó mirando fijamente mi copa, perdiéndose en los brillos verdes nebulosos del líquido.

—Hum… chartreuse, creo es— contesté no muy convencido, de repente se me había olvidado incluso mi propio nombre.

—Vaya… —parecía impresionado por el modo en que levantó las cejas— esa bebida es muy fuerte para alguien tan joven como tú. ¿no prefieres el vodka?

Anda, que el viejo conocía de licores.

—Es muy fuerte, me tiene la garganta despellejada — moví en círculos la copa, manchando los bordes con el veneno aceitoso y dulzón— si me gusta el vodka, pero esto sabe bien.

—¿Y qué haces aquí? ¿Es que te gustan los mercedes? — preguntó con una curiosidad enorme mientras me evaluaba con la mirada. Había hecho un puchero de desprecio al mencionar la palabra.

—No, es mi hermano que quiere un auto nuevo… uno de estos…— comenté tratando de sonar calmado — ¿usted qué me dice?

—Tu hermano debería tener quizá, mejores gustos— añadió en un fruncimiento de ceño hasta que sus cejas casi se tocaron —Yo estoy aquí sin ganas, me llegó un rumor alarmante, los de mercedes se han robado casi la totalidad de uno de nuestros diseños y vengo a ver qué tiene eso de cierto.

—Oh… — fue todo lo que pude responder. Aun no me creía que el mismísimo Piero, aquel que nos había tratado como basuras y había pasado de nosotros como se pasa de la mierda, me estuviese hablando de una manera tan normal, es que era extraño de huevos.

La fama Bill, la fama. Añadió mi conciencia.

Bueno, había llegado nuestro turno de ser bordes.

Miré por sobre la cabeza de Piero, y ahí, a escasos tres metros, me sonreía malévolamente una jodida serpiente. Gioaccino estaba de pie con los brazos cruzados, mirando exactamente hacia mi posición, le dirigí una mirada cargada de ironía desafiante y burlesca, y en respuesta apretó los puños. Casi podría jurar que escuche el crujido de los huesos y el rechinar de sus dientes.

EL ojo crítico de Saki y sus años de experiencia, le hicieron notar aquel simple intercambio y se puso tenso y alerta de inmediato.

Esto iba a ponerse bueno.

—Ah Bill, no tengo deseos de ir a pelearme esta noche— ¿y eso a mí que cojones me importaba? ¿No se suponía que este gilipollas nos odiaba, odiaba a los nazis a saber porque estúpido prejuicio?

Pero claro, aquí, el que estaba acojonado era él y no yo, él era quien estaba metido hasta las pelotas en Stuttgart, el nido pijo de Alemania, ahora él estaba en mis dominios y lo trataría de la misma manera en la que él nos había tratado cuando estuvimos de paso por Italia, su territorio.

—Pero tiene que defender sus diseños…

—Así es, tengo que asegurar mi legado.

— ¿No van bien los negocios? — pregunté con maldad, y por la mirada del viejo, pensé que me había pasado un poco, pero entonces suspiró pesadamente. Se notaba repentinamente… viejo.

—No, los negocios van estupendamente, incluso estoy por llevar a cabo el mejor de mis negocios… y el más riesgoso— ¡toma ya! estábamos adentrándonos en terrenos peligrosos.

— ¿Y… que tal la familia? — me atreví a preguntar despreocupadamente, cambiando de tema y esperando que me contestara con alguna bordería, como que eso a mí no debía interesarme una mierda, pero para mi sorpresa, el hombre suspiro más pesadamente y las arrugas en su frente se intensificaron.

—Bill… yo no tengo familia.

— ¿¡Qué?! — chillé con una voz de pito de lo más graciosa, en cualquier otra circunstancia. Que rayos quería decir, si bien que el hijo de puta tenía una hija. Una hija preciosa.

—Soy viudo.

—Pero tiene una hija, usted mismo nos la presentó— añadí medio ido, ya no me importaba lo que pudiera pensar de mí ¿es que algo le había ocurrido a ese pequeño y adorable duende traidor?

—Oh sí, mi hija, mi preciosa Dominique— en cuanto pronunció aquel nombre me sentí desfallecer y mis piernas temblaron como flanes. Su voz se había tornado melancólica. Su nombre me atravesó el pecho como fuego, arrancando las cicatrices que en cuatro meses se habían comenzado a formar.

—Si ella— respondí de forma críptica.

—Veo que la recuerdas bien…

—Si bueno, su rostro es algo difícil de olvidar…— era imposible de olvidar.

—Es toda una belleza ¿a que sí? — añadió orgulloso, al parecer sin poder contenerse de presumir. Joder, no sabía hasta donde iba yo a poder controlarme.

—Ella está bien ¿no? — Recuperé apenas mi aire despreocupado —hace unas semanas os vi por televisión en el hipódromo de Madrid.

—Oh si, pensé que quizá la distraería, pero no resultó, antes le gustaban tanto los caballos…

Joder, nunca me comentó nada de eso, pero normal, con lo mentirosa que era. Una lengua de fuego de lo que creí mi extinta ira se abrió paso por entre mi pecho.

—A veces las personas… cambian— le piqué sin disimulo. Aquel hombre se veía tan echo polvo que decidí aprovechar y divertirme un rato.

—Mi hija ha cambiado… ojalá Bill, tú nunca tengas hijas— suspiró mientras sorbía de su vaso de matices ambarinos, y el olor a coñac me llegó en un tenue susurro.

¿Pero qué demonios?

— ¿Cómo dice? — pregunte con helada cortesía.

Aquel hombre me miró un poco reticente y entonces viendo sus ojos pañosos y preocupados, supe que algo muy malo le estaba pasando a mi duende. Me desesperé de inmediato.

—El dinero es a veces muy traicionero, pero hay algo aún peor que eso, y es la lealtad, y mi hija tiene servidores tan leales que, aunque yo los azote sin piedad o los torture hasta morir, no me dirán que es lo que le está ocurriendo, y yo necesito saberlo Bill… necesito saberlo… a veces me gustaría que ella tuviera un noviecito bobo como tú y no la pesada carga que lleva sobre sus hombros— y su voz se apagó en las alcohólicas profundidades de su vaso de cristal cortado.

¿Pero qué coño me estaba contando…? ¿que algo malo estaba pasándole a Dom? se supone que debería estar feliz y cantando entre castañuelas por su próxima boda pija. Yo no la odiaba al punto de desear que algo malo le sucediese. ¿y si le había ocurrido algo, o si estaba enferma? Un escalofrío de pánico me recorrió la espalda al pensarlo. No. Definitivamente ella tenía que estar bien.

—¿Y porque necesita saberlo? —Pregunté borde— total, es la vida de su hija— y en cuanto pronuncié aquellas palabras, sus ojos se volvieron afilados y me atravesaron de lado a lado.

—Mi hija tiene que acatar mis ordenes Bill, por eso necesito saber que es lo que le pasa por la cabeza —volvió a suspirar— en una semana la visitaré para darle una noticia… y no sé cómo la tomará.

Puto machista era el italianito ese.

—¿Y qué noticia es esa? — de acuerdo, quizá me estaba pasando de metido, pero en realidad quería que siguiera hablándome de Dominique. Esperaba que el formol verde que me estaba tomando me ayudase a olvidar luego esta conversación.

—Tal vez pienses que tengo alma de dictador, pero… desde hace tiempo que mi hija tiene el matrimonio convenido y arreglado, pero ella es tan… rebelde que no sé cómo se tomará la noticia, presiento que me dará muchos dolores de cabeza.

—Oh vaya…—sonreí divertido— pero eso ella lo sabe ya ¿no? Solo es cuestión de asimilarlo y…

— ¿Saberlo? ¡Qué va! ella no sabe nada, siempre fue un secreto — me interrumpió en el acto

Vale… ¿Qué?

¡¿Cómo cojones ella no sabía nada?! ¡Ella misma lo había dicho!… no, un momento, ella nunca lo mencionó, ni lo afirmo ni lo negó, porque solo se había dedicado a llorar y suplicar…

Oh mierda …

— ¿Perdón, dice que ella no lo sabe? — pregunté temblando, mientras rogaba a todos los dioses que la respuesta fuera un No, o un no sé.

—Pero Bill, ¿Cómo lo va a saber? Lo que he intentado hacer desde que nació es protegerla ¿en serio me crees tan estúpido como para publicarlo a los cuatro vientos? Si hubiese revelado que mi hija se casaría con un magnate le habrían puesto doble precio a su cabeza. Claro que no lo sabe, y si por mi fuera no se enteraría si no hasta la noche de bodas.

No, no, no, no, no, no, no, esto tenía que ser una puta pesadilla.

Dominique era en verdad inocente, ella nunca me había mentido, nunca me había traicionado y yo… no Dios, yo le había hecho lo peor que un hombre puede hacerle a una mujer. De repente deseé morir, morir de una manera muy dolorosa y de ser posible que ella misma fuera mi verdugo.

¿Qué te hice Dom?

Me tambaleé sobre el banco, que parecía haberse vuelto de goma.

—Ya… veo— respondí, aunque estaba seguro que solo había emitido un gorgoteo.

—Bueno Bill, espero no haberte aburrido, tengo que ir a atender mis asuntos, sigue disfrutando de tu noche, tu libertad y tu fama — y tras darme una palmadita en el hombro se levantó y se retiró caminando con elegancia por entre las personas, seguido de su séquito de guardaespaldas.

No puede ser.

No puede ser.

No puede ser.

Mi mente se había bloqueado, de repente no sentí las manos, ni los pies, vaya ni siquiera la cabeza, toda mi vida acababa de derrumbarse como se derrumba un castillo de naipes.

—Vaya, vaya — te has quedado lívido, querido Bill— tronó aquel maldito que reconocí como Gioaccino.

—Tu— jadeé como si hubiera estado corriendo un puto maratón de diez kilómetros— ¡me mentiste! — troné, ciego de rabia.

—Oh, si, cuanto lo siento— respondió con un tono tan falso e hipócrita que se me revolvió el estómago en el acto.

—¡¡Eres un maldito hijo de puta!!— ni siquiera le mire, ya que el malestar que tenía era tan grande que me obligaba a sujetar la barra con fuerza, ya que de no hacerlo me iría al piso por la conmoción que estaba sintiendo, junto con el mareo y un dolor asqueroso en la boca del estómago.

—No Bill, no descuides tus modales en un evento tan elegante— su tono era de despreocupación total, se sentó cómodamente en el banco contiguo al mío y me miro alzando una ceja, divertido. Tomó mi copa y le dio un ligero sorbo, sin inmutarse al sentir el potente sabor del alcohol casi puro — y luego metiéndote esto chaval, tú que sí que eres un estúpido total.

—Espero que te pudras en el infierno, maldita serpiente— incluso mi capacidad para insultar había sido mermada.

—Sabes Bill, esto no ha sido tan divertido como yo lo imaginé — murmuró, dejando la copa sobre la barra— cuando hablamos allá en Italia pensé que tendría que soltarte una mentira tras otra y después meterte una paliza épica para hacer que te largaras, pero tú lo hiciste todo tan fácil que mira, resultó jodidamente aburrido.

— ¿Pero tú eres gilipollas? ¿Te parece divertido? — lo miré fijamente y me hubiera gustado saber qué es lo que vio en mis ojos para que se le cortara de inmediato la sonrisita de anormal.

—Ya te dije que no, mocoso estúpido.

—Dominique no lo sabía, no lo sabe, es inocente— gemí hacia mis adentros.

—Pues sí, es obvio que no lo sabe, hay que ser un imbécil para pensar lo contrario con esa cara de ángel que tiene, y créeme cuando te digo que nunca fue mi intención sacrificarla para deshacerme de un simple peón como tú, pero así son las cosas en el juego ¿no crees?

— ¿Qué? ¿De qué coño hablas?

—De eso, pedazo de idiota. — Sus ojos llamearon con un fuego peligroso. — Ah Bill eres ignorante como un niño, yo te dije que así de jodida es la vida… pero claro, cuando yo ya me liaba a hostias en la calle para ganarme un pedazo de pan, tu no eras más que un bebe llorón.

—Dijiste sacrificarla — ignoré toda su cháchara, ¿a mí que mierda me importaba? Ojalá lo hubieran matado de un garrotazo en la cabeza. Sentí un pánico irracional y cada célula de mi cuerpo se vio abarrotada de necesidad de verla y tocarla, para asegurarme de su bienestar.

—Pensé que te largarías en el acto a llorar tu patética suerte, pero resultó que tienes cojones y te atreviste a hacerle no se cuánta barbaridad a esa pobre muchacha, Oh Bill, Bill, si tú supieras hasta qué punto la cagaste…

—Si supiera que, habla de una puta vez— gemí. Su tono había vuelto a ser despreocupado y yo sentí que una rabia sin límites, infinitamente peor que cualquiera que haya experimentado antes, saturaba de adrenalina mis músculos y llenaba de sabor mi boca.

—Redujiste a nada a Dominique, en verdad a nada. A saber, que le habrás dicho… o hecho para destrozarla de semejante manera…—lo miré y una especie de neblina roja me nubló la visión —Oh, ¿Qué dirá nuestro gallardo y arrogante principito, cuando vea en lo que convertiste a su futura esposa? No durará ni una semana en semejantes condiciones, y en realidad no creo que le importe mucho a estas alturas… estoy deseando saber cómo mierda hiciste para destruir en un solo día lo que me costó cuidar durante nueve años… como me entere que la tocaste sin su permiso te haré desear jamás haber nacido…— y en un visto y no visto, se acercó hasta prácticamente pegar sus labios a mi oído —si por mi fuera, te hacia pedazos aquí mismo, delante de todos estos nauseabundos nazis de alcantarilla, pero tu guardaespaldas está deseando que lo haga para vaciarme en la cabeza las nueve balas de plomo de su pistola, y aunque estoy seguro de que en estos momentos, tu más grande deseo es morir, tendrás que esperar un poco más— y tras decir aquello se volteó y sonrió en el momento justo en que nos hicieron una fotografía, como si fuéramos los grandes amigos, entonces se levantó sin hacer el más mínimo ruido— te daré un consejo, mi querido neonazi, ten un poco de cerebro y quédate para siempre refundido en esta puta cloaca que tienes por ciudad, ni te atrevas a buscarla, porque te mataré como al perro que eres y ¿sabes qué? lo disfrutaré bastante.

Gioaccino sonrió angelicalmente, mostrando sus dos hoyuelos en las mejillas y se alejó con paso firme, dejándome hundido hasta el cuello en mi propia mierda.

El primer espasmo de dolor llegó en ese instante y fue tan intenso que me doblé sobre mí mismo. El camarero que me había atendido me miraba con cara de espanto, sorprendido por tal reacción.

—Cristo, Kaulitz, ¿vas a vivir o qué? — pasé olímpicamente de él.

Salí a trompicones del banco en el que estaba sentado y entre empujones violentos a todas las personas del lugar, conseguí escapar y encaminarme tambaleante hacia el callejón que estaba próximo al museo.

El siguiente espasmo fue aún peor que el primero y caí de rodillas, fue tan brutal que mi frente rozó el frío pavimento húmedo y me abracé frenéticamente, tratando de contener la llamarada de agonía verde que se abría paso por mi vientre. El dolor estaba destrozándome por dentro, y era tan terrible que estaba seguro de que mis entrañas estaban ya corroídas y llenas de agujeros sangrantes.

¿Por qué? ¿Porque todo salía tan mal?

Aquel dolor que yo experimentaba, estaba seguro que no era ni la cuarta parte del dolor que yo mismo había infringido a Dominique, quien estaba ahora en grave peligro, eso lo daba por sentado gracias a las palabras de ese infeliz, o quizás incluso… no joder, eso no.

La había destrozado, sí, por dentro y por fuera, le había arruinado la vida, nunca me detuve a escuchar sus llantos y súplicas, demasiado cabreado como para razonar y darme cuenta de que ella había sido auténtica, inocente y leal, y la mierda pestilente había sido yo.

Y ahora ella estaba pagando por algo que jamás había cometido, siendo castigada por mí, por mi desprecio, por la sobre protección y seguramente constantes molestias de todos los malditos guarros que la rondaban sin darle un respiro, cuando ella se merecía más que nunca mis suplicas y mi cabeza servida en un plato que ni las ratas se atreverían a probar. Mis ojos se inundaron de lágrimas cuando recordé su terrible expresión de pánico y desconcierto cuando trataba de decirme lo que ahora yo ya sabía. Lo recordé con una claridad tal que parecía una película reproducida en calidad 4k.

Gemí y apreté la mandíbula e incluso me mordí el puño con saña, tratando de no gritar. Ni siquiera sabía porque este repentino dolor me atacaba el cuerpo y me desesperé. El sabor metálico de mi propia sangre me revolvió aún más el estómago.

Traté de incorporarme, apoyando las manos en la fría pared, arañándola, estaba llena de florituras y salientes. Mis uñas a la mierda. Pero lo único que conseguí fue desplomarme por completo sobre el suelo mojado y pestilente y me debatí torpemente en mi agonía, con la garganta repleta de bilis amarga y los ojos escociéndome por las lágrimas.

— ¡Dios santo Bill! ¿Qué demonios pasó? ¿Te encuentras bien? —tronó una voz a mis espaldas.

Aquel era naturalmente Tom, lo podía reconocer aun cuando mi cerebro estaba luchando tan frenéticamente contra el dolor. Conexión entre gemelos.

Giré sobre mí mismo hasta quedar acostado boca arriba, con la espalda pegada al frío suelo y me encontré con la mirada preocupada de Tom.

¡Toma ya!, pensé que él ni cuenta se habría dado de mi muerte inminente, aunque claro, seguramente estaba sintiendo los residuos de mi lenta agonía.

Quise decirle algo, lo que fuera, pero otro espasmo de dolor me sacudió la columna vertebral, ajándome la espina de arriba abajo. Fue increíblemente más bestial que los anteriores y dejé escapar un gorgoteo ahogado y patético desde lo más profundo de mi garganta. Oh si, mis entrañas tenían que estar disolviéndose dentro de mi cuerpo.

Tom me apartaba el cabello de la cara, su mirada era totalmente desesperada y asustada. Quise calmarlo, pero quedé agotado.

Mi corazón había escalado y ahora latía furiosamente en mi cabeza, aturdiéndome, golpeándome las sienes y retorciéndose sobre sí mismo.

Momentos después fui consciente del roce de las manos de Tom debajo de mis brazos que me obligaban a darme la vuelta, a incorporarme sobre rodillas y manos. Entonces sus manos se cerraron en torno a mi abdomen y apretaron con una fuerza tremenda, tirando hacia arriba. Joder, solo Tom podía ser tan bruto.

Un nudo oculto en el interior de mis entrañas aflojó de repente y todo el chartreuse que había bebido afloró de mi boca como una marea de veneno verde y caliente que había sido removida hasta convertirse en una masa espumosa. El vapor amargo y ardiente de mi propio vómito me rozó la cara y me hizo girar la cabeza y sollozar, y al fin, pude ponerme en pie, mientras me limpiaba con el dorso de la mano las gruesas hebras de saliva verdosa que colgaban de mis labios como una telaraña asquerosa.

—Joder Bill ¡¿Qué coño ha pasado?! —preguntó Tom, desesperado y asustado hasta la estratósfera.

—Me voy a Italia Tom, mañana mismo —medio jadeé, sintiéndome no mejor, era imposible para mi sentirme mejor, ni que decir de bien, pero al menos, físicamente, ya no tan mal.

En una semana, había dicho Piero, él llegaría a Italia en una semana. Bueno, pues yo llegaría en cuestión de horas.

Continúa.

por Shugaresugaru

Escritora del Fandom

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