«458 Italia» Fic de Shugaresugaru
Capítulo 26: Time To Run
By Bill
Nunca, jamás, en mis 21 años de vida me había sentido tan desesperado como en estos momentos. Solo aquella vez en la que mi hermano había estado a punto de ir a parar a prisión.
Aquella vez me había sentido así, aunque no tanto, porque yo sabía bien que no había sido culpa de Tom el haber reaccionado tan negativamente a los brutales acosos de los que habíamos sido víctimas, y naturalmente, casi enseguida retiraron los cargos con una disculpa pública incluida. Ahora en cambio la situación era mucho, mucho peor.
Estaba intentando no darle más vueltas al asunto y mantener a raya los pensamientos desbocados que me atacaban la mente y las constantes molestias de un “algo” que se había instalado en mi pecho y me arañaba las costillas sin piedad, o de lo contrario, iría a arremeter a hostias contra el piloto del avión, quien me echaría fuera y como resultado, tardaría más tiempo en llegar al lado de Dom.
Cerré los ojos y maldije mil veces a los jodidos gilipollas de Gulfstream, si se pusieran a hacer su puñetero trabajo, en estos momentos estaría montado en el precioso jet privado G650 que habíamos mandado a fabricar, negro, con pegatinas gigantescas de Tokio Hotel, mini bar incluido y un montón de pijadas más y no estaría empotrado en un jodido avión comercial, amarrado a los cómodos asientos de primera clase y esperando impaciente a que aquella ociosa mole voladora despegara y viajase a sus buenos ochocientos kilómetros por hora, durante las tres horas que separaban Italia de Alemania. Solo tres puñeteras horas. Apenas podía creer que fuera tan poco tiempo.
Tom me observaba con mala cara desde el asiento contiguo al mío, evaluándome con su penetrante mirada y diciéndome cosas tranquilizadoras, que no me tranquilizaban nada.
Después del numerito que había montado la noche anterior en el callejón en Stuttgart y en la misma cara de mi hermano gemelo, no me lo había podido quitar de encima y ahora ahí lo llevaba pegado al culo, cabreado y agilipollado a Italia, a saber con qué clase de líos iba a toparme, quizá hasta con la mismísima muerte.
Le había soltado un sermón del quince, advirtiéndole de los peligros constantes de Palermo, los mafiosos elegantes, los guardaespaldas arrogantes y toda la mierda peligrosa que pululaba por las derruidas y barrocas calles de aquella vieja ciudad italiana, pero mis advertencias solo habían aumentado más su resolución de no dejarme ir solo.
Debía admitir que por un lado me tranquilizaba un poco, muy, muy poco, a decir verdad, por el otro lado, prefería hacerlo yo solo. No quería cargarme a mi hermano por mis gilipolleces, ya suficiente tenía con Dominique como para unas tres vidas enteras.
Ese “algo” desagradable aleteó en mi pecho cuando me permití pensar en ella. ¿Qué pensaría ella de mí? Joder, me daba pánico pensarlo, es que había sido un imbécil total. ¿Qué le diría en cuanto la tuviera enfrente? ¿perdona? Ni en sueños. Que jodida situación.
Y eso si es que llegaba a tenerla enfrente porque presentía que aquello iba a costarme demasiado, Andy no me lo iba a poner tan fácil y quizá incluso me matara sin miramientos, pero poco me importaba.
Le di una vuelta de tuerca más al asunto, recordando la plática jodida que había tenido con ese cabrón de Piero, y los clavos ardientes de las palabras con las que Gioaccino me había crucificado.
Cuando hablamos aquella vez, casi cuatro meses atrás, en Italia, junto a la piscina, me había sentido tan mal que hasta creí que moriría.
El cabreo y decepción por la supuesta traición de Dominique me habían encendido las venas como si tuviera bengalas incrustadas en ellas, además también había perdido los nervios, la cabeza, la razón y había hecho algo por lo que arrepentiría toda mi vida, y como yo era un fiel creyente de la reencarnación, me arrepentiría probablemente por todas las vidas que se me concedieran.
Durante ese tiempo, había vivido siendo presa de una furia y rabia ciegas, hasta tener ataques de violencia con objetos inanimados, con mis amigos, familiares e incluso con el pobre buscador de Google. En resumen, siempre pensé que no podía haber sentimientos tan destructivos como la ira, el odio, el rencor, el resentimiento, todo lo que yo sentía. Pero claro, como siempre, yo estaba equivocado.
Después de la dolorosa revelación que me hizo Gioaccino hacia unas horas, después de darme el peor hostión de mi vida contra la dura realidad, comprendí que sí, que había sentimientos de mayor calibre, mucho más explosivos.
En cuanto me soltaron la verdad, todo mi odio, rencor, ira y demás se habían reducido a cenizas, ¡PUM!, explosión. Jirones de sentimientos, todos asesinados por uno aún peor.
No podía haber otra cosa más jodida y agónica que la culpa.
En efecto, yo me sentía culpable, y los remordimientos eran ese “algo” que se había instalado en mi pecho y no me dejaba respirar, no me dejaba pensar, ni comer, ni beber, ni sonreír, ni dormir y vamos, ni siquiera estar.
La culpa me había hecho polvo en cuestión de unas cuantas horas, de simples horas, por eso tenía tanta necesidad de llegar a Italia, necesitaba reparar mi ofensa, pagarla, limpiarla, sanarla y lavarla incluso hasta con mi propia sangre. Si tenía que sangrar para obtener el perdón, lo haría con gusto.
—Vale ya Bill, para de revolverte que me estas poniendo nervioso— apuntó Tom, mirándome de soslayo con la mandíbula apretada. Se le veía de lejos lo cabreado que estaba.
—Porque esta putada de avión no despega, joder— troné malhumorado, cabreado también, la actitud de Tom me cabreaba —si tanto te jode Tom, ¿a qué has venido?
Tom me miró con más mala hostia si cabía, pensándose alguna respuesta que no se le ocurría.
—No se— admitió —por cuidarte supongo— y se encogió de hombros, restándole importancia.
—Cuidarme— bufé —¿cuidarme el que? cualquier cosa mala que me pase, me la merezco. Además, tú no sabes cómo moverte por Italia y yo sí, creo que terminare cuidándote yo porque tu…
—Cállate Bill, — Tom llevó su rostro furioso a un centímetro del mío — aún estoy a tiempo de sacarte arrastrando de éste puto avión, no sé a qué demonios quieres ir a Italia, te dije que deberías dejar las cosas como están, pero ya que eres tan cabezota no me queda más que joderme, pero si me sigues tocando las narices, te encerraré en casa y encadenaré tu pie a la pata de la cama y morirás de viejito ahí, así que cállate— tomó aire y bufó, clavando la mirada por la ventanilla del avión, concentrándose en el interesantísimo paisaje de asfalto mojado y gris de la pista de despegue y aterrizaje.
No respondí, simplemente porque no me salió de las pelotas. Su cabreo no me sorprendía nada, solo me irritaba, ya sabía yo que todo era debido al espectáculo de la noche anterior.
Flash Back
—Joder Bill, ¿Cómo que te vas a Italia…? ¿Tú eres tonto? — Tom parecía terriblemente confundido y normal, hasta hacia media hora, ni estando drogado y con una pistola pegada a la cabeza me iba para Italia, pero ahora mi más grande deseo era estar allá.
Escupí un par de veces, tratando de eliminar de mi boca el sabor amargo de la bilis antes de responderle.
—Sí, soy un jodido estúpido, el peor gilipollas que ha pisado esta tierra— murmuré. Estaba jadeando, con la espalda medio apoyada en el muro negro del callejón y me sobaba el estómago con suaves movimientos circulares y aunque el dolor había menguado no había desaparecido del todo y me sentía débil.
Tom se plantó frente a mi decidido, cruzado de brazos.
— ¿Qué? — pregunté, ante su expresión furibunda..
—Como ¿Qué? —Tronó —estoy esperando tu explicación, ¿por qué coño quieres ir a Italia justo ahora?
—Quiero…y debo ir, ya debería estar allá y no aquí… nunca debí haberme ido— me lamenté.
— ¿Por qué? Bill no me jodas, ¿es que quieres volver a caer ante esa perra traidora? — bufó y al escucharlo, perdí la razón. Levanté la cabeza a una velocidad de vértigo y lo asesiné con la mirada, dándole incluso un leve empujón.
— ¡Cállate! No tienes ni zorra idea de lo que está pasando así que no abras el pico, no te atrevas a volverle a decir así— grité, completamente histérico. Mi hermano se encogió ante mi repentina furia, pero el recelo de su mirada aumentó, y claro, con semejantes gritos terminé por atraer a un par de fotógrafos fisgones.
—Cállate tu Bill, y explícame que cojones está pasando— su tono sosegado me calmó, Tom ya era todo un experto en lidiar con mis chillidos y rabietas. Vi como mi hermano miraba disimuladamente a los fotógrafos que se estaban dando todo un festín, ya podía ver en mi mente los titulares: “apasionante pelea entre los gemelos Kaulitz”. Yo los ignoré como si fuesen un par de moscas que revolotean sobre la mierda.
—Yo… Tom, yo, soy una basura… — sollocé.
— ¿Qué? — pregunto él, en blanco.
—Dom…Dominique nunca mintió… el que mintió fue su jodido guardaespaldas… para hacerme a un lado… ella es inocente.
— ¿Estás seguro? — Tom no se fiaba— ¿y si es un embuste más?
—No lo es… yo mismo hablé con su mierda padre hace un rato… estaba cagando preocupación liquida porque apenas en una semana le dirá la noticia… la de la boda arreglada y todo eso… ella no sabe nada.
—Coño.
—¿Ahora lo entiendes…? ¿captas la magnitud de las estupideces que he hecho?
—Joder Bill… ¿Cómo es que no te han metido preso, capullo?
—La cárcel no me preocupa, es un milagro que no me hayan matado aún.
Tom tragó saliva y su nuez se movió de arriba abajo nerviosamente.
—Eso no.
Volví a dejarme caer de rodillas, lamentándome como un gusano patético, pero aquel movimiento no duró ni una fracción de segundo porque Saki entró bufando como un toro al oscuro callejón y tomándome por el antebrazo, y sin ceremonia me levantó, obligándome a caminar tras él, tambaleándome y haciendo eses.
Tom caminaba a mi lado, con el ceño fruncido y pensando. Conocía su expresión y estaba poniendo una cara de “oh mierda, esto es grave”
Si, era jodidamente grave, jodido, peligroso, y todo, todo era culpa mía.
Fin Flash Back
Dejé descansar mi cabeza en el respaldo del asiento y traté de relajar mi cuerpo. Tuve que concentrarme un poco en cada parte, tirando mentalmente de mis músculos para destensarlos y al fin, cuando el avión enfiló su nariz hacia el encapotado cielo alemán, me quedé flojo.
Unos minutos después apareció la sonriente azafata y por suerte, no reparo en nosotros más que para ofrecernos algo de comer y beber, cosa que Tom aceptó y yo rechacé. Afortunadamente nadie había reparado en nosotros, éramos todos unos expertos en camuflaje. Tom con sus ropas anchas de siempre, llevaba una capucha gigantesca y gafas oscuras, al igual que yo, la capucha me ocultaba la cresta negra que llevaba peinada hacia atrás sin una partícula de laca, lisa y suave, limpia. Mi rostro no tenía ni rastro de maquillaje y agregados los lentes de sol, éramos solo dos chicos pijos más.
Arrugué la nariz en cuanto me llego el olorcillo picante del café que mi hermano había pedido. Un espasmo minúsculo de nauseas me atacó, y las memorias de lo sufrido hacia unas horas me hicieron alejarme de la comida. Mis tripas necesitaban tiempo para sanar y volver a tolerar algo de alimentos, así que solo me dediqué a dar pequeños sorbos de la botella con agua que me habían traído.
Las tres horas y pico que duró el vuelo se me hicieron tan eternas como si en lugar de horas hubiesen sido meses, pero al fin, desde las bocinillas del avión se anunció que estábamos por fin en tierras italianas y mi corazón se detuvo una fracción de segundo en la que viajó hasta mis pies y luego rebotó hasta chocar con mi cabeza y comenzar a palpitar furiosamente en ella.
—Bueno señor “soy el dueño de Italia” ¿ahora qué? — preguntó mi hermano con una sonrisita socarrona. Se había apoltronado en el asiento y estaba medio hundido en él, ¿cómo culparlo?, los asientos eran cómodos y mullidos, tanto que hasta te dan ganas de hundirte en ellos y no volver a salir de ahí, pero teníamos que irnos.
—Pues si no tuviera pegada al culo a cierta irritante persona, me iría cagando leches a la villa blanca.
— ¿Qué, no piensas llevarme con tu novia? — preguntó turbado —quiero decirle hola.
—Ni hablar machito, no puedes venir— aunque si quería llevarlo, pero era muy posible que se dieran cosas malas y yo no iba a arriesgar al bueno y agresivo de mi hermano. Era lo bueno de ser unos repetidos, si me mataban a mí, por lo menos quedaría él.
— ¿Y entonces que voy a hacer? — preguntó molesto.
—Hum… antes que nada iremos a un hotel— le comenté tratando de sonar decidido, debía dejar a mi hermanito bien resguardado y atendido para que no cometiera estupideces — cuando estuve aquí, vi un hotel junto a la playa que era una pijada total, te aseguro que no te vas a aburrir.
— ¿Quieres que me quede metido en un puñetero hotel a saber cuántos días? — bufó Tom, inclinándose hacia adelante en un intento por levantarse.
—Vamos Tom, como si no pasáramos la mayor parte del tiempo metidos en hoteles.
El avión dio una sacudida un poco violenta en cuanto aterrizó finalmente.
—Por eso mismo Bill, no quiero quedarme en un jodido hotel mientras tú haces a saber que— mientras voy a palmarla tío, pensé —esto es Italia, quiero salir a conocer— Hum, me lo pensé también, para los turistas en general no había peligro si no llevaban encima un auto de más de medio millón de euros.
—Pues vale Tom, contrata un guía de turistas o algo así, considéralo vacaciones.
—Unas vacaciones muy puñeteras, a decir verdad…
— ¿Y si te callas? — le corté, levantándome y dirigiéndome por fin afuera del armatoste con un Tom entre cabreado y gracioso siguiéndome.
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—No puedes quejarte ¿eh Tom? — le piqué. Estábamos ya instalados en una de las suites de hotel más pijo de Palermo, (joder con los italianos amantes del diseño) el hotel Villa Igiea, normal que necesitaras una reservación con varios meses de anticipo, pero las identificaciones alemanas con el apellido Kaulitz en ellas, aceleraban un poco el proceso.
Tom ni rechistó, la única vez que él había pisado Italia fue en la gira anterior, en Milán, (cuyo hotel era un hostal comparado con el actual) concretamente y no tenía ni idea del lujo italiano. Yo en cambio, ya sabía bien cómo se las gastaban los ragazzos a la hora de diseñar y añadir lujos y comodidades. Parecía que extraían el dinero de los olivos en lugar de las semillas para el dichoso aceitito.
Me había dado sendo baño en la tina con hidromasaje, y ya me había arreglado perfectamente, para camuflarme con la noche que no tardaba en caer.
—Debo admitir que estoy impresionado hermanito— comentó Tom, que había salido hasta el balcón desde donde se podía apreciar el vasto océano azul, que sea fundía con el azul del cielo, tanto que era imposible encontrar el horizonte divisorio — ¿Oye, algún día dejaras de vestirte todo de negro? Parece que vas a un puñetero funeral.
—Claro, lo hare el día que salga un color más oscuro que el negro— bufé, ir de colores oscuros era lo mejor para pasar desapercibido con la que se me venía encima.
—Da igual. Pensé que exagerabas con eso de los lujos italianos.
—Es una exageración en realidad Tom. ¿Un hotel con jardín botánico, un micro estadio, un teatro, y sala de cine? además de a saber cuántos restaurantes.
—La guía dice tres— le arrebaté la guía de las manos y leí en voz alta:
—Tres restaurantes, cancha de tenis, cuatro piscinas, playa privada, teatro, cinco bares, gimnasio, cafetería, guardería, tintorería y ¡sala de exposiciones! — aquello era una pasada.
—Quizá ni salga de aquí, necesito relajarme bastante y puede que hasta las masajistas me ayuden un poco.
—Eres un jodido cerdo Tom— chillé. Yo estaba a punto de ir a un sitio de donde probablemente no saldría vivo y Tom pensaba en las masajistas.
— ¿Por qué? Yo también voy a divertirme con una chica, como tu…—…diversión había dicho.
Me quedé estático porque Tom no entendía las proporciones monstruosamente peligrosas y peliagudas de la situación en la que yo mismo me había metido.
Le di la espalda para que no se percatara de mi expresión de pánico y culpabilidad.
— ¿Bill? — su mano se posó en mi hombro, pero me la sacudí de un tirón.
—Tom… escúchame bien, no me llevare el móvil, yo te llamaré… si puedo y no me sigas ni me llames tampoco.
—Bill…—esta vez no me tocó el hombro, me agarró a dos manos por encima de los antebrazos y me hizo girar — ¿vas a estar en peligro? — parecía que lo había comprendido por fin. Su frente se pobló de arrugas conforme fruncía el ceño con preocupación.
—Tú sabes que lo que hice no fue una simple travesura Tommy, fue una cagada monumental… pero dicen que hablando se entienden las personas— trate de calmarlo mientras yo me deshacía de los nervios.
Me evaluó con la mirada por unos segundos.
—Ni hablar, nos vamos a Alemania ahora mismo— soltó de repente.
Lo miré en shock.
— ¿Estas de coña? ¡Pero si acabamos de llegar! —grité, zafándome de su agarre.
—No me importa, por mucho que haya sido una putada lo que hiciste no dejaré que te hagas daño Bill, eres mi hermano joder, mi otro yo y nadie puede hacerte daño.
A veces, Tom era rematadamente lindo, y lo más lindo era que él ni siquiera se daba cuenta de todas las cosas monas que soltaba por esa bocaza suya. Pero ya éramos hombres, y los hombres saben afrontar las consecuencias de sus actos.
—Escucha Tom— le dije con la voz ronca por la emoción— tampoco son asesinos del tres al cuarto — no lo eran en realidad, eran tan refinados, y elegantes como sanguinarios —todo irá bien, si me llevaré el móvil ¿vale? y regresaré antes de que te hayas podido follar a la primera masajista —y me reí, deshaciendo la repentina tensión de mi hermano, porque la mía seguía patente en cada fibra de mi cuerpo.
—Vale entonces Bill, pero vuelve pronto— añadió y se puso a mirar el menú que descansaba sobre la mesita del salón —Oye antes de que te vayas, ¿Qué me recomiendas?
Hum, ahí vamos a destapar el baúl de los recuerdos.
—Pues… esto… los arancini y pídete un granizado de jazmín— Tom me miró con una cara de póker digna de fotografía, no había entendido una mierda de lo que le había sugerido.
—Vale…
—Nos vemos Tom— sonreí extendiendo el puño cerrado hacia él.
—No te tardes Bill— sonrió también, mostrando todos sus dientes perfectos y blancos, chocando su puño con el mío —aquí te estaré esperando.
Se me formo un nudo en la garganta y salí atropelladamente de la habitación antes de que la cosa fuera a más. Cuánto me hubiera gustado quedarme con él a disfrutar de la vista, los lujos y las comodidades, y de ser posible con ella a mi lado, pero no, la había cagado totalmente y me tocaba afrontarlo.
En la entrada del hotel ya me estaba esperando el taxi que había ordenado por teléfono a la recepcionista, así que ni me molesté en detenerme y me metí sin ceremonia alguna. Mi corazón latía al cien, aleteando nerviosamente al sentirme solo, metido de nuevo en las sombrías calles de Palermo.
— ¿A dónde te llevo? — preguntó amablemente el taxista.
—…A la villa vul…— me callé, había tenido un leve destello, haría una pequeña escala antes de llegar a la casa blanca. Aún estaba atardeciendo y había mucha luz, no podría llegar ahora, tendría que esperar un poco más… y quería visitar a alguien.
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—Espere aquí por favor— le pedí al conductor del taxi y éste asintió, clavando la vista en un periódico un poco mugriento, pringado por huellas dactilares negras.
Caminé lentamente por encima de las baldosas secas y calientes del atrio, deleitándome con la vista.
Las blancas paredes estaban un poco desgajadas y sucias de humedad, una buena capa de pintura blanca no vendría nada mal. Un poco más allá, hacia el oeste, las suaves hojas de jazmín se enroscaban caprichosamente en los barandales de fierro oxidado que daban paso al cementerio repleto de lápidas negruzcas.
El aire olía deliciosamente, era tibio y dulzón, impregnado por aromas extraños para cualquier turista, pero no nuevos para mí.
Pude distinguir el aroma picante de las especias, seguramente habría algún restaurante cerca; olía a azafrán, albahaca y canela, también estaba el fresco olor de las enredaderas de flor de lis, tan rojas como una gota de sangre, pero predominaba el aroma tímido del jazmín, que se liberaba conforme caía la noche.
Las puertas del monasterio aún estaban abiertas, y una cálida luz amarillenta brotaba desde el interior.
Me encogí un poco cuando la madera del piso de la entrada crujió bajo mis pies, y opté por volver mi andar un poco más ligero.
Después de echar una breve ojeada me encontré con aquello que estaba buscando. El mostrador seguía en la misma posición, la imagen de un santo mártir de mirada vidriosa seguía en el mismo sitio, alumbrada por la alegre flama de una veladora que titilaba con las corrientes de aire, amenazando con apagarse de un momento a otro. Los panfletos y recuerdos estaban acomodados pulcramente en sus canastitas de mimbre y el fraile de manos arrugadas leía con atención el periódico. Exactamente igual que la última vez.
—Buenas…— saludé.
El fraile cerró el periódico en el acto y enfocó sus castañas pupilas en mi rostro.
—Hola Bill— susurró y yo casi pegu un bote. Se acordaba perfectamente de mí —que alegría tenerte por aquí —sonrió sinceramente y en respuesta sonreí también.
—Cuanto tiempo señor…
—Mucho, mucho tiempo Bill… llámame Quinno por favor ¿Qué te trae por aquí?
—Esto… — me quedé trabado, sin saber que decir, pero Quinno se percató de ello y decidió echarme una mano.
—¿Rosalía quizá? — Mis ojos llamearon y asentí —adelante entonces, ya sabes cómo llegar— invitó, mirando hacia el altar, directamente hacia el pasaje oculto que llevaba a las catacumbas.
—Gracias— fue lo único que pude articular de una manera más o menos decente.
—Eh Bill— llamó a lo lejos, me detuve y medio me di la vuelta—tienes que abrir tu corazón, o de lo contrario, nunca podrás escuchar a Rosalía, y ella tampoco te escuchará — me quedé helado de repente y el amistoso fraile reanudó su lectura.
¿Escucharla? Me planté y de repente el miedo me recorrió la columna vertebral. Eran pasadas las siete de la tarde y el sol estaba muriendo, lanzando sus últimos rayos color rojo sangre al cielo, dando paso al crepúsculo. Así, todo parecía jodidamente tétrico.
<<A la mierda>> pensé.
Decidido presioné el botón blanco que recordaba haber visto a Dominique presionar aquella vez y tras un breve segundo, el piso de piedra se deslizó, revelando las húmedas y oscuras escaleras que descendían en una lúgubre espiral negra.
<<Bueno, aquí vamos>> y bajé con paso rápido, ya que si me detenía a pensarlo terminaría por dar media vuelta para largarme de ahí.
El olor a humedad y ropas podridas se me enganchó en la nariz con su gélido abrazo y tosí, asqueado. A diferencia de la ocasión anterior, los débiles focuchos blancos estaban apagados y en su lugar habían encendido antorchas de pared, antorchas verdaderas y el fuego crepitaba alegremente. Dom me había comentado aquella vez que a veces encendían las antorchas para evaporar un poco la humedad de las catacumbas.
Era mucho mejor que esos feos focos anémicos.
Caminé rápido por entre los pasillos repletos hasta el techo de cadáveres arrugados y podridos, ni siquiera sabía por qué estaba yo ahí, pero algo me había hecho ir, y ya estaba en el arco que coronaba la entrada a la capilla de los niños sin una respuesta aún.
<< ¿Qué demonios haces Bill? ¿Por qué estas tan cagado de miedo? ¿Dónde están tus fans y tu familia y todos tus ridículos lujos?>>
No tenía respuesta para esas preguntas y maldije a mi jodida conciencia por jugarme chueco otra vez, pero todo quedó reducido a nada cuando avancé los escasos cinco pasos que me separaban del pequeño féretro de cristal.
—Hola Rosalía— saludé con una emoción perturbadora muy particular, como si esperara una contestación, la cual no llego por motivos obvios.
El cadáver de la pequeña niña seguía igual a la última vez que lo había visto, con el rostro dormido, pacífico, los ojos cerrados y una tenue sonrisa en los labios rosados.
—Estoy seguro que me recuerdas— le dije, y en lugar de sentirme como un estúpido, me sentí repentinamente tranquilo, muy tranquilo —vine a conocerte hace cuatro meses ¿lo recuerdas? — me senté en el escalón junto al pedestal del ataúd y mire atento hacia su interior, acariciando el cristal transparente con la punta del índice— yo si te recuerdo muy bien, soy Bill— me reí y no sabría decir que estaba pasando cuando una risita tímida e infantil reverberó en la salita, ¿o en mi mente…? no sabría decirlo —aquella vez no vine solo, vine con una niña, como tú, con Dominique, estoy seguro de que sabes quién es…—llegado aquel momento, no sabía si estaba ya medio chiflado y poco me importó— yo… yo hice algo muy grave —mi voz se quebró un poco debido a lo avergonzado que me sentía —yo la lastimé y le dije cosas horrendas y no… no sé qué hacer, ¿Qué le voy a decir? ¿Qué le puedo decir? Nunca me perdonará.
De repente, una voz delgada, infantil y rosada como los chicles de frutas retumbó en mi cabeza.
—No le puedes decir nada, pero puedes demostrarle tu arrepentimiento y hacérselo sentir.
— ¿Y cómo puedo hacer eso…? — gemí y después me paralicé por completo, mirando con los ojos desorbitados el cadáver del cual había jurado haber escuchado la delgada voz, pero seguía imperturbable.
—Solamente tú puedes averiguar cómo hacer eso—continuó, y ahora sí que me descojoné por completo, me levanté de un salto poniéndome en guardia y sudando a chorros, mi corazón latía violentamente en mi garganta y había perdido la noción tiempo-espacio, además la capilla de repente comenzó a hacerse pequeña y claustrofóbica.
— ¿Quién anda ahí? — pregunté tartamudeando. Nadie respondió. Únicamente se escuchó otra vez el eco de una inocente risa infantil.
Tienes que abrir tu corazón, o de lo contrario, nunca podrás escuchar a Rosalía.
Recordé las palabras del viejo fraile y asentí, tragando saliva ruidosamente.
—Vale, de acuerdo— mis nervios no se fueron, pero volví a sentarme al lado del féretro con la espalda rígida como un palo de escoba y, con algo de recelo, volví a mirar el cuerpecito ahí tendido. Seguía igual, soñando apaciblemente. Suspiré.
—De acuerdo, trataré, te lo prometo ¿vale? — esto sí que estaba bueno, ¿quién diría que aquel alemán caprichoso y voluble, que escribía chorrada y media sobre el amor y la muerte y sentimientos que ni comprendía del todo, estaría charlando apaciblemente con un cadáver de noventa años de antigüedad?
Al menos la escala estaba concluida, me levanté y volví a clavar los ojos en el rostro de la niña.
—Ojala encuentre fuerzas para ser lo que era… y ya no ser lo que soy— fueron mis últimas palabras a la pequeña muerta y salí de la capilla, dejando tras de mí un extraño eco de lloriqueos lastimeros e infantiles.
El trayecto de regreso fue más tranquilo, quizá porque yo me hallaba profundamente sumido en mis pensamientos, tratando de descifrar lo ocurrido en la capilla. Sobre todo, la voz que tan claramente me había contestado, sin réplica de malicia, solo preocupación, además también estaban las tímidas risitas y por último los tristes lloriqueos ahogados. Estos últimos me habían puesto el vello de punta y por un momento hasta temí dejar sola a Rosalía, ¿ilógico no?
—Ah Bill, has vuelto— el fraile sonrió, pero enseguida se puso serio al ver mi expresión azorada.
—Si ya…— respondí, no muy seguro.
— ¿Qué tal? ¿Fue respondido tu pedido?
—Hum… se podría decir que si… aunque no comprendo aun lo que ocurrió allá abajo— me sinceré con el fraile.
—Únicamente los llamados que son en verdad desesperados son los que obtienen alguna respuesta — aquel hombre parecía estar acostumbrado a esa clase de cosas, pero yo no. El que una voz extraña de alguien muerto te respondiera a una agónica súplica no era algo que ocurriera cada jueves y domingo.
—Sí, obtuve respuesta…—tragué saliva y le solté la bomba— no ha… esto… rayos… que difícil… ¿Dominique?
—No, ella no ha venido Bill— joder que era perceptivo el hombre.
—¿Por qué? — me atreví a preguntar, con un nudo ciego doble atorado en la garganta.
—Porque he ido a verla yo, ella no puede venir ahora.
— ¿Por qué? — temblé.
El hombre no respondió, pero me dedicó una mirada extraña, entre nostálgica y desesperada. ¿Qué mierda estaba pasando?
—Mira, te daré algo que estoy seguro que te servirá— su cambio fue tan radical que solo consiguió ponerme más nervioso.
—Vale— opte por no preguntar, total, en breve me enteraría de todo, por la buena o por la mala.
—Toma— extendí la mano en el momento justo en el que dejo caer sobre mi palma un brazalete extraño. Era una fina cadena de plata troquelada, engarzada con cuentas de cristal brillante, en tonos rosados y lilas alternando con cuentas de plata maciza. Se cerraba con un delicado broche y del mismo broche descendía una porción de cadena y más cuentas, terminando con la figura de un ángel de cristal rosa y blanco. Lo mire frunciendo el ceño.
—Es hermoso— admití, los cristales enviaban destellos de colores al ser golpeados por la luz caliente de la veladora.
—Es un rosario Bill, es muy especial, debes colocarlo en la muñeca de alguien que necesite desesperadamente consuelo y ayuda.
El monje me miraba de una forma amistosa, pero extraña, como si fuera el portador de un gran secreto que nunca me contaría, pero esperaba que yo lo descubriera pronto y volviera para relatarle mi punto de vista.
—Gracias, lo tendré muy en cuenta— aquello era raro de cojones. Me guardé el brazalete en el bolsillo— ya he de retirarme.
—Ha sido un placer volver a verte Bill, vuelve pronto— sonrió el fraile, mirándome intensamente.
—Seguro— respondí. La cesta de las donaciones estaba llena de doblones de plata y algunas monedas locales, me saqué un billete de doscientos euros y lo agregué a lo demás. Joaquín agradeció, asintiendo con la cabeza y volvió los ojos a su periódico.
Cuando volví al atrio, el sol ya se había ocultado completamente y el cielo era de color azul grisáceo profundo, el aire era más frío y los aromas más lúgubres, pero al menos el taxi seguía aparcado en el mismo sitio.
—Vámonos— le dije al conductor una vez que estuve dentro, acomodado, temblando un poco, de nervios y frío.
—Bueno chico ¿A dónde te llevo ahora? — preguntó el hombre.
—A la villa Vulturno— respondí sin más y el conductor se quedó tieso.
— ¿Vas a la casona blanca que esta junto al mar? — preguntó tartamudeando, si no fuera por la escasa luz diría que se había quedado pálido.
— ¿Cuál es el maldito problema? ¿es que no sabes llegar? — troné ya enfadado, estaba hasta los cojones de la misma puñetera situación de secretos y reacciones de pánico de todos.
— ¿No sabes quién vive ahí? — preguntó, aun medio cagado de miedo.
—Claro que sé— le dije.
— ¿Y aun así quieres ir a meterte ahí? No tienes pintas de suicida.
—Llévame y ya ¿quieres? Si tanto miedo te da, déjame a una calle.
El hombre asintió y arrancó el auto, adentrándose en el laberinto de callejuelas solitarias.
—Tienes cojones, chico, mira que ir a meterte a la cueva misma de la mafia…
Vale… ¿Qué? ¿Mafia? ¿Qué mafia?
— ¿Mafia? — pregunté sin contener mi curiosidad.
—Si chico, dicen que ahí vive uno de los cabecillas de la mafia siciliana, aunque casi no se le ve por aquí, nadie, por más valiente o desesperado que este, se mete ahí.
—Ah… vale
—Además se dice que ahí vive una chica un tanto extraña… aunque son solo rumores porque nadie nunca la ha visto… aunque hace poco hubo todo un movimiento ahí ¿sabes? Terror en viernes trece, niño, por mis pelotas— vaya con el taxista, parecía que estaba contándome el resumen de algún apasionante culebrón y, a decir verdad, me quede completamente picado en cuanto menciono a la chica, que efectivamente vivía ahí.
— ¿Un movimiento? — Pregunté y el hombre asintió, mientras doblaba hacia una vía muy transitada— ¿qué clase de movimiento?
—Dicen que fue todo un espectáculo…— la voz le cambió por una emocionada, como la de alguien que revela un gran chisme, de esos capaces de destruir vidas— fue en plena tarde, dicen que cayeron ambulancias hasta del cielo, y de ahí, cerraron todo un piso del hospital candela, el del centro, para atender de emergencia a “alguien” pero nunca se supo quien fue, después de eso, cayeron aquí los grandes, un mafioso con talla de bestia y ardió Troya en la casona. Muchos preguntaron después, en el hospital que había pasado, y los doctores callaron como cadáveres. Hasta se dice que una señora que ahí vive se quedó algo trastocada — dejé de seguir su apasionante relato.
Me quedé completamente helado y me escurrí hacia atrás, mi estómago volvió a sufrir convulsiones y arcadas, me mareé y comencé a ver todo borroso. La voz del hombre se convirtió en un zumbido lejano.
En mi aturdimiento, estudie las palabras del taxista. El mafioso con talla de bestia era Gioaccino, sin duda, la señora no podía ser otra más que Esperanza, las demás mujeres de ahí eran apenas unas muchachas, pero ¿Por qué se había trastocado? Y aún más escalofriante, ese “alguien” que atendieron de emergencia era… tenía que ser… no Dios… solo Dominique podría generar semejante movilización, hasta cerrar completamente un piso de hospital.
Ambulancias… ambulancias, muchas ambulancias, gritando, ululando, hospitales, olores de hospital, dolor, sangre y oscuros castigos después de todo eso, muerte.
— ¿Chico? ¿Estás bien? Hey chico— el hombre se había orillado y me miraba con pánico, agitando su brazo frente a mi rostro, en un fútil intento por mandarme aire fresco.
Conseguí salir de mi aturdimiento gracias a sus gritos desesperados, lo miré algo confundido y al verlo detenido, tan pancho, perdiendo mi valioso tiempo, me descoloqué.
— ¿Por qué paras? Vamos allá, ¡Vamos, date prisa joder!
El hombre se encogió y le dio gas al auto, que salió disparado hacia adelante.
La culpa que vivía en mi interior dio un brutal zarpazo y mis remordimientos se agitaron doloridos, arrastrándose en mi interior, haciéndome perder el aliento. Pero que difícil era lidiar con ese par de sentimientos enfadosos.
Un rostro apareció detrás de mis parpados en cuanto me permití cerrar los ojos. Un ovalado rostro pequeño y perfecto, de ojos enormes y puros, saturados de lágrimas, pero con sombras pronunciadas debajo de ellos. Era el mismo rostro de la noche, del sufrimiento, un rostro triste y maltratado.
En aquel momento, odié a todo el mundo y agité la cabeza para deshacerme de la visión.
—Listo chico— me distraje un momento, descolocado otra vez y miré a mi alrededor, seguía montado en el mismo taxi, pero éste ya no estaba en movimiento, y ya la noche era cerrada y muy oscura. No había luna. Unas densas nubes la habían ocultado.
—Eh… si claro… aquí tiene —saqué un billete y ni siquiera mire la denominación. Se lo tendí al momento que salía del auto a trompicones, me había quedado levemente entumido y casi me voy de bruces sobre el suelo, pero conseguí aferrarme al marco de la portezuela del taxi.
—Con cuidado… ahora te doy el cambio…
—Déjalo así, ahora vete y gracias — le dije sin mirarlo siquiera, necesitaba estar solo urgentemente.
—Seguro… suerte niño— y arrancó, antes de que pudiera darle una buena patada a su taxi a ver si se atrevía a llamarme niño otra vez.
La calle estaba desierta y no se escuchaba absolutamente nada más que el oleaje tranquilo del mar.
Lo mejor sería tratar de entrar por la playa.
Los portones de la calle… descartado, ahí había siempre cuatro guardias, y quizá hasta había más, después de lo que se había suscitado hace poco según el taxista metido ese.
Atravesé una planicie de piedras rojizas hasta la playa y hundí mis botas negras en la arena mientras los recuerdos se me incrustaban en el cuerpo con una crueldad increíble.
¿Cuántas veces me había jurado no volver a poner un solo pie en este lugar? y ahora aquí estaba nuevamente, mirando la arena blanquecina, el mar oscuro y siempre revoltoso, las palmeras torcidas con sus muecas burlonas y la gran casa, enterrada en las tinieblas de la noche.
Casi podía ver un atardecer en lugar de una noche cerrada si me esforzaba un poco, con una muchacha inocente correteando entre la arena, esforzándose por dejar sus huellas bien marcadas en ella, con el cabello húmedo y esa camisetita roja tan ajustada…
<< Soy un maldito gilipollas>> me reproché con amargura. <<Tenía que echarlo todo a perder>>
Después de unos minutos de caminata silenciosa ahí estaba por fin, frente a la verja negra y decorada barrocamente de la entrada trasera, por donde tantas veces había entrado y salido sin problema alguno.
La villa blanca se alzaba orgullosa entre las enormes palmeras, tan señorial como siempre, aunque ahora parecía un poco lúgubre y sombría.
Suspiré y abrí el pestillo, el cual se deslizó sin ruido alguno y entré al jardín como si de mi casa se tratase.
Gracias a Dios, en la entrada de la playa nunca había guardaespaldas, porque no eran necesarios.
Al entrar, me topé frente a frente con Prometeo, un magnífico perro presa canario, propiedad de Dominique, una bestia gigante y negra como el carbón. Esos perros habían sido creados especialmente para proteger y asesinar. La distribución de la raza estaba prohibida, dado su voluble carácter y desmesurada fiereza, pero Prometeo me conocía bien y además yo le agradaba, si hubiese sido un extraño, ya estaría en aquellos momentos sin manos y con el cuero cabelludo probablemente arrancado.
Si de por sí, los perros de esa raza eran enormes, Prometeo era un gigante de su especie, pesaba sus buenos noventa kilos, y parado en dos patas, alcanzaba mi estatura sin problemas.
Le di unas palmaditas en el magnífico lomo y el perrazo aquel asomó la lengua juguetonamente, disfrutando de la atención y me estremecí al verle las mandíbulas abiertas, llenas de hileras de brillantes colmillos blancos, aquel perro con esa quijada, perfectamente podía romper un hueso como si fuera un palo.
—No hagas ruido amigo, esto es una sorpresa.
El perro me miró sin comprender una mierda y acto seguido fue a echarse de largo sobre el pasto fresco, cerca de la entrada, cuidando como el guardián que era.
Mientras avanzaba por debajo de las sombras de las palmeras, una jodida sensación de dejavu me machacaba el pecho sin piedad y decidí que lo mejor era ni siquiera mirar hacia la piscina, esos malditos gansos asesinos dormían, pero sin duda al verme intentarían matarme a picotazos y alertarían a todo el mundo.
La habitación de Dominique estaba a oscuras y las puertas de la terraza se encontraban cerradas a cal y canto, lo podía apreciar bien desde mi posición.
Los guardias de la entrada estaban de pie mirando hacia la calle y no había nadie más, ni una sola luz, cosa que me pareció extraña, pues según mi reloj, apenas eran las diez de la noche y Esperanza gustaba de tejer en la estancia del piso inferior hasta bien entradas las doce por lo menos.
<< Que extraño >> me dije y me encogí de hombros.
La hora había llegado, ahí estaba a punto de enfrentarme cara a cara con los demonios de aquel infierno que un día yo mismo había montado.
Avancé hacia los escalones de la entrada, cerca de la piscina y con un suspiro, giré la chapa de la puerta.
No estaba cerrada con llave y cedió con facilidad.
Continúa.